El amo-maestro [*]
del discurso.
El discurso del Maestro de Cos (Hipócrates)
Jean Clavreul
Si
fuera una cuestión de atacar sería mucho más fácil de lo que
es. No se vaya a pensar a partir de este texto que hay enemigos
y que estos son reconocibles. No. La cuestión es mucho más difícil
y como se plantea en el último párrafo: "sería vano emitir
un juicio de valor sobre el discurso del amo"; bueno, malo,
qué más da, es igual, su eficacia es implacable -la del discurso
y para ser precisos el del amo. El orden del discurso (M. Foucault)
también, también es implacable; es lo que hace afirmar a R.
Barthes que "el lenguaje es fascista", puede no serlo
si queremos (y no es cuestión de voluntad, no seamos tan ingenuos).
El nuestro, el lenguaje, el que se hace nuestro en "nuestra
palabra", ese es el lenguaje que puede no ser fascista
en nuestra palabra, más nuestra palabra es inusual, lo cual
es opuesto a lo usual, a lo cotidiano. Si simplemente nos dejamos
llevar seremos los fascistas que llevados por los modos de un
lenguaje que no es nuestro, que es el de otros, de todos los
que sin percibirlo se dejan llevar por las estructuras impuestas
de relación, y también la imposición es una trampa, no se trata
de subjetividades a las que se les impuso algo, sino que se
trata de haber sido construídos en las especies de la dominación
o el señorío, vieja palabra castellana. Se trata de lo que debe
sacudirse cada vez que lo sentimos y se trata de que aquéllos
que no sienten nada que despegar de sí no lo harán, por ello
cada sueño utópico sólo se resolverá en la inmediatez de un
acto intrascendente, no universal y casi siempre con algunos
pocos o en soledad, con el gesto de un brazo que lanza y una
mano que abre.
Sergio Rocchietti
Todo
amo necesita de un esclavo (uno al menos) que le reconozca su
poder. Todo maestro necesita un alumno (uno al menos) que le
reconozca su saber.
Es en este sentido que se atribuye a Hipócrates el título
de Maestro: Maestro de la Escuela de Cos, y de todos los médicos
que invocan su enseñanza. Hipócrates ha sido reconocido
como quien dispensó una enseñanza magistral, proporcionó método
y saber a quienes debían aplicarlo lo más escrupulosamente posible.
Es
indudable que a Hipócrates no se lo hubiera leído de
manera muy diferente de haberse admitido que su saber le venía
de los dioses. No por ser atribuido a la autoridad de la ciencia
el saber médico que hoy se enseña tiene menos audiencia, al
contrario. Los estudiantes reciben un saber instituido, y no
se pierde el tiempo haciéndoles ver de dónde ha sido extraído
ese saber. Tanto el maestro como sus discípulos sacan ventaja
de la situación: el Maestro no es impugnado por sus discípulos,
que no conocen sus fuentes, y el discípulo debe su saber sólo
a su Maestro. El poder del médico ante sus enfermos no será
menor. Cuanto más prestigiosa es la autoridad del Maestro, menos
tiene que arriesgarse uno mismo en lo que se propone. Al médico,
discípulo de los más grandes maestros, sólo le queda ganar la
confianza de su enfermo. Sus títulos universitarios contribuirán
en mucho a ello. Tendrá que hablar, a la cabecera del enfermo,
como maestro y señor. Está investido de un poder casi religioso.
Fue consagrado con el título de doctor. Es un alto funcionario
de la medicina.
Sin
embargo, la cualidad de maestro y amo del médico está menos consagrada por
la siempre discutible verificación de su saber en el curso de
sus exámenes de facultad, que por la prestación del juramento
(por el que atestigua su fidelidad al Orden médico) y por la
demostración de su aptitud para sostener el discurso médico:
redacción de observaciones en el curso de las pruebas llamadas
«clínicas», y también redacción de una «tesis». Sin duda la
tesis no aporta gran cosa al saber médico, y a veces ha sido
comprada ya hecha en una oficina especializada; la exigencia
de una tesis sigue manteniendo sin embargo el
principio de que todo médico participe en la construcción del
edificio del saber, el principio de que se declare como «autor»
del discurso médico, al igual que sus pares. Todo
médico es un maestro y un amo.
