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"La mujer y el niño"

F. Nietzsche

(Humano, demasiado humano)

377

La mujer perfecta.-La mujer perfecta es un tipo más elevado de humanidad que el hombre perfecto; y, por eso mismo, algo más raro. La historia natural de los animales ofrece un medio de hacer verosímil esta proposición.

378

Amistad y matrimonio.-El mejor amigo tendrá probamente la mejor esposa, porque el buen matrimonio está basado en el talento de la amistad.

379

Prolongación de la vida de los padres.-Las disonancias resueltas en las relaciones de carácter y de conformación espiritual de los padres continúan resonando en la naturaleza del niño y originan su historia pasional interior.

380

De conformidad con la madre.-Cada uno de nosotros lleva dentro de sí una imagen de la mujer obtenida de conformidad con su madre; por esto es por lo que se siente inclinado a respetar a las mujeres en general, o a menospreciarlas, o a sentir una total indiferencia por ellas.

381

Corregir la naturaleza.-Cuando no se tiene un buen padre, hay que hacerse con uno.

382

Padre e hijo.-Los padres tienen mucho que hacer para compensar el hecho de tener hijos.

383

Error de mujeres distinguidas.-Las mujeres distinguidas creen que una cosa ni siquiera existe, cuando no es posible hablar de ella en sociedad.

384

Una enfermedad de los hombres.-Contra la enfermedad de los hombres que consiste en despreciarse, el remedio más seguro es que sean amados por una mujer hábil.

385

Una especie de celos.-Las madres sienten celos en seguida de los amigos de sus hijos, cuando tienen una señalada influencia sobre estos. Habitualmente, lo que una madre quiere en su hijo es más a ella misma que a su hijo.

386

Sin razón razonable.-En la madurez de la vida y de la inteligencia, le viene al hombre el sentimiento de que su padre se equivocó al engendrarle.

387

Bondad maternal.-Muchas madres tienen necesidad de hijos felices y honrados; otras muchas, de hijos desdichados: de lo contrario, su bondad de madre no podría manifestarse.

388

Suspiros distintos.-Algunos hombres han suspirado porque le han conquistado a su mujer; la mayor parte, de que nadie quería conquistársela.

389

Matrimonios por amor.-Las uniones contraídas por amor (lo que llamamos matrimonios de amor) tienen el error por padre y la necesidad por madre.

390

Amistad de mujeres.-Las mujeres pueden muy bien en­tablar amistad con un hombre; mas para mantenerla, es preciso tal vez el concurso de una pequeña antipatía física.

391

Aburrimiento.-Muchas personas, especialmente mujeres, no sienten el aburrimiento, porque jamás han sabido trabajar regularmente.

392

Un elemento del amor.-En toda clase de amor femenino, se transparenta también algo del amor materno.

393

La unidad de lugar y el drama.-Si los esposos no viviesen juntos, los buenos matrimonios serían más frecuentes.

394

Consecuencias habituales del matrimonio.-Todo trato que eleva, rebaja, y a la inversa; por eso los hombres suelen descender algo cuando se casan, mientras que las mujeres se elevan un poco. Los demasiado inteligentes tienen tanta necesidad del matrimonio que se resisten a él, como a una medicina que sabe mal.

395

Enseñar a mandar.-A los hijos de familias modestas hay enseñarles a mandar, por medio de la educación, lo mismo que a otros hijos a obedecer.

396

Querer estar enamorado.-Los novios que se han unido por conveniencia se esfuerzan frecuentemente por enamorarse, para escapar al reproche de frío cálculo interesado. Del mismo modo que los que se vuelven por interés al cristianismo se esfuerzan por ser verdaderamente piadosos, pues así la mueca religiosa se les hace más fácil.

397

No hay sosiego en el amor.-Un músico a quien le guste el movimiento lento tocará las mismas obras cada vez más lentamente. Así en ningún amor hay sosiego.

398

Pudor.-Con la belleza de la mujer aumenta, en general, su pudor.

