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Vida de Spinoza
 Gilles Deleuze (*)

Bien comprendió Nietzsche, por haberlo vivido él mismo, en qué radica el misterio de la vida de un filósofo. El filósofo se apropia las virtudes ascéticas - humildad, pobreza, castidad- para ponerlas al servicio de fines completamente particulares, inesperados, en verdad muy poco ascéticos.(1) Hace de ellos la expresión de su singularidad. No son en su caso fines morales, ni medios religiosos para alguna otra vida, sino más bien los «efectos» de la filosofía misma. Pues no hay en absoluto otra vida para el filósofo. Humil­dad, pobreza y castidad se vuelven de inmediato efectos de una vida particularmente rica y sobreabundante, tan pode­rosa como para haber conquistado el pensamiento y pues­to a sus órdenes cualquier otro instinto, efectos de lo que Spinoza llama Naturaleza: una vida que ya no se vive con­forme a la necesidad, en función de medios y fines, sino conforme a una producción, una productividad, una po­tencia, en función de causas y efectos. Humildad, pobreza y castidad son su (del filósofo) manera de ser un Gran Vi­viente y de hacer de su propio cuerpo el templo de una causa demasiado orgullosa, demasiado rica, demasiado sen­sual. De modo que, atacando al filósofo, cae uno en la ver­güenza de atacar una apariencia modesta, pobre y casta, lo cual centuplica la rabia impotente; y el filósofo no ofrece dónde hacer presa, aunque sea presa de todos los ataques.
Ahí recibe todo su sentido la soledad del filósofo. Pues no puede integrarse en medio social alguno, no casa con ninguno. Sin duda es en los círculos democráticos y liberales en los que encuentra las mejores condiciones para vivir, o más bien para sobrevivir. Pero estos círculos significan para él solamente la garantía de que los malintencionados no podrán envenenar ni mutilar la vida, separarla de la potencia de pensar que va un poco más lejos que los fines de un Estado, de una sociedad y de todo medio social en general. Como mostrará Spinoza, en cualquier sociedad, se trata de obedecer y sólo de eso: por esta razón, las nociones de falta, de mérito y de demérito, de bien y de mal, son exclusivamente sociales y atañen a la obediencia y a la desobediencia. La mejor sociedad será entonces aquella que exime a la potencia de pensar del deber de obedecer y evita en su propio interés someterla a la regla del Estado, que sólo rige las acciones. En tanto el pensamiento es libre, y por lo tanto vital, la situación no es peligrosa; cuando deja de serlo, todas las otras opresiones son igualmente posibles y, una vez llevadas a cabo, cualquier acción se vuelve culpable y toda vida amenazada. Es cierto que el filósofo encuentra en el Estado democrático y en los círculos liberales las condiciones más favorables. Pero en ningún caso confunde sus fines con los de un Estado ni con las aspiraciones de un medio social, puesto que requiere del pensamiento fuerzas que se sustraen tanto a la obediencia como a la culpa y erige la imagen de una vida más allá del bien y del mal, rigurosa inocencia sin mérito ni culpabilidad. El filósofo puede habitar en Estados diferentes, frecuentar medios diversos, pero al modo de un eremita, de una sombra, viajero inquilino de pensiones amuebladas. Por eso no hay que imaginar a Spinoza rompiendo con un medio judío supuestamente cerrado para entrar en los supuestamente abiertos medios liberales: cristianismo liberal, cartesianismo, burguesía favorable a los hermanos De Witt... Pues allí donde vaya no pide ni reclama, con mayor o menor posibilidad de éxito, sino que sean tolerados él mismo y sus fines insólitos, y juzga por esta tolerancia el grado de democracia, el grado de verdad que una sociedad puede tolerar, o, al contrario, el peligro que amenaza a todos los hombres.

