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El último oficio de Nietzsche

(Introducción)

Tomás Abraham (*)

 

A modo de recomendación bibliográfica, presentamos la introducción con la que Tomás Abraham entra en diálogo con su lector. Del libro El último oficio de Nietzsche y la polémica sobre El nacimiento de la tragedia; Sudamericana 1996.
La segunda parte (Polémica sobre...) está al cuidado de Germán Sucar con un estudio preliminar para  la edición de aquellos artículos de combate en torno a El nacimiento de la tragedia de F. Nietzsche. Conforma y completa este trabajo, la edición de los textos de Erwin Rohde; Ulrich von Wilamowitz-Möllendorff  y Richard Wagner.

V.G.

“ Éste no es un ensayo sobre las ideas de Nietzsche porque sus ideas son inseparables del modo en que las dijo. A partir de Nietzsche el arte del ensayo filosófico oxigena a la filosofía, le da aire, espacio, amplitud, energía. El arte del ensayo es un modo esporádico de la práctica filosófica. Su ejercicio es transdisciplinario y de un género mestizo de escritura. Incluye, además al que lo practica, en tanto delega en un sustantivo y un verbo una subjetividad que habla desde una posición. El ensayo no es una teoría porque no es explicativo sino mostrativo. No es teoría porque tampoco es un cuerpo organizado sino desmembrado. El ensayo se ofrece con un estilo de escritura, porque el estilo es lo que devela la opacidad del lenguaje. Y tiene una voluntad de verdad pero de una verdad contingente, coyuntural, conjetural y ocasional.
Desde la época clásica la filosofía dejó de ser madre de las ciencias pero no por eso debe parasitar los laboratorios de metodología de investigación científica. La epistemología es un modo seco y estrecho de hacer filosofía, pero la filosofía no se reduce a la epistemología. Los filósofos vergonzantes se refugian en la epistemología para encontrar la garantía de la objetividad y la única objetividad que existe es la intersubjetividad, es decir la que expone los materiales a la luz de la esfera pública. No hay objetividad canónica de procedimiento. Quiero decir que los aforismos de Nietzsche no son menos objetivos que las críticas de Kant, ni lo son menos que sus propios tratados.
Un arte de ensayar filosofía incluye al filósofo. No existe otra razón que la del que razona ni otra universalidad que la del que escribe. El arte del ensayo filosófico es singular, por su carácter único, irrepetible. Por eso no puede haber nietzscheanos y sí kantianos o hegelianos. El código común lo da la lengua y los presupuestos de una tradición compartida, pero nada de esto subsume lo singular del ensayo en una generalidad teórica.

