Voltaire
Fernando
Savater
Nietzsche dijo de él: «Fue un gran
señor de las letras... como yo». ¿Quién no ha sentido simpatía
por él, hasta cuando nos exaspera con su fanatismo antifanático,
con sus simplificaciones progresistas, con su antitradicionalismo
que se pretendía ilustrado y resultaba a la larga más bien
obtuso? Era un metomentodo, un intrigante, un veleta, un aprovechado,
un caradura, un plagiario con talento, un exhibicionista,
un cobarde, un adulador, un hipócrita redomado, un mentiroso
sin pudicia, un mal poeta, un crítico caprichoso y a veces
esterilizador, entendido en cien cosas y maestro en nada,
sabio de salón, histérico, avaro, un racionalista impermeable
a los aspectos mágicos de la vida, incapaz de quietud, de
recogimiento, de silencio, de sosiego, ávido de protagonismo,
terriblemente egocéntrico... y todas las restantes flaquezas
públicas y privadas que los moralistas rencorosos han acumulado
sobre sus huesos desde hace doscientos años. Muy cierto, la
acusación está hecha y sólidamente probada. Pero estaba maravillosa,
indecente, inagotablemente vivo... Todos sus defectos provenían
de su excesivo amor a la vida y eso, pese a quien pese, le
rescata. Detestaba todo lo muerto, todo lo que condena a morir:
la intolerancia de quienes queman los cuerpos para salvar
las almas, el fanatismo que no acepta otro comercio con las
ideas que el de morir o matar por ellas, el pazguatismo nostálgico
que teme a todo lo que crece, lo que se complica, lo que se
transforma, el honor que recompensa a la violencia y la brutalidad.
Fue cobarde, pero luchó tenazmente contra la tortura y la
injusticia; amaba las riquezas porque permitían gozar más
diversos aspectos de la vida, viajar, representar teatro...,
pero empleó gran parte de su dinero en hacer prósperos a sus
campesinos y pequeños comerciantes de Ferney; mentía y cambiaba
de chaqueta (o de amor) porque la vida corre tan deprisa que
la moral no logra alcanzaría; adulaba a los grandes, pero
en tanto éstos conceden doblegar su prepotencia a la razón
y al arte: en último término no elogió ninguna tiranía y puso
más altos que todos los reyes de este mundo a Locke y a Newton. Y, por encima de todo, era
irresistiblemente encantador. ¿Cómo iba a admirar la magia
él, que era el mayor embrujador de su tiempo? A través de
sus páginas, todavía notamos el cosquilleo de arrobo que circundaba
sus apariciones públicas, su trato íntimo, el más trascendental
y el más irrelevante de sus gestos. lAy, esa prosa pimpante,
limpia, cuyas infinitas promesas nos arrebatan tanto como
su jugosa manera de incumplirlas! No supo recatarse releerse,
morigerar sus impulsos; dilapidaba sus alabanzas y sus sarcasmos,
fue pródigo en palabras demasiado claras, demasiado accesibles,
sobre todo lo divino y lo humano. Pero
su misma torrencialidad es parte de su encanto; frente a él
somos como esos niños boquiabiertos que piden otro juego y
otro más al malabarista complaciente que ameniza la tarde
de cumpleaños. Su simple existencia, en un limitado y concreto
período de tiempo, nos ayuda para siempre: cuando vemos pavonearse
a un imbécil, pontificar a un dogmático o enseñorearse a un
asesino, basta pensar en él para que el ridículo venga en
nuestra ayuda y los pies de barro del coloso comiencen a deshacerse.
En esos casos, tan frecuentes, tan insoportables, siempre
le tenemos de nuestro lado y cuando padecemos una injusticia
en desventurada soledad, quisiéramos poder correr a Ferney
para contársela. Sin duda, mucho de lo más fastidioso de la
modernidad halla en él aventajado precursor y el número de casos en que «volteriano»
equivale a «filisteo ramplón» es incontable. Pero no sabríamos
prescindir de él, nadie nos es tan
necesario, tan tónico. Sus aciertos comienzan con su nom de guerre.
¡Voltaire! Suena a revolter, a voltiger, a
virevolter... Es un nombre que obliga a muchas cosas.
A dar muchas vueltas y a rebelarse. Los eruditos no se ponen
de acuerdo sobre si lo tomó de una antigua propiedad familiar
o si es un anagrama de su nombre notarial: Aroue(t) l(e)
j(eune), tomando «V» por «U» e «í» por «j». Es una curiosidad
que nos intriga poco. La homofonía nos es mucho más útil.
Dar muchas vueltas, rebelarse: su vida no fue otra cosa.
Francisco-María Arouet nació el 21 de noviembre de 1694,
en París. Su familia era originaria de Poitou, con ascendientes
curtidores, mercaderes y negociantes. Su abuelo se trasladó
a París e hizo fortuna, por lo que el padre de Voltaire pudo
seguir la carrera de Derecho y hacerse notario. Llegó a ser
Tesorero del Tribunal de Cuentas del Reino y tuvo una clientela
particular de lo más distinguida: los Richelieu, los Sully,
el duque de Saint-Simon, el de Montmorency... Su madre, María
Margarita Daumast, era de una familia acomodada y distinguida;
mujer culta, refinada, aficionada a la deliciosa mezcla de
intelectualismo y vida social de los salones. Murió cuando
su hijo Francisco-María contaba sólo siete años de edad. De
los cinco hijos del matrimonio, de los que Voltaire era el
menor, sólo sobrevivieron tres: Armando, el mayor, jansenista
furibundo y María, que luego sería Mme. Mignot.
Su hermano Armando le brindó
a Voltaire el odioso ejemplo de un fanático sin moverse de
su domicilio; los dos hermanos se detestaron cordialmente
y cada uno se convirtió en símbolo del mal encarnado para
el otro. Es curioso recordar que lo mismo le ocurrió a Diderot
con su hermano el canónigo Didier-Pierre: los enciclopedistas
parecían destinados a iniciar el cisma y el escándalo
en sus propias familias, antes de extenderlo por Francia y
Europa entera. El padrino de Voltaire fue el libertino abate
Chateneuf, cliente de su padre y contertulio en las
reuniones literarias de su madre. Su
influencia fue probablemente la de más radical importancia
en los primeros años de Voltaire. El abate le hizo aprenderse de memoria largas tiradas de
versos de «La Mo¡sade», poema épico-burlesco que satiriza
las inacabables disesiones religiosas y los fanáticos enfrentamientos
de opinión en cuestiones en las que nadie sabe nada de cierto.
