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SERIE PUERTAS II
Sergio Rocchietti
Puerta uno
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Puerta dos
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Puerta
tres
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Fragmento
puerta tres
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Puerta
cuatro
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Puerta cinco |

Fragmento
puerta cinco
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Puerta
seis
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Ventana
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Puerta
siete |

Fragmento puerta siete
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Puerta
ocho |

Fragmento puerta
ocho
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Serie
Puertas II
Sergio Rocchietti
La
puerta es un dispositivo poderoso. La puerta puede marcar el umbral
de lo que hay que atravesar y a veces diferimos ese ingreso y
ese diferir es lo que trae este tema jasídico en el penúltimo
capítulo de "El proceso" de F. Kafka. El lo retoma para
mostrar como la Ley (lo que ordena y organiza, lo que instala
y humaniza) está siempre más allá y en la
ilusión del ingreso nos olvidamos que las puertas no son
solo exteriores a nosotros. Ahora bien, el aldeano es un campesino,
un iletrado y el guardián toma fuerza de su propia ceguera,
la del aldeano, y de la ingenuidad de suponer que al territorio
de la Ley se ingresa pidiendo permisos. El aldeano acata y espera,
pide y suplica. Pero no consigue nada. O sí, quizás
lo que consigue es lo opuesto de lo que quería. Lo que
consigue es quedar afuera de la puerta. Quedar afuera de "su"
puerta.
S.R.
Ante
la ley se yergue el guardián de la puerta. Se presenta
un aldeano que pide entrar en la ley.Pero el guardián dice
que por el momento no puede franquearle la entrada. El hombre
reflexiona y luego pregunta si más tarde se le permitirá
hacerlo. "Es posible -contesta el guardián-, pero ahora
no." El guardián se hace a un lado de la puerta, siempre
abierta, y el hombre se agacha para mirar hacia adentro. Al notarlo,
el guardián se ríe: "Si eso te atrae tanto -dice-,
trata entonces de entrar pese a mi prohibición. Pero ten
presente esto: yo soy poderoso. Y no soy más que el último
de los guardianes. Frente a cada sala hay guardianes cada vez
más poderosos, y ni siquiera yo puedo soportar el aspecto
del tercero después de mi". El aldeano no esperaba tamañas
dificultades: ¿acaso la ley no debe ser accesible para todos,
y siempre? Pero, al mirar ahora con más detalle al guardián
con su abrigo de pieles, su nariz puntiaguda, su barba de tártaro,
larga, rala y negra, decide que es preferible esperar que le otorguen
el permiso de entrar. El guardián le da un taburete y lo
hace sentar junto a la puerta, un poco apartado. Permanece sentado
allí durante días, años. Hace numerosos intentos
para ser admitido al interior, y cansa al guardián con
sus súplicas. A veces, éste lo somete a pequeños
interrogatorios, le pregunta sobre su patria y sobre muchas otras
cosas, pero se trata de preguntas hechas con indiferencia, a la
manera de los grandes señores. Y termina por repetirle
que aún no puede hacerlo entrar. El hombre, que se había
equipado bien para el viaje, emplea todos los medios, no importa
cuán costosos sean, a fin de corromper al guardián.
Éste acepta todo, es cierto, pero agrega: "Acepto únicamente
para que tengas la seguridad de no haber omitido nada". Durante
años y años, el hombre observa al guardián
casi sin interrupción. Olvida a los otros guardianes. El
primero le parece el único obstáculo. Los primeros
años, maldice en voz alta su mala suerte sin ningún
miramiento. Más adelante, al envejecer, se limita a refunfuñar
entre dientes. Vuelve a la infancia, y como a fuerza de examinar
al guardián durante años ha terminado por conocer
hasta las pulgas de sus pieles, les ruega que vayan en su ayuda
y cambien el humor de aquél; por fin, su vista se debilita
y ya no sabe verdaderamente si hay más sombras a su alrededor
o si sus ojos lo engañan. Pero ahora reconoce claramente
en la oscuridad un glorioso fulgor que brota eternamente de la
puerta de la ley. En este momento, ya no le queda mucho tiempo
de vida. Antes de su muerte, todas las experiencias de tantos
años, acumuladas en su cabeza, van a desembocar en una
pregunta hasta ahora nunca formulada al guardián. Le hace
una seña, porque ya no puede enderezar su cuerpo tieso.
El guardián de la puerta debe inclinarse mucho, dado que
la diferencia de alturas se modificó en completo desmedro
del aldeano. "¿Qué más quieres saber? -le pregunta
el guardián- Eres insaciable." "Si todos aspiran a la ley
-dice el hombre-, ¿cómo es que durante todos estos años
yo fui el único que pidió entrar?- El guardián
de la puerta, que siente que el fin del hombre se acerca, le ruge
en el oído para llegar mejor a su tímpano casi inerte:
"Aquí no puede penetrar nadie más que tú,
pues esta entrada está hecha sólo para ti. Ahora
me voy y cierro la puerta".
F.
Kafka
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Puerta
Uno |
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Puerta Dos |
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Puerta
Tres |
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Fragmento
puerta Tres |
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Puerta
Cuatro |
Puerta cinco
Fragmento puerta cinco
Puerta Seis
Ventana

Puerta siete

Fragmento
puerta siete

Puerta
ocho

Fragmento
puerta ocho
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al autor: srocchietti@ciudad.com.ar
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