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DESIERTO, ETHOS, ABANDONO:
Contribución a una topología de lo religioso
Vincenzo Vitiello

En el umbral del tercer milenio, de la época que nosotros, europeos y cristianos, definimos como tercer milenio, el espectáculo que desfila ante nosotros parece de lo más inquietante. Si la caída del imperio soviético nos ha mostrado con la evidencia de los hechos cómo una ideología basada en los valores más altos de la solidaridad humana es capaz de la más despiadada opresión de los derechos del hombre, los integrismos religiosos que se van consolidando, dentro y fuera de Europa, parecen confirmar, aún más que el dicho de Lucrecio -tantum religio potuit suadere malorum-, la sentencia de Nietzsche sobre la «muerte de Dios».
Nietzsche ha hablado proféticamente. «El desierto crece» escribía, narrando nuestra historia, la que para él era la historia venidera, «la historia de los dos próximos siglos». Y la historia es desierto no por falta de valores, sino por su presencia. El desierto de nuestra historia está creado por valores: eso nos ha dicho proféticamente Nietzsche.
Pero la imagen del desierto es mucho más antigua que el pensamiento de Nietzsche. Y no siempre ha tenido un valor negativo. Para comprender a Nietzsche, y por tanto nuestro presente, es oportuno entonces remontarse a esa imagen más antigua, incluso para explicar cómo ha surgido su valor negativo. Es decir, el primer significado -el más difundido y en el fondo el más banal- de nihilismo.

1.DESIERTO Y ERRANZA. LA CONCEPCION JUDíA DE DIOS
1.Figuras: a) Abraham

Releamos antiguas palabras:
Dijo el Señor a Abraham: «Vete de tu casa, y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré, Yo haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y te engrandeceré tu nombre, y serás una bendición» (Gen 12, 1-2).

En estas palabras está ya todo el destino del pueblo judío. Y no es necesaria un interpretación alegórica destinada a captar el «espíritu» más allá de la «letra». La tierra no es el símbolo del cuerpo, ni la parentela de la sensación, ni la casa paterna del lenguaje, como interpretaba Filón de Alejandría. Ni tampoco hay que entender el mandato de Dios como la voluntad de purificar el alma del hombre, desligándola de los lazos del mundo terreno. La migración de Abraham se entiende en la forma más concreta y literal: el Dios judío es un Dios celoso, que no quiere compartir su gente con nada ni con nadie. Por eso separa su nación -la que será su nación- incluso de la tierra de los padres, de los afectos, de las costumbres, de los hábitos de la familia y, por tanto, de las divinidades que habitan esta tierra. Al mandato se añade una promesa, que deviene después, especialmente cuando siente vacilar en su gente la confianza en Él, un pacto. De ese pacto, de esa alianza, que en el curso del tiempo se renueva muchas veces, sus protegidos varones tendrán que llevar una señal indeleble incluso en el cuerpo.
Dios celoso, y alienante. No sólo de la tierra de los padres, sino también de los dones que Él mismo hace. Ha concedido a Abraham y Sara, viejos, tener el hijo prometido. Pero para que el amor por el hijo no disminuya la dedicación a Él, ordena el sacrificio extremo.
Kierkegaard, en una página de profunda meditación religiosa, ha captado el sentido de la extrema soledad de Abraham. Él no habla ni con Sara, ni con Eliezer, ni con Isaac. No puede hablar porque, contrariamente al héroe trágico, no puede dar razón de su acto.
Agamenón sacrifica a Ifigenia, destroza los vínculos de sangre con miras a un interés más amplio, de un ethos común; Abraham está y permanece solo ante Dios: la suya es una relación absoluta con el Absoluto -una relación desligada de todo con Quien está desligado de todo. Abraham ama «a su hijo con toda el alma».
Cuando Dios se lo pide, debe amarlo, si es posible, todavía más; y sólo entonces puede sacrificarlo. Porque es su amor por Isaac, en su paradójica oposición al amor que tiene a Dios, lo que hace de su acto un sacrificio. Pero el sufrimiento y la angustia de la paradoja hacen que Abraham no pueda hacerse comprender por los hombres en absoluto. Él sacrifica a Isaac sólo en el momento en el que su acto está en contradicción absoluta con su sentimiento; sin embargo, él pertenece a lo Universal con la realidad de su acción; y, en esa esfera, es y continúa siendo un asesino (Temor y temblor, p. 97).
Sin embargo, Kierkegaard no tiene el valor de pensar hasta el fondo lo absoluto de la relación que une a Abraham con su Dios, lo absoluto del vínculo religioso judío. Él pone en el corazón de Abraham la fe de que el sacrificio no ocurrirá o, si ocurre, que «el Eterno [le] dará un nuevo Isaac, en virtud del Absurdo» (ibídem, p. 138).  Pensador cristiano -del cristianismo histórico nacido con Pablo y no de la palabra de Jesús- Kierkegaard, no distinto en eso de Filón, judío pero de cultura griega, da a la erranza un término, un fin y un final. Precisamente lo que el judío no conoce: para éste la Tierra Prometida, donde mana leche y miel, permanece siempre futura.

b) Moisés

Si la erranza de Abraham sigue al mandato divino que lo desarraiga de la tierra de sus padres, para Moisés su nacimiento mismo es errático. Nace de las aguas del Nilo, si se le admite a la vida es sólo después que, entregado a las aguas del río, es salvado de ellas por la hija estéril del Faraón. Lo que hay antes, su nacimiento natural, no cuenta, es fantasmático, propiamente no es.  Al menos, tendría que no ser. Y, sin embargo, el fantasma de ese nacimiento natural está siempre presente. Pero precisamente como fantasma, como un ser que no es, y que resta realidad al nacimiento socialmente reconocido, al único nacimiento que el Estado del Faraón puede admitir. Egipcio y judío a la vez, y no egipcio y no-judío, Moisés tiene su nacimiento ante sí como una meta que conquistar.  Para hacerlo tiene que alejarse de ambas comunidades, a las que pertenece no perteneciendo. Moisés encontrará su patria de «forastero en tierra ajena» (Ex 2, 22). Por eso cuando elige su origen y con ello su pueblo, vuelve a Egipto para llevarse su gente. Moisés puede reconocerse en su pueblo sólo en su erranza.

Tierra, patria es para él sólo el desierto -la ausencia de patria-.  El origen es peligro y amenaza de muerte. Primero el nacimiento judío, luego la corriente del río, finalmente la tierra de Egipto.  ¿Finalmente? ¿Hay un final para Moisés, un final del peligro y de la amenaza? Para él toda parada es traición; toda quietud, abandono; toda satisfacción, sacrilegio.  Cuando pide a su Dios verlo, su Dios le pasa delante cubriéndole el rostro. Moisés sólo puede ver la espalda divina. Comentaba Gregorio de Nisa:
Por ello Moisés, que anhela ver a Dios, aprende entonces cómo ver a Dios:  que seguirlo a donde nos guía, es ver a Dios [...].  Por eso El dice a quien guía: «No verás mi rostro», es decir:  no vengas de cara a quien te guía. Porque el recorrido sería en dirección completamente opuesta. El bien realmente no mira de cara al bien, sino que lo sigue.  (La vida de Moisés, II, pp. 252-53).

El Dios de Moisés está siempre más allá.  Su verdadera raíz -el bien- no está en el pasado, sino en el futuro. El pasado y el presente tienen valor para el futuro. La concepción judía del tiempo diverge profundamente no sólo de la «circular» de los griegos, sino también de la «lineal» del cristianismo histórico, paulino.  El tiempo judío está centrado no en el presente del Cristo, sino en el futuro del Dios siempre otro y siempre más allá, del Dios «otro que ser».  Si el pasado es peligro y amenaza, el presente es desierto,no tiene ningún valor en sí.  La Tierra que habitar es siempre futura.  La entera cadena del tiempo está suspendida en el futuro.  Por eso el desierto no es un período de prueba, sino un destino.  Es la condición permanente del pueblo judío.
Pero el desierto no es sólo erranza y pobreza, es también promesa.  La columna de humo que guía a Moisés y a Israel es ya encuentro.  En el desierto, y sólo en el desierto, se encuentra al Dios-guía.  Israel habita la erranza.  Por tanto son necesarias las leyes, incluso duras: duras como la vida del desierto. El Dios que se muestra en su ausencia, que aparece celándose, exige fidelidad. Una fidelidad siempre renovada. Isaac no es un episodio del pasado. También el sacrificio de Abraham tiene su valor sólo si se renueva, sólo en el futuro de todos y cada uno, en el futuro del entero Israel. Por eso el Dios futuro exige la primogenitura sobre hombres y animales. A Él corresponde renovar una y otra vez el holocausto. El encuentro con Dios es siempre un sacrificio. El sacrificio del presente. Que sólo tiene valor si se sacrifica. Es decir, se anula. Sólo la aniquilación del presente da valor y dignidad al presente. El desierto está desierto sólo para el Dios que lo envilece, lo anula, lo niega. El encuentro con Dios es la exaltante experiencia de la propia aniquilación por una entrega total, por una entrega que no conoce fin.
Por eso, cuando Israel pide reposo, cuando la dureza del desierto hecho cada vez más desierto trae a la memoria la más leve esclavitud de Egipto, entonces la condena de Dios cae despiadada sobre ese pueblo, su pueblo, incapaz de recibirlo, rebelde a su exigente juicio. Pero no sólo el pueblo de Israel se rebela contra su Dios. También Moisés conoce el cansancio de una meta que nunca deja de ser meta, de un Dios que permanece encerrado en su nube impenetrable, celoso incluso de su imagen. Que ayuda sólo cuando su gente está al borde de la extenuación, y que impone inmediatamente retomar el camino del desierto. No es imposible ver en el episodio del becerro de oro alguna «responsabilidad» de Moisés, su implicación, aunque sólo indirecta. Baste considerar el hecho de que la fusión del oro para formar el ídolo fue idea de Aarón, la «boca» de Moisés. Por otra parte, el castigo de Moisés -morir sin tocar la tierra prometida- es demasiado duro para que pueda ser atribuido al segundo, y no ordenado, bastonazo con el que golpeó la roca donde Dios hizo brotar el agua para apagar la sed de Israel.

