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Del
amor
Stendhal
Capítulo 1. Del amor
That
you should be made a fool of by a young woman, why, it is many an
honest man's case.
The Pirate, tomo III, pág. 77.
Intento entender
esta pasión cuyas fases sinceras son siempre bellas.
Hay cuatro amores diferentes:
1. El amor
pasión: el de la
monja portuguesa, el de Eloísa por Abelardo, el del capitán
De Vesel, el del gendarme de Cento1.
2. El amor
placer: el que reinaba
en París hacia 1760 y se halla en las memorias y novelas
de esta época, en Crébillon, Lanzun, Duclos, Marmontel,
Chamfort, madame d'Epinay, etc., etc.
En este cuadro, todo, hasta las sombras, debe ser color
de rosa, no debe entrar en él, con ningún pretexto,
nada desagradable so pena de carecer de mundo, de buen tono, de
delicadeza, etc. Un hombre de alta estirpe conoce de antemano todos
los procedimientos que debe emplear y hallar en las diversas fases
de este amor; no habiendo nada en él de pasión y de
espontaneidad hay a veces más delicadeza que en el amor verdadero,
porqué en él interviene siempre mucho la inteligencia;
es una fría y preciosa miniatura comparada con un cuadro
de los Carracci, y mientras que el amor pasión nos arrastra
por encima de todos nuestros intereses, el amor placer sabe siempre
conformarse a ellos. Verdad es que, si a ese pobre amor se le quita
la vanidad, queda muy poca cosa; una vez privado de vanidad, es
un convaleciente debilitado que puede apenas arrastrarse.
3.
El amor físico.
Yendo de caza, hallar una
hermosa y fresca campesina que huye por el bosque. Todo el mundo
conoce el amor fundado en esta clase de placeres; por muy árido
y poco afortunado que se sea de carácter, se comienza por
ahí a los dieciséis años.
4.
El amor vanidad.
La inmensa mayoría
de los hombres, sobre todo en Francia, desea y tiene una mujer de
moda, como se posee un hermoso caballo, como una cosa necesaria
al lujo del mancebo. La vanidad más o menos halagada, más
o menos picada, arrebata como el amor. A veces participa del amor
físico, pero ni siquiera siempre; a veces, ni aún
el placer físico interviene. Una duquesa no tiene nunca más
de treinta años para un burgués, decía la duquesa
de Chaulnes; y los que frecuentaron la corte de aquel hombre justo
que fue el rey Luis de Holanda recuerdan aún con alegría
a una hermosa mujer de La Haya que no podía menos de encontrar
encantador a un hombre que fuera duque o par. Pero, fiel al principio
monárquico, en cuanto llegaba un príncipe a la corte,
dejaba plantado al duque: aquella mujer era una especie de condecoración
del cuerpo diplomático.
El caso más afortunado de
estas pobres relaciones es aquel en que el placer físico
va en aumento por la costumbre. Los recuerdos las aproximan entonces
un poco al amor; hay los piques de amor propio y la tristeza al
separarse, y como las ideas de las novelas se van apoderando de
uno sin darse cuenta, se cree estar enamorado y melancólico,
pues la vanidad tiende a creerse una gran pasión. Lo seguro
es que, cualquiera que sea la clase de amor a que se deban los placeres,
desde el momento en que se produce la exaltación del alma,
esos placeres son vivos y su recuerdo arrastra; y en esta pasión,
al contrario de lo que ocurre en la mayor parte de las otras, lo
perdido parece siempre, en el recuerdo, superior a lo que se puede
esperar del futuro.
A veces, en el amor vanidad,
la costumbre o la falta de esperanza de algo mejor se traduce en
una especie de amistad que es la menos amable de todas; se jacta
de su seguridad, etc.2
Como el placer físico es cosa
de la naturaleza, todo el mundo lo conoce, mas para las almas tiernas
y apasionadas es de una categoría inferior. Y si estas almas
resultan ridículas en los salones, si muchas veces las intrigas
de las gentes del gran mundo las hacen desgraciadas, en cambio conocen
placeres siempre inaccesibles para los corazones que sólo
palpitan por la vanidad y por el dinero.
Algunas mujeres virtuosas y
tiernas no tienen apenas idea del placer físico; rara vez
se encuentran, por decirlo así, expuestas a él,
y aun cuando llega el caso, los deliquios del amor pasión
hacen casi olvidar los placeres del cuerpo.
Hay hombres víctimas
e instrumentos de un orgullo infernal, de un orgullo de Alfieri.
