Los románticos alemanes
Ilse Brugger
I
"Los alemanes son algo así como las tropas de
exploración del ejército del espíritu humano: avanzan por caminos
nuevos y ponen a prueba medios desconocidos. ¿Cómo no nos interesaría
saber qué es lo que dicen a su regreso de los viajes a lo infinito?" Estas palabras de Madame de Staël en su libro De la Alemania (1810)
procuran caracterizar el papel desempeñado por la literatura
y filosofía germánicas en la época de oro que va desde 1770 hasta
1830, aproximadamente. Se trata de la llamada "época
de Goethe", cuyos aportes a la cultura nacional y
universal son tanto más abundantes y fértiles cuanto que el
pensar y el poetizar se mantienen en estrecha vinculación con
una gran preocupación por el hombre como ser vivo, como portador
de "humanidad". Se ha dado a la edad el
nombre de Goethe porque éste, con la universalidad de sus
intereses, es la figura más destacada de esas décadas y porque
en su obra se reflejan, directa o indirectamente, las principales
tendencias de la época. A primera vista, la pujanza espiritual
del último tercio del siglo XVIII, el polifónico coro de
voces importantes, la rica producción literaria, resultan sorprendentes,
sobre todo cuando se piensa en el atraso cultural sufrido por
Alemania
a consecuencia de varios hechos: la guerra de los treinta años
(1618- 1648), que dejó al país en ruinas; el sistema
de división territorial, que implicaba la falta de un centro cultural
como lo eran París y Londres; la ausencia de una
capa social lo bastante representativa para ser portadora de la
cultura, y, finalmente, el insuficiente desarrollo del idioma
alemán para aprehender la vida moderna con versatilidad y flexibilidad.
Los
prohombres de la Ilustración habían hecho ingentes esfuerzos para
subsanar estas deficiencias. Pero su espíritu a veces demasiado
ortodoxo y racional, su tendencia demasiado pronunciada a imitar
los modelos franceses, impidieron el hallazgo de contenidos y
formas que hubieran armonizado con la idiosincrasia del pueblo
alemán. Sin embargo, las fuerzas anímicas reprimidas se fueron
abriendo paso. Gotthold Ephraim Lessing (1729-1781) había
señalado nuevos caminos en sus trabajos teóricos, sobre todo en
Laocoonte (1766) y en la Dramaturgia hamburguesa (1769).
Sustituyó la preceptiva
clasicista por la crítica moderna, que parte de la obra misma
y sus leyes intrínsecas. A través de sus dramas
maestros: Minna von Barnhelm (1767), Emilia Galotti
(1772) y Natán el sabio (1779), demostró que el teatro
alemán era capaz de ofrecer obras dignas que por sus temas y formas
apelaban a los sentimientos y al entendimiento del público. Por
otra parte, Friedrich Gottfried Klopstock (1724- 1803)
emocionó a los contemporáneos con su Mesíada (desde 1748)
y sus Odas. En sus poemas vibraba un sentimiento
de oposición al mero intelecto y se veía al mundo y al hombre
con admiración religiosa, dentro de las conexiones cósmicas. El
espíritu libre e impertérrito de Lessing y la expresividad apasionada
de Klopstock dieron los primeros estímulos a una juventud ansiosa
y desorientada, tanto en su visión general del mundo como en su
búsqueda de nuevos contenidos y formas poéticas. Y entonces sobrevino,
casi de improviso, una revolución espiritual que - según
lo ha señalado Korff- intentaba, al igual que la Revolución
Francesa, la completa
renovación del hombre occidental. Korff distingue,
como grandes tendencias nacidas de la preocupación por el hombre,
su papel en el
mundo y su misión de artista:
1) El Sturm und Dräng, movimiento que a partir de 1770 representa una especie
de despertar en el ámbito de las letras.
