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Entrevista a S. M. G. (escritor fantasma)
Por  Marcela Depiera

Esta versión debería titularse “Entrevista a un escritor fantasma por un escritor fantasma”. Una voz pitonisa me había advertido: “Nunca le muestres la entrevista al entrevistado y menos aún si éste es escritor. Nunca les gusta”.
Las palabras del escritor fantasma fueron: “Me temo que hice lo que no debía hacer: la cambié toda, línea por línea, a tal punto que hasta me vi obligado a cambiar algunas de tus preguntas para que se amoldasen a algunas de mis respuestas. No lo pude evitar: solamente me soporto cuando escribo. Perdón.”
El escritor leyó la entrevista y no pudo evitar hacer uso de sus vicios de corrector dando buena forma a sus propias palabras convirtiéndose, de este modo, en su propio fantasma.
Doy fe de que su oralidad no se escuchaba nada mal pero acepté esta versión al saber que ahora él, conforme con el texto logrado, decidía agregar sus iniciales (S.M.G), ausentes en la entrevista original. Ahora él podía de algún modo firmar y esto es algo de lo cual un escritor fantasma no merece ser privado.
En el transcurso de la corrección, algo se perdió tal como sucede en los libros escritos por fantasmas.
Aquella charla de café le hizo las veces de materia prima para rescribirse sin encargo de ninguna editorial. Está bien, había dicho que a la hora de publicar su autobiografía bien podría ser él su propio escritor fantasma. Y lo fue. De modo que doy a esta el título de versión original. Cuál otra podría ser. En definitiva permitirle corregir  su propia letra es un homenaje a su oficio. En definitiva él es un escritor.

El pacto fue dejarlo trabajar si esto le resultaba inevitable. El pacto también fue desenmascarar su juego. El enigma queda en la cinta grabada.
Sólo me resta decir, para también yo poder firmar, que siete de las preguntas que aparecen no fueron formuladas por mí.
Querido fantasma, setenta veces siete te perdono.     


                                                                                                     Marcela Depiera


El fantasma escribe, luego nos habla escribe:

La primera condición del fantasma es una discreta  administración de su tiempo: no le es permitido dejar huellas más que en el papel. Se diferencia del escritor anónimo  en que, en vez de presumir, su ausencia  es impuesta. Son pocos los que creen en su existencia: el escritor que firma y el editor que le paga. Luego, es fantasma porque puede adoptar cuanta forma le plazca, y en esas transformaciones  encuentra  su razón de existir.
Como el metal blando, cuanto más  maleable, mejor. Puesto a completar la estrofa que alguien dejó en blanco, su voz debe confundirse con la del modelo y de esa fidelidad mimética  depende el  éxito de su gestión. Esto hace que entre los fantasmas que escriben existan dos categorías: los auténticos –que inventan un apellido para firmar el libro– y los plagales –que inventan un libro para que sea firmado.
Es hipocondríaco  y de gustos refinados. Su biblioteca suele ser pródiga en ejemplares de cortesía. Muchos asesinos conocieron antes este oficio. No se los premia por diestros, sí por consecuentes. Guardan para sí, y celosamente, algún mérito secreto (haber cambiado  el final de un cuento, por ejemplo) y aprovechan cuanta  ocasión les es propicia para manifestarlo  –con locuaz discreción–  en público. Como ocurre con las putas, hacen dinero entregando aquello que más valoran de sí mismos. Declama  con voz ajena, pero ante la página en blanco no logra articular palabra. Cuando se complace en lo que escribe piensa que lo está haciendo  tan bien como lo haría otro. Y en general no se equivoca.
Son serviciales y difícilmente ignoren vida y obra de un autor, en especial si resulta ilegible para el resto de sus congéneres. Admiran a muchos escritores, aunque  a ninguno lo suficiente como para hacer que se olvide de los otros. Su desprecio por la fama es tan verificable como su necesidad de reconocimiento. Por lo demás, suelen ser encantadores, especialmente  si se les permite  hablar.