399

Matrimonio de buena condición.-Un matrimonio en que cada uno de los cónyuges desea obtener por medio del otro un fin personal es muy sólido: por ejemplo, cuando la mujer quiere obtener por medio de su marido la reputación, y el marido, el amor por medio de su mujer.

400

Naturaleza de Proteo.-Las mujeres llegan a ser por amor totalmente lo que son en la mente de los hombres que las aman.

401

Amar y poseer.-Las mujeres aman la mayoría de las veces a un hombre de valor queriéndole para ellas solas. Lo guardarían gustosamente en una cartuja privada, si su vanidad no las disuadiese de ello: ésta desea que también a otras les parezca un hombre de valía.

402

Prueba de un buen matrimonio.-La bondad de un buen hogar se prueba en que entraña alguna vez una "excepción".

403

Medios de llevar a cualquier hombre a todo.-Por medio de los enojos, las inquietudes, la acumulación de trabajo y de pensamientos, se puede fatigar y debilitar de tal modo a un hombre cualquiera, que deje de oponerse a una cosa que tiene un aspecto complicado, y que ceda; esto lo saben las mujeres y los diplomáticos.

404

Honorabilidad y honradez.-Las jóvenes que no quieren deber más que al atractivo de su juventud el medio de proveer a toda su existencia y cuya destreza es incluso estimulada por madres avisadas, persiguen justamente el mismo fin que las cortesanas, sólo que éstas son más malignas y deshonestas.

405

Máscaras.-Hay mujeres que, por mucho que se busque en ellas, no tienen interior, no son más que máscaras. Es de compadecer el hombre que se abandona a estos seres casi fantasmales, necesariamente incapaces de satisfacer; pero justamente ellas son las capaces de despertar el deseo más intenso del hombre: éste busca su alma y continúa buscándola eternamente.

406

El matrimonio considerado como una larga conversación.-En el momento de casarse debemos plantearnos esta pregunta: ¿Crees poder conversar con tu mujer hasta que seas viejo? Todo lo demás del matrimonio es transitorio, pues la mayor parte de la vida común está dedicada a la conversación.

407

Sueños de jovencitas.-A las jóvenes inexpertas les halaga idea de que pueden constituir la felicidad de un hombre; después aprenden que esto equivale a despreciar a un hombre al admitir que le basta una joven para hacer su felicidad. La vanidad de las mujeres exige que un hombre sea más que un marido dichoso.

408

Desaparición de Fausto y Margarita.-Según la observación muy sagaz de un sabio, los hombres cultos de la Alemania actual parecen una mezcla de Mefistófeles y de Wagner, pero no se parecen a Fausto; en cambio sus abuelos (al menos en su juventud) sentían agitarse dentro de si a Fausto. Hay, pues -para continuar esta información-, dos razones para las Margarita no les convengan. Y al no haber demanda de ellas, parece posible que estas desaparecerán.

409

Las jóvenes en el liceo.-¡Por lo que más queráis en el mundo, no llevéis nuestra educación de liceo a las jóvenes! ¡Vosotros que, a menudo, sois jóvenes llenos de ingenio de ardor, de deseo de saber.... hacer copias de vuestro maestros!

410

Sin rivales.- Las mujeres notan en seguida cuándo se han apoderado del alma de un hombre; les gusta ser amadas sin rivales y le reprochan el objetivo de su ambición, sus deberes políticos, su ciencia y su arte, si tiene pasión por cosas semejantes. A menos que de estas cosas obtenga esplendor; entonces esperan, uniéndose amorosamente a él, acrecentar al mismo tiempo su propio esplendor; si esto es así, favorecen a su amado.

