| Nota
sobre Pessoa
Colette
Soler (Frags.)

F.
Pessoa
[...]
El núcleo narcisista,en efecto,
consiste en amar el cuerpo propio como a si mismo y,
por eso, ese "dejar caer" [en Joyce] siempre es, según
él -Lacan-, sospechoso de psicosis. Es una manera, efectivamente,
de decirnos que cuando el imaginario está libre, también
está liberado del narcisismo.
Es que el narcisismo no es únicamente el imaginario. El narcisismo,
el amor a sí mismo, implica al contrario el nudo borromeo, implica
que la imagen se anude con las insignias del sujeto, con esos rasgos
de identificación en lo simbólico, y que un goce se inscriba en
el mismo punto.
En definitiva, según la tesis de Lacan, Joyce debe
haber sido el artesano de un narcisismo de suplencia. Lo cual es
otra manera de decir que con su arte logra reanudar lo imaginario.
Él, que tal vez no se amaba lo suficiente, digámoslo así, muy tontamente,
no se amaba en el mismo grado en que uno se ama normalmente, a saber,
quizás...más que a nada.
Hay que matizar y ver qué quiere decir eso. Él no se amaba en la misma medida
en que uno se ama normalmente, pero, al convertirse en el artista,
consiguió ser el artesano de un narcisismo de suplencia. E incluso,
no hay duda, de lo que realmente puedo llamar una vanidad de suplencia.
Por eso Lacan dice que no es un santo. Joyce no es un santo porque
"joycegoza demasiado del escabel", es decir que goza demasiado
de él. El escabel es el estrado, por decirlo así, el estrado sobre
el cual un sujeto se presenta al mundo en su elevación narcisista.
¿Por qué decía yo que se ama menos de lo habitual? Creo que esa la tesis de
Lacan, que nada es
tan fuerte como la pasión por sí mismo. Lo dice en
diferentes momentos y en especial en el del nudo borromeo: el
ser humano está infatuado con su propia imagen. Eso
coincide con la intuición de nuestro buen Jean-Jacques Rousseau,
que hace del amor propio la primera de las pasiones. Lo que llama
amor propio no es en absoluto el amor propio en el sentido de La
Rochefoucauld, quien ya lo cruza con la vanidad. Cuando Jean-Jacques
Rousseau habla del amor propio, lo toma en el sentido positivo de
amor a sí mismo, de investidura narcisista del propio ser, de su
supervivencia, de su bienestar. Y en cierta manera es la tesis freudiana,
en fin, no del todo y tampoco del todo la tesis lacaniana, porque
de todos modos hay que tomar en cuenta la función del Otro. Pero
la idea de que el yo es el primer objeto
y que las relaciones de objeto derivan del amor a sí mismo es una
idea freudiana. No insisto tampoco en la fuerza de
la autoinvestidura, pero no hay duda de que un sujeto cuyo narcisismo
es demasiado claudicante es un problema clínico, ¿no es así? Dejemos
la melancolía de lado.
El otro ejemplo de un imaginario
libre, disociado del narcisismo, sobre el que quiero
decir algunas palabras hoy, es Fernando Pessoa, el escritor
portugués sobre quien escribí un artículo en el número 5 de la revista
Barca. Este imaginario disociado del narcisismo es igualmente
lo que Lacan denominó "enfemedad de la mentalidad". En
Pessoa, la "enfermedad de la mentalidad"
resplandece, por así decirlo, porque, muy lejos de tener el imaginario
contenido del neurótico, tiene un imaginario muy floreciente, y
no sólo proliferante sino múltiple. Un imaginario múltiple y fragmentado.
Por otra parte, él mismo lo dice textualmente, y varias veces:
"Puedo imaginarlo todo", y cuando dice "imaginar"
quiere decir "puedo escribir, puedo esbozar ficciones",
y no sólo en la ensoñación sino ficciones convincentes para el lector.
"Puedo imaginarlo todo porque no soy nadie". Con
esta frase, él mismo conecta, digamos, un defecto narcisista propio,
que lamentó toda su vida, precisamente con ese raro talento de poder
crear más ficciones que nadie.