MD: ¿Qué es un escritor fantasma?
Ante todo cabría distinguir tres figuras, cuyas atribuciones en muchos casos se superponen o confunden. Estas tres figuras respetan un orden creciente: el corrector de estilo, el encargado del editing (para evitar confusiones evito llamarlo editor) y el escritor fantasma. Llegado el caso, un corrector de estilo puede desempeñar funciones de escritor fantasma, o el escritor fantasma puede convertirse en editor. Todo depende de la disposición del autor (si es que cualquiera de ambos –la disposición y/o el autor– existen), del grado de compromiso establecido y, finalmente, de los honorarios pactados.

MD: ¿Cuál es la diferencia entre los tres?
De los tres, el escritor fantasma es el único que escribe por otra persona y no para otra persona. La condición fantasmática del escritor radica en su nombre, que es escatimado y suplido en la portada del libro.
Naturalmente, existen también aquellos fantasmas de personajes “mediáticos” que, por antojo o conveniencia, decidieron emprender el camino de la autobiografía. En el 90 % de los casos, el género autobiográfico es nido de fantasmas: son raros los casos en los que la primera persona del singular coincide con la del firmante. Sin embargo, un autor que acepta la total mediación de un fantasma sólo tiene tiempo para corregir y enmendar datos biográficos: quien jamás escribió poco se interesa en cuestiones de estilo.
Por lo tanto, la figura del escritor fantasma es la menos ingrata de las tres variables, si la comparamos con las del corrector de estilo y la del editor, que deben contender con un autor de carne y hueso, muchas veces inoperante y con veleidades de escriba, célebre por alguna contingencia del todo ajena al hecho de escribir.
Pongamos por caso el escritor fantasma que se encuentra no con una página en blanco sino con el compromiso de ordenar el caos. Al escritor fantasma se le confía material sensible –un hacinamiento de palabras tipiadas en procesador de textos, donde late la voluntad del autor– que debe organizar de acuerdo con un modelo de género (en el caso, por ejemplo, de una autobiografía o un ensayo) o de un modelo por inventarse (si se decidió por la ficción). Por suerte –y para alivio de las ánimas–, la poesía es el único género que no admite fantasmas.

MD: ¿Las tres figuras resultan compatibles?
Para simplificar las cosas reduzcamos las tres figuras a una. En adelante hablemos de escritor fantasma a secas: el lector sabrá cuándo nos referimos al fantasma y cuándo al corrector de estilo o al editor. De todos modos, los límites son inciertos: los contratistas pagan editings como si fuesen correcciones de estilo, y redacciones o reescrituras como si se tratase de editings.

MD: ¿Cómo actúa un escritor fantasma?
El escritor fantasma debe accionar sobre el texto, si creyó advertir que éste se traiciona a sí mismo. Esto presupone la idea de que existe un tono, algo así como una nota fundamental a partir de la cual armonizar el texto. No dar con ese tono es como tratar de averiguar qué profundidad tiene una pileta mientras hacemos la plancha.  Un fantasma puede discutir con su autor sobre datos, fechas, anécdotas. Y ser fiel al dato, pero equivocar la dirección. Recuerdo que una vez tuve que escribir la biografía de un locutor, famoso por su ironía. Nos reuníamos en un café y él  desgranaba sus anécdotas, que yo grababa y llevaba escritas a la semana siguiente. Pero las cosas no funcionaban. Era un tipo inteligente, pero extremadamente perezoso para escribir: cuando lo hacía, cometía errores de principiante, y eso lastimaba su orgullo. Sin embargo, su oralidad era excelente. Lo que yo traía era correcto, pero insuficiente. Pronto descubrí que narrar su vida era, para mi autor, una excusa para exhibir su obstinado sentido de la ironía. Había, entonces, que reinterpretar los hechos según esta idea y descartar el tono neutro que yo había impreso al texto.

MD: ¿A quién llamás autor ahí?
Las atribuciones son compartidas. Componer un libro a partir de una propuesta de título es, paradójicamente, más sencillo que reconstruir apuntes y notas. Digamos que en el primer caso el fantasma inventa una voz mientras que en el segundo tiene que decodificar la de otro, a fin de poder imitarla a la perfección.

