"Diferencia y repetición"
Gilles Deleuze
Prefacio
"Asuntos
del Cogito para un yo disuelto" podría ser un buen título
para este prefacio. Traemos un prefacio casi como si encontraramos
un libro usado y abierto, en el suelo o sobre una mesa, con
esa sensación de que al escudriñar en sus páginas hallaremos
las anotaciones y subrayados de los anteriores lectores. ¿Cómo
será nuestra lectura entre tantas huellas? ¿Cuál será la que
ejerzamos sobre esos trazos? Eso también es transdisciplina:
el ejercicio de una lectura que acentúa sus marcas.
Sergio
Rocchietti
Las debilidades
de un libro son a menudo la contrapartida de intenciones
vacías que no se han sabido cumplir. En tal sentido, una declaración
de intenciones es prueba de una real modestia con respecto al
libro ideal. Suele afirmarse
que los prefacios no sólo deben ser leídos al final. A la inversa,
las conclusiones deben ser leídas al comienzo; esto es válido
para nuestro libro, en el que la conclusión podría volver inútil
la lectura del resto.
El tema aquí tratado se encuentra,
sin duda alguna, en la atmósfera de nuestro tiempo. Sus signos
pueden ser detectados: la orientación cada vez más acentuada
de Heidegger hacia una
filosofía de la Diferencia ontológica; el ejercicio del estructuralismo,
basado en una distribución de caracteres diferenciales en un
espacio de coexistencia; el arte de la novela contemporánea, que gira en torno de la diferencia
y de la repetición, no sólo en su reflexión más abstracta sino
también en sus técnicas efectivas; el descubrimiento, en toda
clase de campos, de un poder propio de repetición, que sería
tanto la del inconsciente
como la del lenguaje
y del arte. Todos estos
signos pueden ser atribuidos a un anti-hegelianismo generalizado:
la diferencia y la repetición ocuparon el lugar de lo idéntico
y de lo negativo, de la identidad y de la contradicción. Pues
la diferencia no implica lo negativo,
y no admite ser llevada hasta la contradicción más que en la
medida en que se continúe subordinándola a lo idéntico. El primado
de la identidad, cualquiera sea la forma en que esta
sea concebida, define el mundo de
la representación. Pero el pensamiento moderno nace del fracaso
de la representación, de la pérdida de las identidades y del
descubrimiento de todas las fuerzas que actúan bajo la representación
de lo idéntico. El mundo moderno es el de los simulacros.
Un mundo en el que el hombre no sobrevive a Dios, ni la identidad
del sujeto sobrevive a la de la sustancia. Todas las identidades
sólo son simuladas, producidas como un "efecto"
óptico, por un juego más profundo que es el de la diferencia
y de la repetición. Queremos pensar la diferencia en sí
misma, así como la relación entre lo diferente y lo diferente,
con prescindencia de las formas de la representación que las
encauzan hacia lo Mismo y las hacen pasar por lo negativo.
La índole
de nuestra vida moderna es tal que, cuando nos encontramos
frente a las repeticiones más mecánicas, más estereotipadas,
fuera y dentro de nosotros, no dejamos de extraer de ellas pequeñas
diferencias, variantes y modificaciones. A la inversa, repeticiones
secretas, disfrazadas y ocultas, animadas por el perpetuo desplazamiento
de una diferencia, restituyen dentro y fuera de nosotros repeticiones
puras, mecánicas y estereotipadas. En el simulacro, la repetición
se refiere ya a repeticiones, y la diferencia, a diferencias.
Lo que se repite son repeticiones y lo que se diferencia es
el diferenciante. La tarea de la vida consiste en hacer coexistir todas las repeticiones
en un espacio donde se distribuye la diferencia.
En el origen de este libro hay dos direcciones de investigación: la primera atañe
a un concepto de la diferencia sin negación, precisamente porque
la diferencia, no estando subordinada a lo idéntico, no llegaría
o «no tendría por qué llegar» hasta la oposición y la contradicción;
la segunda se refiere a un concepto de la repetición, que, como
las repeticiones físicas, mecánicas o puras (repetición de lo
Mismo), encontrarían su razón en las estructuras más profundas
de una repetición oculta en la que se disfraza y se desplaza
un «diferencial». Ambas investigaciones se han unido espontáneamente,
porque estos conceptos de una diferencia pura y de una repetición
compleja parecían reunirse
y confundirse en todos los casos. A la diferencia
y el descentramiento perpetuos de la diferencia, corresponden
estrechamente un desplazamiento y un disfraz en la repetición.
Existen muchos peligros que podrían
invocarse con relación a las diferencias puras, liberadas de
lo idéntico, independizadas de lo negativo. El mayor consiste
en caer en las representaciones del alma bella: nada más que diferencias, conciliables
y confederables, lejos de las luchas sangrientas. El alma bella
dice: somos diferentes, pero no opuestos... Y la noción
de problema, que -según veremos- se encuentra
ligada a la de diferencia, parece nutrir también los estados de
un alma bella: sólo interesan
los problemas y las preguntas... Sin embargo, creemos que los
problemas, cuando alcanzan el grado de positividad
que les es propio, y cuando la diferencia se convierte en
el objeto de una afirmación correspondiente, liberan una potencia
de agresión y de selección que destruye al alma
bella, destituyéndola de su identidad misma y quebrantando
su buena voluntad. Lo problemático
y lo diferencial determinan luchas o destrucciones con respecto
a las cuales las de lo negativo no son mas que apariencias,
y los deseos del alma bella, más que otras tantas mistificaciones
tomadas de la apariencia. No es tarea del simulacro
ser una copia, sino dar por tierra con todas las copias, haciéndolo
mismo también con los modelos: todo pensamiento se
convierte en una agresión.
