| La
pintura mágica
de
los aborígenes
australianos
por
Karel Kupka
El
arte ha estado siempre presente en la vida de los aborígenes australianos,
los cuales, además de los objetos sacros de los ritos ancestrales,
pintan, graban o esculpen sus armas, sus herramientas y los utensilios
de uso cotidiano. Las rocas, las chozas de cortezas y hasta la misma
tierra están a menudo decoradas con pinturas. A veces, graban relieves
en los árboles y trazan líneas ornamentales en la arena.
Los
majestuosos y escultóricos postes mortuorios y los recipientes en
que se conservan los huesos de los difuntos llevan también ricas
pinturas, al igual que, en ocasiones, los cráneos de aquellos. Muchas
de esas actividades artísticas rituales han sobrevivido hasta nuestros
días en su pureza tradicional, aunque sean ahora menos corrientes
y a pesar de que la civilización moderna abre nuevas perspectivas
a las jóvenes generaciones de aborígenes.
Sus
artes plásticas presentan una gran unidad de concepción, pero sus
formas varían de una región a otra. Es posible que las condiciones
naturales hayan fomentado una cierta forma de arte en Australia,
como ha ocurrido en los demás continentes. Exactamente igual que
en Europa la región de Mediterráneo, y en el continente americano
su parte central, en Australia su cálido septentrión, con su viva
luz reflejada por el mar - luz que acerca el horizonte y decanta
los colores- incita a la pintura. El sur australiano, a menudo
brumoso, gris y frío, se presta más al dibujo. La pintura en corteza
es la más característica de las diferentes formas de arte practicadas
por los aborígenes, y la que posee hoy mayor vitalidad. Como su
nombre indica, es una pintura ejecutada sobre trozos de corteza
de una variedad de eucalipto, que es el árbol más difundido en Australia.
El eucalipto proporciona una materia fácil de encontrar, manejable
y cómoda. El árbol tiene que estar sano y ser recto y su corteza
no tener grietas. Se corta un trozo con un machete. Una vez desbastada
y limpiada, se calienta esa plancha sobre el fuego, curvándola con
la rodilla o con el pie hasta que queda bien plana. Luego, se la
coloca debajo de un montón de piedras o de arena, para que no se
doble. Al cabo de unos días, está ya lo bastante seca como para
poder pintarla. La primera capa protectora suele aplicarse en la
parte interna, que es más lisa. Se la embadurna con una sustancia
pegajosa, que procede del tallo de una orquídea silvestre.

