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Seminario XII
Problemas cruciales para el psicoanálisis
J. Lacan
Clase 4 (6 de enero de 1965)
Problemas para el psicoanálisis.
Es así que he entendido situar mi propósito de este
año ¿Por qué, después de todo, no he dicho
problemas para los psicoanalistas? Es que en la experiencia se prueba
que para los psicoanalistas, como se dice, no hay problemas, fuera
de éste: ¿las personas vienen o no al psicoanalista? Si las
gentes vienen a su práctica, saben que va a ocurrir algo.
Esa es la posición cerrada
sobre la cual está anclado el psicoanalista. Saben que va
a ocurrir algo que se podría calificar de milagroso, si ese
término se entiende refiriéndolo al "mirari" que,
en el extremo, puede querer decir sorprenderse. En verdad, a Dios
gracias, resta siempre en la experiencia del psicoanalista este
margen: lo que ocurre es para él sorprendente.
Un psicoanalista de la época
heroica, Theodor Reik -es un buen signo que acabe de reencontrar
su nombre, lo había olvidado esta mañana y verán
que esto tiene la más estrecha relación con mi propósito
de hoy- ha intitulado uno de sus libros: "Der Ubervichter psychologue",
"El psicólogo sorprendido".
Es que, en verdad, en el periodo
heroico de la técnica psicoanalítica, al cual él
pertenece, se tenían aún más razones que ahora
para sorprenderse, pues si he hablado de margen, es que el psicoanalista,
paso a paso, en el curso de las décadas, ha reprimido esta
sorpresa hasta sus fronteras.
Es quizá que también
ahora, esta sorpresa le sirve de frontera, es decir, para separarse
de ese mundo donde las personas vienen o no al psicoanalista. En
el interior de esas fronteras él sabe lo que ocurre, o cree
saberlo. Cree saber lo porque ha trazado sus caminos. Pero si hay
algo que debería recordarle su experiencia es, precisamente,
esa parte de ilusión que amenaza a todo saber demasiado seguro
de él mismo.
En tiempos de Theodor Reik,
ese autor pudo dar la sorpresa (uberreichung) como la señal,
la iluminación, el brillo que, en el analista designa que
él aprehende el inconciente, que algo viene a revelarse que
es de ese orden de la experiencia subjetiva, de aquéllo que
ocurre repentinamente y por otra parte, sin saber como ha hecho
del otro lado del decorado. Eso es el uberreichung. Es sobre este
sendero, sobre esta traza, que él sabe todo, o al menos que
está en su propio camino.
Sin duda, en la hora de la
cual partía la experiencia de Theodor Reik, sus caminos
estaban sellados de tinieblas y la sorpresa representaba su repentina
iluminación. Por fulgurantes que fueran los relámpagos,
no eran suficientes para constituir un mundo y veremos que allí
donde Freud había visto abrirse las puertas de ese
mundo, no conocía propiamente ni los lados, ni los goznes.
Eso debería bastar para
que el analista, en la medida en que después pudo ubicar
el desarrollo regular de un proceso, supiera, forzosamente, dónde
estaba o dónde iba. Una naturaleza puede ser ubicada sin
ser pensada, y tenemos suficientes testimonios de que, en esos procesos,
se ubicaron muchas cosas, se puede decir quizá, todas, pero
en todo caso los fines permanecen para él problemáticos.
La cuestión de la terminación
del análisis, y del sentido de esta terminación, no
está, en la hora actual, absolutamente resuelta. Lo evoco
como testimonio de lo que anticipo, concerniente a lo que llamo
esa localización, que no es forzosamente una localización
pensada. Seguramente hay algo que resta de esa experiencia, es que
élla está asociada a lo que llamaremos efectos
de desanudamiento. Desanudamiento
de cosas cargadas de sentido y que no sabrían ser desanudadas
por otras vías. Allí está el suelo
firme sobre el cual se establece el campo analítico; si yo
empleo ese término es justamente para designar lo que resulta
de ese cierre del cual he partido hoy en mi discurso, franqueando,
los límites del campo.
El
psicoanalista está en derecho de afirmar algo: los síntomas
-en sentido analítico del término que no es el del
signo, sino de un cierto nudo cuya forma, su apretamiento, el hilo,
no fueron nunca denominados con propiedad más que como un
cierto nudo de signos con los signos -lo que es propiamente el fundamento
de lo que se llama el síntoma analítico, a saber,
algo de instalado en lo subjetivo, no podría ser resuelto
por ninguna forma de diálogo razonable y lógico. Aquí,
el psicoanalista afirma a aquél que sufre de ello -al paciente-:
"Usted no será liberado de ese nudo más que en
el interior del campo". Pero ésto es decir que existe
allí para él -el analista- más que una verdad
empírica en tanto que él no la maneja más que
en razón de la experiencia; que hay caminos que se trazan
en condiciones de artificio en la experiencia analítica.