Baruch de Spinoza nace en 1632 en el barrio judío de Amsterdam de una familia de comerciantes acomodados de origen español o portugués. Sigue en el colegio judío estudios teológicos y comerciales. Desde los trece años trabaja en la casa comercial de su padre mientras prosigue sus estudios (a la muerte de su padre, en 1654, la dirigirá junto con su hermano hasta 1656). ¿Cómo se produjo la lenta conversión filosófica que le hizo romper con la comunidad judía, con los negocios, y le llevó a la excomunión de 1656?  No debemos imaginarnos una comunidad de Amsterdam homogénea; es tan diversa en intereses e ideologías como los medios cristianos. Se compone en su mayor parte de antiguos marranos, esto es, de judíos que han practicado exteriormente el catolicismo en España y Portugal, y que tuvieron que emigrar a finales del siglo XVI. Aun los sinceramente adictos a su fe están impregnados de una cultura filosófica, científica y médica que no se concilia sin esfuerzo con el judaísmo rabínico tradicional. El mismo padre de Spinoza parece un escéptico, aunque no por ello deja de desempeñar un papel importante en la sinagoga y la comunidad judía. En Amsterdam, algunos no se contentan con cuestionar el papel de los rabinos y de la tradición, sino hasta el sentido de la Escritura misma: Uriel da Costa será condenado en 1647 por haber negado la inmortalidad del alma y la ley revelada, y no haber reconocido más que la ley natural, y Juan de Prado sobre todo será castigado en 1656, y más tarde excomulgado, acusado de haber sostenido que las almas mueren con los cuerpos, que Dios sólo existe en sentido filosófico y que la fe es inútil.(2) Documentos recientemente publicados atestiguan los estrechos vínculos de Spinoza con Prado: se puede pensar que ambos casos fueron examinados conjuntamente. Si Spinoza fue condenado con mayor severidad y excomulgado ya en 1656, es porque rechazaba la penitencia y buscaba por sí mismo la ruptura. Los rabinos, como en muchos otros casos, parecen haber deseado un compromiso. Pero, en lugar de la penitencia, Spinoza redactó una Apología para justificar su salida de la Sinagoga, o al menos un bosquejo del futuro Tratado teológico- político. Que Spinoza hubiese nacido en el mismo Amsterdam, que fuera hijo de la comunidad, sólo podía agravar su caso. La vida se le volvía difícil en Amsterdam. Después de un hipotético intento de asesinato por parte de un fanático, se traslada a Leyde para proseguir los estudios de filosofia, y se instala en el suburbio de Rijnsburg. Se cuenta que Spinoza guardó su capa atravesada por una cuchillada para mejor tener presente que el pensamiento no siempre es amado por los hombres; si bien no es infrecuente que un filósofo acabe procesado, es más raro que comience por una excomunión y un intento de asesinato.

