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Leer sombras
Alberto Mangel

En 1984 fueron descubiertas en Tell Brak, Siria, dos tablillas de arcilla, de forma vagamente rectangular, fabricadas en el cuarto milenio a. C. Tuve ocasión de verlas, un año antes de la Guerra del Golfo, en una discreta vitrina del museo arqueológico de Bagdad. Se trataba de objetos sencillos, sin especial relieve, con unas pocas marcas: una pe­queña muesca en la parte más alta y en el centro, algo semejante a un animal dibujado con un objeto puntiagudo de madera. Uno de los animales podría ser una cabra y en ese caso, el otro correspondería probablemente a una oveja. La muesca, dicen los arqueólogos, representa el número diez. Toda nuestra historia comienza con esas dos modestas tablillas. Figuran -si es que la guerra las respetó- entre los ejemplos de escritura más antiguos que conocemos.

Tablillas sumerias

Hay un no sé qué de extraordinariamente conmovedor en esas tablillas. Quizá cuando contemplamos esos dos trozos de arcilla que fueron arrastrados por un río que ya no existe, observamos las delicadas incisiones hechas para representar animales que volvieron al polvo hace miles de años, evocamos una voz, un pensamiento, un mensaje que nos dice: "Aquí había diez cabras", "Aquí había diez ovejas", palabras pronunciadas por un granjero meticuloso en los días en que los desiertos eran verdes. Por el mero hecho de mirar esas tablillas mantenemos un recuerdo que se remonta a los comienzos de nuestra historia, conservamos una idea, aunque el hombre  que la pensara ya no exista, y participamos en un acto de creación que seguirá vigente durante  todo el tiempo en que las imágenes incisas sean vistas, descifradas y leídas.

Al igual que mi nebuloso antecesor sumerio que leía esas dos tablillas en una tarde inconcebiblemente remota, también yo estoy leyendo, aquí, en mi habitación, a través de los siglos y los mares. Sentado ante mi escritorio, los codos sobre el libro, la barbilla apoyada en las manos, olvidado por un momento de la cambiante luz exterior y de los ruidos que llegan de la calle, veo, escucho, sigo (aunque estas palabras no hacen justicia a lo que me está sucediendo) un relato, una descripción, un razonamiento. Nada se mueve a excepción de mis ojos y de mi mano que, de cuando en cuando, vuelve una página, y sin embargo algo que no puede definirse exactamente con la palabra 'texto' se despliega, crece y se enraíza mientras leo. Pero, ¿cómo sucede tal proceso?
La lectura comienza con los ojos. "El más agudo de nuestros sentidos es el de la vista", escribió Cicerón, señalando que cuando vemos un texto lo recordamos mejor que cuando simplemente lo oímos. San Agustín alabó los ojos (y luego los condenó) por ser el punto de entrada del mundo, y santo Tomás de Aquino llamó a la vista "el más poderoso de los sentidos, a través del cual adquirimos conocimientos". Para cualquier lector resulta evidente que las letras se captan a través de la vista. Pero, ¿mediante qué alquimia se convierten en palabras inteligibles? ¿Qué sucede en nuestro interior cuando nos enfrentamos con un texto? ¿Cómo es que las cosas vistas, las "sustancias" que llegan, por los ojos, a nuestro laboratorio interior, los colores y las formas de objetos y letras, pasan a ser legibles? ¿Qué es, en realidad, el acto al que llamamos lectura?
