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La pareja amo- esclavo
Eugénie Lemoine-Luccioni

La experiencia de la mujer es extenuante. Privada de objeto exterior de amor, la mujer erra "como alma en pena" y se vuelve hacia su Padre: el único hombre que la haya amado, o que ella pueda amar. En él encuentra su ideal, es decir, esa unidad que le hace falta, puesto que está dividida. Y cuando ama a otro hombre, lo ama como amó a su padre. Hace de él un Padre; a decir verdad, un Padre- madre. Quiere que él la desee y le dé vida. Espera todo de él. Toda su demanda se atiene a lo que yo llamo la prosopopeya de la Feminidad; y esto es apenas irónico, puesto que es cierto que las mujeres se pasean por la calle o permanecen en sus casas como alegorías, y hablan.

Así pues, la Feminidad habla y dice: "Soy débil; una nada me hace temblar. Soy el don hecho mujer. No me pertenezco. Sin ti no soy nada. Espero todo de ti. Sobre todo, no te alejes. Cuando no estás aquí, no vivo. Seré como quieras; bella, infantil, pero también apasionada. Seré tu amante, tu esposa, tu hermana y tu madre, todo junto, y hasta tu amiga. Pero con la condición de que me ames".

Como se ve, esta prosopopeya contiene un convenio. La mujer se da toda, a cambio de amor.

Es que ella está totalmente suspendida del deseo del Otro, en tanto no descubra su propio deseo.Y no hay para ella otro medio de descubrir su propio deseo que pasar por el deseo del Otro (1). Probablemente es esto lo que se ha llamado su pasividad. Pasividad que la lleva a conocer el pene, aunque no confiese que es lo que ella busca, porque efectivamente no lo sabe. Continúa negando su pulsión genital, y a veces su placer. Por lo tanto, permanece dependiente, sin deseo propio declarado: en una palabra, esclava de un amo que ella se da, y que acepta entrar en esta relación, que le parece - equivocadamente, como veremos- ventajosa. Los términos de esta relación son los siguientes (y es la mujer quien los plantea):"Si me abandonas, muero". Ya hemos visto cuán permanentemente estos dos términos, separación y muerte, marcan, designan, dibujan la línea de partición imaginaria de la mujer y ocupan su campo libidinal. Como en toda relación amo- esclavo de este tipo, hay, desde el principio, alienación y pérdida asegurada de algo: o me abandonas y muero, o no me abandonas y me pierdo a mí misma, puesto que me convierto en ti. De todas maneras, no vivo. Alternativa tan falsa como la de la libertad o la vida, pues, o bien pierdo la vida, o bien pierdo la libertad y la libertad de vivir (2). Parecería que el hombre dice, más bien: "Si me abandonas, te mato". Por lo menos es lo que afirma Mariella Righini en una encuesta sobre el suicidio, para oponer esta actitud masculina a la de la mujer, que dice: "Si me abandonas, me mato­" (3).

Por consiguiente, la mujer se hace esclava del hombre, a cambio de un poco de amor. Al hacerlo, pierde su vida, si no la vida. Es ese sujeto que, como todo sujeto, solo toma sentido en el campo del Otro (hombre o niño) desvaneciéndose al mismo tiempo como sujeto. La mujer es invocante con relación al Otro; es la invocación misma, y por ello puede ser tenida por origen del lenguaje, como la Beatriz de Dante. Pero se aliena espontáneamente de acuerdo con el modo de apareamiento del amo y del esclavo. Desde siempre está instalada en la alternativa: vida o muerte. Es el vel letal lacaniano; o bien se instala en la muerte de Narciso, o bien se hace reconocer por el Otro y se pierde como sujeto, porque se identifica con el deseo del Otro.

A pesar de todo, la pareja amo- esclavo, como la de hombre-mujer, debe tomarse como par, como relación, y no como dos términos marcados uno y otro positivamente; de lo contrario, se están postulando dos razas y el "viejo sueño de simetría" denunciado por Luce Irigaray vuelve a tomar cuerpo. La salida no se halla en el rechazo de esta relación; no se halla en la denegación.

Por lo cual el sujeto encuentra la vía de retorno del vel de la alienación, llamada el otro día separación, escribe Lacan (4). La separación - segundo tiempo de la repetición, siendo el pri­mero la alienación- salva de la alienación. Pero separarse, precisamente, es adornarse* con el Otro. La vía de retorno es estrecha. Para la mujer, como para cualquier esclavo, toda la dificultad reside en esto: siendo el corte, ¿cómo se dará ella además el lujo de cortar con el otro en sí misma? La suerte del amo ya se sabe, no es mejor. Si la esclava- mujer pierde su libertad y elige vivir, aunque más no fuera como perdedora, el hombre conserva su identidad y su nombre, que trasmite, al menos en nuestra sociedad; pero a menudo no es más que un nombre.

El momento de la separación, no es fácil de señalar. Para la mujer se trata de no identificarse con el Otro, pero gozarlo - a fin de gozarlo- . Este momento llega cuando ella admite que solo goza del Significante - como tal, representando a un sujeto para otro significante que lo representa- . Pues la mujer goza de esto: de la revelación misma del Otro como significante. Goza del falo (y no sólo del pene) (5) como del uno que está puesto en el lugar de ese otro real que no puede captarse. Y ese uno que la coloca a ella misma en su lugar, como sujeto tachado, le da acceso así a la castración simbólica (que la partición simbólica había vuelto posible, puesto que allí ya se postulaba como separada).

