La conciencia de la muerte
Georges Bataille (*)

El hombre de la
cabeza de pájaro. Detalle de la pintura rupestre del pozo
de Lascaux. Hacia el año 13,500 antes de Cristo.
Presentación
El
siguiente texto compone junto con “El trabajo y el juego” el ensayo
Las lágrimas de Eros, Georges Bataille, (1897-1962)
Nacido
en Francia, escritor y ensayista, pergenió una obra de carácter
literario y filosófico, que opera y operó en el mundo intelectual
desde una frontera lúcida, original, con fuertes postulados metafísicos
que el psicoanálisis francés de los setenta gustó leer.
Atravesado
por el enigma y el origen del erotismo, el autor sostiene que
es partir de la conciencia de la muerte que lo humano en su devenir
al lenguaje crea el territorio que para siempre lo separará del
lo animal, el erotismo. Allí mismo lo que se oculta se revela.
Lo
que sigue es una traducción de Alberto Drazul del original “Les
larmes d’Eros” que fuera extraído de Tel Quel, n.5, 1961
V.G.
1. El erotismo,
la muerte y el "diablo "
La
simple actividad sexual es diferente del erotismo: la primera
se da en la vida animal y sólo la vida humana muestra una actividad
que define, tal vez, un aspecto "diabólico" al cual
conviene el nombre de erotismo.
Es verdad
que "diabólico" se vincula con el cristianismo. No obstante,
según todas las apariencias y aun cuando el cristianismo era algo
lejano, la más antigua humanidad conoció el erotismo; los documentos
de la prehistoria son sorprendentes: las primeras imágenes de
los hombres, pintadas en las paredes de las cavernas, tienen el
sexo erguido. No tienen nada estrictamente "diabólico»: son
prehistóricas, y en ese tiempo el diablo... a pesar de todo...
Si "diabólico"
significa esencialmente la coincidencia de la muerte y del erotismo,
si el diablo no es otra cosa sino nuestra locura, si lloramos,
si largos sollozos nos desgarran -o si nos domina una risa
enloquecida-, podremos dejar de percibir ligada al erotismo
naciente, la preocupación y el tormento de la muerte, de la muerte
en un sentido trágico, aun cuando risible al persistir. Aquellos
que la mayoría de las veces se representaron en estado de erección,
sobre las paredes de sus cavernas, no diferían de las bestias
únicamente a causa del deseo que de esta manera estaba asociado
-en principio- a la esencia de su ser. Lo que sabemos de ellos nos permite decir que sabían -cosa
que ignoran los animales- que morían...
Desde muy antiguo los hombres tuvieron un conocimiento
temeroso de la muerte. Las imágenes de los hombres con el sexo
erguido datan del Paleolítico superior. Se cuentan entre las más
antiguas figuraciones (precediéndonos en veinte o treinta mil
años). Pero las más antiguas sepulturas, que corresponden a ese
conocimiento angustiado de la muerte, son sumamente anteriores:
para el hombre del Paleolítico inferior la muerte tenía ya un
sentido tan grave -y tan claro- que al igual que nosotros
le da sepultura a los cadáveres de los suyos.
De esta
manera la esfera "diabólica", a la cual el cristianismo
le otorga, como sabemos, el sentido de la angustia, es en su esencia
contemporánea de los hombres más antiguos. Ante los ojos de aquellos
que creen en el diablo, la ultra-tumba es diabólica... pero
la esfera "diabólica» ya existe, de una forma embrionaria,
desde el instante en que los hombres -o al menos los ancestros
de su especie- reconocieron que morían y vivieron en la
espera, en la angustia de la muerte.
2.