Es decir que todo sea dicho a nivel de eso, de lo cual, él
puede testimoniar de su práctica en términos que son
los de las demandas de transferencia, de identificación.
Es suficiente constatar el titubeo, la impropiedad, la
insuficiencia de las referencias dadas en esos términos de
la experiencia, y para no tomar más que la primera, la capital,
el cambia vía: la
transferencia, para constatar sobre el texto mismo del discurso
analítico que, hablando con propiedad, en un cierto nivel
de ese discurso se puede decir que aquel que opera no sabe lo
que hace.
Pues el residuo, de algún
modo irreductible, que resta en ese discurso, concerniente a la
transferencia, en la medida
en que no logrado aún, no más que el lenguaje común,
que el lenguaje corriente, que lo que es su pasado en la representación
efectiva, en tanto que efectiva no tiene otro sentido que el de
irracional. Es sabido que concerniente a uno de esos términos
-la transferencia-
no tengo necesidad de volver
sobre los otros- las tinieblas se espesan con otros, como con la
identificación.
Nada se ha teorizado de una experiencia, por seguras
que sean las reglas y preceptos, hasta aquí acumulados. No
es suficiente saber hacer algo. Dar vuelta un vaso, esculpir un
objeto, para saber sobre qué se trabaja, de donde la mitología
ontológica, sobre que, a justo título se viene a sobresaltar
el psicoanalista cuando se le dicen esos términos a los cuales
ustedes se refieren;que, al fin de cuentas, van a puntuar hacia
ese lugar de concurrencia confuso de la tendencia, en tanto es en
eso, en la filosofía común del psicoanálisis,
que se reducirá al fin, y de modo erróneo, la pulsión.
He ahí, pues, aquéllo sobre lo cual ustedes trabajan.
Ustedes entifican, ontifican, una propiedad inmanente a algo substancial
-vuestro hombre antropológico, del analista-. Conocemos desde
hace tiempo esta vieja ousia, esta alma siempre allí, bien
viviente intacta, no lastimada. El analista, para no nombrarla,
salvo con alguna vergüenza exactamente por su nombre, es a
lo que él se refiere con su pensamiento. A justo título,
está perfectamente expuesto a los ataques. Saben de donde
vienen: de todos lados donde el pensamiento está en medida,
en derecho, de reinvindicar, que es inadecuado hablar del hombre
como un dato. Que el hombre, en determinaciones numerosas que le
aparecen tanto internas como externas ... Dicho de otro modo, que
se presentan a él como cosas, fatalidades, que es de una
cierta relación inicial, relación de producción,
de la cual es el resorte, que esas cosas se determinan sin duda
en su ignorancia, empero, de su linaje.
Es cuestión de saber, si reuniendo por lo que
yo enseño, a aquéllos que así ponen en duda,
a justo título, el
estatuto natural del ser humano,
es cuestión de saber, si haciendo las cosas así favorezco
-como me lo reprochaba recientemente alguien muy próximo
a mí- la resistencia de aquéllos que aún no
han franqueado la frontera, que no han venido al análisis.
0 si la verdad de lo que aporta el análisis puede ser, sí
o no, un acceso para entrar allí. Si un cierto modo de rechazo
de un discurso que engloba la experiencia analítica y en
mayor proporción, legítimamente, que
esta experiencia no es posible más que por el hecho de una
determinación primordial del hombre por el discurso. Si
haciendo así, abriendo la posibilidad que se hable del análisis
fuera del campo analítico, yo favorezco, o no, la resistencia
al análisis. Y si la resistencia, de la cual se trata, no
está en el interior de una resistencia del analista a la
apertura de algo que la comprenda.
Nuestra
partida, nuestro dato, que no es dato cerrado, es el sujeto que
habla. Lo que el análisis
aporta es que el sujeto no habla para decir sus pensamientos; que
no existe el mundo, el reflejo intencional o significativo en ningún
grado que sea, ese personaje grotesco e infatuado, que estaría
en el centro del mundo predestinado a dar de él su reflejo.
Vean ustedes éso, ese puro espíritu, esa conciencia
anunciada desde siempre. Ella estaría allí como un
espejo y vaticinaría de ello un lenguaje que le haría
precisamente obstáculo a sí mismo.
Para manifestar lo más seguro
de su experiencia, como lo manifiestan desde siempre los filósofos,
esta contradicción entre la lógica
y la gramática.