411

La inteligencia femenina.-La inteligencia de las mujeres se manifiesta como la perfecta dominación, presencia de espíritu, utilización de todas las ventajas. La transmiten en herencia, como cualidad fundamental, a sus hijos, y el padre añade el fondo oscuro de la voluntad. Su influencia determina, por decirlo así, el ritmo y la armonía con que la vida nueva debe ser vivida; pero la melodía proviene de la mujer. Dicho sea para las personas que son capaces de darse cuenta de ello: las mujeres tienen el entendimiento, los hombres la sensibilidad y la pasión. Esto no se contradice porque los hombres lleven, en efecto, su entendimiento mucho más lejos: tienen móviles más profundos, más poderosos; son estos móviles que llevan tan lejos su entendimiento lo que en sí es algo pasivo. Las mujeres se asombran a menudo, para su capote, del gran respeto que los hombres tributan a su sensibilidad. Si, en la elección de su cónyuge, los hombres buscan ante todo un ser profundo, lleno de sensibilidad, y las mujeres, por el contrario, un ser hábil, avisado y brillante, se ve claramente, en el fondo, que el hombre busca el hombre ideal y la mujer, la mujer ideal, y que, por tanto, no buscan su complemento, sino la culminación de sus propias cualidades.

412

Un juicio de Hesíodo, confirmado.-Una prueba de la habilidad de las mujeres es que casi por todas partes han sabido hacerse alimentar, como zánganos en colmena. Medítese un poco sobre lo que esto significa en su origen y por qué no son los hombres los que se hacen alimentar por las mujeres. Seguramente porque la vanidad y la ambición masculinas son más grandes que la habilidad femenina; porque las mujeres han sabido, sometiéndose, asegurarse, sin embargo, la ventaja preponderante y hasta la dominación. Incluso los cuidados prodigados a los niños han podido originariamente ser utilizados por la habilidad de las mujeres como pretexto para sustraerse en la medida de lo posible al trabajo. Aun hoy día, saben, cuando están realmente ocupadas, por ejemplo, en las tareas del hogar, hacer ostentación de ellas hasta deslumbrar, al punto de que los hombres estiman habitualmente esta ocupación diez veces, más de lo que vale.

413

Los miopes son enamoradizos.-A veces basta con unos lentes más fuertes para curar al enamorado; y quien tuviera bastante imaginación para representarse un rostro, un talle, con veinte años más, tal vez andaría muy exento de cuidados por la vida.

414

Las mujeres en el odio.-En estado de odio, las mujeres son más peligrosas que los hombres; primero, porque no se detienen en su hostilidad, una vez despierta, por ningún escrúpulo de equidad, sino que dan rienda suelta tranquila­mente a su odio hasta las ultimas consecuencias; luego, porque son muy expertas en hallar los puntos vulnerables (que todo hombre, todo partido presenta) y en dirigir allí sus golpes, para lo cual su espíritu, aguzado como un puñal, les sirve excelentemente (mientras que los hombres, retroce­diendo ante el aspecto de las heridas, se vuelven a menudo magnánimos y misericordiosos).

415

Amor.-La idolatría que las mujeres profesan con respecto al amor es, en el fondo y originariamente, una invención de su astucia, en el sentido de que, gracias a todas estas idealizaciones del amor, acrecientan su poder y se muestran a los ojos de los hombres cada vez más apetitosas. Pero el hábito secular de esta estimación exagerada del amor ha hecho que ellas caigan en sus propias redes y olviden este origen. Ellas mismas están ahora más engañadas aún que los hombres, y, por tanto, sufren también más decepciones de las que se producen casi necesariamente en la vida de toda mujer... suponiendo, claro está, que tenga bastante imaginación e inteligencia para poder sufrir ilusión y desilusión.

416

A proposito de la emancipación de las mujeres.-¿Pueden las mujeres, en general, ser justas, estando tan acostumbradas a amar, para adoptar primeramente sentimientos en pro o en contra? Por otra parte, debido a esto es por lo que raramente se interesan por las cosas y muy a menudo por las personas; pero cuando se interesan por las cosas, hacen en seguida de ello un asunto de partido y así corrompen la acción pura e inocente. De ahí nace un peligro que no es despreciable, cuando se les confía la política y ciertas partes de la ciencia (por ejemplo, la historia). Pues ¿habrá algo más raro que una mujer que sepa realmente lo que es la ciencia? Incluso las mejores alimentan en su seno, a este respecto, un secreto menosprecio, como si en algún punto fuesen superiores a ella. Tal vez todo esto pueda cambiar, pero mientras tanto es así.