2. Interpretaciones
a) Hegel
Las páginas juveniles de Hegel sobre la religión se caracterizan por una profunda hostilidad hacia el judaísmo. Comparando a Abraham con Cadmo, Danao y otros héroes griegos, Hegel escribe que allí donde éstos «iban en busca de una tierra en la que ser libres, en la que poder amar», aquél, el cabeza de linaje de la nación judía, «quiere no amar, y por ello ser libre». (Der Geist des Christentums, p. 277; trad. ¡t., p. 355). El abandono de la tierra de los padres era sólo el primer acto de una libertad que se quería absoluta, desligada de todo vínculo con el mundo. También el amor por el hijo, por el único hijo que había tenido, le pesaba. Pudo aceptarlo sólo cuando estuvo seguro de «que ese amor no era tan fuerte como para hacerle incapaz de herir al hijo amado con su propia mano» (ibídem, p. 279; trad. ¡t., p. 357).
El juicio sobre Moisés no era menos grave: él había liberado de un yugo a su pueblo para imponerle otro más pesado. El «no querer amar» de Abraham, que había enemistado a su nación con todas las gentes encontradas en su vagabundear, es dirigido por Moisés y Aarón contra su propio pueblo:
Las gestas de Moisés y Aarón actuaron sobre sus hermanos como sobre los egipcios, es decir, como una fuerza; y nosotros vemos que estos últimos se defendieron contra la sumisión precisamente por el mismo medio (ibídem, p. 281; trad. ¡t., p. 359).

Evidentemente el juicio negativo no podía dejar de golpear al mismo Dios de Israel, a su incognoscibilidad. Es ilustrativo el parangón entre el secreto de los misterios eleusinos y el ocultamiento del Dios de Israel:
El retraimiento de Dios en el sancta sanctorum tenía un sentido enteramente distinto del mysterium de las divinidades eleusinas: nadie estaba excluido de las imágenes, de los sentimientos, del entusiasmo, de las devociones por Eleusis, de esas revelaciones del Dios; sólo que no debía hablar de ellas, ya que habrían sido profanadas por sus palabras; los israelitas podían hablar en cambio de sus cosas, sus actos y sus leyes, de su servicio (Dt 30, 11), ya que eso no tenía nada de sagrado, sino que lo sagrado estaba eternamente fuera de ellos, no visto, no sentido (ibídem, p. 285; trad. it., p. 362).

Hegel no comprendió más que lo negativo de la visión judaica de la vida, que para él era nihilismo y sólo nihilismo. El desierto es sólo imagen de la ausencia de amor, de la ausencia de valor, de la ausencia de Dios. A la aniquilación de la criatura corresponde la Nada del Creador. Hegel recuerda la decepción de Pompeyo, que «acercándose a la parte más interna del templo, con la esperanza de conocer en ella las raíces del espíritu nacional [...] el alma vivificante de este pueblo notable y extraordinario [...] encontró que aquel lugar era un espacio vacío» (ibídem, p. 284; trad. ¡t., p. 361).
Bien miradas, todas las críticas de Hegel tienen como centro la concepción judía del tiempo. Heredero del cristianismo paulino -del cristianismo histórico- no podía comprender un tiempo totalmente suspendido en el futuro, un tiempo que no tuviera su centro en el presente. Su infinito es totalidad, positividad, presencia. Revelación, Offenbarung. El dios que no se manifiesta, que no ama, que no se revela, el dios siempre y sólo futuro, es para Hegel un dios pobre, fallido. El futuro de Hegel está sólo en la certeza del presente, en la verdad del advenimiento. El Mesías ha venido. El tiempo se ha cumplido. Por eso todos los males del mundo -los mala mundi- han sido vencidos y superados en el bien total. Superado y vencido también con los mala ha sido el malum, la muerte. La muerte es para la vida: al Viernes de la pasión sigue la Pascua de la resurrección, en la verdad de la filosofía no menos que en la fe de la religión.

b) Benjamin y Jabès

En el seno de la interpretación hegeliana del judaísmo no parece posible explicar esa grandeza de Israel que el filósofo mismo reconoce cuando define a ese pueblo como ausgezeichnet, notable, extraordinario (¡bid.). Además, en la reflexión de Hegel la función del Mesías en la concepción religiosa judaica no está comprendida en absoluto. Él se limita a observar que «el judío común que estaba dispuesto a sacrificarse a sí mismo, pero no a su objeto, buscó consuelo en la esperanza de la próxima llegada del Mesías » (ibídem, pp . 295-96; trad. it., p. 371). Y, en cambio, el Mesías desarrolla una función de mediación necesaria. La distancia del Dios judío, la absoluta ulterioridad de su ser-futuro, está siempre al borde de destrozar cualquier relación con el presente, y por tanto en riesgo de perder su naturaleza misma de futuro. El Mesías no acerca el futuro, no lo actualiza; por el contrario, mantiene su distancia, pero precisamente la mantiene. El Profeta -el que habla al futuro para medir la presente miseria espiritual: la infidelidad a Dios de su gente­- exige que el vínculo con lo divino, en cuyo nombre habla, no salga sólo de él, no sea sólo suyo, subjetivo, sino objetivo, es decir, que sea querido por Dios mismo. El Mesías es la manifestación de la lealtad de Dios a la alianza, contrapuesta a la deslealtad del pueblo de Israel. El Mesías es la presencia del futuro divino en el presente humano. Y por ello la presencia de una ausencia, que es a la vez condena del presente. También el Mesías, pues, permanece, debe permanecer, siempre futuro. En Él se recoge y expresa toda la complejidad del tiempo judaico. De esa complejidad Walter Benjamin ha sido uno de los más finos y agudos intérpretes. Y eso desde sus primeros escritos.
Benjamin arranca de la distinción entre lengua reveladora, o expresiva, y lengua comunicativa: la que, al nombrar, expresa, y es, la esencia de las cosas, esa que, imagen de las cosas, es vehículo útil de información. Sin embargo, esta distinción no es histórico-factual, ya que desde el tiempo del pecado original, es decir, desde el tiempo del nacimiento de la historia, el hombre ha perdido la lengua reveladora, paradisíaca (Ueber die Sprache ¡iberhaupt und über die Sprache des Menschen). La «lengua pura» es sólo un recuerdo arcaico, el recuerdo de un pasado que siempre ha sido pasado. De hecho sólo han existido y existen las «cien y cien lenguas» de la humanidad histórica, las cuales son todas traiciones -por tanto tradiciones, transmisiones- de esa lengua pura y originaria jamás existida, y sin embargo metahistórica y axiológicamente presente en todo lenguaje histórico (Die Aufgabe des Uebersetzers).
La interpretación de Benjamin del tiempo es intencionalmente opuesta a la de Hegel. También el tiempo trágico, que pertenece propiamente a la prehistoria del hombre, si es, como el tiempo mesiánico, un tiempo cumplido (erfüllte Zeit), es, sin embargo, cumplido en un sentido que es el exacto contrario de la concepción hegeliana. Cumplido es el tiempo del héroe trágico en cuanto que la muerte no marca simplemente el final de la vida, sino que da forma a su destino. Cumple el «principio», es decir, lo que era desde el comienzo. La muerte confiere inmortalidad al héroe trágico. Pero se trata de una «irónica inmortalidad» (Trauerspiel und Tragödie). Si también para Benjamin la verdad de lo finito es lo infinito -como dice una célebre proposición hegeliana-, lo infinito, sin embargo, en su interpretación de lo trágico, no es la conciliación de lo divino con lo humano, la reconstitución del «orden ético del mundo», sino la negación absoluta y no dialéctica de lo finito. En el mutismo del héroe trágico se revela el carácter no-histórico de su destino. La muerte del héroe trágico no abre una historia, revela con la gratuidad del destino la «superioridad» del héroe respecto a sus dioses. En ello estriba la sublimidad moral (en el sentido kantiano) de la tragedia (Schicksal und Charakter).
Si ésa es la plenitud del tiempo trágico, ¿en qué consiste la imperfección del tiempo histórico? Aquí la divergencia con Hegel se hace, si es posible, todavía más profunda. Benjamin opone a la inmanencia del concepto la trascendencia de la idea, al relativismo de lo simbólico el extremismo de lo alegórico, brevemente: a la exaltación de la historia un nihilismo histórico radical. El curso de la historia no es un camino de conquista y de salvación; al contrario: es una acumulación desmesurada de escombros. La historia sólo es el espacio de lo efímero, del sin-sentido, que encuentra su expresión más adecuada en el lenguaje fragmentado del Trauerspiel. Separado de lo Eterno, el tiempo, en sí mismo, no puede tener otra continuidad que la de una mera agregación espacial (Ursprung des deutschen Trauerspiel, caps. I y IV).
Sin embargo, en la miseria constitutiva de la historia está presente todavía la nostalgia de Dios. Nostalgia humana, pero provocada por la ausencia de Dios. Del Dios-presente a través del Mesías. Cada punto del tiempo, cada segundo -afirma Benjamin- «es la pequeña puerta por la que puede entrar el Mesías» (Ueber den Begriff der Geschichte, p. 704; trad. it., p. 86). Puede entrar, y de hecho entra. Entra como conciencia de la miseria humana, como exigencia de lo divino, como esa Nada que mide nuestra nulidad. Benjamin descubre así la función historizante de la figura del Mesías, sin conceder nada, por otra parte, a la exaltación historicista de la historia. El Mesías judaico permanece futuro, y futuro externo, de ahí su rostro divino; también es esa eternidad futura que tiene la fuerza de llamar a sí el presente mientras lo condena y se niega a él. Es el mesianismo lo que explica la fuerza de ese pueblo ausgezaeichnet, notable, extraordinario.