Por lo tanto, se deja de lado la variedad de la comunidad judía y el devenir de un filósofo cuando se cree necesario invocar influencias cristianas liberales para explicar, como desde el exterior, la ruptura de Spinoza. Sin duda, ya en Amsterdam, y en vida de su padre, había seguido cursos en la escuela de Van den Ende, frecuentada por muchos jóvenes judíos que aprendían en ella el latín, los elementos de la filosofía y la ciencia cartesianas, matemáticas y física; antiguo jesuita, Francis Van den Ende adquirió rápidamente una reputación no sólo de cartesiano, sino de librepensador y ateo, y hasta de agitador político (será ejecutado en Francia en 1674, inmediatamente después de la rebelión del caballero de Rohan).(3) Sin duda también Spinoza tuvo trato con cristianos liberales y anticlericales, inspirados por cierto panteísmo y un comunismo pacifista. Spinoza iba a reencontrarlos en Rijnsburg, que era uno de sus centros: conecta con Jarig Jelles, Pieter Balling, Simon de Vrles y el editor «progresista» Jan Rieuwertz (una carta de Spinoza a Olderiburg, en 1665, da pruebas de pacifismo, así como otra a Jelles, de 1671, del tema comunitario). Sin embargo, parece que Van den Ende permaneció comprometido con alguna forma de catolicismo, a pesar de todas las restricciones para este culto en Holanda. En cuanto a la filosofía de los mennonitas y colegiantes, queda muy superada por la de Spinoza tanto en la crítica religiosa como en la concepción ética y la preocupación política. Más que en una influencia de los mennonitas o incluso de los cartesianos, puede pensarse que Spinoza se ha dirigido naturalmente a los medios más tolerantes, a los más idóneos para recibir a un judío excomulgado que rechazaba tanto al cristianismo como al judaísmo del que procedía, y que sólo a sí mismo debía su ruptura.
Entre sus múltiples sentidos, la excomunión judía tenía el político y el económico. Se trataba de una medida bastante frecuente y a menudo reversible. Privados del poder de un Estado, los notables de la comunidad no tenían otra sanción para castigar a los que se sustraían a las contribuciones financieras, o incluso a las ortodoxias políticas. Ahora bien, en grado no menor que los del partido calvinista, los notables judíos habían conservado intacto su odio por España y Portugal, eran afectos políticamente a la casa de Orange, tenían intereses en las Compañías de las Indias (el rabino Menasses ben Israel, quien fue uno de los profesores de Spinoza, estuvo él mismo a un paso de ser excomulgado en 1640 por haber criticado la Compañía Oriental, y los miembros del Consejo que juzgó a Spinoza eran orangistas, procalvinistas, antihispánicos y en su mayor parte accionistas de la Compañía). Los vínculos de Spinoza con los liberales, sus simpatías por el partido republicano de Jan de Witt, que pedía la disolución de los grandes monopolios, todo esto hacía de Spinoza un rebelde. Además, Spinoza no rompe con el medio religioso sin romper a su vez con el económico, y abandona los negocios paternos. Aprende la talla de cristales, se hace artesano, filósofo- artesano provisto de un oficio manual idóneo para captar y seguir la orientación de las leyes ópticas. También dibuja: su antiguo biógrafo Colerus cuenta que se había dibujado a sí mismo en la actitud y con el traje del revolucionario napolitano Masaniello. (4)

En Rijnsburg, Spinoza expone a sus amigos, en latín, lo que se convertirá en el Breve tratado. Éstos toman notas, Jelles traduce al holandés, tal vez Spinoza dicta algunos textos que ya había escrito anteriormente. Hacia 1661, redacta el Tratado sobre la reforma del entendimiento, que se abre con algo así como un itinerario espiritual a la manera mennonita, centrado en una denuncia de la riqueza. Este Tratado, espléndida exposición del método spinozista, nunca es acabado. Alrededor de 1663, dedicado a un joven que vivía con él y que, aunque le hiciera abrigar esperanzas, le molestaba a la vez enormemente, presenta los Principios de la filosofía de Descartes, añadiéndoles un examen crítico de las nociones escolásticas (Pensamientos metafísicos); Rieuwertz publica el libro, Jelles suministra los fondos, Balling lo traducirá al holandés. Louis Meyer, médico y poeta que habilitó un nuevo teatro en Amsterdam, compuso el prefacio. Con los Principios se cierra la obra «profesoral» de Spinoza. Pocos pensadores escapan a la breve tentación de ser profesores de sus propios descubrimientos, tentación seminal de una enseñanza espiritual privada. Pero el proyecto y el comienzo de la Ética trasladan a Spinoza desde 1661 a otra dimensión, a otro elemento que, como veremos, no puede ya ser el propio de una «exposición», incluso metódica. Acaso por esta razón Spinoza dejará sin terminar el Tratado de la reforma, y a pesar de sus intenciones posteriores nunca llegará a reanudarlo.(5) No debemos creer que en su periodo casi profesoral fuese en momento alguno cartesiano. Ya el Breve tratado muestra un pensamiento que se sirve del cartesianismo como de un medio, no de suprimir, sino de purificar la escolástica entera, el pensamiento judío y el del Renacimiento, para sacar de ellos algo profundamente nuevo que sólo es propio de Spinoza. La compleja relación entre la exposición de los Principios y los Pensamientos metafísicos atestigua un doble juego en el que se maneja el cartesianismo como un tamiz, pero de tal modo que sale de él una nueva y prodigiosa escolástica que ya no tiene nada que ver ni con la antigua ni con el cartesianismo. El cartesianismo nunca llegó a ser el pensamiento de Spinoza, se trata más bien de una retórica; Spinoza se sirve del cartesianismo como de una retórica que le es necesaria. Pero todo esto sólo encontrará su forma definitiva en la Ética.