Los
artistas aborígenes de la región de Milingimbi (costa norte de la
Tierra de Arnhem) son los creadores de una verdadera "literatura
pintada". Gracias a ella representan en cortezas de eucalipto
los complejos mitos en que se expresa la vida interior de su pueblo,
ese otro universo al que llaman "el Tiempo de los Sueños".
Los signos figurativos que emplean son tanto más adecuados cuanto
que esos artistas no los organizan de acuerdo con un orden previamente
establecido sino que los componen libremente en el cuadro. La corteza
pintada (arriba) es obra del artista Djulwarak y data de 1963. Representa
el mito de las hermanas Wavilak que relata y explica cómo se pobló
Australia. En la parte inferior, al centro, se ve una charca junto
a la cual crece un eucalipto. La sangre perdida por una de las hermanas
despierta a la serpiente sagrada Yurlunggur que sale de la charca
(a la derecha). Cuando sale por segunda vez, se enrosca en torno
a las dos hermanas y a sus hijos para tragarlos (al centro). Abajo,
en el extremo derecho, reaparecen las dos hermanas. Las demás figuras
de esta pintura son otros tantos signos que permiten "leer"
la historia y recordarla.
La
corteza se pinta de amarillo, rojo y castaño (ocres naturales),
blanco (caolín o yeso) y negro (principalmente carboncillo machacado).
Los aborígenes protegen celosamente los sitios que les
proporcionan buenos colores: esos ocres naturales, que dan los
mejores tintes, sirven de moneda para los intercambios.
Los
pinceles, que manejan con una habilidad extraordinaria, son ramitas
de madera masticadas en una de sus puntas, o cañas que llevan adheridos
pelos, hilos vegetales, fragmentos de pluma, o bien hojas sabiamente
recortadas. Salvo en la primera capa, sólo suelen mezclar los colores
con agua, por lo que la pintura es muy frágil. Pero no hay que olvidar
que, para los
aborígenes, lo que cuenta es el hecho de pintar, el acto mismo de
la creación. Desde que los coleccionistas andan
tras sus obras, propenden a preocuparse más de su conservación,
empleando fijadores modernos. Pero, debido a esa fragilidad, es
absurdo aplicar el criterio de la antigüedad a este arte. El único
criterio decisivo es el de su valor artístico. En los museos no
hay muchas pinturas en corteza que tengan más de cincuenta años.
Sin
embargo, esta pintura posee una larga tradición. Los métodos científicos
modernos han demostrado que los vestigios de la pintura rupestre
y los petroglifos dispersos por toda Australia tienen varios miles
de años. Ahora bien, una gran parte de la pintura en corteza reproduce
los temas mismos de la pintura rupestre y, en todo caso, emplea
una técnica idéntica, lo cual permite suponer que sus orígenes son
remotos.
Pese
a la influencia moderna, la temática de la pintura en corteza sigue
siendo fiel a la tradición. La pintura aborigen es, en primer término,
simbolista. Depura y simplifica sus figuraciones, inventa signos
abreviados crea una ornamentación casi abstracta para expresar sus
ideas en forma lapidaria.
Esta
forma de arte se practica de modo constante en la Tierra de Arnhem
y sus cercanías, en el interior del Territorio del Norte australiano.
Por comodidad, se podría dividir la pintura en corteza, según sus
características, en tres categorías principales.
1) La pintura del oeste de la Tierra Arnhem,
de su margen meridional y Groote Eylandt es
figurativa pero muy subjetiva: es como un eco directo de las sensaciones
íntimas del pintor. Aunque reproduce de un modo
inteligible las formas naturales, preferentemente animales o humanas,
no es una pintura realista, al menos en el sentido habitual de esta
palabra. Para el artista, realidad vista no es tan importante
como realidad conocida o sentida. El expresa la realidad
como la conoce, la imagina o la desea, y no como la ve, destacando
los detalles que le ayudan a traducir su concepción y omitiendo
deliberadamente los que no le interesan. Cubista avant la lettre,
recompone su tema al agrupar elementos tomados de diversos sitios,
sin preocuparse por la posibilidad de que no sean percibidos simultáneamente
desde su punto de vista.
La
prueba más convincente de su subjetivismo es su costumbre de representar
la estructura y los órganos internos, normalmente invisibles. Esta
especie de pintura anatómica ha adquirido una cierta fama bajo el
nombre de "pintura con rayos X". Si tenemos presente que
el artista pinta así sobre todo a los animales que constituyen su manjar
preferido, podremos comprender mejor su razonamiento. A esos animales
no los ve solamente con los ojos sino también con el estómago. El
hecho de que no insista en esas características cuando pinta animales
totémicos que le interesan por razones totalmente distintas parece
justificar esta afirmación. Al no sentirse atraído por su carne,
insiste en su aspecto exterior como lo hace al tratarse de formas
humanas, readaptándolo según su propia concepción. Completa su paleta
recurriendo a trazos, líneas y puntos.
Los
personajes representan sobre todo "espíritus"
de una familia particularmente numerosa en el llamado "Stone
country", es decir el país rocoso. El misterio de las cavernas
y la oscuridad de las hendiduras ejercen su influencia, como ocurre
en regiones parecidas de otros continentes. Los aborígenes consideran
que los fenómenos naturales son una manifestación de los espíritus.
La tormenta, por ejemplo, es provocada por el Espíritu del Trueno,
que aparece en las pinturas circundado por una línea que representa
una nube. En sus codos y sus rodillas aparecen unas hachuelas de
piedra que simbolizan los relámpagos y los rayos. Los espíritus
más populares son los de las rocas, llamados mimis. Se trata
de todo un pueblo de fantasmas, bastante apacibles y tímidos, que
no se dejan ver sino por los niños, ocultándose de los adultos no
solamente debido a su timidez sino también a su fragilidad física.
"Tienen que esconderse y vivir en grutas bajo tierra; son tan
