| Crónica:
Hospital de niños 2004.
Sala de internación de pacientes oncológicos e inmunodeprimidos.
Laura Praino(*)
Lunes 8.00 de la mañana, con el guardapolvo en la mano, retomando
las actividades. Ya no se trata de la escuela y de nosotros corriendo
por el patio. De eso pasaron muchos años y mucha historia.
Entro por la puerta vaivén y lo primero que hago es preguntarle
al que se quedó de guardia: ¿cómo estuvo todo, dormiste?. Porque
dormir es casi y un lujo, y a la vez es un parámetro de lo que pasó
el día anterior... y del humor del residente el resto del día. Y
después, las noticias de los chicos, que me intrigan, me preocupan,
me interesan. Esas novedades de algunos por las que casi llamo durante
el fin de semana y por las que después me obligué a esperar hasta
hoy (porque yo no estaba de guardia, y “no puedo pensar todo el
tiempo en el hospital”).
Cerca de las nueve voy a visitarlos, revisarlos, quizás a sacarles
sangre. Algunos se quejan, estaban todavía durmiendo. Hace mucho
que están ahí y conocen la rutina, nos ven entrar con una bandeja
en la mano, algodones, agujas y algunos tubitos. Saben que les toca
el pinchazo de todas las mañanas, no preguntan, a veces lloran.
Otra vez, no son los chicos de guardapolvo jugando a la mancha y
corriendo, viven casi en el hospital. Y yo no soy una más jugando
con ellos, yo soy la que los cuida y a la vez los agrede, los molesta,
les hace doler.
Inconcientes de su situación, es quizás más fácil hablar con ellos
que con sus padres. Después del primer momento en que tienen miedo,
hasta puede que los convenza de dejarse revisar y termine jugando
con ellos. No saben lo que les resta por delante, por eso se divierten
dibujando o cantando cuando voy a la tarde. Parecen haberse olvidado
de lo que pasó a la mañana. Se ríen cuando les hago cosquillas o
les llevo un juguete. Y yo también me siento mejor, ya no me toca
ser la mala y puedo disfrutarlos a pleno.
Pero con los papás es distinto. Ellos sí saben lo que les pasa.
No les duele tanto el pinchazo de la mañana pero en sus rostros
está el dolor de un hijo enfermo. Me cuesta mirarlos a los ojos.
Quisiera poder decirles: “señor, señora, su hijo está muy bien,
mañana se van a casa”. Pero me preguntar más, quieren saber qué
va a pasar, ¿se va a curar?, ¿esto no le va a volver a pasar?, puede
ir a la escuela, ¿no?. Y... –contesto-... la verdad es que por un
tiempo mejor que no vaya a la escuela... Doy vueltas mientras junto
fuerzas y pienso cómo hablar mejor. A veces salgo de la habitación
con alguna excusa tonta solo para tomar un poco de aire. Finalmente
vuelvo y los miro, hasta donde me den los ojos y el alma, depende
del día. Les contesto sus preguntas, muchas sin respuestas concretas,
trato que me digan lo que vienen pensando. A veces sólo quieren
descargar un poco su angustia.
Solos en la sala con un hijo enfermo, no es la primera vez que se
internan. Saben que tampoco es la última. Se acuerdan de antes,
casi un mundo distinto, cuando sus hijos, como yo, de guardapolvo
blanco, corrían por los patios de la escuela.
(*) médica pediatra
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