Aún hizo más: le llevó a casa de la ya octogenaria Ninon
de Lenclos, de la que era el último chevalier servant. La célebre cortesana
habló con Voltaire de las querellas entre jansenistas y jesuitas,
quedando -¡cómo no!- encantada de la ingeniosa viveza del
niño. Cuando murió, poco después de esa visita, Ninon dejó
al niño un legado de 1.000 francos «para comprarle libros».
Voltaire había hecho su primera conquista.
A los diez años, Voltaire
entra en el colegio Louis-le-Grand, llevado por jesuitas.
Aquí también se impone el paralelo con Diderot, pues
en ambos casos la enseñanza que recibieron
de los seguidores de San Ignacio les dejó una impresión más
bien favorable de ilustración y liberalismo. Voltaire, que
quiso mucho a algunos de sus maestros (los abates Porée y
Tournemine, que debían ser no mucho menos escépticos que el
mismo Voltaire y bastante volterianos avant la lettre), guardó
siempre una cierta debilidad por los jesuitas, reforzada por
una viva antipatía por los jansenistas. Claro que, si se adopta
el punto de vista de éstos, casos de alumnos como Voltaire
o Diderot no dejan de abonar los reproches que Pascal dirigía
a la enseñanza cristiana de los jesuitas. Ya en el
colegio, Voltaire comienza a dar muestras de facilidad a la
hora de versificar.
En 1711 comienza sus estudios de
Derecho, a instancias de su padre. Pero ya entonces se dedica
con mucho más ardor a componer odas y epigramas que a estudiar
leyes. Si uno tenía ingenio y mano izquierda en aquella feliz
época, era fácil acercarse a las bellas con pretexto de corregir
los versos amorosos que éstas indefectiblemente escribían.
En Caen, Voltaire escandaliza
un tanto por su libertinaje en el salón de Mme. d'Osseville;
ha trabado amistad con otro jesuita sospechoso, el abate de
Couvrigny, y lleva una vida que debe ser más ligera y picante
que perversa. Pero el padre notario no vio la cosa
con tanta benevolencia. En 1713, le envía como secretario
de embajada a la Haya, con el nuevo embajador en Holanda,
marqués de Cháteneuf (a no confundir, como hace André Maurois
en su Voltaire, no carente por otra parte de gracia, con el
abate del mismo nombre que apadrinó a Voltaire y que murió
cuando éste contaba catorce años de edad). En el país de los
tulipanes se enamorisca de la hija de la señora Dunoyer, una
protestante francesa que había huido con su familia a Holanda
en busca de tolerancia. La joven debía ser deliciosa, porque,
a pesar de llamarse Olympia, Voltaire decidió que debía llamarla
Pimpette. «Sí, querida Pimpette, yo os amare siempre ...
»: Voltaire, como todo el mundo, también pasó por
ahí. Pero la peligrosa mamá Dunoyer vivía de vender libelos
y el embajador se asustó del posible escándalo. Intentó encerrar
discretamente en la embajada al inquieto secretario pero la
cosa se reveló imposible. De modo que lo remitió de nuevo
a París.
El padre le recibió con escaso entusiasmo.
Como el hermano mayor se entregaba ferozmente a escribir panegíricos de los convulsionarios
jansenistas, el buen notario llegó a esta alarmante conclusión:
«Tengo por hijos a dos locos; el uno en prosa y el otro
en verso». Y comenzó a tramitar la obtención de una orden
de destierro para su hijo loco en verso. Voltaire maniobró
con habilidad e intentó capear el temporal en dos frentes
simultáneamente: por un lado, se proponía obtener de los obispos
franceses el retorno de Pimpette a Francia, con el pretexto
de que quería convertirse y huir de la tiranía protestante
de su madre, y por otro intentó apaciguar a su irritado padre.
Fracasó en su primer empeño, pero no en el segundo. Y tuvo
que entrar en el despacho del procurador Alain, a fingir que
se interesaba por el Derecho.
El 1 de septiembre de 1715 murió Luis XIV. El gran rey, cuya época encontró más
tarde en Voltaire su mejor historiador, se había hecho más
represivo y autoritario al final de su vida, por lo que su
muerte fue generalmente experimentada como una liberación.
Un acceso de moralismo agudo, complicado con una crisis de
beatería senil, había convertido últimamente al Rey Sol en
un censor implacable de las apariencias libertinas; a su desaparición
siguió la del velo de hipocresía que cubría las costumbres
y Francia se entregó a una de las jornadas más deliciosamente
corrompidas de su historia. Durante la minoría del príncipe
heredero, se encargó de la regencia el duque Felipe de
Orleans, al que Cioran calificó una vez de «Calígula
amable». Tenía, en efecto, las pasiones desenfrenadas y el
poder autocrático del césar romano, pero carecía totalmente
de crueldad y sentía bonachona inclinación por el ingenio
y las artes. Liberó de la cárcel a todos los presos políticos,
entre ellos muchos escritores y periodistas, que nada más
salir de prisión se dedicaron a asaetearle con toda suerte
de libelos y sátiras de increíble ferocidad. Evidentemente
tanto su conducta como la de su hija, la irrefrenable duquesa
de Berry, no eran precisamente intachables, pero los
ataques al Regente estaban respaldados ante todo por las ambiciones
despechadas de los hijos bastardos del rey, principalmente
del duque de Maine. La esposa de éste mantenía una
auténtica anti-corte en Sceaux, en la que epigramistas
y panfletarios de talento se descargaban contra el Regente;
Voltaire fue uno de los estiletes verbales y esta guerra
privada acabó en un complot con la corona de España, que llevó
a la duquesa de Maine a la Bastilla y a nosotros nos proporcionó
las incomparables Memorias de su dama de compañía, Madame
Staal- Delaunay. De momento, Voltaire se ha convertido
en uno de los ingenios más reputados de París. Fabrica
incontables epigramas y se le atribuyen muchos más que no
son de su cosecha; él, siguiendo una costumbre que le durará
toda la vida, niega la paternidad de todos y cada uno de sus
escritos que puedan comprometerle. Aparece una sátira
titulada De puero regnante, en verso, que colma la paciencia
del autócrata. Voltaire niega, quizá esta vez con verdad,
tener algo que ver con ella, pero de nada le vale y es encerrado
un año en la Bastilla. Comienza a conocer los problemas
de una reputación basada en el ir siempre demasiado lejos.