Aquí, sin duda, en el registro del imaginario
libre, habría que volver al problerna de la megalomanía. No puede decirse que los psicoanalistas se interesen,
se hayan interesado mucho en la megalomanía, muy frecuente en la
psicosis. No se le hace mucho más caso. En el fondo, ¿cómo situar
la megalomanía,
en su definición más simple de delirio narcisista, de hinchazón
delirante del yo? La tesis freudiana no es satisfactoria,
no explica verdaderamente el fenómeno. Ustedes saben cómo sitúa
Freud el problema. Lo hace a partir del desarrollo de las
fases de la libido y las etapas que marcó progresivamente y explicita
muy particularmente en el caso Schreber.
En primer lugar, la investidura autoerótica del cuerpo propio, que no es todavía
la investidura narcisista: es la investidura erógena de las zonas
corporales. Viene a continuación la investidura narcisista, que
supone, como Lacan lo destacó con claridad, que el sujeto se perciba
como una unidad, como el Uno de la forma, no como una multiplicidad
de zonas de placer. En tercer lugar, la investidura de objeto que
deriva por transfusión -es el término freudiano- de la libido del
yo, con la idea de que el primer objeto es homosexual y no hetero.
Y, a continuación, a Freud le cuesta mucho saber cómo se pasa a
la investidura heterosexual.
Entonces, la megalomanía, tal como
la describe en el caso Schreber, es una especie de efecto de la
regresión de la libido. El sujeto abandona sus investiduras de objetos,
esa es su tesis, el sujeto abandona sus investiduras de objetos,
se vuelve indiferente a sus semejantes, homos o heteros, y por último
ya no se interesa sino en sí mismo y, al hacer recaer toda su libido
sobre sí, sólo se ama ya a sí mismo. Por lo tanto, Freud
interpreta la megalomanía como una regresión al narcisismo, a la
fase narcisista de la libido, y hace de ella una de sus diferentes
maneras de negar el amor al objeto: "No amo a nadie más que
a mí mismo".
Por lo que yo sé, Lacan no desarrolló explícitamente una tesis sobre la megalomanía.
¿Sí?
-Usted me hace pensar en el dormir;
me preguntaba si no es algo así como una megalomanía natural.
Sí, la idea de Freud es que el dormir es un repliegue narcisista, como si la
investidura del mundo nos cansara mucho y periódicamente, incluso
cotidianamente, tuviéramos que volver a replegar sobre el yo todos
los pseudópodos que hemos enviado al mundo. No es falso, hay algo
de eso. La analogía es que en el dormir uno se basta a sí mismo,
aparentemente. Aunque habría que estudiar el caso del megalómano
insomne, bien conocido, que existe y constituiría un problema para
la analogía. En todo caso, no creo que la tesis de Lacan fuera ésa.
Si bien no conozco ningún desarrollo sistemático suyo sobre la megalomanía,
deduzco uno de sus tesis sobre Joyce, a saber, que es
más bien la falta narcisista, la falta de la fijación narcisista,
la falta de la libido del ego, la que, en la megalomanía, se restaura
de manera delirante. En otras palabras, casi podría decir que el
narcisismo forcluido, la parte de narcisismo forcluida, se corrige,
intenta autotratarse mediante el delirio megalomaníaco.
Adviertan que Joyce nos lo ilustra. A menudo subrayé que a esa especie
de negligencia, dado que en él la cosa no va más allá, esa negligencia
narcisista del niño que carece de combatividad en la afirmación
de sí con respecto a los compañeritos de la paliza, sólo la iguala
su megalomanía precoz, porque Joyce se consideró como el
artista mayúsculo antes de haber escrito. Y, como lo destaqué varias
veces, cuando recién había empezado a recoger en pedazos de papel
sus epifanías, vale decir, fragmentos de discursos extraídos del
medio circundante, que pueden aparecer más como desechos de discursos
que como una obra, ya escribía a su hermano Stanislas, cuando tenía
unos veinte años: "Si me llega a pasar algo, cuida que mis
epifanías no desaparezcan". Vale decir que ya con eso consideraba
que era el artista. Y en ese sentido, el Retrato del artista
adolescente es un artista que precede al escritor. Ese es el
rasgo de megalomanía joyceana, que
no llega a la dimensión de un gran delirio pero es de todas formas
un rasgo megalomaníaco que me parece como el retorno de la falta
narcisista. Y podemos escribirlo. Para inscribir la falta de narcisismo,
escribo el yo [Moi] con el cerito de la forclusión. Ese "yo
cero" nos sirve también para escribir la "enfermedad
de la mentalidad", un imaginario que no está fijado narcisistamente,
y por último, la megalomanía,
las diferentes formas del delirio megalomaníaco, vienen
como una especie de suplencia, sustituyen ese defecto del yo.