Los hombres prehistóricos y las cavernas pintadas
Una
dificultad singular nace a causa de que el ser humano no es un
ser acabado. Esos hombres que por primera vez sepultaron a sus
semejantes muertos y cuyos huesos encontramos en verdaderas tumbas,
son muy posteriores a los más antiguos restos humanos. No, obstante
esos hombres que eran los primeros en preocuparse por los cadáveres
de los suyos, no eran todavía exactamente seres humanos. Los cráneos
que nos dejaron todavía tienen rasgos simiescos: su mandíbula
es prominente y la mayor parte de las veces su arco superciliar
está bestialmente guarnecido por un reborde óseo. Por otra parte
esos seres primitivos no tenían la perfecta estación erguida que
tanto moral como físicamente nos designa y nos afirma... Sin lugar
a dudas se mantenían parados, pero sus piernas no estaban netamente
levantadas como las nuestras. Debemos pensar también que al igual
que los monos tendrían un sistema piloso que los recubriría y
los protegería del frío ... No solamente por los esqueletos y
las sepulturas que dejaron conocemos a aquellos seres a los cuales
los prehistoriadores designan con el nombre de Hombre de Neanderthal
sino que tenemos sus instrumentos de piedra tallada, que representan
un progreso en relación con los de sus padres. Estos fueron menos
humanos en su conjunto y, por lo demás, el Hombre de Neanderthal
fue superado a su vez demasiado rápido por el Homo sapiens,
el cual es en todos los aspectos nuestro semejante. (A despecho
de su nombre este no sabía casi nada más que ese ser, aún vecino
del mono, que le precedía, pero físicamente era nuestro semejante.)
Tanto
al Hombre de Neandertal como a sus predecesores los histo riadores
lo llaman Homo faber (hombre obrero). Desde que aparece
la herramienta adaptada a un uso y construida de acuerdo a ese
uso se trata, efectiva mente, del hombre. Si se admite que saber
es esencialmente "saber hacer", el útil es la prueba
del conocimiento. Los más antiguos restos del hombre arcai co,
osamentas acompañadas de herramientas, fueron encontrados en África
del Norte (en Tenifine Palikao) y datan de alrededor de un millón
de años. Pero el tiempo en que la muerte se vuelve consciente,
señalado por las primeras sepulturas, tiene ya un inmenso interés
(en particular en el plano del erotismo). Su fecha es mucho más
tardía: en principio se trata de cien mil años antes de nosotros.
Por último, la aparición de nuestro semejante, de aquel cuyo
esqueleto establece sin equívoco la pertenencia a nuestra especie
(si no se tienen
en cuenta los restos de osamentas aisladas sino de tumbas numerosas
y ligadas a toda una civilización), nos remite como máximo a una
antigüedad de treinta mil años.
Treinta
mil años... Y esta vez no se trata de restos humanos ofrecidos
por las excavaciones a la ciencia, a la prehistoria que los interpreta
y que, necesariamente, desecha. Se trata de signos resplandecientes...
de signos que alcanzan la sensibilidad más profunda -esos signos
poseen, por último, la fuerza para conmover y, sin duda alguna,
en el futuro ya nunca dejarán de turbarnos. Esos signos son las
pinturas que los hombres más antiguos dejaron sobre las paredes
de las cavernas donde debieron celebrar sus ceremonias encantatorias...
Hasta
la aparición del Hombre del Paleolítico superior, al que la prehistoria
designó con un nombre poco justificado (de Homo sapiens)
(1),
el hombre
de los primeros tiempos sólo es, aparentemente, un intermediario
entre el animal y nosotros. En su oscuridad este ser necesariamente
nos fascina, pero en su conjunto los restos que nos deja no agregan
nada a esta fascinación informe. Aquello que sabemos de él y que
nos interesa interiormente no se dirige, en primer término,
a la sensibilidad. Si de sus costumbres fúnebres extraemos
la conclusión de que tenía conciencia de la muerte, esta conclusión
sólo interesa inmediatamente a la reflexión. Mas al Hombre del
Paleolítico superior, al que la historia ha designado con el nombre
de Homo sapiens, lo conocemos actualmente por signos que
no sólo nos impresionan por una excepcional belleza (sus pinturas
son a menudo maravillosas), sino que aún llegan hasta nosotros
por el hecho de que nos ofrecen el testimonio múltiple de su vida
erótica.