En 1663, Spinoza se instala en Voorsburg, suburbio de La Haya. Más tarde, se establecerá en la capital. Lo que define a Spinoza como viajero no son las distancias que recorre sino su capacidad para frecuentar pensiones amuebladas, su ausencia de vínculos, de posesiones y propiedades juego de su renuncia a la sucesión paterna. Continúa la Ética, desde 1661, las cartas de Spinoza y sus amigos muestran que éstos están al corriente de las cuestiones del primer libro, y Simon de Vrles da cuenta de un círculo de estudios cuyos miembros leen y comentan los textos enviados por Spinoza. Pero a la vez que se confía a un grupo de amigos les invita a guardar en secreto sus ideas, a desconfiar de los extranjeros, como hará él mismo incluso con respecto a Leibniz en 1675. El motivo de instalarse cerca de La Haya es verosímilmente político: la cercanía de la capital le es necesaria para aproximarse a medios liberales activos y escapar a la indiferencia política del grupo de estudios. En los dos grandes partidos, calvinista y republicano, la situación es la siguiente: el primero sigue comprometido con los temas de la lucha por la independencia, con una política de guerra, con las ambiciones de la casa de Orange, con la formación de un Estado centralizado. El partido republicano, con una política de paz, una organización provincial y el desarrollo de una economía liberal. Al comportamiento pasional y belicoso de la monarquía, Jan de Witt opone el comportamiento racional de la república basado en un método «natural y geométrico». Ahora bien, lo que resulta misterioso es que el pueblo siga siendo fiel al calvinismo, a la casa de Orange, a la intolerancia y a los temas bélicos. Desde 1653, Jan de Witt es ministro de Holanda. Pero la república no por ello deja de ser una república por sorpresa y por azar, por falta de rey más que por preferencia, y mal aceptada por el pueblo. Cuando Spinoza habla de la nocividad de las revoluciones, no debemos olvidar que se concibe la revolución en función de las decepciones que inspiró la de Cromwell, o de las inquietudes que causaba un posible golpe de Estado de la casa de Orange. La ideología «revolucionaria» está en esa época impregnada de teología y, a menudo, como en el partido calvinista, al servicio de una política reaccionaria.
No resulta entonces extraño que, en 1665, Spinoza interrumpa provisionalmente la Ética y emprenda la redacción del Tratado teológico?político, una de cuyas cuestiones principales es: ¿por qué el pueblo es tan profundamente irracional?, ¿por qué se enorgullece de su propia esclavitud?, ¿por qué los hombres luchan por su esclavitud como si se tratase de su libertad?, ¿por qué es tan difícil, no ya conquistar, sino soportar la libertad?, ¿por qué una religión que invoca el amor y la alegría inspira la guerra, la intolerancia, la malevolencia, el odio, la tristeza y el remordimiento? En 1670, aparece el Tratado teológico- político, anónimamente y en una falsa edición alemana. Pero el autor fue rápidamente identificado; pocos libros han suscitado tantas refutaciones, tantos anatemas, insultos y maldiciones: judíos, católicos, calvinistas y luteranos, todos los círculos bien pensantes, y los mismos cartesianos, rivalizan en denunciarlo. Es entonces cuando los términos «spinozismo», «spinozista» se vuelven injurias y amenazas. E incluso se denuncia a los críticos de Spinoza de los que se sospecha que no son lo suficientemente duros. Efectivamente hay sin duda entre esos críticos algunos liberales y cartesianos intimidados que, al participar en el ataque, dan pruebas de su ortodoxia. Un libro explosivo conserva para siempre su carga explosiva: todavía hoy no puede leerse el Tratado sin descubrir en él la función de la filosofia como empresa radical de desengaño, o como ciencia de los «efectos». Un comentarista reciente ha podido afirmar que la verdadera originalidad del Tratado estriba en considerar a la religión como un «efecto».(6) No sólo en el sentido causal, sino en un sentido óptico, efecto del que es necesario inquirir el proceso de producción para relacionarlo con sus causas racionales y necesarias en su actuación sobre los hombres que no las comprenden (por ejemplo, como las leyes de la naturaleza son necesariamente aprehendidas como «signos» por los que tienen una fuerte imaginación y débil el entendimiento). Hasta en su trato con la religión pule anteojos Spinoza, anteojos especulativos que desvelan el efecto producido y las leyes de su producción.