Empédocles, en el siglo v a. C., describió el ojo como nacido de la diosa Afrodita, quien "aisló un fuego mediante membranas y delicadas telas, con las cuales retenía el agua profunda que lo rodeaba, si bien dejaban salir al exterior las llamas interiores". Más de un siglo después, Epicuro imaginó que esas llamas eran delgadas láminas de átomos que fluían de la superficie de todos los objetos y entraban en nuestros ojos y en nuestras mentes como una constante lluvia ascendente, empapándonos con todas las cualidades del objeto. Euclides, contemporáneo de Epicuro, propuso la teoría opuesta: los ojos del observador emiten rayos que aprehenden el objeto observado. Problemas aparentemente insuperables vician ambas teorías. En el caso de la primera, la llamada teoría de la 'intromisión': ¿cómo, por ejemplo, podría la película de átomos emitida por un objeto de gran tamaño -un elefante o el monte Olimpo ­entrar en un espacio tan pequeño como el ojo humano? En cuanto a la segunda, la teoría de la 'extromisión', ¿qué rayo podría salir de los ojos y en una fracción de segundo, alcanzar las remotas estrellas que vemos todas las noches?
Pocos decenios antes, Aristóteles había propuesto otra teoría. Anticipándose y corrigiendo a Epicuro, argumentó que las cualidades de la cosa observada -en lugar de una película o lámina de átomos- viajaban por el aire (o algún otro medio) hasta el ojo del observador, de manera que lo aprehendido no eran las dimensiones reales sino, en el caso de una montaña, por ejemplo, su tamaño relativo y su forma. El ojo humano, según Aristóteles, sería como un camaleón, por lo que, adoptando la forma y el color del objeto observado, transmitía luego esa información, mediante los humores oculares, hasta las todopoderosas entrañas (splanchna),un conglomerado de órganos que incluía el corazón, el hígado, los pulmones, la vesícula biliar y los vasos sanguíneos, y que dominaba la movilidad y los sentidos.
Seis siglos más tarde, el médico griego Galeno ofreció una cuarta solución, contradiciendo a Epicuro y siguiendo a Euclides. Galeno propuso que un "espíritu visual", nacido en el cerebro, penetraba en el ojo a través del nervio óptico y salía luego al aire exterior. El aire mismo era, entonces, capaz de percibir, aprehendiendo las cualidades de los objetos por muy alejados que se encontraran. Esas cualidades se transmitían por el camino inverso, a través de los ojos, hasta alcanzar el cerebro, descendiendo después por la médula espinal hasta los nervios de los sentidos y del movimiento. Para Aristóteles, el observador era una entidad pasiva que recibía a través del aire la cosa observada, transmitida acto seguido al corazón, sede de todas las sensaciones, incluida la visión. Para Galeno, en cambio, el observador, al atribuirle sensibilidad al aire, desempeñaba un papel activo, y la raíz de la que procedía la visión se hallaba en lo más profundo del cerebro.