MD: ¿Tenés que inventar el tono narrativo desde entrevistas o desde manuscritos?
EF: Ambas maneras son comunes. Claro, es materia en bruto. Luego hay que darle forma.

MD: ¿Cuáles son los males que aquejan al fantasma?
EF: Uno de los principales es que su voz tiende a diluirse en la de otros.  Una especie de enervamiento sobreviene cuando el fantasma reencuentra su voz. No siempre ocurre, pues el oficio hace que el fantasma se empeñe sistemáticamente en borrar sus huellas de los textos; en consecuencia, su propia voz termina por volverse esquiva, hasta que simplemente se pierde en lo que podría llamarse una escritura correcta. Cuando da con su voz, el fantasma atenta contra sí mismo, pues, al reafirmar su singularidad, niega al mismo tiempo la existencia del otro. En estos casos, los fantasmas suelen apiadarse de sí mismos y confiesan que bien distinto es escribir por placer que por necesidad y que, naturalmente, son capaces de llevar a buen puerto ambas empresas. Pero rara vez logran conciliar estos términos.

MD: ¿Y entonces?
¿Entonces? Nada. Todos somos un poco fantasmas de otros: sólo que los auténticos fantasmas sufren al comprenderlo, y al resto le da más o menos lo mismo.

MD: ¿A qué llamás escritura correcta?
EF: Escribir correctamente es una meta anhelada por todos los que escribimos. En cuanto la alcanzamos, comprendemos que eso no resuelve las cosas. De todos modos, todos ambicionamos escribir bien; es más, hoy son pocos los libros de los cuales podría decirse que están mal escritos. Esta urbanidad, esta displicencia –impersonal, límpida– es la garantía que ofrece el fantasma a su mentor. A esta destreza técnica añádase cierto talento mimético con el firmante. Si logramos combinar estas aptitudes, ya tenemos un fantasma hecho y derecho. Ahora bien, fuera del ámbito laboral, esta virtud se convierte en un estigma. La corrección en la escritura aburre pronto: son pocos los que logran ver más allá, pero es cierto que haber alcanzado esa meta bien podría justificar el camino recorrido...

MD: ¿Lo que vos decís es que tenés que anular el propio tono narrativo para poder ser un escritor fantasma?
EF: Precisamente. Es el único modo de acceder al del otro.

MD: ¿Cómo descubrís el tono narrativo del otro?
EF:  Los factores que influyen en la formación de un estilo son incontables, y el análisis de todos ellos no garantizan el dominio del conjunto. Mucho menos si de ese estilo no hay más que algunos pocos indicios disueltos en un amasijo de clichés.

MD: Cuando te encargan la escritura de un texto ¿tenés una charla con el que va a firmar ese libro?
EF: Cada caso es distinto. No siempre trato directamente con el autor. A veces es el editor quien dispone directamente de ese material en bruto. Otras veces, como ya te dije, no hay más que un título y algunas buenas intenciones. Escritores cuyo original recorrió editoriales y estanterías y creen que tu sola intervención bastará para que sea publicado, escritores cuyo original fue devuelto con una carta donde recomiendan tu intervención, gente en dudoso ejercicio de humildad, que reconocen sus limitaciones y aspiran a que vos pongas el oficio y ellos el genio. Escritores impacientes. Famosos que cuidan sus espaldas. En estos casos, los fantasmas se confunden con ángeles de la guarda y éstos con demonios.

MD: ¿Con demonios?
Los fantasmas dan forma, eso es todo. En el camino que conduce a la conquista de la voz propia no hay lugar para fantasmas.

MD: Entonces lo que tratas de encontrar ahí o de construir es un tono a partir de lo que leés.
EF: Es una tarea de interpretación, algo así como ensamblar un personaje: la apropiación de esa voz sirve únicamente para montar determinada obra. Para abordar un nuevo personaje es necesario olvidarse del anterior.