Para
mantener su posición de dominio todo médico debe ser un personaje.
Hipócrates dedica un capítulo entero a la descripción
de cómo debe ser: "Ha de ser norma para el médico tener
buen color y no ser flaco, porque el vulgo cree que quienes
no gozan de un buen estado físico no están en condiciones de
atender a los demás como corresponde. Además ha de ser muy pulcro
en su persona. Indumentaria decorosa y perfume agradable, de
olor nada sospechoso. Porque por lo general eso le gusta al
enfermo. En cuanto a lo moral, el sabio además de ser discreto
debe llevar una vida muy regular. Esto favorecerá mucho su reputación.
Sus costumbres serán honorables e irreprochables, y él será
para con todos grave y humano, porque ponerse en evidencia y
prodigarse, aun en los casos en que sería útil, provoca desprecio.
Ha de regirse por las libertades que le da el enfermo, porque
cuando las mismas cosas se presentan excepcionalmente a las
mismas personas son bienvenidas. En cuanto a su apariencia,
su fisonomía será reflexiva pero no austera, porque entonces
resultaría duro y arrogante. Por otra parte, el que se abandona
a la risa y a una excesiva alegría es visto como extraño a las
conveniencias; cosa que hay que evitar cuidadosamente. La justicia
presidirá todas las relaciones, porque la justicia debe intervenir
a menudo. Las relaciones del médico con los enfermos no son
insignificantes. Los enfermos se someten al médico, y éste está
continuamente en contacto con mujeres, con muchachas, con objetos
preciosos. Respecto de todo eso el médico debe conservar las
manos limpias. Así debe ser el médico en su alma y en su cuerpo
(1)".
Estas
cosas ya no se enseñan, y sin embargo podrían integrar el manual
de la respetabilidad burguesa. Sin embargo el Dr. Knock no deja
de recordar su importancia al tambor: "Llámeme Doctor...
Contésteme: 'Sí, Doctor' o 'No, Doctor'... Y cuando tenga la
oportunidad de hablar de mí fuera de aquí no deje de expresarse
así: 'el Doctor dijo', B Doctor hizo'. Eso tiene una gran importancia
para mí (2)".
Tampoco Toinette se equivocaba: "Vea, señor, aunque sólo
fuese por su barba, ya es mucho y la barba hace más de la mitad
de un médico." (Moliére, El enfermo imaginario)
El
médico es un personaje heroico, caballero de la ciencia y del
deber. Se expone a riesgos considerables porque cuida las enfermedades
más graves, sin que sepa muy bien qué es lo que le otorga su
aureola, si el riesgo de contagio o el hecho de que su enfermo
haya estado a punto de morir: el cirujano tiene tanto más prestigio
cuanto más peligrosas son las operacíones que practica; participa
del riesgo mortal que su intervención le hace afrontar a su
cliente.
La
autoridad y la importancia del médico son atestiguadas por signos
indiscutibles. Sus títulos le permiten hablar en voz alta, así
como llevar el caduceo en su coche le asegura una casi impunidad
ante la policía. Su sala de espera siempre llena prueba que
es muy solicitado, que está sobrecargado. Mientras espera, el
público discute, habla de «él», con lo que se crea un estado
de sugestionabilidad favorable a su prestigio y autoridad. Si
se trata de un gran médico, sólo tras una larga espera se consigue
una entrevista con él. De cualquier manera, se hará desear.
Hasta su vida privada tiene que contribuir a su prestigio.
"¿Qué
clase de vida lleva? Una vida de forzado. En cuanto se levanta,
es para correr a sus visitas. A las diez, pasa por el hotel.
Lo veréis en cinco minutos. Y de nuevo visitas hasta el límite
del distrito. Sé que tiene su automóvil, un hermoso coche nuevo,
que conduce a toda velocidad, pero estoy segura de que más de
una vez al mediodía sólo come un bocadillo (3)".
Porque
la vida privada del médico es una vida de infierno, y nadie
lo puede ignorar... Muchas veces lo importunan de noche. Puede
ser que lo llamen por teléfono en casa de los amigos con quienes
va a cenar. Nunca está seguro de poder ir a un espectáculo.