El
naciemiento de esta emoción extrema que designamos con
el nombre de erotismo, y que opone el hombre al animal, es un
aspecto esencial del aporte que las investigaciones prehistóricas
realizan al conocimiento.
3. El erotismo está ligado al conocimiento de la
muerte
El
paso del hombre todavía un poco simiesco de Neanderthal a nuestro
semejante, ese hombre acabado cuyo esqueleto en nada difiere del
nuestro y del cual las pinturas -o los grabados en los que
figura- nos hacen saber que había perdido el abundante sistema
piloso del animal, fue aparentemente decisivo. Hemos visto que
el hombre velludo de Neanderthal tenía conocimiento de la muerte.
Y es a partir de este conocimiento, que opone la vida sexual del
hombre a la del animal, que aparece el erotismo. El problema no
ha sido planteado: en principio el régimen sexual del hombre que,
como en la mayoría de los animales, no es periódico, parece derivar
del régimen del mono. Pero el mono difiere esencialmente del hombre
por cuanto no tiene conocimiento de la muerte. Frente a un congénere
muerto la conducta del mono expresa indiferencia, en tanto que
el hombre aún imperfecto de Neanderthal, enterrando el cadáver
de los suyos, lo hace con un cuidado supersticioso que expresa
al mismo tiempo el respeto y el miedo. La conducta sexual del
hombre muestra, como en general la del mono, una intensa excitación
que no interrumpe ningún ritmo periódico, pero al mismo tiempo
está marcada por una reserva ignorada por los animales y que,
en particular, no muestran los monos... El tormento frente a la
actividad sexual recuerda, por lo menos en un sentido, el tormento
frente a la muerte y los muertos. En ambos casos la “violencia”
nos sobrepasa extrañamente: lo que pasa es extraño al orden
dado de las cosas, al cual se opone en cada oportunidad esta violencia.
En la muerte hay una indecencia que es, sin duda, diferente a
lo que la actividad sexual tiene de incongruente. La muerte está
asociada a las lágrimas y a veces el deseo sexual a la risa. Pero
la risa no es, en la medida en que parece serlo, lo contrario
de las lágrimas: tanto el objeto de la risa como el de las lágrimas
se vinculan siempre a una especie de violencia que interrumpe
el curso regular, el curso habitual de las cosas. Las lágrimas
se vinculan habitualmente a acontecimientos inesperados,
que nos desolan, pero por otra parte un resultado feliz e inesperado
nos conmueve hasta tal punto que en ciertas oportunidades lloramos.
Es evidente que el desorden sexual no nos produce lágrimas, pero
siempre nos trastorna, a veces nos devasta y una de dos: o nos
hace reír o nos compromete en la violencia del abrazo.
Es difícil
percibir clara y distintamente la unidad de la muerte, o de la
conciencia de la muerte, y del erotismo. En su comienzo el deseo
exasperado no puede oponerse a la vida, que es su resultado. El
momento erótico es la cima de la vida cuya mayor fuerza e intensidad
se muestran en el momento en que dos seres se atraen, se acoplan
y se perpetúan. Se trata de la vida, se trata y de reproducirla,
pero reproduciéndose la vida desborda: al desbordar alcanza el
extremo delirio. Esos cuerpos mezclados, que se tuercen, que desfallecen
y se abisman en excesos de voluptuosidad, van en sentido contrario
al de la muerte que más tarde los consagrará en el silencio de
la corrupción.
En efecto,
según las apariencias el erotismo está ligado para todo el mundo
al nacimiento, a la reproducción que reconstruye sin fin sobre
los estragos de la muerte.
No es menos
cierto que el animal, el mono cuya sensualidad a veces se exaspera,
ignora el erotismo. Lo ignora en la medida en que le falta el
conocimiento de la muerte. Contrariamente, es a causa de que somos
humanos y de que vivimos en la sombría perspectiva de la muerte,
que conocemos la violencia exasperada, la violencia desesperada
del erotismo.
