Acerca
de la insoportable levedad del ser
Milan
Kundera
(selección)
Esto es lo que usted dice en La insoportable levedad del ser: «La novela no es una confesión del autor, sino una exploración
de lo que es la vida humana en la trampa en que hoy se ha convertido
el mundo». Pero ¿qué quiere decir trampa?
Que la vida es una trampa
lo hemos sabido siempre: nacemos sin haberlo pedido, encerrados
en un cuerpo que no hemos elegido y destinados a morir. En compensación,
el espacio del mundo ofrecía una permanente posibilidad de evasión.
Un soldado podía desertar del ejército y comenzar otra vida
en un país vecino. En nuestro siglo, de pronto, el mundo se
estrecha a nuestro alrededor. El acontecimiento decisivo de
esta transformación del mundo en trampa ha sido sin duda la
guerra de 1914, llamada (y por primera vez en la Historia) guerra
mundial. Falsamente mundial. Sólo afectó a Europa, y ni siquiera a toda
Europa. Pero el adjetivo «mundial» expresa aún
más elocuentemente la sensación de horror ante el hecho de que,
de ahora en adelante, nada de lo que ocurra en el Planeta será ya asunto local, que todas las catástrofes
conciemen al mundo entero y que, por lo tanto estamos cada vez
más determinados desde el exterior, por situaciones de las que
nadie puede evadirse y que, cada vez más, hacen que nos parezcamos
los unos a los otros.
Pero entiéndame
bien. Si me sitúo más allá de la novela llamada psicológica,
no significa que quiera privar a mis personajes de vida interior. Significa solamente que son otros los
enigmas, otras las cuestiones
que persiguen prioritariamente mis novelas. Tampoco significa
que rechace las novelas fascinadas por la psicología. El cambio
de situación a partir de Proust me llena más bien de
nostalgia. Con Proust, una inmensa belleza se aleja lentamente
de nosotros. Y para siempre y sin retorno. Gombrowicz
tuvo una idea tan chusca como genial. El peso de nuestro yo
depende, según él, de la cantidad de población del planeta.
Así Demócrito representaba una cuatrocientos-millonésima
parte de la humanidad; Brahms, una milmillonésima; el mismo
Gombrowicz, una dosmil-millonésima. Desde
el punto de vista de esta aritmética, el peso del infinito proustiano,
el peso de un yo, de la vida interior de un yo, se hace cada
vez más leve. Y en esta carrera hacia la levedad, hemos franqueado
un límite fatal.
«La insoportable levedad» del yo es su obsesión, desde
sus primeros escritos. Pienso en El
libro de los amores ridículos; por ejemplo, en «Eduard y Dios». Luego de su primera
noche de amor con la joven Alice, Eduard se sintió afectado
por un extraño malestar, decisivo en su historia: miraba a su
amiguita y se decía «que las opiniones de Alice no eran en realidad
más que algo que estaba adherido
a su destino, y su destino algo adherido a su cuerpo,
la veía como una combinación casual de cuerpo, ideas y transcurso
vital, como una combinación inorgánica arbitraria e inestable».
Y en otro cuento, «El falso autoestop», la joven en los últimos
párrafos del relato se encuentra tan perturbada por la incertidumbre
de su identidad que repite sollozando: «Yo soy yo, yo soy yo,
yo soy yo ... ».
En La insoportable
levedad del ser, Teresa se mira en el espejo. Se pregunta
qué sucedería si su nariz se alargara un milímetro al día. ¿Al
cabo de cuánto tiempo su rostro resultaría irreconocible? Y
si su cara no se pareciera ya a Teresa, ¿sería Teresa aún Teresa?
¿Dónde comienza y dónde termina el yo? Ya ve: ningún asombro
ante el infinito insondable del alma. Más bien un asombro ante
la incertidumbre del yo y de su identidad.
En sus novelas hay una ausencia total de monólogo interior.
Joyce puso un micrófono en la cabeza de Bloom.
Gracias a este fantástico espionaje que es el monólogo interior
hemos averiguado mucho de lo que somos. Pero yo no sabría servirme
de ese micrófono.
En el Ulises
de Joyce, el monólogo interior atraviesa toda la novela,
es la base de su construcción, el procedimiento dominante. ¿Es
acaso la meditación filosófica la que desempeña ese papel en
su caso?
Encuentro impropio
el término «filosófico». La filosofia
desarrolla su pensamiento en un espacio abstracto, sin personajes,
sin situaciones.
