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Prólogo (a tesis)

Jacques Lacan

Hace unos trece años, hablando con dos de esas personas que llaman nulidades (lo cual, en la opinión estudiantil por lo menos, no hace sino acreditar aún más su título para ocupar la plaza de profesor), les decía: «No olviden que algún día propondrán como tema para una tesis lo que ahora estoy escribiendo.»
[(N. del autor). No se trata aquí de S. Leclaire y de J. Laplanche, a los que se aludirá más tarde.]

Me impulsaba como un deseo de que se informaran sobre ello: con lo cual verificaría si el cero se hace exactamente cargo del lugar que le señala su importancia.
Así, pues, ha sucedido. A ellos nada les ha sucedido, únicamente a mí: con mis "Escritos" me he convertido en tema de tesis.

Que se deba a la opción de una persona joven no es nada nuevo. Sorprendentemente, mi discurso de Roma, transcurridos diez años de su publicación, suscitó la aventura de un intelectual que en una universidad americana emergía de un túnel de trampero.

Ya sabemos que para hacer primavera se precisa una segunda golondrina. Por tanto, única en este lugar, aun si hay varias en él. Se multiplica una sonrisa cuando es la de una joven muchacha.
Anthony, Anika, una Antonella que me traduce al italiano. ¿Qué señal de un viento nuevo insiste en estos nombres iniciales? Que aquí, pues, ella me perdone de la que me valgo para designar lo que al mostrar ella borra. [que aquí se me entienda bien: al mostrarlo cual conviene].

Mis "Escritos" no sirven para una tesis, la universitaria particularmente: antitéticos por naturaleza, pues lo que formulan sólo cabe tomarlo o dejarlo.
Cada uno de ellos no es, en apariencia, más que el memorial de un rechazo de mi discurso por el auditorio que incluía: en estricto sentido, los psicoanalistas.

Pero justamente al incluirlos sin prestarles atención cada uno de ellos verifica en un nuevo aspecto que no hay saber sin discurso.

Pues lo que tal saber sería, o sea el inconsciente que uno imagina, lo refuta el inconsciente tal cual es: un saber puesto en situación de verdad, lo que no se concibe sino de una estructura de discurso.
Discurso impensable al no poder emitirse más que a condición de ser proyectado uno fuera de él.

(Y no obstante, perfectamente enseñable sobre la base de un medio-decir: es decir, la técnica que tiene en cuenta el hecho de que la verdad siempre se dice a medias. Esto supone que el psicoanalista se manifiesta siempre a través de un discurso asintomático, lo mínimo que de él pueda esperarse.

A decir verdad, este imposible es el fundamento de su realidad. De una realidad desde la cual se juzga la consistencia de los discursos donde la verdad cojea; y justamente del hecho de que lo haga sin disimulo alguno, la inanidad, en cambio, del discurso del saber, cuando afirmándose en sus límites, obliga a mentir a los otros.

No es otra la operación que el discurso universitario practica cuando transforma en tesis esa ficción que denomina un autor, o hace lo mismo con la historia del pensamiento, o bien con alguna cosa que se reviste del título de progreso.

Resulta siempre falaz ilustrar con un ejemplo una incompatibilidad de este género.
Bien claro está que concierne a lo que es pertinente del alumno. Podría basarme en una antítesis y decir que en 1960 mis dos L vibraban de una sola, por cuanto fuera una de ellas de los que no cabe sorprender sin tener su propio universo organizado. Por ello entiendo aquel líquen que nos unifica el bosque, cuando conviene que éste nos tape el árbol.

En estas fechas, trátase únicamente de exponer mis propias enseñanzas, las cuales vienen formulándose (cada ocho días hace siete años), desde la sede más eminente de la psiquiatría francesa, en una lección inédita, dirigida ex profeso a sus destinatarios, los psiquiatras y los psicoanalistas, quienes, no obstante, hacen caso omiso de ello.

Este fenómeno singular es producto de segregaciones, ahí como en todas partes efectos de discursos; las cuales, sin embargo, por interferir en el campo concreto, estatuyen en él promulgaciones diferentes en fecha y origen.

