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Voltaire
Fernando Savater

Nietzsche dijo de él: «Fue un gran señor de las letras... como yo». ¿Quién no ha sentido simpatía por él, hasta cuando nos exaspera con su fanatismo antifanático, con sus simplificaciones progresistas, con su antitradicionalismo que se pretendía ilustrado y resultaba a la larga más bien obtuso? Era un metomentodo, un intrigante, un veleta, un aprovechado, un caradura, un plagiario con talento, un exhibicionista, un cobarde, un adulador, un hipócrita redomado, un mentiroso sin pudicia, un mal poeta, un crítico caprichoso y a veces esterilizador, entendido en cien cosas y maestro en nada, sabio de salón, histérico, avaro, un racionalista impermeable a los aspectos mágicos de la vida, incapaz de quietud, de recogimiento, de silencio, de sosiego, ávido de protagonismo, terriblemente egocéntrico... y todas las restantes flaquezas públicas y privadas que los moralistas rencorosos han acumulado sobre sus huesos desde hace doscientos años. Muy cierto, la acusación está hecha y sólidamente probada. Pero estaba maravillosa, indecente, inagotablemente vivo... Todos sus defectos provenían de su excesivo amor a la vida y eso, pese a quien pese, le rescata. Detestaba todo lo muerto, todo lo que condena a morir: la intolerancia de quienes queman los cuerpos para salvar las almas, el fanatismo que no acepta otro comercio con las ideas que el de morir o matar por ellas, el pazguatismo nostálgico que teme a todo lo que crece, lo que se complica, lo que se transforma, el honor que recompensa a la violencia y la brutalidad. Fue cobarde, pero luchó tenazmente contra la tortura y la injusticia; amaba las riquezas porque permitían gozar más diversos aspectos de la vida, viajar, representar teatro..., pero empleó gran parte de su dinero en hacer prósperos a sus campesinos y pequeños comerciantes de Ferney; mentía y cambiaba de chaqueta (o de amor) porque la vida corre tan deprisa que la moral no logra alcanzaría; adulaba a los grandes, pero en tanto éstos conceden doblegar su prepotencia a la razón y al arte: en último término no elogió ninguna tiranía y puso más altos que todos los reyes de este mundo a Locke y a Newton. Y, por encima de todo, era irresistiblemente encantador. ¿Cómo iba a admirar la magia él, que era el mayor embrujador de su tiempo? A través de sus páginas, todavía notamos el cosquilleo de arrobo que circundaba sus apariciones públicas, su trato íntimo, el más trascendental y el más irrelevante de sus gestos. lAy, esa prosa pimpante, limpia, cuyas infinitas promesas nos arrebatan tanto como su jugosa manera de incumplirlas! No supo recatarse releerse, morigerar sus impulsos; dilapidaba sus alabanzas y sus sarcasmos, fue pródigo en palabras demasiado claras, demasiado accesibles, sobre todo lo divino y lo humano. Pero su misma torrencialidad es parte de su encanto; frente a él somos como esos niños boquiabiertos que piden otro juego y otro más al malabarista complaciente que ameniza la tarde de cumpleaños. Su simple existencia, en un limitado y concreto período de tiempo, nos ayuda para siempre: cuando vemos pavonearse a un imbécil, pontificar a un dogmático o enseñorearse a un asesino, basta pensar en él para que el ridículo venga en nuestra ayuda y los pies de barro del coloso comiencen a deshacerse. En esos casos, tan frecuentes, tan insoportables, siempre le tenemos de nuestro lado y cuando padecemos una injusticia en desventurada soledad, quisiéramos poder correr a Ferney para contársela. Sin duda, mucho de lo más fastidioso de la modernidad halla en él aventajado precursor y el número de casos en que «volteriano» equivale a «filisteo ramplón» es incontable. Pero no sabríamos prescindir de él, nadie nos es tan necesario, tan tónico. Sus aciertos comienzan con su nom de guerre.
¡Voltaire! Suena a revolter, a voltiger, a virevolter... Es un nombre que obliga a muchas cosas. A dar muchas vueltas y a rebelarse. Los eruditos no se ponen de acuerdo sobre si lo tomó de una antigua propiedad familiar o si es un anagrama de su nombre notarial: Aroue(t) l(e) j(eune), tomando «V» por «U» e «í» por «j». Es una curiosidad que nos intriga poco. La homofonía nos es mucho más útil. Dar muchas vueltas, rebelarse: su vida no fue otra cosa.

Francisco-María Arouet nació el 21 de noviembre de 1694, en París. Su familia era originaria de Poitou, con ascendientes curtidores, mercaderes y negociantes. Su abuelo se trasladó a París e hizo fortuna, por lo que el padre de Voltaire pudo seguir la carrera de Derecho y hacerse notario. Llegó a ser Tesorero del Tribunal de Cuentas del Reino y tuvo una clientela particular de lo más distinguida: los Richelieu, los Sully, el duque de Saint-Simon, el de Montmorency... Su madre, María Margarita Daumast, era de una familia acomodada y distinguida; mujer culta, refinada, aficionada a la deliciosa mezcla de intelectualismo y vida social de los salones. Murió cuando su hijo Francisco-María contaba sólo siete años de edad. De los cinco hijos del matrimonio, de los que Voltaire era el menor, sólo sobrevivieron tres: Armando, el mayor, jansenista furibundo y María, que luego sería Mme. Mignot.
Su hermano Armando le brindó a Voltaire el odioso ejemplo de un fanático sin moverse de su domicilio; los dos hermanos se detestaron cordialmente y cada uno se convirtió en símbolo del mal encarnado para el otro. Es curioso recordar que lo mismo le ocurrió a Diderot con su hermano el canónigo Didier-Pierre: los enciclopedistas parecían destinados a iniciar el cisma y el escándalo en sus propias familias, antes de extenderlo por Francia y Europa entera. El padrino de Voltaire fue el libertino abate Chateneuf, cliente de su padre y contertulio en las reuniones literarias de su madre. Su influencia fue probablemente la de más radical importancia en los primeros años de Voltaire. El abate le hizo aprenderse de memoria largas tiradas de versos de «La Mo¡sade», poema épico-burlesco que satiriza las inacabables disesiones religiosas y los fanáticos enfrentamientos de opinión en cuestiones en las que nadie sabe nada de cierto. Aún hizo más: le llevó a casa de la ya octogenaria Ninon de Lenclos, de la que era el último chevalier servant. La célebre cortesana habló con Voltaire de las querellas entre jansenistas y jesuitas, quedando -¡cómo no!- encantada de la ingeniosa viveza del niño. Cuando murió, poco después de esa visita, Ninon dejó al niño un legado de 1.000 francos «para comprarle libros». Voltaire había hecho su primera conquista.

