La resurrección de los cuerpos
Javier Echeverría
Pues, dirá alguno: ¿Cómo resucitan los muertos?
¿Con qué cuerpo vuelven a la vida? ¡Necio!
S. PABLO, I Corintios, 15, 35.
Parto de una interpretación de los escritos de Nietzsche: su interés
por la fisiología, su preocupación por lo sano y lo enfermo, tienen
a la base un pensamiento muy definido sobre el tema del cuerpo.
Al investigar el impulso que se manifiesta en cada concepto filosófico,
en cada pensador, siempre lo hace en términos de salud (1).
El determinar cuál es el impulso, o los impulsos,
que se manifiestan en un pensador, es una primera fase que Nietzsche
considera necesaria, la de la interpretación, la de la «filología»;
pero que nunca aparece separada de una labor médica complementaria,
que trata de descubrir la condición fisiológica de dicho impulso,
su salud o su morbidez. El médico- filólogo
que es Nietzsche, cuando habla de los demás, refiere todos
los impulsos que aparecen en la interpretación
a una valoración, base
de todas las tablas de valores en las que escribirá Zaratustra:
la voluntad de poder, la capacidad que tiene la fuerza
base de cada concepto filosófico de aumentarse a sí misma, equivalente
a su capacidad de afirmar y desear la vida; su salud, en una palabra.
Para un negador radical de la distinción alma- cuerpo, hablar de salud
es hablar de salud del cuerpo. Si Dioniso ataca al Crucificado
es porque hay un cuerpo dionisíaco
sano, afirmador de la vida, frente a un
cuerpo cristiano decadente, enfermo, que se desprecia
a sí mismo y se considera malo. «El cristianismo, que despreció
el cuerpo, ha sido hasta ahora la mayor desventura de la humanidad»
(2).
La muerte de Dios y la resurrección de los cuerpos.
Este resurgimiento del
cuerpo va inseparablemente unido a la muerte de Dios. Nietzsche constata diversas muertes. En primer lugar mueren los dioses,
de risa, al ver la pretensión de un Dios en erigirse como único.
Pero, posteriormente, Dios ha muerto, y su asesino es el más feo
de los hombres, al no poder soportar un testigo permanente de
su fealdad, un testigo que - para colmo- le compadecía. Es su compasión lo que mata a Dios, pero también es su condición
de testigo, su simbolización como ojo.
El Dios del cristianismo que todo lo sabe es sabio en el sentido que
los griegos daban a la palabra «sabiduría»; lo sabe todo porque
es testigo de todo, porque lo ve todo. Testigo compasivo, que
introduce por ello una culpa en todos los actos.
La afirmación de la inocencia, constante en Nietzsche, incluye
una destrucción de todo elementos de compasión, que siempre es
culpabilizante, pero también supone el asesinato de todo ser que
se pretenda espectador, testigo. La decadencia de la tragedia
griega que señala Nietzsche proviene de su progresiva subordinación
al espectador, frente a la fiesta dionisíaca inicial, en la que
sólo existen participantes en la embriaguez dionisíaca. Un comportamiento
dionisíaco exige, como condición necesaria, el asesinato de todo
espectador, y el espectador por excelencia es Dios.
Dios muere por sí mismo, por su compasión, pero también es asesinado, pues si «a
lo que cae es preciso, además, empujarlo» (3),
a lo que muere es preciso también matarlo, Y su asesino es el
hombre más feo, «algo que tenía una figura como de hombre,
pero que apenas lo parecía, algo inexplicable» (4).
El asesino de Dios es
aquel que apenas tiene un cuerpo humano, con cuyo cuerpo es difícil
identificarse, ante cuya deformidad hay dos sentimientos: la compasión
de Dios o el pudor de Zaratustra.
Frente a la reacción cristiana compasiva, caritativa, ante la deformidad máxima
del cuerpo, Zaratustra opone otro tipo de reacción, el
pudor, que posibilita al asesino de Dios honrar su propio cuerpo,
afirmarlo, desearlo en tanto inocente. Si asesinó a Dios era precisamente
porque su condición de testigo compasivo le impedía una afirmación
gozosa de su propio cuerpo en la deformidad, superadora de la
culpa tradicionalmente asociada a lo deforme.
Dios muere para que sea posible la afirmación del propio cuerpo, el desearlo
para la eternidad, para su retorno eterno, por deforme que sea
o, aún mejor, en toda la deformidad a la que pueda llegar dicho
cuerpo en sus modificaciones.
Es necesario asesinar a Dios para que resuciten los cuerpos (5).
El cuerpo místico
Dios ha muerto. Es posible
hablar del cuerpo. Resucitan los cuerpos. Pero, ¿qué tipo de palabras es posible después de la muerte de Dios?
Muerto Dios, ¿cómo son los cuerpos que resucitan?
Pues, aunque San Pablo califica de necio a quien se pregunte esto, se
le podría contestar con Blake «si el necio persistiera
en su necesidad se volvería sabio» o, más cortésmente, «si
otros no hubiesen sido necios, lo seríamos nosotros» (6).
Ya que sobre el tema de la resurrección de los cuerpos apenas
si los primeros cristianos, los místicos, y el propio San Pablo,
han osado ser necios, trataré de llevar aquí mi necedad hasta
el extremo. Los pensamientos interesantes suelen surgir de posiciones
extremistas, porque es en los límites donde se experimenta el
abismo abierto a los pies del saber oficialmente aceptado.
¿Cómo son - por tanto- los cuerpos que resucitan? Nietzsche dice que
«sólo donde hay sepulcros hay resurrecciones» (7).
La pregunta tiene un cierto regusto necrofílico, un deje de profanador
nocturno de tumbas. ¿Qué puede surgir de un sepulcro? A lo mejor,
un cadáver. Pero incluso en un cadáver cabe la pregunta sobre
qué tipo de cadáver resucita. Depende siempre del grado de descomposición
en que se encuentre; incluso hay cadáveres incorruptibles.
En el cristianismo, no
hay duda: Creo en la resurrección de la carne. El cuerpo que resucita es, en la teología tradicional, un cuerpo de carne,
pero de carne indeferenciada, sin escisiones. Cuando San Pablo
habla del cuerpo glorioso, del cuerpo espiritual que resucitará
como cuando emplea la metáfora del cuerpo místico, insiste
en esas características: «Dios dispuso el cuerpo dando mayor
decencia al que carecía de ella, a fin de que no hubiera escisiones
en el cuerpo, antes todos los miembros se preocupen por igual
unos de otros» (8)
.
El cuerpo cristiano se caracteriza
por la indiferenciación entre sus miembros, en tanto todos son
iguales en Cristo. La doctrina del cuerpo místico es la
idealización de este cuerpo, no ya como organismo, sino como organización.