Son sus contactos con el partido republicano, acaso la protección de De Witt, los que evitan a Spinoza amenazas más concretas. (Ya en 1669, Koerbagh, autor de un diccionario filosófico del que se denunciaba el carácter spinozista, había sido arrestado y muerto en la cárcel.) Pero Spinoza tiene que irse del suburbio, en el que los pastores le han hecho difícil la vida, para instalarse en La Haya. Y, sobre todo, al precio del silencio. Los Países Bajos están en guerra. Cuando, en 1672, los hermanos De Witt fueron asesinados y el partido orangista tomó de nuevo el poder, ya no pudo Spinoza publicar la Ética: un corto intento en Amsterdam, en 1675, le disuadió rápidamente de ello. «Algunos teólogos aprovecharon la ocasión para presentar abiertamente una denuncia contra mí ante el príncipe y los magistrados; por añadidura, ciertos cartesianos estúpidos, para librarse de la sospecha de serme favorables, no cesaban, ni cesan, de pregonar su horror por mis opiniones y mis escritos.» (7). Spinoza no piensa en abandonar el país. Pero se queda cada vez más solo y enfermo. El único medio social en el que habría podido vivir en paz le vuelve la espalda. A pesar de todo recibe la visita de hombres ilustrados que desean conocer la Ética, sin que esto sea obstáculo para que se unan luego a los críticos o incluso nieguen las visitas que le hicieron (como Leibniz en 1676). La cátedra de filosofía de Heidelberg, que el Elector palatino le ofrece en 1673, no puede tentarle: Spinoza pertenece a esa casta de «pensadores privados» que invierten los valores y filosofan a martillazos, y no a la de los «profesores públicos» (quienes, conforme al elogio de Leibniz, no afectan a los sentimientos establecidos, al orden de la Moral y la Policía). «No habiéndome nunca tentado la enseñanza pública, no he podido decidirme, aunque haya reflexionado largamente sobre ello, a aprovechar esta magnífica ocasión.»(8). El pensamiento de Spinoza se ocupa ahora del problema más reciente: ¿cuáles son las posibilidades de una aristocracia comercial? ¿por qué se malogró la república liberal?, ¿a qué achacar el fracaso de la democracia?, ¿es posible convertir a la multitud en una colectividad de hombres libres, en lugar de un conjunto de esclavos? Todas estas preguntas animan el Tratado político, que queda sin acabar, simbólicamente, al comienzo del capítulo sobre la democracia. En febrero de 1677, muere Spinoza, sin duda de una enfermedad pulmonar, en presencia de su amigo Meyer, quien se hace con los manuscritos. A finales de ese año, las Opera posthuma empiezan a aparecer en entrega anónima.