Desde Nietzsche la filosofía no se concibe como una ciencia, no tiene esa pretensión, ni su lenguaje, ni sus ambiciones, ni simula su lógica. Pero Nietzsche no es un irracionalista, y menos un irracional, descalificación que se superpone a la exclusión anterior. Tampoco es un religioso, a pesar de la afirmación de Lou Salomé - uno de sus mejores lectores- ; el espíritu religioso no se destruye a sí mismo, salvo que la religión sea una pasión inútil. Nietzsche no es un poeta, no es dueño de una visión sublime, jamás despega del lenguaje ordinario, y cuando escribe en versos  se caricaturiza y se vuelve inofensivo. No es profeta, su declamación futurista no supera la de los santones de carnaval con sus togas de teatro. Decir que es un filósofo político es demasiado burdo, porque es todo lo contrario, es un antipolítico, un crítico de la política como forma de superación de los dolores humanos. ¿Un moralista? Quizás, pero algo extraño. Es un crítico de la moral en sí, la moral como visión sustancial de la existencia, y un contrincante incansable de ciertas doctrinas morales.
Nietzsche nada proclama sino el ser capaz de crear valores. Crear un valor es prometerse un destino, dejar una marca en la tierra, un epitafio en la vida, que otros con el tiempo borrarán.
Nietzsche es la escritura de la contingencia. En este sentido su moral es un arte, y en este caso una política. Porque Nietzsche es el único filósofo que nos da derecho a la palabra. "¡Di tu palabra y rómpete!", es su mandamiento letal y democrático.
Nietzsche es un filósofo, no digo era un filósofo, sino que es, y si es, lo seguirá siendo. Inventó un modo de filosofar indiferente a la acción del tiempo, lo que no quiere decir eterno ni inmortal, sino actual, o inactual, usando su propio lenguaje.
Si Nietzsche no fuera actual, insistente en nuestro presente, si no nos hablara hoy, y mañana, si no fuera un filósofo del porvenir, estaría muerto, y aquel que ha pasado un tiempo con él no puede dejar de sentir su presencia, su aliento, su fantasma. Todavía no hemos alcanzado a Nietzsche.
Pero ¿qué tipo de vida es la que tiene Nietzsche? ¿De qué modo se compone su actualidad? Porque actual no quiere decir útil; ser útil, esta consigna cotidiana, en realidad no es una elección, sino una imposición. Se es útil por deber, deber dar de comer a nuestro cuerpo, y deber responder a los mandatos de la ley. Somos seres serviciales por supervivencia. Que sea útil para el progreso de la humanidad, para su mejoramiento moral, para hacernos mejores con nuestros prójimos, más tolerantes, menos jueces de vicios ajenos, entonces sí, quizá para eso sirva Nietzsche. Porque este filósofo del "Dios ha muerto", del nihilismo, de la transfiguración de los valores, del Anticristo, es profundamente humano, demasiado humano. No profesa el humanismo ilustrado ni el del corazón. Su sensibilidad se expresa en el humor y la benevolencia con que presenta las pasiones humanas y, fundamentalmente, en el modo de exhibirse a sí mismo.

La actualidad de Nietzsche reside en el modo en que piensa, no en el contenido de su pensar sino en el ejercicio mismo del filosofar. Nietzsche es la pasión del pensar, el pensar como pasión. Lo que no quiere decir sólo dolor: la pasión es dolor y gloria. Sin embargo, el momento glorioso no es un trofeo, no se llega a nada. Apenas se toca la imagen que convoca el deseo, se fisura su consistencia, y la grieta aparece, el deseo recomienza. El pensamiento es una máquina de insistencia, se devora a sí misma al tiempo que recompone su carne. Esta máquina es Nietzsche, es la máquina filosófica.
Si Sócrates es la primera imagen pulsional de la filosofía, el filósofo que se suicidó por su ideal comunitario, si Sócrates es la estrella de Platón que  hizo del diálogo la ética de la filosofía, Nietzsche es el paso siguiente del filosofar. Es el estiramiento del diálogo hasta los límites de su imposibilidad. Nietzsche llegó a las puertas del silencio, se proclamó póstumo, dijo escribir para todos y para nadie, gritó su monólogo para los habitantes del limbo y esculpió su imagen con soplos pensantes.

La vida de Nietzsche es muy simple a la vez que inasible. Porque no hay sencillez mayor que la del hombre que camina de 6 a 10 horas por día, para escribir otro rato, y tratar de dormir. Esta actividad es por demás rutinaria, no parece insumir más energía ni más creatividad que la de cualquier jubilado. Pero la enorme masa vibratoria que despliega Nietzsche desde esta simplicidad no cesa de irrumpir en palabras, obras, cartas. Hasta tiene tiempo para ejercer una sociabilidad ligera, propia del hombre que está de paso, de aquel que hace de los rituales de cortesía el principal componente de sus relaciones.
Pero esta particularidad tiene un fondo trágico, Nietzsche no es un misántropo, no se alimenta del egoísmo y menos de la mezquindad. Es un hombre que naturalmente, por necesidad instintiva, quiso compartirlo todo; con cada amigo, amiga, tuvo proyectos absolutos, que absolutamente fracasaron. La idea de fundar una comunidad de amigos unidos por un deseo y una vida en común, el compartir las comidas y las lecturas, comunicar al mundo una visión conjunta, esta idea de una hermandad pequeña y generosa, fue su deseo principal. Surgió de una nece­sidad posterior al criptoenamoramiento de su Amo mefistofélico, su entrega esclava a su mentor y dueño, Richard Wagner.
Propongo una doble vertiente para pensar a Nietzsche: la de sus amores y la de sus oficios. Comencemos por esta última.