417

La inspiración en el juicio de las mujeres.-Esas decisiones repentinas en pro y en contra que las mujeres suelen tomar, esas revelaciones repentinas como el relámpago de las relaciones personales por el brillo de sus simpatías y de sus antipatías; en una palabra, las pruebas de la injusticia femenina han sido rodeadas de una aureola por los hombres enamorados, como si todas las mujeres tuviesen inspiraciones de sabiduría, incluso sin el trípode délfico ni la corona de laurel; y sus decisiones son largo tiempo después aún interpretadas y justificadas como oráculos sibilinos. Pero si se considera que para cualquier persona, para cualquier cosa, se puede encontrar algo favorable, pero también algo desfavorable, que todas las cosas tienen no solamente, dos, sino tres y cuatro caras es verdaderamente difícil, en tales decisiones repentinas, equivocarse por completo; hasta se podría decir: la naturaleza de las cosas está dispuesta de tal modo, que las mujeres tienen siempre razón.

418

Dejarse querer.-Como de dos personas que se quieren, una es de ordinario la que quiere y la otra la que se deja querer, ha nacido la crencia de que en todo comercio amoroso hay una cantidad constante de amor, y que cuanto más toma uno, menos le queda al otro. Por excepción, sucede que la vanidad persuade a cada una de las dos personas de que Ella es la que debe ser amada, de suerte que una y otra desean dejarse querer; de aquí especialmente en el matrimonio, provienen, en maneras diversas, escenas medio agradables, medio absurdas.

419

Contradicciones en las mentes femeninas.-Como las mujeres se ocupan mucho más de las personas que de las cosas, en su círculo de ideas se concilian tendencias que lógicamente son contradictorias entre sí; suelen entusiasmarse precisamente por los representantes de estas tendencias alternativamente y adoptar su sistema radicalmente, pero de manera que siempre produce un punto muerto en el que una personalidad nueva adquiere la preponderancia. Tal vez suceda que toda la filosofía, en la mente de una mujer vieja, consista en puntos muertos de este género.

420

¿Quien sufre más?.-Después de una disputa y una querella personales entre una mujer y un hombre, una de las partes sufre sobre todo a la idea de haber hecho daño a la otra, mientras que ésta sufre sobre todo a la idea de no haberle hecho a la otra bastante daño; por eso ésta se esfuerza, mediante lágrimas, sollozos y gestos de desolación, incluso por causarle asco después.

421

Ocasión de magnanimidad femenina.-Si nos situásemos una vez por encima de las exigencias de la moral, acaso podríamos examinar si la naturaleza y la razón conducen al hombre a varias uniones sucesivas, poco más o menos en la forma siguiente: primero, a la edad de veintidos años, se casaría con una jóven de más edad, que le fuera superior moral e intelectualmente y que podría ser su guía a través de los peligros de la veintena de años (ambición, odio, menosprecio de sí mismo, pasiones de todo género). El amor de ésta se cambiaría luego totalmente en amor materno, y no sólo ésta soportaría, sino que exigiría de la manera más saludable que el hombre, en la treintena de años, contrajese unión con una muchacha muy joven, de la que tendría a su vez muchos hijos. El matrimonio es una institución necesaria de los veinte a los treinta años, y útil, pero no necesaria, de los treinta a los cuarenta; después, se torna a menudo perniciosa y acarrea la decadencia intelectual del hombre.

422

Tragedia de la infancia.-Indudablemente no es raro que los de tendencias nobles y elevadas hayan tenido que sostener sus luchas más rudas en su infancia: por ejemplo, porque han de mantener su manera de pensar contra un padre de bajos instintos, dado a la apariencia y a la mentira, o bien, como lord Byron, vivir en lucha continua con una madre pueril y colérica. Cuando se han sufrido pruebas semejantes, nadie se atormenta ya, durante su vida, por saber cuál ha sido realmente el enemigo más grande y peligroso que se ha tenido.

