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El amor y lo sagrado
Pierre Grimal

Los romanos, que gustaban de tenerse por el más «religioso» de los pueblos, que reconocían y veneraban a mayor número de divinidades que cualquier otro en el mundo, no podían dejar de mostrarse sensibles al carácter sagrado del instinto amoroso, que es capaz de transformar al ser, de arrancarle de si mismo, y cuya fuerza, igualmente experimentada por los hombres como por todo cuanto vive, somete con sus leyes a la naturaleza entera. No resulta sorprendente, entonces, constatar que el amor tenía sus divinidades, sus ritos, su magia. El culto que rendían a las primeras, la observancia religiosa de algunas prácticas cuyo origen se pierde en la noche de los tiempos, todo ello tenía por objeto, unas veces, su mayor potenciación, la exaltación de las fuerzas creadoras del acto amoroso, aunque también, en otras ocasiones, el intento de encauzarlas, de dominar lo que en ellas se intuía de anárquico para hacerlas servir en beneficio de la ciudad.

La religión de la época clásica, la que conocemos mejor gracias a los textos y a los numerosos testimonios de todo tipo, no han conservado a menudo más que el rastro, apenas discernible, de esas creencias y de esos ritos. Determinadas prácticas de carácter mágico no eran, en la época de Cicerón o de Augusto, más que una mera supervivencia folclórica, y no habríamos conservado de ellas el menor recuerdo si ciertos «anticuarios», ansiosos por recoger las extravagancias de los antiguos tiempos, no les hubieran consagrado algunas líneas en sus obras, que, por desgracia, nos han llegado en estado fragmentario. Muchas veces, también, los polemistas cristianos, en busca de argumentos que probaran la inmoralidad o el absurdo de la «religión» pagana, nos han transmitido con esmero detalles cuyo carácter arcaico, incluso su primitivismo en ocasiones, se quería orientar de forma que sepultaran en el descrédito la fe de sus adversarios.
Se comprende que, a partir de tan escasos materiales, se haga difícil reconstruir un conjunto ordenado y perfectamente inteligible, medir con precisión, por ejemplo, la importancia de cierto rito determinado o remitir cada fragmento a su verdadero contexto, por que en estas operaciones se arriesgan además graves errores de perspectiva. Pese a tamañas dificultades, lo que se puede vislumbrar de esta antigua «religión del amor» no parece desprovisto de interés. Sobre todo, teniendo en cuenta que, en Roma, el pasado extiende siempre sus alas sobre el presente. Ese pasado lejano, incluso aunque haya quedado bastante relegado, continúa aleteando todavía, puesto que ha contribuido a conformar la sensibilidad romana, configurando algo semejante a un núcleo a cuyo alrededor hubieran cristalizado otras formas religiosas más modernas que, sin él, no serían lo que luego han llegado a ser.
Estos vestigios arcaicos aparecen diseminados por aquí y por allá: las ceremonias del matrimonio no se sustraen a ellos; se muestran también en la religión, tanto en sus formas oficiales como en las populares; se encuentran, en especial, en los cultos celebrados por mujeres, lo cual es normal, pues durante largo tiempo las mujeres fueron consideradas las depositarias por excelencia de la fecundidad, constituyendo algo así como la otra mitad de la sociedad a la que se le reservaba la función de asegurar la supervivencia y la continuidad de la raza.

Encima de la Velia, una de las colinas romanas más antiguamente habitadas, existía un santuario singular cuya «divinidad» era representada con la forma de un miembro viril. Ese dios portaba el curioso nombre de Mutunus Tutunus (1). Lo conocemos tan sólo por un fragmento del gramático Festo y por cuatro o cinco alusiones de Tertuliano, san Agustín, Arnobio y Lactancio. Y lo que de él cuentan está lejos de sernos comprensible. Según parece, por lo menos hasta los tiempos de Augusto, las mujeres «vestidas con la toga pretexta» se desplazaban hasta allí, en diversas ocasiones, para recubrir de flores el símbolo de Mutunus Tutunus (2). ¿Quiénes serían estas mujeres? Probablemente sacerdotisas, tal y como parece dar a entender su costumbre arcaica, y, sin duda, mujeres casadas, que celebraban allí algún rito propiciatorio en nombre de todas las esposas de la ciudad. Pero Mutunus Tutunus no se encontraba solamente en ese santuario de la Velia. También ocupaba, cuentan, un lugar en los dormitorios de los ciudadanos particulares, y el día de su boda las recién casadas debían sentarse sobre su imagen, como para consagrar al dios las primicias de su virginidad. Lamentablemente, no sabemos si esta práctica estaba generalizada, o si se trataba más bien de una costumbre de «los viejos tiempos» a la que ningún marido habría osado ya someter a su novia. Es posible que ese gesto sea el último vestigio de algún rito destinado a proteger al esposo del peligro mágico que podría hacerle correr la desfloración de su mujer. Los testimonios abundan en tales creencias sobre las propiedades maléficas de la virginidad: los etnólogos las han descubierto en numerosas «sociedades primitivas», y se conocen ejemplos de sustitución de personas, en cumplimiento del ritual, durante el transcurso de la primera noche de matrimonio.
La verdad es que existen otros vestigios de culto al falo, por lo que Mutunus Tutunus no aparecería por completo aislado dentro de la más antigua religiosidad romana. Así, las vestales, las sacerdotisas vírgenes que tenían confiados los «penates» del pueblo romano, esos misteriosos fetiches que era sacrilegio mirar, veneraban igualmente la imagen de un sexo masculino expuesto en el santuario que tenían a su cargo; y se supone que esa imagen, situada junto al fuego sagrado de la ciudad, correspondía a la del Genius, una divinidad honrada en los hogares domésticos que simbolizaba la potencia fecundadora del señor de la casa. En favor de esta comparación se invoca una vieja leyenda, bastante curiosa, que forma parte del «ciclo» del rey Servio Tulio.
Se cuenta que en el palacio de Tarquinio el Viejo cierta sirvienta llamada Ocrisia se había unido a un falo misteriosamente surgido de las cenizas del fuego, y que de esa relación nacería Servio Tulio. La leyenda, no recogida por Tito Livio a causa, qué duda cabe, de su truculencia, contraria al decoro de su tiempo, conservaría el recuerdo de cierta época en la que, al menos, uno de los dalmons del fuego doméstico simbolizaba la virilidad.