Se llama oficio en Nietzsche a la posición en la que se ubica para pensar. Es un espacio de pensamiento. Este espacio no es circular ni frontal, es angular. El oficio es un punto de vista, un punto desde el que se diagrama una perspectiva. Desde este lugar las cosas son de una manera y no pueden ser de otra. No hay relatividades comparativas. Nietzsche cambia de oficio, y éstos no se conjugan en un saber total. Nietzsche no es la sumatoria de nietzsches, sino su resta. En enero de 1889, el momento de su internación, la operación es nula.
Los oficios son convocantes, admiten otros nombres. La psicología es un oficio que Nietzsche dice ejercer junto al La Rochefoucauld y Gracián por ejemplo, con quienes lo une una misma artesanía, la que se especializa en el fondo pasional de las virtudes. Aquel que se sitúa en un oficio ejerce un quehacer, aplica un temperamento, construye su objeto, elige su interlocutor y construye una nueva relación de sí a sí. Esta relación está lejos de ser lineal. El trabajo sobre sí mismo se hace desde una fisura que divide a Nietzsche entre aquel que escribe y el Nietzsche contra el que escribe. La ascesis del pensar es una ascesis del pensador, una conversión angular en una personalidad facetada.
La característica de Nietzsche es la de su irrefrenable abandono de oficios. Su máquina pensante no es constructora de coherencias, no es un pulidor de lentes ni un orfebre, sino un dinamitero. Edifica monumentos ciclópeos y los derrumba. Quizá sea más acertado decir que se le derrumban. Pero, además, cada oficio de Nietzsche se refiere a otro que ya tuvo, y no es una referencia neutra. Nietzsche combate sus puntos de vista con el mismo ardor con el que antes los impuso.
Nietzsche fue filólogo, músico, psicólogo, profeta y genealogista, además de impostor. A cada uno de estos oficios corresponde una época, obras, personas. Por esto último hablaré de sus amores.
A los oficios los cruza una línea transversal que nace de sus encuentros con determinadas personas. En realidad fueron muy pocas, no más de dos. Distingo dos amores de Nietzsche, uno pasional, el otro fraternal. Me refiero a Richard Wagner y Paul Rée. Lou. Andreas- Salomé fue una extensión femenina de Paul Rée con la que Nietzsche no pudo vincularse, apenas la rozó. La bella Lou tuvo un recuerdo piadoso de Nietzsche, al que soportó poco tiempo pero a quien dedicó en 1893, cuando hacía cuatro años que el filósofo estaba internado, una de las obras más inteligentes de las cuatro mil que se escribieron sobre él.
Estos dos amores son claves en la vida y en la obra de Nietzsche, instancias existenciales que        constituyen una  sola figura. No digo que la obra exprese a la vida, ni - lo que quizá sería más correcto-    que la vida exprese a la obra. Sino que su obrar lo consume todo.
Si tomamos como punto de referencia    las cartas de Nietzsche, que sumadas son parte importante de su obra, es difícil, por no decir imposible, trazar una línea de demarcación entre libro de filosofía y carta personal. Pero no solo por el estilo que caracteriza a cada oficio, sino porque las cartas iluminan sus elaboraciones filosóficas, y éstas prolongan inquietudes cotidianas y mínimas que están en las cartas.
Vida y obra son una sola figura porque si bien es cierto, como dice Lou, que Nietzsche es un gran estilista, el más grande de su  tiempo, como sostiene, la fuerza de su estilo reside en que es una voz. A Nietzsche no lo leemos, lo escuchamos.
La voz de Nietzsche surge del hecho de que sin hablar de sí mismo no deja de hablar desde sí. Su actitud no es reflexiva, no escava una profundidad espejada a la que mira y en la que se mira. Su percepción de sí es emisora, su preocupación es su voz, el modo en que se calibra, los obstáculos que atraviesa, las zonas que ilumina, los malestares que provoca, los mundos que inventa, las soledades a las que lo condena, los insomnios que lo desvelan.
Tiene razón Michel Foucault cuando en su trabajo ¿Qué es un autor? habla de la dificultad de darle una identidad autoral a Nietzsche, un límite que divida su obra de lo que no lo es, un tamiz que discrimine cuáles de sus papeles merecen formar parte de sus obras completas y cuáles son descartables. Porque Nietzsche está en todo lo que dijo, en todo su caos sonoro.
Esta característica oral no se debe solamente a una cierta pericia pastoril, a su educación luterana, a la formación que lo destinaba al tranquilo y anónimo, también sombrío y desesperante, oficio de pastor de provincia. No es sólo una voz de púlpito, una declamación escrita. Nietzsche habla porque es un escritor autoimplicado, es parte de su propio conjunto. Esto es lo que lleva al tema del cuerpo en Nietzsche.