Lo importunan hasta en la peluquería. Su esposa, elegante burguesa,
deplora esta vida difícil en la que ella tiene que participar,
pero está de acuerdo en que su gran hombre se debe ante todo
a los enfermos. Participa discretamente del saber y del prestigio
de su marido. Se le suelen pedir consejos, al menos en lo que
concierne a los niños. Sabe que contribuye al prestigio de aquel
a quien ella a veces llama «el doctor».
No
faltan en la historia de la medicina vidas de médicos ejemplares,
hasta heroicas (4).
Los medios de comunicación de masas no dejan de hacer la hagiografía
de los «hombres de blanco». Tienen razón; los médicos son valores
más seguros que los príncipes y que las actrices; y se cuentan
entre los pilares más sólidos del sistema social, porque son
el ejemplo más indiscutible de lo bien fundado de los privilegios
que se le conceden hoy a la competencia.
Cualesquiera
que sean las ridiculeces que rodean este tipo de operaciones,
los médicos tienen toda la razón en ocuparse de su imagen,
rectificándola de acuerdo con los gustos de la época. El
personaje que mantiene el discurso del Amo no puede ser un personaje
cualquiera. La solidez de su inserción social, que ratifica
su inscripción en la Orden de los médicos, es la garantía de
la eficacia de su discurso, del que en parte es autor o al menos
portavoz ante sus enfermos.
Lo
imaginario no es una dimensión desdeñable, y si es algo
irreverente hablar de él es porque por lo general se considera
que esta imagen se desprende por sí misma, y no es buscada sistemáticamente.
El Código de deontología, que se preocupa de la buena imagen
de marca del médico, prevé la expulsión del médico que haya
afrontado una sanción penal (5),
aun cuando a priori no se ve muy bien por qué ha de convertirse
alguien en mal médico porque haya emitido un cheque sin fondos.
(Sin embargo, es cierto que en este nivel de la jerarquía social
a veces uno se encuentra en descubierto, pero no se hacen cheques
sin fondos.)
La
respetabilidad de todo el cuerpo médico está en juego en la
de cada médico en particular. Razón por la cual ha de dirigirse
a sus colegas y a sus maestros cuando tropieza con una dificultad.
Hipócrates, que es un maestro también en este aspecto,
no ha dejado de atribuir una gran importancia a la constitución
de un cuerpo médico, coherente y respetable: "No es
ninguna desgracia que un médico, en alguna ocasión embarazado
delante de un enfermo y no viendo con claridad a causa de su
inexperiencia, reclame la presencia de otros médicos con quienes
consultar el caso, y que se asociarán con él para encontrar
el remedio." El cuerpo
médico es el garante del saber médico. Hay que apartar
de él a los malos médicos, a los que prueban por sí mismos que
surgieron de la nada (sic) con la sola ambición del renombre,
del dinero y del lujo. Estos evitan el comercio con los demás,
frecuentan sólo a otros malos artesanos como ellos, y rechazan
todo orden útil".
Hoy
el Orden útil es la Orden de los médicos, porque a pesar de
las críticas y las chanzas de que es objeto, representa al cuerpo
médico en su preocupación por la respetabilidad, que es una
de las preocupaciones principales de cada médico. Lo cual lleva
al Colegio de los médicos a pronunciar exclusiones contra aquellos
médicos que no se conforman a cierta imagen de marca. Es llevado
también, y sin duda éste es el caso más frecuente, a cubrir
con su autoridad a médicos atacados por sus enfermos a causa
del prejuicio que les haya ocasionado un examen o un tratamiento
inadecuado o ineficaz.
Los
juristas no han dejado de conmoverse ante la constitución de
una Orden de médicos, es decir, prácticamente de una jurisdicción
específica y corporativa que escapa al orden judicial. En efecto,
el juez judicial fue claramente puesto en guardia contra "el
error que cometería si se erigiera en Sorbona médica" (6).
Razón por la cual la posición del juez se vuelve muy delicada:
"Recurrir al servicio de los expertos constituye una
ayuda insuficiente a causa de los azares del análisis, las divergencias
entre las escuelas y la solidaridad a veces excesiva que manifiestan
los expertos para con sus colegas (7)".
