La utopía de la identidad – La oculta
búsqueda de la Dignidad
Tony Betano
(*)
“El esfuerzo actual por definir las características de
identidad, es en sí mismo, una verdadera utopía”.
La actividad intelectual de encontrar un marco contenedor
para la palabra identidad, sea ella referida a un pueblo, una
región o una nación, a mi criterio, debe necesariamente entenderse
como la efímera búsqueda de un imposible.
Me
parece desacertado extender al plural, una definición que sólo
tiene sentido a nivel singular. Por otro lado, esta palabra está
referida solamente al plano del ser humano, y no a aquello que
los seres humanos son capaces de conformar, “siendo partes de”,
con su presencia física o intelectual.
Pueblo,
región, o nación, son conceptos de segundo grado, poseen definición
propia, pero no es posible buscar en ellos una “identidad”. Sencillamente
no existe. Como desafío, quizás es muy romántico o poético, diría
que, es mas bien un entretenimiento dialéctico.
Lo asombroso
y lo desconcertante a la vez, es que a este juego dialéctico,
se lo traslade al plano de la realidad cotidiana en el que, en
tono serio, se está hablando cada vez más, y en forma convencida
por cierto, de una búsqueda de la identidad.
Transcribo
un texto que tengo ante mi vista: “Vaya desafío en estos tiempos
vacilantes en los que se rehuye el debate, en los que sobreviven...
la concepción neoliberal de la cultura a la que no le interesan
aspectos tan críticos como la identidad...”. Este es uno de
los tantos textos que nos llegan todos los días. Otras veces,
la preocupación nos llega en forma oral, por ejemplo: “quiero
trabajar con los niños pobres que asisten al comedor escolar,
sobre el tema de la identidad barrial”, etc.
Leo,
veo y escucho.
Reflexiono,
y no puedo evitar ponerme un poco serio, cuando serio significa
aquí lo mismo que preocupado. Algo no suena bien en los discursos
anteriores y me percato que pocos lo notan.
En un
nivel anterior, que el concepto de identidad en el contexto de
aquello relativo a los seres humanos, está el plano correspondiente
a “la dignidad” del ser humano.
Si bien
la palabra dignidad también es un concepto un tanto ideal a prima
facie, puede ejemplificarse de un modo fácil de entender.
La palabra
dignidad está relacionada en uno de sus lados (suponiendo que
tuviera forma) con los valores éticos, que de por sí, éstos también
son bastante subjetivos y abstractos.
El otro
lado que quiero citar se aclara con la descripción de una hipotética
escena:
“Un
señor, hombre blanco, caucásico, de apariencia refinada, bien
vestido, luciendo zapatos elegantes, traje, camisa clara y corbata
oscura, va caminando por una calle cualquiera. En su mano izquierda
lleva un bastón, con el que va tanteando el piso constantemente”.
“En su otra mano, la derecha, lleva
una correa de cuero, que en su otro extremo, se une por un gancho
de alambre plateado, a otra correa más pequeña que tiene agujeros
y un pasador en forma de traba”.
“Esta última correa está amarrada
alrededor del cuello de un ser humano de piel morena, de apariencia
desalineada, barbudo, andrajoso, vestido con ropa rota y percudida,
que va gateando a la par del otro, semejando un animal de cuatro
patas, que bien puede ser un perro”.
Estimado
lector, esta escena:
¿Tiene uno,
o bien, tiene dos seres humanos con falta de dignidad manifiesta?
Por
favor, repase mentalmente la escena descrita. Medite un poco imaginando
el cuadro y continúe la lectura luego de sopesarla durante 5 ó
10 segundos...
Ahora
bien, estimado lector:
¿Qué
otros elementos valorativos están presentes en esta escena?
Piense
usted, ese es su trabajo ahora. Yo soy el que escribe el texto.
¿Con
qué tipo de objetividad analiza usted la escena?
Piense.
Piense
además que esta escena en los siglos XVI, XVII y XVIII, era absolutamente
normal. Era una escena corriente. Los seres de color negro no
eran considerados humanos, es más, hasta los voceros de la “Gran
Religión” decían que ellos tenían “media alma”.
La escena
plantea no sólo los valores de la esclavitud (que fueron “verdad”
en su tiempo), de humanidad y dignidad, sino que además, presenta
los valores del poder, del Estado, del sometimiento, de la ignorancia
y de los Derechos.
Me pregunto
yo. Ahora en el año 2004, en Argentina: ¿No existen escenas como
éstas en la vida real, sólo que en vez de ser tan cruentas como
mi ejemplo, están solapadas, ocultas, bajo otra apariencia?