Cuando los profesores de filosofía hablan del cuerpo de Nietzsche se deleitan en un humanismo anacrónico que clama por un descenso en la tierra, en la comarca de los hombres, en la que se juega el verdadero amor. El cuerpo es la prolongación de lo que llaman la tierra en Nietzsche. Y este cuerpo- tierra sublime tiene todas las virtudes del alma- cielo pero abajo esta vez y no arriba como siempre. En realidad el cuerpo en Nietzsche no tiene­ nada sublime ni es un cofre de grandes valores. Es un hecho, tenemos un cuerpo, y no nos damos cuenta porque vivimos en­frascados en un formol de palabras que nos aíslan de las tempe­raturas, de los humores, de la circulación de jugos, de las ten­siones sanguíneas, del espesor de las dispepsias y de las presio­nes de la red nerviosa. También este formol moralizador nos impermeabiliza respecto de las variaciones planetarias que nos modifican con sus auroras de enero, sus mañanas limpias, sus tormentas nocturnas, las altura y los accidentes costeros, el encuadre habitacional de ciertas pensiones, las somnolencias de algunas óperas, el ritmo que se nos impone en los p¡es por la melodía de otras.
Lo que a Nietzsche le enseñaron las dolencias y las enfermedades es que la salud de los hombres diagrama su radiografía mental. Porque, más que la separación cortante entre salud y enfermedad - que a veces hay que reconocer que es tal, si no se quiere ser estúpidamente lírico- , lo que sucede con frecuencia son saludes varias, distintas, más o menos aliviantes o dolorosas, inestables, sorpresivas. Lo que a Nietzsche le importa no es la armonía homeostática de un organismo equilibrado, seguridades de caracol, como la define, sino la fecundidad de un cuerpo tambaleante, chueco, patizambo, tartamudo, ultramiope, cefaloide, dispépsico y sudoroso. Si este cuerpo es fecundo, si su boca se estira como megáfono que saca de sí el ronquido vibratorio que nos pone en movimiento, entonces ya no hay salud y enfermedad sino creación o muerte. Porque la muerte es el silencio de la esterilidad, la salud perfecta, perfectamente muerta.
El cuerpo y la voz son dos presencias nietzscheanas; sus contornos se resaltan en la medida en que la soledad le fue más absoluta. La soledad es la última compañía de Nietzsche, la más duradera y la final. Durante años y en casi todos sus escritos la menciona, la enfrenta y la mira, nos hace saber del alcance de los dolores que provoca, la dignifica y la ensalza, la premia y la arroja como lanza en la cara de los amigos que lo traicionaron.
Hubo momentos en que Nietzsche escribió libros para y con los amigos, otros en que escribió para ungir el monumento de un prócer que lo fascinaba; pero desde el año de la última ilusión - 1882 en adelante, después del último abandono, el de Lou y Rée- , comienza, y así lo anuncia, su camino de la soledad, aquel en que ya no hay proyectos de felicidad sino el único de la supervivencia, el de superarse a sí mismo, ir más allá de sí, tratar de alcanzarse y llegar a ser lo que se es. Este camino comienza con Así hablaba Zaratustra, el cruce del desierto en el que profetiza a la humanidad, su último interlocutor, sus imágenes de opio.