Recurrir al Consejo de Estado sería ineficaz porque "se
considera que cuando el Colegio de los médicos se ha pronunciado
sobre la existencia o ausencia de imprudencia condenable, el
Consejo de Estado considera soberana la apreciación hecha por
la Sección disciplinaria sobre la eficacia o inocuidad de la
terapéutica puesta en práctica, e incluso sobre el carácter
abusivo de las prescripciones. Tampoco hay decisión que otorge
indemnización al enfermo que se pretende víctima de un error
terapéutico (8)".
Al
constatar un fallo del Consejo de Estado del 31 de enero de
1964, referido al perjuicio físico ocasionado por una intervención
quirúrgica hecha sin el consentimiento explícito del enfermo,
Louis Dubois dice: "No hay mejor manera de negar todo
valor, incluso moral, al respeto de la integridad física y de
la libertad personal." La Orden de los médicos es prácticamente
la única referencia para el juez, y éste no se muestra "más
audaz (que el Consejo de la Orden) sino al juzgar la
corrección de los métodos de diagnóstico o cuidados, refiriéndose
sobre todo al criterio incierto de los usos profesionales, y
a comprometer la responsabilidad del médico cuyos cuidados no
están de acuerdo con los datos adquiridos por la Ciencia"
(9).
De
modo que el enfermo se encuentra prácticamente desarmado ante
el médico, que sólo tiene que rendir cuenta a sus pares. El
enfermo y los jueces tienen un estatuto que es el del incapaz,
porque en este terreno la ley es la competencia. El médico
escapa así a la ley común.
Hipócrates ya había evocado perfectamente el epílogo
que cabe formular cuando una enfermedad tiene un desenlace funesto:
¿Quién es el responsable? "El médico que pone manos
a la obra, sano de espíritu y de cuerpo, que razona sobre el
caso presente, y entre los casos pasados, sobre los que se parecen
a éste... o el enfermo que prefiere lo que le hace agradable
la enfermedad a su curación, que sin duda no quiere morirse,
pero es incapaz de firmeza y de paciencia?" Pregunta:
"¿Cuál de las dos alternativas es más verosímil: admitir
que el enfermo, así predispuesto, no cumplirá o cumplirá mal
las prescripciones del médico, o admitir que el médico, en las
condiciones que hemos descrito, hará prescripciones equivocadas?"
Concluye con mucha firmeza respecto de ese "desenlace
funesto, de cuya responsabilidad quienes no saben razonar descargan
a los verdaderos culpables para arrojarla sobre quien no pudo
hacer otra cosa". Curiosa conclusión. Quien "no
pudo hacer otra cosa" no es el muerto, ¡sino el desdichado
médico injustamente atacadolo."
En
más de dos milenios las cosas no han cambiado demasiado. La
medicina no puede ser juzgada porque es su propio legislador.
No hay sitio desde donde juzgarla. Hay que fiarse de la sabiduría
de los médicos, que se juzgan entre sí. Su discurso es un discurso
de amos que no han de repartir nada con nadie.
La
cohesión del cuerpo médico es el garante de esta responsabilidad.
Por consiguiente, todos los médicos son iguales en términos
de derecho. El título de doctor en medicina garantiza una igualdad
en la formación y en el saber. Todo médico tiene, pues, derecho
a practicar las intervenciones y tratamientos que considere
útiles, en cualquier especialidad. Derecho algo atemperado por
la institución de las especializaciones que limitan prácticamente
el poder que tendría el médico de cubrir todo el campo de la
medicina. Sin embargo, persiste la conformidad del principio
de igualdad que proporciona el acceso al título de doctor.
Para
afianzar el poder médico, allí está aún, ejemplar, la obra de
Hipócrates. Porque no es el poder en tanto tal lo que
se busca. En su época, los médicos ejercían por lo general actividades
diversas, como Empédocles, que además de médico era estadista,
legislador, urbanista, poeta... En cambio, con Hipócrates,
el poder del médico no le debe nada sino a su saber, a su función.
Tampoco recurre a los dioses. La divinidad
no cumple función ninguna en la génesis de las enfermedades,
de modo que no tiene sentido invocarla para conseguir la curación.
El médico no recomendará plegarias
ni sacrificios. El poder del sacerdote, al igual que el poder
político, pertenece a un orden que no es el del poder médico.