Usted comienza La
insoportable levedad del ser con una reflexión sobre el eterno retorno de Nietzsche. ¿Qué es esto sino una
meditación fllosófica desarrollada en forma abstracta, sin personajes,
sin situaciones?
¡Qué va! Esta reflexión
introduce directamente, desde la primera línea de la novela,
la situación primordial de un personaje: Tomás; expresa su problema:
la levedad de la existencia en un mundo
en el que no existe un eterno retorno. Y fijese,
volvemos nuevamente a nuestra pregunta: ¿qué hay más allá de
la novela llamada psicológica? 0 dicho de otro modo: ¿cuál es el medio no psicológico de aprehender
el yo? Aprehender un yo, quiere decir, en mis novelas, aprehender
la esencia de su problemática existencial. Aprehender su código
existencial. Al escribir La insorportable
levedad del ser me di cuenta de que el código de
tal o cual personaje se compone de algunas palabras-clave.
Para Teresa: el cuerpo, el alma, el vértigo, la debilidad, el
idilio, el Paraíso. Para Tomás: la levedad, el peso. En la parte
titulada «Palabras incomprendidas», examino el código existencial
de Franz y el de Sabina analizando diversos términos: la mujer,
la fidelidad, la traición, la música, la oscuridad, la luz,
las manifestaciones, la belleza, la patria, el cementerio, la
fuerza. Cada una de estas palabras tiene un significado
diferente en el código existencial del otro. Por supuesto este
código no es estudiado in abstracto, se va revelando
progresivamente en la acción, en las situaciones.
Fíjese en La vida está en otra parte, en la tercera parte:
el protagonista, el tímido Jaromil, aún es virgen. Un día, pasea
con una chica quien de pronto apoya la cabeza en su hombro.
Jaromil se siente inmensamente feliz e incluso fisicamente excitado.
Me detengo en ese mini-acontecimiento y constato:
«El grado más alto de felicidad que había conocido Jaromil
hasta el momento era la cabeza de una chica apoyada en su hombro».
A partir de esto trato de captar el erotismo de Jaromil: «Una
cabeza femenina, significaba para él más que un cuerpo femenino».
Lo cual no quiere decir, aclaro, que el cuerpo le fuera indiferente,
pero: «No deseaba la desnudez de un cuerpo femenino; ansiaba
el rostro de una chica por la desnudez de su cuerpo. No quería
poseer un cuerpo femenino; quería el rostro de una muchacha
que, como prueba de amor, le diera su cuerpo». Intento ponerle
un nombre a esa actitud. Elijo la palabra ternura. Y examino
esa palabra: en efecto, ¿qué es la temura? Y llego así a las
sucesivas respuestas: «La ternura nace en el momento en que
el hombre es escupido hacia el umbral de la madurez y se da
cuenta, angustiado, de las ventajas de la infancia que, como
niño, no comprendía». Y a continuación: «La ternura es
el miedo que nos inspira la edad adulta». Y otra definición
más: «La ternura es un intento de crear un ámbito artificial
en el que pueda tener validez el compromiso de comportarnos
con nuestro prójimo como si fuera un niño». Como puede ver,
no le señalo lo que está pasando en la cabeza de Jaromil, sino
más bien lo que está pasando en mi propia cabeza: observo largamente
a mi Jaromil y trato de aproximarme, poco a poco, al fondo de
su actitud, para comprenderla, denominarla, aprehenderla.
En La insoportable
levedad del ser, Teresa vive con Tomás, pero su amor exige
tal movilización de sus fuerzas que, de pronto, no puede más
y quiere dar marcha atrás, «hacia abajo», hacia el lugar de
donde vino. Y me pregunto: ¿qué le pasa a ella? Y encuentro
la respuesta: ha sido presa de un vértigo. Pero ¿qué es el vértigo?
Busco la definición y digo: «el embriagador, el insuperable
deseo de caer». Pero me corrijo inmediatamente, preciso la definición:
«También podríamos llamarlo la borrachera de la debilidad. Uno
se percata de su debilidad y no quiere luchar contra ella, sino
entregarse. Está borracho de su debilidad, quiere ser aún más
débil, quiere caer en medio de la plaza, ante los ojos de todos,
quiere estar abajo y aún más abajo que abajo». El vértigo es una de las claves para comprender
a Teresa. No es la clave para comprendemos a usted o a mí. Sin
embargo, usted y yo conocemos esta especie de vértigo al menos
como nuestra posibilidad, una de las posibilidades de la existencia.
Me fue preciso inventar a Teresa, un «ego experimental»,
para comprender esta posibilidad, para comprender el vértigo.
