|
Los sueños en los románticos alemanes: Novalis
M. Kundera - G. Bleiberg - Novalis
[...]
Ha
hablado usted del contrapunto novelesco en tanto que unión de la
filosofía, del relato y de los sueños. Detengámonos en los sueños.
La narración onírica ocupa toda la segunda parte de La
vida está en otra parte; en ella se fundamenta la sexta parte
de El libro de la risa y el olvido y, a través de
los sueños de Teresa, recorre La insoportable levedad del
ser.
La narración onírica; digamos más bien: la imaginación que, liberada
del control de la razón, de la preocupación por lo verosímil, penetra
en paisajes inaccesibles a la reflexión racional. El sueño no es
más que el modelo de esta clase de imaginación a la que considero
la mayor conquista del arte moderno. Pero ¿cómo integrar la imaginación incontrolada en la novela, que, por
definición, debe ser un examen lúcido de la existencia? ¿Cómo
unir elementos tan heterogéneos? ¡Esto exige una auténtica alquimia!
El primero que, me parece, pensó en esta alquimia fue Novalis.
En el primer tomo de su novela Heinrich
von Ofterdingen, introdujo tres grandes sueños. No se
trata de una imitación «realista» de los sueños, como ocurre con
Tolstoi o Mann. Es una
gran poesía inspirada en la «técnica de imaginación» propia del
sueño. Sin embargo no se sentía satisfecho. Le parecía que estos
tres sueños formaban en la novela como tres islas separadas. Quiso
pues ir más lejos y escribir el segundo tomo de la novela como una
narración en la que el sueño y la realidad estuvieran ligados entre
sí, mezclados de tal manera que ya fuera imposible distinguirlos.
Pero nunca escribió ese segundo tomo. Nos dejó únicamente algunas
notas en las que describe su intención estética. La realizó
veinte años más tarde Franz Kafka. Sus novelas son la fusión
sin fallos del sueño y la realidad. Es a la vez la mirada más lúcida
sobre el mundo moderno y la imaginación más desatada. Kafka
es, ante todo, una inmensa revolución estética. Un milagro artístico.
Vea por ejemplo ese increíble capítulo de El castillo en
el que K. hace por primera vez el amor con Frieda. 0 el capítulo
en el que transforma un aula de escuela primaria en un dormitorio
para él, Frieda y sus dos ayudantes. Antes de Kafka, tal densidad
de imaginación era impensable. Por supuesto, sería ridículo imitarle.
Pero al igual que Kafka (y Novalis) siento ese deseo de introducir el sueño, la imaginación propia
del sueño, en la novela. Mi forma de hacerlo no es una «fusión de
la realidad y el sueño», sino una confrontación polifónica. El relato
«onírico» es una de las líneas del contrapunto.
Texto extraído
de "El arte de la novela", Milan Kundera, págs93/95, editorial
Tusquets, Barcelona, España, 1987.
Edición
original: Francia, 1986.
Selección y destacados: S.R.
PROLOGO A ENRIQUE DE OFTERDINGEN
Germán Bleiberg
En
1799, después de concluir Novalis su fragmento científico en forma
de relato «Los Discípulos de Sais», comienza su obra más ambiciosa
y profunda, «Enrique de Ofterdingen». La muerte le impidió terminarla,
y Tieck se cuidó de su edición póstuma.
La
lectura del «Ofterdingen» nos plantea, casi desde sus primeras palabras,
el siguiente problema: ¿En qué género literario hemos de encuadrar
esta obra? Juan MaragaIl, en el prólogo de su magnífica versión
catalana, dice: "He aquí una novela casi exclusivamente
para poetas".
¿Puede considerarse como novela -ni siquiera para poetas-
esta eclosión exuberante de la fantasia de Novalis?
«Soñamos viajes a través de los espacios cósmicos. ¿No está, acaso,
el espacio cósmico en nosotros mismos?> Con estas palabras abre
Novalis uno de sus fragmentos literarios, publicados en 1798, con
el titulo de «Polen».