423

Tontería de los padres.-Los errores más burdos en la apreciación de un hombre son los cometidos por sus padres: esto es un hecho; mas ¿cómo explicarlo? ¿Tienen los padres demasiada experiencia de sus hijos y no son capaces de reducirla a la unidad? Se observa que los viajeros por países extranjeros sólo en los primeros tiempos de su estancia captan los rasgos específicos generales de un pueblo; cuanto más van conociendo a ese pueblo, menos atinan a ver en él lo que tiene de típico y de peculiar. En cuanto pueden ver de cerca, sus ojos dejan de ver a lo lejos. ¿Habrá que decir que si los padres juzgan erróneamente a su hijo, es que no le han tenido bastante lejos de él? Otra explicación muy distinta sería la siguiente: los hombres no tienen costumbre de reflexionar sobre su inmediato entorno, sino que se limitan a aceptarlo. Tal vez la falta de reflexión engendrada por el hábito en los padres sea la causa de que, obligados a juzgar una vez a sus hijos, lo hagan erróneamente.

424

En el porvenir del matrimonio.-Las mujeres nobles, de espíritu libre, que toman a su cargo la educación y la elevación del sexo femenino, no deberían descuidar un punto: el matrimonio, concebido en su sentido más alto, es decir, como la unión de las almas de dos seres humanos de sexo diferente, concluido, por tanto, como se espera del porvenir, para engendrar y educar una nueva generación; un matrimonio semejante, que no usa del elemento sensual sino como un medio raro, ocasional, para un fin superior, verosímilmente tiene necesidad, hay que reconocerlo, de un auxiliar natural, el concubinato. Pues si, para la salud del hombre, la mujer casada debe servir también para la satisfación exclusiva de la necesidad sexual, será desde luego un punto de vista falso, opuesto a los fines considerados, el que presida en la elección de esposa: el cuidado de la posteridad pasa a segundo término, su feliz generación de las más inverosímiles. Una buena esposa, que debe ser una amiga, una colaboradora, una productora, una madre, un jefe de familia, una institutriz, que tal vez incluso deba, independientemente del hombre, ocuparse de sus deberes y de sus funciones propias, no puede ser al mismo tiempo una concubina: de una manera general, esto sería pedir demasiado. Así, pues, podría suceder en lo por venir lo contrario de lo que sucedía en Atenas en la época de Pericles: los hombres, que no veían entonces en sus mujeres casi más que unas concubinas, se iban en busca de las Aspasias, porque aspiraban a los atractivos de un comercio liberador para la mente y el corazón, como sólo pueden proporcionarlo el encanto y la finura intelectuales de las mujeres. Todas las instituciones humanas, como el matrimonio, no admiten más que un grado moderado de idealización en la práctica; de lo contrario, burdos remedios se hacen inmediatamente necesarios.

425

Periodo militante de las mujeres.-En las tres o cuatro regiones civilizadas de Europa, se podrá hacer de las mujeres, mediante unos siglos de educación, todo lo que se quiera, incluso hombres, no ciertamente en el sentido sexual, sino, en fin, en cualquier otro sentido. Bajo una influencia semejante, adquirirán un día todas las virtudes y las fuerzas de los hombres; es cierto que, además, habrán adquirido también su debilidades y sus vicios; esto, como he dicho, se puede conseguir. Pero ¿cómo soportaremos el estado de transición que esto acarrea, que puede durar más de un siglo, durante el cual las tonterías y las injusticias femeninas, sus antiguos hábitos, pretenderán todavía imponerse a todo lo adquirido, a todo lo aprendido? Esa será la época en que la ira constituirá la pasión propiamente viril, la ira de ver todas las artes y las ciencias inundadas y ahítas de un "dilettantismo" inusitado, la filosofía moribunda bajo el flujo de una charlatanería enloquecedora, la política más caprichosa y parcial que nunca, la sociedad en plena descomposición, porque los guardianes de la moral antigua se habrán vuelto ridículos a sus propios ojos y se esforzarán por mantenerse, en todos los aspectos, fuera de la moral. Si las mujeres tenían efectivamente, en la moral su mayor poder, ¿a qué se agarrarán para obtener de nuevo una medida semejante de poder, una vez que hayan abandonado la moral?