A los diez años, Voltaire entra en el colegio Louis-le-Grand, llevado por jesuitas. Aquí también se impone el paralelo con Diderot, pues en ambos casos la enseñanza que recibieron de los seguidores de San Ignacio les dejó una impresión más bien favorable de ilustración y liberalismo. Voltaire, que quiso mucho a algunos de sus maestros (los abates Porée y Tournemine, que debían ser no mucho menos escépticos que el mismo Voltaire y bastante volterianos avant la lettre), guardó siempre una cierta debilidad por los jesuitas, reforzada por una viva antipatía por los jansenistas. Claro que, si se adopta el punto de vista de éstos, casos de alumnos como Voltaire o Diderot no dejan de abonar los reproches que Pascal dirigía a la enseñanza cristiana de los jesuitas. Ya en el colegio, Voltaire comienza a dar muestras de facilidad a la hora de versificar.
En 1711 comienza sus estudios de Derecho, a instancias de su padre. Pero ya entonces se dedica con mucho más ardor a componer odas y epigramas que a estudiar leyes. Si uno tenía ingenio y mano izquierda en aquella feliz época, era fácil acercarse a las bellas con pretexto de corregir los versos amorosos que éstas indefectiblemente escribían. En Caen, Voltaire escandaliza un tanto por su libertinaje en el salón de Mme. d'Osseville; ha trabado amistad con otro jesuita sospechoso, el abate de Couvrigny, y lleva una vida que debe ser más ligera y picante que perversa. Pero el padre notario no vio la cosa con tanta benevolencia. En 1713, le envía como secretario de embajada a la Haya, con el nuevo embajador en Holanda, marqués de Cháteneuf (a no confundir, como hace André Maurois en su Voltaire, no carente por otra parte de gracia, con el abate del mismo nombre que apadrinó a Voltaire y que murió cuando éste contaba catorce años de edad). En el país de los tulipanes se enamorisca de la hija de la señora Dunoyer, una protestante francesa que había huido con su familia a Holanda en busca de tolerancia. La joven debía ser deliciosa, porque, a pesar de llamarse Olympia, Voltaire decidió que debía llamarla Pimpette. «Sí, querida Pimpette, yo os amare siempre ... »: Voltaire, como todo el mundo, también pasó por ahí. Pero la peligrosa mamá Dunoyer vivía de vender libelos y el embajador se asustó del posible escándalo. Intentó encerrar discretamente en la embajada al inquieto secretario pero la cosa se reveló imposible. De modo que lo remitió de nuevo a París.
El padre le recibió con escaso entusiasmo. Como el hermano mayor se entregaba ferozmente a escribir panegíricos de los convulsionarios jansenistas, el buen notario llegó a esta alarmante conclusión: «Tengo por hijos a dos locos; el uno en prosa y el otro en verso». Y comenzó a tramitar la obtención de una orden de destierro para su hijo loco en verso. Voltaire maniobró con habilidad e intentó capear el temporal en dos frentes simultáneamente: por un lado, se proponía obtener de los obispos franceses el retorno de Pimpette a Francia, con el pretexto de que quería convertirse y huir de la tiranía protestante de su madre, y por otro intentó apaciguar a su irritado padre. Fracasó en su primer empeño, pero no en el segundo. Y tuvo que entrar en el despacho del procurador Alain, a fingir que se interesaba por el Derecho.

El 1 de septiembre de 1715 murió Luis XIV. El gran rey, cuya época encontró más tarde en Voltaire su mejor historiador, se había hecho más represivo y autoritario al final de su vida, por lo que su muerte fue generalmente experimentada como una liberación. Un acceso de moralismo agudo, complicado con una crisis de beatería senil, había convertido últimamente al Rey Sol en un censor implacable de las apariencias libertinas; a su desaparición siguió la del velo de hipocresía que cubría las costumbres y Francia se entregó a una de las jornadas más deliciosamente corrompidas de su historia. Durante la minoría del príncipe heredero, se encargó de la regencia el duque Felipe de Orleans, al que Cioran calificó una vez de «Calígula amable». Tenía, en efecto, las pasiones desenfrenadas y el poder autocrático del césar romano, pero carecía totalmente de crueldad y sentía bonachona inclinación por el ingenio y las artes. Liberó de la cárcel a todos los presos políticos, entre ellos muchos escritores y periodistas, que nada más salir de prisión se dedicaron a asaetearle con toda suerte de libelos y sátiras de increíble ferocidad. Evidentemente tanto su conducta como la de su hija, la irrefrenable duquesa de Berry, no eran precisamente intachables, pero los ataques al Regente estaban respaldados ante todo por las ambiciones despechadas de los hijos bastardos del rey, principalmente del duque de Maine. La esposa de éste mantenía una auténtica anti-corte en Sceaux, en la que epigramistas y panfletarios de talento se descargaban contra el Regente; Voltaire fue uno de los estiletes verbales y esta guerra privada acabó en un complot con la corona de España, que llevó a la duquesa de Maine a la Bastilla y a nosotros nos proporcionó las incomparables Memorias de su dama de compañía, Madame Staal- Delaunay. De momento, Voltaire se ha convertido en uno de los ingenios más reputados de París. Fabrica incontables epigramas y se le atribuyen muchos más que no son de su cosecha; él, siguiendo una costumbre que le durará toda la vida, niega la paternidad de todos y cada uno de sus escritos que puedan comprometerle. Aparece una sátira titulada De puero regnante, en verso, que colma la paciencia del autócrata. Voltaire niega, quizá esta vez con verdad, tener algo que ver con ella, pero de nada le vale y es encerrado un año en la Bastilla. Comienza a conocer los problemas de una reputación basada en el ir siempre demasiado lejos. Su prisión no es excesivamente rigurosa para la época, y la ameniza componiendo un largo poema épico, La Henriada o, castellanizándolo, La Enriqueida, basado en la vida de Enrique IV, monarca al que Voltaire admirará toda su vida. El poema es un pastiche bastante obvio y arcaizante de la Eneida, insoportable para el gusto actual pero que entonces pareció buenísimo. También planeó y compuso en parte una tragedia Edipo a la que se le pueden hacer los mismos reproches que a la Enriqueida.