En este "soñar viajes", en el volar por los "espacios
cósmicos", en lanzar a los cuatro vientos el polen de una floración
futura, encontramos la esencia de Novalis y de su romántica visión
del Universo. Alucinación febril y sueño o soñar incesante es este
otro fragmento de la obra de Novalis que se llama "Enrique
de Ofterdingen".
No puede ser novelista quien afirma en sus escri tos: "Hacia
lo interno se desliza el camino misterioso. En nosotros, o si no
en parte alguna, residen la eternidad con sus mundos, el pasado
y el porvenir. El mundo exterior no es sino un mundo de sombras
que lanza sus tinieblas sobre el reino de la Luz". Novalis,
discípulo de Fichte, defensor de la teoría de la abstracción,
concentrando todo el Universo en el Yo, no puede concebir una novela,
no será capaz de ordenar minuciosamente los pormenores, sino que,
abriendo el manantial inagotable de su fantasía, se entregará a
ese viaje soñador por los ámbitos del Cosmos.
Pero el Cosmos de Novalis, un orden rigurosamente poético, no puede
olvidar que, a través de los tenues velos que le dan apariencia
ordenada, tiene que transparentarse la imagen del primitivo Caos.
En el capítulo VIII de este libro -[Enrique de Ofterdingen]- se
expresa, en sentido semejante, el poeta Klingsohr.
Para Novalis todo se convierte en poesía. «La filosofía remota
nos suena a poesía, porque toda palabra lejana no es más que un
conjunto de vocales. A cada uno de sus lados sólo hay "+ (más)
poesía" o "- (menos) poesía". De esta suerte,
todo, en la distancia, se torna poesía o poema».
El ideal de nuestro autor es: "Actio in distans". Montañas
lejanas, hombres lejanos, hechos lejanos». Así, "quod idem
est", todo se vuelve romántico y nace la primitiva Naturaleza
poética.
Otro
argumento del propio Novalis contra las novelas corrobora la imposibilidad
de admitir el "Ofterdingen" entre las obras del género
novelístico: "Sobre todo, nada de muñecos, de eso que llaman
'caracteres': en cambio, sí un mundo vivo, audaz, inconsecuente,
policromado". Si nos atenemos a los mismos escritos del
poeta, ya adivinamos lo que va a ofrecernos el autor en su "Enrique
de Ofterdingen". Desde luego, no es una novela. Más exacto
sería decir que se trata de una fábula grandiosa, un intento de
crear unas nuevas "Metamorfosis", en un mundo que fluye
desde las aguas de la ensoñación hasta las pálidas orillas de una
realidad levevente insinuada. Y, en definitiva, el alternar constante
de la prosa y el verso hacen del libro un largo poema. Si recurrimos
de nuevo a Novalis, para hallar en él la definición de su concepto
de "Märchen" - palabra dificil de traducir al español,
pero que viene a ser una fábula en prosa-, observaremos que
el propio autor confirma nuestra impresión: "La fábula («Das
Märchen») es, en conclusión, como un conjunto de ensueños, sin unidad".
Novalis
quiso que su "Ofterdingen" fuera la réplica romántica
al «Guillermo Meister» de Goethe. Se marca a sí mismo una
estimulante consigna: "Goethe será y tiene que ser superado".
Novalis opone al «Guillermo Meister» los mismos reproches que todos
los satélites del Romanticismo: es una obra demasiado "realista,
prosaica y moderna". Situándose enfrente del genio de Weimar,
nuestro poeta pretende crear la filosofía de lo irreal, es decir,
lo "fantástico". Estos propósitos comprometen de tal modo
el concepto de «novela», que Enrique de Ofterdirgen, no llegando
nunca a ser un Yo activo, se limita a ser un héroe en pasividad,
sobre el cual actúan las circunstancias de simbólicos hechos encadenados.
