Leer sombras
Alberto Mangel
En 1984 fueron descubiertas en Tell Brak, Siria,
dos tablillas de arcilla, de forma vagamente rectangular,
fabricadas en el cuarto milenio a. C. Tuve ocasión de verlas,
un año antes de la Guerra del Golfo, en una discreta vitrina del
museo arqueológico de Bagdad. Se trataba de objetos sencillos,
sin especial relieve, con unas pocas marcas: una pequeña muesca
en la parte más alta y en el centro, algo semejante a un animal
dibujado con un objeto puntiagudo de madera. Uno de los animales
podría ser una cabra y en ese caso, el otro correspondería probablemente
a una oveja. La muesca, dicen los arqueólogos, representa el número
diez. Toda nuestra historia comienza con esas dos modestas tablillas.
Figuran -si es que la guerra las respetó- entre los
ejemplos de escritura más antiguos que conocemos.

Tablillas sumerias
Hay un no sé
qué de extraordinariamente conmovedor en esas tablillas.
Quizá cuando contemplamos esos dos trozos de arcilla que fueron
arrastrados por un río que ya no existe, observamos las delicadas
incisiones hechas para representar animales que volvieron al polvo
hace miles de años, evocamos una voz, un pensamiento, un mensaje
que nos dice: "Aquí había diez
cabras", "Aquí
había diez ovejas", palabras pronunciadas por
un granjero meticuloso en los días en que los desiertos eran verdes.
Por el mero hecho de mirar esas tablillas
mantenemos un recuerdo que se remonta a los comienzos de nuestra
historia, conservamos una
idea, aunque el hombre que la pensara ya no exista, y participamos
en un acto de creación que seguirá vigente durante todo el tiempo
en que las imágenes incisas sean vistas, descifradas y leídas.
Al igual que
mi nebuloso antecesor sumerio que leía esas dos tablillas en una
tarde inconcebiblemente remota, también yo estoy leyendo, aquí,
en mi habitación, a través de los siglos y los mares. Sentado
ante mi escritorio, los codos sobre el libro, la barbilla apoyada
en las manos, olvidado por un momento de la cambiante luz exterior
y de los ruidos que llegan de la calle, veo, escucho, sigo (aunque
estas palabras no hacen justicia a lo que me está sucediendo)
un relato, una descripción, un razonamiento. Nada se mueve a excepción
de mis ojos y de mi mano que, de cuando en cuando, vuelve una
página, y sin embargo algo que no puede definirse exactamente
con la palabra 'texto' se
despliega, crece y se enraíza mientras leo. Pero, ¿cómo sucede
tal proceso?
La lectura
comienza con los ojos. "El más agudo de nuestros sentidos es el de la vista",
escribió Cicerón, señalando que cuando vemos un texto lo
recordamos mejor que cuando simplemente lo oímos. San Agustín
alabó los ojos (y luego los condenó) por ser el punto de entrada
del mundo, y santo Tomás de Aquino llamó a la vista "el
más poderoso de los sentidos, a través del cual adquirimos conocimientos".
Para cualquier lector resulta evidente que las letras se captan
a través de la vista. Pero,
¿mediante qué alquimia se convierten en palabras inteligibles?
¿Qué sucede en nuestro interior cuando nos enfrentamos con un
texto? ¿Cómo es que las cosas vistas, las "sustancias"
que llegan, por los ojos, a nuestro laboratorio interior, los
colores y las formas de objetos y letras, pasan a ser legibles?
¿Qué es, en realidad, el acto al que llamamos lectura?
Empédocles, en el siglo v a. C., describió el
ojo como nacido de la diosa Afrodita, quien "aisló
un fuego mediante membranas y delicadas telas, con las cuales
retenía el agua profunda que lo rodeaba, si bien dejaban salir
al exterior las llamas interiores". Más de un
siglo después, Epicuro imaginó que esas llamas eran delgadas
láminas de átomos que fluían de la superficie de todos los objetos
y entraban en nuestros ojos y en nuestras mentes como una constante
lluvia ascendente, empapándonos con todas las cualidades del objeto.
Euclides, contemporáneo de Epicuro, propuso la teoría opuesta:
los ojos del observador emiten rayos que aprehenden el objeto
observado. Problemas aparentemente insuperables vician ambas teorías.