En 1718 sale de la Bastilla y, tras discreto exilio, se le autoriza a residir de nuevo en París. El 18 de noviembre se estrena con éxito inenarrable su Edipo, contando mucho en el entusiasmo del público los antecedentes políticos del autor, ya auroleado con cierto renombre de oposición. En los carteles que anuncian la obra firmada por primera vez como Voltaire. Todo le sonríe, como suele decirse. Lleva una vida sumamente activa en todos los órdenes, sin perderse ni una tertulia ni dejar de asistir a una fiesta. La alta sociedad se disputa su compañía y él, equivocadamente, como luego se verá, cree pertenecer por el espíritu a una aristocracia de tanto rango como la de la sangre. Al sentarse a la mesa en un banquete en casa de unos duques expresa esta, convicción diciendo: «¡Aquí todos somos o príncipes o poetas! ». No tardará en aprender a su costa la diferencia de poder entre unos y otros. En lo físico, ya es el Voltaire inmortal que imaginamos. Pequeño, frágil, nervioso, de una mala salud de hierro, aquejado de todos los daños reales e imaginarios, alimentado casi exclusivamente de café, siempre moribundo, siempre vigoroso. Su ironía despiadada le sigue granjeando enemigos, tal como el poeta Juan Bautista Rousseau (sin relación con Juan Jacobo) quién tras leerle su ampulosa «Oda a la posteridad» escucha como comentario volteriano: «Dudo que esa composición llegue a su destino». En 1722 muere su padre, que ha vivido lo suficiente como para comenzar a ver la gloria literaria de su hijo. Al año siguiente, Voltaire cae gravemente enfermo de viruela; en su convalescencia, se entera de las reacciones producidas por su «Enriqueida», impresa clandestinamente en Rouen e introducida subrepticiamente en París, para indignación de clérigos y conservadores. En el poema, a propósito de las luchas entre hugonotes y católicos y de la triste noche de San Bartolomé, hay un fuerte alegato contra la intolerancia. En febrero de 1726 ocurre el incidente que más hondamente va a forjar al Voltaire definitivo. En un banquete, discute con el caballero de Rohan-Chabot, mariscal de campo y miembro poco ilustre de una de las más ilustres familias de la época; el caballero Roban tenía de antaño ojeriza a Voltaire por sus opiniones impías y anticlericales. Pocos días después, mientras Voltaire charlaba con su amiga la gran actriz Adrianne Lecouvreur, Rohan se acercó a él y le dijo impertinentemente: «Pero bueno, ¿cuál es su nombre, Voltaire o Arouet?». Voltaire repuso: «Señor, no tengo un gran nombre, pero hago honor al que llevo». La Lecouvreur intervino para separarles y el mariscal Rohan se fue indignado del salón. Pocas noches después, mientras Voltaire cenaba alegremente en casa del duque de Sully, un criado le pasó recado de que dos caballeros le esperaban en la calle. Voltaire salió sin sospechar nada y se encontró con dos matones de Rohan que le dieron una soberana paliza; el mariscal asistió a ella desde un coche y les gritaba: «¡No le peguéis en la cabeza, que podría salir algo bueno!». Entre la rechifla de los curiosos que se habían arremolinado, el maltratado Voltaire entró de nuevo en el palacio y, loco de indignación, pidió a los duques de Sully que le acompañaran a la comisaría para denunciar la vejación que había sufrido. Y ahora sí que despertó bruscamente de su sueño dorado: los duques se rieron amablemente de él y se negaron rotundamente a declarar contra el mariscal. Después de todo, el incidente no revestía mayor trascendencia: un noble había puesto en su lugar a un plebeyo insolente, le había dado una lección útil a él y a otros como él... y nada más. Aunque los príncipes inviten a comer a los poetas, no están dispuestos a que se igualen sus respectivas categorías. Voltaire no se dio por vencido: tomó lecciones de esgrima, contrató hombres de mano y dijo a quien quisiera escucharle que pensaba vengarse del caballero Rohan. Terminó por alarmar a éste con sus preparativos, y el mariscal solicitó del Regente que le librase del importuno. Voltaire visitó de nuevo la Bastilla y pocos días después, se le hizo embarcar en Calais con rumbo a su destierro en Inglaterra.