Su prisión no es excesivamente rigurosa para la época, y la
ameniza componiendo un largo poema épico, La Henriada o, castellanizándolo,
La Enriqueida, basado en la vida de Enrique IV, monarca al
que Voltaire admirará toda su vida. El poema es un pastiche
bastante obvio y arcaizante de la Eneida, insoportable para
el gusto actual pero que entonces pareció buenísimo. También
planeó y compuso en parte una
tragedia Edipo a la que se le pueden hacer los
mismos reproches que a la Enriqueida.
En 1718 sale
de la Bastilla y, tras discreto exilio, se le autoriza a residir
de nuevo en París. El 18 de noviembre se estrena con éxito
inenarrable su Edipo, contando mucho en el entusiasmo
del público los antecedentes políticos del autor, ya auroleado
con cierto renombre de oposición. En los carteles que anuncian
la obra firmada por primera vez como Voltaire. Todo
le sonríe, como suele decirse. Lleva una vida sumamente activa
en todos los órdenes, sin perderse ni una tertulia ni dejar
de asistir a una fiesta. La alta sociedad se disputa su compañía
y él, equivocadamente, como luego se verá, cree pertenecer
por el espíritu a una aristocracia de tanto rango como la
de la sangre. Al sentarse a la mesa en un banquete en casa
de unos duques expresa esta, convicción diciendo: «¡Aquí
todos somos o príncipes o poetas! ». No tardará en aprender
a su costa la diferencia de poder entre unos y otros. En lo
físico, ya es el Voltaire inmortal que imaginamos. Pequeño,
frágil, nervioso, de una mala salud de hierro, aquejado de
todos los daños reales e imaginarios, alimentado casi exclusivamente
de café, siempre moribundo, siempre vigoroso. Su ironía despiadada
le sigue granjeando enemigos, tal como el poeta Juan Bautista
Rousseau (sin relación con Juan Jacobo) quién tras leerle
su ampulosa «Oda a la posteridad» escucha como comentario
volteriano: «Dudo que esa composición llegue a su destino».
En 1722 muere su padre, que ha vivido lo suficiente como para
comenzar a ver la gloria literaria de su hijo. Al año siguiente,
Voltaire cae gravemente enfermo de viruela; en su convalescencia,
se entera de las reacciones producidas por su «Enriqueida»,
impresa clandestinamente en Rouen e introducida subrepticiamente
en París, para indignación de clérigos y conservadores. En
el poema, a propósito de las luchas entre hugonotes y católicos
y de la triste noche de San Bartolomé, hay un fuerte alegato
contra la intolerancia. En
febrero de 1726 ocurre el incidente que más hondamente va
a forjar al Voltaire
definitivo. En un banquete, discute con el caballero de
Rohan-Chabot, mariscal de campo y miembro poco ilustre de una de las más
ilustres familias de la época; el caballero Roban tenía de
antaño ojeriza a Voltaire
por sus opiniones impías y anticlericales. Pocos días después,
mientras Voltaire charlaba con su amiga la gran actriz Adrianne
Lecouvreur, Rohan se
acercó a él y le dijo impertinentemente: «Pero bueno, ¿cuál
es su nombre, Voltaire o Arouet?». Voltaire
repuso: «Señor, no tengo un gran nombre, pero hago honor
al que llevo». La Lecouvreur intervino para separarles
y el mariscal Rohan se fue indignado del salón. Pocas noches
después, mientras Voltaire cenaba alegremente en casa del
duque de Sully, un criado le pasó recado de que dos caballeros
le esperaban en la calle. Voltaire salió sin sospechar nada y se encontró con dos matones de
Rohan que le dieron una soberana paliza; el mariscal asistió
a ella desde un coche y les gritaba: «¡No le peguéis en
la cabeza, que podría salir algo bueno!». Entre la rechifla
de los curiosos que se habían arremolinado, el maltratado
Voltaire entró de nuevo
en el palacio y, loco de indignación, pidió a los duques
de Sully que le acompañaran a
la comisaría para denunciar la vejación que había sufrido.
Y ahora sí que despertó bruscamente de su sueño dorado: los
duques se rieron amablemente de él y se negaron rotundamente
a declarar contra el mariscal. Después de todo, el incidente
no revestía mayor trascendencia: un noble había puesto en
su lugar a un plebeyo insolente, le había dado una lección
útil a él y a otros como él... y nada más. Aunque los príncipes
inviten a comer a los poetas, no están dispuestos a que se
igualen sus respectivas categorías. Voltaire no se dio por vencido: tomó lecciones de esgrima, contrató
hombres de mano y dijo a quien quisiera escucharle que pensaba
vengarse del caballero Rohan. Terminó por alarmar a éste con sus preparativos, y el mariscal
solicitó del Regente que le librase del importuno. Voltaire
visitó de nuevo la Bastilla y pocos días después, se le hizo
embarcar en Calais con rumbo a su destierro en Inglaterra.
Para el poeta
exiliado, Inglaterra se convierte
en el paraíso de la libertad y la tolerancia. Respeto ideológico,
desarrollo de las ciencias y el comercio, confraternización
de distintas creencias religiosas: Inglaterra es la civilización,
sin más. Durante tres años, Voltaire se empapa
de las realizaciones culturales que él quisiera ver en su
patria, aunque sin dejar nunca de echar de menos los refinamientos
de ese esprit francés cuya nostalgia no le abandona. Conoce
a Swift, a Bolingbroke, a Congreve; ve
representar el Hamlet y asiste al impresionante entierro de
Newton; dedica su Enriqueida a la reina de Inglaterra
y su Zaire al comerciante Falkener, en cuya casa se hospeda;
visita a Pope y charla en el pub del Arco Iris con
Gay y los actores shakespearinos. Cuando
en 1728 vuelve a Francia, viene reforzado en sus convicciones
libertarias y más combativo que nunca. Una de las principales
lecciones que ha recibido de los ingleses es que la independencia
económica es la base de la libertad. Voltaire
siempre había revelado gran habilidad en lo económico, sobre
todo cuando tuvo que invertir la herencia de su padre; en
Inglaterra ha continuado haciendo negocios y cuando vuelve
a Francia sigue ganando dinero con todas las transacciones
que realiza, hasta con la lotería. Se hace rico, muy rico;
será ya un opulento gran señor hasta el final de su vida.