Segregación, primero, de la psiquiatría en la Facultad de Medicina, donde la estructura universitaria despliega todas sus afinidades con el régimen patronal. Esta segregación se ampara en el hecho de que la psiquiatría practica también la segregación social. El resultado es que la psiquiatría designa un aposento de huéspedes generosamente sufragado con los fondos de la Universidad, en tanto que los que tienen derecho a esta vivienda se ven rechazados en el gueto, en otro tiempo denominado, no sin precisión, «de asilo». Un lugar así es el terreno abonado para las empresas civilizadoras donde se establece la arbitrariedad (aquí la de nuestro amigo Henry Ey).

Puede sobrevenir en él un diktat liberal, como en todas partes donde lo arbitrario sirve de fractura entre dominios implicados.
Así pues, de ningún otro factor, de ningún proceso dialéctico se deriva lo que por Bonneval, feudo de Henry Ey, me sucede en mi propio campo.

Si bien se mira, el habitat que el campo del psicoanalista ha encontrado en la psiquiatría se justifica mucho mejor por el hecho de una configuración política que no por una conexión de tipo práctico. Fue a él dirigido, por su antipatía hacia el discurso universitario, antipatía que no porque haya recibido su explicación de mis enseñanzas deja de tener eficacia cuando, convertida en síntoma, se traduce por instituciones que vehiculan unos beneficios secundarios.

Con respecto a la articulación segregativa de la institución psicoanalítica, bastará recordar que el privilegio de ingresar en ella tras la guerra se medía por la circunstancia de que todos los analistas de la Europa Central hubieran emigrado a los países atlánticos los años anteriores a su estallido -de ahí se iba a la hornada, a contener acaso un «numerus clausus», que una invasión rusa a prever anunciaba.

Lo que sigue después es secuela que mantienen la dominación establecida del discurso universitario en la U.R.S.S. y su aversión hacia el discurso sectario, que en cambio florece en los Estados Unidos por haber sido allí el fundador.

El juego sintomático explica el prodigio de que una denominada «Ipépée» pudiera prohibir, con efectos sobre los que aún no hubieran cumplido los cincuenta años de su obediencia, el acceso a mi seminario, y el de ver este decreto ratificado por la grey estudiantil hasta en la «sala de guardia» situada a unos cuatrocientos pasos de la clínica universitaria (cf. El aposento de huéspedes) en donde yo hablaba a la hora del almuerzo.

Que la moda actual no se imagine menos gregaria; no es más que forma metabólica del poder creciente de la Universidad, que tan bien me alberga bajo sus claustros. El discurso de la Universidad es desegregativo, incluso si vehicula el discurso del maestro, ya que no lo releva sino liberándolo de su verdad. Cree que la Ciencia asegura el éxito de este proyecto. Insoluble.

Nadie subestime, sin embargo, la autonomía de este discurso invocando su dependencia presupuestaria. Con nadie se ajustan así las cuentas. Lo que ahí se ha roto sólo puede percibirse a partir de otro discurso con el que se revelen sus costuras.
Resulta más accesible probar la incapacidad del discurso universitario para replicar a este discur­so, que le pone enmienda, con un procedimiento equivalente.

Los dos itinerarios se confunden cuando ocurre que en su interior repercute alguna cosa del discurso que reprime, y con tanta más seguridad cuanto que no se halla asegurado en ningún lado. Tal fue la prueba un día de un Politzer que a su calidad de marxista sumaba la de ser un alma sensible.

Al abrir de nuevo el libro de bolsillo en el que reaparece, con el inverosímil consentimiento del autor esta Critique des fondements de la psychologie, sorprenden sus propias fórmulas, con que se pregunta «si los pensamientos abandonados a sí mismos siguen siendo todavía los actos del "Yo"». A lo que responde, guiado por un mismo impulso: «Es imposible» (pág. 143 del utensilio citado).

Y en la pág. 151: «Los deseos inconscientes.... la conciencia los percibe, pero en ningún instante interviene una actividad en primera persona, un acto que tenga forma humana (las itálicas son del autor), y que implique el "yo". Pero queda que este deseo se halla sometido a transformaciones que son ya actos del "yo"... Los sistemas demasiado autónomos quiebran la continuidad del "yo" y el automatismo de los procesos de transformación y de elaboración excluye su actividad.»