Para el poeta exiliado, Inglaterra se convierte en el paraíso de la libertad y la tolerancia. Respeto ideológico, desarrollo de las ciencias y el comercio, confraternización de distintas creencias religiosas: Inglaterra es la civilización, sin más. Durante tres años, Voltaire se empapa de las realizaciones culturales que él quisiera ver en su patria, aunque sin dejar nunca de echar de menos los refinamientos de ese esprit francés cuya nostalgia no le abandona. Conoce a Swift, a Bolingbroke, a Congreve; ve representar el Hamlet y asiste al impresionante entierro de Newton; dedica su Enriqueida a la reina de Inglaterra y su Zaire al comerciante Falkener, en cuya casa se hospeda; visita a Pope y charla en el pub del Arco Iris con Gay y los actores shakespearinos. Cuando en 1728 vuelve a Francia, viene reforzado en sus convicciones libertarias y más combativo que nunca. Una de las principales lecciones que ha recibido de los ingleses es que la independencia económica es la base de la libertad. Voltaire siempre había revelado gran habilidad en lo económico, sobre todo cuando tuvo que invertir la herencia de su padre; en Inglaterra ha continuado haciendo negocios y cuando vuelve a Francia sigue ganando dinero con todas las transacciones que realiza, hasta con la lotería. Se hace rico, muy rico; será ya un opulento gran señor hasta el final de su vida. Triunfa su Brutus y su Zaire; también agrada mucho su Historia de Carlos XII. Pero de nuevo vuelve a tener, tropiezos con la justicia: a su amiga la actriz Adrianne Lecouvreur se le niega entierro en lo sagrado, lo que provoca una indignada protesta en verso de Voltaire; por otro lado, sus Cartas filosóficas, de las que luego hablaremos extensamente, son quemadas en público por el verdugo. Voltaire vuelve a estar en peligro y, para huir de él, se refugia en el castillo de Cirey, cerca de la frontera de Lorena, propiedad de su amiga Madame de Chatelet, la «divina Emilia» que llenará los próximos años de la vida del escritor...

Gabriela Emilia Letonnelier de Breteuil, marquesa de Chatelet, gustaba de cosas tan aparentemente dispares como el latín, los principios de Newton (que había traducido al francés con un comentario de su cosecha) y el amor; estas aficiones le separaban de su marido, un complaciente marqués sin más pasión conocida que la caza, y le acercaban, naturalmente, a Voltaire. Voltaire se instaló en Cirey en octubre de 1734, y su unión con la marquesa durará más o menos hasta 1748. Durante catorce años formarán una pareja semejante a la de un Aragón y Elsa Triolet o a la de Sartre y Simone de Beauvoir: uno de esos connubios de fuerte componente intelectual, mantenidos por el júbilo de una creatividad compartida. Instalan en Cirey un magnífico laboratorio y se dedican a investigaciones de física, química y matemáticas. En una ocasión ambos concursan, por separado y sín conocer la participación del otro, en un concurso de la Academia de Ciencias sobre la naturaleza del fuego: ambos fracasan, pero se divierten mucho. En el castillo reciben a diversos invitados importantes y mantienen una abierta tribuna de díscusión sobre todos los temas. A partir del Templo del gusto, el número de literatos enemistados con Voltaire ha crecido prodigiosamente. Desfontaiens ataca con su «Volteromanía», respuesta a un «Preservativo contra Desfontaines» que le había sido previamente asestado. En 1736, Voltaire recibe carta de Federico de Prusia, príncipe heredero del trono alemán; se inicia una correspondencia que, con intervalos de enfados y acercamientos, durará hasta el final de la vida de Voltaire. Cuando Federico II sube al trono, invita por primera vez a Voltaire a Berlín. Este prototipo del monarca ilustrado, que tan pronto escribe un sutil Anti-Maquiavelo como versos en francés o compone conciertos para flauta, se proclama discípulo y admirador de Voltaire; más adelante conocerá éste los inevitables límites de tal entusiasmo por su persona. De momento, los viajes de Voltaire por Prusia son triunfales y su relación con Federico, idílica, aunque las misiones diplomáticas que el gobierno francés le ha discretamente encomendado, se estrellan contra la sagacidad de Federico, que en materia política revela muchísimos más quilates de astucia que Voltaire. A su vuelta de Alemania, las cosas han mejorado para Voltaire en la corte de, Luis XV. En 1745, estrena en Versalles, bajo su dirección, La Princesa de Navarra, en honor de las bodas del Delfín. Se le nombra historiador de Su Majestad y se le promete un cargo de gentil hombre ordinario, que más tarde venderá a buen precio. Ese mismo año representa en Versalles El Templo de la Gloria, con música de Rameau, apoteosis de Luis XV en figura de Trajano. Al final de la obra, Voltaire se acerca al palco del rey y le dice: «¿Está contento Trajano?». Luis XV le mira fijamente sin contestarle y le vuelve la espalda: no le gustan las familiaridades. Sin embargo, le hará elegir miembro de la Academia Francesa.