Un libro
de filosofía debe ser, por un lado, una especie muy
particular de novela policial, y por otro, una suerte de ciencia
ficción. Con novela policial queremos decir que los
conceptos deben intervenir, con una zona de presencia, para
resolver una situación local. Ellos mismos cambian con los problemas.
Tienen esferas de influencia, donde actúan, lo veremos, en relación
con «dramas» y por intermedio de una cierta «crueldad». Deben
poseer, entre sí, una coherencia, pero esta coherencia no debe
provenir de ellos: deben recibirla desde otra parte.
Tal el secreto del empirismo.
El empirismo no es, en absoluto, una reacción contra los conceptos,
ni un simple llamado a la experiencia vivida. Intenta, por el
contrario, la más alocada creación de conceptos a la que jamás
se haya asistido. El empirismo es el misticismo del concepto
y, al mismo tiempo, su matematismo. Pero, precisamente, trata
el concepto como objeto de un encuentro, como un aquí-ahora,
o más bien como un Erewhon del cual brotan, inagotables,
los «aquí» y los «ahora», siempre nuevos, con otra forma de
distribución. Sólo el empirista puede decir: los conceptos son las cosas mismas,
pero las cosas en estado libre y salvaje, más allá de los «predicados
antropológicos». Hago, rehago y deshago mis conceptos a partir
de un horizonte móvil, de un centro siempre descentrado, de
una periferia siempre desplazada que los repite y diferencia.
Corresponde a la filosofia moderna
superar la alternativa temporal-intemporal, histórico-eterno,
particular-universal. Después de Nietzsche
descubrimos lo intempestivo como más profundo que el tiempo
y la eternidad: la filosofía no es ni filosofía de la historia
ni filosofia de lo eterno, sino intempestiva,
siempre y exclusivamente intempestiva, es decir, "en
contra de este tiempo, a favor, lo espero, de un tiempo por
venir". Después de Samuel Butler, descubrimos el Erewhon, como
significando al mismo tiempo el
«en ninguna parte» originario y el «aquí-ahora» desplazado, modificado, disfrazado,
recreado siempre. Ni particularidades empíricas, ni universal
abstracto: Cogito para un yo disuelto. Creemos en un
mundo donde las individuaciones son impersonales, y las singularidades,
preindividuales: el esplendor del
«SE». De allí el aspecto de ciencia ficción que deriva
necesariamente de ese Erewhon. Lo que este libro hubiera
debido mostrar es, entonces, la aproximación de una coherencia que no es ni la nuestra, la del hombre,
ni la de Dios o del mundo. En este sentido hubiera debido ser
un libro apocalíptico (el tercer tiempo en la serie del tiempo).
Ciencia
ficción también en otro sentido, en el que
las debilidades resaltan. ¿Cómo hacer para escribir si no es
sobre lo que no se sabe, o lo que se sabe mal? Es acerca de
esto, necesariamente, que imaginamos tener algo que decir. Sólo
escribimos en la extremidad de nuestro saber, en ese punto extremo
que separa nuestro saber y nuestra ignorancia, y que hace
pasar el uno dentro de la otra. Sólo así nos
decidimos a escribir. Colmar la ignorancia es postergar la escritura
hasta mañana, o más bien volverla imposible. Tal vez la escritura
mantenga con el silencio una relación mucho más amenazante
que la que se dice mantiene con la muerte. Hemos hablado de
ciencia en una forma que, bien lo sentimos, por desdicha no
es científica.
No está lejos el día en que ya no
será posible escribir un libro de filosofía como es usual desde
hace tanto tiempo: «¡Ah! el viejo estilo ... ». La búsqueda
de nuevos medios de expresión filosófica fue inaugurada por
Nietzsche, y debe ser
proseguida hoy relacionándola con la renovación de algunas otras
artes, como el teatro
o el cine. En este sentido,
podemos desde ahora plantear el interrogante de la utilización
de la historia de la filosofía. Nos parece que la historia
de la filosofía debe desempeñar un papel bastante
análogo al de un collage
en una pintura. La historia de la filosofía es la reproducción
de la filosofia misma. Sería necesario que la exposición,
en historia de la filosofía, actúe como un verdadero doble y
contenga la modificación máxima propia del doble. (Imaginamos
un Hegel filosóficamente barbudo, un Marx filosóficamente
lampiño con las mismas razones que una Gioconda bigotuda.)
Habría que llegar a redactar un libro real de la filosofía pasada
como si fuese un libro imaginario y fingido. Es bien sabido
que Borges descuella en el comentario de libros imaginarios.
Pero va más allá cuando considera un libro real, por ejemplo
Don Quijote, como si fuera un libro imaginario, reproducido
por un autor imaginano, Pierre Ménard, a quien a su vez considera
real. Entonces, la repetición más exacta, la más estricta, tiene
como correlato el máximo de diferencia («El texto de Cervantes
y el de Ménard son verbalmente idénticos, pero el segundo es
casi infinitamente más rico ... »). Las exposiciones
de historia de la filosofía deben representar una suerte
de cámara lenta, de cristalización o de inmovilización del texto:
no sólo del texto al cual se refieren, sino también
del texto en el cual se insertan. De este modo, tienen
una existencia doble y, como doble ideal, la pura repetición
del texto antiguo y del texto actual el uno dentro del otro.
Tal el motivo por el cual hemos tenido, a veces, que integrar
las notas históricas en nuestro texto mismo, para poder, así,
acercamos a esta doble existencia.
Texto extraído del libro "Diferencia
y repetición", Gilles Deleuze, Amorrortu editores, Buenos
Aires, Argentina, mayo 2002.
Selección y destacados: S.R.
Con-versiones marzo 2005