Mea
culpa
Por
Eduardo Galeano
Palabras
pronunciadas por Eduardo Galeano ante la reunión anual
de los libreros de los Estados Unidos, American Booksellers
Association, en la ciudad de Los Ángeles, el 26 de mayo de
1992.
Hace
un cuarto de siglo, quise viajar a los Estados Unidos por primera
vez.
Fui
al consulado, pedí la visa.
El formulario
preguntaba, entre otras cosas:
¿Se
propone usted asesinar al presidente de los Estados Unidos de América?
Yo era
tan modesto que ni siquiera me proponía asesinar al Presidente del Uruguay; pero respondí: sí.
Estaba
seguro de que la pregunta era una broma, inspirada por mis maestros
Ambrose
Bierce y Mark Twain.
El consulado
me negó la visa. Mi respuesta era una mala respuesta.
Yo
no había entendido. Y han pasado los años y, la verdad sea dicha,
sigo sin entender.
Discúlpenme
ustedes, por favor.
Estoy
confundiendo esta convención de libreros norteamericanos con un
confesionario de
mi infancia católica.
Pero,
¿ante quien podría confesarse un escritor, mejor que ante un librero?
Y para
muchos pecados, ¿no se requieren acaso muchos libreros?
Cada
mañana, para empezar el día, desayuno noticias.
En
los diarios leo, por ejemplo, los frecuentes escándalos que acosan
a los candidatos presidenciales.
Y confieso que no consigo entender por que los políticos norteamericanos
son malos si tienen amores con bellas mujeres inofensivas, y en
cambio son buenos si tienen amores con las grandes empresas que
venden armas o veneno.
O leo
sobre el envío de militares norteamericanos para luchar contra las
plantaciones de droga en América Latina.
Y no
hay caso, no me entra en la cabeza por que son malos los países
que producen drogas, y malas las personas que consumen drogas, y
en cambio es bueno el modo de vida que genera la necesidad de consumirlas.
En las
páginas de economía, leo que los Estados Unidos han importando
35.292 corpiños mexicanos durante 1991.
Ni
un corpiño mas, porque a 35.292 llegaba la cuota de corpiños autorizada
por el gobierno y entonces, ni modo: no entiendo por que las barreras
proteccionistas y los subsidios son buenos en los Estados Unidos,
y en cambio son malos en América Latina.
Neblinas
del Bien y el Mal.
En
la prensa norteamericana veo los avisos que exhortan a comprar productos
nacionales, Buy american!, y entonces tampoco entiendo por que son
malos los productos japoneses que invaden el mercado norteamericano,
y en cambio son buenos los productos norteamericanos que invaden
América Latina.
Y no
solo los productos:
Imaginemos
que los marines de México invaden Los Ángeles, para proteger a los
mexicanos amenazados por los recientes disturbios. ¿Bueno o malo?
Y hasta
me pregunto: ¿Y yo mismo? ¿Soy bueno, yo? ¿O soy malo?
Me atormentan
las dudas sobre mi identidad: dudas muy de nosotros, los escritores,
bien lo sé.
Para
nadie es un misterio que los escritores tenemos el alma condenada
al infierno de la angustia incesante: en el centro de ese hervidero,
nuevas dudas responden a cada certeza y nuevas preguntas responden
a cada pregunta.
Pero
mi angustia se multiplica en este fin de siglo, fin de milenio,
porque yo también se que los Estados Unidos andan en busca de nuevos
malos que combatir.
Nostalgias
del Imperio del Mal: allá en el Este, los malos se han convertido
en buenos, y el resto del mundo esta siendo dramáticamente incapaz
de producir los malos que el mercado militar demanda con urgencia.
Yo todavía
no entiendo por que eran malos los soldados de Irak cuando se apoderaban
de Kuwait, y en cambio eran buenos los marines cuando se apoderaban
de Granada o Panamá; pero hay que tener en cuenta que Saddam Hussein,
que fue bueno hasta fines de 1990, viene siendo malo desde principios
de 1991.
Evidentemente,
un solo malo no alcanza.
Siempre
se puede echar mano a los malos de larga duración, como Muammar
Khaddafi o Fidel Castro;
pero hay que reconocer que la oferta es pobre.