426

Espíritu libre y matrimonio.-Los espíritus libres ¿vivirán con mujeres? En general, creo que, semejantes a los pájaros verídicos de la antigüedad, encargados de pensar y decir la verdad del presente, preferirán volar solos.

427

Felicidad del matrimonio.-Toda costumbre urde en torno a nosotros una red cada vez más tupida de telas de araña; y en seguida advertimos que los hilos se convierten en lazos y que nosotros mismos quedamos en medio, como una araña allí prendida y que debe vivir de su propia sangre. Por esto, el espíritu libre odia todas las costumbres y reglas, todo lo duradero y definitivo; por eso comienza siempre de nuevo, con dolor, a romper la red que le envuelve, aunque deba sufrir después muchas heridas grandes y pequeñas, porque es de sí mismo, de su cuerpo, de su alma, de donde arrancan esos hilos. Tiene que aprender a amar aquello mismo que odiaba, y recíprocamente. Incluso no debe serie imposible sembrar los dientes del dragón en el campo mismo en que antaño dejaba correr los cuernos de la abundancia de su bondad. De aquí se puede deducir si está hecho para la felicidad del matrimonio.

428

Demasiado cerca.-Al vivir demasiado cerca de un hombre, nos sucede lo mismo que si tocásemos todos los días con los dedos un buen grabado: un buen día no tendríamos en las manos más que un papel sucio, y nada más. También el alma de un hombre se desgasta por un contacto continuo; al menos, acaba por parecérnoslo, pues no vemos ya su figura y su belleza originales. Se pierde siempre en el trato demasiado íntimo con mujeres y amigos, y a veces se pierde la perla de la vida.

429

La cuna de oro.-El espíritu libre respirará para siempre cuando se haya decidido a sacudir los cuidados y la vigilancia maternales de que le rodean las mujeres. ¿Qué daño puede hacerle un aire algo fuerte, de que antes le protegían con tanto afán? ¿Qué significa un perjuicio real, una pérdida, un accidente, una enfermedad, una deuda, una seducción más o menos en su vida, comparado con la falta de libertad de la cuna de oro, de esa ostentación de pavo real haciendo la rueda y del doloroso sentimiento de tener que estar agradecido aún porque se le vigile y se le mime como a un bebé? Por eso la leche que le sirve la solicitud materna de las mujeres que le rodean se le puede cambiar fácilmente en hiel.

430

Víctima voluntaria.-Para las mujeres de mérito no hay mejor medio de hacer la vida fácil a sus maridos, cuando son famosos y grandes, que llegar a ser como el receptáculo del disfavor general y del mal humor ocasional de los demás hombres. Los contemporáneos suelen perdonar a sus grandes hombros muchos errores y tonterías, actos incluso de injusticia grosera, siempre que encuentren alguno a quien, víctima voluntaria, puedan maltratar e inmolar para aliviar su conciencia. No es raro que una mujer encuentre en sí la ambición de ofrecerse a tal sacrificio, y en este caso el hombre puede estar muy satisfecho, con tal que sea bastante egoísta para soportar en su vecindad ese pararrayos, paratruenos y paraguas voluntario.

431

Adversarios amables.-La inclinación natural de las mujeres por una existencia y por unas relaciones apacibles, unidas, dichosamente acordes, lo que sus influencias derraman de suavidad y calma en el mar de la vida, trabaja involuntariamente en favor del encuentro del impulso interior heroico del espíritu libre. Sin que se den cuenta de ello, las mujeres obran como quien retira las piedras del camino al mineralogista en excursión, para que su pie no tropiece con ellas, siendo así que él no sale al campo más que para tropezar con ellas.