Durante mucho tiempo sobrevivió, entre el pueblo y en especial en los ámbitos rurales, la creencia en el poder mágico que encerraba el falo, al que se conocía como fascinus. Su imagen se encuentra todavía, amenazadora, sobre el umbral de numerosas casas de Pompeya; tenía ahí, evidentemente, la función de proteger la vivienda del «mal de ojo». En el campo, los campesinos la erigían como salvaguarda de las cosechas, y, haciéndose presente incluso en los carros de los vencedores, el mismo símbolo atestiguaba la misma fe en las virtudes benéficas de un órgano que se tenía por el «lugar de la vida» por excelencia. El falo era el talismán más eficaz contra las fuerzas malignas, contra los maleficios o contra cualquier otro elemento que impidiera o fuera contrario al crecimiento y a la feliz expansión de los seres, hombres, animales o plantas. Su imagen no se asociaba a la vergüenza. Lo que no está reñido con que se pudiera sentir cierto pudor corporal: aunque los hombres, en los baños, no mostraran malestar al desnudarse en la sauna comunal, sí lo experimentaban, en cambio, en presencia de extraños. Pero los padres se abstenían de bañarse delante de sus hijos e hijas (4) y, en todas las épocas, las palabras indecentes se oyeron en sociedad siempre con algún embarazo. Sin embargo, la costumbre quería que los talismanes fálicos fueran libremente llevados y exhibidos a la vista de todos, y sin duda el hábito impedía que nadie se escandalizara.
Pero el fascinus no poseía tan sólo este valor apotropaico, de alguna manera negativo. Tenía el sentido, para los campesinos, de un verdadero culto, vinculado a la religión del Liber Pater, que era, en principio, y en esencia, el dios de la germinación, «aquel que asegura el nacimiento y el crecimiento». Parece incluso que el falo simbolizaba al mismo dios durante el transcurso de determinadas fiestas rurales, de las que san Agustín nos ha dejado su descripción: «Ese miembro vergonzoso era exhibido con gran pompa sobre un carro durante los días en que se celebraba a Líber, paseándolo primero por el campo, de encrucijada en encrucijada, y después se le llevaba hasta la villa. En la ciudad de Lavinium se le consagraba a Líber un mes entero, y durante ese tiempo se empleaba el lenguaje más obsceno, hasta el día en que el falo era portado en solemne procesión por el foro y depositado en su santuario. A ese miembro vergonzoso, una de las más honorables madres de familia debía ofrendarle públicamente una corona. Por lo que parece, ésta era la manera de que el dios Líber se mostrara favorable al feliz acontecimiento de la siembra y de que alejara de los campos el mal de ojo» (5).

Líber, en principio dios de toda generación, había ido especiali­zándose progresivamente. Asimilado con rapidez al Dioniso griego (en cuyos cultos y misterios intervenían también los símbolos fálicos) se había convertido, en la religión formalista y disciplinada de la Roma republicana, en protector de las viñas y de los huertos (6). Pero, en recuerdo de los tiempos antiguos, en el día que se celebraba su fiesta, el 17 de marzo, los jóvenes vestían la toga viril, demos­trando así ser capaces de fundar a su vez una familia y entrando a formar parte de la clase de los patres. En el medio rural, las formas arcaicas del culto a Líber sobrevivirían durante mucho más tiempo. Virgilio nos cuenta que, todavía en su época, los campesinos, du­rante las Liberalia, se reunían sobre la hierba para beber, cantar, bailar e intercambiar chanzas subidas de tono. Para ellos, como pa­ra la gente acomodada del Lavinium de la cual nos habla san Agustín, el lenguaje obsceno posee también valor ritual, cierta eficacia mágica capaz de estimular la naturaleza y de ayudar a la realización del misterio de la vegetación. Esas palabras que intercambiaban darían origen a fórmulas casi rituales, cadenciosas, que tomaron el nombre de «versos fesceninos» [*]  con las que los espectadores, al paso de un cortejo nupcial o durante las procesiones triunfales, espetaban a los participantes. En tales solemnes ocasiones, la decencia verbal estaba de más, mientras que las palabras obscenas formaban parte del rito; del mismo modo que el fascinus, alejaban así el infortunio y, a la vez, estimulaban la fertilidad de las parejas, acrecentando la eficacia de las fuerzas misteriosas de las que dependía el éxito de la ceremonia.

Cuando hacia finales del siglo III a.C. se extendió por Italia la religión dionisíaca, formándose por todas partes numerosas cofradías de bacantes que celebraban los misterios del dios griego, muchos habitantes de las zonas rurales se convirtieron a ese culto, pues encontraban en él costumbres análogas a las suyas. También la «plaga» (así era considerada por los senadores romanos esta religión tan contraria a la disciplina ancestral) se propagaría a través de Italia con inusitada rapidez. Dioniso prometía a sus devotos no solamente la felicidad en esta vida, sino una perspectiva de salvación después de la muerte. Misticismo y sensualidad: doble y poderoso atractivo para unos campesinos que, desde siempre, habían presentido confusamente tras el misterio de la generación cierto carácter divino. Los sacerdotes del nuevo dios, además de no obligarles a renunciar a sus propios ritos, les traían una nueva revelación que aclaraba éstos y que añadían a sus propias intuiciones otras prolongaciones místicas.
Apenas disponemos de información sobre lo que se hacía realmente en estas «células» dionisíacas. Se nos cuenta que los devotos de ambos sexos se entregaban a orgías, cosa que resulta bastante probable, pero también que no se detenían ante el crimen y que los sacrificios humanos no eran raros, calumnia de la que suelen ser objeto las religiones acabadas de nacer. Fuera como fuera, vino a estallar un escándalo, en el año 186 a.C., que sacudiría a toda Italia.