La comparación entre Iglesia y cuerpo es constante, con la singular
peculiaridad de que la Iglesia en tanto cuerpo carece de un elemento
fundamental, no es un cuerpo completo. Es Cristo quien
aporta dicho elemento, lo cual suele expresarse metafóricamente
diciendo que Cristo es la cabeza del cuerpo que es la Iglesia:
«llegándonos a aquel que es nuestra cabeza, Cristo, de quien
todo el cuerpo, trabado y unido por todos los ligamentos que lo
unen y nutren para la operación propia de cada miembro, crece
y se perfecciona en la caridad» (9)
.
La descripción que hace
San Pablo del cuerpo tiene, por tanto, las características
de ser trabado, unido, no escindido, lo cual puede ser muy conveniente
cuando se va a emplear como modelo de una organización con rasgos
muy determinados. Además, hay que tener en cuenta que esto no
es sino la descripción de un cuerpo ideal o, por decirlo de modo
más preciso, de la imagen ideal que del cuerpo se hacía San Pablo.
Sucederá que cuando él hable de resurrección de los cuerpos, siempre
lo hará sobre dicho modelo (10).
El cuerpo cristiano está definido por la dignidad de todos los miembros
que pertenecen a él, dignidad que les viene fundamentalmente de
su pertenencia, de su participación de la vida de Cristo,
que es la cabeza, más que de la función que desempeñen. Pero no
hay que olvidar que de dicho cuerpo
místico han quedado excluidos algunos miembros, los
réprobos. Aunque se insiste constantemente en la unidad existente
en él, que adquiere su plena realización tras el Juicio Final,
hay otra imagen de dicho cuerpo, la de los miembros que
pertenecieron pero que han sido excluidos y condenados al infierno.
La doctrina de la unidad del cuerpo místico va inseparablemente
unida a un desmembramiento que tiene lugar en todas las partes
del cuerpo, a un auténtico despedazamiento del cuerpo. No se logra
una identificación con el cuerpo místico sin la aparición en la
sombra del fantasma del cuerpo despedazado.
La reunificación de todos los miembros en el cuerpo místico sólo
tiene lugar para algunos miembros. Numerosas partes que pertenecieron
al cuerpo no estarán integradas en el cuerpo glorioso: serán órganos
que tendrán que pagar sus culpas por sus respectivas perversidades.
Todavía una precisión sobre el cuerpo místico. Cristo, en tanto Redentor,
es el que asume todas las culpas de los bienaventurados, permitiéndoles
con ello su participación plena en el cuerpo. El órgano del cuerpo
que representa Cristo, por tanto, es muy peculiar, pues
soporta sobre sí todas las maldades que han sido perdonadas, redimidas
por Cristo. De entre todas las funciones «malas» del cuerpo
hay algunas que serán toleradas en el cuerpo de la Iglesia. La sexualidad matrimonial será, de este modo, santificada.
Lo que queda eliminado del cuerpo cristiano (pese a su pretendida
unidad) son los órganos perversos, lo réprobo, únicamente. Además,
tras la resurrección, los bienaventurados nunca van a preocuparse
por la existencia infernal de dichos elementos perversos. El cuerpo
desmembrado pertenecerá a otro orden de cosas, estará situado
en otro lugar, desde el cual no perturbe la felicidad y la unidad
del cuerpo místico realizado
ya en su perfección. Precisamente por esto decía hace un momento
que San Pablo está hablando de un cuerpo
ideal, que pretende reconocerse a sí mismo como cuerpo
en la felicidad y en el goce, pero negando que dicha identificación
con el propio cuerpo tenga como otra cara, absolutamente necesaria,
la angustia producida por la aparición inesperada del fantasma
del despedazamiento del propio cuerpo, lo que Lacan ha
llamado «corps morcelé». La
unidad del cuerpo cristiano va a verse asaltada, desde otro orden,
desde otro lugar, desde el inconsciente, por la visión alucinatoria,
fantasmática, de su mismo cuerpo despedazado.
Dioniso y el despedazamiento del cuerpo
El aspecto fundamental
del mito de Dioniso respecto al tema del cuerpo era el que se
refería a su despedazamiento por los Titanes. Lo que se celebraba en las fiestas dionisíacas era este despedazamiento y la
reunificación anual de todos sus miembros en un único cuerpo,
reunificación en la cual, de algún modo, el propio Dioniso
entraba, por la vía de la embriaguez dionisíaca, en los participantes
en el misterio. El momento de exaltación que se producía en las
orgías dionisíacas provenía de esta unificación
de todos en el dios, en tanto el cuerpo de éste,
lo mismo que los participantes, había sido desmembrado, pareciendo
que sus órganos no tenían nada en común; al
celebrar su reunificación se lograba una identificación entre
todos los participantes, y de ahí la alegría, al verse todos como
idénticos, entre sí y con Dioniso. Se celebraba un martirio, pero
también una resurrección. Y en esta resurrección del
cuerpo dionisíaco experimentaban la profunda unidad de todos sus
cuerpos, muy por encima de su aparente individuación.
Nietzsche siempre conectará este mito del cuerpo de Dioniso con el tema de la necesaria
superación del individuo. Para él, Apolo es el dios de
la individuación, el que resuelve el problema trágico de la diferenciación
entre los hombres mediante el fácil expediente de su separación
en individuos. Sin duda Nietzsche también es un defensor
del individuo, cuando éste aparece contrapuesto a la especie.
Pero estos dos conceptos - dirá deben ser superados. Frente a
Apolo, el martirio de Dioniso permite celebrar,
en el momento de alta tonalidad vital que Nietzsche califica
de embriaguez dionisíaca, la participación de todos los exaltados
en una unidad primordial, superadora de la angustia anterior ante
el despedazamiento, de la separación entre todos los miembros,
entre todos los individuos. Esta asimilación del fantasma del despedazamiento del cuerpo, del aislamiento
de cada uno de sus miembros, de su incomunicación, se logra en
la experiencia dionisíaca, en la orgía, en un momento de plena
superación del sí mismo y de integración en un ser primordial
al que Nietzsche alude con frecuencia en El origen de
la tragedia.
Mientras Apolo sólo expresa la separación entre los miembros y mientras
el Crucificado remite su reunificación a un lejano Apocalipsis,
Dioniso expresa la posibilidad de asumir, en un momento
vitalmente intenso, este despedazamiento y, afrontando la angustia
que la experiencia de la individuación lleva consigo, llegar a
la reunificación del cuerpo, a la plena afirmación del mismo,
que se produce en la fiesta dionisíaca. Como dice Nietzsche:
«Apolo se eleva ante mí como el genio del principio de individuación,
único que puede realmente suscitar la felicidad liberadora en
la apariencia transfigurada: mientras que, al grito de la alegría
mística de Dioniso, el yugo de la individuación se rompe y se
abre el camino hacia las causas generatrices del ser, hacia el
fondo más secreto de las cosas» (11).
