Momentos
y corpiños
Juan Monserrat
[en
la mujer] "El superyó nunca deviene tan implacable,
tan impersonal, tan independiente de sus orígenes afectivos
como lo exigimos en el caso del varón. Rasgos de carácter
que la crítica ha enrostrado desde siempre a la mujer -que
muestra un sentimiento de justicia menos acendrado que el varón,
y menor inclinación a someterse a las grandes necesidades
de la vida; que con mayor frecuencia se deja guiar en sus decisiones
por sentimientos tiernos u hostiles estarían ampliamente
fundamentados en la modificación de la formación-superyó
que inferimos en las líneas anteriores. En tales juicios
no nos dejaremos extraviar por las objeciones de las feministas,
que quieren imponernos una total igualación e idéntica
apreciación de ambos sexos; pero sí concederemos
de buen grado que también la mayoría de los varones
se quedan muy a la zaga del ideal masculino, y que todos los individuos
humanos, a consecuencia de su disposición (constitucional)
bisexual, y de la herencia cruzada, reúnen en sí
caracteres masculinos y femeninos, de suerte que la masculinidad
y feminidad puras siguen siendo construcciones teóricas
de contenido incierto".
S. Freud
Marisa
pasea, mira vidrieras por la avenida Santa Fe. Es la pausa del
mediodía en el trabajo. De Callao hacia Libertad, Marisa, por
la avenida Santa Fe.
Marisa
se detiene frente a un negocio de lencería; hay una mujer dentro
de la vidriera que la está cambiando o arreglando. ¿Será empleada
o será la dueña del negocio? Marisa se fija en el cuidado con
que la mujer se mueve dentro de la vidriera; está descalza y usa
unas medias oscuras; se le marca el corpiño a través de la camisa
cuando se agacha para retirar unas prendas; Marisa percibe que
no es de la calidad de lo que venden: empleada.
La
otra vidriera del negocio tiene varios conjuntos en exhibición
y dos fotos de publicidades: una es Araceli recostada en un sillón;
la otra es de una chica adolescente en ropa interior: está sentada
de frente en un banquito, mirando a la cámara, las piernas algo
separadas, las manos por delante, protectoras, tomando el borde
del banquito. “No puede tener mas de quince” piensa Marisa y se
siente inquieta, apenas unos diez años más que su hija.
Marisa
mira su reloj, su mamá debe estar yendo a buscar al jardín de
infantes a su hija, el trabajo manda y su mamá la ayuda con Lucila.
Dentro de dos meses cumple seis, el año que viene a primer grado.
Marisa sigue mirando los conjuntos.
Marisa
piensa que en, indefectiblemente, como le pasara a ella, como
le pasará a todas las mujeres, va a llegar el día que tenga que
comprarle un corpiño a Lucila. Marisa ve la foto nuevamente, las
piernas y se acuerda de cuando su madre le llevó un corpiño la
primera vez: Entró en su pieza, le dejó una bolsita de cartón,
“probátelo y decime si te queda bien”. Marisa fue al baño y se
lo probó, se vio de perfil, de frente, sintió la leve presión
desconocida, vio que se le marcaba a través de la remera y le
dio vergüenza; al día siguiente lo comentaba con las compañeras
del grado.
A
Marisa le asalta el recuerdo de la juguetería Colón, estaba a
dos cuadras de donde está ella ahora, en la esquina de Santa Fe
y Talcahuano (¿o era Uruguay?). Su madre la llevaba a esa juguetería
a la salida de la dentista que tenía el consultorio cerca de ahí.
Marisa le temía al torno, como todos los chicos; la dentista la
recibía siempre con lo mismo: “abrí la boca grande para asustar
a Paco” Paco era la lámpara que tenía para iluminar la boca, si
lograba asustarlo Paco no se prendía y la dentista no podía trabajar;
Paco nunca se asustaba. Marisa se acuerda de la vez en que la
llevó su padre al dentista y a la vuelta de la juguetería trajeron
dos paquetes: una muñeca que tuvo por varios años y el telescopio.Su
padre se aficionó a la astronomía, pasaba horas mirando el cielo
con unas cartas complicadas que parecía entender bastante bien.
Algunos años después, la noche en que se estrenó el corpiño, su
padre la llamó como tantas veces para ver algunas estrellas, le
dejó su asiento en la terraza, le apoyó una mano sobre el hombro
y con la otra le señalaba la dirección hacia donde apuntaba el
telescopio. Uno de los dedos del padre queda sobre el bretel del
corpiño de Marisa. “Ahora papá lo sabe”. Marisa quiere disimular
el cambio, intenta acomodarse lentamente hacia abajo de manera
de aliviar la presión de la mano, el padre la retira, le acaricia
la cabeza; a Marisa le parece que le está sonriendo suavemente.
Marisa
se sobresalta por las bocinas; un colectivo 152 cruzó Callao casi
con el semáforo en rojo. Marisa mira nuevamente el reloj, todavía
tiene un rato antes de volver al trabajo; la empleada continúa
ordenando la vidriera. Marisa desanda el camino, va a cruzar Santa
Fe a la altura de Rodríguez Peña para ir hacia la plaza frente
al Palacio Pizurno y sentarse en uno de los bancos, octubre es
un mes muy soleado en Buenos Aires.
Marisa
camina, mira vidrieras por la avenida Santa Fe.
Con
versiones - Agosto 2004