Los eruditos medievales, para quienes Galeno y Aristóteles fueron la fuente del saber científico, aceptaron en su mayor parte que se podía establecer una relación jerárquica entre esas dos teorías. No se trataba de que una teoría anulara a la otra; lo importante era lograr con ambas un mejor entendimiento de cómo las diferentes partes del cuerpo se relacionaban con las percepciones del mundo exterior y, también, de cómo esas partes se relacionaban entre sí. Gentile da Foligno, médico del siglo XIV, afirmó que ese entendimiento era "un paso tan esencial para la medicina como el aprendizaje del alfabeto para la lectura", y recordó que san Agustín, entre otros Padres de la Iglesia, ya había considerado la cuestión detenidamente. Para san Agustín, tanto el cerebro como el corazón funcionaban como pastores de aquello que los sentidos almacenaban en la memoria; san Agustín usó el verbo colligere (que significa al mismo tiempo 'reunir' y 'resumir') para describir cómo eran recogidas esas impresiones en los diferentes compartimentos de la memoria, "sacándolas de sus antiguas guaridas, puesto que no tienen ningún otro sitio donde ir".

Representación gráfica de las funciones del cerebro en manuscrito del siglo V del De Anima (Aristóteles)

La memoria era tan sólo una de las funciones que se beneficiaba de este cultivo de los sentidos. Los eruditos medievales coincidían en aceptar que (como Galeno había sugerido) la vista, el oído, el olfato, el gusto y el tacto se alimentaban de un almacén sensorial localizado en el cerebro: el"sentido común", del que procedía no sólo la memoria sino también el conocimiento, la fantasía y los sueños. Ese almacén, a su vez, estaba conectado con la splanchna de Aristóteles, reducida ahora por los comentaristas medievales al corazón, centro de todos los sentimientos. De ese modo se establecía un parentesco directo de los sentidos con el cerebro, al tiempo que se declaraba al corazón gobernante supremo del cuerpo. Una traducción alemana manuscrita, realizada a finales del siglo XV, del tratado de Aristóteles sobre lógica y filosofía natural lleva el dibujo de la cabeza de un hombre, ojos y boca abiertos, ventanas de la nariz dilatadas, y una oreja cuidadosamente detallada. Dentro del cerebro aparecen cinco circulitos conectados que representan, de izquierda a derecha, la sede del sentido común, y luego el emplazamiento de la imaginación, la fantasía, el poder cogitativo y la memoria. Según las glosas adjuntas, el círculo del sentido común está relacionado con el corazón, representado igualmente en el dibujo. Este diagrama es un buen ejemplo de cómo se imaginaba el proceso de la percepción en la baja Edad Media, con una pequena adición: aunque no esté representado aquí, se argüía (volviendo a Galeno) que en la base del cerebro había una "red maravillosa" -rete mirabile- de pequeños vasos que funcionaban como canales de comunicación para refinar lo que llegaba al cerebro, Esta rete mirabile aparece en el dibujo de un cerebro que Leonardo da Vinci compuso hacia 1508, en el que marca con claridad la separación de los ventrículos y atribuye a las diferentes secciones las distintas facultades mentales. Según Leonardo, "el senso comune [sentido común] es el que juzga las impresiones transmitidas Por los otros sentidos... y está situado en el centro del cráneo, entre la impresiva [centro de las impresiones] y la memoria [centro de la memoria]. Los objetos clrcundantes transmiten sus imágenes a los sentidos y los sentidos los envían a la impresiva. La impresiva las comunica al senso comune y, desde allí, se imprimen en la memoria donde quedan más o menos fijos, de acuerdo con la importancia y fuerza del objeto de que se trate". La mente humana, en tiempos de Leonardo, era considerada como un pequeño laboratorio donde el material recogido por los ojos, oídos y otros órganos de percepción, se convertía en "impresiones" en el cerebro, impresiones que se convertía en impresiones que a su vez eran canalizadas través del centro del sentido común y luego transformadas por una o varias de las facultades -como la memoria- bajo la influencia del corazón supervisor. La visión de letras de tinta negra (para utilizar una imagen alquímica) se convertía, gracias a ese proceso, en el oro del conocimiento.
Pero seguía sin resolverse una cuestión fundamental: ¿éramos nosotros, los lectores, quienes salíamos a capturar las letras sobre la página según las teorías de Euclides y de Galeno, o eran las letras las que venían en busca de nuestros sentidos, como habían mantenido Epicuro y Aristóteles? Para Leonardo y sus contemporáneos, la respuesta (o los indicios de una respuesta) podría encontrarse en una traducción, hecha en el siglo XIII, de un libro escrito en Egipto doscientos anos antes (tanto se prolongan a veces las vacilaciones del saber) por el erudito de Basora al-Hasan ibn al-Haytham, conocido en Occidente como Alhacén.