A Apolo, y de modo aún más reactivo al cristianismo,
sólo le cabe, ante la angustia del
propio cuerpo individual que se expresa en el despedazamiento,
el recurso de transfigurar el cuerpo, de elaborar un cuerpo ideal
con el que sea posible la identificación y con ello la afirmación
del cuerpo propio como completo, como no castrado. Pero ese cuerpo
transfigurado es puramente aparente, está fosilizado. En
la danza dionisíaca se llega a la afirmación plena del
cuerpo, asumiéndolo precisamente en su despedazamiento, en su
castración. Al dar expresión a este reunificarse - y el dar
expresión sólo se concibe en el arte, a través de un lenguaje-
puede uno superar la individualidad de su propio cuerpo y llegar
a la identificación con la naturaleza. Sólo a partir de esto puede
hablarse de tragedia. En su origen está el culto dionisíaco.
Pero éste depende de un momento de alta tonalidad vital, de gran
expresión corporal, y tenderá constantemente a repetirlo. El arte
(y sobre todo la música) sería el medio que encontró el culto
dionisíaco para darse prolongación a sí mismo y poder repetir
esa experiencia de la exaltación. En sus libros posteriores, Nietzsche
defenderá la danza como arte propiamente dionisíaco.
Pero en tanto lo dionisíaco se expresa en el arte, sobre todo
si lo hace por medio del lenguaje, penetra en el terreno de lo
apolíneo. De ahí que en Nietzsche
lo apolíneo y lo dionisíaco no aparezcan separados.
Apolo, reino del lenguaje, en donde impera la individualidad
del «yo», permitirá a Dioniso expresarse, pero a su vez
el impulso a la expresión proviene de Dioniso, de modo
que incluso el arte más formalizado (incluso el concepto más abstracto,
dirá Nietzsche cuando aparezca Sócrates como enemigo
caracterizado de lo dionisíaco) tiene su raíz en algún elemento
dionisíaco. Dicho elemento aparece enmascarado y petrificado,
pero un genealogista experto puede descubrirlo y llevarlo a su
máxima expresión en la multiplicidad de las caras, facetas y formas
de decirlo que hay. Llevando lo apolíneo hasta el extremo, hasta
su máxima fluidez, es como puede brotar en su originalidad lo
dionisíaco. «Dioniso habla la lengua de Apolo, pero Apolo habla
finalmente la lengua de Dioniso; y de este modo es alcanzado el
fin supremo de la tragedia y el arte » (12).
Esta plena expresión de Dioniso no es un estado duradero; más bien es
una cumbre de expresividad a la que se llega cuando lo dionisíaco
reaparece efectivamente más allá de sus velos apolíneos. Precisamente
es lo que pretende el estilo basado en aforismos: llegar
a la fórmula particularmente expresiva, que lo es sobre todo por
su diferencia con otras máximas en las que pretendió expresarse
el mismo impulso. Se trata de llegar a las montañas más elevadas
de entre todas las que forman los aforismos, pero no por el placer
de subir, sino por el de saltar de una a otra. Frente al concepto
del saber como trabajoso ascenso y progreso por sus pasos necesarios,
como enseñanza, Nietzsche trata de recuperar el de experiencia
y, aún más, el de multiplicidad de experiencias para dar cuenta
de una misma combinación de impulsos. Frente al espíritu de la
pesantez que asciende lentamente cada montaña (y a algunos sólo
a hombros del propio Zaratustra), Nietzsche tiene largos
pies para saltar de una montaña a otra, de una experiencia en
la que lo dionisíaco consiguió expresarse en un aforismo a otra
en que lo hizo de modo diferente. Esta ligereza, esta permeabilidad
de lo dionisíaco para aparecer bajo una multiplicidad de máscaras,
es lo que puede caracterizar el pensamiento de Nietzsche en
el tema del cuerpo de Dioniso.
Este se distingue por la enorme fluidez de todos sus miembros, por la multiplicidad
de expresiones que puede lograr cada uno de ellos, por la no fijación
ni limitación de los elementos simbólicos que pueden expresarlos.
La unidad del cuerpo dionisíaco es propiamente esta fluidez,
esta pluralidad de símbolos que expresan cada una de sus partes,
este pleno deslizamiento de la función pretendidamente única de
cada órgano hasta una multiplicidad de representaciones de los
impulsos (y no las funciones)
que le caracterizan.
El cuerpo dionisíaco es
lo más opuesto a un esqueleto.
El eterno retorno del cuerpo
Nietzsche no sólo es un pensador de la muerte de Dios, no sólo es un adversario del cristianismo,
en tanto forma de nihilismo. Su doctrina fundamental - el punto
solsticial de la historia, lo llama- es la del eterno retorno. Pensamiento radical, sin duda
alguna, que obliga para soportarlo a morder la cabeza de la serpiente,
introducida en la boca del pastor y, después, en la del propio
Zaratustra.
Una serpiente introducida en la boca propia, y que produce el ahogo, no puede
ser considerada como algo exterior al propio cuerpo. Morderla
es morderse. 0, por decirlo de modo más claro, es aceptar la propia
castración. La
experiencia del eterno retorno
(en tanto experiencia y no como doctrina), en la imagen que de
ella da Nietzsche, es una
experiencia de castración. Y no hay que olvidar que
«el momento en que yo he concebido el eterno retorno es inmortal,
y a causa de dicho momento yo soporto el eterno retorno» (13).
Es la experiencia lo que permite aguantar la doctrina. No hay
posible comprensión, no se puede oler la idea del eterno retorno
si no es en un estado de alta tensión vital, uno de los estados
en que Nietzsche escribía el Zaratustra, o, si se
quiere, el de la revelación que tuvo en Sils- Marie de dicha doctrina.
Nietzsche no trata de exponerla para todo el mundo, sino
sólo para los que la pueden entender, que son aquellos que han
pasado la experiencia del eterno retorno. Así es como se
constituyen los adeptos del Círculo Vicioso del que habla Klossowski
(14).
Pero entonces, si el eterno retorno supone haber asumido el cuerpo propio
como castrado, ¿qué significado puede tener dicha doctrina con
respecto al cuerpo? Desde luego, sólo uno: el eterno retorno de
lo idéntico significa también retorno del cuerpo idéntico, retorno
eterno del cuerpo castrado.
Hay que soportar la idea del eterno retorno del cuerpo castrado; hay que ser
un camello, tener grandes hombros para soportar dicha idea. Pero,
además, hay que afirmar esa castración del cuerpo como propia y como deseada.
El camello debe transformarse en león. Por último hay que superar
el asco que produce la idea del eterno retorno, la angustia del
cuerpo propio despedazado eternamente, y verla en su absoluta
inocencia: para ello el león debe transformarse en niño. Sólo
el niño puede afirmar esa inocencia, pues no está atado a un cuerpo
suyo, a una identificación con su cuerpo. Todavía es perverso
y polimorfo.
Para aceptar esta idea, en efecto, hay que haber pasado por morder uno mismo
la cabeza de la serpiente, es decir, por la autocastración, por
la identificación con el padre al que le era atribuida la castración.