Esta vida frugal y sin pertenencias, consumida por la enfermedad, este cuerpo delgado, enclenque, esta cara ovalada y morena con sus brillantes ojos negros, ¿cómo explicar la impresión que dan de estar recorridos por la Vida misma, de poseer una potencia idéntica a la Vida? Con toda su forma tanto de vivir como de pensar erige Spinoza una imagen de la vida positiva, afirmativa, contra los simulacros con los que se conforman los hombres. Y no sólo se conforman con ellos, sino que el hombre odia la vida, se avergüenza de la vida; un hombre de la autodestrucción que multiplica los cultos a la muerte, que lleva a efecto la sagrada unión del tirano y del esclavo, del sacerdote, el juez y el guerrero, siempre ocupado en poner cercos a la vida, en mutilarla, matarla a fuego lento o vivo, enterrarla o ahogarla con leyes, propiedades, deberes, imperios: tal es lo que Spinoza diagnostica en el mundo, esta traición al universo y al hombre. Su biógrafo Colerus refiere que disfrutaba con las luchas de arañas: «Buscaba arañas a las que hacía luchar entre ellas, o bien moscas a las que lanzaba a la tela de araña, y contemplaba después estas batallas con tanto placer que algunas veces no podía contener la risa».(9). Pues los animales nos enseñan al menos el carácter irreductiblemente exterior de la muerte. No la llevan en sí mismos, aunque se la den necesariamente los unos a los otros; se trata de la muerte como «mal encuentro» inevitable en el orden de las existencias naturales. Pero ellos no han inventado todavía esta muerte interior, este sadomasoquismo universal del esclavo- tirano. En el reproche que Hegel hará a Spinoza, haber ignorado lo negativo y su potencia, reside la gloria y la inocencia de Spinoza, su más propio descubrimiento. En un mundo roído por lo negativo, él tiene suficiente confianza en la vida, en la potencia de la vida, como para controvertir la muerte, el apetito asesino de los hombres, las reglas del bien y del mal, de lo justo y de lo injusto. Suficiente confianza en la vida como para denunciar todos los fantasmas de lo negativo. La excomunión, la guerra, la tiranía, la reacción, los hombres que luchan por su esclavitud como si se tratase de su libertad, forman el mundo de lo negativo en el que vivía Spinoza; el asesinato de los hermanos De Witt guarda para él un valor ejemplar. Ultimi barbarorum. Todas las formas de humillar y romper la vida, todo lo negativo, tienen, según su opinión, dos fuentes, la primera vertida hacia el exterior y la otra hacia el interior, resentimiento y mala conciencia, odio y culpabilidad. «El odio y el remordimiento, los dos enemigos capitales del género humano.» (10). Denuncia sin cansancio estas fuentes en su vinculación con la conciencia del hombre, y anuncia que no se agotarán sino con una nueva conciencia, bajo una nueva visión, en un nuevo apetito de vivir. Spinoza siente, experimenta su eternidad.