Sistema visual de al-Haytham

Egipto floreció en el siglo XI bajo el gobierno de los fatimíes, y se enriqueció gracias a los productos del valle del Nilo y al comercio con sus vecinos mediterráneos, mientras un ejército reclutado en el extranjero, y formado por beré­beres, sudaneses y turcos protegía sus desérticas fronteras. Esta heterogénea combinación de comercio internacional y guerra mercenaria dio al Egipto fatimí todas las ventajas y posibilidades de un Estado verdaderamente cosmopolita.
En 1004, el califa al-Hakim (que llegó al poder a los once años y que desapareció misteriosamente veinticinco años después durante un paseo solitario) fundó en El Cairo una academia de gran importancia -la Dar al-Ilm o Casa de la Ciencia- para la que tomó como modelo instituciones preislámicas y a la que donó, con destino al pueblo, su importante colección personal de manuscritos, decretando que "todos sin excepción pudieran ir a leerlos, transcribirlos y estudiarlos". La imaginación popular juzgó con benevolencia las excéntricas decisiones de al-Hakim -como prohibir el juego del ajedrez y la venta de pescado sin escamas- y la crueldad de sus métodos, en razón de sus logros como administrador. Su objetivo era convertir El Cairo fatimí no sólo en el centro simbólico del poder político sino también en la capital de la actividad artística y de la investigación científica, y con ese propósito invitó a la corte a muchos famosos astrónomos y matemáticos, entre ellos a ibn al-Haytham. El cometido oficial de ibn al-Haytham fue idear un método que permitiera regular el caudal del Nilo. En este propósito no tuvo el éxito deseado, pero también empleó sus días en preparar una refutación de las teorías astronómicas de Tolomeo (que sus enemigos criticaron afirmando que era "una nueva colección de dudas más que una refutación") y sus noches en escribir un voluminoso tratado de óptica, verdadero cimiento de su fama.
Según ibn al-Haytham, toda percepción del mundo exterior comporta ciertas inferencias deliberadas que nacen de nuestra capacidad de juicio. Para desarrollar esta teoría, ibn al-Haytham siguió el argumento básico de la teoría de la "intromisión" aristotélica -las cualidades de las cosas que vemos entran en el ojo por medio del aire- y apoyó esta elección con precisas explicaciones físicas, matemáticas y fisiológicas. Pero, de manera más radical, ibn al-Haytham distinguió entre "pura sensación" y "percepción": la primera, inconsciente o involuntaria (como ver la luz al otro lado de la ventana y las cambiantes sombras de la tarde), la segunda, el fruto de un acto voluntario de reconocimiento (como recorrer el texto de una página). La importancia del argumento de ibn al-Haytham radica en que identificó por vez primera, en el acto de percibir, una graduación en la conciencia de la acción, el paso de "ver" a "descifrar" o a "leer".

Al-Haytham murió en El Cairo en 1038. Dos siglos más tarde, el erudito inglés Roger Bacon -al tratar de justificar el estudio de la óptica ante el papa Clemente IV en una época en la que determinadas facciones dentro de la Iglesia católica argumentaban con apasionamiento que la investigación científica era contraria al dogma cristiano- presentó un resumen revisado de la teoría de ibn al-Haytham. Siguiendo sus enseñanzas (aunque, al mismo tiempo, restase importancia a la erudición islámica), Bacon explicó a Su Santidad los mecanismos de la teoría de la intromisión. Según Bacon, cuando miramos un objeto (un árbol o las letras SOL) se forma una pirámide visual que tiene como base el objeto mismo y como vértice el centro de la curvatura de la córnea. "Vémos" cuando la pirámide entra en nuestro ojo y sus rayos se ordenan sobre la superficie del globo ocular, refractándose de tal manera que no se interceptan. Ver, para Bacon, era el proceso activo por el que la imagen de un objeto entra en el ojo, siendo después captada gracias a las "facultades visuales" del ojo.
Pero, ¿cómo se convierte en lectura tal percepción? ¿Cómo se relaciona el acto de aprender las letras con un proceso en el que participan no sólo vista y percepción sino inferencia, juicio, memoria, reconocimiento, conocimiento, experiencia y práctica? Ibn al-Haytham sabía (y Bacon, sin duda, estaba de acuerdo) que todos esos elementos, necesa­rios para realizar el acto de la lectura, le conferían una asombrosa complejidad que exigía, para realizarla con éxito, la coordinación de cien habilidades distintas. Además de esas habilidades, también afecta a la lectura el tiempo, el lugar, la tablilla, el pergamino, la página o la pantalla sobre cuya superficie se realiza el acto de leer: en el caso del anónimo granjero sumerio influía el pueblo cercano en donde cuidaba de sus cabras y ovejas, y la arcilla redondeada; para ibn al-Haytham, la habitación nueva y blanqueada de la academia de El Cairo, así como el manuscrito de Tolomeo, desdeñosamente leído; para Bacon, la celda de la cárcel, donde cumplió condena por sus enseñanzas poco ortodoxas, y sus valiosísimos volúmenes científicos; para Leonardo, la corte de Francisco I, donde transcurrieron sus últimos años, y los cuadernos en los que hizo anotaciones utilizando una escritura secreta que sólo se puede leer delante de un espejo.
Todos estos elementos, desconcertantemente diversos, confluían en un mismo acto; hasta ahí ya había llegado ibn al­-Haytham. Pero cómo sucedía ese acto, qué intrincadas y formidables conexiones establecían entre sí esos elementos, era una cuestión que, para ibn al-Haytham y para sus lectores, seguía sin respuesta.