Como ocurre que se está atado a hablar un lenguaje gramatical
con discursos que reflejan puros espejos, con partes de discurso
que empañan su lógica. Es en ese momento, es allí
que se ponen el dedo en el ojo. Tenemos una experiencia que se prosigue
todos los días en el consultorio de cada analista, que se
cuide o no, eso no tiene ninguna clase de importancia. Esta experiencia
nos evita ese rodeo en la crítica filosófica,
en tanto ella testimonia su propio impasse.
Experiencia donde tocamos con el dedo que el hecho es que el sujeto
habla, que el paciente, él habla. Es decir que emite sus
sonidos roncos o suaves, que se llaman el material del lenguaje.
Este ha determinado, en primer lugar, el camino de sus pensamientos,
que lo determina de tal modo, en primer lugar y de un modo tan original
que lleva de él la traza sobre la piel como un animal marcado,
que es identificado en primer lugar por ese algo amplio o reducido.
Pero uno se da cuenta ahora
que es mucho más reducido de lo que se cree, el que una lengua
se sostenga sobre una hoja de papel con sus fonemas. Se puede ensayar
el conservar los viejos clivajes diciendo que hay dos niveles: los
fonemas y las palabras. Estoy aquí para recordarles que las
primeras aprehensiones de los efectos del inconciente fueron realizados,
por Freud,
entre los años 1890 y 1900, sobre lo cual es dado el modelo.
Lean el artículo de 1898 sobre el olvido de un nombre propio,
el olvido del nombre de Signorelli, autor de los
célebres frescos de Orvieto.
El primer efecto manifiesto, estructurante
para su pensamiento, el que le abrió la vía, no se
había producido, y él lo puntualizó perfectamente,
lo articuló de un modo tan seguro en ese artículo
y saben que fue retomado en el comienzo del libro de la Psicopatología
cotidiana.
¿Qué es lo que escapa del campo en este olvido?
¿A qué se llama olvido?
Desde los primeros pasos, ustedes ven bien que aquéllo a
lo cual debe siempre prestarse atención es a la
significación, pues seguramente, eso no es
un olvido.
El olvido freudiano es una forma de la memoria, su forma misma,
la más precisa. El, mejor desconfiará de palabras
como olvido. Esto es un agujero. ¿Qué es lo que escapa del
campo por el agujero? Son fonemas. ¿Qué
es lo que le falta? No es Signorelli, en tanto que él recordaba
cosas que le quedaban sobre el estómago. Sabía muy
bien de qué se trataba, porque Signorelli y los frescos eran
parientes de algo que le preocupaba más:
la muerte y la sexualidad. Nada está reprimido. Lo que
huye del campo son las dos primeras sílabas de la palabra
Signorelli. El lo puntúa.
Es éso lo que tiene una relación con los síntomas.
Es al nivel del material significante que se producen las sustituciones,
los giros de pasa-pasa, los escamoteos a los cuales se debe atender
cuando se está sobre la vía del síntoma y de
su desanudamiento. Sólo
en aquel momento en que todo su discurso está allí
para testimoniarnos que se haya tan sobre lo vivo, de eso de lo
cual se trata en el fenómeno que no cesa de acentuar en todos
los rodeos, como puede ser eso de lo que se trata. Dice que es una
determinación del exterior. Secundariamente, en un retorno
de pluma, dirá: "se me podría oponer" -lo que prueba
hasta que punto siente la diferencia entre dos tipos de fenómenos
que podrían diferenciarse -"que él podía
tener allí alguna relación entre el hecho de que se
trata, de un tropiezo sobre el nombre Signorelli y que ese nombre
lleva consigo muchas cosas que pueden interesarme, más de
lo que yo mismo podría saber". En otra parte dice: "podría
objetárseme", es todo lo que puede decir, pues sabe que
no es nada de eso.
Vamos a tocar más profundamente
el mecanismo y demostrar lo que surge en el pensamiento de Freud
y que es para nosotros crucial, inicial. Vamos a ver en detalle
como es necesario concebirlo, qué aparatos nos son impuestos
para dar cuenta de lo que se trata. Encontraremos allí alguna
ayuda en algo que se llama el lenguaje, pero el testimonio de Freud
deja adivinar un complemento en reserva: es necesario agregar allí
signans y signatum.
La
función del nombre propio -como
les he anunciado seré llevado a servir me de ello- tiene
suficiente interés. Lo tiene por el privilegio que ha conquistado
-esa noción del nombre propio- en el discurso de los lingüistas.
Estén contentos, aquéllos a quienes hablo hasta el
presente, en mayor grado, estén contentos, analistas. iNadie
más que ustedes tiene tropiezos con el discurso, hasta son
los más protegidos por él! Los lingüistas no
han salido fácilmente con ese nombre propio. Han aparecido
considerables obras sobre ese asunto que deberían tener interés
para nosotros, a fin de escrutar el sentido propio del término.