Las bacanales habían llegado hasta Roma (7). Los ritos se celebraban al pie del Aventino, en el bosque sagrado de la antigua divinidad romana Sumula, y por la noche se podía ver a las bacantes corriendo, desgreñadas, hasta el río, portando antorchas que sumergían empapadas y que resurgían otra vez encendidas. Pero he aquí que cierta mujer está a punto de hacer una serie de espantosas revelaciones al cónsul: se trata de una cortesana llamada Híspala Fecenia. Ella le explica que su joven amante, Ebucio, se encuentra en grave peligro. La madre de Ebucio, que se había vuelto a casar, quiere ahora deshacerse de él, y proyecta hacerle asesinar por los sectarios de Dioniso durante el curso de una noche de orgía sagrada. Fecenia sabía lo que decía, porque antaño había sido iniciada. Ella suplica a los magistrados que tomen las medidas oportunas para salvar al inocente. Enseguida se reúne el Senado, que pone a ambos jóvenes bajo protección policial, y se abre una investigación. Las denuncias son aceptadas, estimuladas. Se arresta a los sacerdotes de inmediato, se prohíben las reuniones nocturnas y se hace saber que todos los sectarios del dios que no se hayan presentado a las autoridades en cierto plazo de tiempo serán considerados, de ahí en adelante, ciudadanos fuera de la ley. Al poco, comienzan a producirse procesos sumarios, seguidos de ejecuciones. Bien pronto, se apodera de Roma y de las demás ciudades italianas un auténtico terror. El decreto del Senado fue distribuido por todas partes, y tenemos la suerte de poseer una copia, grabada por entonces sobre una tablilla de bronce (8). En el futuro, quedaba prohibida la celebración de bacanales. Los senadores, sin embargo, para no arriesgarse a suprimir las prácticas tradicionales y legítimas, permitieron algunas excepciones, aunque bajo ningún concepto podían participar en la ceremonia más de cinco personas (dos hombres y tres mujeres); no debían comprometerse por juramento (como hasta el momento se hacía en las cofradías de bacantes), compartir bienes ni constituir jerarquías entre ellos, y aun esta forma reducida de culto quedaba, sin ninguna dispensa, sometida a previa autorización por el Senado.
Puede adivinarse, por las disposiciones del decreto, que el asunto tenía tanto derivaciones políticas como religiosas. Evidentemen­te, se temía la formación de una especie de sociedad secreta, de una hermandad que extendiera sus ramificaciones al margen del control de los magistrados y que fuera capaz de despertar el fanatismo reli­gioso en el espacio rural. El culto a Dioniso subsistiría, pero regulado y despojado de sus excesos orgiásticos. Adquirió así cierto ca­rácter más espiritual y, también, más íntimo: la supresión de su clero lo redujo a poco más que una forma de devoción personal. Poco a poco, el dios proscrito por el Senado‑consulto del año 186 encon­traría nuevos fieles, pero éstos, ahora, no pertenecían ya a las clases humildes: la elite romana, seducida por el misticismo dionisíaco que, en Oriente, adquiría la dimensión de religión oficial, se disponía a acoger sus imágenes y sus mitos. A partir de los primeros tiem­pos del Imperio, Dioniso aparece por doquier. Sus estatuas, erigidas por sus acólitos en los huertos, simbolizaban la fertilidad de la na­turaleza (9). Los muros de las viviendas particulares, principalmente las de Pompeya, muestran diversas escenas de su legendario, y los célebres frescos de la Villa de los Misterios (10) reproducen, sin duda, el desarrollo de sus ceremonias iniciáticas, que revelan los secretos del amor y de la existencia.

Sin embargo, uno de los compañeros de Baco, el dios Príapo, había escapado a la prohibición. Esta divinidad originaria de Lámpsaco, en el Asia Menor, era también un daimon de la fecundidad, tal como testimoniaba su imagen caracterizada por un enorme falo. Los campesinos italianos lo eligieron para proteger sus campos y sus viñas, en sustitución del antiguo fascinus. Cada huerto tenía su Príapo, tallado muy toscamente en troncos de árbol. Embadurnado de tintura roja, debía alejar los maleficios y también servir de espantapájaros, si bien, eventualmente, también podía servir, en manos del hortelano, de garrote para hacer desistir de sus intenciones a los ladrones. En el campo, raramente este dios obsceno era tomado muy en serio, y los homenajes que se le dirigían eran muy a menudo de carácter jocoso. Y sin embargo, podemos constatar que Príapo, pese a su imagen ridícula, era a veces objeto de un culto casi místico. Tanto es así que se le encuentra cerca de las tumbas, donde su presencia confirma la creencia en un renacer más allá de la muerte. «Príapo, ámbito de la vida y de la muerte», reza una inscripción, y esto no es muestra de la excentricidad de algún devoto, sino una convicción muy extendida, el convencimiento de que la vida y la muerte no son más que aspectos solidarios de una misma realidad (11). Ésa era ya la doctrina expuesta por Sócrates en el Fedón, que tiene su origen en creencias profundamente arraigadas sobre suelo griego. Tampoco en Roma resulta extraño descubrir que los daimons de la vida ejercen también su imperio sobre la muerte: así, la religión popular reencontraba, por instinto, esta relación entre el amor y la muerte que atormentará a los poetas en otras épocas, y a los de la misma Roma.