Guillermo
Meister, sin embargo, vive, acumula vivencias, mientras Enrique
no cesa de transfigurarse, por lo que aumenta, a cada momento, la
irrealidad del libro. Enrique vive en Eisenach, en su hogar paterno;
emprende un viaje a Augsburgo, con su madre; en compañía de los
mercaderes -«noble espíritu mercantil que sólo florece en la
Edad Media» -, conoce los castillos medievales, sabe de
las guerras, oye hablar de las Cruzadas, observa las miserias que
originan -la cautiva oriental-, penetra en los misterios
de las montañas, admira la soledad del ermitaño; por fin, la poesía
y el amor, que culminan en el relato que ofrece Klingsohr, en
el capítulo IX, y que es el núcleo central de toda la obra.
En la fábula, tal vez la más atrevida y genial expresión de la fantasía
humana,
se refleja toda la misteriosa fuerza lírica de la poesía de Novalis.
El mundo de la fábula es la Naturaleza en período de formación,
aun bajo el imperio de las potencias opuestas. A la vida se opone
la muerte; a la fantasía, el entendimiento; a la eternidad, lo temporal.
Dos reinos coexisten, sin lograr aún la armonía: las fuerzas vitales,
animadas de un impulso espiritual; lo inanimado, lo rígido, lo expectante,
se hallan en disonancia y desacuerdo con aquéllas. Novalis acusa
las influencias científicas de su época, y la fábula se inspira,
en esencia, en las teorías del "vitalismo" y del
«galvanismo».
Con la fábula de Klingsohr termina, en cierto modo, la obra. "El
Presentimiento" -con su 'flor azul'- anuncia lo que se
ha de cumplir en la segunda parte, "El Cumplimiento".
La "flor azul" es el ideal de Enrique, el ideal
de Novalis y, por lo tanto, del Romanticismo. Y el ideal nunca llegará
a ser realidad para los románticos.
No es posible afirmar que Novalis haya aprovechado muchos
datos históricos para la idea de su "Ofterdingen". El
nombre de Klingshor y el del protagonista aparecen, en efecto, en
las colecciones medievales de los «Minnesänger» alemanes, y Tieck
nos dice que Novalis encontró a sus personajes en una leyenda
que tenía en su biblioteca el coronel von Funck, amigo del poeta.
Sin embargo, es opinión de muchos críticos alemanes que Novalis
no se sirvió, de las historias de los juglares del siglo XIII, nada
más que de la situación cronológica del relato - la Edad Media
y de los nombres de dos de dichos juglares: Enrique de Ofterdingen
y Klingsohr.
Probablemente, Novalis nunca hubiese podido acabar una empresa de
tamaño propósito. La segunda parte, conociendo el resumen de Tieck,
se nos antoja casi imposible de escribir. Además, en los «Fragmentos», lo más genial de Novalis, encontramos
todo lo que el poeta y filósofo del Romanticismo tenía aún
que comunicar a la posteridad.
Federico Leopoldo von Hardenberg nace el 2 de Mayo de 1772, en la hacienda de Wiederstedt,
situada en las estribaciones orientales del Harz. Enfermizo y débil
en sus primeros años, no tarda en revelarse como muchacho alegre
y estudioso. En 1787, la familia de Novalis se traslada a Weissenfels;
el padre es nombrado director de las Salinas de Artern. Federico
Leopoldo pasa tres años en el Gimnasio de Eisleben; en 1790 ingresa
en la Universidad de Jena. Conoce a Schiller y en Leipzig,
donde vive entonces el joven Goethe, se inicia su amistad con Federico
Schlegel. En 1794 ve por primera vez a la hijastra del hidalgo
von Rokkenthien una niña de trece años: Sofía von Kühn. Algunos
meses más tarde, brota el amor. La muerte de la amada, acaecida
dos años después , señala el momento decisivo en la vida de Federico
Leopoldo von Hardenberg: ha nacido "Novalis", seudónimo
que adopta para entrar en la literatura tomándolo del apellido de
uno de sus antepasados. En Jena, los hermanos Schlegel fundan
la revista romántica "Ateneo", Y Novalis, que ya conoce
a Goethe, a Jean Paul, y a Schelling, ofrece
en aquélla su colección de fragmentos "Polen". Después
nace la obrita "Los Discípulos de Sais". Luego, «Los Himnos
a la Noche» Y las "Canciones Espirituales". Por fin, comienza
su "Enrique de Ofterdingen". La literatura no permite
a Novalis abandonar el estudio de las ciencias, para ocupar una
plaza en la dirección de las Salinas de Weissenfels. Ya distante
el dolor que contienen las páginas de su «Diario íntimo», dedicado
al recuerdo de Sofía en Novalis nace un nuevo amor: Julia von Charpentier.