Megalomanía=
el redentor o el artista
Yo 0 (moi 0)
Es
una tesis inversa a la de Freud. La megalomanía delirante no está
condicionada por un narcisismo en exceso, originalmente en exceso,
sino por un narcisismo en defecto. Y si leen sus textos, o cuando los lean si todavía no lo han hecho,
advertirán que Lacan, cuando hablaba con Jacques Aubert,
le preguntaba con insistencia: "¿Joyce se tomó por el redentor,
hay indicios en él de que se haya tomado por el redentor?".
¿Por qué esa insistencia? Creo que se la puede comprender bastante
bien si se piensa que la megalomanía se realiza en muchas formas
y que una de las formas clásicas es el delirio de redención. Tomarse
por algo así como un Cristo que va a salvar el mundo. ¡Pues bien,
Joyce no! No me parece que se haya tomado por el redentor. Se
toma sólo por quien va a asegurar la memoria increada de su raza.
Vale decir que se toma por el hijo necesario, lo que no es lo mismo,
y su versión megalomaníaca es el artista, con la salvedad
de que realiza la cosa.
En Pessoa en cambio, las cosas son mucho más complejas,
pero, en principio, en él el yo cero, la forclusión narcisista,
son algo así como la base continua de su obra. Es la desesperanza
narcisista, la crónica de una inexistencia, de una inexistencia
sentida, vivida, de una vacuidad, de un no ser nadie.
Y en él la respuesta es mucho más variada y también más enfermiza
que en Joyce. Hay dos respuestas. Está la multiplicación
de lo imaginario, los yoes [Moi(s)], no sé si se le puede poner
una s a yo, por definición nunca va en plural, pero en fin, pongámosle
de todas formas una s entre paréntesis. El fabrica unidades narcisistas
en cadena, que son sus heterónimos, los yo(s)
posibles, los mundos posibles, las soluciones posibles a la desesperanza
de existir. Fabricó varios, y cuando abrieron su baúl, se dieron
cuenta de que no había tres, como se creía, o cuatro o cinco, sino
más de cincuenta. Eso es la enfermedad de la mentalidad, en su productividad,
es decir que, al no haber yo, puede inventar muchos.
Los
yo(s)
Yo 0
De su enfermedad de la mentalidad saca mundos alucinados. Creo haber demostrado
ese carácter alucinatorio de sus mundos, pero que es de todos modos
una capacidad creadora. Su obra poética tiene estas dos vertientes:
el grito de desesperanza, que es constante en la correspondencia,
en las obras ortónimas, y luego los mundos alucinados.
Pero Pessoa también deliró. Sólo que
no lo hizo en su obra. Hay en él una frontera que no franqueó, felizmente,
por otra parte, que hace que en la correspondencia advirtamos sin
ninguna duda posible -los críticos lo advirtieron- que se
tomó por el redentor. Se tomó por el mesías de Portugal.
Más exactamente,
se tomaba por la reencarnación del quinto emperador que iba a traer
el Quinto Imperio. Y por lo tanto, al margen de la
obra poética, hay todo un delirio nacionalista sobre el Portugal
venidero, que será el Portugal de ayer, porque sólo elimina uno,
el de su tiempo. Por suerte, eso siguió siendo muy muy discreto,
cifrado en Messagem e indicado por pequeñas señales en su
correspondencia, al margen de la obra.
[...]
Texto extraído de "La maldición sobre
el sexo", Colette Soler, págs. 152/157, ed. Manantial, 2000.
Edición original: Universidad de París, 1996/97.
Selección y destacados: S.R.
Con-versiones junio 2004
Relacionar con: "El
desconocido de sí mismo" O. Paz
"Fernando
Pessoa" S. Le Poulichet
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