Triunfa su Brutus y su Zaire; también agrada mucho su Historia
de Carlos XII. Pero de nuevo vuelve a tener, tropiezos con
la justicia: a su amiga la actriz Adrianne Lecouvreur se
le niega entierro en lo sagrado, lo que provoca una indignada
protesta en verso de Voltaire; por otro lado, sus
Cartas filosóficas, de las que luego hablaremos extensamente,
son quemadas en público por el verdugo. Voltaire
vuelve a estar en peligro y, para huir de él, se refugia en
el castillo de Cirey, cerca de la frontera de Lorena, propiedad
de su amiga Madame de Chatelet, la «divina Emilia»
que llenará los próximos años de la vida del escritor...
Gabriela Emilia Letonnelier de Breteuil,
marquesa de Chatelet, gustaba de cosas tan aparentemente
dispares como el latín, los principios de Newton (que había
traducido al francés con un comentario de su cosecha) y el
amor; estas aficiones le separaban de su marido, un complaciente
marqués sin más pasión conocida que la caza, y le acercaban,
naturalmente, a Voltaire. Voltaire se instaló en Cirey
en octubre de 1734, y su unión con la marquesa durará más
o menos hasta 1748. Durante catorce años formarán una pareja semejante a la de un Aragón
y Elsa Triolet o a la de Sartre y Simone de Beauvoir: uno
de esos connubios de fuerte componente intelectual, mantenidos
por el júbilo de una creatividad compartida. Instalan en Cirey
un magnífico laboratorio y se dedican a investigaciones de
física, química y matemáticas. En una ocasión ambos concursan,
por separado y sín conocer la participación del otro, en un
concurso de la Academia de Ciencias sobre la naturaleza del
fuego: ambos fracasan, pero se divierten mucho. En el castillo
reciben a diversos invitados importantes y mantienen una abierta
tribuna de díscusión sobre todos los temas. A partir del Templo
del gusto, el número de literatos enemistados con Voltaire
ha crecido prodigiosamente. Desfontaiens ataca con
su «Volteromanía», respuesta a un «Preservativo contra Desfontaines»
que le había sido previamente asestado. En 1736, Voltaire
recibe carta de Federico de Prusia, príncipe heredero del
trono alemán; se inicia una correspondencia que, con intervalos
de enfados y acercamientos, durará hasta el final de la vida
de Voltaire. Cuando Federico II sube al trono, invita
por primera vez a Voltaire a Berlín. Este prototipo del monarca
ilustrado, que tan pronto escribe un sutil Anti-Maquiavelo
como versos en francés o compone conciertos para flauta, se
proclama discípulo y admirador de Voltaire; más adelante conocerá
éste los inevitables límites de tal entusiasmo por su persona.
De momento, los viajes de Voltaire por Prusia son triunfales
y su relación con Federico, idílica, aunque las misiones diplomáticas
que el gobierno francés le ha discretamente encomendado, se
estrellan contra la sagacidad de Federico, que en materia
política revela muchísimos más quilates de astucia que Voltaire.
A su vuelta de Alemania, las cosas han mejorado para Voltaire
en la corte de, Luis XV. En 1745, estrena en Versalles,
bajo su dirección, La Princesa de Navarra, en honor de las
bodas del Delfín. Se le nombra historiador de Su Majestad
y se le promete un cargo de gentil hombre ordinario, que más
tarde venderá a buen precio. Ese
mismo año representa en Versalles El Templo de la Gloria,
con música de Rameau, apoteosis de Luis XV en figura de Trajano. Al final de la obra, Voltaire se acerca
al palco del rey y le dice: «¿Está contento Trajano?».
Luis XV le mira fijamente sin contestarle y le vuelve la espalda:
no le gustan las familiaridades. Sin embargo, le hará elegir
miembro de la Academia Francesa.
Varias de sus obras siguen teniendo problemas con la censura. Los primeros capítulos de su Siglo
de Luis XIV son retirados de circulación y su tragedia Mahoma
despierta aunténtica indignación en medios eclesiásticos.
Con su habilidad característica, Voltaire la envía al Papa,
dedicada; el Sumo Pontífice te envía una afectuosa carta en
la que dice que la ha leído con mucho gusto y le manda su
bendición apostólica y unas medallitas: otra batalla ganada,
por el momento. En 1747, año de publicación de su Zadig, tiene
un tropiezo más grave; invitados
por la reina y otros cortesanos a jugar a las cartas, la marquesa
de Chatelet y él pierden bastante dinero; en un momento de
la partida, Voltaire comenta en inglés a su amada: «Querida,
vámonos, porque estamos jugando con bribones». Desdichadamente
para ellos, varias personas de la mesa saben inglés, lo que
crea una situación sumamente incómoda. La pareja huye a Sceaux,
al castillo de la duquesa de Main y luego van a Lunéville,
a la corte del rey Stanislas. Allí madame de Chatelet
conoce a un apuesto capitán, Saint-Lambert; las relaciones
de Voltaire y ella son platónicas desde hace tiempo
y la divina Emilia tiene otras necesidades además de las intelectuales.
Voltaire la descubre con el capitán en inequívoco coloquio
y se toma la cosa por la tremenda, pero ella le hace recapacitar
y él acepta, finalmente, encargarse de la mitad espiritual
de la señora, dejando el resto para el capitán. Pero la fogosidad
de Saint-Lambert se revela peligrosa, pues deja embarazada
a la cuarentona marquesa. La señora de Chatelet muere
de parto, el año 1749, y Voltaire queda profunda y
sinceramente desolado por esta pérdida de la mejor
compañera de su vida. Triste y aburrido, decide cambiar de
ambiente y acepta la invitación de Federico II para
viajar a Berlín y residir allí una larga temporada.
El comienzo de su estancia es inmejorable.
El rey le trata como a un amigo y le da sus versos para corregir.