432

Desacorde de dos consonancias.-Las mujeres quieren servir y esto constituye su felicidad; y el espíritu libre no quiere ser servido y esto constituye su felicidad.

433

Jantipa.-Sócrates dio con una mujer tal como le hacía falta; pero él mismo no la hubiera buscado nunca si la hubiese conocido bastante; el heroísmo de este espíritu libre tampoco hubiera llegado tan lejos. El hecho es que Jantipa le impulsó siempre en su misión propia, haciéndole la casa y el hogar inhabitable e inhospitalario: le enseño a vivir en las calles y en todas partes donde se podía charlar y estar ocioso, y así hizo de él el dialéctico más grande de las calles de Atenas; y, por último, él mismo se comparó con un tábano que un dios hubiera colocado en la cruz del hermoso caballo de Atenas, para no dejarle jamás en reposo.

434

Ciego para lo lejano.-Así como las madres no tienen propiamente sentidos ni ojos más que para los dolores visibles y sensibles de sus hijos, así también las mujeres de hombres con aspiraciones elevadas no pueden soportar el ver a sus maridos padeciendo, indigentes y menospreciados; a pesar de que tal vez todo esto no sólo demuestre que han elegido bien su dirección en la vida, sino que también es una garantía segura de que sus grandes fines serán alcanzados algún día. Las mujeres intrigan siempre secretamente contra la elevación de alma de sus maridos; desean frustarles su porvenir, en provecho de un presente exento de privaciones y confortable.

435

Poder y libertad.-Por muy alto que las mujeres pongan el respeto a sus maridos, respetan más aún las fuerzas y las concepciones reconocidas por la sociedad: están acostumbradas desde hace siglos a caminar inclinadas ante toda dominación, con las manos cruzadas sobre el pecho, y desaprueban toda sublevación contra el poder público. Por eso, involuntariamente y más bien por una especie de instinto, se adaptan como un freno a las ruedas del movimiento independiente del libre pensamiento y sacan a veces a sus maridos de quicio, sobre todo cuando se dicen aún que es el amor lo que, en el fondo, mueve a sus mujeres. Desaprobar los medios de las mujeres y rendir un homenaje magnánimo a los móviles de estos medios: ésta es la costumbre de los hombres y a menudo también la desesperación de los hombres.

436

"Ceterum censeo".-Da risa ver una sociedad de gentes sin un céntimo decretar la supresión de la herencia, y no menos risa causa ver a gentes sin hijos afanarse por dar efectivamente leyes a un país; indudablemente, no tienen en su navío bastante lastre para hacerse a la vela con seguridad en el océano del porvenir. Mas parece igualmente absurdo que, quien se haya consagrado a la tarea del conocimiento más general y a la apreciación de conjunto de los seres, se eche la carga de los cuidados personales de la familia, de mantenimiento, de protección, de tutela de la mujer y del hijo, y despliegue ante su telescopio ese velo opaco que apenas deja penetrar algunos rayos del lejano mundo de los astros. Así llego yo también a ese principio de que, en lo que concierne a las altas especulaciones filosóficas, todos los hombres casados son sospechosos.

437

Para concluir.-Hay muchas especies de cicuta y, de ordinario, el destino halla ocasión de llevar a los labios del espíritu libre una copa de esta bebida envenenada.... para "castigarle", como dice entonces todo el mundo. ¿Qué harán entonces las mujeres alrededor de él? Se pondrán a gritar, a gemir y acaso a turbar el descanso vespertino del pensador, que es lo que hicieron en la prisión de Atenas. "¡Oh Critón, haz que echen a estas mujeres de aquí!", dijo, por último, Sócrates.

Texto extraído de "Humano, demasiado humano" F. Nietzsche, editorial Edaf, capítulo VII: La mujer y el niño, Madrid, España, 1980.

Primera edición: "Humano, demasiado humano. Un libro dedicado a los espíritus libres", 1886.

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Con-versiones abril 2004

 

 

        

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