A esto viene a parar la supuesta crítica, a la exigencia de los postulados defendidos por los más retrógrados incluso ahí donde no persisten -esto es, en la psicología universitaria- ­sino como fundamento preterido, quiérase o no.
No voy a recurrir al autor, del que partiría el discurso universitario, para explicar de qué modo, al promover justamente el relato como aquello mismo que delimita la experiencia analítica, surge transformado en fantasma por no haber prestado la atención suficiente.
El fracaso escandaloso de esta crítica yo lo localizaría en el nominalismo esencial a la Universidad moderna, es decir, aquélla con que «se ahuma» el capitalismo. Es ahí donde radica el discurso del que no cabe sino abominar cada vez más y con una mayor insistencia. (Operación bien cómica a posteriori).
Mis L salen del atolladero de un abanicazo con que expulsan esta «primera persona» del inconsciente. Bien saben cómo este inconsciente yo lo «intitulo» según su conveniencia. «En persona» -dicen- vale más envararlo.
Sin embargo, hubieran podido recordar que le hago decir a la verdad «Yo hablo» («Je parle»), y que si digo que ningún discurso se emite sino a condición de constituir un reenvío del mensaje bajo una forma invertida, no es para afirmar que la verdad que así Otro refleja esté en un «á Tue et á Toit avec Lui».

A Politzer, le hubiera propuesto la imagen del Yo innumerable, definido por la única relación con la unidad que es la recurrencia. ¿Quién sabe? Tal vez lo hubiera remitido a lo transfinito. Ahora bien, lo que importa nada tiene que ver con estas chanzas. Lo que debía chocar a mis dos L era el haber omitido, y con razón ya se ve, una referencia que sólo subrayan con el propósito de dar satisfacción a las únicas personas que esto interesa, las que nada tienen que ver con el psicoanálisis.

Marxismo del C. N. R. S. o fenomenología de las formas, la hostilidad, de naturaleza, o la amistad, de coyuntura, que de estas posiciones se corroboran en el discurso en cuestión, reciben así la eficiencia por la que ahí se les llama: neutralizados, se convertirán en neutralizadores.
Para quienes un discurso, inusitado para ellos porque ya hace siete años que lo silencian, remeda esa actitud denominada del «parapluie avalé», la idea extrema, de que nada tienen que restituir sino el paraguas filosófico que buen provecho haga a los demás.
Después de todo, si resulta exportable, hay que aprovechar la ocasión de proveerse de divisas cotizadas en el Alma mater.
Bien puede observarse esto cuando la renta sobre el inconsciente se invierte en el mercado paralelo, con razón coronado por los Tiempos modernos.
El mercado común profesional agudiza su sensibilidad.
¿En qué va a convertirse el inconsciente ahí dentro?

Si nos limitamos a lo que del aparato del significante lo articula, equivale a una propedéutica. Podría decirse que no he hecho nada más que presentar «Signorelli» (¡cómo la entrada del discurso en el olvido!) a la Sociedad de filosofía. Pero se trataba ahí de un contexto: el prejuicio substancialista, del que forzosamente debía estar afectado el inconsciente, era el signo de una intimidación a producir por lo abrumador de su materia de lenguaje, esto es, de una perturbación a sostener al dejar el suspenso.
Trátase aquí de gente o de «gens» (al menos si uno quiere dirigirse, sin intervención de terceros, a los interlocutores válidos), de gente repito, cuyo mito se halla acreditado por una práctica. Igual que ocurre en toda fe, lo fabuloso se arma ahí con lo sólido, lo firme. Esto hace rezumar el yo fuerte por todos lados, y la agresividad a secar; pasemos por alto el «supréme» de genital, que ya es cosa de la buena cocina.

Limitarse a lo que he fijado como algoritmo propio para escribir la relación de la metáfora como estructura significante con el retorno (hecho de significante demostrado) de lo reprimido, no tiene más valor que el de extracto de una edificación cuyo plano al menos podría indicarse.

El solar mental del lector de hoy, digamos el de que es joven, ha sido barrído por efectos de convergencia del discurso al que yo he contribuido, no sin que la cuestión de la distancia requerida respecto a los efectos máximos me haya desorientado antes de meditar sobre ello. No puede hacerse cargo de lo inaudible que era no hace muchos años mi propia voz, que hoy se difunde en todas partes. Tal vez aún entre los médicos no «balintés», podrá medir hasta qué punto es viable el ignorar por completo el inconsciente, lo que ahora para él (para él, inmenso, y gracias a mí, pobre) quiere decir: ignorar el inconsciente, es decir el discurso.
Claramente advierto el embarazo de mis dos L para abordar este «convent». No creo que esto sea suficiente para que abandonen libremente cualquier apelación al gráfico que han elaborado de mi seminario sobre las formaciones del inconsciente (1957-1958).