2) El clasicismo de Weimar, caracterizado
sobre todo por su concepto de humanidad, que estaba afianzado
en postulados éticos y estéticos, tal como se refleja en las obras
maduras de Goethe y Schiller.
3) El romanticismo, movimiento muy complejo
que encierra toda una nueva visión de la vida. Aun cuando en apariencia
se opone al clasicismo, sus planteos y logros presuponen los estímulos
de las tendencias anteriores, de modo que las tres juntas - Sturm
und Drang, clasicismo
y romanticismo- constituyen un todo orgánico, una especie
de campo de fuerzas en cuyos centros se halla la preocupación
por el hombre.
El
nombre de aquel famoso movimiento (en traducción literal y no
del todo adecuada, Sturm und Drang sería "tormenta e ímpetu")
fue tornado de un drama de F. M. Klinger cuyo primer título
había sido Confusión (Wirrwarr, 1776). El grupo, que se
nucleó primero en Estrasburgo alrededor de Johnn Gottfried
Herder (1744- 1803), según Martini el "máximo estimulador
en la historia del espíritu alemán", y luego en Francfort
del Meno y Weimar alrededor de Johnn Wolfgang Goethe (1749- 1832),
se destacó por su ímpetu juvenil y desbordante. Fue
significativo el que sus integrantes provinieran de diferentes
regiones de Alemania y de capas sociales muy distintas: el joven
de rancio abolengo se codeaba con el hijo del proletario. Su rebelión
se dirigió tanto contra el riguroso predominio de la razón - a
la cual se opusieron los poderes irracionales del corazón- como
contra la estrechez de la vida político- social, contra los
tabúes y normas que trababan la existencia burguesa e impedían
el libre desarrollo del individuo en su carácter de hombre íntegro.
Estos jóvenes lanzaron sus hostiles gritos contra uno de
los peligros máximos de la edad moderna: la "funcionalización"
del hombre.
El
ilimitado subjetivismo del Sturm und Drang, junto con la
conducta a veces extravagante de algunos de sus integrantes, así
como su rechazo de toda forma objetiva, condenaron al movimiento
en sí a un temprano fin. Sus aportes más interesantes en el dominio
de las letras pertenecieron al drama, muchas veces en
"forma abierta" y por lo general carente de estructuras
definidas. En el orden
poético, el Sturm und Drang
sobrevive sobre todo gracias a la producción genial de Goethe
y Friedrich Schiller (1759- 1805), quienes manifestaron en
sus primeras obras las ansias fundamentales del movimiento juvenil.
Goethe y Schiller trataron
de contraponer al espíritu revolucionario - individualista
(espíritu del que habían participado en un primer momento)
la imagen de una
humanidad que se desarrollaría en armoniosa cooperación entre
naturaleza y cultura, entre disposición personal y obligación
social. Para poder hacerlo procuraron elevarse - cada
uno dentro de su modalidad- por encima de las preocupaciones
cotidianas mediante un autodominio consciente y gracias a su fe
en determinados valores supratemporales y supracionales, aunque
sin perder de vista los problemas que planteó el momento histórico.
También en sus obras se reflejaron desde temprano los logros y
las amenazas espirituales de una edad de creciente individualismo,
con su repercusión en los campos político, social, intelectual
y artístico. Se fue abriendo cada vez más la grieta profunda entre
el mundo real y el soñado, entre las inquietudes del yo y la coacción
externa. Mas esta oposición que Goethe y Schiller
aún trataron de superar en forma positiva, se fue convirtiendo
en interrogante atormentado para la generación siguiente, de cuyas
filas surgió el romanticismo como último movimiento del idealismo
alemán. Entre, una y otra tendencia - por cierto no del todo
irreconciliables- se debatieron, sobre todo, tres autores
solitarios: Jean Paul Richter; (1763- 1825), Friedrich
Hölderlin (1770-1843) y von Kleist.