Recuérdese que en la escena del pastor Zaratustra trata
de arrancarle la serpiente de la boca, pero no puede: nunca
la castración es exterior a uno. Ha de ser el propio
pastor el que muerda la cabeza de la serpiente. No basta con soportar
la idea del cuerpo propio castrado; hay que transformarse en león
y verse a sí mismo en la autocastración. Hay que identificarse
con la deforme figura de Saturno devorando a sus hijos.
Pero - en Nietzsche- todavía no es suficiente. No en vano de la idea
de eterno retorno él
puede deducir una parodia del imperativo
categórico: «No viváis contemplativamente esperando
bienaventuranzas y gracias desconocidas, sino de modo que quisierais
vivir otra vez y vivir del mismo modo eternamente» (15).
Puesto que ese es nuestro destino, la voluntad de poder quiere
ese destino, y lo quiere eternamente, superando el asco del nihilista
ante el eterno retorno.
En Nietzsche no basta con haber asumido la castración del cuerpo como propia, como hecha por uno. Pues
esta aceptación se puede hacer en la resignación, en la culpa.
Lo propiamente dionisíaco es desear
la autocastración, y desearla repitiéndose eternamente. Es afirmar
la radical inocencia del cuerpo castrado, es aceptar el pasado
como deseado por uno (16),
ver que el pasado no tiene ninguna culpa que pagar, único modo
de que podamos vivir el presente deseándolo para su eterna repetición,
y no referiéndolo a un futuro que le daría sentido, lo cual sería
propio de un pensamiento nihilista. Y Nietzsche
quiere diferenciarse al máximo de eso, porque él a su vez fue
nihilista: «Que yo he sido hasta aquí fundamentalmente
nihilista, hace muy poco tiempo que me lo he confesado a mí mismo:
la energía o el radicalismo con que he marchado como nihilista
me han ocultado este hecho importante» (17)
.
El eterno retorno sólo adquiere su
sentido pleno si el león se transforma a su vez
en niño, si se afirma y se experimenta la radical inocencia del
devenir. «Únicamente la inocencia del devenir nos da el gran
valor y la gran libertad» (17). 0, si quisiésemos decirlo
en una formulación más rica para confrontarla con la de Freud:
la castración del propio cuerpo,
el fantasma del cuerpo despedazado, retorna constantemente, por
mucho que se esfuerce la conciencia en denegarla. Pero ese retorno
puede ser experimentado de dos modos: en el gran asco, en la angustia,
en el temor a la castración o, por el contrario, en una nueva
y posterior experiencia: la de la afirmación y el deseo del eterno
retorno. Para Nietzsche, en el tema del cuerpo,
Freud sería el nihilista perfecto. Frente a él, Zaratustra
profetiza el advenimiento de una nueva especie superadora de dicho
nihilismo: el superhombre.
Sin embargo, no hay que olvidar que el propio Nietzsche
es un nihilista y que considera al nihilismo como el destino de
Europa. Pero el nihilismo, el
producto más coherente con el hombre, debe ser superado porque
el hombre debe ser superado. El mismo Zaratustra
es «El convaleciente» antes de poder hablar del eterno retorno.
Pero tras su convalecencia se levantará fuerte y alegre y volverá
a bajar de su montaña para cometer su último pecado de compasión,
al acudir a la llamada de auxilio del hombre superior, que es
todavía incapaz de desear eternamente su propio cuerpo castrado
(18).
Sólo tras la convalecencia, tras la superación del nihilismo, tras la
experiencia del cuerpo castrado
y a pesar de ello (¿por ello?) inocente, podrá hablarse en Nietzsche
de una auténtica resurrección de los cuerpos. El
cuerpo del que hablará Nietzsche refiriéndose
al superhombre será un cuerpo que podrá ser deseado retornando
eternamente. Será un cuerpo resucitado, pero de nuevo en el sentido
de cuerpo glorioso. Será un supercuerpo.
Hombres superiores, superhombres, supercuerpos y superdragones
«Escuchadme a mí, hermanos, escuchad la voz del cuerpo sano, que es una voz
más pura y más honrada. El cuerpo sano habla más pura y lealmente;
el cuerpo perfecto y cuadrado; y habla del sentido de la tierra»"
(19).
Nietzsche es un pensador del cuerpo sano. Esto no es contradictorio con su enorme valoración de la enfermedad, con la
unidad en que ve siempre la salud y la enfermedad. La enfermedad
- y en su caso lo fue claramente- puede ser una ocasión insustituible
para reconocer el cuerpo propio como de tipo sano, por
muchas enfermedades que deba aguantar a lo largo de su vida. Nietzsche,
en tanto médico, no se interesa por el problema de la cura
del cuerpo enfermo, sino por la diferenciación entre cuerpos sanos
y cuerpos que expresan un impulso decadente, nihilista. El
cuerpo sano ha de ser capaz de la danza, de la afirmación dionisíaca
de la vida en la multiplicidad de formas en que puede aparecer,
debe ser fundamentalmente polimorfo. «Yo soy una ley únicamente
para los míos, no soy una ley para todos. Mas quien me pertenece
tiene que tener huesos fuertes y también pies ligeros, deben gustarle
las guerras y las fiestas, no ser un hombre sombrío, ni un soñador,
debe estar dispuesto a lo más difícil como a una fiesta suya,
hallarse sano y salvo» (20).
Y ello porque sólo en la multiplicidad de formas es posible que una fuerza
no se limite a aparecer, sino que tienda sobre todo a crecer en
intensidad. Lo cual caracteriza a la voluntad de poder.
En esa polimorfía la
pluralidad de impulsos que actúan en todo cuerpo adquiere posibilidades
de manifestarse y, sobre todo, de desarrollarse, de aumentar todos
ellos en intensidad, en poder, de llevar al extremo el conflicto
originario que existía entre todos esos impulsos. En un cuerpo uniforme, por el contrario, la expresión
que consigue ese conflicto instintivo es muy pobre en variantes
y por ello acaba anquilosándose, para degenerar posteriormente.
La tragedia dionisíaca
precisaba para poder aumentar en intensidad del apoyo del arte,
del lenguaje, de lo apolíneo, por mucho que velase el conflicto
inicial. Pues, aún oscureciéndolo, ofrecía a lo dionisíaco algo
imprescindible: una multiplicidad
infinita de posibles expresiones. En este sentido es
en el que afirmo que el cuerpo sano del que habla Nietzsche
es un cuerpo esencialmente polimorfo. De lo contrario,
el otro gran pilar de su doctrina, la voluntad de poder,
no tendría cabida en dicho cuerpo, pues para desarrollarse exige
una pluralidad de elementos donde manifestarse.
Porque Nietzsche en ningún momento ha olvidado su condición
de pensador trágico: el conflicto entre voluntades
poderosas permite aumentar su poder a todas ellas y, lo que es
más importante, al crecer en grado de intensidad llegan a expresar
el conflicto primordial de la naturaleza, que define lo trágico
para Nietzsche. Un cuerpo sano debe
ser el que manifieste dicho conflicto de la naturaleza en el grado
más intenso posible.
La pregunta que me hago es: ¿mantiene Nietzsche
su pensamiento trágico cuando se pone a hablar del cuerpo del
superhombre?