La experiencia judaica de lo divino en cuanto ausencia encuentra en Edmond Jabès otro intérprete de excepción. El presente es la negación de Dios. Y no sólo el presente del hombre: el presente de la palabra que pretende decir el Silencio de Dios. Aún antes que el presente del hombre, el presente de Dios, la creación, es la negación de Dios:
Dios, antes de la Creación, es el Todo; después, ah, después ¿es Él la Nada?
El Todo es invisible. La visibilidad está entre el Todo y la Nada, en cada parte arrancada al Todo.
Para crear, Se ha situado fuera de Sí mismo, con el fin de poder penetrar en Sí y destruirse (se détruire).
Después de crear el mundo, Dios fue el Todo sin el cielo y la tierra.
Después de crear el día y la noche, Dios fue el Todo sin los astros.
Después de crear los animales y los vegetales, Dios fue el Todo sin la fauna y la flora del globo.
Después de crear al hombre, Dios fue sin rostro.
Nadie ha visto a Dios, pero las etapas de Su muerte son, para cada uno de nosotros,visibles. (Le Livre des Questions, 2, p. 319)

Es la plenitud de Dios, su perfección o cumplimiento, el ser Él Todo en Uno, lo que reduce la Tierra a desierto. No, no el hombre: ninguna culpa humana, ningún pecado del hombre podría ser tan poderoso que disminuyera a Dios. Sólo Dios puede destruir a Dios, y la obra de Dios. No, no por el hombre, sino por sí, por su misma esencia divina, la creación es la negación de Dios. Por otra parte, pecado y culpa del hombre sólo son posibles después de la creación, después del desierto. Pero, de ese modo, el sentido de habitar el desierto se invierte. De negativo se hace positivo. Migrar, errar en el desierto, aceptar el exilio es el único modo en que el hombre puede corresponder a Dios, a la creación de Dios. El rechazo mismo de Dios es corresponder a Él, a su obra:
El Creador es rechazado por la creación. Esplendor del universo. El hombre se destruye (se détruit) creando. (Le Livre des Questions, 1, p. 396; trad. it., p. 164)

Pecado del hombre sería entonces no aceptar el exilio, el nomadismo y la migración perpetua. Pero, si la tierra es desierto, ¿cómo podría el hombre no aceptar la erranza? Verdaderamente los caminos del pecado son infinitos: el hombre también es capaz de transformar el desierto en morada y el exilio en patria. Por eso Jabès advierte la necesidad de duplicar su propio nomadismo, reivindicando conjuntamente la extrañedad de la tierra de la que fue exiliado y la extrañedad de la tierra que lo ha acogido (Un Étranger..., p. 107) -la extrañedad incluso de la lengua en que escribe-. El exilio es siempre para él exilio desde el exilio: Voyage dans le voyage. Errance dans l'errance (ibídem, p. 18).
Pero por mucho que Jabès insista sobre el ser «extraño» -«L'étranger de l'étranger, ai-je, une fois, écrit» (Le Parcours, p. 16)-, al final se ve obligado, por la constricción del razonamiento, a reconocer la primacía de la hospitalidad. Esta hospitalidad en el desierto no admite confianza. Es acogido el extraño como tal, el viajero anónimo aunque conocido, inesperado aún cuando esperado (Le Livre de l'Hospitalité, pp. 84-85). Esto para decir que la acogida hospitalaria del desierto custodia la inquietud de la ausencia de Dios que es propia del lugar. Pero, ¿en qué modo la custodia? La «extrañedad» es siempre inquietante -ella siempre es del huésped- del hospedante y del hospedado no hace diferencia-, nunca de la acogida misma. La hospitalidad es en sí misma segura, incluso si la inquietud está en ella. Contra su propia intención Jabès transforma el desierto en morada omniacogedora. La ausencia de Dios en el lugar siempre seguro de la presencia del hombre. Y el libro, que testimonia esa ausencia (Le Parcours, p. 30), en un lugar de esperanza:
- La esperanza está en la próxima página. No cierre el libro.
- He pasado todas las páginas del libro sin encontrar la esperanza.
- La esperanza es, quizá, el libro (Le Livre des Questions, 1, p. 380; trad. ¡t., p. 151).

Y también en Le Parcours escribe en un estilo insólitamente gritado:
Dios no es Dios. Dios no es Dios. Dios no es Dios.
Es. Es antes que el signo que lo designa. Antes de la designación.
Es el vacío antes del vacío, el pensamiento antes del pensamiento; por tanto también lo impensado antes de lo impensado, como podría ser una nada antes de la nada.
Es el grito antes del grito, el estremecimiento antes del estremecimiento.
Es la noche sin la noche, el día sin día. La mirada antes de la mirada, la escucha antes de la escucha.
Es el aire antes de la respiración. El aire inspirado y espirado por el aire. No todavía viento, sino aire ligero, indiferente, en su ocio primitivo.
Oh, infinito vacante. (Le Parcours, p. 35).

¿Es demasiado sentir en estas palabras como el eco de otro «grito»? ¿De un grito que nace y expresa la contraria experiencia de lo divino?

II. ETHOS. LA EXPERIENCIA GRIEGA DE LO DIVINO

Si el Dios de Israel vuelve la espalda a su pueblo -es siempre futuro, lejano, distante: es guía cuando es benévolo, nunca compañero de viaje-, los dioses de Grecia se muestran, en cambio, siempre de cara. Píndaro recuerda que «una es la estirpe de los hombres y de los dioses, y de una madre (nacidos) alentamos unos y otros. Pero nos separa un poder todo diverso, de modo que nada es el de aquí, mientras que el cielo broncíneo permanece inamovible sede» (Nemeas, 6, vv. 1-4). Por otra parte, antes de que comenzase la historia era costumbre para los Celestes compartir mesa con los mortales. E incluso después de que el engaño de Prometeo a Zeus pusiera fin a ese uso, los dioses no desdeñaron yacer con mujeres mortales, ni las diosas con hombres. En Grecia lo divino habitaba en la casa del hombre. Una anécdota referida por Aristóteles narra que algunos forasteros, de paso por Éfeso, yendo a visitar al más célebre sabio del lugar, dudaban, sorprendidos de ver a un hombre así calentarse en el hogar doméstico; y Heráclito, invitándoles a entrar: eínai gar kaí theoús -«también aquí están los dioses» (cit. en Heidegger, Humanismusbrief, p. 351).