Pero a Federico le rodean muchos poetas, todos ellos
envidiosos de la preferencia por Voltaire. Comienzan
a correr las calumnias y las intrigas. Por su parte, tampoco
Voltaire es demasiado discreto y se mezcla en un sucio
negocio de bonos del Estado, que acaba en escándalo. El rey
comienza a enojarse. Un antiguo amigo de Voltaire, Maupertuis,
director de la Academia de Berlín y protegido de Federico,
ataca al reputado científico Koenig; Voltaire toma
partido por éste y escribe una sátira, «La diatriba del doctor
Akakia», donde se ridiculiza a Maupertuis y, de paso a su
protector. Federico II hace
quemar en las plazas de Berlín el opúsculo y Voltaire
decide que ha llegado la hora de
abandonar Prusia. Cuando abandona los territorios
de su antiguo protector, es detenido en la ciudad fronteriza
de Francfort por un enviado de Federico que le exige devuelva
diversos regalos y condecoraciones, obsequio del rey. Como
sus cosas están en Leipzig, Voltaire pasa
varios días detenido. De nuevo tiene ocasión para meditar
sobre las dificultades de la amistad con los poderosos. Entonces
debió decidir fijar su residencia en algún sitio más o menos
resguardado de los reyes y de su brazo secular.
Perseguido en París, perseguido en
Berlín, hizo un breve intento de instalarse en Ginebra. También
en Suiza las cosas se le complicaron pronto. En 1755 había
comenzado a colaborar en la Enciclopedia, para la que había de redactar artículos
tan característicos como «Elocuencia», «Esprit», «Imaginación»,
etc... Uno de los primeros que
prepara es el artículo «Ginebra», en el que alaba a los pastores
protestantes suizos por no creer en la Biblia ni en el Infierno
y ser sencillamente deistas, como él. Además, lanzaba
alguna pulla contra el «alma atroz» de Calvino. El
artículo causa un notable escándalo y provoca una «Declaración
de los pastores» en contra de lo que en él ha expuesto. Tampoco
en Ginebra podrá instalarse con aquella tranquilidad
liberal que él busca. Decide comprar
un terreno a caballo entre Francia y Suiza, que le permita
pasar de un lado a otro de la frontera en caso de persecución;
en último término, lo que busca es un pequeño reino privado
donde no haya más dueño y señor que Voltaire. Compra por fin
el condado de Tournay y
el castillo de Ferney, en territorio francés, cerca de Ginebra. Lo conplementa con
la finca «Las Delicias», en territorio suizo y de este modo
se siente resguardado: «Yendo así de una madriguera a otra,
me salvo de los reyes y de los ejércitos». Allí
vivirá hasta pocos meses antes de su muerte. Colonizará su
condado, dotará de casas y escuelas a sus colonos y hasta
construirá una iglesia en cuyo frontispicio campeará esta
leyenda: Deo erexit Voltaire. Allí
se desvivirá por el bienestar y la abundancia de quienes ocupan
sus tierras, para quienes llegará a convertirse en una especie
de dios tutelar al que idolatraban. Para sí mismo se hará
construir un teatro, la pasión de su vida; con sus
invitados, representará incesantemente sus tragedias, recitando
él mismo muchos papeles, de un modo demasiado enfático, si
hemos de creer al historiador Gibbon, que asistió a uno de
esos espectáculos. Le encanta todo lo teatral: los disfraces,
el engolamiento, las lágrimas, la desesperación, la bufonada...
Cuando se cansa de hacer teatro, juega y distrae a sus invitados
con la linterna mágica, en cuyo uso es muy hábil. En
1758, a los sesenta y cuatro años de edad, escribe Candide,
una historia perfecta, uno de los raros casos de acierto pleno
de la historia de la literatura. El terremoto de Lisboa de
tres años antes le había hecho meditar amargamente (¡y hasta
escribir una protesta indignada en verso!) sobre el optimismo
leibniziano que hace de nuestro mundo el mejor de los mundos
posibles. Cándido recorre
el mundo, flanqueado por el inquebrantable optimismo del doctor
Pangloss y el sombrío pesimismo de Martín, zarandeado por
todos los horrores políticos, sismicos y pasionales; al final
de su viaje iniciático, no opta ni por la exaltación ni por
el abatimiento, y decide dedicarse a cultivar resignadamente
su jardín. Así nace toda
una concepción de la vida, una sabiduría moderna: el mundo
no es evidentemente ni la perfecta maravilla que la Providencia
rige sin fallos ni el siniestro lodazal que los condenadores
de lo real (al modo de Pascal) suponen, sino un debatido y
perfectible campo de acción para la racional iniciativa de
los hombres serenos. Se consolida aquí la visión
burguesa del universo, emprendedora y científica, tocada de
una suave ironía y de cierto desencanto.
Retirado
de las grandes capitales, Voltaire inicia su reinado
espiritual sobre Europa. Llega el momento de militar activamente
en pro de los ideales por los que ha abogado toda su vida.
Multiplica los panfletos, las sátiras, los artículos. Defiende a los filósofos enciclopedistas y ridiculiza a sus
enemigos. Comenta y explica la Biblia desde un punto de vista
racionalista, que indigna a los clérigos. Pero sobre todo,
entabla un feroz y desigual combate por la tolerancia. Es
algo que lleva en la sangre, que padece físicamente: ¿acaso
no tiene fiebre y pálpitos la víspera de cada San Bartolomé?
En 1762 te informan del asunto Calas, un hugonote torturado y quemado bajo
la acusación de haber ahorcado a uno de sus hijos que quería
convertirse al catolicismo. El caso era perfectamente inverosímil:
ni el viejo padre podría en modo alguno haber ahorcado a su
vigoroso hijo, ni éste había pensado nunca en hacerse católico
sino que continuaba en las mejores relaciones con sus padres.
El caso indignó a Voltaire, que inundó el país de protestas
y requisitorias, hasta lograr que se reivindicase la memoria
de Calas y se reconociese el error judicial de tan monstruosas
consecuencias. Para conmemorar y refrendar este triunfo, Voltaire
escribió su Tratado de la tolerancia, en el que cuenta el asunto y previene contra abusos semejantes, fruto del
fanatismo. Intervino en muchas otras ocasiones, con varia
fortuna, pero contribuyendo de modo decisivo a humanizar las
leyes y a extender cierto horror general por la intransigencia
inquisitorial: aunque no tuviese otros méritos, esto bastaría
para reivindicar en la historia el nombre de Voltaire.