Como yo no puedo hacer todo, me gustaría que
alguien lo haga para las sesiones cerradas del curso de este año:
el libro de Vigo Sorensen, de Copenhague, de Gardiner,
de Oxford. Hay lugares en el mundo donde uno se puede ocupar de
cosas interesantes.
El libro de Gardiner
es interesante y elitista. Es una suerte de punto concentrado sobre
el asunto de los nombres propios, de lo que puede llamarse el error
consumado, evidente, expuesto. Este error toma su origen sobre los
caminos de la verdad, a saber que -por una pequeña distinción
de J. Stuart Mills, que tenía su sentido
instituyendo una diferencia fundamental en la función del
nombre en general- hasta el presente, nadie ha dicho qué
es el nombre. Pero se ha hablado de él. Hay dos funciones:
la de denotar y la de
connotar.
Los
nombres llevan en ellos
toda suerte de desarrollos, toda suerte de definiciones. Hay otros
de ellos que están hechos para denotar. Cuando se llama a
una persona por su nombre, en el primer rango o en el último,
eso no concierne más que a ella. No hago más que denotarla.
A
partir de allí definiremos el nombre propio como algo que
no interviene en la nominación de un objeto más que
en razón de las virtudes propias de su sonoridad, que no
tiene, fuera de su denominación, ningún alcance significativo.
Tal es lo que nos enseña
Gardiner. Esto no tiene más que tres pequeños
inconvenientes. Por ejemplo: eliminen todos los nombres propios
que tienen un sentido: Oxford, ox-Ford, algo que tiene relación
al buey. Villefranche, Villeneuve; éso tiene un sentido.
Eso podría ponernos la pulga en la oreja. Seguramente se
dice que eso es independiente de esta significación. Si un
nombre propio no tiene ninguna significación, en el momento
en que yo presento alguien a otro, no pasaría nada absolutamente.
Si yo mismo me presento, Jacques Lacan, digo algo que comporta para
ustedes algún efecto significativo. Me presento en un cierto
contexto. Si estoy en una sociedad no soy un desconocido. Si me
presento Jacques Lacan, éso elimina que sea Rockefeller o
el conde de París. Puede que ustedes ya hayan escuchado mi
nombre en alguna parte. Eso se enriquece.
Decir
que un nombre propio no tiene significación es algo groseramente
falible. El comporta consigo mucho más que significaciones,
hasta advertencias. No se puede, en ningún caso, designar
como su trazo distintivo, ese carácter arbitrario, convencional,
en tanto que es la propiedad de toda especie de significante. Se
ha insistido suficientemente, por otra parte, desdichadamente, sobre
esta vía del lenguaje, acentuando éso: decir que es
arbitrario y convencional. Es otra cosa lo que se apunta, es otra
cosa de lo que se trata. Es
aquí que toma su valor, ese pequeño modelo que, bajo
formas diferentes, pero en realidad siempre las mismas, agito ante
ustedes. Hablo ante mis auditores que están en este lugar
de mi curso, hablo de la banda de Moebius, mi,
botella de Klein. Es de eso de lo que se trata,
de eso ello que retorna, es de un modelo, de un soporte al cual
no es absolutamente propio considerar como dirigiéndose a
la sola imaginación, en tanto que, en primer lugar he querido
hacerles tocar eso detrás de la frente, que se caracteriza
por el hecho de que no comprende. Es por eso que Freud
llevaba la mano sobre la frente de su paciente cuando él
quería levantar las resistencias. No es fácil
operar allí con esos modelos topológicos, no lo es
más para mí que para ustedes. Ocurre que alguna vez
cuando estoy solo, me embrollo. Naturalmente cuando llego ante ustedes
he hecho ejercicios.
Para retomar mi
esquema de la última vez:

Si he hecho así la botella
de Klein es para decir que los matemáticos -que
no son mala gente- han creído deber soplar esta botella para
divertimento del público. Si se las presento aquí
-hay todo una vía de matemáticas que se introduce
gustosamente por el sesgo de la recreación- no es complicado.
Alguien proponía que se instale un pequeño comercio
a la salida del curso. Cada uno tendría la suya. No cuesta
muy caro. Se encarga en series.
Botella cuyo cuello
habrá entrado en el interior, para ir a insertarse sobre
el fondo de la misma. Si ustedes soplan un poco, ese cuello entrado,
tendrán un esquema de una doble esfera. La una comprendiendo
a la otra. La última vez eso les pudo hacer tocar particularmente
con el dedo, alguna ventaja por su bonete. El hombre ha podido encontrar
esa doble imagen conjugada del microcosmos y del macrocosmos. Eso
sería para mí un voto para mostrarles la primera astronomía
china, la que se llama Kaitiana. Una tierra, un cielo que la recubría
como una escudilla; sobre la escudilla, las bajas dimensiones de
las raíces del cielo terminaban sumergidas en algo acuoso,
que las llevaba sobre el agua, como sería llevada una escudilla
dada vuelta.