1. Figuras
a) Odiseo
Abraham y Moisés se ponen en viaje para alejarse de la tierra de origen, del pasado de su procedencia. Odiseo afronta todos los peligros del viaje para volver a su tierra natal. Él sabe bien que Calipso gana a Penélope en belleza; sin embargo, anhela volver. Sabe que renuncia al don de la inmortalidad, pero acepta morir con tal de volver a ver su isla (Od., V, vv. 203-224). Su futuro más auténtico es su origen. La nostalgia es su sentimiento fundamental. Bella es la aventura, y el riesgo, buscado como la sal de la vida, pero sólo si hay regreso, Y para Odiseo volver a casa es destino más que meta. Realmente el mayor peligro para él es la ilusión de estar ya en casa. Ése es el hechizo de amor de la maga Circe. Y a él se sustrae el héroe, no por sí solo, sino con la ayuda de los compañeros que, ansiosos de sus familias, le recuerdan la verdadera patria (X, vv. 472-474). El regreso, sin embargo, impone un largo rodeo, más largo de cuanto mente humana pueda imaginar. Un viaje a la Tierra de los muertos. Allí Odiseo encuentra a su madre. El final se une con el principio: es el círculo de la vida, que los ojos ciegos de Tiresias, allá en el Hades, le leen con anticipación: el regreso a Ítaca, la victoria sobre los pretendientes, los viajes venideros y los venideros regresos; y aun la dulce muerte (thánatos ablechrós). En el mar, sí (XI, vv. 134-136); pero todo hace pensar en el mar amigo, patrio también él, de Ítaca. La aventura toda se desarrolla en el presente encantado de un aiónico ahora en el que pasado y futuro, pasando, son.

b) Apolo
Los dioses griegos habitan el mundo de los hombres. Pero permanecen distantes en la proximidad. El Cielo envuelve y abraza a la Tierra, pero para dominarla. Cuando el mito del relato de las vicisitudes humanas pasa a narrar acontecimientos divinos, el tono se alza. Porque de lo mudable y accidental se pasa a lo eterno y necesario. Odiseo desciende al Hades para conocer su futuro de Tiresias. Lo que le viene predicho que ocurrirá, pero la certeza del acaecer futuro, presente ya en el pensamiento del vidente, es sólo una certeza de hecho. Falta en las palabras de Tiresias la legalidad del ordenamiento necesario del mundo. Bien distinta es la visión de Apolo. El hijo de Zeus es custodio del Nomos del padre. Su presente es el orden legal del acaecer. Por eso precisamente él no preve, ve. Ve en el horizonte del tiempo la ordenación de todos los tiempos.
«Febo» Apolo, el «puro». Porque su vista no está contaminada por la accidentalidad del acaecer. Dios de la belleza: el más bello, porque, ekphanestaton, «el más manifiesto», hace manifiestas todas las cosas. Él es la luz que dibuja los contornos y los límites de lo que es. A él -según el relato del Aristófanes platónico- Zeus, después de haber cortado en dos mitades el soberbio andrógino originario, mandó «volver el rostro y la mitad de su cuello en dirección del corte para que el hombre, al ver su propia división, se hiciera más moderado» (Sym., 190e). Por tanto, es con Apolo con quien surge la conciencia. La conciencia del límite humano respecto a los dioses. La conciencia, pues, del tiempo, del tiempo dividido y ordenado del hombre. El mito de Aristófanes conserva, entre otras cosas, memoria del nacimiento de la tumultuosa, indistinta, caótica naturaleza primigenia, del orden del tiempo escandido en pasado, presente, futuro.
Apolo es la figura divina de la aiónica verdad de Parménides. La prefiguración mítica del presente epistémico que nuestra entera tradición occidental -primero la sophia, después la philosophia- se ha esforzado en «pensar». Pero no es sólo esto.
Recordemos que las respuestas de Delfos eran ambiguas. La ambigüedad no era atribuible a la débil mente de los hombres, sino a la voluntad del dios, el oblicuo, el Loxia, como lo llamaban también los griegos. Celada, pero ni siquiera demasiado, en la «verdad» de Apolo había una recia voluntad de mentira de la que era compañera la violencia, si la pequeña y pedregosa isla de Delos temió ser sede del parto de Leto (Himno a Apolo, vv. 66-69). Realmente el más griego de los dioses griegos no era de origen griego. En el relato de la disputa con Hera y de la muerte de la dragona a la que la diosa había confiado su monstruoso parto, Tifón (vv. 331-69), es evidente la memoria de la violencia originaria operada sobre la naturaleza ¡limitada, informe, orgiástica de Madre Tierra, de la que nace el orden cósmico del Padre Zeus basado en la medida y la Ley. Los orígenes de Apolo se hunden, pues, en la más antigua cultura mediterránea. Y aunque fue asumido en el Olimpo griego, el mito conservó memoria de su origen más antiguo. Narra, en efecto, que los mismos dioses «temblaron» ante su primera aparición en la morada de Zeus (vv. 1-4).
De la naturaleza ambigua de Apolo habla también Heráclito, cuando advierte que el oráculo de Delfos «no dice ni oculta, sino que envía signos» (fr. 93). Y quizá Heráclito pensaba entonces en la figura de Apolo cuando afirmó que «la naturaleza ama esconderse» (fr. 123). La naturaleza más bella, la más manifiesta.

2. Interpretaciones
a) Platón
La palabra de la filosofía no es originaria, sino segunda. Más antiguos que los filósofos son aquellos sabios que -verdaderos legisladores (nomothetai)- impusieron los nombres a las cosas, y con los nombres el orden (Crátilo, 390a-391d). Los griegos, filósofos, «son siempre niños, no existe un griego que sea viejo» (Timeo 22b). Consciente de ello, la filosofía habla ante todo a través de las palabras del mythos, que narra la generación del tiempo. El divino hacedor del mundo, para hacer su criatura lo más parecida posible al modelo, produce de la eternidad que permanece en la unidad (ménontos aionos en ení) una imagen eterna (aiónion eikona) que procede según el número, el tiempo exactamente. Y con el tiempo engendró el Cielo, y los días y las noches, y los meses y los años, que son partes (mere) y formas (eide) del tiempo. Es evidente que cuanto es propio del movimiento -el «era», el «es» y el «será»- no es atribuible a lo que, por ser inmóvil e indiviso, «es» y sólo «es» (ibídem, 37d-38a).
Extraño, sorprendente relato que se abre narrando el nacimiento de lo eterno -aunque de una eternidad icónica, derivada- y se cierra con la hipótesis de una disolución del tiempo y del cielo, es decir, de la imagen eterna de lo eterno (ibídem, 38b-c). En este punto no es irrelevante notar que la eternidad de la imagen-tiempo siempre es expresada por Platón con el término aiónios, de aión, contracción de aéion, lo que siempre es, mientras que la eternidad que permanece en la unidad es llamada también aídios. Y justamente, ya que a-ídios es precisamente lo indiviso. Lo que no tiene partes (mere) ni formas (eide), que no es dado ver (idéin). El tiempo es, pues, la división de lo indiviso, la imagen y la forma de lo que no tiene imagen ni forma. Es la visión de lo invisible.
La relación de oposición que hay entre el modelo y la imagen está señalando que lo que amenaza a ésta es precisamente el modelo. Si se adecuara perfectamente a él, la imagen visible desaparecería en lo invisible, en lo indistinto e informe. En la palabra segunda de la filosofía reaparece la amenaza que el mito presenta con la figura ambigua de Apolo, «bello» y «violento», griego de origen mediterráneo. No es quizás un azar que al comienzo del «relato» de la generación del tiempo, Platón llame también a los dioses aídioi. Lo invisible es propio de lo visible, de lo más visible. Como lo tremendo es propio de lo bello, de lo más bello: «Das Schöne ist nichts / als des Schreck-lichen Anfang» (Rilke, 1, vv. 4-5).

La tarea que la filosofía occidental se ha propuesto desde el principio ha sido la de exorcizar esa amenaza demoníaca, la de protegerse del peligro de la eternidad que permanece en el uno. Contra lo informe, lo indistinto de lo originario, contra el aóriston de la dýnamis, Aristóteles afirmará la primacía del acto, de la enérgeia, de lo realizado, de la forma: morphé mallon physis tes hyles (Physica, B, 193b 6-7). Ésta es la demostración:
¿Cómo se habría producido el movimiento de no haber causa alguna en acto? Pues la materia ciertamente no se mueve a sí misma, sino que la mueve el arte de construir; ni tampoco los menstruos o la tierra, sino las semillas y el semen. (Metaphysica, XII, 1071b 28-32).
Por tanto, no hubo Caos y Noche durante un tiempo infinito, sino eternamente las mismas cosas (tautá aéi), bien cíclicamente, bien de otro modo, si el acto es anterior a la potencia (ibídem, 1072a 7-9).