Sólo para explicar casos desesperados se recordará
que existen «enfermedades divinas». En este caso, hay que "abstenerse
de tocar a quienes estén más afectados por el mal, pues está
situado, como es sabido, por encima de los recursos del arte".(10)
El
médico tiene que independizarse constantemente, además, de todos
los poderes temporales. Del poder del dinero especialmente.
De
modo que brindará parte de sus cuidados a los pobres, para dejar
sentado que su ambición no es hacer fortuna. El Dr. Knock no
vacila en atravesar el distrito para atender a una vieja pobre.
Además había preparado su llegada al país estableciendo un día
de consultas gratuitas. Es cierto que la gratitud de la atención
ha contribuido ampliamente a establecer la imagen de la abnegación
médica. También dio lugar a la fundación de hospitales donde
se constituyó el saber médico. Michel Foucault nos transmite
la confesión cínica de la función de la caridad hospitalaria
(11). "Al
explicar en el año VII cómo funciona la clínica de partos de
Copenhage, Demangeon, contra todas las objeciones de pudor o
discreción, argumenta que en esa clínica solamente se recibe
a Ias mujeres no casadas, o que se presentan como tales. Se
diría que nada está mejor pensado, porque es la clase de mujeres
cuyos sentimientos de pudor se supone que son los menos delicados"
(12). De modo que
esta clase moralmente desarmada, y tan peligrosa desde el punto
de vista social, podrá ofrecer grandes servicios a las familias
honorables; la moral encuentra su recompensa en quienes la pisotean,
porque como estas mujeres 'no están en condiciones de ejercer
la beneficiencia... al menos contribuyen a formar buenos médicos,
y devuelven con usura a sus bienhechores los favores recibidos'.
La mirada del médico tiene un criterio estrechamente ahorrador
por lo que se refiere a los intercambios contables de un mundo
liberal."
Por
último, el poder médico siempre se ha desmarcado del poder político.
La leyenda conservó: "Hipócrates rehusando los regalos
de Artajerjes." Es cierto que el episodio no tuvo lugar,
que no puede haber tenido lugar. Pero no por no tratarse de
un hecho histórico es menos portador de verdad. No es porque
Artajerjes fuera un tirano y un bárbaro -y por consiguiente
un enemigo- por lo que Hipócrates se negó a ir a atender
a sus tropas arrasadas por la peste. Su negativa fue la misma
cuando el pueblo de Abdera lo llamó para que atendiera a
Demócrito, que presentaba síntomas de locura: contestó que
una nación no tenía que depender tan estrechamente de un hombre.
En cambio aceptó por fin ver a Demócrito cuando el requerimiento
le fue hecho por el interesado a título personal.
Pero
no nos llamemos a engaño con la independencia de la que se jactan
los médicos de todos los tiempos. Significa solamente que los
médicos no quieren reconocer ningún otro poder que
el poder médico. Se niegan a servir a un poder ajeno a su
disciplina. Sin embargo están obligados a tener en
cuenta otros imperativos, además de los imperativos médicos,
especialmente exigencias que son de orden económico, social,
administrativo, humano... Pero conservan influencia sobre estos
elementos extraños al poder médico. El médico se quiere esclarecido,
pero no por eso es menos un déspota.
El
médico debe afirmar su poder sobre todo ante el enfermo y la
enfermedad. Hipócrates
afirma:"Al mismo tiempo que haré la demostración de
mi arte, aniquilaré los argumentos de quienes pretenden envilecerlo
(13)".
En estos casos sólo la medicina, y sólo ella, permite la curación.
Debe reinar absolutamente sobre lo que constituye su dominio.
Cosa que tiene sus dificultades, pero Hipócrates responde:
"El adversario objetará que muchos enfermos se han
curado sin la intervención del médico. Estoy de acuerdo, pero
me parece que es probable que aun sin médico hayan hecho uso
de la medicina (14)". De
modo que no ha de atribuirse la curación a la defensa espontánea
del organismo, sino a la suerte o a la intuición del enfermo
y a su entorno. Esta es una toma de posición totalitaria, de
la que ya hemos visto que es específicamente médica en su desconfianza
frente a las reacciones espontáneas del organismo. Otra objeción
se refiere a las enfermedades que culminan en la muerte. Pero
ya hemos visto que Hipócrates no vacila en atribuir su
responsabilidad al enfermo, no a la medicina.