Este aparato del cual se figura... (sabe Dios qué riesgo es), donde se figura la «apparole» (acéptese, de este monstruo-palabra, el equívoco), la «apparole» -digo- que se hace del Otro (llamado «Grand Autre»), cesto horadado, para prender de cuatro esquinas el «basquet» del deseo, que ahí, balón-objeto, va a contraerse de fantasma; este aparato riguroso, sorprende que al ponerlo afuera, no se hayan vuelto secundarios, o dados por resueltos los regateos sobre la doble inscripción, ya que así lo hizo el propio Freud, por haber promovido, lo que diré con mi estilo presentido, el «mystic pad».
Ciertamente, las dificultades de trabajo que tan importante papel desempeñan en la indicación del psicoanálisis, en nada resultan reavivadas por el pase que el analista efectúa. Y es que esencialmente conciernen a la relación con la verdad.
(Esta última palabra no es fácil de manejar, pero acaso se deba a que su sentido vacila el que su empleo esté correctamente reglado.)
No estaría yo inserto en el discurso analítico si eludiera aquí la oportunidad de probar justamente lo que el discurso universitario se lleva consigo.
Partamos del asombro.

Admitamos que sea correcto valerse sin más de la fórmula de la metáfora, tal como la doy en mi escrito sobre Schreber (p. 557 de los Escritos); es decir:

(1)

Esta formulación figura ahí, como muestra lo que sigue, para hacer surgir de ella la función del significante Falo, en cuanto signo de la «pasión del significante». Es lo que la x, que habitualmente designa la variable, indica.
La fórmula originaria, también original, dada en "La instancia de la letra" (p. 515) es:

cuyo comentario es el texto íntegro de este Écrit y que en modo alguno podría prestarse, lo cual debería tener bien en cuenta nuestra L., a la transcripción que vamos a ver.
Trátase de aquélla que se opera a partir de... la analogía de una «escripción» de la proposición aritmética que hay que despojar poniéndola en ci­ fra: 1/4; 4/16 , lo que en efecto hace 1 (1/16) (aun es azar).
Pero porque este 1/16 pueda escribirse (no por azar): 1/16//4/4, qué razón puede verse ahí para transcribir la fórmula (1), con los acentos junto a las letras, del siguiente modo:

Para decirlo todo, ¿qué tiene que ver la divisoria con que Saussure inscribe el relativo infranqueable del significante con el significado, en la que (falsamente) se me imputa localizar la barrera del inconsciente respecto al preconsciente, con la divisoria, cualquiera que ésta sea, con que se indica la proporción euclidiana?

Cualquier resonancia del diálogo que en junio de aquel mismo año sostuve con Monsieur Perelman para refutar su concepción «analógica» de la metáfora (cf. p. 889-92 de mis Escritos), hubiera bastado para detener en esta pendiente al que por ella se siente fascinado. Lo fascina, pero de qué manera. ¿Cuál es el término que los tres puntos suspensivos que más arriba preceden a la palabra «analogía» muestran que no sé a qué santo encomendarlo? ¿Cuál es la palabra que designa la similaridad con que se rige la manipulación de un ábaco por un idiota?

No cabe ninguna duda. El autor se apoya en mi discurso para restituirlo a su manera, que no es precisamente la buena, si es que pretende que sea aquélla a la que el estudiante atiende y resulte instructiva.

Debo decirlo ingenuamente, puse cierta esperanza, en un momento difícil en el que desesperaba del psicoanalista, no en el discurso universitario, que aún no me cabía la posibilidad de circunscribir, sino en una suerte de «opinión verdadera» que suponía en su cuerpo (¡Hénaurme!» -hubiera exclamado quien ya se conoce).

He visto a algunos miembros de este cuerpo a los que atraía mi alimento. Aguardaba su sufragio. Pero lo que ellos practicaban era la copia.
Por tanto, ¿qué es de mi L., una L pequeña, todavia como de polluelo? Hela aquí que cobra envergadura concibiendo esta fórmula: el inconsciente es la condición del lenguaje.

Esto corresponde a L (-ala): uno de mis leales me asegura que entonces se expresó por medio de estos fonemas.