Varias de sus obras siguen teniendo problemas con la censura. Los primeros capítulos de su Siglo de Luis XIV son retirados de circulación y su tragedia Mahoma despierta aunténtica indignación en medios eclesiásticos. Con su habilidad característica, Voltaire la envía al Papa, dedicada; el Sumo Pontífice te envía una afectuosa carta en la que dice que la ha leído con mucho gusto y le manda su bendición apostólica y unas medallitas: otra batalla ganada, por el momento. En 1747, año de publicación de su Zadig, tiene un tropiezo más grave; invitados por la reina y otros cortesanos a jugar a las cartas, la marquesa de Chatelet y él pierden bastante dinero; en un momento de la partida, Voltaire comenta en inglés a su amada: «Querida, vámonos, porque estamos jugando con bribones». Desdichadamente para ellos, varias personas de la mesa saben inglés, lo que crea una situación sumamente incómoda. La pareja huye a Sceaux, al castillo de la duquesa de Main y luego van a Lunéville, a la corte del rey Stanislas. Allí madame de Chatelet conoce a un apuesto capitán, Saint-Lambert; las relaciones de Voltaire y ella son platónicas desde hace tiempo y la divina Emilia tiene otras necesidades además de las intelectuales. Voltaire la descubre con el capitán en inequívoco coloquio y se toma la cosa por la tremenda, pero ella le hace recapacitar y él acepta, finalmente, encargarse de la mitad espiritual de la señora, dejando el resto para el capitán. Pero la fogosidad de Saint-Lambert se revela peligrosa, pues deja embarazada a la cuarentona marquesa. La señora de Chatelet muere de parto, el año 1749, y Voltaire queda profunda y sinceramente desolado por esta pérdida de la mejor compañera de su vida. Triste y aburrido, decide cambiar de ambiente y acepta la invitación de Federico II para viajar a Berlín y residir allí una larga temporada.
El comienzo de su estancia es inmejorable. El rey le trata como a un amigo y le da sus versos para corregir. Pero a Federico le rodean muchos poetas, todos ellos envidiosos de la preferencia por Voltaire. Comienzan a correr las calumnias y las intrigas. Por su parte, tampoco Voltaire es demasiado discreto y se mezcla en un sucio negocio de bonos del Estado, que acaba en escándalo. El rey comienza a enojarse. Un antiguo amigo de Voltaire, Maupertuis, director de la Academia de Berlín y protegido de Federico, ataca al reputado científico Koenig; Voltaire toma partido por éste y escribe una sátira, «La diatriba del doctor Akakia», donde se ridiculiza a Maupertuis y, de paso a su protector. Federico II hace quemar en las plazas de Berlín el opúsculo y Voltaire decide que ha llegado la hora de abandonar Prusia. Cuando abandona los territorios de su antiguo protector, es detenido en la ciudad fronteriza de Francfort por un enviado de Federico que le exige devuelva diversos regalos y condecoraciones, obsequio del rey. Como sus cosas están en Leipzig, Voltaire pasa varios días detenido. De nuevo tiene ocasión para meditar sobre las dificultades de la amistad con los poderosos. Entonces debió decidir fijar su residencia en algún sitio más o menos resguardado de los reyes y de su brazo secular.
Perseguido en París, perseguido en Berlín, hizo un breve intento de instalarse en Ginebra. También en Suiza las cosas se le complicaron pronto. En 1755 había comenzado a colaborar en la Enciclopedia, para la que había de redactar artículos tan característicos como «Elocuencia», «Esprit», «Imaginación», etc... Uno de los primeros que prepara es el artículo «Ginebra», en el que alaba a los pastores protestantes suizos por no creer en la Biblia ni en el Infierno y ser sencillamente deistas, como él. Además, lanzaba alguna pulla contra el «alma atroz» de Calvino. El artículo causa un notable escándalo y provoca una «Declaración de los pastores» en contra de lo que en él ha expuesto. Tampoco en Ginebra podrá instalarse con aquella tranquilidad liberal que él busca. Decide comprar un terreno a caballo entre Francia y Suiza, que le permita pasar de un lado a otro de la frontera en caso de persecución; en último término, lo que busca es un pequeño reino privado donde no haya más dueño y señor que Voltaire. Compra por fin el condado de Tournay y el castillo de Ferney, en territorio francés, cerca de Ginebra. Lo conplementa con la finca «Las Delicias», en territorio suizo y de este modo se siente resguardado: «Yendo así de una madriguera a otra, me salvo de los reyes y de los ejércitos». Allí vivirá hasta pocos meses antes de su muerte. Colonizará su condado, dotará de casas y escuelas a sus colonos y hasta construirá una iglesia en cuyo frontispicio campeará esta leyenda: Deo erexit Voltaire. Allí se desvivirá por el bienestar y la abundancia de quienes ocupan sus tierras, para quienes llegará a convertirse en una especie de dios tutelar al que idolatraban. Para sí mismo se hará construir un teatro, la pasión de su vida; con sus invitados, representará incesantemente sus tragedias, recitando él mismo muchos papeles, de un modo demasiado enfático, si hemos de creer al historiador Gibbon, que asistió a uno de esos espectáculos. Le encanta todo lo teatral: los disfraces, el engolamiento, las lágrimas, la desesperación, la bufonada... Cuando se cansa de hacer teatro, juega y distrae a sus invitados con la linterna mágica, en cuyo uso es muy hábil. En 1758, a los sesenta y cuatro años de edad, escribe Candide, una historia perfecta, uno de los raros casos de acierto pleno de la historia de la literatura. El terremoto de Lisboa de tres años antes le había hecho meditar amargamente (¡y hasta escribir una protesta indignada en verso!) sobre el optimismo leibniziano que hace de nuestro mundo el mejor de los mundos posibles. Cándido recorre el mundo, flanqueado por el inquebrantable optimismo del doctor Pangloss y el sombrío pesimismo de Martín, zarandeado por todos los horrores políticos, sismicos y pasionales; al final de su viaje iniciático, no opta ni por la exaltación ni por el abatimiento, y decide dedicarse a cultivar resignadamente su jardín. Así nace toda una concepción de la vida, una sabiduría moderna: el mundo no es evidentemente ni la perfecta maravilla que la Providencia rige sin fallos ni el siniestro lodazal que los condenadores de lo real (al modo de Pascal) suponen, sino un debatido y perfectible campo de acción para la racional iniciativa de los hombres serenos. Se consolida aquí la visión burguesa del universo, emprendedora y científica, tocada de una suave ironía y de cierto desencanto.

Retirado de las grandes capitales, Voltaire inicia su reinado espiritual sobre Europa. Llega el momento de militar activamente en pro de los ideales por los que ha abogado toda su vida. Multiplica los panfletos, las sátiras, los artículos. Defiende a los filósofos enciclopedistas y ridiculiza a sus enemigos. Comenta y explica la Biblia desde un punto de vista racionalista, que indigna a los clérigos. Pero sobre todo, entabla un feroz y desigual combate por la tolerancia. Es algo que lleva en la sangre, que padece físicamente: ¿acaso no tiene fiebre y pálpitos la víspera de cada San Bartolomé? En 1762 te informan del asunto Calas, un hugonote torturado y quemado bajo la acusación de haber ahorcado a uno de sus hijos que quería convertirse al catolicismo. El caso era perfectamente inverosímil: ni el viejo padre podría en modo alguno haber ahorcado a su vigoroso hijo, ni éste había pensado nunca en hacerse católico sino que continuaba en las mejores relaciones con sus padres. El caso indignó a Voltaire, que inundó el país de protestas y requisitorias, hasta lograr que se reivindicase la memoria de Calas y se reconociese el error judicial de tan monstruosas consecuencias. Para conmemorar y refrendar este triunfo, Voltaire escribió su Tratado de la tolerancia, en el que cuenta el asunto y previene contra abusos semejantes, fruto del fanatismo. Intervino en muchas otras ocasiones, con varia fortuna, pero contribuyendo de modo decisivo a humanizar las leyes y a extender cierto horror general por la intransigencia inquisitorial: aunque no tuviese otros méritos, esto bastaría para reivindicar en la historia el nombre de Voltaire.