Entonces:
¿De
qué identidad estamos hablando?
¿Alguien
se anima a hablar de identidad cultural?
La dignidad
es inherente sólo a los seres humanos, tanto individuales como
en sociedad. Dije “en sociedad”, no dije ciudadanos.
Los
seres humanos, sin querer hacerlo por cierto, nos encontramos
hoy en día, que hemos perdido la noción de nuestra dignidad, que
es diferente de la de identidad.
Las
dignidades intrínsecas de cada ser humano conforman su propia
identidad.
La dignidad
propia de la especie humana, la de cada habitante del planeta
tierra.
La suma
de las identidades individuales forman una aldea o un pueblo,
pero no le confieren identidad al mismo. Podrá decirse que ese
pueblo o región tienen características generales, o particulares
si se quiere, pero no definen por ello, una identidad.
La dignidad
no es cambiante. La dignidad no rota. La dignidad no aumenta o
decrece. La dignidad no es un rótulo. La dignidad no es algo cultural.
La dignidad
evoluciona, al evolucionar el ser humano.
A muchos
les cuesta creer que el ser humano es parte del planeta tierra.
A muchos
les cuesta aceptar que la pertenencia a la naturaleza es en suma
un grado jerárquico muy importante. Nadie parece notarlo.
La naturaleza
toda, estaba viva y presente, antes de llegar el homo a existir
como ser humano. La naturaleza es primera en orden. La dignidad
del hombre se basa en saber respetar ese hecho como un postulado
básico. Respetar la vida que existe fuera de él es el primer axioma
que constituye a la dignidad. Luego se suman las características
propias de los sentimientos que cada ser humano expresa para prolongar
la armonía que se demuestra pre-existente a él.
No sé
de dónde salió esa frase que afirma “la naturaleza existe para
que los seres humanos podamos disponer de ella a voluntad y dominarla”.
Cito esta frase, porque me parece totalmente hueca. Y sin embargo
es una realidad cotidiana que veo cuando se talan árboles de bosque
nativo para construir una bella y costosa casa.
No me
quedan dudas del aspecto que tiene la identidad del hombre que
tiene poder económico. Como tampoco tengo dudas que hay una ausencia
de dignidad humana en él.
La identidad
es un agregado social que debemos asumir por el sólo hecho de
pertenecer a un ámbito comunitario, sea grande o pequeño. Cuanto
más grande, más complejo es encontrar una identidad que satisfaga
al resto y a las convenciones sociales. Esta tarea lleva implícita
el riego de perder la dignidad humana, por encontrar una identidad
social parecida a la que sustenta el resto.
Lo que
está oculto en el trasfondo de lo cotidiano, es entonces, la sensación
no dicha, de falta de evolución de nuestra sociedad, compuesta
por hombres y mujeres.
Es decir,
no nos atrevemos a expresar, y a la vez nos cuesta trabajo intelectual
admitir, que como especie, hoy estamos en crisis. Estamos frente
a una posible “gran toma de decisiones”, que implicarán, en el
mejor de los casos, un resultado novedoso hacia el futuro no muy
próximo.
Este
el es verdadero tema.
No nos
falta identidad.
Es más,
nos sobran identidades a lo largo del día.
Lo que
es peor aún.
Hemos
perdido nuestra individual dignidad.
Algo
hemos hecho o algo no hemos querido ver.
Quizás
no sabemos pensar.
No es
culpa de los demás.
Muchos
hemos nacido en ambientes sociales, donde en aras de una identidad
determinada, la dignidad de la persona estaba menoscabada.
A diario
sucede en la vida comercial de una ciudad. La identidad comercial
o empresaria, necesariamente asume postulados poco dignos.
Lo mismo
ocurre en un comedor barrial, cuando un padre de familia debe
pedir alimento, no sólo para su hijo, sino para él mismo. En este
caso, el hombre que espera sentado, curvado a la mesa, con la
cabeza baja, en silencio, ha perdido su dignidad interna, dado
que nadie se la respeta. Sólo ven en él su identidad de pobre
o indigente. Él a su vez, tiene que asumir la misma para que coincidan.
Eso se nota en el gesto de la persona que le desliza, para no
tocarlo, un plato de comida. Este texto no es catedrático, lo
he visto suceder ante mis propios ojos.
Y agrego
otra cosa más: No es del siglo XVI.
Sigo
reflexionando en voz alta.
Me agrada
la frase que dice: “pensar la Argentina”.
Claro
que sería lindo poder hacerlo, para recuperar la dignidad perdida.
Sólo
noto un pequeño escollo en el camino.
Debemos
ponernos a pensar.
Tony_betano@yahoo.com
(*)