Esta religión de la virilidad, tan esencial y vívida, no es la única manifestación de los sentimientos de respeto y temor que los ro­manos demostraron albergar frente el misterio de la vida. La sexualidad femenina contaba igualmente con daimons característi­cos, que la mantenían bajo su protección: al Genius del padre de la familia le correspondía, dentro del hogar, la Juno de la señora, de cuyo culto existen menos testimonios que los del Genius, aunque se ha creído ver su imagen, no obstante, en una de las dos serpien­tes que frecuentemente aparecen representadas, como por ejemplo en Pompeya, cerca de los altares de todas las viviendas. Por contra, mientras que el Genius nunca fue asimilado a ninguno de los gran­des dioses, la Juno de las matronas romanas sería absorbida, en cierta medida, por la diosa que lleva el mismo nombre y que es compañera de Júpiter. Pareciera como si la religión oficial hubiera querido controlar, integrar, el culto de la feminidad individual de las «madres», mientras dejaba al margen de su autoridad el corres­pondiente a la fecundidad viril. Existían fiestas propias para las matronas, como por ejemplo las Matronalia del 1 de marzo, celebradas colectivamente por las mujeres casadas. Otras, como la del 7 de julio, las Nonas caprotinas, presentaban cierto carácter arcaico que prueba su antigüedad: la higuera y la cabra jugaban un papel importante, adivinándose en estos ritos, que comportaban combates simulados y disfraces (las sirvientas se vestían con las ropas de sus señoras), una antigua magia relacionada con la lactancia, que estaba sin duda destinada a estimular esta función entre las madres y, al mismo tiempo, a protegerlas contra sus peligros, sustituyéndolas por otras mujeres de menor «valía» en el momento de mayor riesgo.
Cada año, la casa del cónsul era escenario de una fiesta singular en la que participaban solamente las mujeres casadas, en presencia de las vestales. La divinidad que ese día se honraba (hacia principios de diciembre) tomaba el nombre de bona dea, la «buena diosa». Se trataba de un epíteto ritual que ocultaba su verdadero nombre, hoy desconocido para nosotros. Quedaba terminantemente prohibida la asistencia de los hombres, bajo pena de las más graves sanciones, como también la introducción en la casa, durante la festividad, de cualquier ramo de mirto, por pequeño que fuera, y el pronunciar la palabra «vino». El vino que se utilizaba en las libaciones del sacrificio era llamado «leche», y a los vasos que lo contenían se les bautizaba como «tarros de miel».
Con el fin de dar alguna explicación a semejantes extravagancias, se contaba que la buena diosa había sido esposa del dios Fauno y que éste, para castigarla por beber vino a escondidas, la azotó tan cruelmente con unas ramas de mirto que ella acabó muriendo. De hecho, los «tabúes» que caracterizaban el culto de la bona dea se entienden mejor cuando se recuerda que el uso del vino estaba, de bien antiguo, prohibido ‑incluso en épocas relativamente tardías‑ a las mujeres y que, por otra parte, el mirto es la planta favorita de Venus, la diosa del amor. La bona dea encarnaba las virtudes que se esperaban de las matronas, virtudes éstas de las que podrían apartarlas, se pensaba, Venus y la ingesta de vino. Indudablemente, a la ciudad le interesaba estimular la fecundidad femenina, y para alcanzar ese fin ponía a las «madres» bajo la protección de ciertas divinidades compasivas, si bien no dejaba de demostrar cierta inquietud ante la posibilidad de que esas mismas divinidades inspiraran a sus devotas el deseo de hacer un uso irregular de las mismas fuerzas que se pretendía exaltar.
Roma parece haberse visto atrapada, a lo largo de su historia, entre dos fuegos; por un lado, si descuidaba los diversos cultos a la fecundidad, podía producirse el agotamiento de las fuentes de la vida necesarias para su subsistencia, y, por otro, temía que la práctica de esos mismos cultos pudiera desembocar en accesos de fanatismo y desórdenes no menos peligrosos para la ciudad. La reacción acobardada de los senadores durante la época del escándalo de las bacanales no sería un hecho aislado. La historia de otra divinidad, Venus, diosa del amor, resulta muy instructiva a este respecto.

Venus adoptaría desde épocas tempranas los rasgos de la Afrodita griega, aunque la Venus más arcaica parece haber sido bien diferente de la «hija de las olas y del cielo», surgida, en el mundo helénico, de una compleja síntesis en la que predominaban los aportes asiáticos. A decir verdad, los historiadores modernos de la religión romana no acaban de ponerse de acuerdo sobre su misma naturaleza ni tampoco sobre su función primitiva. Durante mucho tiempo, pensaron que Venus habría sido al principio alguna divinidad agraria que representaba el «encanto» de la primavera, de los vergeles en flor, que había sido adorada, entre otros, por los labradores. Después, afirmaban, los fieles habrían investido a esta Venus campesina con dignidades más altas; quizás alcanzaron a vislumbrar en ella una de las fuerzas primordiales de la naturaleza, esa fuerza cuyo poder padecen con intensidad, algunas veces, los seres humanos. Pero, en la actualidad, se ha desechado esta teoría.
En el fondo, no parece demasiado natural creer que el culto de Venus pudiera nacer de una religión de la fecundidad, en sentido general, que sólo habría encontrado el amor «humano» al término de un largo recorrido. ¿No sería más adecuado pensar que la evolución de la diosa pudo producirse en sentido inverso, es decir, que partiendo de lo humano, y progresivamente, se extendería a todo cuanto existe? ¿No se hace evidente de inmediato, para el hombre, la fuerza del amor, no lo percibe acaso agitando su corazón, animando la sangre que corre por sus venas? Y la tendencia espontánea del espíritu, ¿no consiste precisamente sino en proyectar al exterior los descubrimientos de la propia experiencia? El reconocimiento de «Venus» en el mundo implica haberla experimentado primeramente en el interior de uno mismo.
De todos modos, recientemente se ha considerado otra explicación sobre la Venus romana (12). La diosa, afirma esta hipótesis, habría sido de buen principio no tanto una deidad de la fecundidad, sino la representación de cierta realidad espiritual infinitamente más sutil: del poder mágico que otorga eficacia a la plegaria y que es capaz por sí mismo de hacer recaer sobre los hombres la bendición y la gracia de los dioses. En el origen, Venus habría sido la mediadora universal, a medio camino entre lo humano y lo divino, aquella que desvía en beneficio de sus fieles las potencias vivificadoras de lo sobrenatural.
Esta hipótesis resulta muy ingeniosa y puede invocar buenos argumentos, pero por su misma abstracción escapa a cualquier intento riguroso de demostración, y no impide tampoco que se pueda pensar que los más lejanos ancestros del pueblo romano, tan bien dotados como se les supone para las especulaciones teológicas más sutiles, debieron espontáneamente divinizar la fuerza que preside la unión de los sexos, de la misma manera que divinizaron la luz del día o el poder embriagador del vino. De todas formas, lo cierto es que el problema se nos plantea en realidad en otros términos. Nos importa bastante poco aquí definir cuál pudo ser, en sus inicios, la función esencial de la Venus original, puesto que, tan lejos como queramos remontarnos en la historia de Roma, la encontraremos investida siempre de una misión muy definida, como es la de presidir las relaciones amorosas.