Convencer
al enfermo de la superioridad del saber médico no es una tarea
sencilla.
El médico afirma su prestigio con el pronóstico: "Creo
que lo mejor para el médico es que sea hábil en su previsión,
penetrante, y que exponga de antemano el presente, el pasado
y el futuro de sus enfermedades. Al explicar lo que omiten,
ganará su confianza y, convencidos de la superioridad de sus
luces, no vacilarán en someterse a sus cuidados. Así el médico
será justamente admirado, y ejercerá su arte con habilidad."
La obra de Hipócrates no comprende menos de cuatro extensos
capítulos dedicados al estudio del pronóstico: "Prognosis
- Piorrética 1 - Prenociones coacas - Piorréticas II'; por lo
menos el último capítulo es apócrifo, y está dedicado a los
fracasos proféticos de los discípulos de Hipócrates. Es fácil
imaginar que los consejos del maestro habían podido suscitar
vocaciones de adivinos antes que de médicos. Sin embargo, al
establecer el pronóstico hay algo más que la preocupación por
dar prueba de un talento adivinatorio. El discurso médico se emparenta con el profético
en el sentido en que alude a ello Michel Foucault. Anuncia
el porvenir, y por lo mismo que lo constituye contribuye a crearlo.
Mediante su intervención, el médico modifica el curso de la
enfermedad, aun en ausencia de toda intervención medicamentosa
o de otro tipo, pues modifica la relación del enfermo con su
enfermedad. ¿No se espera de la visita del médico
que procure un alivio a la angustia, una esperanza salvadora
en la curación? En cambio a partir de Hipócrates y hasta
nuestros días, el médico tiene por norma no pronunciar un pronóstico
fatal, que sólo agravaría el estado del enfermo y suprimiría
las pocas posibilidades de curación que siempre ha de suponerse
que tiene. El Código deontológico obliga al médico a no decirle
toda la verdad al enfermo: Art. 34. En la práctica, esto significa
también que ha de hacer ciertos diagnósticos cuando la enfermedad
se considera fatal. Diagnóstico y pronóstico son tan próximos
que el público suele confundir sus nombres: "¡Los médicos
reservan su diagnóstico!" Es cierto que cuando la Facultad
«condena» a un enfermo, este juicio de realidad tiene más peso
que el juicio de valor sobre el criminal «condenado» por los
tribunales, que todavía puede apelar al recurso de gracia. Existe
un parentesco entre el hechicero y el médico capaz de establecer
un pronóstico: el porvenir está inscrito en las palabras que
pronuncian. Los anatomoclínicos del siglo XIX se
relacionan con los arúspices: supieron analizar las entrañas
antes de abrir el vientre. El porvenir
está inscrito en ellas como en un libro, y la medicina aprendió
a leerlo.
¡Poder
del discurso médico! El estudio del cariotipo del feto susceptible
de sufrir una anomalía cromosómica permite determinar así el
sexo de la criatura que va a nacer. Y los padres van a considerar
la fecha de este anuncio como la fecha del nacimiento. Es la
fecha en la que averiguan el sexo y eligen el nombre; también
es la fecha en que deciden no recurrir al aborto que una anomalía
cromosómica justificaría.
Discurso
magistral, discurso del amo, el discurso médico lo es menos
por las tomas de posición personales y colectivas dirigidas
a asegurar el prestigio necesario ante el público y los enfermos,
por su rechazo de todo orden que no sea específicamente médico,
que por 'acto médico' propiamente dicho, el que se produce junto
al lecho de los enfermos: la clínica.
La
primera etapa de este proceso consiste en la afirmación: usted
padece una enfermedad.
Su cuerpo está habitado por una enfermedad en la que usted no está personalmente
comprometido. El enfermo es así
invitado a desprenderse de toda interpretación subjetiva de
lo que le sucede. Está invitado a mirarse como a otro, a desconfiar
de lo que experimenta, porque todo lo que experimente ha de
interpretarse en función de esa enfermedad que él no puede conocer
y que sólo el discurso médico puede interpretar.
El enfermo se ve definido como: hombre+enfermedad. Lo
que sellará su entrada en el discurso médico es el nombramiento
de la enfermedad, el diagnóstico. A través de ello, el
médico muestra que lo que padece el enfermo tiene un lugar en
el sistema de los significantes que constituye el discurso médico.