El mundo es eterno, y sin peligro de acabar. El dios, forma pura que no oculta en sí informidad alguna, es el eterno uno en el que se recoge y se refleja la eternidad múltiple, eidética del mundo. Garante de la eternidad del tiempo y fundamento del carácter absoluto del conocimiento. Próximo al hombre, porque al hacer seguro el mundo habitado por éste, le permite ser politikón zoon.
De este ethos basado en la proximidad del dios participa cumplidamente la filosofía de Hegel. De Hegel filósofo cristiano, filósofo del cristianismo histórico, paulino. No es que Hegel haya ignorado el rostro nocturno, pregriego, del dios Apolo; al contrario, su interpretación del mundo griego comienza precisamente con la presentación de dos «masas éticas» contrapuestas, expresión la una del natural derecho de las sombras, la otra de la espiritual ley del día (Phänomenologie des Geistes, pp. 317 ss.). Sin embargo, el conflicto entre el rostro nocturno y el solar del dios, conflicto que en formas y modos siempre distintos ha caracterizado la historia entera de la humanidad, tiene una sola meta, un solo objetivo: la revelación de lo profundo (ibídem, p. 564). La sombra está desde el principio destinada a la luz, para convertirse al final, ella misma, en luz.

b) Nietzsche y Hölderlin
Desde el comienzo de su trabajo genealógico Nietzsche es consciente de que el nexo «religión solar»-«conocimiento», sobre el que se basa la cultura occidental a partir de Sócrates, es decir, del nacimiento de la «filosofía», es expresión de un ethos, de un modo de habitar el mundo, cuya exigencia de certeza sólo es fruto de medrosidad e inseguridad extrema. Como «filólogo» se inclina entonces sobre nuestras raíces más antiguas, deseoso de ver la otra cara del dios, el rostro pregriego del griego Apolo. Ese rostro que él llama Dioniso.
Que se trata de un único dios, internamente dividido y en lucha consigo mismo, es evidente. No se comprendería de otro modo nada de su colaboración, que nace del contraste y para el contraste. Además, la unidad está explícitamente declarada. Nietzsche la llama Bruderbund, alianza fraternal. Por esa alianza Dioniso habla la lengua de Apolo, y Apolo la de Dioniso (Die Geburt der Tragödie, KSA/I, pp. 139-40; trad. esp., p. 185): porque el Uno, el Uno primordial, para aparecer debe asumir figura, y por ello dividirse en formas múltiples y singulares. Formas, figuras, apariencias, que son siempre apariencias, formas y figuras de lo indiviso, de lo inaparente, de lo informe. Lo propio del icono está en eso, que da figura a lo que no tiene figura. Si el Uno primordial estuviera ya en figura, en forma, el icono sería algo más que una copia, una vana repetición de sí mismo.
Pero, ¿de qué modo lo Informe está en la forma, lo indiviso en lo dividido? No en la modalidad de la presencia. Si el ser informe del Uno consistiese en no tener una forma particular y acabada, divisible, siendo él -individuo- todas las formas en que se muestra una vez tras otra, entonces el Dioniso de Nietzsche no se distinguiría en nada del Profundo de Hegel. Pero Dioniso no está presente. Dioniso es el siempre ausente. Es la ausencia. Éste es un punto delicado sobre el que debemos detenemos, para comprender también la primacía, asimismo temporal, que tiene en la tragedia el coro sobre el héroe. Es decir: la primacía de la contemplación de la acción sobre la acción. Pero, ¿qué clase de paradoja es ésta? ¿Se puede contemplar algo antes de que ese algo sea? La paradoja de la tragedia es indudablemente una... paradoja: la paradoja de la contemplación de la ausencia. Sí, porque lo que verdaderamente se contempla en la tragedia es la ausencia. La ausencia del dios. Dioniso no está. No está nunca. Todas las figuras que una vez y otra asume, todos los héroes que dan rostro a este dios de la tragedia no son nunca Dioniso (ibídem, pp. 62-64; trad. esp., p. 97). Dioniso se sustrae. Es el sustraerse mismo. Y es esto lo que hace incierta toda certeza, inquieta toda quietud. Dioniso es la ausencia que inquieta. Das Unheimliche.
La aparición del héroe -el paso del ditirambo trágico a la forma dramática- marca ya el comienzo de la decadencia de lo trágico, reduciendo de algún modo al dios ausente a una máscara. La tragedia, sin embargo, se conserva en su significado originario mientras el coro logra mantener su carácter antitético respecto, no al héroe, sino a la reducción de lo divino al rostro del héroe. Es decir, mientras mantiene su función de custodio de la ausencia del dios Dioniso.
Es oportuno leer esas páginas del Nacimiento de la tragedia de Nietzsche junto a las notas de Hölderlin sobre el Edipo y la Antígona de Sófocles. Hay en ambas una misma oposición a la dialéctica de sello hegeliano, oposición que indica una común elección de campo de significado histórico, pues se coloca como alternativa a la entera civilización o tradición de Occidente.

Para Hölderlin la representación trágica de la unión de lo divino con lo humano se realiza ¡m Zorn, en la cólera, por lo cual «se hace comprensible por qué el ilimitado hacerse uno está purificado por el ilimitado escindirse» (Sämtl¡che Werke, II, pp. 395-96; trad. ¡t., p. 73). No que la unión purifica la desunión, sino exactamente lo contrario. ¡Hegel, y todo lo que Hegel significa aquí, es derribado! Y es con esa óptica con la que Hölderlin ve la función del coro:
[...] el diálogo siempre antitético y el coro que se opone a él [...]. Todo es discurso contra discurso, que se sustituyen recíprocamente (ibídem, p. 396; trad. ¡t., pp. 73-74).
De querer decir las cosas en términos abstractamente lógicos, podríamos expresarlo así: el coro es la contradictio contradictionis que salva la contradicción de la incontradictoriedad de su existir. Es decir, el coro trágico no aplaca, sino aumenta la inquietud, la Unheimlichkeit.
Pero Hölderlin, aunque contraste en nombre de la naturaleza infinita el concepto sólo humano, y por ello finito, de la conciliación hegeliana, no logra, sin embargo, mantenerse fiel a la contradicción. Su infinito -el aórgico- realiza también una forma de conciliación: a través de la muerte, pero para que surja nueva vida, más alta y más rica. Hablando de Empédocles escribe:
Con su muerte concilia y reúne los extremos en lucha, de los cuales había brotado, mejor que en vida, porque la unificación ya no es en uno solo, y por tanto no es demasiado interior, porque lo divino no aparece más sensiblemente, porque el feliz engaño de la unificación cesa en la medida en que era demasiado interior y único; de modo que de los dos extremos el uno, lo orgánico, retrocede espantado desde el momento del tránsito y es elevado a sí a una universalidad más pura, mientras que lo aórgico, pasando en él, debe hacerse para lo orgánico un objeto de más calma contemplación, y la interioridad del momento atravesado resalta ahora de modo más general, más detenido, más perceptible, más claro. (Grund zum Empedokles, ibídem, p. 118; trad. ¡t., p. 56)

Como Hölderlin, Nietzsche: Dioniso, el dios ausente, es tal porque ninguna forma, ninguna individuación, ninguna figura apolínea le es equivalente. Pero de su retraerse nacen todas las figuras y todas las formas individuales. La muerte del individuo no es la derrota, sino el triunfo del principio de individuación. El Uno primordial, la vida en estado puro, el puro fluir, destruye para crear. Y en ello se revela «un placer primordial» (Urlust) que recuerda la «fuerza formadora del mundo» que Heráclito parangonaba «a un niño que, jugando, coloca piedras acá y allá y construye montones de arena y luego los derriba» (Die Geburt der Tragödie, KSA/1, p. 153; trad. esp., p. 188). Para construir otros con ellos, sin fin. Ciertamente, en otras páginas del Nacimiento de la tragedia, Nietzsche afirma que la música no tiene necesidad de la palabra, sino que sólo la soporta (ibídem, p. 51; trad. esp., p. 71). Y aquí puede verse quizá el punto de arranque de su crítica al compromiso wagneriano entre paganismo y cristianismo, su oposición al Romanticismo. Pero, si se rompe el vínculo fraternal entre Dioniso y Apolo, ¿cómo distinguir todavía la orgía de Babilonia de la tragedia ática? (ibídem, pp. 31-34; trad. esp., pp. 47 y ss.). La «cuestión», es evidente, excede los límites del Nacimiento de la tragedia para chocar con el arco completo del pensamiento nietzscheano. Que, ciertamente, avanzó en la exaltación del movimiento y el devenir más allá de toda medida como nadie antes que él, pero que tampoco cesó nunca en esa exaltación de buscar en todo caso una conciliación. ¿Cuál? La del devenir consigo mismo, de la Vida con la Vida, de la Voluntad con la Voluntad. Y baste aquí una única cita del Zaratustra:
¿Y quién ha enseñado a la voluntad la conciliación con el tiempo, y algo que es superior a toda conciliación?
Algo superior a toda conciliación tiene que querer la voluntad que es voluntad de poder: sin embargo, ¿cómo le ocurre esto? ¿Quién le ha enseñado incluso el querer hacia atrás? (Also sprach Zarathustra, KSA/4, p. 181; trad. esp., p. 206).