Pero en 1800, el Poeta enferma de la misma dolencia que arrancó
del mundo a su hermano Erasmo; también Federico Leopoldo es
víctima
de la tuberculosis. El 25 de marzo, Novalis dormita en su lecho;
se desvela un poco, suplica a su
hermano Carlos que interprete una melodía al piano. Schlegel,
unos minutos después, ruega a Carlos
que deje de tocar porque, al parecer, el poeta ha logrado
conciliar el sueño. Cuando la música cesa, el
hermano y el amigo descubren que Novalis ha abandonado el
mundo terrenal. Es el año 1801.
(Madrid, febrero 1946)
Enrique de Ofterdingen
Novalis
Los padres se hablan ya acostado y dormían, el reloj
de pared marcaba su ritmo uniforme, el viento rozaba
con su silbo las ventanas cascabeleantes; la estancia se iluminaba,
de rato en rato, con los rayos de la luna. El adolescente yacía
intranquilo sobre su lecho y pensaba en el forastero y en sus relatos.
«No son los tesoros los que han despertado en mí un anhelo tan inefable
-decíase-; bien lejos estoy yo de toda codicia; pero
tengo nostalgia de poder ver la flor
azul. No cesa de acompañar mis recuerdos y no conozco
otra poesía ni otro pensamiento sino ella. Nunca he experimentado
tales sensaciones: parece como si hasta el presente hubiera estado
soñando o como si, entre sueños,
hubiera sido trasladado a otro mundo; porque en el mundo en el que
he vivido hasta ahora, ¿quién se hubiera preocupado de flores? Y nunca he oído hablar de una pasión tan
extraña por una flor. Pero, ¿de dónde habrá venido el forastero?
Ninguno de nosotros ha visto, antes de ahora, a un hombre semejante;
sin embargo, ignoro por qué he sido yo solo el que se ha emocionado
con sus palabras; los otros también han oído decir lo mismo que
yo, y a ninguno le ha pasado lo que a mí. ¡Y que ni yo mismo sea
capaz de explicar mi sorprendente estado! A veces me encuentro tan
encantadoramente a gusto, y precisamente cuando no tengo una conciencia
clara de la flor, me sobrecoge una emoción profunda e íntirna:
nadie podría entenderlo. Creería estar loco, si no pensara y viera
con tanta nitidez, y desde entonces todo me resulta más familiar.
He oído hablar de tiempos, remotos, en los que los animales y los
árboles y las rocas habían hablado con el hombre. Yo tengo la sensación
de que todos quisieran hablar conmigo, ahora rnismo, y como si yo
pudiera adivinar lo que quieren decirme. Debe de haber aún muchas
palabras que yo desconozco: si las supiera todas,
acertaría a comprenderlo todo mejor. Antaño me gustaba bailar; ahora
prefiero pensar en la música.»
El adolescente
fué perdiéndose en dulces fantasías y se quedó dormido.
Empezó a
soñar que se perdía en vastas lejanías y en regiones
silvestres e ignoradas. Caminaba sobre los mares con inconcebible
ligereza; veía animales maravillosos; hallábase entre gentes diversas,
aquí en la guerra, entre salvaje desorden, allá en cabañas pacíficas.
Fué hecho prisionero y padeció las más agobiantes privaciones. Todas
sus sensaciones alcanzaron una elevación hasta entonces ignorada
para él. Vivió las experiencias de una vida infinitamente variada;
murió y resucitó, amó hasta la pasión más ardiente y vióse separado
de nuevo y para siempre de su amada. Al fin, hacia el alba, cuando
las primeras luces quebraban la penumbra, en su alma empezó a reinar
una creciente paz, y las imágenes se tornaron más claras y permanentes.