MD: De este modo, vos suponés escritor a quien va a firmar ese texto. Si es escritor, ¿por qué no escribe su propio texto?
EF:  Mal o bien, todos escribimos: por extensión, todos somos “escritores”. Algunos mejores, otros peores. Esta labilidad del medio expresivo nos hace creer que escribir es fácil. Y no es así. El dominio técnico de la escritora es para muchos una meta en sí misma. Suele decirse, por ejemplo, que los excesos  no son beneficiosos. Decir algo en diez palabras es mejor que decir lo mismo en cuarenta. Este principio de economía obliga a su vez a tener que seleccionar las palabras. Eliminado el circunloquio, quedan sustantivos, verbos, que asumen, en esta tarea de limpieza, una importancia mayor. Los adjetivos plantean otro problema: decía Huidobro que los adjetivos que no dan vida, matan. Y es verdad. Entonces dosificamos: desterramos los pleonasmos, las adjetivaciones empalagosas. Y es necesario que esta lenta depuración se detenga antes de la afectación. Pero hay más: de todo esto debe emanar el sello propio, la marca que vuelve reconocible al autor. La palabra justa existe, pero no siempre damos con ella.

MD: ¿Te considerás más un corrector que un escritor fantasma?
EF: Para mí, ese límite es difuso. Todo depende del grado de compromiso que asumís con la obra y con el editor. Después de todo, esto no es una ciencia exacta. Suplantar un verbo por otro supone cierta cuota de riesgo, y la palabra definitiva la tiene, por supuesto, el autor. Sin embargo, uno puede inducir que ciertos escritores preferirían decir “qué te pasó” antes de “qué te ocurrió”. Sobre esta lógica un tanto caprichosa uno decide, tacha, enmienda. A veces es fácil dar con la clave; otras veces no... A nadie le gusta demasiado que lo editen o que lo corrijan. Para eso resulta esencial que el autor “tome distancia” respecto del texto. Este distanciamiento permite un trabajo más relajado, más impersonal. Y esto no se logra sin que el autor venza la repugnancia que suelen  inspirar los fantasmas. El autor mide al fantasma, indaga secretamente sus virtudes: en el diálogo, en sus gestos, en la actitud. El fantasma, por su lado, hace algo similar. Fantasma y autor se leen con insidia, así dialogando o arreglando cuestiones de contrato. Si el autor no termina por autorizar al fantasma, posiblemente las cosas terminen ahí. Cortésmente, porque un fantasma también puede inspirar lástima. O con indignación: la falta de diplomacia, en estos casos, resulta agraviante. Hubo casos en que autor y fantasma se hicieron grandes amigos. Y los hubo también en que no lograron soportarse. Son más raros los casos en que autor y fantasma convivieron sin infligirse ningún daño...

MD: ¿Te encargaron alguna vez escribir una  novela?
EF: Jamás. Tampoco sabría cómo hacerlo. Es raro que, en términos comerciales, una novela trascienda por su temática: su éxito depende de quién la haya escrito. El ensayo es menos exitista: muchas veces basta el corte temático para decidir la compra. No sé de nadie a quien le hayan  encargado escribir una novela. En general quien imaginó la trama de una historia también se propones desarrollarla. Puede fracasar en el intento, y es allí cuando, si el editor encuentra que el proyecto es viable, interviene el fantasma. Con los ensayos es más sencillo, puesto que en general se apela a un tono neutro, propio de los textos expositivos.
Como te decía, lo más frecuente es que te encarguen una obra a partir de un título (por ejemplo de autoayuda), la reescritura de una obra de ficción o la escritura de una biografía (o autobiografía, llegado el caso). Conocí también gente muy escrupulosa que no podía dar por cerrado un texto sin someterlo a una revisión quirúrgica. Estos instruidos personajes son también feroces cazafantasmas: en realidad lo que quieren es discutir hasta el hartazgo cuestiones formales, maltratar a su interlocutor y finalmente negarse a pagar. Así pueden pasar años, dando de baja correctores y editores. Como ya habrás visto, hay de todo. En otras épocas, los fantasmas hacían literatura de folletín y con el correr de los meses hasta lograron crear personajes famosos. Pienso en Dick, en Sue, en Ponson du Terrail. No sé de muchos casos como éstos en la Argentina.