En el caso de la primera, la llamada teoría de la 'intromisión':
¿cómo, por ejemplo, podría la película de átomos emitida por un
objeto de gran tamaño -un elefante o el monte Olimpo entrar
en un espacio tan pequeño como el ojo humano? En cuanto a la segunda,
la teoría de la 'extromisión', ¿qué rayo podría salir de los ojos
y en una fracción de segundo, alcanzar las remotas estrellas que
vemos todas las noches?
Pocos decenios
antes, Aristóteles había propuesto otra teoría. Anticipándose
y corrigiendo a Epicuro, argumentó que las cualidades de la cosa
observada -en lugar de una película o lámina de átomos-
viajaban por el aire (o algún otro medio) hasta el ojo del observador,
de manera que lo aprehendido no eran las dimensiones reales sino,
en el caso de una montaña, por ejemplo, su tamaño relativo y su
forma. El ojo humano, según Aristóteles, sería como un
camaleón, por lo que, adoptando la forma y el color del objeto
observado, transmitía luego esa información, mediante los humores
oculares, hasta las todopoderosas entrañas (splanchna),un
conglomerado de órganos que incluía el corazón, el hígado, los
pulmones, la vesícula biliar y los vasos sanguíneos, y que dominaba
la movilidad y los sentidos.
Seis siglos
más tarde, el médico griego Galeno ofreció una cuarta solución,
contradiciendo a Epicuro y siguiendo a Euclides. Galeno
propuso que un "espíritu visual", nacido en el cerebro,
penetraba en el ojo a través del nervio óptico y salía luego al
aire exterior. El aire mismo era, entonces, capaz de percibir,
aprehendiendo las cualidades de los objetos por muy alejados que
se encontraran. Esas cualidades se transmitían por el camino inverso,
a través de los ojos, hasta alcanzar el cerebro, descendiendo
después por la médula espinal hasta los nervios de los sentidos
y del movimiento. Para Aristóteles, el observador era una
entidad pasiva que recibía a través del aire la cosa observada,
transmitida acto seguido al corazón, sede de todas las sensaciones,
incluida la visión. Para Galeno, en cambio, el observador,
al atribuirle sensibilidad al aire, desempeñaba un papel activo,
y la raíz de la que procedía la visión se hallaba en lo más profundo
del cerebro.
Los eruditos
medievales, para quienes Galeno y Aristóteles
fueron la fuente del saber científico, aceptaron en su mayor parte
que se podía establecer una relación jerárquica entre esas dos
teorías. No se trataba de que una teoría anulara a la otra; lo
importante era lograr con ambas un mejor entendimiento de cómo
las diferentes partes del cuerpo se relacionaban con las percepciones
del mundo exterior y, también, de cómo esas partes se relacionaban
entre sí. Gentile da Foligno, médico del siglo XIV, afirmó
que ese entendimiento era
"un paso tan esencial para la
medicina como el aprendizaje del alfabeto para la lectura",
y recordó que san Agustín, entre otros Padres de la Iglesia, ya
había considerado la cuestión detenidamente. Para san Agustín,
tanto el cerebro como el corazón funcionaban como pastores de
aquello que los sentidos almacenaban en la memoria; san Agustín
usó el verbo colligere (que significa al mismo tiempo 'reunir'
y 'resumir') para describir cómo eran recogidas esas impresiones
en los diferentes compartimentos de la memoria, "sacándolas
de sus antiguas guaridas, puesto que no tienen ningún otro sitio
donde ir".

Representación gráfica de las funciones
del cerebro en manuscrito del siglo V del De Anima (Aristóteles)
La memoria era
tan sólo una de las funciones que se beneficiaba de este cultivo
de los sentidos. Los eruditos medievales coincidían en aceptar
que (como Galeno había sugerido) la vista, el oído, el olfato,
el gusto y el tacto se alimentaban de un almacén sensorial localizado
en el cerebro: el"sentido
común", del que procedía no sólo
la memoria sino también el conocimiento, la fantasía y los sueños.
Ese almacén, a su vez, estaba conectado con la splanchna de
Aristóteles, reducida ahora por los comentaristas medievales al
corazón, centro de todos los sentimientos. De ese modo se establecía
un parentesco directo de los sentidos con el cerebro, al tiempo
que se declaraba al corazón gobernante supremo del cuerpo. Una
traducción alemana manuscrita, realizada a finales del siglo XV,
del tratado de Aristóteles sobre lógica y filosofía natural
lleva el dibujo de la cabeza de un hombre, ojos y boca abiertos,
ventanas de la nariz dilatadas, y una oreja cuidadosamente detallada.