No eran preguntas retóricas, si Nietzsche se ha fatigado en los últimos años de su vida en buscarle demostraciones científicas a la doctrina del eterno retorno (cfr. Wille zur Macht, espec. 1062-67). La conciliación más allá de toda conciliación, la suprema, última conciliación, el anulus aeternitatis, la versión más moderna y más antigua del tautá aéi exigía un fundamento epistémico. Nietzsche vio dos caminos ante sí: por un lado, el abierto por Aristóteles y construido por la tradición epistémica y religiosa de Occidente; del lado opuesto, el camino de la locura, de la locura proyectada: el pastor no ya pastor, no ya hombre (ibídem, p. 202). Y eligió.
Nietzsche cerró, su autobiografía intelectual con estas palabras: «¿Se me ha comprendido? - Dioniso contra el Crucifijo ... » (Ecce Homo, KSA/6, p. 374; trad. esp., p. 132).
«¿Se me ha comprendido?» ¿Por qué esa duda? Si en la figura del Crucifijo se compendia el ascetismo, la primacía del valor sobre el hecho, del deber-ser sobre la vida, entonces, ¿cómo dudar todavía, después de Más allá del bien y del mal y después, sobre todo, de la Genealogía de la moral, de haber sido comprendido? Pero, como hipótesis, ¿y si Nietzsche no dirigía su pregunta a otros, sino a sí mismo? Como hipótesis ¿y si la pregunta traducía una duda sobre su propia posición? ¿Una duda que él quería, en el acto mismo de formularla, alejar de sí? Todo esto puede muy bien considerarse un inútil ejercicio de psicologismo. Sin embargo, sin embargo... si Dioniso resulta al final oculto en la figura de Apolo y la vida destinada desde siempre a producir formas incesantemente, si la voluntad de poder tiene como aspiración suprema la repetición de sí misma, y esta repetición quiere ser fundamentada científicamente, sobre sólidas demostraciones, si, en suma, el modelo ético-epistémico es al final el definido en su carácter esencial por Aristóteles, entonces, ¿de verdad es una oposición la que cierra Ecce Homo? La pregunta nos exige preguntarnos: ¿qué es cristianismo? Para comprender también que la elección final de Nietzsche no es inevitable. Entre conocimiento y locura, tertium datur.

III. ABANDONO. LA PALABRA DE JESÚS Y EL CRISTIANISMO DE PABLO
1. Figuras
a) Jesús
Aperiam in parabolis os meum,
eructabo abscondita a constitutione mundi.
(Sal 78, 2; Mt 13, 35)
Jesús repite las palabras del profeta intencionadamente. Pero, preguntémonos: ¿cuál es el sentido de esa «repetición»? La pregunta es fundamental, porque también las últimas palabras, las palabras gritadas en la hora nona desde la cruz (Mt 27, 46), repiten el comienzo del salmo 22 de David.
En Jesús la repetición subraya la distancia, la diferencia. La palabra de Jesús no es la del profeta, no es la del Antiguo Testamento. Es otra. Es de una otredad que no permite mediación, sino sólo un rígido aut/aut. Es sumamente instructivo el episodio del discípulo que pide permiso a Jesús para ir a enterrar a su padre, y es respondido secamente: «Sígueme, y deja que los muertos entierren a sus muertos» (Mt 8, 22). Incluso el más antiguo acto de piedad es considerado vano, en la medida en que pertenece al mundo. Al mundo de la Ley, de lo visible. «Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos» (Mt 6, 1).
La misma plegaria se hace en secreto, evitando la mirada del mundo:
[...] no seáis como los hipócritas, que aman orar de pie en las sinagogas y en las esquinas de las plazas para ser vistos por los hombres. [...] Tú, en cambio, cuando vayas a orar, entra en tu aposento y, cerrada la puerta, ora a tu Padre en secreto. (Mt 6, 5-6; cursiva mía)
El imperativo de dar al César los que es del César y a Dios lo que es de Dios no tiene, por tanto, el significado banal de mantener separadas las dos Ciudades, la religiosa y la política; tiene, más bien, el sentido profundo de marcar la diferencia insuperable entre el interior y el exterior, la conciencia y el mundo: «El cuidado de este mundo ahoga la palabra, y queda sin fruto» (Mt 13, 22). Nada hay más lejano de Jesús que la intención de fundar una iglesia, una comunidad. Cuando le advierten que su madre y sus hermanos desean hablarle, responde:
«¿Quién es mi madre y quiénes son mis hermanos?» Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: «Éstos son mi madre y mis hermanos. Porque, todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre» (Mt 12, 48-50).
Discípulos de Jesús son todos: todos los que entienden su palabra. ¿Por qué esta precisión? ¿Qué dificultad hay en entender la palabra de Jesús?
Aperiam in parabolis os meum. La palabra de Jesús no es un puente entre el interior y el exterior, la conciencia y el mundo; al contrario, es la espada que los separa: «No he venido a traer la paz, sino la espada. En verdad he venido a enfrentar [...]; y los enemigos del hombre serán los de su casa» (Mt 10, 34-36). Jesús habla en parábolas, es decir, de modo oblicuo, porque es consciente de que lo que tiene que decir no es decible en la lengua del mundo, en la única lengua que hay. La parábola es una necesidad. Y esto es lo más difícil de comprender. Como atestigua el episodio relatado por Mateo. A los discípulos que le preguntan por qué habla haciendo uso de parábolas, Jesús responde que ellos le entienden porque conocen los «misterios del reino», pero no los otros que «viendo no ven y oyendo no oyen» (Mt 13, 10-13).Tomando literalmente este relato, habría que concluir que Jesús no ha venido para hablar a todos, sino solamente a unos pocos. Justo lo contrario de cuanto se ha leído un poco más arriba respecto a sus mismos «parientes». En verdad Jesús habla a todos y para todos. Sin embargo, lo entienden sólo aquellos que comprenden, más allá del significado evidente de las palabras, los mysteria, es decir, cuanto en las palabras se re-vela siempre de nuevo. Los que comprenden que la palabra es siempre doble, oblicua, engañosa. Que lo divino no es traducible al lenguaje. Como se expresa Juan: «Lux in tenebris lucet, et tenebrae eam non comprehenderunt» (Jn 1, 5). Éste es también el motivo por el que Jesús ordena a los discípulos «que no dijeran a nadie que él era el Cristo» (Mt 16, 20). Los discípulos mismos no lo entienden: cuando les anuncia por primera vez su muerte, su muerte para el mundo ya desde siempre ocurrida, a Pedro, que turbado le dice: «¡Lejos de ti, Señor! ¡De ningún modo te sucederá eso!», Jesús le replica: «Quítate de mi vista, Satanás. Eres escándalo para mí, porque no miras las cosas de Dios, sino las de los hombres» (Mt 16, 22-23). Satanás significa aquí el mundo de los hombres. De las cosas de los hombres. El reino de la exterioridad. De la Ley. Skándalon en griego significa también «insidia», «trampa». Para el mismo Jesús el mundo es «insidia» y «trampa», por eso lo teme. Por eso debe hablar de su muerte. Y de su resurrección. Que no es un regreso a la vida, un renacimiento después de la muerte del cuerpo, después de la muerte física. La resurrección es la misma muerte: la muerte a la exterioridad de la Ley, que es vida en la interioridad de la fe, es decir, de la conciencia. Ésta es su enseñanza:
Y en cuanto a la resurrección de los muertos ¿no habéis leído lo que os fue dicho por Dios: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos. (Mt 22, 31-32)
Enseñanza que, no sólo los saduceos, sino sus propios discípulos no comprenden. Porque no comprenden el carácter necesariamente oblicuo, engañoso de la palabra. De la palabra verdadera. Porque no comprenden la amenaza constante que gravita sobre la palabra de Jesús, fácil de ser transformada, como ocurrirá muy pronto, en Ley, en comunidad, iglesia, mundo. Porque no comprenden la diferencia entre las palabras de Isaías -«Él tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades» (Mt 8, 17)- y la repetición de esas palabras.
Las palabras de la Antigua Alianza eran profecía de salvación, de redención del mal en bien; la palabra de Jesús dice, en cambio, que ningún mal del mundo puede tocar jamás al hombre interior. Enfermedades y padecimientos no desaparecen, no son redimidos, permanecen como tales en el mundo, pues el mundo no sería tal sin ellas, sin enfermedades y flaquezas. Ni la conciencia ni la fe evitan al hombre el mal del mundo. Es en el mal del mundo donde lo divino del hombre vive. Por esta razón Jesús, al invitar a la universal philía, recuerda que el Padre que está en los cielos «hace salir el sol sobre malos y buenos y hace llover sobre justos e injustos» (Mt 5, 45).
Si volvemos a escuchar ahora el grito de la hora nona, entendemos la diferencia abisal respecto a las palabras del salmo 22. En el grito del Hijo es el Padre el que se revela. El abandono no es el castigo de una culpa: es la revelación del Padre. Ésa es la extrema paradoja, la contradicción pura: el Padre es tal, es Padre sólo en el abandono y por el abandono del Hijo, del Hijo del hombre, de todos los hijos, del mundo. Ésa es la verdad que anuncia el Mesías. En la única forma posible, en la del discurso oblicuo, engañoso, de la parábola que dice «las cosas escondidas desde el origen del mundo» re-velándolas.