En Spinoza, la vida no es una idea, una cuestión sólo teórica. Es una forma de ser, un mismo y eterno modo en todos los atributos. Y es únicamente desde este punto de vista desde el que adquiere todo su sentido el método geométrico. En la Ética, se opone Spinoza a lo que él llama sátira, y es sátira todo lo que se goza de la impotencia y el pesar de los hombres, todo lo que expresa el desprecio y la burla, todo lo que se alimenta de acusaciones, malevolencias, desprecios, interpretaciones bajas, todo lo que rompe las almas (el tirano necesita almas rotas como las almas rotas al tirano). El método geométrico no es ya un método de exposición intelectual, ya no se trata de una ponencia profesoral, sino de un método de invención. Se convierte en un método de rectificación vital y óptica. Si el hombre está de alguna manera torcido, este efecto de torsión será rectificado refiriéndolo a sus causas more geometrico. Esta geometría óptica atraviesa toda la Ética. Se ha planteado la pregunta de si debía leerse la Ética en términos de pensamiento o en términos de potencia (por ejemplo, ¿los atributos son potencias o conceptos?). De hecho, sólo hay un término, la Vida, que comprenda al pensamiento, pero que inversamente no sea comprendido sino por el pensamiento. No se trata de que la vida se dé en el pensamiento, sino de que únicamente el pensador tiene una vida potente y exenta de odio y culpabilidad, de que tan sólo la vida explica al pensador. Hay que comprender en conjunto el método geométrico, la profesión de pulir anteojos y la vida de Spinoza. Pues Spinoza es de la estirpe de los vivientes- videntes. Él dice con precisión que las demostraciones son los «ojos del espíritu»(11). Se trata del tercer ojo, del que permite ver la vida más allá de todas las apariencias falsas, las pasiones y las muertes. Para una visión tal son necesarias las virtudes - humildad, pobreza, castidad, frugalidad- , ya no como virtudes que mutilan la vida, sino como potencias que la abrazan y la penetran. Spinoza no creía en la esperanza, ni siquiera en el coraje; sólo creía en la alegría, y en la visión. Dejaba vivir a los otros con tal de que los otros le dejaran vivir. Quería únicamente inspirar, despertar, desvelar. La demostración como tercer ojo no tiene por objeto imponer, ni aun convencer, sino sólo componer el anteojo o pulir el vidrio para esta inspirada visión libre. «A mi parecer, ve usted, los artistas, los sabios, los filósofos trabajan duramente puliendo lentillas. No se trata sino de vastos preparativos con vistas a un acontecimiento que no acaba de producirse. Un día la lentilla será perfecta, y ese día todos percibiremos con claridad la asombrosa, la extraordinaria belleza de este mundo ... » (Henry Miller).

Notas

1.  Nietzsche, Genealogía de la moral III.
2.  Cf. I.S. Révah, Spinoza et Juan de Prado, Mouton, 1959.
3.  En la novela de Eugéne Sue Latréaumont figura Van den Ende en sus actividades de conspirador demócrata.
4.  Un grabado conservado en Amsterdam (Gabinete de Estampas del Rijksmuseum) podría ser la reproducción de este retrato.
5.  La razón más precisa de la suspensión del Tratado de la Reforma debe buscarse en la teoría de las «nociones comunes» tal como aparece en la Ética, que convierte en caducas o inútiles ciertas tesis del Tratado (cf. cap. V).
6.  Cf. J.- P. Osier, prefacio a L´essence du christianisme de Feuerbach, «Ou Spinoza ou Feuerbach», Maspero, París.
7.  Carta LXVIII, a Oldenburg­
8.  Carta XLVIII, a Fabritius. - Sobre la concepción spinozista de la enseñanza, cf. Tratado político, capítulo VIII, sección 49: Toda persona destacada que así lo hubiere solicitado sería autorizada a impartir enseñanza pública, a sus expensas y con peligro de su reputación».
9.  Esta anécdota nos parece auténtica porque en ella encontramos numerosas resonancias «spinozistas». La lucha de arañas, o araña- mosca, podía fascinar a Spinoza por muchas razones: 1ro. desde el punto de vista de la exterioridad de la muerte necesaria; 2do. desde el punto de vista de la composición de relaciones en la naturaleza (cómo expresa la tela una relación de la araña con el mundo, que se apropia como tal de las relaciones propias a la mosca); 3ro. desde el punto de vista de la relatividad de las perfecciones (cómo un estado que muestra una imperfección del hombre, por ejemplo la guerra, puede, por el contrario, atestiguar una perfección si se lo relaciona con otra esencia, como la del insecto: cf Carta XIX, a Blyenbergh). Más adelante reencontraremos estos problemas.
10. Breve tratado, primer diálogo.
11. Tratado teológico- político, capítulo 13: Ética, V. 23, escolio.