débiles que el viento les quebraría el cuello inmediatamente",
dicen los aborígenes.
Pero
hay también fantasmas peligrosos, los maams o mamandis, los
cuales, privados de su reposo en el "País de los muertos",
perturban y acosan a los seres vivos. Los pintores expresan su fuerza
sobrenatural multiplicando sus brazos y sus piernas.
2)
En la parte este del litoral septentrional
y en las islas vecinas, la pintura en corteza es muy distinta a
la del oeste y el sur de la Tierra de Arnhem. Sin ser realmente
no figurativa, da a menudo esa impresión. La forma natural desaparece
en la concepción pictórica del cuadro, que el pintor divide en planos
precisos, utilizando el color en toda la superficie y creando
formas con frecuencia tan alejadas de la realidad que su pintura
parece abstracta. En general prefiere los temas totémicos, para
los cuales inventa símbolos y signos que los representan. Este artista
no pinta con el amplio movimiento del pincel de quien está acostumbrado
a trabajar en las extensas paredes rocosas. Su técnica está vinculada
con la pintura
totémica sobre el cuerpo humano, para la cual
crea un grafismo en el que cada motivo desempeña una función precisa.
Estas cortezas pintadas
tienen a veces una correlación tal con la pintura corporal que no
solamente reproducen sus temas y su grafismo sino también su formato.
El artista se entrena así en la corteza para reproducir mejor la
pintura ritual que trazará en el pecho del impetrante durante la
ceremonia de iniciación.
Se suele pensar que la pintura en corteza sirve para
la educación de los demás o el perfeccionamiento de uno mismo. Cada
rasgo y cada forma de una pintura tienen un sentido preciso que
los iniciados deben discernir. Y esa misma pintura resultará indescifrable
para los demás. Al depurar y reorganizar las formas naturales, el
pintor aborigen logra así una especie de abstracción, similar a
la de ciertas tendencias del arte moderno. La diferencia estriba
en que aquél no busca deliberadamente ese efecto. Sus móviles son
muy distintos. Se suele decir que "la primera característica
de la pintura moderna consiste en no contar nada"; la pintura
aborigen, en cambio,
"cuenta"
constantemente; ese es incluso su cometido esencial y la razón de
ser de sus signos. El aborigen trata de representar la naturaleza
de las cosas y no su apariencia. Las finas líneas
entrecruzadas que traza pueden representar la lluvia, la miel, el
fuego, las algas, el agua o el aire, la arena, las rocas, la corteza,
los árboles, las hierbas, la piel, el pelaje, el plumaje, etc.
Para los aborígenes este simbolismo
pictórico es un modo de consignar los mitos,
los relatos
del "Tiempo
de los sueños" - manifestaciones de
su subconsciente- o bien acontecimientos reales. Gracias a
la línea y al color, que secundan a la memoria auditiva, la "literatura
oral" de los aborígenes se convierte en una
"literatura pintada".
Así se explica el asombro de quienes estudian la mitología aborigen:
¡han encontrado una inmensa "literatura" que se ha conservado
sin ayuda de la escritura! Los pintores de Milingimbi, Yirrkala
y otros lugares de esta región son verdaderos maestros de una auténtica
narración figurativa. Así, reconstituyen en sus cortezas toda la
complejidad de un relato. Sus esquematizaciones,
y sobre todo sus signos
y sus símbolos,
se prestan admirablemente a ello: no los organizan según un orden
previamente establecido sino que los componen libremente en un cuadro.
Así pues, si queremos conocer la historia pintada con todos sus
detalles, tal como se nos presenta en las versiones personales de
los aborígenes, tendremos que asistir a su trabajo para escucharles
mientras van progresando paso a paso.
3) En las islas de Bathurst y de Melville,
situadas al norte de Darwin, los aborígenes pintan únicamente en
corteza para decorar cestos, objetos rituales que coronan los majestuosos
postes esculpidos y pintados que erigen en memoria de los muertos.
No
se contentan los pintores aborígenes con ser decoradores, sino que
saben crear una verdadera pintura, en la cual las formas naturales
desembocan en una abstracción involuntaria. También en estas islas
está la pintura en corteza vinculada a la pintura ritual en el cuerpo.
Reproduce todavía tótemes, pero se escogen motivos vegetales o lugares,
en vez de animales. Los pintores dan rienda suelta a su fantasía
y a su imaginación para concebir una forma que represente un árbol,
un matorral o un sitio determinado, una isla, unas rocas, un montón
de tierra - sobre todo de la que proporciona ocres naturales- ,
una extensión de arena, una poza, un arroyo o una bahía.
Sin
preocuparse por la realidad visual, atribuyen a sus formas el significado
que les conviene, ya sea porque se sienten voluntariamente indiferentes
a la apariencia de los fenómenos naturales y no intentan resumirla
de un modo que pudiera ser todavía indentificable, ya sea porque
han llegado tan lejos en la esquematización que no nos es posible
seguir su razonamiento.
Otras
pinturas ornamentales, ligadas a la pintura parietal y a sus símbolos
o inspiradas por grabados en madera o en nácar, decoran las cortezas
de la región de Port Keats, en el litoral septentrional de Australia
occidental. Como todas las demás, reflejan la mitología de la región.
Las formas naturales - por ejemplo, la de la serpiente-
atraen a los pintores, que se inspiran en las curvas de su cuerpo,
en los círculos y espirales de las sierpes y en la mancha clara
de sus huevos. Al reorganizar y componer estas formas, nos enseñan
la transición gradual hacia la ornamentación.
La
pintura aborigen es especialmente codiciada en nuestra época, en
la cual el llamado "arte primitivo" suscita un interés
creciente. De ahí que las cortezas pintadas tiendan a proliferar
hoy en toda Australia, con desmedro de su calidad y de su importancia
educativa. Pero en la superabundancia actual aun es posible encontrar
obras de calidad.