La neurolingüística moderna, que estudia las relaciones entre cerebro y lenguaje, comienza en 1865, casi ocho siglos y medio después de ibri al-Haytham. En ese año dos científicos franceses, Michel Dax y Paul Broca sugirieron, en estudios simultáneos pero por separado, que la vasta mayoría de la humanidad, como resultado de un proceso genético que comienza en la concepción, viene al mundo con un hemisferio cerebral izquierdo que, a la larga, se convierte en la parte dominante del cerebro a la hora de codificar y descodificar el lenguaje; un número mucho menor de seres humanos, en su mayor parte personas zurdas o ambidextras, desarrollan esa función en el hemisferio cerebral derecho. En muy pocos casos (en personas genéticamente predispuestas a un hemisferio izquierdo dominante), lesiones  tempranas en el hemisferio izquierdo tienen como resultado una "reprogramación" cerebral que lleva al desarrollo de la función del lenguaje en el hemisferio derecho. Pero ninguno de los dos hemisferios actuará como codificador o descodificador hasta que la persona se exponga, realmente, a la práctica.

Para cuando el primer escriba garrapateó y pronunció las primeras letras, el cuerpo humano ya era capaz de actos de escritura y de lectura que aún pertenecían al futuro; es decir el cuerpo estaba en condiciones de almacenar, recordar, descifrar toda clase de sensaciones, incluidos los signos arbitrarios del lenguaje escrito que aún estaban por inventarse. Esta noción, que somos capaces de leer antes de que empecemos realmente a hacerlo -antes siquiera de haber visto una página abierta ante nosotros -es similar a la del arquetipo platónico, que sugiere la existencia de un objeto en la mente antes de verlo en la realidad. El habla, al parecer, evoluciona según esa misma pauta. "Descubrimos" una palabra porque el objeto o idea que representa ya existe en nosotros, "dispuesto a enlazarse con la palabra". Es como si nuestros padres, o aquellas personas que primero nos dirigen la palabra, nos ofrecieran un regalo del mundo exterior, aunque la habilidad para captar ese regalo sea nuestra. En ese sentido, las palabras habladas (y más adelante, las palabras leídas) no nos pertenecen ni a nosotros ni a nuestros padres, ni a nuestros autores; ocupan un espacio de significado compartido, un umbral común que se halla al comienzo de nuestra relación con las artes de la conversación y de la lectura.

Según el profesor André Roch Lecours, del hospital Côte-des-Neiges de Montreal, la exposición exclusiva al lenguaje oral quizá no baste para que uno de los dos hemisferios desarrolle plenamente las funciones del lenguaje; tal vez sea necesario, para que nuestro cerebro permita ese desarrollo, que se nos enseñe a reconocer un sistema compartido de signos visuales. Dicho de otra manera: para poder desarrollar estas funciones, debemos aprender a leer.