Eso comportando
mucho más que la localización de un cierto número
de coordenadas geográficas y astronómicas, sino una
concepción del mundo.

El orden de los pensamientos inscribiéndose
enteramente, de modo más o menos análogo, homólogo
en relación a lo que en tal esquema permitía marcar
las relaciones de lo que podrían llamarse las coordenadas
verticales, el azimut, el polo de (falta en el original) que venía
a marcarse de lado, podía llevar a toda suerte de diferenciaciones
de internudos clasificatorios, de correspondencias, donde, con más
ayuda, cada uno podía encontrar su lugar.
Este
esquema fundamental lo reencontrarán siempre, y a todos los
niveles de metamorfosis de la cultura, más o menos enriquecido,
pero sensiblemente el mismo. Más
o menos abollado, pero con las mismas salidas, quiero decir, salidas
necesarias, más o menos camufladas, como en la base de la
experiencia analítica se puede pasar de saber lo qué
ocurre, a saber dónde está el
punto de la sutura, entre
lo que podría llamarse la piel externa del interior y lo
que podría llamarse la piel interna del exterior.
Sin
duda el análisis nos ha enseñado un cierto camino
de acceso al entre-dos, un cierto modo que el sujeto puede tener
de desorientarse en relación a su situación entre
esas dos esferas. Puede
ocurrirle meterse en el entre-dos, lugar del sueño, lugar
de lo Unheimlich. La cuestión es la siguiente: cuando la
hayan tenido una vez entre sus manos, será la ocasión
de retomar el modelo de esta botella de Klein,
podrán verter agua en el orificio, pasará por el cuello
de cisne y se ubicará en el entre-dos, llegando a un cierto
nivel; por la operación inversa, podrán hacer salir
de ella un cierto número de tragos, hasta podrán beber
allí, pero verán que es maliciosa, pues una vez que
hay agua en su interior, no es tan fácil hacerla salir toda.
Avanzamos en el plano de la metáfora.
¿Qué es
ir a explorar el campo del sueño, o de la extrañeza
en el análisis? Es ir a percibir lo que se ha enclavado,
si pudiera decirse, entre esas dos esferas de una significación,
de un significado, del cual, en primer lugar, se ha hecho allí
la mixtura. Se vuelve a poner al significado en circulación.
Se trata de saber por qué hacerlo. Si
nos fiamos de la ayuda que espero de esta pequeña imagen,
eso debería ser para evacuarla, pura y simplemente. No es
para volver a ponerla en el interior. No es para rehacer de ella
un alma, con esta
alma, que ya nos obstruía
bastante con ese bamboleo que resultaba, como no sabíamos
exactamente ni el modo ni los equilibrios de esa vacuidad que jugaba
como un lastre indominable.
Inscribiendo lugarcitos en esta figura, se puede hacer
un instrumento que se desequilibra. El fin, el objetivo de la
evacuación de la significación es
lo sugerido en primer aspecto por el alcance de nuestra
experiencia. Hasta un cierto grado ¿cómo se opera
con ella ya que no se lo hace tan fácilmente? Es en
razón de las propiedades engañosas de la figura. Voy
a explicarme.
La
figura de la botella de Klein nos
es dada bajo un aspecto engañoso, porque es el aspecto bajo
el cual la estructura nos engaña, es el aspecto bajo el cual
parece que nuestra conciencia, que nuestro pensamiento, nuestro
poder de significado se redobla como un doblez interno. ¿Lo que
lo envolvería mediante qué? No tienen más
que dar vuelta el objeto y creerán que este objeto
del conocimiento es la envoltura de lo que él
contornea.
Yo digo que ésto no es dar allí algo del
orden de lo intuitivo, que ésto no es el esbozo de una estética
trascendental, les invito a desconfiar más bien de las propiedades
imaginativas, de lo que llamaba impropiamente "modelo".
Es que una verdadera
botella de Klein,
traduciendo aquí
la palabra verdad, no toma esta forma bajo la cual se las dibujo,
bajo un corte transversal, pero ustedes la imaginan en su volumen,
en su redondez, cilindrifican cada una de sus partes, lo que les
permite verla.
Pero una superficie topológica es algo que necesita la distinción
entre dos propiedades: las propiedades inherentes a la superficie,
y la que ella toma del hecho que ustedes ponen esta superficie en
un espacio de tres dimensiones.