Esta personalidad de la diosa «histórica» se conformó probablemente en la misma Italia. Desde el siglo VII a.C., Venus dispuso en el Lavinium de un santuario del que se decía que su fundador no había sido otro sino el mismo Eneas. En el Lavinium, la Venus latina ‑fuera cual fuera su auténtica naturaleza‑ acusaría la influencia de la griega Afrodita. Ésta había sido introducida en Italia por los colonos griegos de Campania y también por los conquistadores etruscos instalados en el mismo Lacio. Los latium iban en peregrinación al santuario del Lavinium para rendir culto oficial a la diosa, y desde allí fue traída hasta Roma, no sin múltiples precauciones ni reticencias.
Para los romanos, en efecto, Venus personificaba la seducción femenina, lo que indudablemente ocurría ya en el Lavinium. Simbolizaba el poder misterioso, religioso y mágico que ésta encierra, así como la figura y el cuerpo de la mujer. Divinidad inquietante entre todas, apenas puede causarnos sorpresa el hecho de que la Roma puritana y conservadora de los primeros tiempos no quisiera consagrarle, durante muchos años, ningún templo. Preocupados por salvaguardar el orden y las buenas costumbres, los patricios, que en la práctica ejercían el poder, miraban con recelo a esta diosa anárquica, generadora de trastornos y pasiones. Aunque se advierte ‑como más tarde en la época del escándalo de las bacanales‑ que ellos eran a la vez demasiado sensibles a las múltiples formas de lo divino para no reconocer la necesidad de rendir a Venus ciertos honores, de los cuales no se la podía privar sin que la ciudad en pleno corriera graves riesgos.
No conocemos con exactitud en qué consistió este culto inicial a Venus en Roma. Surge un primer nombre, bastante extraño a decir verdad. Algunos testimonios, relativamente tardíos, nos aseguran que la diosa, desde época remota, fue venerada en el Capitolio, en donde se había erigido un santuario a la "Venus calva". Pero, ¿quién era esta extraña divinidad? La leyenda aporta dos versiones irreconciliables para explicar el origen del nombre. Unas veces se contaba que, durante el asedio de Roma por los galos, las matronas se habían encerrado en el Capitolio con los defensores de la ciudadela y algunos refugiados, y que decidieron espontáneamente cortarse los cabellos con el fin de trenzar los cordones y las cuerdas necesarias para las máquinas de guerra. En memoria de tanta abnegación, el Estado habría dedicado, tras la victoria, una estatua a la «Venus calva» ¡con el fin de testimoniar que las mujeres, aún despojadas de sus melenas, no habían perdido ni mucho menos su poder de seducción! Galantería anacrónica, poco acorde con las costumbres romanas del siglo IV a.C. Además, resulta también altamente probable que los defensores del Capitolio no dispusieran de máquinas de guerra, por lo que de bien poco les servirían las cabelleras femeninas.
La otra explicación sitúa el origen de la «Venus calva» en un pasado todavía más remoto. El suceso habría acontecido‑,‑según se dice, durante el reinado de Anco Marcio. Las mujeres romanas, al igual que la reina, se veían aquejadas de una extraña enfermedad que les hacía perder los cabellos. Para consolar a su esposa, el rey hizo levantar una estatua que la representaba en el estado a la que la había reducido la enfermedad. Y he aquí que se produjo el milagro: en cuanto se erigió la estatua, el pelo de las damas comenzó a crecer, más hermoso que nunca. En señal de agradecimiento, los romanos profesaron culto a la «Venus calva», que de tal modo había manifestado su poder.

Los historiadores modernos, fuertemente escépticos, afirman que esa diosa nunca existió, que éstas son sólo invenciones de la antigüedad que no vale la pena considerar. Pero quizas este escepticismo radical no esté justificado. Es posible, sin duda, que la «Venus calva» no haya sido más que alguna estatua de mujer, muy antigua, privada, a causa de las injurias del tiempo, de parte de sus atributos y de sus primitivos ornamentos, y que el pueblo se hubiera acostumbrado a darle ese apodo. También es posible (la hipótesis no puede ciertamente verificarse) que los romanos, deseosos de rendir culto a Venus, pero a la vez cuidando de despojarla de parte de su poder mágico, hayan pensado representarla desprovista de cabello, es decir, de uno de los atributos más característicos de la feminidad. Se intentaría así «domesticar» una fuerza peligrosa, en lo que sería el primer ejemplo, todavía caracterizado por cierta ingenuidad, de una política que pronto se consolidará.
Venus era peligrosa, y los magistrados encargados de reglamentar la religión oficial eran conscientes. El primer templo que se le erigió en la ciudad, a inicios del siglo III a.C., exactamente en el año 295, fue levantado con el fin de calmar la cólera de la diosa. Aquel año, el hijo del cónsul, Q. Fabio Gurgo, decidió construir un templo a Venus en el valle del Gran Circo, a cuya empresa dedicó el producto de las multas impuestas a las damas de la alta sociedad, las cuales habían sido encontradas culpables de stuprum, es decir, de comercio carnal ilegítimo (no de adulterio, pues el castigo entonces ¡hubiera sido la muerte!): viudas que ya estaban prometidas a otro hombre, hijas de buena familia cuya mala conducta no había sido castigada, por la razón que fuera, por su propia gens. Según parece, los escándalos debieron de ser numerosos, pues la suma recogida bastó para edificar el monumento público. Fabio Gurgo puso el nuevo santuario bajo la advocación de Venus obsequens, nombre que los modernos traducen tanto por «Venus complaciente» como, más adecuadamente, por «Venus obediente». Resulta tentador suponer ‑apenas se trata de una hipótesis‑ que tal consagración tuviera por finalidad hacer «propicia» a la diosa, queriendo evitar que continuara incitando a las damas de la aristocracia a la realización de actos inmorales, pues ésta era una de las venganzas más habituales de Venus, la de inspirar deseos inconfesables a los mortales (y en espe­cial a las mujeres) que no le rendían culto con la suficiente devoción o que la ofendían de una forma u otra. Alojando oficialmente a Ve­nus en la ciudad y, mejor aún, otorgándole un epíteto cultual de buen augurio, se tenía la esperanza de aplacar su cólera, procurán­dose que, en el futuro, se contentara con favorecer los amores legítimos.­
Pero a menudo las divinidades demuestran ser enormemente obstinadas, y se burlan de los obstáculos que los hombres ponen en su camino. En el curso de la segunda guerra púnica, cuando Roma se encontraba a un paso de su perdición, se hizo evidente que no se podía mantener por más tiempo, en el estado de postración en que se encontraba, a la diosa que parecía ser en ese momento, más que nunca, la «madre» de los romanos. Además de otras medidas religiosas excepcionales que se decretaron por entonces, los senadores decidieron llamar a Roma a la Venus del monte Erix. Ya se había comprobado la eficacia de su protección durante la primera guerra púnica. El monte Erix, donde tenía su templo, había sido en aquel momento la principal base de operaciones contra los cartagineses, y a esa diosa, pensaban los romanos, debían en gran parte la victoria. ¿Por qué no intentar recurrir a ella de nuevo?
Pero esta Venus era, por supuesto, una divinidad de origen oriental, y su culto comportaba algunos ritos que la conciencia romana reprobaba. Era así, por ejemplo, que el templo del monte Erix estaba a cargo de las hieródulas, esclavas de la diosa que se entregaban a la prostitución. Las sacerdotisas aseguraban también que la deidad realizaba milagros cotidianamente: el altar al aire libre, que se encontraba delante del templo, se veía cada mañana, por intervención sobrenatural, cubierto de rocío y de flores recién cortadas; los restos de los sacrificios ofrecidos la víspera desaparecían sin que ninguna mano humana se hubiera tomado el trabajo de limpiarlos. Y se creía también que, cada año, la diosa dejaba su templo del monte Erix para dirigirse a África en compañía de sus aves sagradas,las palomas, que siempre andaban revoloteando en gran número alrededor del santuario. Al cabo de nueve días volvía junto con su bandada de pájaros, lo que era motivo de grandes fiestas en toda Sicilia.