Su casa se ha convertido en un punto
obligado de peregrinación intelectual: reyes, músicos, poetas,
todo el que es alguien en Europa y pasa por Ginebra debe visitar
a Voltaire. Así lo espera él, al menos, y por eso se
enoja cuando José II visita la ciudad suiza sin ir
después a rendirle saludo. Inicia su cruzada contra la iglesia
católica, que le parece sede mundial del oscurantismo y la
intransigencia. Acaba todas sus cartas con un rotundo ¡ecrasez
l'infáme!, más dirigido contra la superstición que contra
la religión misma, aunque la frontera entre una y otra no
es ni obvia ni inequívoca para el viejo racionalista. Se opone
rotundamente, sin embargo, al ateísmo de Diderot y
sobre todo del Barón d'Holbach, contra cuyo Sistema
de la naturaleza escribe una refutación. En su Diccionario
de filosofía y en sus Cuestiones sobre la Enciclopedia da
rienda suelta a su necesidad pedagógica, a su regeneracionismo
visceral, componiendo una especie de enciclopedia de bolsillo
en donde se dictamine y sé resuelva sobre todos los temas
en unas pocas páginas; de sobra advertía él que la Enciclopedia
de Diderot multiplicaría su fuerza subversiva si no mezclase
con demasiada frecuencia lo percutante con lo farragoso. Ya
se escribe de nuevo con Federico II, al que anima generosamente
en momentos difíciles para la política exterior de Prusia.
En 1774 muere Luis XV, cambiando en importantes aspectos
la política económica francesa en manos de Turgot. Voltaire
se entusiasma con estas reformas y aún más porque comienza
a divisar la posibilidad de volver a París. ¿Se lo permitará
su mala salud? Pero Voltaire lleva cuarenta años agonizando;
cada visitante que tenía en Ferney no le concedía más de un
mes de vida al verle, pero aquel moribundo revivía siempre,
al calor indignado de una injusticia o ante los jubilosos
preparativos de una comedia. Por fin se decide y en 1778,
a comienzos de año, parte para París. Tiene ochenta
y cuatro años de edad, pero se rejuvenece con la entusiasta
despedida que le hacen sus colonos de Ferney, que no volverán
a verle, y con el triunfal recibimiento que se le hace en
París. Llega el 10 de febrero y se hospeda en el hoy llamado
«Quai Voltaire», en el hotel de Madame de Villete. Allí recibe
a cientos de visitantes, envuelto en su bata de perpetuo enfermo
friolero y con su célebre gorro de dormir, burlesca corona
de este regio bufón. Dirige los ensayos de su Irene, la última
de sus tragedias, pero no puede asistir al estreno por una
indisposición. Va seis días después, tras presidir una sesión
de la Academia Francesa, en la que se le saluda como el más
ilustre escritor vivo de Francia; cuando el público le divisa
en su palco, interrumpe la representación con una larga, interminable
ovación, que llega a su cumbre en el intermedio de la obra,
cuando se corona de laurel en el escenario, un busto de Voltaire,
mientras la primera actriz lee unos versos de homenaje. Toda
la Francia que ya prepara la revolución, tributa fervoroso
homenaje al padre de muchas de las nuevas ideas, de las nociones
más subversivas e irreverentes del nuevo régimen que ya apunta.
Se le lleva a su casa en tumultosa y entusiasta manifestación.
Es el 30 de marzo; dos meses después, día por día, su estado
es alarmante, y su sobrino, el abate Mignot, mandó a buscar
un sacerdote. Ambos forcejearon un rato en torno al lecho
de muerte de Voltaire, tratando de que se retractase
de sus ideas; finalmente, el viejo se sentó indignado en la
cama y les gritó: «¡Dejadme morir en paz!». Se fueron
y en paz murió Voltaire pocas horas después, a las
once y cuarto de la noche, del 30 de mayo de 1778. El arzobispo
de París prohibió que fuese enterrado en sagrado, pero su
sobrino el abate lo inhumó en la abadía de Scilliers, en Champagne,
de la que era beneficiado. En 1791, los revolucionarios llevaron
el féretro procesionalmente a París y lo enterraron en la
antigua iglesia de Santa Genoveva, convertida en Panteón de
Hombres Ilustres. En reinados posteriores todavía sufrió dos
o tres traslados dentro del recinto, nuevamente convertido
en templo. Se dice que unos curas realistas desenterraron
poco después su cuerpo y el de su adversario Rousseau y los
arrojaron vengativamente a la fosa común. La inquietud fue
el signo de Voltaire hasta que desapareció su último puñado
de polvo.
Voltaire
pasó ante los ojos de sus contemporáneos y ante los suyos
propios por gran poeta y renovador de la tragedia moderna.
Nietzsche todavía le veneró bajo estas especies, pero creo
que fue el último y bastante rezagado representante de un
criterio estético que ya no es el nuestro. El Voltaire
poeta es, casi invariablemente
frío, artificioso y conceptual: como prueba de ello, le bastará
al lector comparar la traducción en verso que hace del monólogo
de Hamlet (y que el lector encontrará en la carta dieciocho,
en esta misma obra) con el original inglés. En cuanto a sus tragedias, salvo dos o tres, todas nos son perfectamente
insoportables y mucho más alejadas de nuestra sensibilidad
actual que las obras de los grandes clásicos del XVI y XVII.
Quizá el tiempo modifique de nuevo este criterio, pero a nosotros
sólo nos cabe dar cuenta de lo que gustamos hoy. Nuestro
Voltaire es el de los cuentos,
prodigiosos de naturalidad y gracia, el del Diccionario Filosófico,
el de los artículos y el de las cartas, tanto filosóficas
como esas otras privadas (la correspondencia con Madame du
Delfand, por ejemplo) a cuyo encanto es imposible sustraerse.