MD: ¿Así es como el fantasma se hace humano?
Quizás.  Escribir en una primera persona suscrita por otro te vuelve un poco inmaterial. Resuelto el problema del firmante, es probable que el fantasma deje de ser tal. La última película de Mario Levin relata la historia de un escritor fantasma que no soportó encarnar en escritor y optó por suicidarse. Firmar es hacerse cargo y hacerse cargo es cargar, y cargar no siempre es la mejor alternativa. Deberíamos pensar una y otra vez cuántos compromisos supone llevar un nombre.
 Sin embargo, el trabajo fantasma-autor también puede pensarse como una sociedad donde ambos obtienen beneficios. Esto vulnera el mito de la exclusividad del autor, pero no debe olvidarse que esta idea es más o menos contemporánea, digamos que no anterior al siglo XV.  Después de todo, ¿por qué un libro debería estar escrito solamente por un individuo?

MD: Quizás por un problema cultural, y no más que eso.
EF: Veamos. Las dotaciones personales varían sensiblemente. Los estilistas suelen perder de vista el contenido. Los “contenidistas” suelen ser imaginativos, pero técnicamente desprolijos. Los escritores imaginativos —buenos a la hora de crear historias—se despreocupan de las formas. Quienes trabajan sobre un proyecto de escritura pueden quedar deslumbrados por una combinación de palabras. La ecuación ideal —50 % por ciento de cada uno— es difícil de encontrar. Pongamos a Borges por caso: muchos de sus cuentos son, además de prodigios compositivos, excelentes ideas, que no perderían interés si uno se dedicara sencillamente a contarlas. Recuerdo que el estilo Carver, al menos hasta donde sé, era un prodigioso invento de los correctores. Cuando éste murió, los correctores hicieron una demanda a la editorial por derechos intelectuales. Parece que Carver tenía ideas brillantes que no sabía llevar a la práctica. No sé si será cierto, pero vale el ejemplo: alguien aporta ideas; otros, la forma. De Arlt se decía algo parecido; necesitaba largos procesos de corrección de estilo

MD: ¿Todos los escritores se adueñan de palabras? ¿No existen aquellos que simplemente escogen las que le convienen al tema que desarrollan?
Creo que cada escritor, más allá del tema que aborden, se apropia de palabras y termina por resignificarlas. ¿Cómo mencionar el término “laberinto” sin pensar inmediatamente en Borges?  El ámbito de la poesía está atestado de términos desvencijados, que se deshacen de sólo tocarlos. Conviene prescindir de ciertas palabras “poéticas” y buscar en otro lado. El fantasma sabe todo esto, pero no puede permitirse dejar huellas en el texto. Es imprescindible que así sea.

MD: ¿De que modo se borran la huellas?
EF: Con oficio y por dinero. Contractualmente, el trabajo del fantasma supone una gran discreción.

MD: ¿Alguna vez te viste tentado de dejar, en los libros que te encargaron, el sello de tu autoría, por ejemplo, la repetición de algún elemento que diera cuenta secreta de tu intervención?  Así como por ejemplo el sello que Hitchcock dejó en sus películas, en las que siempre aparecía en el lugar de un extra, muy escondido, y que suponía todo un desafío encontrarlo. Si uno no estaba atento a eso, tal vez no lo veía.
EF: Muchas veces ocurrió que un fantasma se tomó el trabajo de crear una clave secreta para dejar constancia de sí mismo. Establecer, por ejemplo, un sistema criptográfico en las líneas impares, según el cual la primera sílaba de la primera palabra coincide con la segunda sílaba de la segunda palabra de la tercera línea, que a su vez coincide con la tercera sílaba de la tercera palabra de la quinta línea, y así sucesivamente. Por supuesto, este sistema burla la atención del editor y la del propio autor. Una vez lo puse en práctica con una simple oración, que en el curso de quince líneas formaba algo así como: “Yo no puedo ir afuera y quedar sin palabras”. Sé de escritores fantasmas que planearon dejar huellas de este tipo en obras importantes, para así, llegado el momento, ratificar públicamente al factotum de la obra. Los fantasmas desesperan por encarnar en seres reales, pero, por suerte, no es más que una fantasía, o, mejor dicho, de una fantasmagoría.