Por de pronto, veamos el discurso que Zaratustra dirige
a los hombres superiores, en tanto posibles precedentes del superhombre:
«Tampoco sois lo suficientemente bellos ni de buena raza, para mi gusto. Yo
tengo necesidad de espejos puros y lisos para recibir mi doctrina;
reflejada por vuestra superficie, mi propia imagen sería deforme»,
y después continúa: «Yo espero a otros aquí, sobre estas montañas
y sin ellos no quiero dar un paso lejos de aquí; otros que serán
más grandes, más fuertes, más victoriosos, hombres más alegres,
construidos a plomo y cuadrados de la cabeza a los pies: ¡es preciso
que vengan, los "leones reidores"! » (21).
El cuerpo de los hombres
superiores no es todavía el del superhombre. Parece que los supercuerpos, aparte de ser bellos, fuertes, perfectos y cuadrados,
tienen necesidad de que incluso sus imágenes no sean deformes.
El problema es: un cuerpo
de este tipo, ¿sigue siendo un cuerpo? ¿Puede existir un cuerpo
sin el riesgo de tener que identificarse con su imagen, por deforme
que sea ésta, por cóncavo e irregular que sea el espejo que la
refleje? Aún más, ¿es algo más el cuerpo
que esa identificación con sus imágenes, que esa infinita deformidad
y monstruosidad posible en sus imágenes?
El superhombre de Nietzsche parece demarsiado apolíneo;
tiene una única forma. Se ha perdido aquella multiplicidad de
máscaras y de formas que constituian al cuerpo dionisíaco. Cuando se habla de cuerpo perfecto, cerrado y construido a plomo (22),
se está hablando de un cuerpo compacto, se está llegando a un
cuerpo ideal en el cual ya no se asume, ni se desea, ni se celebra,
el despedazamiento del mismo, su castración. Y, ¿acaso no debe
retornar eternamente el martirio dionisíaco?
Evidentemente, el supercuerpo debe ser flexible y capaz de danzar. Pero
danzas hay de muchos tipos. Un cuerpo
apolíneo puede no perder en absoluto su apolineidad,
sino más bien perfeccionarla, hacer su belleza aún más formal,
en numerosas danzas. El problema es que, en estos tipos de baile,
difícilmente se acaba con el grito que expresaba la alegría mística
en los cultos dionisíacos.
El cuerpo que Nietzsche
anticipa al superhombre parece haber prescindido de los aspectos
dionisíacos que hasta ahora tenían los anteriores. En otros campos es cierto que lo apolíneo, llevado a sus extremos, acaba expresándose
como dionisíaco. Así, la ciencia, que surgió negando el mito,
se ha revelado como fecunda creadora de nuevos mitos. Pero en el cuerpo del superhombre, tal y como lo describe Nietzsche, difícilmente aparecen
elementos dionisíacos. El mismo aspecto de embriaguez,
de exaltación, de afirmación pura y plena de sí mismo en el despedazamiento
del sí mismo, que caracterizaba las danzas dionisíacas, ha desaparecido
cuando se habla del superhombre: «su palabra (la de
Zaratustra) pronunció el panegírico del egoísmo, pero del egoísmo
sano y bueno, que brota del alma poderosa, del alma poderosa que
vive en un cuerpo superior, bello, victorioso y confortante, en
torno del cual todas las cosas se convierten en espejos: un cuerpo
flexible y persuasivo, el danzador cuyo símbolo y cortejo es un
alma contenta de sí misma» (23).
El conflicto trágico del que Nietzsche
hablaba ha decaído mucho cuando se describe el superhombre.
El mismo parece reconocerlo, y en un momento dado afirma que dicho
conflicto no disminuirá en absoluto con el superhombre, porque
entonces existirá un superdragón que amplifique y desarrolle
el antagonismo al superhombre (24).
Pero este superdragón aparece como exterior al superhombre
o, por lo menos, a su cuerpo, en tanto éste es perfecto. Con esta
exteriorización, los elementos trágicos
disminuyen apreciablemente.
Todo este desarrollo nos ilustra sobre la dificultad del tema que afrontó Nietzsche:
la afirmación y el deseo de la autocastración
simbólica del cuerpo, en tanto éste es radicalmente inocente.
Dentro de una trayectoria no cristiana ha sido Sade quien
se ha interesado por este tema, aunque en una perspectiva muy
distinta: la afirmación de la perversión
es el elemento clave en que basará Sade su tratamiento del cuerpo.
Ya es tiempo de que nos hagamos la pregunta clave: el cuerpo, ¿resucita por
su inocencia o por su perversión? 0, yendo más lejos, de verdad
se oponen la inocencia en el sentido nietzscheano y la perversión
tal y como la significa Sade? ¿No habría en Nietzsche
elementos para pensar que es sólo la perversión del cuerpo llevada
a sus extremos lo que permite hablar de una inocencia del cuerpo?
Lo que está en juego, en último término, son los caracteres del cuerpo: si
sólo es polimorfo o, como la libido infantil de que habla Freud,
es polimorfo y perverso, por cuanto
es inocente como la sexualidad infantil.
El león, al transformarse en niño, debe asumir esta condición perversa e inocente,
en el sentido plenamente nietzscheano de amoral. Como dice Nietzsche:
«La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar lo serio
de cuando se era niño» .
Al afirmar un cuerpo no sólo polimorfo, sino también
perverso, lo que estoy marcando es la dependencia que una
afirmación del cuerpo propio, que se da en el goce,
tiene con respecto a la ley que lo ha constituido como unidad,
inseparable del fantasma de castración
y despedazamiento. Como
dice Bataille en L'érotisme, el
goce surge de la transgresión, y este impulso a la transgresión
es lo que permite una superación de lo prohibido. Más
problemático me parece el carácter hegeliano que, explícitamente,
da a dicha superación; pues difícilmente podrá evitarse la aparición
de una meta, el espíritu hegeliano, a la que tiende, aun sin certeza
subjetiva de que ello suceda. Pero el mismo Bataille elimina
esta dependencia de sus maestros cuando afirma: «El ser en
verdad se divide, su unidad se rompe, desde el primer instante
de la crisis sexual. En ese momento, la vida pletórica de la carne
choca con la existencia del espíritu. Incluso el acuerdo aparente
no basta: la convulsión de la carne, más allá del consentimiento,
pide el silencio, pide la ausencia del espíritu» (26).
Lacan con Sade
Un eterno retorno de los
cuerpos, una resurrección de los cuerpos sólo tiene sentido en
Nietzsche a partir de una disolución de la identidad
personal, de una desaparición del espíritu aparición, como dice
Bataille, de una disolución
del yo. Un cuerpo dionisíaco resucitado es un cuerpo liberado
de su culpa, un cuerpo que desea su propio despedazamiento, en
tanto lo que queda descuartizado es el yo que impedía la resurrección
de los cuerpos al afirmar: «Esto es mi cuerpo.»