Dentro del cerebro aparecen cinco circulitos conectados que representan,
de izquierda a derecha, la sede del sentido común, y luego el
emplazamiento de la imaginación, la fantasía, el poder cogitativo
y la memoria. Según las glosas adjuntas, el círculo del sentido
común está relacionado con el corazón, representado igualmente
en el dibujo. Este diagrama es un buen ejemplo de cómo se imaginaba
el proceso de la percepción en la baja Edad Media, con una pequena
adición: aunque no esté representado aquí, se argüía (volviendo
a Galeno) que en la base del cerebro había una "red
maravillosa" -rete mirabile- de
pequeños vasos que funcionaban como canales de comunicación para
refinar lo que llegaba al cerebro, Esta rete mirabile aparece
en el dibujo de un cerebro que Leonardo da Vinci compuso
hacia 1508, en el que marca con claridad la separación de los
ventrículos y atribuye a las diferentes secciones las distintas
facultades mentales. Según Leonardo, "el
senso comune [sentido común]
es el que juzga las impresiones transmitidas Por los otros
sentidos... y está situado en el centro del cráneo, entre la impresiva
[centro de las impresiones] y la memoria [centro de
la memoria]. Los objetos clrcundantes transmiten sus imágenes
a los sentidos y los sentidos los envían a la impresiva. La impresiva
las comunica al senso comune y, desde allí, se imprimen en la
memoria donde quedan más o menos fijos, de acuerdo con la importancia
y fuerza del objeto de que se trate". La mente
humana, en tiempos de Leonardo, era considerada
como un pequeño laboratorio donde el material recogido por los
ojos, oídos y otros órganos de percepción, se convertía en "impresiones"
en el cerebro, impresiones que se convertía en impresiones que
a su vez eran canalizadas través del centro del sentido común
y luego transformadas por una o varias de las facultades -como
la memoria- bajo la influencia del corazón supervisor. La visión
de letras de tinta negra (para utilizar una imagen alquímica)
se convertía, gracias a ese proceso, en el oro del conocimiento.
Pero seguía
sin resolverse una cuestión fundamental: ¿éramos
nosotros, los lectores, quienes salíamos a capturar las letras
sobre la página según las teorías de Euclides y de Galeno, o eran
las letras las que venían en busca de nuestros sentidos, como
habían mantenido Epicuro y Aristóteles? Para Leonardo
y sus contemporáneos, la respuesta (o los indicios de una respuesta)
podría encontrarse en una traducción, hecha en el siglo XIII,
de un libro escrito en Egipto doscientos anos antes (tanto se
prolongan a veces las vacilaciones del saber) por el erudito de
Basora al-Hasan ibn al-Haytham, conocido en
Occidente como Alhacén.

Sistema visual de al-Haytham
Egipto floreció en el siglo XI bajo el gobierno de
los fatimíes, y se enriqueció gracias a los productos del valle
del Nilo y al comercio con sus vecinos mediterráneos, mientras
un ejército reclutado en el extranjero, y formado por beréberes,
sudaneses y turcos protegía sus desérticas fronteras. Esta heterogénea
combinación de comercio internacional y guerra mercenaria dio
al Egipto fatimí todas las ventajas y posibilidades de un Estado
verdaderamente cosmopolita.
En 1004,
el califa al-Hakim (que llegó al poder a los once
años y que desapareció misteriosamente veinticinco años después
durante un paseo solitario) fundó en El Cairo una academia de
gran importancia -la Dar al-Ilm o Casa de la Ciencia-
para la que tomó como modelo instituciones preislámicas y a la
que donó, con destino al pueblo, su importante colección personal
de manuscritos, decretando que "todos
sin excepción pudieran ir a leerlos, transcribirlos y estudiarlos".