Lo
mismo, todo lo que puede ser aquí imaginado de la significación
fundamental de la relación microscópica-macroscópica,
no tiene sentido más que para lo que las propiedades subjetivas
inherentes a esta topología han hecho emerger en el espacio
de la representación común, de lo que se llama comúnmente:
intersubjetividad. Palabra de
la cual he escuchado a un cierto número de personas, que
no trabajan ya conmigo, gargarizar en el fondo de la garganta, creyendo
dar en ella el equivalente de mi enseñanza. Que eso haría
que un sujeto comprenda a otro sujeto, que un vizconde encuentre
a otro vizconde, etc., eso haría el fundamento del misterio
y de la experiencia psicoanalítica.
La dimensión
de la intersubjetividad no tiene absolutamente nada que
hacer con la cuestión que estamos en tren de elucidar aquí;
la verdadera forma podemos tratar de aproximarla, siempre para vuestra
comodidad, metiéndola en nuestro espacio de tres dimensiones.
Pero ustedes verán que ella les sugerirá -concerniente
a los impasses de los cuales se trata en nuestra experiencia- otra
vía diferente.
En su esencia, ¿qué es esta botella de Klein?
Es simplemente algo vecino a un toro.
Quiero decir a un cilindro que ustedes encurvarán para que
se reúna por la sutura de los dos cortes circulares que lo
terminan.

En lugar de ello supongan que a ese
cilindro truncado le dejan abierto el corte circular, pero aquí,
el otro corte circular los lleva, como la imagen de ese dibujo,
de modo de dejarlo abierto y de modo en que la sutura es la costura.
Evoquen la práctica doméstica, de tal suerte
que si toman una media cuya costura se ve del interior -si puede
decirse- de tal suerte que si toman esa media, el exterior va a
venir a unirse en el interior de la otra parte de la media, del
otro lado. Tendrán, si la arrojan en el espacio de tres dimensiones
de la intersubjetividad, a la vez algo abierto y cerrado, en tanto
que esas superficies no se atraviesa más que porque ellas
están en un espacio de tres dimensiones.
El mismo esquema que aquel
que les recordaba representando la superficie de Moebius
que es esta suerte de lámina que es una banda. No pueden
cerrarla más que por una superficie que se recorta ella misma,
donde, si no lo hace, la superficie de Moebius la atraviesa.

El sumergirla en el espacio de tres
dimensiones es una necesidad, pero no define la propiedad de la
superficie. Aún en el espacio de tres dimensiones, falta
que esta estructura tenga una cualidad privilegiada que la distinga
de otra, que es ésta: lo que viene a ocupar en mi esquema
el contorno de esta entrada que lo especifica y hace de ello esta
superficie donde las cosas no son orientables porque ellas pueden
siempre pasar del anverso o del reverso. El lugar de esta abertura
estructurante puede estar ocupado por no importa qué punto
de la superficie, contrariamente a un anillo o un toro que no puede
más que virar sobre sí mismo. Es en cada lugar de
la tela que, por un simple deslizamiento, puede producirse este
anillo de falta que le da su estructura, lo que es, hablando propiamente,
lo que tratamos de considerar hoy en lo concerniente al fenómeno
llamado: del olvido del nombre propio.
Todo lo que los teóricos,y
especialmente los lingüistas han tratado de decir sobre los
nombres propios tropieza alrededor
de esto: que seguramente es más especialmente indicativo,
demostrativo que otro, pero que es incapaz de decir en qué,
por otra parte, tiene relación con los otros, esta propiedad
de que siendo, con todo, el nombre más propio, en ese algo
de particular. Lo que se desplaza, que viaja -si yo fuera entomólogo
me gustaría ver a una tarántula llamarse con mi nombre-
porque justamente se puede emplear contrariamente en eso que decir
en la ocasión uno no puede imaginar en qué deslizamiento
de pluma se puede emplear en plural -se dice: los Durand- se puede
emplear un nombre verbalmente, en función de adjetivo, de
adverbio. ¿Qué es ese nombre propio?
En la ambigüedad de esta función indicativa que parece
encontrar la compensación del hecho que sus propiedades de
reenvío no lo son, devienen propiedades de desplazamiento,
de salto. Es necesario a este nivel decir, como creo, que es eso
en la cual Levy-Strauss alcanza, en
su pensamiento, al nivel del capítulo Universalización
del individuo como especie, en el "Pensamiento Salvaje".
Trata de integrar el que el nombre propio no tenga otro uso específico
que el costado clasificatorio, para que el pensamiento en su lenguaje
determine un cierto número de oposiciones fundamentales,
de recortes, de clivajes que permiten al pensamiento salvaje reencontrar
el mismo método que Platón.