No son únicamente las situaciones personales
las que se cuestionan, toda la novela no es más que una larga
interrogación. La interrogación meditativa (meditación interrogativa)
es la base sobre la que están construidas todas mis novelas. Volvamos a La vida está en otra
parte. Esta novela se llamaba al principio La edad lírica.
En el último momento, bajo la presión de los amigos que
consideraban insípido y poco atractivo el título, lo cambié.
Cometí una tontería cediendo. En efecto, pienso que es acertado
elegir como título de una novela su principal categoría. La
broma. El libro de la risa y el olvido. La insoportable levedad
del ser. Incluso El libro de los amores ridículos. No
hay que interpretar este título en el sentido: divertidas historias
de amor. La idea del amor está siempre ligada a la seriedad.
Ahora bien, amor ridículo es la categoría del amor desprovisto de seriedad.
Noción capital para el hombre moderno. Pero continuemos
con La vida está en otra parte. Esta novela se sustenta
en algunas preguntas: ¿qué es la actitud lírica?, ¿qué es la
juventud en cuanto edad lírica? ¿cuál es el sentido del triple
maridaje: lirismo-revolución-juventud? ¿Y qué es ser poeta?
Recuerdo haber comenzado a escribir esa novela con una hipótesis
de trabajo cuya definición anoté en mi cuademo de notas: "El
poeta es un joven a quien su madre lleva a exhibirse frente
a un mundo en el cual es incapaz de entrar". Como puede
comprobar, esta definición no es ni sociológica, ni estética,
ni psicológica.
Es fenomenológica.
El adjetivo
no está mal, pero me prohíbo utilizarlo. Temo demasiado a los
profesores para quienes el arte es sólo un derivado de las corrientes
filosóficas y teóricas. La novela conoce el inconsciente
antes que Freud, la lucha
de clases antes que Marx,
practica la fenomenología (la búsqueda de la esencia de las situaciones humanas) antes
que los fenomenólogos. ¡Qué fabulosas «descripciones
fenomenológicas» las de Proust, quien no conoció a fenomenólogo
alguno!
Resumamos. Existen varias formas de aprehender el yo.
Ante todo, por la acción. Después, en la vida interior. Usted
afirma: el yo está determinado por la esencia de su problemática
existencial. De esta actitud se derivan en su obra numerosas
consecuencias. Por ejemplo, su obstinación por comprender la
esencia de las situaciones parece volver caducas, al menos para
usted, todas las técnicas de descripción. Usted no dice casi
nada del aspecto físico de sus personajes. Y, como la búsqueda
de las motivaciones psicológicas le interesa menos que el análisis
de las situaciones, es también muy parco sobre el pasado de
sus personajes. ¿El carácter demasiado abstracto de su narración
no corre el riesgo de hacer a sus personajes menos vivos?
Trate de hacerle
esta misma pregunta a Kafka o a Musil. A Musil
ya se la hicieron. Incluso personas muy cultas le reprocharon
no ser un auténtico novelista. Walter Benjamin admiraba
su inteligencia pero no su arte. Eduard Roditi encuentra
a sus personajes sin vida y le propone a Proust como
ejemplo a seguir: ¡cuánto más viva y auténtica, dice, es Madame
Verdurin en comparación con Diótima! Efectivamente, dos siglos
de realismo psicológico
han creado algunas normas casi inviolables: 1. hay que
dar el máximo de información sobre un personaje: sobre su apariencia
fisica, su modo de hablar y de actuar; 2. hay que dar
a conocer el pasado de un personaje, porque en él se encuentran
todas las motivaciones de su comportamiento presente; y 3.
el personaje debe gozar de una total independencia, es decir
que el autor y sus propias consideraciones deben desaparecer
para no perturbar al lector, quien quiere rendirse a la ilusión
y considerar la ficción una realidad. Musil ha roto ese
viejo acuerdo entre la novela y el lector. Y, con él, otros
novelistas. ¿Qué sabemos del aspecto físico de Esch, el personaje
más importante de Broch? Nada. Salvo que tenía los dientes
muy grandes. ¿Qué sabemos de la infancia de K. o de Svejk? Ni
a Musil, ni a Broch, ni a Gombrowicz les
molesta estar presentes en sus novelas a través de sus pensamientos.
El personaje no
es un simulacro de ser viviente. Es un ser imaginario. Un ego
experimental. La novela vuelve así a sus comienzos.