En la teoría cristiana del cuerpo místico,
los miembros pertenecían al cuerpo por su referencia a Cristo,
que era la cabeza, por ser todos iguales en Cristo. Aparentemente,
era la cabeza el órgano en torno al cual giraban todos los demás.
Se trataba de un cuerpo centralizado: sus miembros adquirían valor
por su subordinación a la cabeza, a lo espiritual. Incluso la
resurrección de los cuerpos basaba su realidad como esperanza
en el hecho de que Cristo ya había resucitado, con lo cual
el pecado había sido vencido. Y fue el pecado el que introdujo la muerte de los cuerpos
en el mundo; por eso la resurrección de Cristo
es fundamentalmente un primer triunfo contra la muerte, anticipo
del definitivo triunfo final de la resurrección de los cuerpos.
Al celebrar en la Eucaristía la Pasión y la Resurrección se participa
de algún modo en dicho triunfo sobre la muerte; de ahí la relación
existente entre la Eucaristía y la resurrección de los cuerpos:
«El que come mi carne y bebe mi sangre tiene la vida eterna
y yo le resucitaré el último día» (San Juan 6, 54). Los gnósticos,
que negaban la resurrección, fueron criticados por San Ireneo
precisamente basándose en esa argumentación: «Si nuestros cuerpos
participan de la Eucaristía, entonces ya no son corruptibles,
porque tienen la esperanza de resucitar para siempre» (Adv.
haer. IV, 18, 5). Es la participación en el cuerpo
resucitado de Cristo lo que permitía a los primeros cristianos
esperar su propia resurrección; el carácter místico de sus cenas
provenía de todo esto: no de una pretendida transustanciación,
sino de que se estaba celebrando una resurrección corporal, que
anticipaba la que en el futuro - que creían inmediato- iba a permitirles
a ellos y a sus muertos resucitar. Recientemente, algunos teólogos
protestantes se han interesado por el tema del cuerpo en los primeros
cristianos (27), para
hacer ver las enormes diferencias entre sus teorías y las que
tradicionalmente han sido consideradas como teoría cristiana sobre
el cuerpo.
De cualquier forma, la referencia a Cristo como cabeza, que permite hablar
de un cuerpo espiritual, aparece numerosas veces en San Pablo.
Lo subversivo de Freud está en desenmascarar esta pretendida
espiritualización del cuerpo,
descubriendo otro orden, el inconsciente, que desmiente
constantemente ese cuerpo espiritual, haciendo ver en los puntos
de discontinuidad del discurso consciente la aparición de un deseo
inconsciente expresivo de una economía libidinal absolutamente
distinta de la ideafizante unidad de los miembros en la cabeza
que es Cristo.
Posteriormente Freud, al investigar esa economía libidinal, hizo su descubrimiento
capital: el Edipo. Y el Edipo, respecto al tema del cuerpo, expresa que todos los deseos iniciales del
niño, en toda su polimorfía y perversidad, han de pasar por una
genitalización o una sublimación (que es lo que se considera como
ideal de la cura), teniendo como otras salidas la perversión y
la locura. Freud, y todavía más W. Reich, se constituye
como defensor de las dos primeras posibilidades, que suponen la
subordinación de todos los órganos corporales a uno privilegiado,
el falo, pues el complejo de castración es el que rige el desarrollo
del Edipo, tanto en el hombre como en la mujer.
Posiblemente es Lacan (aunque desde una perspectiva muy diferente, en
absoluto optimista respecto a la cura, como Freud en su
Análisis terminable e interminable) quien ha visto con más claridad
esta aparición, en Freud, de un significante privilegiado,
el falo, al cual se refiere
todo el orden inconsciente. Ello hasta el punto de que el niño,
para pasar el Edipo, debe afrontar fundamentalmente los
problemas de tener el falo y de ser el falo, primeramente, en
tanto objeto del deseo de la madre; teorías que Lacan desarrolla
en profundidad en muchos artículos de sus Ecrits, singularmente
cuando se refiere a la sexualidad femenina.
En el psicoanálisis, resumiendo, tendríamos
una teoría del cuerpo muy distinta al cristianismo.
Por de pronto, queda de manifiesto que cuando se hablaba de cabeza
se estaba aludiendo al falo.
En efecto, el cuerpo interesa en tanto desempeña un papel fundamental
en la constitución del inconsciente, orden simbólico y referido
a un significante privilegiado, el falo, cuya adecuada adquisición permite la «salud mental».
La psicosis (el caso del presidente Schreber) puede ser una de
las consecuencias de la no adquisición de dicho significante en
el lugar central que le corresponde, al suponer un trastoque absoluto
de la estructura del inconsciente.
Sin embargo, en el mismo momento en que Lacan se esfuerza por demostrar,
tanto en la perversión como en la locura, la dependencia que tiene
respecto al significante falo, se está reproduciendo una estructura
de cuerpo centralizado, esta vez en torno al falo.
En el caso de Sade, defensor vigoroso de la perversión en el tema del
cuerpo, es claro que hay una subordinación de todas las perversiones
a la sodomía y, paralelamente, de todo el cuerpo al ano. Su afirmación
de la sodomía como placer máximo del libertino viene de una crítica
a cualquier función «natural» asignada a un órgano corporal y
en particular, a la función reproductora pretendidamente central
en la sexualidad. Sin duda la sodomía, y el ano, llenan bien este
papel de críticos de la funcionalidad orgánica; pero, en resumen,
Sade pensará al cuerpo centrado en torno a dicho órgano,
así como las relaciones sexuales normales, no perversas, se centran
en el papel del falo,
el cual define la meta, el orgasmo masculino, aunque dé un margen
de satisfacción a las pulsiones parciales.
Lacan, en su «Kant con Sade», ha visto que esta crítica por parte de
Sade de la funcionalidad, esta defensa de la perversión,
sigue atada radicalmente a la Ley que rige el orden inconsciente,
Ley impuesta por el Padre simbólico en tanto poseedor del falo.
De todos modos, aparece
claro que tanto en el cristianismo, como en el psicoanálisis,
como en Sade, se mantiene a rasgos generales una idea de cuerpo
coherente en tanto referido a un centro, de unidad del cuerpo
en tanto éste sea un cuerpo centralizado alrededor de un órgano.
A partir de Klossowski
El resumen de estas tres teorías nos puede dar idea de las consecuencias de
un pensamiento sobre el cuerpo como el que vimos antes en Nietzsche,
en lo referente al eterno retorno y a Dioniso. Afirmar el despedazamiento
del cuerpo, desear que se produzca eternamente, supone una ruptura
radical con todas estas teorías; por de pronto, en cuanto al cuerpo
centralizado en un órgano.
El despedazamiento de Dioniso, al ser deseado, expresa
la ruptura, la explosión, de un cuerpo del tipo anterior, centralizado.