II
El romanticismo alemán ha tenido, fuera de su significado
para las letras propiamente dichas, una gran influencia en varios
campos del saber. Es fácil observar que sus múltiples planteos
- religiosos, filosóficos, científicos, estéticos-
acuñaron también, de manera inconfundible, su producción poética. A veces, en un sentido positivo, ampliando horizontes; otras veces, con resultado
no del todo satisfactorios, ya que los fines demasiado ambiciosos
impidieron la configuración de obras acabadas. Las ansias de infinitud
de los poetas, su búsqueda de lo inefable, su deseo de apresar
la vida en su totalidad y sus complejas disquisiciones teóricas
(sobre todo las de la primera generación) superaron, de tanto
en tanto, las posibilidades artísticas y los trabajos quedaron
truncos. Pero aun así, el romanticismo alemán ha sido y sigue
siendo un surtidor de estímulos fructíferos, entre los cuales
podrían enumerarse su
interés por el sueño y el inconsciente, su insistencia
en el mito, en la unidad psicofísica del hombre,
en las analogías entre naturaleza y espíritu, los
logros del pasado, la cultura universal, la fantasía creadora
y su empleo de los medios modernos de la ironía y el grotesco,
de nuevos matices expresivos, etc. Igualmente, el
movimiento que tuvo su mayor desarrollo entre 1794 y 1830, nos
ha dejado poemas v obras literarias sumamente atractivos.
El
poeta más sensible y profundo del romanticismo alemán fue Novalis
(Friedrich von Hardenberg, 1772- 1801), un espíritu de gran
vuelo a quien debeimos también la creación
del símbolo romántico por antonomasia: el de la flor azul,
que corporiza el fin nunca alcanzado y siempre anhelado tal como
lo representan el amor y la poesía. Los discípulos en
Saís (Die Lehrlinge zu Sais) es una obra en la que
el poeta combina una acción externamente pobre con una gran intensidad
del sentimiento para explorar los reinos desconocidos de la naturaleza
y del espíritu con la finalidad de obtener conocimientos auténticos
sobre la esencia humana. El discípulo que busca revelaciones en
el mundo circundante las encontrará al fin en su propio fuero
íntimo. El viaje externo termina con el retorno hacia sí mismo.
Así lo enseña el cuento de Jacinto y Rosaflor (Hyacinthe y Rosenblütchen),
narrado con poética ingenuidad.
Mientras
que Novalis insistió en las relaciones entre poesía, filosofía
y ciencias naturales, contemplándolas desde un punto de vista
eminentemente religioso, el joven Wilhelm Wackenroder (1773- 1798)
se entregó de lleno, sin consideraciones teóricas, a su ferviente
entusiasmo por el arte concebido como inspiración divina.
Sus Desahogos de un fraile amante del arte (Herzensergiessungen
eines kunstliebenden Klosterbruders, 1797), fueron publicados
bajo su nombre y el de su amigo Ludwig Tieck. Pero la mayoría
de las piezas reunidas en este tomito programático pertenecen
a Wackenroder y revelan claramente el santo respeto que le merecían
los problemas del arte occidental renacentista, no sólo los italianos
sino también Durero. Podría parecer que para Wackenroder el arte
lo fuera todo y constituyera una gloria perfecta para sus favoritos.
Sin embargo, nuestro autor presentó un caso muy a distinto en
la narración dedicada a la vida del músico Berglinger, quien es
el prototipo del artista desdoblado, presa de un hondo desgarramiento.