Durante la década de 1980, mientras trabajaba en Brasil, el profesor Lecours llegó a la conclusión de que el programa genético que desembocaba en un predominio de la parte izquierda del cerebro se ponía en marcha con menos frecuencia en las personas que no habían aprendido a leer. Esto le hizo pensar que se podría explorar el proceso de la lectura mediante el estudio de pacientes en los que se hubiera deteriorado esa facultad. (Galeno afirmó, hace mucho tiempo, que una enfermedad no sólo revela el fallo del cuerpo para llevar a cabo una función sino que también arroja luz sobre la función ausente.) Pocos años después, estudiando en Montreal pacientes con dificultades para hablar o para leer, el profesor Lecours logró hacer una serie de observaciones relativas a los mecanismos de la lectura. En casos de afasia, por ejemplo -cuando el paciente ha perdido de manera parcial o completa la capacidad de hablar o de entender la palabra hablada-, Lecours descubrió que determinadas lesiones del cerebro causaban en el habla dificultades concretas curiosamente restringidas o limitadas: algunos pacientes sólo tenían problemas para leer o escribir palabras de ortografía irregular (como en el caso de las palabras inglesas "rough" o "though"); otros no podían leer palabras inventadas (fiulso" o "boojum"); otros, en cambio, veían ciertas palabras extrañamente ordenadas, o desigualmente distribuidas sobre la página, pero no podían pronunciarlas. A veces esos pacientes leían palabras enteras pero no sílabas; en otros casos leían reemplazando unas determinadas palabras por otras. Lemuel Gulliver, al describir a los struldbruggs de Laputa, señalaba que, a partir del momento en que cumplen los noventa años, estos distinguidos ancianos no pueden distraerse con la lectura, "porque la memoria no les permite ir desde el principio hasta el final de una frase; y a causa de ese defecto se ven privados de la única distracción que podría entretenerlos". Varios de los enfermos del profesor Lecours padecían precisamente de ese tipo de trastorno. Para complicar la cuestión, en estudios similares realizados en China y en Japón los investigadores observaron que los pacientes acostumbrados a leer ideogramas, a diferencia de los lectores de alfabetos fonéticos, reaccionaban de manera distinta, como si esas funciones específicas del lenguaje predominasen en diferentes zonas del cerebro.
Mostrarándose de acuerdo con ibn al-Haytham, el profesor Lecours concluyó que el proceso de leer reclamaba al menos dos fases: "ver" primero la palabra y "considerarla" luego según la información previamente recibida. Al igual que el escriba sumerio de hace miles de años, yo me coloco delante de las palabras, las miro, las veo, y lo que veo se organiza por sí mismo según un código o sistema que he aprendido y que comparto con otros lectores de mi época y lugar, código que se ha afincado en secciones específicas de mi cerebro. "Es como si la información que los ojos reciben de la página", argumenta el profesor Lecours, "viajara por el cerebro a través de una serie de conglomerados de neuronas especializadas, localizados en secciones concretas del cerebro, efectuando funciones específicas. Todavía no sabemos exactamente en qué consiste exactamente cada una de esas funciones, pero en determinados casos de lesiones cerebrales uno o varios de esos conglomerados se desconectan, por así decirlo, de la cadena, y el paciente es incapaz de leer determinadas palabras, o cierto tipo de lenguaje, o deja de poder leer en voz alta, o reemplaza un conjunto de palabras por otro. Las posibilidades de desconexión parecen ser infinitas ".

Tampoco el acto primario de recorrer la página con los ojos es un proceso continuo y sistemático. Normalmente tenemos la impresión de que, cuando estamos leyendo, nuestros ojos avanzan con fluidez, sin interrupciones, a lo largo de las líneas de una página y que, cuando leemos escritura occidental, por ejemplo, nuestros ojos van de izquierda a derecha. Esto no es cierto. Hace un siglo, el oftalmólogo francés Émile Javal descubrió que, en realidad, nuestros ojos realmente saltan como pulgas por la página; esos saltos o tirones ocurren tres o cuatro veces por segundo, "barriendo" unos 200 grados por segundo. La velocidad del movimiento del ojo a través de la página -pero no el movimiento mismo interfiere con la percepción, y tan sólo "leemos" en realidad durante la breve pausa entre movimientos. El porqué de que nuestro sentido de la lectura esté relacionado con la continuidad del texto sobre la página o sobre la pantalla, asimilando frases o pensamientos completos, y no con el movimiento real, a saltos, de los ojos, es un problema que los científicos no han logrado aún resolver.
Al analizar la historia de dos casos clínicos -un afásico capaz de hacer discursos elocuentes en un lenguaje ininteligible y un agnósico que era capaz de utilizar lenguaje corriente pero que no lograba, en cambio, dotarlo de entonación o sentimiento-, el doctor Oliver Sacks llegó a la conclusión de que "el habla, el discurso natural, no consiste únicamente en palabras..., consiste en la elocución -en la expresión del significado completo del hablante, expresión que éste realiza con todo su ser-, cuya comprensión exige mucho más que el simple reconocimiento de las palabras". De la lectura se puede decir prácticamente lo mismo: siguiendo el texto el lector capta su significado gracias a un método, sumamente complicado, de significados aprendidos, convenciones sociales, lecturas anteriores, experiencias personales y gustos individuales. Ibn al-Haytham no estaba solo cuando leía en la academia de El Cairo; por encima de su hombro, por así decirlo, se cernían las sombras de los eruditos de Basora que le habían enseñado la sagrada caligrafía del Corán en la aljama, las de Aristóteles y sus lúcidos comentaristas, las de los amigos con quienes ibn al-Haytham habría cambiado impresiones sobre Aristóteles, las de los diferentes ibn al-Haytham que, a través de los años, se convirtieron finalmente en el científico que al-Hakim invitó a su corte.

