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Brazadas de Viel - Héctor Viel Temperley
Por Julián Guarino

Héctor Viel Temperley. Usted oyó hablar de él. Viel es un gran poeta. Viel es más que eso, es un mito conjugado en tiempo presente. Para hablar de él quizás debamos trazar una línea entre lo que es el poeta y lo que es poesía. No se trata de una línea arbitraria –digamos, maginot a ultranza- sino de una segmentación que establece el mismo Viel. Enseguida veremos bajo qué condición.

Poeta nómade y solitario –en lo biográfico fallecido en 1987 de un tumor, en un hospital, a los 54 años- sus escritos salen de los circuitos que los acunaron desde hace tanto tiempo para dejarse ver. La aparición de su Poesía Completa es, quizás, una muy buena noticia para aquellos que recién se acercan a su obra; y una mala para esos otros que no querían compartirlo.

En tanto que el poeta, hay luces que se ven a lo lejos. Su escritura extrema, su culto por el cuerpo, por la religión, por todo aquello que signifique imponerse al destino, ser el propio artífice de la búsqueda, anticiparse a la agonía. La de él, es una búsqueda espiritual y su escritura es ni más ni menos que la puerta de acceso a ese espacio divino. Viel no mira el mar acordonado desde una playa con una pipa en la boca. No, Viel está allá adelante y lo único que vemos de él son los arcos que dibujan sus brazadas mar adentro y que asoman por entre las olas.

Leerlo, es entrar en un desierto de esperanzas y temblores, tan parecido a los desiertos de Buzzati, tan similares a las laberínticas angustias de Kafka. Es estar dispuesto a despojarse de todos los preconceptos, seguir a Viel en su itinerario poético, en su vida de versos de mar y cielo atada a los tobillos por un hilo de carne humana. Un ejemplo de esto es "Hospital Británico", su último libro escrito en 1986, año en el que estuvo internado en una clínica del mismo nombre, la poética puede leerse como un diario de la enfermedad. En su estructura, ostenta una cronología alterada, marcada por fechas que no se suceden y por lugares que le son familiares.

"Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo a visitarme / Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo". (Hospital Británico, 1986)

Ya en el texto, se trata de un hombre antes que un poeta. Si pudiéramos verlo, anticiparnos a sus movimientos cuyo patrón de carácter imaginamos aprehendido con el correr de los años, observados atentamente por la mirilla de la aguja que atraviesa la tela, que atraviesa la carne, nos resultaría impensada su dedicación al cuerpo-poema.

Esa aguja que es Viel sutura aquello que, en otros poetas y poesías, se llama "salir a buscar mundo por ahí". La del escritor, es una zona verbal "cerrada al vacío", donde el contraste entre el mar inabarcable y el cuerpo, no es más que un patrón de comparación que nos ayuda a dimensionar el dolor inicial de ser hombre, es decir, de ser una criatura mortal.

"Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo"
"Soñé que nos hundíamos y que después nadábamos hacia la costa lentamente y que de nuestras sombras de color verde claro huían los tiburones". (1978)

Y luego sí, viene la poesía, el análisis, porque le ha sido dada la palabra. Pero sucede algo, que es en sí mismo extraño al corpus de la literatura. El poema se vuelve una masa informe y viva. No está ligada a ninguna otra identidad más que a sí misma. Como bien marca Juan Pohls, en su análisis sobre Hospital Británico, con Viel Temperley, la relación natural entre el poeta y la obra se subvierte. Existe un "extrañamiento" del yo y una "autonomización" del poema como cosa disponible y desconocida. El poema no se toma el trabajo de explicarse. Se trata de algo que respira, un ser vivo que uno puede encontrar caminando por las playas del sur –el sol poniéndose en el horizonte, el viento helado, un perro que ladra y se revuelca-. De esa segmentación hablábamos al comienzo. Para comprobarlo, basta leer dos de sus libros-poemas "Crawl" y "Hospital Británico".

En los trabajos de Viel, los tópicos "nadar", "cavar" nos dan la pauta de la valoración del hombre por el hombre. Su poesía cabe perfectamente en la porfía de una religión y de una espera. Viel "reza", "nada" y "espera" amurallado en el cuerpo de una especie de deportista, que busca, paciente, la hazaña. No hay lirismo que lo entusiasme tanto como para abandonar la escritura desde lo físico. Sus pulmones se hinchan con el aire marino pero ansían la respiración torcida de boca y cabeza mientras se lleva a cabo la brazada del crawl que remonta la ola.

"Se nubla y se desnubla. Me hundo en mi carne; me hundo en la iglesia de desagüe a cielo abierto en la que creo. Espero la resurrección espero su estallido contra mis enemigos- en este cuerpo, en este día, en esta playa. Nada puede impedir que en su Pierna me azoten como cota de malla -y sin ninguna Historia ardan en mí- las cabezas de fósforos de todo el Tiempo."  

Así, somos los lectores que Viel siempre quiso. Aquellos que están dispuestos a entrarse en las profundidades mismas del océano –ese océano que busca la playa en su eterno romper de olas-. Somos aquellos que deben dar brazadas en forma frenética pero con la decisión incondicional del que se sabe poseedor de una fuerza que proviene de la invocación divina, para seguirlo, a él, al poeta, en su condición de hombre, de profeta, del Cristo que siempre será.

Con-versiones diciembre 2003

 

 

  

 

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