Y ese nombre propio, no sería, en último
término, más que aquel que estrecha las cosas de suficientemente
cerca, para alcanzar al individuo en lo que tiene de particular.
Levy-Strauss reencuentra el
obstáculo, lo designa, hablando con propiedad, en que él
reencuentra la función del dador
de nombres. El nombre propio es el nombre que es dado;
por el padrino, dirán ustedes. Eso podría bastarles
si ustedes resuelven hacerse el padrino de algún otro. Hay
toda suerte de reglas, de configuraciones, de intercambio de la
estructura social.
Claude Levy-Strauss vendrá a decir
que el problema del nombre propio no podría ser tratado aisladamente
como parte del discurso, fuera de la función del uso. Es
contra éso que elevaré la objeción de otro
registro. Es también falso decir que el nombre propio es
el cerco, la reducción al nivel del ejemplar único,
al nivel del mismo mecanismo por donde ha progresado la especie
humana.
Es también de consecuencias
pesadas que, en la teoría matemática de los conjuntos
se confundan los sub-conjuntos, que no comprenden más
que un sólo objeto, con ese objeto mismo. Es aquí
que aquéllos que perseveran en su error, nos sirven de ejemplo.
Bertrand Russell dice que lo demostrativo es el
nombre propio. Por ejemplo,
uno se pregunta por qué él no llama un punto sobre
la mesa "Antonio" o a la tiza "Honorio". ¿ Por qué éso
nos parece absurdo? Hay muchas maneras de conducirlos en la vía
en que yo los conduzco. En primer lugar, eso no vendría a
la idea de nadie, porque ese punto, por definición, es en
la medida en que es reemplazable; es por eso que yo no lo llamaré,
por el contrario, llamaré lo que Diderot
llamaba "una vieja bata de alcoba" ("Une vieille robe de chambre").
Por hoy, para hacer el salto que
les permitirá articularse mejor, no es como ejemplar, como
único, a través de un número de particularidades
en la especie, que lo particular es denominado con un nombre propio.
Es en este sentido:que él es ireemplazable.
Es decir que él puede faltar, que él sugiere el nivel
de la falta, el nivel del agujero y que no es en tanto que individuo
que me llamo Jacques Lacan, sino en tanto que algo que puede faltar
mediante lo cual ese nombre tendrá que recubrir otra falta.
El nombre propio es una función volante, como se dice que
existe una parte personal,de la lengua que es volante. Está
hecho para lleno los agujeros, para darles su obturación,
una falsa apariencia de sutura.
Es por éso que me excuso.
La hora está demasiado avanzada, pero, quizá, es la
ocasión para ustedes de ir a los textos y, comparando allí
este olvido del nombre propio, ¿qué es lo que verán
ahí? Verán algo que se imaginará
mejor si parten de la noción de que el
sujeto es inherente a un cierto número de puntos privilegiados
de la estructura significante que son, en efecto -esto
por arte del discurso de Gardiner- a colocar
en el fonema. Si Freud no ha evocado el nombre
Signorelli -él lo dice- es en razón de circunstancias,
en apariencia, enteramente exteriores, caducas, contingentes. El
estaba con un señor en un coche llevándolo
a Ragusa. ¿De qué se habla? Hay cosas que no se
dicen. ¿Por qué? No se las dice porque se las ha reprimido.
El hablaba de este hombre, un cierto hombre de ley (homme de loi).Se
habla de unas cosas y de otras y, en particular Freud, evocando
un hecho que le había relatado un amigo, habla de las gentes
de ese país, que no está lejos de la Bosnia,- que
conservan toda clase de trazas de la población musulmana.
Freud destaca hasta qué punto esos paisanos son respetuosos,
deferentes, frente a quien se encarga de su salud, quien opera cerca
de ellos como médico y, evocando lo que le relataba ese amigo,
del cual sabemos el nombre, acerca de lo que esas gentes son llevadas,a
decir cuando el prójimo está cerca de morir. "Herr
-responde el paisano- sabemos que si tú hubieras podido
hacer algo, eso estaría hecho, él estaría curado.
En tanto tú no has podido, que las cosas ocurran como Dios
lo quiere. Es la voluntad de Alá". He ahí lo que
relata. ¿Qué es lo que él no relata, y más
especialmente, no relata a alguien a quien se acaba
de exaltar la dignidad médica? No se le relata que, vuestro
amigo médico, os ha dicho que para esas gentes el precio
de la vida está tan ligado a la sexualidad que, a partir
de ese momento en que no hay nada más, por otra parte,
se han rápidamente desembarazado de ella. Hay un término
que no es en absoluto indiferente a Freud. No puede decirse
que ése sea un lazo. que esté para él rechazado,
en tanto que es en la medida en que éso interesa a su práctica.