Pero no sólo eso. Si Dioniso se despedaza es para expresar la
insuficiencia del individuo en su recomposición posterior. Afirmar
el cuerpo dionisíaco, afirmar el eterno retorno de dicho cuerpo,
supone hacer una crítica del yo, del concepto de individuo. Es,
ante todo, una crítica del nombre propio. La experiencia del eterno
retorno incluye verse como la infinita serie de individuos que
se va a ser, y verse como idéntico a ellos. En el delirio final
nietzscheano, supondrá firmar Dioniso firmar Nietzsche, firmar
el Crucificado. Y sin duda es una locura que va de acuerdo con
la doctrina del eterno retorno.
Con respecto al cuerpo, por tanto, ya no tendrá sentido hablar de cuerpo propio,
no porque el cuerpo no exista, sino porque se ha volatilizado
ese «yo» que permite hablar de propio. Sólo en la ruptura de la
identificación con el cuerpo propio se puede hablar de cuerpo
dionisíaco. Si en Lacan esa identificación con la imagen
en el espejo era la etapa fundamental en la constitución del sujeto
y en la aparición del yo (28),
aparte de preludio de su posterior identificación con el falo
y con el Otro simbólico (supuesto completo), ya en dicho estadio
del espejo aparecía el fantasma del despedazamiento, del cuerpo
troceado inseparable de dicha identificación con el propio cuerpo.
Nietzsche hace ver que en este despedazamiento está la aniquilación
de «mi» cuerpo, así como
de «mí», o, al menos, eso es lo que intenta expresar
dicho fantasma. Pero en tanto Dioniso habla en términos
apolíneos, en los que el yo y el individuo están en su
campo, esa aniquilación se logra expresar muy pocas veces. Unicamente en los momentos de alta tonalidad vital, de embriaguez dionisíaca,
desaparece el espíritu, queda reducido al silencio. El Yo es aniquilado
y el cuerpo resucita.
Si se rompe la estructura centralizada del cuerpo es porque se rompe «mi»
cuerpo, se despedaza el yo en una pluralidad de impulsos
puramente azarosos. En efecto, el privilegio del signo «yo»
en el lenguaje usual, como señala Klossowski (29)
proviene de ocupar una posición absolutamente central en dicho
sistema de signos. La disolución
del yo, su silencio,
supone una explosión de esta estructura
centralizada del lenguaje; paralelamente, tiene lugar
una destrucción parecida del cuerpo centralizado, sea en torno
a la cabeza, al falo o en torno al ano. Al atacar
el yo se está defendiendo la posibilidad de un cuerpo plurimorfo, en el cual difícilmente
se puede identificar un órgano si no es en la pluralidad de funciones,
perversas o no, que puede desempeñar; en su infinitud de significaciones.
Se trata de una ruptura con el concepto de identificación, o, más bien, del
hallazgo de un nuevo tipo de identificación. En efecto, si volvemos
al cristianismo y a su resurrección de los cuerpos, la polémica
fundamental fue si los cuerpos resucitados eran iguales a los
actuales. Orígenes lo negaba, relacionándolo con el problema
de si los cuerpos gloriosos tenían o no órganos sexuales. Pero
es una excepción: "Según doctrina universal, el cuerpo
resucitará en total integridad, libre de deformidades, mutilaciones
y achaques". Santo Tomás enseña: "El hombre
resucitará en su mayor perfección natural, y por eso tal vez resucite
en estado de edad madura. Pertenecen también a la integridad del
cuerpo resucitado todos los órganos de la vida vegetativa y sensitiva,
incluso las diferenciaciones sexuales (contra la sentencia de
los origenistas). Pero, sin embargo, ya no se ejercitarán las
funciones vegetativas. Serán como ángeles en el cielo"
(30).
El cuerpo glorioso es un cuerpo no castrado, con
sus órganos sexuales, pero a los que les faltan sus funciones
vegetativas. No hay opción a esos momentos de disolución del espíritu,
de disolución del yo (y cómo iba a haberla, si el cielo es la
máxima afirmación de lo espiritual, de la idealización del cuerpo),
que pudieran turbar la armonía y unidad de dichos cuerpos. Ya dije antes que de lo que se trata aquí es de una identificación con un cuerpo
ideal, el cuerpo de Cristo. Es con este mecanismo de identificación
con el que se va a romper.
Frente a esta mítica «perfección natural» de un cuerpo de que habla Santo
Tomás, y que lo único que expresa es el horror a la castración
de dicho cuerpo, a su no perfección, lo que se deduce del pensamiento
de Nietzsche es la crítica radical al concepto de cuerpo
propio, afirmando la diferencia que aparece en eso que se llama
«mi cuerpo» a lo largo de las distintas edades,
pero no sólo eso, sino también a través de los distintos momentos.
Frente al «Esto es mi cuerpo»
el «no existe mi cuerpo, por eso resucita el cuerpo».
Se intenta marcar la contraposición entre el cuerpo meramente
apolíneo, que se afirma como propio y que teme la castración y
la muerte, siendo incapaz del riesgo, y el cuerpo en un momento
de alta tonalidad vital, en el que se rompe esa estructura triplemente
centralizada (respecto al yo, respecto al falo, respecto a la
muerte), y en el que aparece un nuevo lenguaje de síntomas corporales
absolutamente distintos, sea en la danza, en la embriaguez dionisíaca,
en la crisis sexual de que habla Bataille o en la locura.
El pretender una identidad del cuerpo a lo largo de los diversos
momentos, en sus distintas intensidades, supone autocolocarse
en una posición exterior, de espectador, de testigo, y ya vimos
que el más feo de los hombres había matado a Dios porque éste
pretendía constatar que su cuerpo continuaba siendo el mismo en
todos los momentos, porque era el soporte de la pretendida identidad
del yo. Los testigos, los espectadores,
corren el peligro de ser asesinados por los hombres más feos,
que son muchos, y que hablan por boca del inconsciente.
De aquí proviene también la crítica de Nietzsche a la ciencia, y su defensa
del arte en tanto creación. La ciencia que tendría sentido para
Nietzsche, la filosofía que
él trata de hacer, es la que habla de las experiencias, de esos
momentos de gran vitalidad, y que, aunque se expresa en un lenguaje
al que constantemente acusa de ser inválido para ellas, sin embargo,
en la multiplicidad de figuras en las que lo hace, en el modo
diferente de exponerlas, puede dar cuenta de dichas experiencias
precisamente allí donde no trata de definirlas ni de enmarcarlas
en una serie de conceptos: en el paso de un aforismo a otro, en
ese salto entre dos elevadas montañas en el que se reexperimenta
la profundidad del abismo que se abre entre una y otra, paralelo
al que separa un instante de otro. Todo ello se diferencia
de la platitud de determinados lenguajes científicos, o del trabajoso
ascenso que se supone regla de oro de la pedagogía científica,
en tanto se piensa que se tiene algo que enseñar. De Nietzsche
no se deduce una enseñanza, por suerte.