Foto 2: Dos espíritus (región de Geimbo, corteza encontrada
en 1914)
Una
pintura visionaria
Los "espíritus" son uno de los temas predilectos de la
pintura aborigen australiana. Los más frecuentemente representados
son los espíritus de las rocas o mimis. Se trata de todo un pueblo
de fantasmas tímidos y débiles que se ocultan en las peñas o bajo
la tierra. Sólo los niños pueden verlos a veces, ya que los mimis
temen a los adultos. Por lo demás, esos espíritus viven como todo
el mundo. Así, el espíritu masculino de la pareja que aparece en
la foto 1 lleva un cesto al hombro. Los cuatro mimis de la foto
3 sostienen una animada conversación. Cabe observar, como detalle
excepcional, que el pintor no ha especificado el sexo de los personajes.
Esos fantasmas, generalmente inofensivos, pueden enfadarse ocasionalmente.
La corteza reproducida en la foto 5 representa una refriega entre
mimis. Dos de los combatientes aparecen echados el uno sobre el
otro (las partes hinchadas representan los huesos quebrados); el
tercero, arriba a la izquierda, tiene las piernas rotas. Al depurar
y reorganizar en su pintura las formas naturales, el artista aborigen
logra una fuerza expresiva y un simbolismo de los signos figurativos
que le acercan a muchos pintores modernos. Esa voluntad de ir más
allá de las apariencias coincide con el arte visionario de un Paul
Klee (foto 2) que se proponía "penetrar en el interior y no
reflejar la superficie". Algunas de las figuras de Picasso
(foto 4), reducidas a su aspecto esencial, recuerdan a los personajes
de las cortezas pintadas. Con el pintor cubano Wifredo Lam (foto
6) la coincidencia es aun mayor. El mismo amor por la línea, la
misma búsqueda del símbolo se observan en esta figura en forma de
signo de interrogación, mitad caballo y mitad mujer, que puede interpretarse
como una esfinge imaginaria o como una alegoría del nacimiento.