Lo que todo esto parece implicar es que, cuando estoy sentado frente a mi libro, yo, como antes ibn al-Haytham, no percibo simplemente las letras y los espacios en blanco de las palabras que componen el texto. Para extraer un mensaje de ese sistema de signos negros y blancos he de aprehender primero el sistema de una manera errática en apariencia, a través de ojos inconstantes y volubles, y luego reconstruir el código de signos por medio de una cadena de neuronas que elabora la información en mi cerebro -una cadena que varía según la naturaleza del texto que esté leyendo- y que añaden a ese texto un algo -emoción, sensaciones corporales, intuición, conocimiento, alma- que depende de quién yo sea y de cómo haya llegado a ser quien soy. "Para comprender un texto", escribió en los años ochenta el doctor Merlin C. Wittrock, "no sólo lo leemos, en el sentido literal de la palabra, sino que le construimos un significado". En este complejo proceso, "los lectores sirven al texto. Crean imágenes y realizan transformaciones verbales para representar su significado. Más impresionante todavía, generan significado mientras leen, gracias a la construcción de relaciones entre sus conocimientos, el recuerdo de sus experiencias, y las frases, párrafos y pasajes escritos". Leer, por tanto, no es un proceso automático consistente en captar un texto como un papel fotosensible fija la luz, sino un proceso de reconstrucción desconcertante, laberíntico, común a todos los lectores y al mismo tiempo personal. Si leer es independiente, por ejemplo, de oír; si es un único conjunto característico de procesos psicológicos o consiste por el contrario en una gran diversidad de procesos de esa índole es algo que los investigadores desconocen aún, pero muchos creen que su complejidad puede ser tan grande como la del acto mismo de pensar. La lectura, según el doctor Wittrock, "no es un fenómeno idiosincrásico ni anárquico. Pero tampoco es un proceso monolítico, unitario, en el que sólo es correcto un significado. Se trata, más bien, de un proceso generativo que refleja el intento disciplinado por parte del lector de construir uno o más significados dentro de las reglas del lenguaje".

"Analizar exhaustivamente lo que hacemos cuando leemos"-, reconoció a finales del siglo XIX el investigador estadounidense E. B. Huey-, "sería casi el éxito supremo del psicólogo, porque significaría describir gran parte de los procesos más intrincados de la mente humana". Todavía estamos lejos de este éxito. Misteriosamente, seguimos leyendo sin disponer de una definición satisfactoria de qué es lo que estamos haciendo. Sabemos que leer no es un proceso que pueda explicarse mediante un modelo mecánico; también sabemos que tiene lugar en determinadas zonas del cerebro, pero sabemos igualmente que esas zonas no son las únicas que participan; sabemos que el proceso de leer, como el de pensar, depende de nuestra habilidad para descifrar y hacer uso del lenguaje, del tejido de palabras que forma texto e idea. El temor que, al parecer, preocupa a los investigadores es el de que sus conclusiones comprometan el lenguaje mismo con que las expresen: el temor a que el lenguaje sea en sí mismo un absurdo, una pura arbitrariedad, que quizá no comunique nada excepto la imprecisión de su ser; que pueda depender casi por completo para su existencia no de quienes lo enuncian sino de sus intérpretes, y que el rol de los lectores sea hacer visible -utilizando la espléndida frase de ibn-al Haytham- "aquello que la escritura sugiere mediante indicios y sombras".

Texto extraído del libro "Una historia de la lectura", A. Manguel, págs. 45/61, ed.Norma, Colombia, 1999.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones octubre 2004

 

        

 

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