Este nombramiento, incierto, no comporta solamente el aspecto
negativo que comporta toda categorización. Además, y sobre todo
para el enfermo, es un acto que
contribuye a disipar su angustia. Todo eso que experimentaba,
y que no se podía relacionar con lo que podía interpretarse
a partir de su saber sobre sí mismo, toda esa oleada de sensaciones
penosas, dolorosas, angustiantes, muchas veces cargadas de culpabilidad,
es retomado en el discurso médico, que afirma que puede encontrarse
un sentido en lo que hasta entonces era un puro no-sentido.
Y el médico afirma que domina ese sentido
nuevo, o que puede llegar a tenerlo bajo su dominio. Dominio
al menos verbal, aun cuando no pueda reducir la enfermedad.
Cuántos estados indefinidos pueden, entonces, ser transformados
en afirmaciones tan perentorias como dudosas, al modo de:"Usted
está deprimido, y la depresión es una enfermedad. Usted es alérgico,
y la alergia es una enfermedad." "Usted es alcohólico,
y el alcoholismo es una enfermedad (15)."
Como
el médico no puede pretender conseguir del mismo enfermo todas las
informaciones necesarias para el cumplimiento del acto de dominio
que es el diagnóstico,
no vacilará en interrogar a la familia, e incluso a los sirvientes
más humildes y a los esclavos, dice Hipócrates. Así se
enterará a menudo de lo que se le había ocultado u omitido.
Pero sobre todo tratará de hacer aparecer signos diferentes
de los que conoce el profano: "Cuando los signos son
muchos y la naturaleza no los proporciona de buen grado, la
medicina ha encontrado los medios de coacción a través de los
cuales la naturaleza violentada se abre sin perjuicio; así relajada,
ella revela a quienes conocen el oficio lo que es preciso hacer."
De modo que queda abierta la puerta a todos los análisis «clínicos»,
y también a los exámanes «paraclínicos» a través de los cuales
el médico se entera de lo que sólo puede interpretarse a partir
del discurso médico.
Hipócrates inauguró la práctica de la punción del tórax
(¿de carácter explorador o curativo?). Pero la naturaleza «violentada»
por los análisis paraclínicos, Llo es siempre «sin perjuicio»,
como afirman Hipócrates y los mejores de entre quienes le siguieron?
Ningún
otro ejemplo ilustraría mejor lo que dice Foucault del
discurso: que es una "violencia ejercida sobre las
cosas" (16).
El discurso médico constituye en su orden lo que podía
haber sido interpretado en un discurso religioso, moral, familiar,
social, psicológico. Con mayor o menor delicadeza el médico
rechaza lo que puede enunciarse como consideración sobre el
mal, la culpabilidad, la vergüenza, el pudor. El sufrimiento
mismo es un signo entre otros. A veces se busca atenuarlo por
conmiseración hacia el enfermo, o porque es susceptible de agravar
la enfermedad, pero se la «respeta» cuando su evolución es un
signo que permitirá desarrollar o invalidar el diagnóstico.
No se dan analgésicos en caso de un síndrome abdominal agudo.
Discurso totalitario, por consiguiente,
y que excluye que el enfermo oponga sus razones a la razón médica.
Sin duda el médico pide el consentimiento del enfermo para practicar
sus análisis, pero se trata de una precaución más formal que
real. El enfermo no sabe exactamente a qué se expone con los
análisis y tratamientos que se le proponen, y el médico no puede
explicarle todo, so pena de infligir angustias inútiles con
la exposición de las incertidumbres y riesgos que el enfermo
no está en condiciones de comprender, en la medida en que su
estado morboso no le procura la serenidad deseable, cuando no
lo ha vuelto totalmente inconsciente (si está en coma, por ejemplo). De todos modos el orden médico se impone,
y aunque el médico no consiga que el enfermo se someta a lo
que él ordena, la presión de la familia y los allegados es tal
que casi siempre se logra su sumisión. De hecho no hay ninguna
solución de recambio al discurso médico, salvo, a veces, la complacencia
de otro médico, que a pesar de todo está menos preocupado por
complacer al enfermo que por poder responder, llegado el caso,
ante sus pares, es decir, ante la jurisdicción de la Orden de
los médicos, de lo que ha hecho o dejado de hacer. No es necesariamente
garantía de que actuará de la mejor manera.