Introducir tal divinidad en Roma, concediéndole carta de ciudadanía, suponía una decisión importante ante la que el senado había retrocedido siempre, pese a la deuda de agradecimiento contraída por la República hacia esta diosa turbulenta, protectora de los lugares de mala nota y trastornadora del corazón. Pero ante la inminencia del peligro todo titubeo fue dejado de lado. Tan sólo se quería ver en ella a la que fuera «madre» de Eneas y, para más honor, fue instalada sobre el Capitolio, en la colina sagrada donde reinaba el gran dios del imperio, el muy magnánimo y magnífico Júpiter.
Otra razón contribuiría probablemente a favorecer la introducción del nuevo culto. Dentro de la tradición romana, Venus pasaba por ser compañera del dios Marte, aquel, precisamente, que durante las primeras batallas de la guerra no había salido en socorro de los ejércitos. El homenaje rendido a su «amiga» no podía sino entenderse extensivo al señor de las armas. Y ello resultaba tan evidente que la misma medida que recomendaba la adopción de la Venus Ericina fue acompañada de un voto solemne a Marte.
Sin embargo, la diosa del monte Erix continuaba pareciendo sospechosa, por lo que se decidió levantar al lado de la alborotadora siciliana, en el Capitolio, y tal cosa resulta característica del espíritu romano, un templo consagrado a Mens, es decir, a la razón, a esa inteligencia lúcida de la que tan necesitada estaba la ciudad si quería conjurar el peligro. Parece que el Senado, preocupado por equilibrar su política religiosa, quiso reunir en el Capitolio, adonde entonces se dirigían todas las miradas, dos aspectos antitéticos y complementarios de lo sagrado: lo que tenía de orgiástico el culto de la diosa de Sicilia, ese delirio que era capaz de desencadenar en los corazones, encontraba su antídoto en la muy intelectualizada religión de Mens. Con sabiduría, los Padres de la patria no olvidaban que son numerosas las potencias espirituales que se reparten el alma de los hombres, y que en la multiplicación de las divinidades, más que en la lamentable mutilación, se encuentra el secreto de la armonía.

No dejaba de ser cierto que con la Venus Ericina se introducía en Roma ‑a despecho de todas las precauciones‑ la figura de la diosa del amor pasional. Y eso se venía a reconocer de manera oficial, casi a legalizarse, en detrimento de la moral tradicional.
También, veremos surgir rápidamente como antídoto el culto a otra Venus, más conforme a lo que cabría esperar de una Venus romana. Desde que las derrotas sufridas por Aníbal hicieran al invasor menos temible, el Senado había decidido consagrar una estatua a cierta nueva Venus, a la que se llamará Verticordia, es decir, «aquella que sobrecoge los corazones», o mejor, que los «recoge» con tal de apartarlos de las pasiones peligrosas. La intención de los Padres era que la estatua produjera el efecto de «mantener alejado el espíritu de las vírgenes y de las mujeres casadas del desenfreno, devolviéndoles el sentido de lo conveniente» del que muchas, por lo que parece, se apartaban, con la licencia que entrañaba la relajación de la tensión moral, impuesta por la inacabable guerra. Se eligió para consagrar esa estatua (quizás incluso para prestarle sus rasgos) a una tal Sulpicia, esposa del senador Q. Fulvio Flaco, que sería designada tras ganar un verdadero concurso de virtudes. Los senadores habían seleccionado los nombres de cien damas de la aristocracia, cuya reputación era del todo intachable. Entre esos cien nombres, diez entraron en el sorteo, sopesándose cuidadosamente los méritos de cada una de las laureadas. Al final, el juicio de todos coincidió en la elección de Sulpicia, quien se convertiría, a ojos del pueblo, en símbolo de aquellas virtudes que se querían ejemplificar.
Menos de cien años más tarde, en el 114 a.C., un escándalo sin precedentes vino a trastornar los ánimos. Tres vestales, infieles a su vocación, fueron encontradas culpables de incesto, por lo que, según la costumbre, se las condenó a ser enterradas vivas. Semejante acontecimiento estaba considerado desde siempre como un funesto presagio. Con el fin de reducir sus efectos, se decidió aumentar los honores rendidos a la Venus Verticordia, cuya protección, decididamente, se había revelado insuficiente. Se le construyó un templo en toda regla, del cual ignoramos el emplazamiento exacto, y ese templo fue consagrado el día 1 de abril, día de calendas, que de ordinario se dedicaba a Juno: así, el mes de abril (que, desde la más remota antigüedad, estaba bajo la protección de Venus) comenzaba con una fiesta celebrada por las matronas en honor de la «Venus legítima». Ya avanzado el mes, el día 23, las cortesanas rendían culto a la otra Venus, la siciliana, que disponía ya de un nuevo templo lejos del Capitolio, cerca de la puerta Colina, uno de los barrios del extrarradio.
Las dos Venus contaban con sus respectivos devotos. Aunque, poco a poco, será la Venus pasional y turbulenta la que más conciencias arrebatará. Durante los últimos tiempos de la República, la mayoría de fieles se volverá hacia ella, a medida que el antiguo rigor de las costumbres se iba relajando. Sucesivamente, Sila, Pompeyo y César, los tres hombres que tendrían en sus manos, uno tras otro, los destinos de Roma, reclamaron y se acogieron a su protección. Y, poco a poco, Venus se convirtió en una de las grandes deidades de la ciudad, hasta el punto de que, bajo el Imperio, será asociada con la divinidad misma de Roma, en el templo que les levantará a ambas el emperador Adriano sobre la colina Velia.