La imaginación popular juzgó con benevolencia las excéntricas
decisiones de al-Hakim -como prohibir el juego del
ajedrez y la venta de pescado sin escamas- y la crueldad
de sus métodos, en razón de sus logros como administrador. Su
objetivo era convertir El Cairo fatimí no sólo en el centro simbólico
del poder político sino también en la capital de la actividad
artística y de la investigación científica, y con ese propósito
invitó a la corte a muchos famosos astrónomos y matemáticos, entre
ellos a ibn al-Haytham. El cometido oficial de ibn
al-Haytham fue idear un método que permitiera regular el
caudal del Nilo. En este propósito no tuvo el éxito deseado, pero
también empleó sus días en preparar una refutación de las teorías
astronómicas de Tolomeo (que sus enemigos criticaron afirmando
que era "una nueva colección de dudas más que una refutación")
y sus noches en escribir un voluminoso tratado de óptica, verdadero
cimiento de su fama.
Según ibn
al-Haytham, toda percepción del mundo exterior comporta
ciertas inferencias deliberadas que nacen de nuestra capacidad
de juicio. Para desarrollar esta teoría, ibn al-Haytham
siguió el argumento básico de la teoría de la "intromisión"
aristotélica -las cualidades de las cosas que
vemos entran en el ojo por medio del aire- y apoyó esta
elección con precisas explicaciones físicas, matemáticas y fisiológicas.
Pero, de manera más radical, ibn al-Haytham distinguió entre
"pura sensación" y "percepción":
la primera, inconsciente o involuntaria (como ver la luz al otro
lado de la ventana y las cambiantes sombras de la tarde), la segunda,
el fruto de un acto voluntario de reconocimiento (como recorrer
el texto de una página). La importancia
del argumento de ibn al-Haytham radica en que identificó
por vez primera, en el acto de percibir, una graduación en la
conciencia de la acción, el paso de "ver" a "descifrar"
o a "leer".
Al-Haytham murió en El Cairo en 1038. Dos siglos
más tarde, el erudito inglés Roger Bacon -al tratar
de justificar el estudio de la óptica ante el papa Clemente IV
en una época en la que determinadas facciones dentro de la Iglesia
católica argumentaban con apasionamiento que la investigación
científica era contraria al dogma cristiano- presentó un
resumen revisado de la teoría de ibn al-Haytham. Siguiendo
sus enseñanzas (aunque, al mismo tiempo, restase importancia a
la erudición islámica), Bacon explicó a Su Santidad los
mecanismos de la teoría de la intromisión. Según Bacon, cuando miramos
un objeto (un árbol o las letras SOL) se forma una pirámide visual
que tiene como base el objeto mismo y como vértice el centro de
la curvatura de la córnea. "Vémos" cuando la pirámide
entra en nuestro ojo y sus rayos se ordenan sobre la superficie
del globo ocular, refractándose de tal manera que no se interceptan.
Ver, para Bacon, era el proceso activo por el que la imagen
de un objeto entra en el ojo, siendo después captada gracias a
las "facultades visuales" del ojo.
Pero, ¿cómo se convierte en lectura
tal percepción? ¿Cómo se relaciona el acto de aprender las letras
con un proceso en el que participan no sólo vista y percepción
sino inferencia, juicio, memoria, reconocimiento, conocimiento,
experiencia y práctica? Ibn al-Haytham sabía (y Bacon,
sin duda, estaba de acuerdo) que todos esos elementos, necesarios
para realizar el acto de la lectura,
le conferían una asombrosa complejidad que exigía, para realizarla
con éxito, la coordinación de cien habilidades distintas. Además
de esas habilidades, también afecta a la lectura el tiempo, el
lugar, la tablilla, el pergamino, la página o la pantalla sobre
cuya superficie se realiza el acto de leer: en el caso del anónimo
granjero sumerio influía el pueblo cercano en donde cuidaba de
sus cabras y ovejas, y la arcilla redondeada; para ibn al-Haytham,
la habitación nueva y blanqueada de la academia de El Cairo, así
como el manuscrito de Tolomeo, desdeñosamente leído; para Bacon,
la celda de la cárcel, donde cumplió condena por sus enseñanzas
poco ortodoxas, y sus valiosísimos volúmenes científicos; para
Leonardo, la corte de Francisco I, donde transcurrieron
sus últimos años, y los cuadernos en los que hizo anotaciones
utilizando una escritura secreta que sólo se puede leer delante
de un espejo.