Los oficios de Nietzsche se suceden y a veces son simultáneos, sobre todo en los primeros años de su actividad, en los que ansía conjugar de un mismo modo la filología y la música. El abandono del oficio doble de la filología y la música es al mismo tiempo una disolución personal de Nietzsche. El oficio de psicólogo que le sigue se inicia con Humano demasiado humano, generador de un Nietzsche fraternal y perverso, alegre y benévolo, superficial e inventivo. Es el Nietzsche de la imaginación máxima. Los más de mil aforismos de Humano demasiado humano nos retratan mil y una situaciones de la vanidad humana. Este camino de permanentes descubrimientos, de calma ironía, se derrumba y se hunde en el desierto de Zaratustra, el profeta que anunciando el porvenir no deja de repetir su extravío.
Lo que nos interesa en este ensayo son los cambios de Nietzsche, el abandono de un viejo oficio y el comienzo de uno nuevo. Estas alteraciones no son ajenas a un proceso de desenamoramiento. Siguiendo la modalidad crítica de la tradición cartesiana, Nietzsche es el pensador de la decepción metódica. Uno de los rasgos de su voluntad estilística es el construir la operación de la desidealización. Los embates, la furia, los arre­pentimientos, la revisación y los nuevos ensambles son engranajes de su lucha contra la idealización, cumbre dorada de cualquier moral, y del amor.
Por eso los cambios en Nietzsche no son cambios de sistemas representativos, sino de amores, y son desgarradores.
Los oficios marcan las siguientes posiciones. En las prime­ras obras Nietzsche se inscribe en el movimiento que pugna por la reforma de la cultura alemana. Mientras en Alemania abun­dan las corrientes políticas de reforma social, el ideal de una nueva cultura transmite el deseo de nuevos valores y de nuevos líderes. Esta utopía cultural tiene sus principios y se apoya so­bre un particular andamiaje. La función dirigente de las artes y los artistas, en la forma del teatro, de la música y de su conjugación en el arte total. Una nueva visión de la historia en la que se restituye bajo una nueva luz las coordenadas de la socie­dad ateniense, y la necesidad del Gran Hombre bajo la figura del Genio en el que confluyen las fuerzas de la naturaleza y del por­venir de la cultura.

La figura del psicólogo disuelve el ideal de una nueva cultura y en la distancia del humor observa los juegos del narcisismo universal. El genealogista encara el valor de la moral con un uso polémico de la historia. El profeta es el filósofo que decidió ser póstumo. La ocasión es el escenario del psicólogo: la batalla, el del genealogista, y el silencio, el del profeta.
Las obras elegidas aquí no son las que alguna tradición puede considerar como las más importantes, sino las que sirven para ilustrar la traslación de oficios. Las obras de la juventud, El nacimiento de la tragedia ; Humano demasiado humano ; Así hablaba Zaratustra y La genealogía de la moral, son indicios de sucesivas conversiones. Mi hermana y yo es el texto del simulacro.


(*) Del Libro: El último oficio de Nietzsche y la polémica sobre el nacimiento de la tragedia.  Tomás Abraham. –Introducción-. Editorial Sudamericana, 1996. Buenos Aires, Argentina.

El filósofo Tomás Abraham nació en Rumania y es naturalizado argentino.

Selección, nota y subrayados: Vanesa Guerra.

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