MD: Lo que sucede es que, pasado un tiempo, creo que ya esa evidencia no podría matar al autor que la literatura conoce como autor. Es muy difícil resignar esa idea, despojar a ese supuesto autor de su autoría. Es como que llega un momento en que el texto ya tiene vida propia. Supongamos que vos puedas descubrir esto o armar con un trabajo de inteligencia de lectura, tus propios criptogramas, crear una lógica a posteriori.
EF: Si uno encontrase un sistema de lectura capaz de poner en crisis la legitimidad del autor, dudo que el hallazgo pasase desapercibido. La Cábala, por ejemplo, se encarga de desentrañar el sentido oculto de las Escrituras: lee entre líneas, atribuye valores numéricos a las letras, decodifica signos. Supuestamente, el sistema fue inventado por Dios y puesto al alcance del cabalista. Imaginemos, en este contexto, un sistema cifrado que, al ser  esclarecido, revele que la Torá  es una fantochada pergeñada por algún escriba y que no existe dios alguno... En el terreno literario, podría ocurrir que este código revelara una prosa impecable, quizás hasta superior a la que le sirve de pretexto...

MD: También pienso que, para muchos escritores  fantasmas, ese se constituya quizás en el único modo de firmar su libro, tan a escondidas. El hecho de la firma no es poca cosa, y de algún modo implica cargar con ese libro, y digo cargar porque firmar es un poco cargar con el libro escrito.
EF: Ser fantasma por oficio parece inofensivo; serlo por fatalidad es una desgracia. Desgracia por otro lado llevadera –la peor desgracia–, en nada comparable a la desnutrición, por ejemplo. Partimos del tema de las motivaciones y llegamos al del estilo. No se si el estilo es un invento. ¿Vos lo sabes?

MD: Para mí, la marca personal es un invento.
EF: Uno se pregunta si Rimbaud, o tipos muy precoces, pasaron por la imitación, por la sospecha de que todo lo que importa ya fue dicho por otro. A medida que uno crece, esta pregunta cobra menos importancia y surge otra: la motivación. ¿Para qué escribir, si no es por un beneficio inmediato y concreto? A la hora de escribir por catarsis, los fantasmas se tornan perezosos, indolentes.

MD: Yo pensaría si el estilo o el tono narrativo es una creación  -en el sentido de que se podría haber creado de otro modo-  o es la imposibilidad de que sea de otro modo. Se lee como marca personal o no. Por ejemplo los pintores tienen una marca personal en su obra pero de acuerdo a distintos períodos este cambia y la producción vira hacia algo distinto.
EF: Me cuesta más pensarlo en términos literarios. En algún lado leí que si uno deja de dibujar a los quince años y vuelve a intentarlo a los cuarenta, lo hace  exactamente como entonces, con las mismas torpezas y dificultades. Todos esos años no se capitalizan en términos pictóricos, por así decirlo. Para mejorar la técnica, uno debe volver al sitio exacto donde abandonó. Supongo que algo parecido pasa con la escritura. Por eso existen excelentes correctores que, a la hora de convertirse en autores, cometen errores que ellos mismos hubiesen calificado de brutalidades. Con el correr de los años, un corrector se vuelve mejor corrector, y no por eso mejor escrita.

MD: ¿Y vos podes reconocer tu tono personal, tu tono narrativo?
EF: Como lector, puedo reconocer en otros aquellas cosas de las cuales me gustaría ocuparme como autor.