Todos estos elementos, desconcertantemente
diversos, confluían en un mismo acto; hasta ahí ya había llegado
ibn al-Haytham. Pero cómo sucedía ese acto, qué intrincadas y
formidables conexiones establecían entre sí esos elementos, era
una cuestión que, para ibn al-Haytham y para sus lectores,
seguía sin respuesta.
La neurolingüística moderna,
que estudia las relaciones entre cerebro y lenguaje, comienza
en 1865, casi ocho siglos y medio después de ibri al-Haytham.
En ese año dos científicos franceses, Michel Dax y Paul
Broca sugirieron, en estudios simultáneos pero por separado,
que la vasta mayoría de la humanidad, como resultado de un proceso
genético que comienza en la concepción, viene al mundo con un
hemisferio cerebral izquierdo que, a la larga, se convierte en
la parte dominante del cerebro a la hora de codificar y descodificar el lenguaje; un número
mucho menor de seres humanos, en su mayor parte personas zurdas
o ambidextras, desarrollan esa función en el hemisferio cerebral
derecho. En muy pocos casos (en personas genéticamente predispuestas
a un hemisferio izquierdo dominante), lesiones tempranas en el
hemisferio izquierdo tienen como resultado una "reprogramación"
cerebral que lleva al desarrollo de la función del lenguaje en
el hemisferio derecho. Pero ninguno de los dos hemisferios actuará
como codificador o descodificador hasta que la persona se exponga,
realmente, a la práctica.
Para cuando el primer escriba garrapateó y pronunció las primeras
letras, el cuerpo humano ya era capaz de actos de escritura y
de lectura que aún pertenecían al futuro; es decir el cuerpo estaba
en condiciones de almacenar, recordar, descifrar toda clase de
sensaciones, incluidos los signos arbitrarios del lenguaje escrito
que aún estaban por inventarse. Esta noción, que somos capaces
de leer antes de que empecemos realmente a hacerlo -antes
siquiera de haber visto una página abierta ante nosotros -es
similar a la del arquetipo platónico, que sugiere la existencia
de un objeto en la mente antes de verlo en la realidad. El habla,
al parecer, evoluciona según esa misma pauta. "Descubrimos" una palabra porque el objeto
o idea que representa ya existe en nosotros, "dispuesto
a enlazarse con la palabra". Es como si nuestros
padres, o aquellas personas que primero nos dirigen la palabra,
nos ofrecieran un regalo del mundo exterior, aunque la habilidad
para captar ese regalo sea nuestra. En ese sentido, las
palabras habladas (y más adelante, las palabras leídas) no nos
pertenecen ni a nosotros ni a nuestros padres, ni a nuestros autores;
ocupan un espacio de significado compartido, un umbral común que
se halla al comienzo de nuestra relación con las artes de la conversación
y de la lectura.
Según el profesor
André Roch Lecours, del hospital Côte-des-Neiges
de Montreal, la exposición exclusiva al lenguaje
oral quizá no baste para que uno de los dos hemisferios
desarrolle plenamente las funciones
del lenguaje; tal vez sea necesario, para que nuestro
cerebro permita ese desarrollo, que se nos enseñe a reconocer
un sistema compartido de signos visuales. Dicho
de otra manera: para poder desarrollar estas funciones, debemos
aprender a leer.
Durante la década
de 1980, mientras trabajaba en Brasil, el profesor Lecours
llegó a la conclusión de que el programa genético que desembocaba
en un predominio de la parte izquierda del cerebro se ponía en
marcha con menos frecuencia en las personas que no habían aprendido
a leer. Esto le hizo pensar que se podría explorar el proceso
de la lectura mediante el estudio de pacientes en los
que se hubiera deteriorado esa facultad. (Galeno afirmó,
hace mucho tiempo, que una enfermedad no sólo revela el fallo
del cuerpo para llevar a cabo una función sino que también arroja
luz sobre la función ausente.) Pocos años después, estudiando
en Montreal pacientes con dificultades para hablar o para leer,
el profesor Lecours logró hacer una serie de observaciones relativas
a los mecanismos de la lectura. En casos de afasia, por ejemplo -cuando el paciente ha
perdido de manera parcial o completa la capacidad de hablar o
de entender la palabra hablada-, Lecours descubrió
que determinadas lesiones del cerebro causaban en el habla dificultades
concretas curiosamente restringidas o limitadas: algunos pacientes
sólo tenían problemas para leer o escribir palabras de ortografía
irregular (como en el caso de las palabras inglesas "rough"
o "though"); otros no podían leer palabras inventadas
(fiulso" o "boojum"); otros, en cambio, veían ciertas
palabras extrañamente ordenadas, o desigualmente distribuidas
sobre la página, pero no podían pronunciarlas. A veces esos pacientes
leían palabras enteras pero no sílabas; en otros casos leían reemplazando
unas determinadas palabras por otras. Lemuel Gulliver,
al describir a los struldbruggs de Laputa, señalaba que, a partir
del momento en que cumplen los noventa años, estos distinguidos
ancianos no pueden distraerse con la lectura, "porque la memoria no les permite ir desde el principio
hasta el final de una frase; y a causa de ese defecto se ven privados
de la única distracción que podría entretenerlos".