Es verdad:
al hablar en los límites utilitarios de la razón percibimos el
sentido práctico y la necesidad del desorden sexual ¿Se habrán
equivocado aquellos que a su fase terminal le dan el nombre de
"pequeña muerte” al señalar su sentido fúnebre?
4.
La muerte en el fondo del "pozo" de la caverna de Lascaux
¿No
hay en las reacciones oscuras -inmediatas- relacionadas con la
muerte y el erotismo, tal como creo posible interpretarlos, un
valor decisivo, un valor fundamental?
Al
comienzo hablé de un aspecto "diabólico" que tendrían
las más viejas imágenes del hombre que han llegado hasta nosotros.
Pero
este elemento "diabólico", la maldición ligada a la
actividad sexual ¿aparece realmente en dichas imágenes?
Al
encontrar entre los documentos prehistóricos mas antiguos que
ilustra la Biblia, me imagino que introduzco, finalmente, el problema
más grave al reencontrar, o por lo menos diciendo que reencuentro,
en lo más profundo de la caverna de Lascaux, el tema del pecado
original, ¡el
tema de la leyenda bíblica ¡la muerte ligada al pecado, ligada a la exaltación sexual, al erotismo!
Sea
como sea, esta caverna plantea, en una especie de pozo que no
es sino una anfractuosidad natural -muy difícilmente accesible-
un enigma desconcertante.
Bajo
la forma de una pintura excepcional el hombre de Lascaux supo
enterrar en lo más profundo este enigma que nos propone. A decir
verdad, para él no había enigma. Ese hombre y ese bisonte, a los
que representaba, tenían un sentido claro. Pero ahora nosotros
debemos desesperarnos frente a la imagen oscura que nos ofrecen
las paredes de la caverna: la de un hombre que se cae, que tiene
el rostro de pájaro y muestra el sexo erguido. Este hombre está
extendido frente a un bisonte herido, que va a morir, pero que
haciéndole frente al hombre pierde horriblemente sus entrañas.
Un
carácter oscuro y extraño aísla esta escena patética con la cual
no puede compararse ninguna otra obra de la misma época. Sobre
el hombre caído hay un pájaro, dibujado por el mismo trazo en
la extremidad de una estaca, que termina por turbar el pensamiento.
Más
lejos, hacia la izquierda, se aleja un rinoceronte, pero seguramente
no está ligado a la escena en la cual el bisonte y el hombre-pájaro
parecen unidos por la proximidad de la muerte.
El
abate Breufl ha sugerido que el rinoceronte podría, después de
haber abierto el vientre del bisonte, alejarse lentamente de los
agonizantes. Pero, claramente, la composición le atribuye al hombre,
al venablo que sólo la mano del agónico pudo lanzar, el origen
de la herida. El rinoceronte, por el contrarío, me parece independiente
de la escena principal, que podría, por otra parte, quedar inexplicable
para siempre...
¿Qué
decir de esta evocación sorprendente, enterrada desde hace milenios
en esa profundidad perdida, inaccesible?
¿Inaccesible?
En nuestros días, exactamente desde hace veinte años, sólo cuatro
personas puede admitirse, en rigor, que hayan visto la imagen
que yo opongo y que al mismo tiempo asocio a la leyenda del Génesis.
La caverna de Lascaux fue descubierta en 1940 (exactamente
el 12 de setiembre). Desde entonces sólo un pequeño número
de personas pudieron descender al fondo del pozo. Pero la fotografía
nos hizo conocer perfectamente esa pintura excepcional: dicha
pintura, lo repito, evoca a un hombre con cabeza de pájaro, tal
vez muerto, caído en todo caso frente a un bisonte en agonía y
que se abandona a la furia...
En
una obra sobre la caverna de Lascaux (2) escrita hace seis años me prohibía
explicar personalmente esta escena sorprendente. Me limitaba a
referir la interpretación de un antropólogo alemán (3)
que la vinculaba con un sacrificio, yakuto y
veía en la actitud del hombre el éxtasis de un chaman al que aparentemente
una máscara disfraza de pájaro. El chaman -el hechicero- de la
era paleolítica no habría diferido mucho de un chamán, de un hechicero
siberiano de los tiempos modernos. A decir verdad la interpretación
sólo tiene a mis ojos, un mérito: subrayar "la extrañeza
de la escena" (4)
. Después de dos años de vacilación me pareció
posible adelantar, carente de una hipótesis precisa, un principio.