Su casa se ha convertido en un punto obligado de peregrinación intelectual: reyes, músicos, poetas, todo el que es alguien en Europa y pasa por Ginebra debe visitar a Voltaire. Así lo espera él, al menos, y por eso se enoja cuando José II visita la ciudad suiza sin ir después a rendirle saludo. Inicia su cruzada contra la iglesia católica, que le parece sede mundial del oscurantismo y la intransigencia. Acaba todas sus cartas con un rotundo ¡ecrasez l'infáme!, más dirigido contra la superstición que contra la religión misma, aunque la frontera entre una y otra no es ni obvia ni inequívoca para el viejo racionalista. Se opone rotundamente, sin embargo, al ateísmo de Diderot y sobre todo del Barón d'Holbach, contra cuyo Sistema de la naturaleza escribe una refutación. En su Diccionario de filosofía y en sus Cuestiones sobre la Enciclopedia da rienda suelta a su necesidad pedagógica, a su regeneracionismo visceral, componiendo una especie de enciclopedia de bolsillo en donde se dictamine y sé resuelva sobre todos los temas en unas pocas páginas; de sobra advertía él que la Enciclopedia de Diderot multiplicaría su fuerza subversiva si no mezclase con demasiada frecuencia lo percutante con lo farragoso. Ya se escribe de nuevo con Federico II, al que anima generosamente en momentos difíciles para la política exterior de Prusia. En 1774 muere Luis XV, cambiando en importantes aspectos la política económica francesa en manos de Turgot. Voltaire se entusiasma con estas reformas y aún más porque comienza a divisar la posibilidad de volver a París. ¿Se lo permitará su mala salud? Pero Voltaire lleva cuarenta años agonizando; cada visitante que tenía en Ferney no le concedía más de un mes de vida al verle, pero aquel moribundo revivía siempre, al calor indignado de una injusticia o ante los jubilosos preparativos de una comedia. Por fin se decide y en 1778, a comienzos de año, parte para París. Tiene ochenta y cuatro años de edad, pero se rejuvenece con la entusiasta despedida que le hacen sus colonos de Ferney, que no volverán a verle, y con el triunfal recibimiento que se le hace en París. Llega el 10 de febrero y se hospeda en el hoy llamado «Quai Voltaire», en el hotel de Madame de Villete. Allí recibe a cientos de visitantes, envuelto en su bata de perpetuo enfermo friolero y con su célebre gorro de dormir, burlesca corona de este regio bufón. Dirige los ensayos de su Irene, la última de sus tragedias, pero no puede asistir al estreno por una indisposición. Va seis días después, tras presidir una sesión de la Academia Francesa, en la que se le saluda como el más ilustre escritor vivo de Francia; cuando el público le divisa en su palco, interrumpe la representación con una larga, interminable ovación, que llega a su cumbre en el intermedio de la obra, cuando se corona de laurel en el escenario, un busto de Voltaire, mientras la primera actriz lee unos versos de homenaje. Toda la Francia que ya prepara la revolución, tributa fervoroso homenaje al padre de muchas de las nuevas ideas, de las nociones más subversivas e irreverentes del nuevo régimen que ya apunta. Se le lleva a su casa en tumultosa y entusiasta manifestación. Es el 30 de marzo; dos meses después, día por día, su estado es alarmante, y su sobrino, el abate Mignot, mandó a buscar un sacerdote. Ambos forcejearon un rato en torno al lecho de muerte de Voltaire, tratando de que se retractase de sus ideas; finalmente, el viejo se sentó indignado en la cama y les gritó: «¡Dejadme morir en paz!». Se fueron y en paz murió Voltaire pocas horas después, a las once y cuarto de la noche, del 30 de mayo de 1778. El arzobispo de París prohibió que fuese enterrado en sagrado, pero su sobrino el abate lo inhumó en la abadía de Scilliers, en Champagne, de la que era beneficiado. En 1791, los revolucionarios llevaron el féretro procesionalmente a París y lo enterraron en la antigua iglesia de Santa Genoveva, convertida en Panteón de Hombres Ilustres. En reinados posteriores todavía sufrió dos o tres traslados dentro del recinto, nuevamente convertido en templo. Se dice que unos curas realistas desenterraron poco después su cuerpo y el de su adversario Rousseau y los arrojaron vengativamente a la fosa común. La inquietud fue el signo de Voltaire hasta que desapareció su último puñado de polvo.

Voltaire pasó ante los ojos de sus contemporáneos y ante los suyos propios por gran poeta y renovador de la tragedia moderna. Nietzsche todavía le veneró bajo estas especies, pero creo que fue el último y bastante rezagado representante de un criterio estético que ya no es el nuestro. El Voltaire poeta es, casi invariablemente frío, artificioso y conceptual: como prueba de ello, le bastará al lector comparar la traducción en verso que hace del monólogo de Hamlet (y que el lector encontrará en la carta dieciocho, en esta misma obra) con el original inglés. En cuanto a sus tragedias, salvo dos o tres, todas nos son perfectamente insoportables y mucho más alejadas de nuestra sensibilidad actual que las obras de los grandes clásicos del XVI y XVII. Quizá el tiempo modifique de nuevo este criterio, pero a nosotros sólo nos cabe dar cuenta de lo que gustamos hoy. Nuestro Voltaire es el de los cuentos, prodigiosos de naturalidad y gracia, el del Diccionario Filosófico, el de los artículos y el de las cartas, tanto filosóficas como esas otras privadas (la correspondencia con Madame du Delfand, por ejemplo) a cuyo encanto es imposible sustraerse. Se ha dicho de "él que era tanto más grande cuanto menor era el género que practicaba" y creo que pocos de sus lectores actuales disentirán de esta apreciación, Entre las obras del Voltaire perdurable destacan estas Cartas filosóficas o Cartas inglesas, en las que un espíritu juvenil, recién madurado, plantea todos los temas en torno a los que combatirá, pensará y reirá toda su larga vida. Más adelante, Voltaire mejorará las exposiciones que aquí adelanta, radicalizará o perfilará muchos de sus puntos de vista, pero esto no marchitará la gracia confidencial y directa de esta primera aproximación a su pensamiento. El buen gusto, la perfección sencilla del estilo, la jubilosa fuerza irónica hacen más memorable este libro que la doctrina misma que en él se predica y frente a la cual hoy guardamos tan escéptica distancia como Voltaire respecto a las venerables tradiciones que abrumaban a su época. Mucho más importantes que las verdades «objetivas» que se nos trasmiten aquí son los sueños y ambiciones de un espíritu prodigiosamente vivo que en ellas acierta a realizarse y que expresa de modo incomparable la gozosa plenitud de sus descubrimientos. Este ímpetu ecuménico y regenerador, tolerante, inquisitivo, ávido de conseguir un liderazgo espiritual que sea tanto autoafirmación como victoria sobre lo mezquino, forma el núcleo mismo de Voltaire. Y, como bien dice Raymond Naves, «estas ambiciones, estas alegrías, estos sueños están ya contenidos en las Cartas inglesas, y ellos son los causantes de su unidad y profundo interés; más que un documento sobre el extranjero, más incluso que un testimonio precioso de cosmopolitismo, las Cartas nos presentan al Voltaire completamente armado, claramente orientado hacia la misión de toda su vida, que debía ser emancipar a los hombres y reconciliarlos con su destino».