Se ha dicho de "él que era tanto más grande
cuanto menor era el género que practicaba" y creo
que pocos de sus lectores actuales disentirán de esta apreciación,
Entre las obras del Voltaire perdurable destacan estas
Cartas filosóficas o Cartas inglesas, en las que un espíritu
juvenil, recién madurado, plantea todos los temas en torno
a los que combatirá, pensará y reirá toda su larga vida. Más
adelante, Voltaire mejorará las exposiciones que aquí
adelanta, radicalizará o perfilará muchos de sus puntos de
vista, pero esto no marchitará la gracia confidencial y directa
de esta primera aproximación a su pensamiento. El buen gusto,
la perfección sencilla del estilo, la jubilosa fuerza irónica
hacen más memorable este libro que la doctrina misma que en
él se predica y frente a la cual hoy guardamos tan escéptica
distancia como Voltaire respecto a las venerables tradiciones
que abrumaban a su época. Mucho más importantes que las verdades
«objetivas» que se nos trasmiten aquí son los sueños y ambiciones
de un espíritu prodigiosamente vivo que en ellas acierta a
realizarse y que expresa de modo incomparable la gozosa plenitud
de sus descubrimientos. Este ímpetu ecuménico y regenerador,
tolerante, inquisitivo, ávido de conseguir un liderazgo espiritual
que sea tanto autoafirmación como victoria sobre lo mezquino,
forma el núcleo mismo de Voltaire. Y, como bien dice Raymond
Naves, «estas ambiciones, estas alegrías, estos sueños están
ya contenidos en las Cartas inglesas, y ellos son los causantes
de su unidad y profundo interés; más que un documento sobre
el extranjero, más incluso que un testimonio precioso de cosmopolitismo,
las Cartas nos presentan al Voltaire completamente armado,
claramente orientado hacia la misión de toda su vida, que
debía ser emancipar a los hombres y reconciliarlos con su
destino».
Las
Cartas fueron probablemente esbozadas y pensadas
durante la estancia de Voltaire en Inglaterra, en 1727
y 1728, pero no comenzaron a ser redactadas (según Lanson)
hasta el año siguiente, y no se acabaron hasta 1733. Aparecieron
en abril de 1734, bajo el título de Cartas filosóficas por
M. de V., en Amsterdarn, casa E. Lucas, en el Libro de Oro,
pero fueron realmente editadas por Jore, en Rouen. Un año
antes había aparecido la traducción inglesa en Londres. La
distribución de este libro causó un revuelo mayúsculo, uno
de los mayores de la vida pródiga en escándalos de Voltaire.
El editor fue detenido, se lanzó una orden de arresto contra
Voltaire, que tuvo que huir, y el libro fue quemado públicamente
por orden del Parlamento, «como escandaloso y atentatorio
a las buenas costumbres, la religión, y al respeto debido
al gobierno». El incorregible autor escribía a d'Argental:
«Verdaderamente, puesto que se grita tanto contra esas
condenadas cartas, ¡me arrepiento de no haber dicho en ellas
mucho más todavía!».
Las siete primeras cartas tratan de temas religiosos. Siguiendo la táctica que ha de emplear
en todo el libro, con la única excepción de las anotaciones
finales sobre Pascal, el ejemplo de las liberales instituciones
inglesas, discretamente idealizadas, sirve a Voltaire
para sustentar su ataque contra los dogmas y usos de Francia,
que eran los de casi toda la Europa continental de la época.
Aunque ha sido uno de sus temas más polémicamente debatidos,
por mor y gracia del odium theologicum, el tema de la religión
de Voltaire debería poder ser visto hoy con bastante acuidad,
sobre todo después del excelente estudio de René Pomeau (La
religión de Voltaire; París, 1956). Por eso sorprende leer
a estas alturas afirmaciones tan pintorescas como ésta: «Voltaire
es ejemplo de ateo en cuanto enemigo de Dios» (en ¿Qué es
ser agnóstico?, de E. Tierno Galván,-Tecnos 1975, página
15). Grave disparate, más digno de trasnochados celos clericales
que de su ilustre autor. Voltaire no fue nunca ateo
y combatió siempre el ateismo, sobre todo al final de su vida,
cuando ya ninguna proclamación atea podía perjudicarte y sí
en cambio los ataques a sus amigos los enciclopedistas y al
barón d'Holbach. El enemigo de Voltaire, la «infame» que según él debía ser aplastada, era
la Iglesia en cuanto sede de intolerancia, oscurantismo y
dogmatismo. Su oposición a la Iglesia provenía no de que ésta
predicase un Dios inexistente, sino de que desvirtuaban la
auténtica naturaleza del Dios existente, abrumándola de particularismos
judaicos, irracionales, supersticiosos y de ridiculeces nocivas
para el desarrollo de la inteligencia y la concordia de la
sociedad. Quizá pueda decirse que este Dios filosófico
de Voltaire está muy lejos y es muy opuesto al Dios
revelado, pero en ningún caso es lícito tildarle de ateo enemigo
de Dios. Como bien señala Enmanuel Berl, para este deísta
una de las objecciones contra el sistema mecanicista de Descartes
era el poco papel desempeñado en él por Dios, frente a la
activa omnípresencia del Dios de Newton. No hay por qué suponerle
ninguna hipocresía, ni siquiera una licencia retórica, cuando
en sus últimos días en París bendijo al nieto de Benjamín
Franklin con las palabras God and Liberty. Sin embargo, es
necesario señalar que su temperamento estaba muy lejos de
esa tendencia al arrobo místico y de esa respetuosa actitud
ante el misterio que podemos considerar rasgos distintivos
del talante religioso: era demasiado febrilmente activo y
demasiado mordaz para caer en la tentación de rezar, o incluso
para entender por simpatía a los que sienten la necesidad
de hacerlo. La descripción que en estas Cartas hace de los
cuáqueros está llena de un irónico distanciamiento que excluye
cualquier posibilidad de parentesco espiritual con ellos;
los prefiere, sencillamente, a los intolerantes, como es posible
preferir los locos pacíficos a los dementes furioso. Está
evidentemente más interesado por asestar un modelo de subversiva
simplicidad contra la Iglesia establecida que por hacer propaganda
proselitísta de la nueva secta.