Basándome en el hecho de que “la expiación consecutiva a la muerte
del animal es obligatoria en los pueblos cuya vida en cierta medida
se parece a la de las pinturas de las cavernas" yo afirmaba
en una nueva obra (5):
"El
tema de esta célebre (6) pintura
(que suscita explicaciones contradictorias, numerosas Y frágiles)
sería
la muerte y la expiación".
El
chaman expresaría, al morir, la muerte del bisonte. La expiación
por la muerte de los animales matados en la caza es obligatoria
para numerosas tribus de cazadores.
Habiendo
pasado cuatro años, la prudencia del enunciado me parece excesiva.
La afirmación, carente de comentarios, tenía poco sentido. en
1957 todavía me limitaba a decir:
“Por
lo menos esta manera de ver tuvo el mérito de sustituir la evidentemente
pobre interpretación mágica (utilitaria) de las imágenes en las
cavernas, por una interpretación religiosa más en acuerdo con
un carácter de juego supremo...»
Actualmente
me parece esencial ir más lejos. En ese nuevo libro el enigma
de Lascaux no ocupara todo el lugar pero será, por lo menos a
mis ojos, el punto desde el cuel partire. Es por ese motivo que
me esforzare por demostrar el sentido de un aspecto del hombre
al que es en vano descuidar u omitir, y al cual el nombre de erotismo
designa.
Notas
del autor:
(1)
El adjetivo sapiens significa exactamente dotado
de conocimiento. Pero es evidente que el instrumento presupone,
por parte de quien lo hace, el conocimiento de su fin. Este conocimiento
del fin del instrumento es, precisamente, la base del conocimiento.
Por otra parte el conocimiento de la muerte, cuyo fundamento pone
en juego la sensibilidad y que, por esta razón, es claramente
distinto del puro conocimiento discursivo, señala por su parte
una etapa en el desenvolvimiento humano del conocimiento. El conocimiento
de la muerte, muy posterior al conocimiento del instrumento, es
a su vez muy anterior a la aparición del ser al que la prehistoria
designa con el nombre de Homo sapiens.
(2)
G. Bataille, Lascaux ou la Naissance de l'Art.,
Génova, Skira, 1955, p. 139.
(3) H. Kirchner, Ein Beitrag
zur Urgeschichte der Schamanismu, en Anthropos, t. 47, 1952
(4)
Ella también señala el hecho de que los hombres
del Paleolítico superior no eran muy diferentes de ciertos siberianos
de los tiempos modernos. Pero la precision de la aproximacion
es de una fragilidad poco sostenible.
(5)
G. Bataille, El erostismo, Buenos Aires, Editorial
Sur.
(6)
Célebre por lo menos en el sentido de que ha hecho
correr mucha tinta.
Entre las obras más importantes del autor,
destacamos:
La experiencia interior, 1943
El culpable, 1944
Sobre Nietzsche, 1945
La Literatura y el mal , 1957
El erotismo, 1957
Suma ateológica II, 1961
La historia del Ojo, (1928 bajo el pseudónimo
Lord Auch) Versión corregida en 1957 por Bataille y publicada
por Jean Jacques Pauvert en 1967.
Fundo las revistas: Documents (1929-1930),Critique
(1946), y La sociedad secreta “Acéphale”.
Enlaces de interés:
http://www.elnavegante.com.mx/rev07/bataille-georges.html
(Madame Edwarda)
http://www.lamaquinadeltiempo.com/poemas/bataille01.htm
(Poemas)
(*)
Del
libro “Las Lágrimas de Eros”,Georges Bataille,Ediciones Lunaria
Selección:
Vanesa Guerra
Con-versiones octubre 2004