Estas personas que acaso son crueles porque, como Nerón,
están siempre temblando y juzgan a los hombres por su propia
alma; estas gentes, repito, no pueden sentir el placer físico
sino en la medida que va acompañado del mayor goce de orgullo
posible, es decir, en la medida en que ejecutan crueldades sobre
la compañera de sus placeres. De ahí los horrores
de Justina3. Sólo así encuentran
estos hombres el sentimiento de la seguridad.
Por lo demás, en
vez de distinguir cuatro clases de amores diferentes, se podrían
muy bien admitir ocho o diez matices. Hay acaso tantas maneras de
sentir entre los hombres como modos de ver, pero estas diferencias
en la nomenclatura no afectan en nada a los razonamientos que siguen.
Todos los amores que podemos ver a continuación nacen, viven
y mueren o se elevan a la inmortalidad con arreglo a las mismas
leyes4.
Capítulo 2. Del nacimiento
del amor
He aquí lo
que pasa en el alma:
1º. La admiración.
2º. El admirador se dice: ¡Qué placer darle y recibir
besos, etc.!
3º. La esperanza.
Se estudian las perfecciones; éste es el momento, para
el mayor placer físico posible, en que una mujer debiera
entregarse. Hasta en las mujeres más reservadas, los ojos
se animan en el momento de la esperanza; la pasión es tan
fuerte, el placer es tan vivo, que se manifiesta en señales
visibles.
4º. Ha nacido el amor.
Amar es sentir placer en ver, tocar, sentir con todos los sentidos
y lo más cerca posible un objeto amado y que nos ama.
5º. Comienza la primera cristalización.
Nos complacemos en adornar con mil
perfecciones a una mujer de cuyo amor estamos seguros; nos detallamos
toda nuestra felicidad con infinita complacencia. Esto se reduce
a exagerar una propiedad soberbia que acaba de caernos del cielo,
que no conocemos y de cuya posesión estamos seguros. Si
se deja a la cabeza de un amante trabajar durante veinticuatro horas,
resultará lo siguiente:
En las minas de sal de Salzburgo, se arroja a las profundidades
abandonadas de la mina una rama de árbol despojada de sus
hojas por el invierno; si se saca al cabo de dos o tres meses, está
cubierta de cristales brillantes; las ramillas más diminutas,
no más gruesas que la pata de un pajarillo, aparecen guarnecidas
de infinitos diamantes, trémulos y deslumbradores; imposible
reconocer la rama primitiva.
Lo que yo llamo cristalización
es la operación del espíritu que
en todo suceso y en toda circunstancia descubre nuevas perfecciones
del objeto amado.
Un viajero habla de los bosques de
naranjos de Génova, a orillas del mar, en los días
abrasadores del estío; ¡qué dicha gustar este frescor
con ella!
Un amigo nuestro se rompe un brazo en una cacería; ¡qué
delicia recibir los cuidados de una mujer amada! Estar siempre con
ella, viendo incesantemente las manifestaciones de su amor, nos
haría casi olvidar el sufrimiento; y así partimos
del brazo roto de nuestro amigo, para ya no dudar de la angélica
bondad de nuestra amada. En una palabra, basta pensar en una perfección
para atribuírsela a la mujer amada.
Este fenómeno que yo me permito llamar cristalización
viene de la naturaleza que nos ordena el placer y nos envía
la sangre al cerebro, del sentimiento de que los placeres aumentan
con las perfecciones del ser amado, y de la idea de que éste
me pertenece. El salvaje no tiene tiempo de ir más allá
del primer paso. Siente el placer, pero la actividad del cerebro
se emplea en seguir al ciervo que huye por el bosque y con cuya
carne tendrá que reparar sus fuerzas en seguida, so pena
de caer bajo el hacha del enemigo.
En el otro extremo de la civilización, no dudo que una
mujer sensible llegará al punto de no hallar el placer físico
sino con el hombre a quien ama5 . Es lo contrario del
salvaje. En los pueblos civilizados, la mujer dispone de tiempo
y de ocio, mientras que al salvaje le apremian de tan cerca sus
ocupaciones, que se ve obligado a tratar a su hembra como a una
bestia de carga. Si las hembras de muchos animales son más
afortunadas, es porque la subsistencia de los machos está
más segura.
Pero dejemos las selvas para volver a París. Un hombre
apasionado ve en la mujer amada todas las perfecciones; sin embargo,
la atención puede estar distraída aún, pues
el alma se cansa de todo lo uniforme, incluso de la felicidad perfecta6.