Parecíale estar paseando en soledad por un bosque sombrío. Rara
vez asomaba la luz del día a través de la red verdosa. Pronto llegó
a un rocoso precipicio, de empinada pendiente. Hubo de escalar musgosas
peñas que algún torrente de antaño habría cambiado de sitio. Cuanto
más ascendía, tanta mayor claridad iluminaba la floresta. Por fin
llegó a un prado pequeño, Yacente junto al abismo del monte. Al
fondo del prado, elevábase un alto pico, a cuyo pie descubrió una
hendidura que semejaba ser el principio de una galería abierta en
la roca. La galería le condujo, durante algún tiempo, hacia un amplio
lugar, desde donde brotaba una nítida luz. Cuando se encontró allí,
percibió la luminosidad de un poderoso rayo que, como un surtidor,
se elevaba hasta el techo de la bóveda, deshaciéndose allí en innumerables
destellos que volvían a juntarse en un receptáculo enorme; no se
oía ni el más leve ruido; un sagrado silencio acompañaba el espectáculo
hermoso. Se acercó al receptáculo, que temblaba entre infinitos
matices. Los muros de la gruta se hallaban recubiertos de aquel
líquido luminoso, que no era caliente, sino fresco, reflejando en
los muros sólo una luz opaca, tiernamente azul. Introdujo su mano en el receptáculo y humedeció
sus labios. Sintióse como traspasado de un hálito espiritual que
le reconfortaba con su dulce frescor. Se adueñó de él un irresistible
anhelo de bañarse, se despojó de sus ropas y, desnudo, penetró en
el receptáculo. Creyóse envuelto en una nube del purpúreo ocaso;
de su alma se apoderó una sensación celestial; con intima lujuria,
incontables ideas pugnaban por confundirse dulcemente; surgieron
imágenes nuevas, nunca vistas, que confluían también, adquiriendo
esencia visible en torno suyo, y cada onda del amable elemento se
ceñía a él como un pecho amoroso. La corriente semejaba la disociación
de seductoras doncellas que cobraban transitoria corporeidad en
presencia del adolescente.
Ebrio de
encanto, aunque bien consciente de cada impresión, siguió nadando
a favor de la luminosa corriente que, desde el receptáculo, fluía
hacia el interior de la roca. Se sumió en un dulce duermevela que
le hacía soñar cosas indescriptibles
y del que fué despertado por otra luz. Hallóse sobre la blanda hierba,
al borde de un manantial que huía hacia el aire para perderse en
él. A poca distancia de allí, elevábanse rocas de un azul profundo
veteado de múltiples colores; la luz del día que le rodeaba habíase
hecho más clara y más suave que de costumbre; el azul del cielo
era oscuro y de una pureza total. Pero lo que con más fuerza le
atraía era una flor alta,
de un azul luminoso, que
se hallaba junto al manantial, cuyas aguas acariciaban sus anchas
y brillantes hojas. Alrededor de ella se agrupaban florecillas de
todos los colores y un delicioso perfume aromaba la atmósfera. Él
no veía sino la flor azul,
contemplando sin cesar su inefable delicadeza. Al fin quiso acerarse
a ella: de repente, empezó a moverse y a mudarse; las hojas se tornaron
más brillantes y se plegaban al tallo creciente, la flor se inclinaba
hacia él, y en la corola, como a través de una tenue niebla, descubrió
un rostro flotante que exhalaba belleza y suavidad. La extraña mutación
acreció su hechizado asombro, cuando fué despertado, inesperadamente,
por la voz de su madre, y se halló de nuevo en la cámara paterna,
dorada ya por el sol matutino. Hallábase demasiado cautivado por
sus ensueños como para haberse molestado por la perturbación; al
contrario, dió los buenos días a su madre y le devolvió de todo
corazón el abrazo con que ella le saludaba.
-¡Tú, dormilón! -exclamó el padre-.¿Cuánto
tiempo no llevaré yo aquí limando? Por tu culpa no he podido golpear
con el martillo; la madre quería que su hijo adorado durmiera. También
se ha retrasado mi desayuno. Has sido muy listo al elegir esa ocupación
de los estudios, por la que nos tienes a nosotros siempre en trabajosa
vigilia. Aunque, según me han informado un sabio de verdad suele
recurrir también a las noches para estudiar las grandes obras de
sus preclaros antecesores.