Don Quijote es casi impensable como ser vivo. Sin embargo, en
nuestra memoria, ¿qué personaje está más vivo que él? Compréndame
bien, no quiero ignorar al lector y su deseo tan ingenuo
como legítimo de dejarse arrastrar por el mundo imaginario de
la novela y confundirlo de tanto en tanto con la realidad. Pero
no creo que la técnica del realismo
psicológico sea indispensable para eso. Leí por primera
vez El castillo cuando tenía catorce aflos. Por aquel entonces
admiraba a un jugador de hockey sobre hielo que vivía cerca
de casa. Imaginé a K. con sus rasgos. Aún hoy lo veo así. Quiero
decir con eso que la imaginación del lector completa
automáticamente la del autor. ¿Tomás es rubio o moreno?
¿Su padre era rico o pobre? Lo dejo a su elección.
Pero usted no sigue siempre esa regla: en La insoportable levedad del ser, así como Tomás no tiene prácticamente pasado
alguno, Teresa, en cambio, es presentada no sólo con su propia
infancia, sino incluso con la de su madre.
En la novela
encontrará esta frase: «Su vida no había sido más que una
prolongación de la vida de su madre, de la misma forma en que
el recorrido de una bola de billar es la prolongación del gesto
realizado por la mano de un jugador». Si hablo de la madre
no es exactamente para dar información sobre Teresa, sino porque
la madre es su tema principal,
porque Teresa es la «prolongación de su madre» y sufre por ello. También sabemos que tiene pechos
pequeños con los «pezones demasiado grandes y demasiado oscuros»
como si hubieran sido pintados por «un pintor campesino que
hiciese imágenes obscenas para los pobres»; esta información
es indispensable ya que el cuerpo es otro gran tema de Teresa. Por el contrario,
en lo concerniente a Tomás, su marido, no cuento nada de su
infancia, nada de su padre, de su madre, de su familia, y su
cuerpo, así como su cara, nos resultan completamente desconocidos
porque la esencia de su problemática
existencial tiene sus raíces en otros temas. Esta
ausencia de información no lo hace menos «vivo». Pues crear a un personaje «vivo» significa: ir hasta el fondo
de su problemática existencial. Lo cual significa: ir hasta
el fondo de algunas situaciones, de algunos motivos, incluso
de algunas palabras con las que está hecho. Nada más.
Su concepción de la novela podría entonces ser definida
como una meditación poética sobre la existencia. Sin embargo,
sus novelas no siempre han sido comprendidas así. Encontramos
en ellas muchos acontecimientos políticos que han estimulado
una interpretación sociológica, histórica o ideológica. ¿Cómo
concilia usted su interés por la historia de la sociedad y su
convicción de que la novela examina ante todo el enigma de la
existencia?
Heidegger caracteriza
la existencia mediante una fórmula archiconocida: in-der-Welt-sein,
ser-en-el-mundo. El hombre no se relaciona con
el mundo como el sujeto con el objeto, como el ojo con el cuadro;
ni siquiera como el actor con el decorado de una escena. El
hombre y el mundo están ligados como el caracol y su concha:
el mundo forma parte del hombre, es su dimensión y, a medida
que cambia el mundo, la existencia (in-der-Welt-sein)
también cambia. Desde Balzac, el Welt de nuestro ser
tiene carácter histórico y las vidas de los personajes se desarrollan
en un espacio del tiempo jalonado de fechas. La novela ya no podrá jamás desembarazarse de esta
herencia de Balzac. Incluso Gombrowicz, quien
inventa historias fantásticas, improbables, quien viola todas
las reglas de la verosimilitud, no la elude. Sus novelas están
situadas en un tiempo fechado y perfectamente histórico. Pero
no hay que confundir dos cosas: hay, por una parte, la novela
que examina la dimensión histórica
de la existencia humana y, por otra, la
novela que ilustra una situación histórica, que
describe una sociedad en un momento dado, una historiografia
novelada. Conocerá usted todas esas novelas escritas sobre la
Revolución francesa, sobre Maria Antonieta, o sobre 1914, sobre
la colectivización de la URSS (a favor o en contra), o sobre
el año 1984; todas ellas son novelas de vulgarización que revelan
un conocimiento no-novelesco en el lenguaje de la novela.
Ahora bien, no me cansaré de repetir: la única razón de ser de la novela es decir aquello que tan
sólo la novela puede decir.
Texto extraído de "El
arte de la novela", Milan Kundera, págs. 37/47, editorial
Tusquets, Barcelona, España, 1987.
Selección y destacados:
S.R.
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