He aquí lo que viene a fijar la atención:
6º. Nace la duda.
Después de que diez o doce
miradas (o cualquier otra serie de actos que lo mismo pueden durar
un momento que varios días), han sugerido primero y después
confirmado las esperanzas, el amante, vuelto de su primer asombro
y ya acostumbrado a su felicidad, o guiado por la teoría
que, siempre basada en los casos más frecuentes, sólo
debe ocuparse de las mujeres fáciles; después, digo,
de estos preliminares, el amante, pide seguridades más positivas
y quiere progresar en su felicidad.
Se le opone la indiferencia7, la frialdad o hasta
la ira, si se muestra demasiado seguro; en Francia, un matiz de
ironía que parece decir: «Se cree más adelantado
de lo que está». Una mujer se conduce así, ya
porque despierte de un momento de embriaguez y obedezca al pudor,
ya simplemente por prudencia y por coquetería.
El amante llega a dudar de la felicidad que se prometía,
y se torna severo sobre los motivos de esperanza que había
creído ver.
Intenta desquitarse con los otros placeres de la vida y
los encuentra nulos. Le sobrecoge el temor de una horrible desgracia,
y se concentra en una profunda atención.
7º. Segunda cristalización.
Entonces comienza la segunda cristalización,
y los diamantes que ésta produce son confirmaciones de esta
idea:
Me ama.
La noche siguiente al nacimiento de las dudas, y después
de un momento de sufrimiento atroz, el amante se dice cada cuarto
de hora: «Sí, me ama». Y la cristalización
se orienta a descubrir nuevos encantos. Después, se apoderan
de él la duda y el mirar extraviado y le hacen detenerse
sobresaltado. El pecho se olvida de respirar, y el enamorado se
dice: «Pero ¿me ama?» En medio de estas alternativas desgarradoras
y deliciosas, el pobre amante siente vivamente: Me dará deleites
que sólo ella en el mundo puede darme.
Precisamente la evidencia
de esta verdad, este caminar al borde mismo de un horrendo precipicio
mientras se toca con la mano la ventura perfecta, es lo que da tanta
superioridad a la segunda cristalización sobre la primera.
El amante deambula sin cesar entre
estas tres ideas:
1º. Mi
amada tiene todas las perfecciones.
2º.
Me ama.
3º.
¿Qué hacer para
conseguir de ella la mayor prueba de amor posible?
El momento más desgarrador
del amor joven aún, es aquel en que éste se da cuenta
de que ha hecho un razonamiento falso y hay que destruir toda una
cara de la cristalización.
Se empieza a dudar de la
cristalización misma.
Capítulo 3. De la esperanza
Basta
un grado muy pequeño de esperanza para provocar el nacimiento
del amor.
Aunque, al cabo
de dos o tres días, pueda fallar la esperanza, no por eso
el amor ha dejado de nacer.
Con un carácter
decidido, temerario, impetuoso, y una imaginación desarrollada
por las desdichas de la vida:
El grado de esperanza
puede ser más pequeño.
Puede cesar más
pronto, sin matar el amor.
Si el amante ha
sufrido desventuras, si tiene un carácter sensible y meditativo,
si está desengañado de las demás mujeres, si
siente una viva admiración por ésta de que ahora se
trata, ningún placer corriente podrá apartarle de
la segunda cristalización. Preferirá soñar
en la más incierta posibilidad de agradar algún día
a la que ama, antes de recibir de una mujer vulgar todo lo que ésta
puede conceder.
Sería necesario que en esta
época -y no más tarde, anótese bien- la mujer
a quien ama matara la esperanza de una manera atroz y le colmara
de esos desprecios públicos que ya no permiten volver a ver
a las personas.
El nacimiento del amor admite plazos muchos más largos entre
todas estas épocas.
En las personas frías, flemáticas, prudentes,
el nacimiento del amor requiere mucha más esperanza, y una
esperanza mucho más sostenida. Lo mismo ocurre con las personas
ya de cierta edad.
Lo
que asegura la duración del amor es la segunda cristalización,
durante la cual se ve a cada instante que se trata de ser amado
o de morir. ¿Cómo,
después de esta convicción de todos los minutos, convertida
ya en hábito por varios meses de amor, poder siquiera concebir
el pensamiento de dejar de amar? Cuanto más fuerte es un
carácter, menos propenso a la inconstancia.