-Querido
padre - respondió Enrique-, no te enojes por haber prolongado
hoy mi sueño; ya sabes que no suele ser costumbre en mí. Tardé mucho
en dormirme, hasta que, por último, fui visitado por una ensoñación
tan dulce que pasará mucho tiempo antes de que pueda olvidarla,
y aun creo que ha debido de ser algo más que una simple alucinación.
-Querido
Enrique-habló la madre-, seguramente te habrás echado
sobre la espalda o, durante tus rezos nocturnos, habrás tenido los
pensamientos lejos de la oración. Además tienes un aspecto bastante
extraño. Come y bebe para animarte un poco.
La madre
salió, mientras el padre, trabajando con laboriosidad, decía:
-Los sueños
son como la espuma; que los sabios piensen lo que quieran sobre
este particular, pero tu harás bien en alejar de tu espíritu tales
inútiles y nocivas consideraciones. Ya pasaron los tiempos en que
se asociaban a los sueños visiones divinas, y hoy no podernos comprender ni
llegaremos a comprender nunca qué sensaciones tuvieron aquellos
elegidos varones de los que nos habla la Biblia. En aquellos tiempos todo debió de ser
de otra manera, tanto en los sueños como en otras cosas. En esta edad en que
vivimos ya no hay comunicación inmediata con el cielo. Las viejas
historias y las Escrituras son las únicas fuentes por las que llegarnos
a un conocimiento del mundo sobrenatural, siempre que tal conocimiento
nos interese; y, en lugar de las manifiestas revelaciones, el Espíritu
Santo nos habla ahora de un modo evidente a través de la inteligencia
de hombres buenos y bien intencionados y a través de los modos de
vida y de los destinos de las gentes piadosas. Los milagros de hogaño
nunca me han confortado de manera especial, ni jamás he creído en
las grandes cosas que nos refieren los sacerdotes. En fin, que conforten
a quien crea en ellas; no obstante, yo me libraré de apartar a nadie
de sus creencias ...
-Pero, querido padre, ¿por qué razón eres tan
contrario a los sueños,
cuyas extrañas transformaciones, con su liviana y frágil naturaleza,
han de despertar forzosamente nuestra reflexión? ¿No es cada sueño, aun el más confuso, una aparición singular,
que, sin pensar en ningún origen divino,
rasga el misterioso
velo que cubre con mil pliegues nuestro interior? En
los libros más sabios se encuentran innumerables historias de sueños, escritas por hombres
fidedignos, y recuerda el sueño que
hace pocos días nos relató el capellán del palacio y que se te antojó
tan notable.
Pero, prescindiendo
de estas historias, si tuvieras alguna vez en tu vida un sueño,
el primero, ya no te asombrarías ni discutirías lo maravilloso de
un hecho que es para mí cotidiano. Considero el sueño como un
arma contra la regularidad y el hábito de la vida, una convalecencia
libre de la reprimida fantasía,
donde se barajan, todas las imágenes
de la existencia, interrumpiendo la seriedad del adulto
con una alegre jocosidad infantil.
Sin los sueños, envejeceríamos antes, y, por ello,
el sueño puede considerarse, si no como un don inmediatamente enviado
del cielo, sí como un obsequio divino, como un compañero amable
en la peregrinación hacia lo sagrado de la sepultura. Es seguro
que el sueño que esta noche he soñado no ha sido una ineficaz
coincidencia en mi vida, porque yo siento que penetra en mi alma
como una rueda gigantesca, propulsándola con fuerte empuje.
El padre
sonrió con cariño y, viendo a la madre que entraba en aquel momento,
dijo:
-Madre,
Enrique no puede desmentir el momento que le hizo venir al mundo.