Esta gran fortuna de la diosa se puede explicar por diversas razones, entre las cuales, algunas resultan extrañas a la tradición religiosa romana, y no tienen más que lejanas relaciones con su función esencial, como es la de regir el amor. Pero esos accidentes históricos no habrían sido posibles si la Venus romana no fuera capaz, de antemano, de aceptar las nuevas funciones y la creciente dignidad que se le confiere a partir del siglo I a.C. Con la expansión de la dominación romana en Oriente, la influencia de la Afrodita griega se hizo más poderosa, y no resulta difícil demostrar que Venus asimilaría gran número de funciones asumidas por su homóloga oriental, si bien parece evidente, también, que ese incremento de su poderío se había ido gestando desde antiguo, al existir previamente en su naturaleza ciertos caracteres adecuados.
Después de mucho tiempo, la Venus itálica tendía a ser la protectora de cuanto es «dichoso», de cuanto es exuberante, juvenil; y ésta es quizás una de las razones de la desconfianza, y a la vez de la atracción, que despertaba en la mentalidad romana, amante de la «gravedad», aunque, a la vez, sensible al feliz regocijo de todo lo que está lleno de vida. Resulta significativo a este respecto que los romanos consagraran a Venus, desde fechas bien tempranas, ese mes de abril en el que estalla la primavera, y también que consagraran sus templos y su fiesta anual a los días de la Vinalia, que eran al mismo tiempo los de la fiesta del vino. Y no se puede olvidar tampoco que las prostitutas, devotas por excelencia de la Venus ericina ‑la Venus que había prevalecido‑, ¡bailaban públicamente, desnudas, el día de la fiesta de Flora! Pareciera que la austera disciplina, impuesta durante tanto tiempo por la autoridad del Senado a la devoción popular, se hubiera desmoronado de repente, permitiendo surgir a la claridad del día una religión de Venus que las coacciones habían alcanzado a enmascarar, pero no a suprimir.
Al principio del siglo I a.C., Venus tenía numerosos fieles que requerían de su intervención para asegurarse el éxito en todas sus empresas, y no sólo en las relativas al amor, sino también en las referidas a la guerra, al juego o a los negocios. Los jugadores de dados, por ejemplo, denominaban «el albur de Venus» a la combinación más favorable. Y Sila, el «afortunado» vencedor de Mitrídates, adoptó en Oriente el sobrenombre de Epaphrodite, es decir, «el favorito de Venus». Algunos años más tarde, Pompeyo, después de triunfar definitivamente sobre el mismo Mitrídates, dedicaría un templo a la Venus Victoriosa (Venus Victrix) en la cúspide del teatro que construyera en el Campo de Marte.
Sin embargo, coincidiendo con el declive de Farsalia, la Venus de Pompeyo habría de inclinarse frente a otra Venus, la Venus Genitrix invocada por César. Éste, que como el resto de la familia Julia se preciaba de descender de Eneas, tenía sus razones para «incautarse» de la figura de Venus en su provecho. El doble precedente de Sila y de Pompeyo prueba que no se trataba únicamente de un caso de vanidad familiar o de fantasía personal; la protección de Venus representaba, a ojos del pueblo, cierta garantía de éxito y de fortuna; otorgaba, a quienes favorecieran el culto de la diosa, una especie de aura sobrenatural que ninguna otra divinidad podía conferir. Gracias a la protección de la Genitrix, César aportaba a Roma algo que a ésta le había faltado en las lúgubres horas del pasado: la divina alegría y la seguridad de contar con una suerte propicia. Así, antes incluso de consolidar plenamente su poder, César decidió levantar a la que consideraba su madre un magnífico templo en el centro de su recién estrenado foro.