Varios de los enfermos del profesor Lecours padecían precisamente
de ese tipo de trastorno. Para complicar la cuestión, en estudios
similares realizados en China y en Japón los investigadores observaron
que los pacientes acostumbrados a leer ideogramas, a diferencia
de los lectores de alfabetos fonéticos, reaccionaban de manera
distinta, como si esas funciones específicas del lenguaje predominasen
en diferentes zonas del cerebro.
Mostrarándose de acuerdo con ibn al-Haytham,
el profesor Lecours concluyó que el
proceso de leer reclamaba al menos dos fases: "ver"
primero la palabra y "considerarla" luego según la información
previamente recibida. Al igual que el escriba sumerio
de hace miles de años, yo me coloco delante de las palabras, las
miro, las veo, y lo que veo se organiza por sí mismo según un
código o sistema que he aprendido y que comparto con otros lectores
de mi época y lugar, código que se ha afincado en secciones específicas
de mi cerebro. "Es como si la
información que los ojos reciben de la página",
argumenta el profesor Lecours, "viajara
por el cerebro a través de una serie de conglomerados de neuronas
especializadas, localizados en secciones concretas del cerebro,
efectuando funciones específicas. Todavía no sabemos exactamente
en qué consiste exactamente cada una de esas funciones, pero en
determinados casos de lesiones cerebrales uno o varios de esos
conglomerados se desconectan, por así decirlo, de la cadena, y
el paciente es incapaz de leer determinadas palabras, o cierto
tipo de lenguaje, o deja de poder leer en voz alta, o reemplaza
un conjunto de palabras por otro. Las posibilidades de desconexión
parecen ser infinitas ".
Tampoco el acto
primario de recorrer la página con los ojos es un proceso continuo
y sistemático. Normalmente tenemos la impresión de que, cuando
estamos leyendo, nuestros ojos avanzan con fluidez, sin interrupciones,
a lo largo de las líneas de una página y que, cuando leemos escritura
occidental, por ejemplo, nuestros ojos van de izquierda a derecha.
Esto no es cierto. Hace un siglo, el oftalmólogo francés Émile
Javal descubrió que, en realidad, nuestros ojos realmente
saltan como pulgas por la página; esos saltos o tirones ocurren
tres o cuatro veces por segundo, "barriendo" unos 200
grados por segundo. La velocidad del movimiento del ojo a través
de la página -pero no el movimiento mismo interfiere con
la percepción, y tan sólo "leemos" en realidad durante
la breve pausa entre movimientos. El porqué de que nuestro sentido
de la lectura esté relacionado con la continuidad del texto
sobre la página o sobre la pantalla, asimilando frases o pensamientos
completos, y no con el movimiento real, a saltos, de los ojos,
es un problema que los científicos no han logrado aún resolver.
Al analizar
la historia de dos casos clínicos -un afásico capaz de hacer
discursos elocuentes en un lenguaje ininteligible y un agnósico
que era capaz de utilizar lenguaje corriente pero que no lograba,
en cambio, dotarlo de entonación o sentimiento-, el doctor
Oliver Sacks llegó a la conclusión de que "el
habla, el discurso natural, no consiste únicamente en palabras...,
consiste en la elocución -en la expresión del
significado completo del hablante, expresión que éste realiza
con todo su ser-, cuya comprensión exige mucho más que el simple reconocimiento
de las palabras". De la lectura se puede
decir prácticamente lo mismo: siguiendo el texto el lector capta
su significado gracias a un método, sumamente complicado, de significados
aprendidos, convenciones sociales, lecturas anteriores, experiencias
personales y gustos individuales. Ibn al-Haytham no
estaba solo cuando leía en la academia de El Cairo; por encima
de su hombro, por así decirlo, se cernían las sombras de los eruditos
de Basora que le habían enseñado la sagrada caligrafía del Corán
en la aljama, las de Aristóteles y sus lúcidos comentaristas,
las de los amigos con quienes ibn al-Haytham habría cambiado
impresiones sobre Aristóteles, las de los diferentes ibn al-Haytham
que, a través de los años, se convirtieron finalmente en el científico
que al-Hakim invitó a su corte.