MD: No me respondiste.
EF: Hay una canción de Génesis que se llama “Sé lo que me gusta de tu guardarropa”. ¿Te acordás? En mi caso busco siempre en las periferias, en zonas literariamente marginales, como los viajes, las hagiografías, las crónicas antiguas. No siempre estas lecturas se resuelven en la escritura. Muchas veces no pasan de meros proyectos. Proyectos que, como no encuentran un tono adecuado, no llegan a madurar. En otros casos se van reacomodando en  sucesivas versiones y ampliaciones. En general, estos procesos anárquicos vuelven irreconocible el plan original: de una versión a otra el texto se contrae, se prolonga, se niega a sí mismo. Son contados los casos en que estos planes se cristalizan en una forma definitiva. Cuando eso ocurre siempre es un alivio.

MD: ¿A quién le encargarías por ejemplo que escriba tu biografía?
EF: Seguramente a un escritor de ciencia-ficción: un escritor realista la encontraría demasiado monótona.  Pero creo que me animaría a ser mi propio escritor fantasma.

MD: ¿Y la firmarías vos o con un seudónimo?
EF: Mirá. Solamente en España se publica a razón de setecientas novedades por mes. Esta pandemia crea demanda de papel, lo que a su vez provoca la desaparición de inmensos bosques de coníferas... No es necesario publicar ni ser publicado. Convivo diariamente con toneladas de papel impreso. La industria editorial demanda que mes a mes se multipliquen las novedades, que luego van a parar a una estantería y después a una mesa de saldos. ¿Para qué sumar páginas y páginas a esta vorágine?

MD: Vos sostenes que los lectores leen autores y no libros. El nudo se te arma en el punto de la autoría. Decís que lo que lo que vos escribís va a ser interesante si lleva el nombre de alguien conocido.
EF: Lo que quise decir es que, si lleva el nombre de alguien conocido, va a tener más chance de venderse. Y no necesariamente si el biografiado tuvo una vida deslumbrante. La vida de Henry James fue, según se cuenta, sedentaria y rutinaria. Sin embargo leí hace poco una buena biografía de James, que no era aburrida ni rutinaria.

MD: ¿Publicaste algún libro?
EF: Sí, claro.

MD: La respuesta que esperaba era que no. ¿Firmarías alguno de los libros que escribiste como escritor fantasma?
EF: No.

MD: ¿Y ese libro en el que dejaste escrita, de modo cifrado, la frase: “Yo no puedo ir afuera y quedar sin palabras”?
EF: Tampoco. Además no recuerdo haberlo hecho.

MD: ¿Alguien lo hizo alguna vez?
EF: No lo sé. Pero pensemos en falsificadores de cuadros. El ejemplo no es bueno, porque en ese caso el fantasma sustituye directamente al artista. Trata de ser él, de suplantarlo a través de una imitación perfecta...

MD: Creo que no existen pintores o compositores fantasmas...
EF: Sí hubo compositores apócrifos, que en general trabajaban para otro compositor. Esto también ocurrió en las letras: no todas las obras que firmó Alejandro Dumas son de Alejandro Dumas. Si Asimov hubiese escrito todos los libros que se le atribuyen, no le habría alcanzado una vida... Fantasmas y más fantasmas. Fantasmas que inventan autores, autores que invocan fantasmas...

MD: O fantasmas que crean al autor. Los críticos literarios muchas veces crean autores, en el sentido de que hacen interpretaciones muy intrincadas de obras literarias, yendo más lejos de lo que quiso el propio autor, forzando una lógica que anude toda su obra. Una vez que la obra circula, ya no se puede hacer mucho con esto.
EF: Exacto. Hay escritores que escriben exclusivamente para otros escritores. Yo más bien creo que escriben para los fantasmas, que por naturaleza resultan excelentes críticos y son capaces de ver allí donde no hay, de transmutar los metales por mero efecto de un sofisma...

MD: Por último, ¿quién firma esta entrevista?
EF: Un fantasma que escribe, quién si no.

 

Con-versiones - Agosto 2004

 

        

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