En sus palabras hierve el fogoso vino de Italia que yo traje entonces
de Roma y que dió esplendor a nuestra noche nupcial. Entonces, también
yo era muy distinto. Los vientos del sur me habían deshelado, me
hallaba exuberante de alegría y de gozo, y tú también eras una doncella
cálida y deliciosa. En casa de tu padre hablase dispuesto todo con
prodigalidad; de todas partes acudieron músicos y cantores, y hacía
tiempo que en Augsburgo no se había celebrado una boda tan magnífica.
-Ya
que hablas de sueños -dijo la madre-, ¿no recuerdas
aquel que me contaste que habías tenido en Roma, y que según me
dijiste te impulsó a venir a Augsburgo para solicitar mi amor?
-Me
lo has recordado en un momento oportuno -repuso el padre-;
había olvidado por completo aquel sueño,
que entonces me dió tanto que pensar; pero esto mismo es una prueba
más en contra de los sueños. Es imposible haber tenido un sueño más claro
y más ordenado; aun hoy
recuerdo con precisión cada una de las circunstancias que concurrieron,
y, sin embargo, ¿qué significa todo ello? Es natural que después
de soñar contigo, se apoderara de mí la nostalgia de que fueras
pronto mía, porque ya nos conocíamos. Tu figura amable y hermosa
ya me habla conmovido desde el principio, y lo único que me contuvo
en mis deseos fué el anhelo de conocer tierras nuevas. En la época
en que tuve el sueño, mis curiosidades ya habían sido harto satisfechas,
y entonces la inclinación pudo abrirse paso con más facilidad.
-Cuéntanos
aquel sueño tan extraño -pidió el hijo.
-Una
tarde - comenzó el padre -, poco antes de ponerse el
sol, había salido a dar un paseo por Roma. El cielo estaba puro,
y la luna bañaba, con su lívida y mortecina luz, las viejas columnas
y los muros. Mis compañeros seguían a las mozas; y yo, conducido
por la nostalgia de la patria y por el amor, salí hacia el campo
libre. Por fin, hallándome sediento, entré en una de las mejores
fincas para pedir un trago de vino o de leche. Salió un anciano,
quien me consideró un tanto sospechoso. Le expuse mi solicitud;
en cuanto supo que yo era extranjero y alemán, me ofreció amablemente
su estancia y me trajo una botella de vino. Me invitó a sentarme,
interesándose por mis quehaceres. La cámara estaba llena de libros
y antigüedades. Iniciarnos un extenso coloquio; me refirió -muchas
cosas de tiempos pretéritos, acerca de pintores, escultores y poetas.
Jamás había yo oído hablar de aquel modo. Parecióme haber descubierto
un mundo nuevo. Me mostró piedras selladas y otras antiguas labores
artísticas; después me leyó, con fuego vivo en la voz, espléndidos
poemas, y así se nos pasó el tiempo como en un segundo. Aun ahora
se regocija mi corazón al recordar el bullicio de ideas maravillosas
y sensaciones que me penetraron aquella noche. Familiarizado con
las épocas paganas, el anciano añoraba con devota unción tornar
a aquellos tiempos. Por fin, me indicó una habitación en la que
podría pasar el resto de la noche, pues se había hecho tarde para
regresar a Roma. Me dormí pronto e imaginé estar en mi ciudad natal,
saliendo por una de sus grandes puertas. Parecíame que había de
ir hacia alguna parte, para cumplir algo de importancia, pero no
acertaba a saber de qué podía tratarse. Me encaminé hacia las montañas
del Harz, con paso rápido, como si hubiera de llegar a una boda.
No seguí por el camino, sino que me adentré por los atajos, a través
de valles y bosques, y pronto llegué al pie de una alta montaña.
Cuando la hube escalado, vi ante mí una planicie dorada y contemplé
a mis pies, en toda su amplitud, el paisaje de Turingia, porque
no había montaña alguna que me impidiera aquella visión tan hermosa.