Confidencialmente
confieso, y lo confieso con todas las letras, por difícil que me
resulte: si, es verdad, si: yo no se manejar automóviles, no tengo
computadora, nunca fui al psicoanalista, escribo a mano, no me gusta
la tele y jamás he visto a las tortugas Ninja.
Y más,
todavía: mi cabeza es calva y de izquierda.
Vanos
han resultado todos mis esfuerzos para que el pelo brote en mi desnudo
cráneo y para corregir mi tendencia a pensar zurdamente.
Hasta
hace pocos años, en las escuelas ataban la mano izquierda de los
niños zurdos, para obligarlos a escribir con la mano; y parece que
eso daba buenos resultados.
Para
obligar a los adultos a pensar derechamente, las dictaduras militares
usan terapias de sangre y fuego y las democracias usan la televisión.
A mí
me han hecho probar ambas medicinas; y no hubo caso.
Admito
que tengo, por ejemplo, una incapacidad biológica para percibir
las virtudes de la libertad del dinero.
A fines
del año pasado, pongamos por caso, yo estaba con mi mujer en la
mitad de un largo viaje, cuando quebró Pan American.
Ella
y yo nos quedamos literalmente en el aire y sin avión.
Tuvimos
que pedir dinero prestado a unos amigos, y entonces yo interpreté
el episodio según mi limitada visión de las cosas: creí que la mano
invisible del mercado me había robado dos pasajes.
Debo
reconocer que me equivoqué.
Ya
no tengo ninguna esperanza de recuperar ni un centavo; pero ahora
me doy cuenta de que Dios me hizo un favor.
Astutamente,
el Altísimo utilizó ese sutil procedimiento para convencerme de
que no se puede andar por el mundo sin tarjeta de crédito.
Yo no
tenía. Lo confieso. Hasta hace poco, mi natural inclinación al Mal
me impedía esta felicidad.
Yo
creía que la tarjeta de crédito era una trampa mas de la sociedad
de consumo.
Creía
que los habitantes de las grandes ciudades modernas padecen la esclavitud
por deudas, tanto como los indios de Guatemala en las plantaciones
de algodón o de café.
Ahora
se ha descorrido el velo que cubría mi ojo, y veo: nadie es, sino
es digno de crédito. Ahora, yo soy. Debo, luego soy.
Pero
la duda, porfiada sombra, vuelve al asalto. A mi cabeza se le da
por pensar que mi país también debe, y que cuanto más paga, mas
debe.
Y cuanto
más debe, menos lo gobierna el gobierno y más lo gobiernan los acreedores.
Y sin
embargo los Estados Unidos, que deben mucho mas que toda América
Latina
junta, no aceptan condiciones, sino que las imponen.
¿Será
que es malo deber poco, y en cambio es bueno deber muchísimo?
Dudas,
dudas. ¡Y tantas dudas sobre mi propio trabajo! Me pregunto:
¿Tendrá
todavía destino la literatura, en este mundo donde todos los niños
de cinco años son ingenieros electrónicos?
Y quisiera
responder-me: Quizás el modo de vida de nuestro tiempo no resulte
demasiado bueno para la gente, ni para la naturaleza; pero es sin
duda muy bueno para la industria farmacéutica.?
Por
que no podría ser también muy bueno para la industria literaria?
Todo
depende del producto que se ofrezca, que ha de ser tranquilizante
como el valium y brilloso y light como un show de la tele: que ayude
a no pensar con riesgo ni a sentir con locura, que evite los sueños
peligrosos y que sobre todo evite la tentación de vivirlos.
Pero
ocurre que es exactamente la literatura que no soy capaz de escribir
ni de leer.
Condenado
a la impotencia no puedo escribir ni leer palabras neutrales.
Y aunque
hago todo lo posible, no consigo parar de creer que estos tiempos
de resignación, desprestigio de la pasión humana y arrepentimiento
del humano compromiso, son nuestro desafío pero no son nuestro destino.
Muchas
gracias. He desahogado mi conciencia amparado en el secreto de confesión,
y les ruego que no lo olviden.
Ahora
debo tramitar mi visado para entrar al Nuevo Orden Mundial.
Ojalá
no me pregunten si me propongo matar al presidente.
Fuente: Publicado en el Papel Literario de EL NACIONAL Caracas 18/10/92.
Selección: Nora Martínez
Con-versiones
- Agosto 2004
|
|