Hemos dicho que, con el hijo [caso relatado anteriormente ver nota 5], ella pasaba de 1 a 2 e incluso a 3, contando al padre. Pero también aquí debe separarse personalmente, del otro imaginario como parte de sí misma, para reconocer al Otro como significante, como uno. Su problemática la hace pasar de la mitad al doble, luego del doble a 1, 2, 3, etc. Adquiere este cálculo simple con dificultad, puesto que en su ser más bien vive el "aplastamiento" (el término es de François Recanati). Si sólo se efectiviza como 1 a través del otro, que hace 2, su unidad de sujeto siempre es precaria. Se expone a aplastarse en el cero. Y si sólo se efectiviza como 1 por el Otro, cuyo significante es el falo, sólo puede ser un falo - por cierto no idéntico al segundo (o más bien al primero)- . Pero entonces, ¿qué es ella?

No se puede desear, sin duda, lo que falta [manque]. El querer lo que hace falta estaría más próximo a lo que mueve a la mujer (eterna insatisfecha, se la llama), con la inflexión que la vecindad de voluntad comunica a querer [vouloir]; y con hacer falta [falloir] más que con faltar [manquer], puesto que le hace falta a cada nuevo paso.

Para salvar su relación, el hombre, por su parte, intenta identificarse con la mujer. Pero entonces va en contra de su vocación. Como dijimos, es el cambio de sexo lo que palia el fracaso del intercambio. Si el hombre puede identificarse con la mujer, es evidentemente porque el proceso de identificación encuentra también en él su propia organización, un soporte. Este soporte es el prepucio, que, según dice Amado Levy- Valensi, es normalmente mujer, porque el pene se mueve en él. Sea lo que fuese de estos órganos, también él ha hecho una primera identificación con la madre.

La circuncisión y otros ritos pueden virilizar al hombre, pero sigue siendo capaz de identificarse. Hemos podido establecer una especie de equivalencia sexual entre el acto sexual masculino y el parto; al respecto cité a Ferenczi. Ahora bien: quien dice cambio de sexo, identificación recíproca, también dice fracaso del intercambio, puesto que, en el mejor de los casos, uno se convierte en el otro, uno no encuentra al otro y lo aniquila. Es el callejón sin salida del unisex. Sueño pernicioso de los hippies contra el cual las mujeres ya han encontrado un remedio. Marguerite Duras y Xaviére Gauthier nos cuentan en Las habladoras (6) que algunas se agrupan deliberadamente a cubierto de los hombres en comunidades herméticas "para volver a encontrarse". Estas comunidades de mujeres recuerdan los cuartitos provenzales- donde los hombres se reunían en el siglo pasado a cubierto de las mujeres, cuya entrada en estos círculos estaba prohibida, "incluso para las tareas domésticas". El etnólogo que se puso a buscar la razón de ser de esto no encontró más que la misma severidad de esta única regla y sus efectos (7). De hecho, las mujeres por un lado, y los hombres por otro, se encierran para escapar a la contaminación siempre amenazante y reiterada.

Para volver a la mujer, le gusta hacer de hombre, pero le deja el prestigio, o se lo dejaba... Como vimos, le queda el camino del retorno después de la separación, o la sublimación de su amor. Al ver que el hombre se le escapa - puesto que no se instala de buena gana en la identificación y se apresura a correr tras otro (a) salvador (para no ser castrado)- , después de haberlo vuelto impotente, al prohibirle precisamente los objetos (a), causas de su deseo, ella le grita su amor; luego se lo escribe en los diarios llamados íntimos; luego lo escribe.

Escribir el amor es la salida de la sublimación, la que salva a la mujer de la ninfomanía y la erotomanía. No nos ocupamos aquí de la vía natural, en la que, esposa y madre, logra expandirse: vía que es más difícil de captar y desarrollar. Pero no la negamos; pensamos que cobra todo su sentido a partir de las vías extremas que representan la patología, por una parte, y la sublimación, por la otra.

Notas:

(1) La mujer es alterocentrista, decía ya Gina Lombroso en 1924, en L' ame des femmes, op. cít.

(2) Seminario XI, Jacques Lacan, págs. 191- 93 (ed.fr.)

(3) Mariella Righini, "Enquéte sur le suicide Le Nouvel Observateur, n" 554, junio de 1975.

(4) Seminario XI, Jacques Lacan, págs. 194 y 199 (ed.fr.)

* juego de palabras con "séparer" ("separarse") y "se parer" ("adornarse") [N. del T.].

(5) La jirafa [apelativo de un caso relatado anteriormente] que se sentiría amputada si fuese abandonada, confiesa al mismo tiempo haberse vuelto "sexualmente indiferente"1 y sin embargo no es una mujer frígida.

(6) Les Parleuses, Editions des Femmes.  

(7) Lucienne A. Roubin, Les chambrettes des provençaux, Plon, 1970.

Texto extraído del libro "La partición de las mujeres", Eugénie Lemoine-Luccioni, Págs. 64/67, editorial Amorrortu, Buenos Aires, Argentina, 1982.

Edición original: du Seuil, París, 1976.
Selección y destacados: S.R.

Con-versiones junio 2004

 

 

     

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