Bibliografía

Spinoza publicó las dos obras siguientes: Primera y segunda parte de los Principios de la filosofía de René Descartes, demostrados a la manera de los geómetras, seguidas de los Pensamientos Metafísicos (1663, en latín); Tratado teológico- político (1670, en latín).

Spinoza había escrito también, sin llegar a publicarlos por distintas razones:

1650- 1660: Breve tratado de Dios, del hombre y de su beatitud. Se trataba en un principio de una exposición en latín. Pero sólo conocemos dos manuscritos holandeses que son como notas de un oyente, en algunas de cuyas partes había podido colaborar el propio Spinoza. El conjunto parece reunir elementos de fechas diferentes, siendo sin duda el «Primer diálogo» el más antiguo.

1661: Tratado de la reforma del entendimiento, en latín. Este libro quedó inacabado. Spinoza comienza también la redacción de la Ética: es probable que determinadas tesis de la Ética, principalmente sobre las «nociones comunes», le hicieran considerar el Tratado como ya superado.

1661- 1675: La Ética. Libro acabado, en latín, cuya publicación Spinoza prevé para 1675. Renuncia a ello por motivos de prudencia y seguridad.

1675- 1677: Tratado político. Libro no acabado, en latín. En fechas poco precisas Spinoza escribe en holandés dos breves tratados, Cálculo de probabilidades y Tratado del arco iris. Y, en latín, un Compendio de gramática hebrea, incompleto.

Desde 1677 aparecen las Opera posthuma, que contienen gran número de cartas, así como el Tratado de la reforma, la Ética, el Tratado político y el Compendio.

- Las dos grandes ediciones son la de Van Vloten y Land (18821884) y la de Gebhardt (1925).

- Las principales traducciones al francés son: para la mayor parte de la obra, la de Appuhn (Garnier) y la de Caillois, Francés y Misraki (la Pléiade); para la Etica, la bellísima traducción de Guérinot (Pelletan); para el Tratado de la reforma, la de Koyré (Vrin). El Compendio de gramática hebrea, que contiene observaciones extremadamente preciosas sobre el sujeto, el atributo, el modo y las verdaderas formas en hebreo, fue traducido por Joél y Jocelyne Askénazi, con un prefacio de Alquié (Vrin).

Martial Gueroult publicó un comentario sistemático de la Ética, proposición por proposición: dos tomos han aparecido hasta ahora, que corresponden a los dos primeros libros de La ética (Aubies- Montaigne).

-Los tres textos básicos sobre la vida de Spinoza son: el de Lucas, admirador confuso que asegura haber conocido a Spinoza; el de Colerus, comedido; el de Pierre Bayle, hostil y caricaturesco. Las dos grandes biografías clásicas son la de Freudenthal (1899) y la de Dunin- Borkowski (1933- 1936).

Se encontrará una descripción de los presuntos retratos de Spinoza, datos biográficos, manuscritos y ediciones, en un catálogo del Instituto Neerlandés de París (Spinoza, troisiéme centenaire de la mort du philosophe, 1977).

- En castellano se han publicado las siguientes obras de Spinoza: Ética, traducción de Ángel Rodríguez Bachiller, Ed. Aguilar.

Etica, traducción de Vidal Peña García, Ed. Nacional (1980). Tratado teológico?político, traducción de Emilio Reus Bahamonde, Ed. Sígueme (1976). Tratado teológico?político. Tratado político, Ed. Tecnos (1966).

(*) Capítulo 1 del Libro:
“Spinoza: Filosofía Práctica” Gilles Deleuze, 1970.
Primera Edición en Fábula : mayo 2001. Tusquets Editores.
Traducción Antonio Escohotado
Selección V.G.
Con-versiones abril- mayo 2004

 

                                                                     

 

     

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