Foto 3: Busto de un niño (1933). Paul Klee

Foto 4: Cuatro Mimis (isla de Croker,
1963), Namatbara

Foto 5: Personajes (1929), Picasso

Foto 6: Batalla entre mimis (isla de Croker, 1963), Irvala

Foto 7: Aguafuerte (1966), Wifredo Lam

La semejanza entre la pintura aborigen australiana y la pintura
abstracta europea es sólo aparente. Los signos aquella utiliza corresponden
siempre a un contexto narrativo. En esta corteza pintada, el artista
no se limita a definir las nubes mediante su forma. Por medio del
color indicará si se trata de una ligera nube matinal, del espeso
nubarrón que anuncia la tempestad o de una nube roja del atardecer.
Los rasgos entrecruzados pueden significar la lluvia u otra particularidad
cualquiera de la nube. La corteza aquí reproducida proviene de
la región de Milingimbi y data de 1959- 1960.

Esta corteza pintada de Dainganngang representa un eucalipto. Proviene
de Milingimbi y data de 1960. La simplificación y la depuración
de la forma de un árbol muestran el proceso mediante el cual el
artista aborigen alcanza una engañosa abstracción.

No
se trata de árboles en flor sino de murciélagos. El pintor aborigen
australiano suele representar a los animales pintando su cabeza,
mas, para evitar todo equívoco, le agrega algún signo característico.
Estos signos identifican tan bien al animal que a menudo ni el cuerpo
ni siquiera la cabeza están representados. Así, en el caso del bermejizo,
gran murciélago que duerme suspendido de las ramas de los árboles,
el signo distintivo serán las salpicaduras de sus excrementos en
el suelo. Asociados a otros
elementos, esos símbolos sucintos proporcionan datos precisos: los
círculos multicolores que representan los excrementos indican que
los árboles que aparecen en esta pintura son el refugio de esos
murciélagos. El efecto decorativo está acentuado por la repetición,
en colores diferentes, del mismo signo en toda la superficie de
la corteza.

Prueba concluyente del subjetivismo
del arte aborigen es el hecho de que algunos pintores suelen representar
la estructura y los órganos internos de los animales. Esa pintura
anatómica ha adquirido cierta celebridad con el nombre de "pintura
con rayos X". El artista insiste en esas características cuando
pinta animales que constituyen su alimento principal. En la foto,
un pez "barramundi" (Osteoglossum Leichhardtii). Esta
corteza pintada, obra de Midjan- Midjan, data de 1963 y proviene
de la isla de Croker.

Ejecución de una pintura ceremonial
en el cuerpo de un bailarín que debe participar en los corroboree,
serie de danzas organizadas con ocasión de las ceremonias de iniciación
o de la celebración de un rito. Es posible que las planchas de corteza
de eucalipto sirvan ante todo al artista aborigen de soporte para
la realización de bocetos a fin de adiestrarse antes de emprender
una pintura corporal ceremonial. Tal puede ser una de las primeras
y más antiguas razones por las cuales los aborígenes australianos
pintan las cortezas de los árboles.
KAREL KUPKA, francés de origen checo, realizó en 1951 su primer viaje a Australia, donde
pudo visitar a los aborígenes y conocer a fondo su pintura y sus
costumbres. Jurista de formación y etnólogo de profesión, concibió
la sala de artes australianas del Museo de Artes de Africa y de
Oceanía, de París. Miembro del Centro Nacional de Investigaciones
Científicas francés, está realizando estudios sobre el fundamento
y la finalidad del arte en la organización familiar "primitiva".
Texto
extraído de: "El Correo de la Unesco", enero de 1980.
Corrección:
C.Falco
Selección
y destacados: S. R.
Con-versiones Junio 2004
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