Las Cartas fueron probablemente esbozadas y pensadas durante la estancia de Voltaire en Inglaterra, en 1727 y 1728, pero no comenzaron a ser redactadas (según Lanson) hasta el año siguiente, y no se acabaron hasta 1733. Aparecieron en abril de 1734, bajo el título de Cartas filosóficas por M. de V., en Amsterdarn, casa E. Lucas, en el Libro de Oro, pero fueron realmente editadas por Jore, en Rouen. Un año antes había aparecido la traducción inglesa en Londres. La distribución de este libro causó un revuelo mayúsculo, uno de los mayores de la vida pródiga en escándalos de Voltaire. El editor fue detenido, se lanzó una orden de arresto contra Voltaire, que tuvo que huir, y el libro fue quemado públicamente por orden del Parlamento, «como escandaloso y atentatorio a las buenas costumbres, la religión, y al respeto debido al gobierno». El incorregible autor escribía a d'Argental: «Verdaderamente, puesto que se grita tanto contra esas condenadas cartas, ¡me arrepiento de no haber dicho en ellas mucho más todavía!».

Las siete primeras cartas tratan de temas religiosos. Siguiendo la táctica que ha de emplear en todo el libro, con la única excepción de las anotaciones finales sobre Pascal, el ejemplo de las liberales instituciones inglesas, discretamente idealizadas, sirve a Voltaire para sustentar su ataque contra los dogmas y usos de Francia, que eran los de casi toda la Europa continental de la época. Aunque ha sido uno de sus temas más polémicamente debatidos, por mor y gracia del odium theologicum, el tema de la religión de Voltaire debería poder ser visto hoy con bastante acuidad, sobre todo después del excelente estudio de René Pomeau (La religión de Voltaire; París, 1956). Por eso sorprende leer a estas alturas afirmaciones tan pintorescas como ésta: «Voltaire es ejemplo de ateo en cuanto enemigo de Dios» (en ¿Qué es ser agnóstico?, de E. Tierno Galván,-Tecnos 1975, página 15). Grave disparate, más digno de trasnochados celos clericales que de su ilustre autor. Voltaire no fue nunca ateo y combatió siempre el ateismo, sobre todo al final de su vida, cuando ya ninguna proclamación atea podía perjudicarte y sí en cambio los ataques a sus amigos los enciclopedistas y al barón d'Holbach. El enemigo de Voltaire, la «infame» que según él debía ser aplastada, era la Iglesia en cuanto sede de intolerancia, oscurantismo y dogmatismo. Su oposición a la Iglesia provenía no de que ésta predicase un Dios inexistente, sino de que desvirtuaban la auténtica naturaleza del Dios existente, abrumándola de particularismos judaicos, irracionales, supersticiosos y de ridiculeces nocivas para el desarrollo de la inteligencia y la concordia de la sociedad. Quizá pueda decirse que este Dios filosófico de Voltaire está muy lejos y es muy opuesto al Dios revelado, pero en ningún caso es lícito tildarle de ateo enemigo de Dios. Como bien señala Enmanuel Berl, para este deísta una de las objecciones contra el sistema mecanicista de Descartes era el poco papel desempeñado en él por Dios, frente a la activa omnípresencia del Dios de Newton. No hay por qué suponerle ninguna hipocresía, ni siquiera una licencia retórica, cuando en sus últimos días en París bendijo al nieto de Benjamín Franklin con las palabras God and Liberty. Sin embargo, es necesario señalar que su temperamento estaba muy lejos de esa tendencia al arrobo místico y de esa respetuosa actitud ante el misterio que podemos considerar rasgos distintivos del talante religioso: era demasiado febrilmente activo y demasiado mordaz para caer en la tentación de rezar, o incluso para entender por simpatía a los que sienten la necesidad de hacerlo. La descripción que en estas Cartas hace de los cuáqueros está llena de un irónico distanciamiento que excluye cualquier posibilidad de parentesco espiritual con ellos; los prefiere, sencillamente, a los intolerantes, como es posible preferir los locos pacíficos a los dementes furioso. Está evidentemente más interesado por asestar un modelo de subversiva simplicidad contra la Iglesia establecida que por hacer propaganda proselitísta de la nueva secta.