b) Pablo

¿Por qué no reconocéis mi lenguaje? Porque no podéis escuchar mi palabra. Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. (Jn 8, 43-44)
Diablo o Satanás -se ha dicho- es el mundo de los hombres, el mundo de la exterioridad, de la Ley. Pero la seducción del mundo, la seducción de la palabra mundana que despliega en la exterioridad de la Ley el misterio de la interioridad de la fe, que retira el velo que, al cubrirlo, custodia lo verdadero en la intimidad profunda de la conciencia, esa seducción se apodera pronto aun de la enseñanza de Cristo.
[...] hablamos con toda valentía y no como Moisés, que ponía un velo sobre su rostro, para que los hijos de Israel no fijaran la vista en el fin de lo que era pasajero. Pero se embotaron sus inteligencias. Ese velo permanece realmente hasta hoy en la lectura del Antiguo Testamento. Y no ha sido removido, pues sólo en Cristo desaparece. Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés un velo se posa sobre sus corazones. Pero cuando Israel se convierta al Señor, el velo será retirado (aufertur velamen). (2 Co 3, 12-16)

Pablo pone cabeza abajo literalmente la enseñanza de Jesús. Auferre velamen: ésa es su aspiración. Para retirar el velo, para traducir la Palabra en el mundo, se va a Atenas, al Areópago, y desvela el Deus absconditus a los gentiles, a esos piadosos paganos que habían consagrado un altar al dios desconocido. Según el relato de su amigo Lucas (Hch 17, 19-32), los doctos atenienses, cuando escucharon a Pablo hablar de la «resurrección de los muertos», lo tomaron a risa algunos, otros en cambio se marcharon. Es difícil poder creer este relato: la muerte y la resurrección del dios acompaña a la experiencia religiosa griega desde los orígenes. No, ésa no era una novedad perturbadora para los sabios atenienses. Ni el resto de lo que Pablo les había contado, es decir, que ese dios desconocido para ellos «había hecho el mundo y todas las cosas que están en él». Eso no les había sido contado, sino explicado y demostrado por su filosofía, principalmente por la de Aristóteles.
Pablo vuelve a unir todo lo que Cristo había separado: Dios y mundo, interioridad y exterioridad, fe y Ley. Pablo seculariza el cristianismo. Hace de él una fuerza histórica. Una fuerza creadora de historia. Y ello con extrema, lucidísima consciencia. En eso está su grandeza: él, el judío convertido, ha llevado toda la cultura judaica a la nueva religión, y ha fundado así el cristianismo histórico, el cristianismo que nosotros conocemos, en el que «vivimos, nos movemos y estamos». Cristo había afirmado que no había venido a abolir la Ley, sino a completarla (Mt 5, 17-20). Que su completamiento es una subversión está claro para todos los que lean los versículos posteriores. Jesús completa en el sentido en que anuncia la otra meta del universo humano, la más importante, la única importante desde el punto de vista de la religión, el lado divino de lo humano, la fe, la meta celestial, que es otra y más allá, absolutamente otra y absolutamente más allá, de la terrena. Pablo ve la Ley, en cambio, como cumplimiento-realización de la fe: Ho díkaios ek písteos zésetai (Rom 1, 17); pero de la fe surge, ya con Abraham, la Ley. Y antes de la fe en Cristo, la Ley ha sido el «pedagogo» del judío (Gal 3, 24). El Apóstol de las Gentes no niega la superioridad del judío sobre los gentiles, aunque alguna vez es precisamente esa superioridad la que condena al judío, el pecado del judío en cuanto peor que el pecado contra natura del pagano (Rom 2-3). El cristianismo histórico, el cristianismo instituido por Pablo es la religión, por tanto, de la Ley basada en la fe. La religión de la palabra totalmente desvelada, la religión del Offenbarung. La religión del judío para el cual el Mesías ha llegado, el futuro se ha realizado, el presente ha devenido el espacio que une y acoge a todos los tiempos. El desierto ya no es desierto: es posible ver también el rostro de Dios. Aufertur velamen.
Éste es el cristianismo que ha triunfado. El cristianismo histórico, el cristianismo que ha hecho historia, la historia de nuestro Occidente. Y es esa tradición la que llega a su cumplimiento con Hegel, filósofo cristiano y pagano juntamente, porque es filósofo del presente, de la presencia, de la parusía de lo absoluto. Filósofo de esa filosofía que se define como «el propio tiempo cuajado en pensamientos» (Grundlinien der Philosophie des rechts, p. 16).
Es cierto que en el cristianismo de Pablo hay también el no-todavía de la segunda resurrección, el futuro del Apocalipsis. Pero ese futuro está ya presente en el anuncio. La «hora» del Cristo de Pablo comprende todos los tiempos.
Siglos después un poeta italiano, fiel intérprete del espíritu del cristianismo paulino, escribirá:
Y de los años aún no nacidos, Daniel se acordó. (A. Manzoni, Inni sacri: La resurrezione, vv. 55-56)

2. Interpretaciones
a) Agustín
El cristianismo de Pablo es la repetición religiosa del presente epistémico. Lo que significa: Pablo cree redimir todo el tiempo mundano. Aun cuando mantenga separado el «cuerpo animal» del «cuerpo espiritual», aun cuando afirme que la resurrección no será del cuerpo corruptible, sino del incorruptible («se siembra en la corrupción, resucitará en la incorrupción»), él quiere, sin embargo, que resucite el cuerpo con el alma. El presente del anuncio, la «hora» de Cristo sólo tiene sentido para la segunda resurrección. «Porque si no hay la resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó» (1 Cor 15, 13).
Agustín, ciertamente, no niega la segunda resurrección. ¿Y cómo podría hacerlo él, el obispo, el jefe de la comunidad eclesial de Hipona? Cierto, pero él pone el acento sobre la primera resurrección. Así lo atestigua el comentario que en De civitate De¡ ha dedicado a Jn 5, 24-25. Dice el texto:
En verdad, en verdad os digo: el que escucha mi palabra y cree en el que me ha enviado tiene vida eterna y no incurre en juicio, sino que ha pasado (metabébeken) de la muerte a la vida. En verdad, en verdad os digo: la hora (hora) llega y es ahora (nyn) cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que la oigan vivirán.
El comentario:
(Jesús) no habla todavía de la segunda resurrección, de la resurrección de los cuerpos que ocurrirá al final, sino de la primera resurrección que ocurre ahora. Y para distinguirla dice: llega la hora y es ahora. No se trata, pues, de la resurrección de los cuerpos, sino de la de las almas. También las almas tienen realmente su muerte en la impiedad y en el pecado, y ésa ha sido la muerte de aquellos de los que el Señor ha dicho: Deja que los muertos entierren a sus muertos, de modo que los que han muerto en el alma entierren a los que han muerto en el cuerpo (XX, 6, 1)

Agustín separa netamente las dos resurrecciones y es a la primera a la que atribuye el papel fundamental: «Resucite, pues, en la primera resurrección quien no quiera ser condenado en la segunda» (XX, 6, 2). Venit hora, et nunc est. Agustín subraya ese presente, que es ahora, El presente de la resurrección, del despertar del alma a sí misma, a su interioridad. Esa "resurrección" desde la impiedad e iniquidad no afecta al mundo. El mundo es y permanece en la iniquidad, en el abandono del pecado.
La «hora» de la primera resurrección es el presente de la cruz; el futuro de la segunda resurrección es el tiempo paulino centrado en la certeza de la fe, no en la cruz, sino en el después de la cruz. Pero la «hora» que es ahora no es un momentum, ni indica un tránsito, un pasaje. Más bien el estar, el permanecer del instans, de lo que está sin participar en él. Érchetai hora kai nyn estin: el griego hora expresa la estación de la juventud, de la primavera, de la floración y, por tanto, del reflorecimiento; indica al mismo tiempo la época de la cosecha, de la plenitud, de los frutos. Quiero decir que la hora que es ahora no espera nada para que haya cumplimiento: para el alma la hora del despertar es la hora de la maduración. La hora no es un tiempo que pase, no porque el alma no pueda recaer en el tiempo del pecado y de la iniquidad, en el tiempo del mundo, sino porque en su instante de gracia no está afectada por el movimiento. La hora ni pasa ni dura; es, simplemente es. Si desaparece, es porque es arrastrada por el tiempo y el mundo (o por otra cosa, como se dirá más adelante).
La segunda resurrección, por tanto, se suma a la primera, no la completa, no la perfecciona; es un plus no requerido, como el evangelio de Juan dice claramente: «Qui verbum meumaudit [...] transit a morte in vitam». El tránsito de la muerte a la vida ocurre en el instans, en el presente del ahora. Y es importante señalar el relieve que asume la primera resurrección en una obra dominada por el futuro apocalíptico de la segunda resurrección.
Que el cristianismo de Agustín va más allá que el de Pablo resulta todavía más claro en De Trinitate. Esta obra está concebida bajo el signo del auferre velamen de Pablo: es decir, pretende demostrar la identidad de la esencia divina con la revelación. Trinidad significa precisamente esto: que Dios está todo en la misión del Hijo. Hasta el punto de que no es el Padre sólo el que envía al Hijo, sino la Trinidad toda: a Patre et Filio missus est idem Filius. Si la eternidad de los ángeles, en cuanto indica que no ha existido tiempo en el que no estuvieran ya presentes estas naturalezas puramente espirituales, no elimina, sino, al contrario, presupone la diferencia entre Creador y criatura, entre la eternidad de Dios y la angélica (De civitate De¡, XX, 16), la generación del Hijo por el Padre implica, en cambio, la identidad de su ser eterno, su común eternidad (De Trinitate, 1, 6.9­ 7.14). Desde las más profundas profundidades de lo divino, el Dios Padre es, en cuanto Uno y Trino, Hijo. Pero entonces, ¿en qué consiste la diferencia entre los dos? En esto, y sólo en esto: que el Padre, como tal, aun teniendo en sí todas las perfecciones que están en el Logos del Hijo, las tiene, sin embargo, diferentemente que el Hijo, es decir, sin distinción. Si en el Hijo, en la Revelación, están separadas justicia y verdad, bondad y misericordia, en el Padre, en cambio, están en uno. La fuerza del pensamiento de Plotino se impone a Agustín contra su misma voluntad y entendimiento. Pero si el Padre es tal en cuanto está recogido todo en sí, es decir, en la forma de la simplicissima complicatio, entonces el Logos que explica lo más simple, to haplóustaton, es su verdad, su tradición, su transmisión, sólo en cuanto es del mismo modo su traición, su mentira. Está en la naturaleza de la esencia trinitaria que la verdad se diga sólo in parabolis, es decir, como mentira. El abandono gritado por el Hijo es entonces la más auténtica revelación del Padre. El Espíritu no es más que la unión de esa esencia divina del Padre con el Hijo, de la revelación, o misión, y la verdad con el abandono y la mentira.
Revelación, o misión, es abandono; verdad es mentira: éste es el sentido inaudito de la kenosi divina, del escándalo de la cruz, que al final se impone también a Agustín, aun contra su fidelidad al Apóstol.