En los amores inspirados por las
mujeres que se rinden demasiado pronto, esta segunda cristalización
falta casi por completo.
Una vez operadas las cristalizaciones, sobre todo la
segunda, que es con mucho la más fuerte, los ojos indiferentes
no reconocen ya la rama de árbol;
Porque,
1º.
está recamada de
perfecciones o diamantes que los ojos indiferentes no ven;
2º.
esas perfecciones que
la adornan no son para ellos.
La perfección
de ciertos encantos de que le habla un antiguo amigo de su amada,
así como cierto matiz de vivacidad percibido en sus ojos
son un diamante de la cristalización8 de Del Rosso.
Estas ideas surgidas en una velada le hacen soñar toda la
noche.
Una réplica
imprevista que me hace ver más claramente un alma tierna,
romántica9 y que tasa más alto que la dicha
de los reyes al pasearse sola con su amante por un bosque apartado,
me hace soñar también toda la noche10.
El dirá
que mi amada es una mojigata; yo diré que la suya es una
moza de partido.
Capítulo 4
En un alma perfectamente
indiferente, una joven habitante de un castillo aislado en lo más
remoto del campo, la más pequeña sorpresa puede determinar
una ligera admiración, y si luego sobreviene la más
leve esperanza, da lugar al amor y a la cristalización.
En este caso,
el amor empieza por resultar agradable como entretenimiento.
La admiración y la esperanza
son poderosamente secundadas por la necesidad de amor y la melancolía
que se siente a los dieciséis años. Es bastante sabido
que la inquietud de esta edad se debe a una sed de amar y es propio
de la sed no ser demasiado exigente sobre la naturaleza del brebaje
que el azar nos presenta.
Recapitulemos las
siete épocas del amor,
que son:
1º. La admiración.
2º. ¡Qué delicia! , etc.
3º. La esperanza.
4º. Ha nacido el amor.
5º. Primera cristalización.
6º. Surge la duda.
7º. Segunda cristalización.
Entre el número
1 y el 2 puede transcurrir un año.
Un mes entre
el número 2 y el 3; si la esperanza no se apresura a presentarse,
se renuncia insensiblemente al número 2, como origen de sufrimiento.
Entre el número 3 y
el 4, sólo un abrir y cerrar de ojos.
Ningún intervalo entre
el 4 y el 5. Sólo la intimidad podría separarlos.
Entre los números 5
y 6 pueden transcurrir algunos días, según el grado
de impetuosidad y las costumbres de audacia del carácter;
entre el 6 y el 7 no hay intervalo.
Capítulo
5
No depende de la voluntad
del hombre dejar de hacer lo que le produce más deleite que
todos los demás actos posibles11.
El amor es como la fiebre:
nace y se extingue sin que la voluntad intervenga en absoluto. He
aquí una de las principales diferencias entre el amor placer
y el amor pasión, y nadie puede alabarse de las bellas cualidades
del ser amado, que son como un dichoso azar.
En fin, el amor es de todas
las edades: véase la pasión de madame Du Deffand por
el poco atractivo Horacio Walpole. Acaso todavía se recuerda
en París un ejemplo más reciente y, sobre todo, más
simpático.
Como prueba de las grandes
pasiones sólo admito aquellas de sus consecuencias que son
ridículas. Por ejemplo, la timidez, prueba del amor; no hablo
de la mala vergüenza que se siente al salir del colegio.
[...]
Notas:
1.Diálogo
conocido del puente de Veyle con madame Du Duffand al amor de la
lumbre.
2. Este libro es un traducción libre de un manuscrito
italiano de monsieur Lisio Visconti, joven de la más alta
distinción, que acaba de morir en Valterra, su patria. El
día de su muerte imprevista, permitió al traductor
publicar su ensavo sobre el Amor si conseguía reducirlo a
una forma decente. Castel Fiorentino, 10 de junio de 1819*
*Silvio Visconti. a lo largo
de este libro, es el propio Stendhal (N. de la T.)
3. Si
en el hombre no ocurre así, es porque no tiene el pudor que
hay que sacrificar en un determinado instante.
4. Lo que quiere decir que el mismo matiz de
existencia no da sino un instante de dicha perfecta; pero la manera
de ser de un hombre apasionado cambia diez veces al día.
5. Lo que las novelas del siglo
XVII llamaban el flechazo, que decide del destino del héroe
y de su amada, es un movimiento del alma que, no por haber sido
desvirtuado por innumerables escribidores, deja de existir en la
naturaleza; proviene de la imposibilidad de la maniobra defensiva.