Recuerden ustedes la función en que
él hace intervenir a un pequeño pueblo donde ha recibido
la noticia de la muerte de uno de sus pacientes y el que él
no pueda tolerar tal decadencia como la de la potencia viril. Es
en ese momento que su pensamiento alcanzaba a los significantes
del sexo, que él no avanzará. ¿Qué quiere decir
ésto? Que algo que no esta reprimido, él lo reevoca,
los efectos no de una represión, sino de un discurso vuelto
(Unterdrückt, verdreigt).
Un discurso sobre la media de
seda cosida, en el interior y en el exterior, es levantado -pasado
afuera-. ¿Sobre qué trata eso?, ¿Qué es lo que ocurre
para que algo se perturbe? Es allí que Freud ha puesto el
acento. Es algo que tiene por resultado que, por Signorelli, ¿qué
es lo que sale? Es que en ese fenómeno, que se llama olvido
y que es, al fin, un mecanismo de la memoria, ante el agujero que
se produce, se produce una metáfora de sustitución,
pero una metáfora bien singular pues ella es el anverso de
aquélla que les he articulado como la función creadora
de sentido. Es una sucesión de sonidos puros, que vienen
bizarramente: ese "Bo" de Boticelli, tan cerca de Signorelli, es
hasta la "o" de Signorelli que flota. Esa "o"
viene de otro corte de nombres propios: Bosnia-Herzegovina. Ese
"Herr" de la historia alrededor de lo cual gira algo. Quiero mostrarles
que todo ocurre como si del hecho de la acomodación del sujeto
sobre el "Herr", poderosamente
esclarecido por la conversación, puesto en la cima del acento
de lo que acaba de hacer de el uno al otro, el sujeto de la confidencia,
como si el "Bo" viniera a ubicarse allí en alguna parte,
en un punto marginal.
¿Qué es lo que designo sino
el lugar donde el Herr concierne
a Freud? Lo que Freud no dice, en su primer tanteo, porque
la noción aún no ha emergido, plenamente, en la teoría
analítica. No ve que el desconcierto
está ligado esencialmente a la identificación. Ese
Herr del cual se trata, que conserva
todo su alhorre, que no quiere dejarse ir más lejos en la
confidencia, es él, identificado a ese personaje médico
y que se tiene en guardia con algún otro. ¿Qué es
lo que él pierde? El pierde algo como su sombra, su doble,
que no es, de tal modo el Signor -ésto es quizá ir
demasiado lejos-. Yo sería, más bien, llevado a ver
que la "o" no está perdida. ¿Es
el Sig-signans-signatum-Sigmund Freud, el lugar de su deseo en tanto
que es el verdadero lugar de su identificación en el punto
de escotoma, en el punto ciego del ojo?
Lo que está
articulado y sin solución es que, Freud, en múltiples
casos así puntualizados, en el momento en que naufraga en
reencontrar el nombre de ese Signorelli, ¿qué
es lo que no cesa de mirarlo? El nos dice que, en ese
momento, en el momento en que él buscaba, durante ese tiempo,
la figura de Signorelli, que está en el fresco, en alguna
parte a la izquierda, no cesó de estar presente provista
de un brillo particular. Envío la pelota a alguien que me
planteaba la pregunta, ¿qué es lo que queda escrito en el
texto de su seminario cuando usted dijo: el sujeto donde se ve no
es donde se mira?
El verdadero cuadro
es el que mira, es él que mira a aquél que cae en
su campo y el pintor es aquél que hace caer ante el otro
la mirada, Signorelli
es en esta falsa identificación, ese recorte, ese rechazo
a dar todo su discurso. Lo que él pierde de esta verdadera
identidad cernida de ese agujero, de ese signo encarnada por una
suerte de posibilidad del destino. ¿Qué es eso que sale si
no es la figura proyectada ante él que no sabe ya desde dónde
se ve, el punto desde dónde se mira? Pues ese S donde se
constituye la identificación unaria del I -desde alguna parte
todo se localiza- este S no tiene ningún punto. El es aquéllo
en lo cual está afuera que es el punto de nacimiento, el
punto de emergencia, el punto de creación, de lo que puede
ser del orden del reflejo, de lo que se ve, de lo que se localiza,
de lo que se instituye como intersubjetividad. Este relampagueo
aparecido sobre la imagen de sí mismo le dice: el nombre
está perdido. Freud
nos deja su lengua al gato. Es la operación de ese punto
de emergencia en el mundo de surgimiento, por donde lo que no puede
más que traducirse por la falta, viene al ser.
Traducción: A.M. Gómez
Corrección
del texto: C. Falco
Revisión
y destacados: S. Rocchietti
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febrero 2004
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