Lo que todo esto parece implicar es que, cuando estoy
sentado frente a mi libro, yo, como antes ibn al-Haytham,
no percibo simplemente las letras y los espacios en blanco de
las palabras que componen el texto. Para extraer un mensaje de
ese sistema de signos negros y blancos he de aprehender primero
el sistema de una manera errática en apariencia, a través de ojos
inconstantes y volubles, y luego reconstruir el código de signos
por medio de una cadena de neuronas que elabora la información
en mi cerebro -una cadena que varía según la naturaleza
del texto que esté leyendo- y que añaden a ese texto un
algo -emoción, sensaciones corporales, intuición, conocimiento,
alma- que depende de quién yo sea y de cómo haya llegado
a ser quien soy. "Para comprender
un texto", escribió en los años ochenta el doctor
Merlin C. Wittrock, "no
sólo lo leemos, en el sentido literal de la palabra, sino que
le construimos un significado". En este complejo
proceso, "los lectores sirven
al texto. Crean imágenes y realizan transformaciones verbales
para representar su significado. Más impresionante todavía, generan
significado mientras leen, gracias a la construcción de relaciones
entre sus conocimientos, el recuerdo de sus experiencias, y las
frases, párrafos y pasajes escritos". Leer,
por tanto, no es un proceso automático consistente en captar un
texto como un papel fotosensible fija la luz, sino un proceso
de reconstrucción desconcertante, laberíntico, común a todos los
lectores y al mismo tiempo personal. Si leer es independiente,
por ejemplo, de oír; si es un único conjunto característico de
procesos psicológicos o consiste por el contrario en una gran
diversidad de procesos de esa índole es algo que los investigadores
desconocen aún, pero muchos creen que su complejidad puede ser
tan grande como la del acto mismo de pensar. La lectura,
según el doctor Wittrock, "no
es un fenómeno idiosincrásico ni anárquico. Pero tampoco es un
proceso monolítico, unitario, en el que sólo es correcto un significado.
Se trata, más bien, de un proceso generativo que refleja el intento
disciplinado por parte del lector de construir uno o más significados
dentro de las reglas del lenguaje".
"Analizar
exhaustivamente lo que hacemos cuando leemos"-, reconoció a finales del siglo
XIX el investigador estadounidense E. B. Huey-, "sería
casi el éxito supremo del psicólogo, porque significaría describir
gran parte de los procesos más intrincados de la mente humana".
Todavía estamos lejos de este éxito. Misteriosamente, seguimos
leyendo sin disponer de una definición satisfactoria de qué es
lo que estamos haciendo. Sabemos que leer no es un proceso
que pueda explicarse mediante un modelo mecánico; también sabemos
que tiene lugar en determinadas zonas del cerebro, pero sabemos
igualmente que esas zonas no son las únicas que participan; sabemos
que el proceso de leer, como el de pensar, depende de nuestra
habilidad para descifrar y hacer uso del lenguaje, del
tejido de palabras que forma texto e idea. El temor que, al parecer,
preocupa a los investigadores es el de que sus conclusiones comprometan
el lenguaje mismo con que las expresen: el temor a que el lenguaje sea en sí mismo un absurdo, una pura arbitrariedad,
que quizá no comunique nada excepto la imprecisión de su ser;
que pueda depender casi por completo para su existencia no de
quienes lo enuncian sino de sus intérpretes, y que el rol de los
lectores sea hacer visible
-utilizando la espléndida frase de ibn-al Haytham- "aquello
que la escritura sugiere mediante indicios y sombras".
Texto extraído del libro "Una historia de la
lectura", A. Manguel, págs. 45/61, ed.Norma, Colombia, 1999.
Selección y destacados: S.R.
Con-versiones octubre 2004