Mucho más importante, en este orden
de cosas, es su enfrentamiento dialéctico con Pascal,
expuesto en sus muchas acotaciones a los "Pensamientos"
pascalianos, de las que brindo en esta edición recopilación
completa. Aquí Voltaire encuentra un enemigo de su
talla, un gran escritor, elegante e inventivo, armado de un
ácido sarcasmo y de lo que en la época se llamaba un "éspíritu
geométrico" es decir, fuertemente habituado al razonamiento
mátemático y, por ende, al rigor lógico. Ya no se trata de
un cura obcecado e ignorante que echa pestes contra una razón
cuyo funcionamiento desconoce y cuyos tesoros le están vedados,
sino de un sabio que vuelve la razón contra la razón misma,
que sigue el camino de la ciencia hasta hallar la aniquilación
del conocimiento como coronación de la ciencia misma. En una
palabra, el Voltaire que confía en la ilustración científica
como sabiduría rectora de la nueva sociedad, libre del prejuicio
y la superstición, tropieza con el primer científico desencantado,
que sólo ha encontrado amarga desolación en el corazón de
la ciencia. Nada es tan peligroso a ojos del Voltaire
progresista como este testimonio de primera mano contra el
ideal ilustrado. Pero, además, éste es el enfrentamiento de
dos temperamentos radicalmente opuestos y paradigmáticos,
de dos irreconciliables concepciones de la felicidad, de dos
maneras filosóficamente opuestas de entender -de vivir- la
salud y la enfermedad. A fin de cuentas, Voltaire se
nos muestra como lleno de creencias frente a un Pascal
que ha decidido creer en Dios para mejor poder dejarde creer
en todo lo demás; el optimismo de un enamorado, inconforme
pero fiel, de la vida frente al pesimismo de un denostador
radical e implacable de la existencia. De familia, por vía
del hermano intolerante y convulsionario, le venía a Voltaire
el detestamiento de los jansenista. Frente a Pascal,
tiene ocasión de dar rienda suelta a su hostilidad contra
estos cristianos sombríos. Elige con gran habilidad los momentos
afirmativos de Pascal, cuya eficacia era mucho mayor
en la negación, para zapar sus opiniones sobre el pueblo judío
o sobre el ocultamiento y misteriosidad de Dios; pero también
sabe ponerse afirmativo cuando es preciso y oponer su positividad
a los rechazos pascalianos. Elige, evidentemente y según él
mismo dice, lo peor de Pascal; su crítica va desde
la argumentación sutil al exabrupto indignado y no carece
en ocasiones de mala fe, pero es de gran eficacia polémica.
En cualquier caso, no cabe reseñar un vencedor y un derrotado
en este torneo teológico, donde se debate la licitud de una
noción del conocimiento y el progreso que es, más o menos
retocada, la de nuestra contemporaneidad.
Voltaire dedica otras cartas a la forma de
gobierno británica, cuyo liberalismo ensalza, a su prestigiamiento
del comercio, función mucho más necesaria a la sociedad que
la nobleza ociosa o la crueldad guerrera, y a su audacia
innovadora, que, en casos como el de la inoculación de la
viruela redunda en gran beneficio público. Es la pujante concepción burguesa de la vida, pragmática y
emprendedora, que por fin se decide a afirmarse sin tapujos
contra la altanera clase social que le cierra el paso y contra
el conservadurismo supersticioso en que ésta se apoya.
El héroe de esta imagen del mundo no es ningún sanguinario
caudillo, sino el paciente Sr. Locke, que pone límites
a las fantasías escatológicas de los dogmáticos, o el genial
Sr. Newton ordenador de los mundos y propulsor de las
ciencias. El entusiasmo que Voltaire concibió por
Newton no le abandonó en toda su vida; cuando muchos científicos
profesionales más preparados que él para entender los misterios
de la gravitación no ocultaban su reticencia ante las construcciones
teóricas del inglés, Voltaire intuyó clarísimamente
la enorme importancia de los descubrimientos astronómicos
de Newton, que debían revolucionar
no sólo la imagen cognoscitiva del universo sino también las
creencias y esperanzas más cotidianas del pueblo.
La veneración con que el pueblo inglés rodeó a tal ilustre
sabio, cristalizada finalmente en los fastos públicos de su
entierro, al que asistió el exiliado poeta francés, aumentó
aún más el entusiasmo volteriano por un país en el que el
mérito se veía tan dignamente recompensado.
Por último,
Voltaire incluye varias cartas sobre el teatro y la
poesía inglesas, en las que se encuentran sus tan discutidos
juicios sobre Shakespeare. Para entenderlos, quizá
convenga recordar, con Enmanuel Berl, que Voltaire era legatario
de Ninon de Lenclos, no de Isabel... En todo caso, remito
al lector interesado en conocer los pormenores de la estética
volteriana al magnífico ensayo de Raymond Naves Le Gout de
Voltaire (París, 1938). Tras acabar de leer estas Cartas filosóficas, quizá el lector se pregunte
cómo pudieron ser quemadas inquisitorialmente una vez, hasta
tal punto hoy estamos familiarizados sin la menor intuición
de escándalo con las ideas en ellas expuestas. Víctima de
esta perspectiva, dijo con ligereza André Maurois:
«Resulta, poco más o menos, como si ahora, en 1950, se
hiciese quemar en los Estados Unidos, por mano del verdugo,
un libro en que se expliquen las teorías de Einsten, la constitución
de los Soviets y el teatro de Pirandello». No así; pues
no es simplemente el contenido de la cultura lo que ha cambiado,
sino su papel mismo en el proceso revolucionario. Un libro
como el descrito por Maurois podría pasar por atrevido o excéntrico,
pero no por subversivo, en el radical sentido de la palabra
en que lo fueron las Cartas de Voltaire. En
el XVIII, el Estado aún no había segregado los anticuerpos
necesarios para defenderse de la agresión cultural, como ya
va siendo el caso en nuestros días, salvo excepciones tan
aisladas como significativas. A este respecto, Voltaire y
los demás enciclopedistas fueron juntamente enfermedad mortal
del reino de su época, pero también vacuna del poder contra
futuras infecciones. Los revolucionarios que más atentan
contra el orden son también los que más contribuyen a ensenarle
a preservarse, y por el momento no se ve fin a esta paradoja.
Quizá lo realmente subversivo, lo que debamos conservar como
una de nuestras armas de zapa más preciosas y necesarias,
no sean los contenidos concretos aquí expuestos, sino algo
más impalpable y más radical: el
ánimo de Voltaire. Mientras éste perdure, rebullirá
de inquietud el tirano.
Texto extraído de "Cartas Filosóficas",
Voltaire, introducción, págs. 9/32, Editora Nacional, Madrid,
España, 1976.
Selección y destacados: S.R.
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