La mujer que enamorada encuentra demasiada felicidad en el sentimiento
que experimenta para poder fingir; aburrida de la prudencia, abandona
toda precaución y se entrega ciegamente a la dicha de amar.
La desconfianza hace imposible el flechazo.
6.
He llamado a este ensayo
un libro de ideología, para indicar que, aunque se titule
Del Amor, no se trata de una novela y sobre todo, no es entretenido
como una novela. Pido perdón a los filósofos
por haber tomado la palabra ideología: no
tengo ciertamente la intención de usurpar un título
ajeno.
Si la ideología es una descripción detallada de las
ideas y de todos los elementos que puedan componerlas, el presente
libro es una descripción detallada y minuciosa de todos los
sentimientos que componen la pasión llamada amor.
Luego, saco algunas consecuencias de esta descripción,
por ejemplo, la manera de curar el amor. No conozco palabra para
expresar en griego discurso sobre los sentimientos como
la palabra ideología significa discurso sobre las ideas.
Habría podido encargar a alguno de mis amigos sabios
que me inventara una palabra, pero ya me contraría bastante
el haber tenido que adoptar
la palabra nueva cristalización, y es muy posible
que, si este ensayo logra lectores, no me acepten esta
nueva palabra. Reconozco que evitarla hubiera sido una prueba de
talento literario; lo he intentado, pero en vano. Sin esta palabra
que, a mi juicio expresa el principal fenómeno de la locura
llamada amor-locura que, sin embargo, proporciona al hombre los
mayores placeres que a los seres de su especie les sea dado gozar
en la tierra-; sin el empleo de esta palabra que había que
reemplazar a cada paso con una perífrasis muy larga, mi descripción
de lo que ocurre en la cabeza o en el corazón del hombre
enamorado resultaba oscura, pesada, aburrida, incluso para mí,
que soy, su autor: ¿qué habría sido para el lector?
Así, pues, al lector que se sienta demasiado molesto con
esta palabra cristalización le invito a que cierre el libro.
No entra en mis aspiraciones, y sin duda por gran suerte mía,
tener muchos lectores. Me sería grato agradar mucho a treinta
o cuarenta personas de París a las que nunca veré,
pero a las que quiero con locura sin conocerlas. Por ejemplo, a
alguna joven madame Roland*, leyendo a escondidas un volumen que
guarda a toda prisa, ante el menor ruido, en los cajones de la mesa
de su padre, grabador de cajas de reloj. Un alma como la de madame
Roland me perdonará, así lo espero, no sólo
la palabra cristalización empleada para expresar ese acto
de locura que nos ha hecho percibir las bellezas, todos los géneros
de perfección en la mujer que comenzamos a amar, sino también
varias elipsis demasiado arriesgadas. No hay sino tomar un lápiz
y escribir entre líneas las cinco o seis palabras que faltan.
* Stendhal manifestó siempre especial entusiasmo por este
personaje de la Revolución francesa. En el período
álgido de su «cristalización» amorosa por Melania
Guilbert (cuando él tenía veintitrés años),
compara a ésta, como supremo elogio, con madame Roland, y
en más de un pasaje de sus escritos íntimos expresa
como su máxima aspiración el ser leído algún
día por des o tres personas excepcionales, entre ellas «una
madame Roland». (N. del T.)
7. Para mí todos estos hechos tuvieron,
en un principio, ese aire celestial que convierte inmediatamente
a un hombre en un ser aparte, diferente de todos los demás.
Creía yo leer en sus ojos esa sed de una dicha sublime, esa
melancolía no confesada que aspiraba a algo mejor que lo
que hallamos en la tierra y que, en todas las situaciones en que
la fortuna o las revoluciones pueden poner a un alma romántica,
... Still prompts the celestial sight.
For which we wish lo live, or dare to die.(Ultima lettera di Bianca
a sua madre. Forti, 1817)
8. El autor emplea la fórmula del yo por simplificar
y poder pintar el interior de las almas, para explicar
varias sensaciones que le son ajenas; no poseía
nada personal que mereciera ser citado.
9. En cuestión de pecados, la buena educación
consiste en los remordimientos que, previstos, pesan en la balanza.
Texto extraído
del libro "Del amor"(1822), Stendhal, págs. 97/107, editorial
Alianza, Madrid, España, 1973.
Corrección:
Cecilia Falco.
Selección:
S.R.
Con-versiones diciembre
2003
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