b) Kant
La filosofía kantiana representa el lugar donde la experiencia de la palabra de Jesús, no por tanto del cristianismo de Pablo, encuentra su más alta y coherente interpretación.
Kant parte de la radical separación entre infinito y finito, nóumeno y fenómeno. Lo que aparece, se muestra, lo que tiene figura y determinación es tal -fenómeno- en cuanto está en relación a otra figura y delimitación, a otro fenómeno. El fenómeno es en sí mismo múltiple, porque son múltiples las relaciones que lo ligan a otros fenómenos (cfr. Kritik der reinen Vernunft, espec. A 285, B 341). Relación significa, pues, vínculo, condición, necesidad. El mundo fenoménico, el mundo de los objetos es, por tanto, el mundo de la necesidad. Nada que ocurra en el tiempo y el espacio puede ser libre, porque siempre está condicionado por otro. Libre, entonces, es sólo lo infinito, o sea, lo que no tiene figura, forma, lo que no es esquematizable. Lo que no tiene tiempo. El nóumeno, exactamente. Que no tiene pasado que lo condicione; ni, por tanto, futuro. Y de hecho Kant afirma claramente que en el mundo numénico, es decir, en el mundo de la libertad, nichts geschieht, nada sucede (A 541, B 569) y, añadimos nosotros, nada puede suceder. Aun cuando en la solución de la tercera Antinomia Kant se acerque peligrosamente a las tesis de Spinoza, especialmente allí donde habla de la «causalidad de la razón» (A 551, B 579) y del «carácter empírico» como esquema del «carácter inteligible» (A 553-54, B 581-82), o sea del mundo empírico como figura del mundo numénico, su posición, sin embargo, es radicitus diferente de la de Spinoza. Lo infinito en Spinoza tiene un significado positivo, indicando la sustancia que se despliega en los atributos y en los modos finitos, la natura naturans que se realiza en la natura naturata. Lo infinito en Kant es, en cambio, un concepto negativo. Indica el no de lo finito, la negación inmanente a lo finito. También esto está dicho claramente por Kant, y en un lugar fundamental de la primera Crítica, en el que se trata de las anfibologías de los conceptos de la reflexión y de la tópica trascendental. Del nóumeno, dice Kant, no podemos decir nada, ni siquiera que sea interno o externo; ni siquiera si existe todavía cuando ya no existen nuestros conceptos y nuestras intuiciones (A 288-89, B 344-45). El nóumeno es un concepto negativo que delimita el poder de la sensibilidad (A 255, B 310-311), la pretensión de dar figura, visibilidad a lo verdaderamente existente, al alethós on. La filosofía kantiana es la fundamentación rigurosa de la teología apofática. De la indecibilidad de lo verdadero: aperiam in parabolis os meum. Nada más lejano de Kant que el paulino aufertur velamen. Pero no basta decir eso. La división de los dos mundos -«no he venido a traer la paz, sino la espada»- no significa que sea posible su alejamiento. La negatividad de lo infinito indica que no hay vida para lo finito más que en el condicionamiento y necesidad del mundo. El ut consummati in unum sint de Juan (Jn 17, 23) es sólo pulsión de muerte, Todestrieb, ya que Dios sólo se revela en el abandono, en la miseria del mundo, en la infelicidad de la constricción. Éste es el sentido más profundo, aunque también el más huidizo de la segunda Crítica. También para Kant, en primer lugar para Kant.

Parece que el imperativo categórico, en su formulación más explícita, abra a la libertad un espacio de acción: «Handelte ... », «Actúa ... » (Kritik der praktischen Vernunft, 7). Pero la verdad es precisamente lo contrario. El imperativo que parte de la razón no a otra cosa que a la razón, se vuelve a la voluntad regida por la razón. Realmente, ¿qué hombre bajo el dominio de las pasiones sabría escuchar la voz de la razón? Para escuchar el mandato, que no ordena otra cosa que liberarse de las inclinaciones sensibles, hay que estar libre de ellas. Es decir: para respetar el mandato tendría que haberlo respetado ya. Por eso no sólo no hay libertad de elección, puesto que sólo el hombre ya bueno puede actuar moralmente bien, sino que ni siquiera hay acción que cumplir. La moral kantiana, en cuanto pura moral de la intención que en nada puede ser completada, perfeccionada, o simplemente incrementada por el actuar en el tiempo y en el mundo, no afecta al hacer, sino al saber que acompaña a todo hacer. En esto está lo divino del hombre y en el hombre: en la negative Selbstzufriedenheit, en la negativa satisfacción que tiene de sí mismo cuando, viviendo en el mundo, sometido a las constricciones y necesidades del tiempo, se es consciente de no ser del mundo, de no pertenecer a él, de serle extraño, y en este sentido, libre (ibídem, pp. 117-118; trad. ¡t., pp. 148-149).
La extrañedad moral del hombre, su utopía constitutiva, explica por qué el aperiam in parabolis os meum, no es traducible ni siquiera a símbolos. El símbolo atestigua en todo caso una co-pertenencia originaria de verdad y palabra, eternidad y tiempo, Dios y mundo; co-pertenencia que, aunque interrumpida, siempre es recomponible, aunque sólo en la forma de la metáfora y de la alegoría, del decir otra cosa, de señalar otra cosa, del reenvío. El hablar oblicuo, por parábolas, testimonia en cambio una separación originaria, y es mentira por esto: porque da figura e imagen a lo que physei se sustrae a toda figura e imagen; porque da límites a lo Ilimitado, horizei to aóriston, porque divide lo Indivisible, pollá epóiese ten mian (Enéadas, VI, 7, 15). Mentira necesaria, por otra parte, porque sólo el velo de la mentira protege lo finito del peligro constante y la amenaza de la verdad que mata, de la luz divina que ciega (ningún hombre puede ver a Dios sino per speculum et in aenigmate), de Dios que en su positividad absoluta niega toda negación, y por ello, si omnis determinatio est negatio, toda determinación; porque necat en su perfección lo finito como tal. Pensado en su verdad, Dios es la muerte de lo finito.
Pero el hablar oblicuo, por parábolas, de Jesús, es mentiroso en el sentido más alto y noble, porque cubriendo el rostro de la Verdad, custodia el conocimiento de que la palabra del hombre, la palabra finita, sólo es tal por su relación negativa con lo Infinito, con el Silencio, con lo más Simple y Perfecto. Sólo lo eterno, en cuanto posible negación del tiempo, impide la reducción de la diferencia a la identidad epistémica del «siempre las mismas cosas» (tautá aéi). Por eso la palabra más alta es la mentira que dice la verdad traicionándola, consciente de no poder decirla de otro modo. Esta consciencia no es otra que la mentira: al contrario, es pensada como la mentira de la mentira. Mentira replegada sobre sí, refleja, que expresa bien la doble extrañedad de la palabra del Hijo del Hombre: extraña al Padre y al mundo, a lo eterno y al tiempo. Que expresa bien el ou-topico in-stante de la cruz.

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