El cuerpo despedazado resucita a la
pluralidad de impulsos (de voluntades de poder) que actuaban en
él, y al haberse roto la estructura centralizada que impedía el
desarrollo de dichos impulsos, el conflicto entre éstos puede
ampliarse, puede recuperar sus propios caminos, su propia
espontaneidad, por encima del corsé opresivo que le imponía el
lenguaje. En esta resurrección de los impulsos se
experimenta que en el despedazamiento resucitan muchos cuerpos,
enmascarada una pluralidad de fuerzas por la pretendida identidad
del cuerpo propio; fuerzas que, en sus infinitas combinaciones,
pueden dar impulso a otros tantos cuerpos. Resurrección
que, además, no está referida a un futuro, a una parusía,
sino que, de encontrarla en algún lado, hay que buscarla en la
destrucción de la identidad del cuerpo propio, en el asumir y
desear su despedazamiento. Evidentemente, el aristocratismo de
Nietzsche se deduce de modo inmediato. Una experiencia
de ese tipo incluye estar acostumbrado a una crítica radical
de sí mismo, haber afrontado y haber convalecido del nihilismo.
Y aun con esta condición, nada está asegurado.
Nietzsche caracteriza tipos sanos y tipos decadentes a posteriori. El cuerpo
de tipo sano es el que puede soportar esta experiencia
del eterno retorno, de asunción del despedazamiento del cuerpo
y del yo. Sus constantes enfermedades le dieron la convicción,
al afrontarlas, de que él estaba dentro de ese tipo, de que era
capaz de soportar la idea del eterno retorno, en tanto
había pasado por su experiencia.
El problema máximo de toda la teoría es que no sólo hay que haber pasado por
la experiencia, sino que dicha experiencia retorna eternamente,
puede volver en cualquier momento. «El día de la parusía vendrá
como ladrón» decían los Apóstoles en sus predicaciones a los
primeros cristianos, expectantes ante la resurrección de los cuerpos.
Para el adepto del Círculo Vicioso, para las personas que se han
arriesgado a la idea del eterno retorno, el problema mayor es
que dicha experiencia ya está retornando, se está repitiendo.
En cualquier instante, de modo puramente azaroso, resucitaron- resucitan-resucitarán
los cuerpos.
Si para una experiencia hace falta una larga preparación, toda una historia,
el precio que por ahora exige su repetición es la locura. La teoría
del cuerpo nietzscheano, su constante resurrección
de los cuerpos, exige unas fuerzas muy superiores a las del hombre
actual para ser soportada en las experiencias que conlleva. Nietzsche
es lo suficientemente optimista para profetizar la llegada de
una nueva especie capaz de asumir este cuerpo que, sin embargo,
es ya el cuerpo del hombre. Serán los
superhombres.
Freud se limita a tratar de curar - y desespera de lograrlo- a los hombres
que trataron de asumir la tragedia inherente a tener un cuerpo,
la cual, por cierto, tiene muy poco que ver con la separación
entre alma y cuerpo; dicha separación es más bien su denegación,
pues una tragedia no tiene por qué incluir elementos de culpa
con respecto al cuerpo.
«Desgarrar a Dios en el hombre como el cordero en el hombre, riéndose al desgarrar:
¡Esto, esto es tu felicidad! ¡La felicidad de un águila y de una
pantera, la felicidad de un poeta y de un loco! ... » (Así habló Zaratustra, pág. 416, ed. cit.)
NOTAS:
(1) F. NIETZSCHE, Obras completas, 6ta edición, Buenos Aires, 1965,
trad. Eduardo Ovejero y Maury, pág. 462, tomo III.
(2) F. NIETZSCHE, 0. c., El ocaso de los ídolos, tomo IV, pág. 449.
(3) F. NIETZSCHE 0 c., Así habló Zaratustra, tomo III, pág. 362.
(4) F. NIETZSCHE, Así habló Zaratustra, pág. 354, trad. Sánchez Pascual,
Alianza, Madrid, 1972.
(5) « ¡Ante Dios! ¡Pero si ese Dios ha muerto! Hombres superiores, ese Dios ha sido
vuestro mayor peligro. No habéis resucitado hasta que él bajó
a la tumba.» 0. c., Así habló Zaratustra, tomo III, pág.
408.
(6) W. BLAKE, Poemas, versión de Agustín Bartra, Bilingüe, Plaza y Janés,
Barcelona, 1971, págs. 89 y 93, respectivamente.
(7) F. NIETZSCHE, 0. c., Así habló Zaratustra, tomo III, pág. 304.
(8) S. PABLO, I, Corintios, 12, 24- 25. B.A.C., 1975.
(9) S. PABLO, Efesios, 4, 15- 16, ibíd.
(10) Así ha podido ironizar Klossowski en su novela Le Baphomet sobre el
estado de los «soplos» muertos en espera de la resurrección de
los cuerpos, atados a la prohibición de determinados orificios
del cuerpo, sin atreverse a penetrar en el cuerpo por el ano,
olvidando que en el cuerpo resucitado todos sus miembros están
igualmente glorificados.
(11) F. NIETZSCHE, 0. c., El origen de la tragedia, tomo V, pág. 84.
(12) Ibíd., pág. 104.
(13) F. NIETZSCHE, 0. c., apéndices al Zaratustra, tomo III, página 446.
(14) P. KLOSSOWSKI, Nietzsche et le cercle vicieux, Mercure de France, 1969.
(15) F. NIETZSCHE, 0. c., El eterno retorno, vol. III, pág. 21.
(16) Ibíd., Así habló Zaratustra, vol. III, pág. 356.
(17) Ibíd., La voluntad de dominio, vol. V, pág. 25 y pág. 305, respectivamente.
(18) En la figura del más feo de los hombres aparece con más claridad, de entre
las muchas caras que da Nietzsche al hombre superior, esta faceta
corporal.
(19) F. NIETZSCHE, 0. c., Así habló Zaratustra, tomo III, pág. 257.
(20) Ibíd., pág. 381.
(21) Ibíd., pág. 406.
(22) En la traducción de Andrés Sánchez Pascual, recientemente aparecida, se dice
«construidos a escuadra».
(23) F. NIETZSCHE, 0. c., Así habló Zaratustra, tomo III, pág. 351.
(24) Ibíd., pág. 323.
(25) Ibíd., Más allá del bien y el mal, tomo III, pág. 502.
(26) G. BATAILLE, L'érotisme, «10/18», pág. 115.
(27) Véase, por ejemplo, el libro de 0. CULLMANN, La inmortalidad del alma o
la resurrección de los cuerpos, o también las primeras obras
de K. Barth.
(28)Véase su artículo «Le stade du miroir comme formateur de la fontion du Je, telle
qu'elle nous est révélée dans l'expérience psychanalytique», en
Ecrits, Seuil, 1966, págs. 93- 100.
(29) P. KLOSSOWSKI, 0. C., Pág. 99.
(30) LUDWIG OTT, Manual de teología dogmática, Ed. Herder, Barcelona, 1969,
pág. 719.
Texto extraído de "En
favor de Nietzsche", varios autores, págs.177/200, editorial
Taurus, Madrid, España, 1972.
Selección y destacados:
S.R.
Con-versiones diciembre 2004