Ahora bien, lo que yo digo es que el lenguaje es la condición del inconsciente.

No es lo mismo. Es justamente lo contrario. Sin embargo, aun a pesar de ello, no puede decirse que no haya alguna relación.

L. hubiera vibrado afirmando que el inconsciente era la implicación lógica del lenguaje: no hay en efecto, inconsciente sin lenguaje. Hubiera podido ser esto un medio de abrirse paso hacia la raíz u origen de la implicación y de la misma lógica.
L. hubiera debido remontarse al sujeto que supone mi saber. ¿Quién sabe lo que así habría sucedido? L. se me hubiera adelantado en las conclusiones a que he llegado.

Ahí donde incluso se hubiera podido llevar la palma su  S/S inferior, que, tal cual, no puede significar otra cosa sino que un significante equivale a otro, es a partir del instante en que, advertida L., admite que un significante es capaz de significarse a sí mismo, pues de conocer la diferencia existente entre el uso formal del significante (registrado S) y su función natural (registrada S), hubiera aprehendido la curva o desviación en que se fundamenta la lógica llamada matemática.

Ahora bien, como uno no puede redescubrirlo todo con sus solas fuerzas, es justamente a la pereza, lo insondable de los pecados con que se levanta la Torre del Capital, a la que debe atribuirse la deficiencia de su información.
Para remediarlo, que L. se pregunte lo que se brinda ahí donde me encuentro en cuanto problema: esto es, ¿qué satisfacción se obtiene, urgiendo la S., significante natural, a experimentar lo que una formalización cada vez más adelantada de su práctica permite descubrir en ella de irreductible en cuanto lenguaje?

¿En este punto se concreta lo que hace el saber inseparable de la fruición, aun siendo siempre la del Otro?
¡Ah! ¿Por qué se demora L. en aquello que Freud para siempre ha designado como el narcisismo de la pequeña diferencia?
Pequeña, ya es bastante para que difiera del intervalo que separa la verdad del error.

De lo que Freud no parece haberse dado cuenta es que le debía, a este narcisismo, el ser Freud para siempre, es decir, toda su vida, y aun más allá para todo un círculo, el no poder dejar de ser citado como, en lo que dice, insuperable.
Y es que tiene la dicha de que no vaya tras de él la jauría universitaria.
Solamente la que él llamaba «su banda» personal.
Esto es lo que le permite a la mía el verificar simplemente su discurso.

Ahora bien, conmigo procede de extraña manera. Cuando partiendo de la estructura del lenguaje, vengo a formular la metáfora con el fin de dar cuenta de lo que él llama condensación en el inconsciente, y la metonimia en relación con el desplazamiento, se indignan porque no cito a Jakobson (del cual, por otra parte, en mi banda no se echaría de menos... el nombre si no lo hubiera yo pronunciado).

Pero cuando uno advierte, al leerlo al fin, que la fórmula con la que articulo la metonimia difiere de la de Jakobson, hasta el punto de que el desplazamiento freudiano lo hace depender él de la metáfora, esto se me reprocha entonces como si yo se la hubiera atribuido a él.
En resumen, uno se divierte así.

Cuando me es necesario dar cuenta, después de años de sueño (de sueño de los otros), de lo que dije en el barullo de Bonneval (renacer árbol y sobre mis brazos, todos los pájaros, todos los pájaros... ¿cómo sobrevivir a su parloteo eterno?), no puedo hacer en un escrito (Posición del inconsciente) más que recordar que el objeto a es el pivote del que se desenvuelve en su metonimia cada giro de frase.
¿Dónde situarlo este objeto a, el incorporal ma­yor de los estoicos? ¿En el inconsciente o bien en otro lugar? ¿Quién lo advierte?

Que este prólogo sirva de presagio a una persona que llegará lejos.
Al buen partido que ha sacado de las fuentes universitarias, falta por fuerza lo que la tradición oral designará en el porvenir: los textos fieles en saquearme, aunque omitan el restituírmelos.
Interesarán para transmitir literalmente lo que he dicho: iguales que el ámbar que preserva la mosca, para nada saber de su vuelo.

Texto extraído "Lacan", A. Rifflet-Lemaire, págs. 9/21, ed. Edhasa, Barcelona, España, 1971. Edición original: C. Dessart, Bruselas, 1970.
Selección y destacados: S.R.

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