Mucho más importante, en este orden de cosas, es su enfrentamiento dialéctico con Pascal, expuesto en sus muchas acotaciones a los "Pensamientos" pascalianos, de las que brindo en esta edición recopilación completa. Aquí Voltaire encuentra un enemigo de su talla, un gran escritor, elegante e inventivo, armado de un ácido sarcasmo y de lo que en la época se llamaba un "éspíritu geométrico" es decir, fuertemente habituado al razonamiento mátemático y, por ende, al rigor lógico. Ya no se trata de un cura obcecado e ignoran­te que echa pestes contra una razón cuyo funcionamiento desconoce y cuyos tesoros le están vedados, sino de un sabio que vuelve la razón contra la razón misma, que sigue el camino de la ciencia hasta hallar la aniquilación del conocimiento como coronación de la ciencia misma. En una palabra, el Voltaire que confía en la ilustración científica como sabiduría rectora de la nueva sociedad, libre del prejuicio y la superstición, tropieza con el primer científico desencantado, que sólo ha encontrado amarga desolación en el corazón de la ciencia. Nada es tan peligroso a ojos del Voltaire progresista como este testimonio de primera mano contra el ideal ilustrado. Pero, además, éste es el enfrentamiento de dos temperamen­tos radicalmente opuestos y paradigmáticos, de dos irreconciliables concepciones de la felicidad, de dos maneras filosóficamente opuestas de entender -de vivir- la salud y la enfermedad. A fin de cuentas, Voltaire se nos muestra como lleno de creencias frente a un Pascal que ha decidido creer en Dios para mejor poder dejarde creer en todo lo demás; el optimismo de un enamorado, inconforme pero fiel, de la vida frente al pesimismo de un denostador radical e implacable de la existencia. De familia, por vía del hermano intolerante y convulsionario, le venía a Voltaire el detestamiento de los jansenista. Frente a Pascal, tiene ocasión de dar rienda suelta a su hostilidad contra estos cristianos sombríos. Elige con gran habilidad los momentos afirmativos de Pascal, cuya eficacia era mucho mayor en la negación, para zapar sus opiniones sobre el pueblo judío o sobre el ocultamiento y misteriosidad de Dios; pero también sabe ponerse afirmativo cuando es preciso y oponer su positividad a los rechazos pascalianos. Elige, evidentemente y según él mismo dice, lo peor de Pascal; su crítica va desde la argumentación sutil al exabrupto indignado y no carece en ocasiones de mala fe, pero es de gran eficacia polémica. En cualquier caso, no cabe reseñar un vencedor y un derrotado en este torneo teológico, donde se debate la licitud de una noción del conocimiento y el progreso que es, más o menos retocada, la de nuestra contemporaneidad.

Voltaire dedica otras cartas a la forma de gobierno británica, cuyo liberalismo ensalza, a su prestigiamiento del comercio, función mucho más necesaria a la sociedad que la nobleza ociosa o la crueldad guerrera, y a su audacia innovadora, que, en casos como el de la inoculación de la viruela redunda en gran beneficio público. Es la pujante concepción burguesa de la vida, pragmática y emprendedora, que por fin se decide a afirmarse sin tapujos contra la altanera clase social que le cierra el paso y contra el conservadurismo supersticioso en que ésta se apoya. El héroe de esta imagen del mundo no es ningún sanguinario caudillo, sino el paciente Sr. Locke, que pone límites a las fantasías escatológicas de los dogmáticos, o el genial Sr. Newton ordenador de los mundos y propulsor de las ciencias. El entusiasmo que Voltaire concibió por Newton no le abandonó en toda su vida; cuando muchos científicos profesionales más preparados que él para entender los misterios de la gravitación no ocultaban su reticencia ante las construcciones teóricas del inglés, Voltaire intuyó clarísimamente la enorme importancia de los descubrimientos astronómicos de Newton, que debían revolucionar no sólo la imagen cognoscitiva del universo sino también las creencias y esperanzas más cotidianas del pueblo. La veneración con que el pueblo inglés rodeó a tal ilustre sabio, cristalizada finalmente en los fastos públicos de su entierro, al que asistió el exiliado poeta francés, aumentó aún más el entusiasmo volteriano por un país en el que el mérito se veía tan dignamente recompensado.

Por último, Voltaire incluye varias cartas sobre el teatro y la poesía inglesas, en las que se encuentran sus tan discutidos juicios sobre Shakespeare. Para entenderlos, quizá convenga recordar, con Enmanuel Berl, que Voltaire era legatario de Ninon de Lenclos, no de Isabel... En todo caso, remito al lector interesado en conocer los pormenores de la estética volteriana al magnífico ensayo de Raymond Naves Le Gout de Voltaire (París, 1938). Tras acabar de leer estas Cartas filosóficas, quizá el lector se pregunte cómo pudieron ser quemadas inquisitorialmente una vez, hasta tal punto hoy estamos familiarizados sin la menor intuición de escándalo con las ideas en ellas expuestas. Víctima de esta perspectiva, dijo con ligereza André Maurois: «Resulta, poco más o menos, como si ahora, en 1950, se hiciese quemar en los Estados Unidos, por mano del verdugo, un libro en que se expliquen las teorías de Einsten, la constitución de los Soviets y el teatro de Pirandello». No así; pues no es simplemente el contenido de la cultura lo que ha cambiado, sino su papel mismo en el proceso revolucionario. Un libro como el descrito por Maurois podría pasar por atrevido o excéntrico, pero no por subversivo, en el radical sentido de la palabra en que lo fueron las Cartas de Voltaire. En el XVIII, el Estado aún no había segregado los anticuerpos necesarios para defenderse de la agresión cultural, como ya va siendo el caso en nuestros días, salvo excepciones tan aisladas como significativas. A este respecto, Voltaire y los demás enciclopedistas fueron juntamente enfermedad mortal del reino de su época, pero también vacuna del poder contra futuras infecciones. Los revolucionarios que más atentan contra el orden son también los que más contribuyen a ensenarle a preservarse, y por el momento no se ve fin a esta paradoja. Quizá lo realmente subversivo, lo que debamos conservar como una de nuestras armas de zapa más preciosas y necesarias, no sean los contenidos concretos aquí expuestos, sino algo más impalpable y más radical: el ánimo de Voltaire. Mientras éste perdure, rebullirá de inquietud el tirano.

Texto extraído de "Cartas Filosóficas", Voltaire, introducción, págs. 9/32, Editora Nacional, Madrid, España, 1976.
Selección y destacados: S.R.

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