Ernst
Theodor Amadeus Hoffmann (1776- 1822), cuya fama mundial ha sido considerable, es otro de los típicos
escritores románticos. En él se combinan la descripción realista
y la visión fantástica. El puchero de oro (Der
goldene Topf), que data del año 1813, se considera como el
cuento artísticamente más perfecto de Hoffmann. En este largo
relato, de rasgos ora fantásticos, ora grotescos, la acción se
mueve sobre dos niveles: el de la vida cotidiana con sus exigencias
y ansias mezquinas y el de la fantasía con sus ideales imperecederos
y su visión de un futuro en el cual se unirán el amor y la fantasía,
en tanto que el espíritu triunfará al lado del sentimiento. Hoffmann
llevó a su culminación las posibilidades del relato romántico
justamente con su técnica de vincular sucesos ordinarios con los
aspectos nocturnos de la existencia. De él parte una línea directa
que conduce a Poe, Baudelaire, Horacio Quiroga, y no resulta difícil
reencontrar algunos rasgos suyos en el mundo kafkiano.
Pero
él no fue, por cierto, el único en advertir los peligros que acechan
al hombre en el mundo moderno, cada vez más hostil para la supervivencia
del individuo como persona íntegra. Heinrich von Kleist
(1777- 1811) expuso
con impresionante insistencia el problema del ser humano, para
el que el mundo en donde vive ha perdido seguridad.
Kleist no fue no romántico en el sentido estricto de la palabra.
Su arte solitario debe ubicarse entre el clasicismo y el romanticismo.
Pero tuvo vínculos personales muy fuertes con algunos románticos
destacados. Fue, en primer término, poeta dramático y su prosa
magistral se caracteriza por su concentrada densidad y su ritmo
de dramático avance. Su
nota Sobre el teatro de títeres (Über das Marionettentheater)
data del año 1810 y se la considera actualmente como una de
las páginas más importantes de Kleist, quien opone en ella al
hombre moderno, privado de gracia y espontaneidad, el títere,
que tiene su centro de gravedad dentro de sí, tal como se observa
en el animal. Pero el hombre no puede "animalizarse"
sino que deberá "divinizarse"; su camino hacia la inocencia
conduce a través del conocimiento desarrollado al máximo, es decir,
el hombre algún día tendrá que poseer una conciencia infinita
para así recuperar su gracia perdida [*].
Con
cierta frecuencia las ideas de los románticos fueron expresadas
mediante aforismos, género que había tenido una gran evolución
en el siglo XVIII, gracias sobre todo a la chispa y mirada perspicaz
de Georg Christoph Lichtenberg (1742- 1799) [**].
Friedrich Schlegel (1772- 1829), el crítico más inteligente
y universal del romanticismo alemán, expresó sus ideas en numerosos
aforismos o fragmentos. Gran parte de ellos fueron publicados
en la revista Ateneo, entre ellos el Nº 116 que siempre
se ha considerado como programático. Ahí Schlegel expresa lo que
es para él la poesía romántica: "Una poesía universal
progresiva". Con la transcripción de éste y otros fragmentos
suyos hemos intentado dar una idea inicial de algunos de los temas
que más lo preocupaban y cuya importancia para el desarrollo de
las teorías románticas dentro y fuera de Alemania es indiscutible.
Hemos
debido recurrir a las traducciones castellanas ya existentes de
determinadas obras. Este hecho nos impidió, también, incluir otros
trozos acaso más significativos. Pensamos, por ejemplo, en los
cuentos de Tieck, Brentano y Arnim y en Las vigilias de Bonaventura.
En este aspecto queda por llenar una laguna muy extensa. En las
letras de idioma castellano, el romanticismo alemán
es todavía gran desconocido en lo que se refiere a su vasta
producción poética, digna de ser difundida no sólo por su valor
estético- histórico sino por sus enfoques sugestivos también para
el mundo actual.
[*]
Nota SR: Texto retomado por G.Deleuze y F. Guattari
en el libro "Mil mesetas".
[**]
Autor admirado y citado por S. Freud.
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Texto extraído de "Los románticos alemanes" (Hoffmann,
Novalis y otros), selección I. De Brugger, introducción, editorial
C. E. de América Latina, 1978, Buenos Aires Argentina.
Corrección:
C. Falco
Selección
y destacados: S.R.
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junio 2004