Enfrente se erguía el Harz, con sus umbrosas montañas, y yo veía
innumerables castillos, monasterios y poblados. Mientras reconocía,
uno por uno, todos aquellos lugares, se me apareció el hombre que
me había dado hospitalidad, y me parecía que hacía mucho tiempo
que me hallaba en su casa. Pronto descubrí una escalera que penetraba
en la montaña, y yo descendí por ella. Después de mucho descender,
llegué a una gran gruta, y en ella vi a un anciano, cubierto de
una larga túnica, que, sentado ante una mesa de hierro, contemplaba
sin cesar a una doncella, hermosísima, labrada en mármol y erguida
frente a él. La barba del anciano pasaba a través de la mesa de
hierro y le llegaba hasta los pies. Su rostro era tan severo como
amable, semejando una cabeza antigua que yo había visto la víspera
en casa de mi huésped. La gruta estaba henchida de esplendor. Mientras
yo me hallaba allí, mirando al anciano, mi huésped me tocó de repente
en la espalda, me tomó de la mano y me condujo a través de largas
galerías. Pasado un buen rato, percibí una lejana penumbra, como
si fuese a amanecer. Corrí hacia la luz y me hallé, sin tardar,
en un prado verde; pero todo se me antojaba muy distinto de Turingia.
Inmensos árboles con hojas grandes y lucientes, esparcían en torno
suyo una refrescante sombra. El aire estaba caluroso y, sin embargo,
el calor no agobiaba. Por todas partes, fuentes y flores, y entre
todas las flores una, en
particular, atrajo mi atención, y llegué a imaginar que las otras
se inclinaban hacia ella.
-¡Ay,
padre querido! Dime, ¿qué color tenía aquella flor
que dices? -exclamó el hijo con incontenible vehemencia.
-Esto
es lo único que no recuerdo a pesar de acordarme tan bien de todos
los otros detalles.
-¿No
era, acaso, azul?
-Puede
ser- prosiguió el padre, sin dar mucha importancia a la impaciencia
un tanto extraña de Enrique. Lo único que sé es que experimenté
sensaciones realmente inefables y que estuve buscando largo rato
a mi acompañante. Al volver al fin hacia él, observé que me contemplaba
con atención y que me sonreía con íntimo gozo. No sabría decir cómo
salí de aquel lugar. Lo cierto es que me hallaba otra vez en la
cima de la montaña. Mi acompañante se hallaba junto a mí Y dijo:
'Tú has visto la maravilla del mundo. Junto a ti está el ser más
feliz de la Tierra, y que además ha de ser famoso. Ten bien en cuenta
lo que voy a decirte: Si el día de San Juan, hacia el anochecer,
vuelves aquí y pides a Dios, ardientemente que te descifre este sueño, recibirás la más grande felicidad
del mundo; entonces presta tu atención solamente a una florecilla
azul que encontrarás aquí arriba, arráncala y entrégate
devotamente a la fe en el cielo'. Después, siempre en sueños, me hallé entre las figuras y los hombres
más maravillosos, y los tiempos infinitos volteaban ante mis ojos
en incesantes transformaciones. Mi lengua se hallaba como liberada
de todo, y mis palabras sonaban como música. Después, todo se hizo
estrecho y oscuro como de costumbre; vi ante mí a tu madre, con
mirada graciosa y turbada; llevaba un niño precioso en sus brazos
y me lo tendía a mí, cuando, de repente, el niño empezó a crecer,
haciéndose cada vez más brillante y resplandeciente, hasta que sus
brazos se convirtieron en deslumbrantes alas, y, elevándose con
nosotros, nos llevó a tal altura que contemplábamos la Tierra como
un plato de oro delicadamente cincelado. Y ahora sólo recuerdo que
volvieron a aparecer la flor
y la montaña y el anciano, pero pronto desperté; sintiendo en mí
la fuerza de un gran amor. Me despedí de mi hospitalario huésped,
quien me rogó que le visitara a menudo, lo que le prometí hacer
y lo que hubiera cumplido, de no haber partido tan pronto de Roma
para salir, precipitadamente, en dirección a Augsburgo.
Texto
extraído de "Enrique de Ofterdingen", Novalis, capítulo
I, editorial Espasa-Calpe, Buenos Aires, Argentina, 1951.
Edición
original: 1801.
Selección
y destacados: S.R.
Relacionar
con:
"Ya no se sueña con la flor azul"-
N. Nemiña >>>
Con-versiones abril 2004
|
|