Del poderío de Venus, de las profundas resonancias que su culto despertaba en el alma romana, da idea el prólogo puesto por Lucrecio al comienzo de su poema, De la naturaleza de las cosas. La invoca aquí como «madre de los Enéadas» y le pide paz para su pueblo. La diosa es la única que puede calmar la cólera de Marte, quien, saciado de amor y adormecido sobre su seno, pone término a los destructores ardores guerreros.
Estas páginas, repletas de un evidente fervor religioso, sorprenden a menudo a los comentaristas, que recuerdan la sólida reputación de impiedad, e incluso de ateísmo, con que solía vincularse a esa doctrina epicúrea de la que Lucrecio se quiere hacer intérprete. Pero, antes que filósofo, Lucrecio es romano; él conoce el espíritu de sus compatriotas y, con tal de ser comprendido, desea hablar su lenguaje. El poeta es consciente de que uno de los impulsos más profundos de ellos pasa por la exaltación de las potencias de la vida, incluso cuando las disciplinas oficiales encubrían, a veces, esta exuberancia, imponiendo cierta apariencia de austeridad que disfrazaba la realidad. A tal sentimiento ‑a esta intuición vital‑ apela Lucrecio. Designando con el nombre de Venus al motor primero que cree discernir en el mundo, a esa atracción mutua entre los seres, a la simpatía universal sin la cual la creación permanecería inmóvil e inerte, Lucrecio se asegura ser entendido. El nombre de la diosa, por sí mismo, bastaba para que se adivinara la grandeza y la «veracidad» de una filosofía que exaltaba y transformaba en principio cósmico cierto sentimiento indescriptible que cada uno presentía en su propio interior. Al igual que a Sila, Pompeyo o César nunca se les hubiera ocurrido ponerse bajo la protección de Venus si la diosa no fuera más que una mera abstracción vacía de sentido, tampoco Lucrecio habría elegido, a buen seguro, esa extraña manera de ilustrar la doctrina epicúrea, ya desde los versos iniciales de su epopeya, si no hubiera estado seguro de despertar determinadas resonancias en el alma de quienes quería convertir.
No resulta indiferente constatar que, con el nacimiento del Imperio, es decir, cuando Roma comienza verdaderamente a realizar su vocación universalista, la diosa del amor consolida su gobierno sobre el corazón y el espíritu. Venus ya no será solamente (si es que alguna vez lo había sido) el demonio de la carne. Principio cósmico y generador de la vida, esta divinidad será reconocida también como potencia material y política, vencedora sobre el antiguo puritanismo que durante tanto tiempo había imperado en la ciudad. La religión de Venus está ligada a la tremenda evolución que se dibuja ante nuestros ojos en este tramo decisivo de la historia. Los antiguos valores morales, rígidamente determinados por los imperativos sociales, son barridos de repente; los sentimientos individuales se ponen por encima de las obligaciones colectivas, y la tradición de los antepasados cederá su lugar a una moral más humana (de ningún modo diremos que más relajada), cuyo único fin no será ya la exaltación de la ciudad, sino que tenderá a emplazar a cada individuo en su sitio dentro del universo, en su verdadero lugar.
Hacia Roma convergen y afluyen las creencias y ritos de la Italia entera, y, en general, de todo el mundo mediterráneo. La Venus de Sila, aunque en el fondo concordaba con la tradición religiosa nacional, debía también mucho a la Afrodita griega y, más aún, quizás, a la siria Astarté; y aquella otra cantada por Lucrecio encarnaba las abstracciones metafísicas de los antiguos filósofos jonios. La piedad popular, por su lado, tendía progresivamente a dotar a Venus de mayor poder. Las fiestas que se celebraban en su honor en la Italia meridional y en Sicilia atraían a grandes multitudes. En el curso de ciertas «veladas», las jóvenes que pronto serían prometidas en matrimonio dirigían a la divinidad ardientes plegarias en espera de amor.
Cierto poeta desconocido ‑tal vez se trate de Floro, el historiador, o quizá de algún oscuro contemporáneo de Estacio‑ compuso para una de esas fiestas nocturnas, que se celebraba en Hibla, cerca de la Catania, en Sicilia, un himno muy hermoso, del que no sabemos exactamente si se trata de un mero ejercicio literario o si es algún canto litúrgico que había de ser interpretado, en el transcurso de la noche sagrada, por algún coro de muchachas (13). Pero la Venus que aquí se celebra es ensalzada hasta el punto de convertirla en una suerte de alma del mundo: el amor humano se inviste de nuevas dignidades y adquiere su plena significación, inserto en un mito que lo iguala con el misterio mismo de la creación.

Mañana es el día en que, por vez primera, Éter celebra sus nupcias.
Después de preparar sus nubes primaverales durante todo el año, nuestro padre se derrama, bajo la forma de amorosa lluvia, en el seno de su
fecunda esposa; unido a ese cuerpo inabarcable, ha de generar todos los
seres. Es Venus quien, gracias a un soplo sutil, penetra en la sangre y en
el alma, ejerciendo sobre la creación su misterioso poder. A través de
los cielos, de la tierra, del mar, ella, soberana, abre sendas que no deja
de impregnar de germen vital y, siguiendo su mandato, el mundo se
dispone a engendran (14).

Venus se transforma en la naturaleza, en la dulzura del existir y de amar, y es probable al mismo tiempo que la antigua Venus de Hibla adoptara, hacia este final del siglo I a.C., muchos rasgos de las divinidades naturalistas de Oriente, y en especial, seguramente, de la Isis de los filósofos y los místicos alejandrinos, que medio siglo después exaltará el relato de Apuleyo.
El poder de Venus sobre el espíritu, en esta Roma que se extiende hasta cubrir el mundo, va en progresivo aumento: el amor ya no será solamente ley de vida, sino promesa de otra cosa, garantía de inmortalidad. Tibulo se promete a sí mismo que Venus será su guía por el sendero de los bienaventurados, lo que estaríamos tentados de considerar fantasía poética si no fuera porque otros testimonios nos obligan a pensar que ésta era una creencia bien extendida: la divinización por medio del amor no sería, pues, una ilusión propia de intelectual, sino, también para mucha gente sencilla, convicción profunda (15). Pero, ¿no resulta natural, después de todo, pensar que una diosa que es capaz de dar la vida y de perpetuarla, será capaz también de lograr, para quienes creen en ella, el milagro de la vida ultraterrena? ¡Habrá que esperar al lento y arduo escrutinio, llevado a cabo por la áscesis cristiana, para poder distinguir entre Eros humano y Agape divino!

NOTAS:
(1)
Véase Tertuliano, ApoL, 25; Arnobio, IV, 7. 11; Agustín, Ciudad de Dios, IV, 11; Lactancio, Inst., 1, 20, 36.
(2) Festo, pág. 154.
(3) Liv. 1, 39; Varrón, De Lingua Lat., V, 61; Arnobio, Adu. Gent., Y 18.
(4) Valerio Máximo, 11, 1, 7; veáse pág. 336.
(5) Agustín, Ciudad de Dios, VII, 21.
(6) Véase Bruhl, A., Liber Pater, París, 1953.

[*] Se considera habitualmente que los «versos fesceninos» toman su nombre de la ciudad de Fescenlo, en el Lacio; pero también hay quien lo deriva de la palabra fascinus, que, como hemos visto, significaba miembro viril. [N. del t.]
(7) Tito Livio, XXXIX, 8 y sigs.
(8) C.I.L, 1‑ 581.
(9) Véase nuestros Jardins romains, París, 1944, en varios lugares.
(10) Maluri, A., Villa del Misteri, Roma, 1931.
(11) C. I. L, VI, 3608.
(12) Schilling, R., La religion romaine de Vénus, París, 1954.
(13) Véase la edición a cargo de Schilling, R., París, 1944.
(14) Pervigilium Veneris, págs. 59‑67.
(15) Véase nuestro artículo sobre Venus y la inmortalidad en la obra de Tibulo, Mélanges Déonnat, Bruselas, 1957.

Texto extraído de "El amor en la Roma antigüa", Pierre Grimal, págs. 49/70, editorial Paidós, Buenos Aires, Argentina, 2000.
Edición original: Les Belles Lettres, París, 1998.

Selección y destacados: S.R.

Con-versiones diciembre 2004

 

        

 

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