Habría
que hablar de la extensión del orden médico más allá de la relación
médico-enfermo.
Porque también allí han entrado en las costumbres las consideraciones
del Dr. Knock "sobre los supuestos estados de salud".
"Un hombre sano es un enfermo que no sabe que lo está",
y ha de someterse a los análisis de la medicina preventiva,
vacunación, etc., que le dirán lo que él no sabe ni experimenta,
y le propondrán o le impondrán las medidas necesarias para evitar
las enfermedades. Pues también la medicina sabe cada vez más
que hay enfermedades contagiosas, epidémicas, que interesan
a la sociedad en general más que al sujeto mismo, y como en
este caso por lo general la que paga es la sociedad, tiene derecho
a vigilar la salud de cada cual. Si
por una parte el derecho a la salud se ha convertido en un derecho
imprescriptible de todo hombre, por la otra se ha suprimido
entonces su derecho a la enfermedad.
«El
imperialismo médico» es un término que han empleado los juristas
para designar el absolutismo de las decisiones del tribunal
que constituye la competencia médica, representada por el Consejo
de la Orden, excluyendo cualquier otra jurisdicción. Este término
podría aplicarse a las extensiones de poder del médico en los
dominios que en principio son extraños a él. Ha intervenido
al lado del Inquisidor contra el brujo, al lado del magistrado
contra los criminales. En los hospicios de la Revolución separó
a los sifilíticos, a los locos, a los delicuentes, a las prostitutas,
que hasta entonces se mezclaban en el mismo vertedero. Su acción
fue casi siempre «liberal», pero su
dominio es cada vez más grande y cada vez menos discutido.
Sería vano emitir un juicio de valor sobre
el discurso del amo. Se desarrolla con la misma certeza de un
fenómeno natural, y se extiende mucho más allá, tanto de la
personalidad de cada uno de los médicos que contribuyen a instaurarlo,
como de sus opositores. Hipócrates tuvo el mérito de establecer con fuerza los elementos que
lo constituyen. Su lectura nos permite ver que no son los imperativos
técnicos de la tecnología contemporánea los que le dan el aspecto
que conocemos. Por el contrario, es el discurso en sí mismo
el que tiene sus propias leyes. Al volverse cada vez más
riguroso, su desarrollo se ha adjuntado a los elementos de saber
y de técnica que le permiten prolongarse de manera cada vez
más coercitiva.
NOTAS:
[*] Desde su título, todo este capítulo gira en torno del
doble sentido del término francés maitre: «maestro
y dueño», que no tiene en esa doble acepción término castellano
exactamente equivalente. (N. del T.)
(1)
Hipócrates,
Obras completas, IV, Editions Javal et Leblanc, p. 27.
(2)
Jules
Romains, Docteur Knock, 1923.
(3)
Ibid.
(4)
H. Mondor, Grands médecins... presque tous.
(5)
Hipócrates, Préceptes, I, IV, Javal et Leblanc, p. 27.
(6)
Louis Dubois, "Le juge administratif, le malade et le médecin"
en Mélanges offerts á Marcel Waline, p. 400.
(7)
Ibid., p.
400.
(8)
Ibid, pp.
400-401.
(9)
Ibid, p. 398.
(10)
Hipócrates, Obras completas, III, Javal et Bourdeaux,
p. 192.
(11)
M. Foucault, Nacimiento de la clinica, op. cit.
(12)
J.B.Demangeon, Tableau historique d'un triple établissement
rétmien un seul hospice á Copenhage, París, an vil, pp.
34-6.
(13)
Hipócrates, De 1' art, t. II, P. 190.
(14)
Ibid.
(15)
J. Clavreul, "L'alcoolisme est une maladie", Information
psychiatrique, 1971, vol. 47, nro. 1.
(16)
M. Foucault, L'Ordre du discours, op. cit.
Texto
extraído de "El orden médico", Jean Clavreul, capítulo
5, págs. 97/ 112, editorial Argot, Barcelona, España, 1983.
Edición
original: Du Seuil, París, 1978.
Selección
y destacados: S.R.
Con-versiones marzo 2005