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"El gordo, el buey, el santo"
(acerca de Santo Tomás)
Pablo da Silveira

Tomás de Aquino impresionaba vivamente a los hombres de su tiempo. Pero lo que saltaba a primera vista no era su talento como filósofo ni su brillantez como teólogo, sino lo descomunal de su silueta. Porque Tomás era gordo, inverosímilmente gordo. Tan grande y gordo era que un día hubo que recortar su mesa de trabajo para que pudiera encajar el abdomen sin violencia. Y no solo eso. También hubo que reformar el comedor y la capilla del monasterio donde vivía, en un intento desesperado por asegurar la comodidad propia y ajena.
Tomás nació gordo y gordo vivió hasta el fin de sus días. Cuando la muerte lo sorprendió en medio de un viaje, a los cuarenta y nueve años de edad, los monjes de Fossanova tuvieron que fabricar un ataúd especialmente diseñado para que pudiera contenerlo. Pero con esto sólo consiguieron crearse un nuevo problema, porque Tomás habla muerto en una habitación del primer piso y no hubo fuerza humana ni intervención divina capaz de hacer bajar el féretro por la estrecha escalera de piedra. Tomás terminó abandonando este mundo por la ventana, como un ladrón o un amante secreto.
Además de gordo, Tomás era callado. En sus tiempos de estudiante se limitaba a escuchar plácidamente a sus maestros, con la mirada perdida y cara de entender bien poco. Sus companeros se reían de esa mole impasible y le llamaban "el buey mudo". Pero se equivocaban, porque cuando Tomás hablaba era ágil, penetrante y hasta ocurrente. Llegó con el tiempo a ser un polemista temible y un maestro casi idolatrado por sus alumnos. Pero nunca perdió del todo ese aire ingenuo y poco imaginativo de sus días de novicio.
Como muchos hombres gordos, Tomás tenia un fino sentido del humor. Un día estaba almorzando en el refectorio de su monasterio cuando un monje señaló hacia afuera y gritó que habla visto pasar un burro volando. Tomás sacudió su inmensa humanidad y corrió a mirar por la ventana. No había, por supuesto, ningún burro que volara, pero si se encontró con las risotadas de todos los presentes. Tomás, tranquilo, comentó: "me pareció más probable que un burro volara a que me mintiera un hermano de congregación". Una cosa es ser gordo y otra cosa es ser lerdo.

Tomás tenia también una impresionante fuerza de voluntad, como lo probó cuando, a los diecinueve años de edad, decidió meterse a monje contra la resistencia y el escándalo de su familia. Seamos bien claros: lo que preocupaba a sus parientes no era que el plácido Tomás se hiciera religioso, porque eso era algo pertectamente normal y hasta conveniente para un joven con sus características. Lo que molestaba a los condes de Aquino, nobles poderosos e influyentes, era que Tomás hubiera optado por la orden dominicana, que a sus ojos era demasiado nueva, demasiado pobre y demasiado exigente. Que un noble de aquella época se hiciera dominico era algo equivalente a que el hijo de un banquero se haga hoy cura obrero.
Los parientes de Tomás intentaron persuadirlo con sus mejores argumentos. Le explicaron que si quería ser monje podía hacerse benedictino, como habían hecho tantos hijos de la nobleza. Le hicieron ver que hacerse fraile mendicante era un acto que hipotecaba el buen nombre de la familia. Le dieron mil y una pruebas de la mala fama que tenían los dominicos, esos monjes-mendigos a los que se llamaba despectivamente Domini canes, es decir, perros de Dios. Pero Tomás, empecinado, no cambiaba de idea.
Visto que nada podían los argumentos, los señores de Aquino pasaron a la acción. Cuando Tomás habla abandonado la casa paterna e iniciaba un viaje de novicio a Paris, lo esperaron escondidos en un bosque (ese es el sentido original de la palabra "emboscada") y lo arrancaron a la fuerza de manos de los monjes. Fueron sus propios hermanos y primos los que actuaron como los bandidos de la época para encerrarlo luego cerca de Nápoles, en una torre de la propiedad familiar, con la intención de no dejarlo salir hasta que no cambiara de idea.
Tomás no opuso mayor resistencia al secuestro pero tampoco dio el brazo a torcer. Por eso estuvo encerrado durante largos meses, casi sin vinculos con el mundo y sometido a un tratamiento de rigor. Sus unicos contactos con el exterior se producían cuando le subían la comida, cuando lo visitaban sus hermanas y cuando sus parientes le preguntaban si había revisado su decisión. Pero la respuesta de Tomás era empecinadamente negativa.
Enfrentados a esta difícil situación, los señores de Aquino decidieron jugar la última y más radical de las cartas. Una tarde la puerta de la celda se abrió y Tomás vio entrar a una mujer desnuda, firmemente decidida a mostrarle lo que estaba a punto de perderse. Allí donde no habían funcionado las razones, bien podía ser que funcionaran los instintos.
El prisionero no fue para nada indiferente al estímulo, aunque no reaccionó exactamente del modo en que habían previsto sus parientes. En lugar de sucumbir a los encantos de la visitante, Tomás saco una brasa de la estufa con una pinza de hierro y la persiguió a lo largo y ancho de la habitación. Los gritos de terror de la pobre mujer obligaron a una rápida evacuación. Ese fue el final de los esfuerzos de la familia de Aquino y desde entonces Tomás tuvo vía libre para llevar a cabo sus proyectos. Pero le quedó una aprensión hacia las mujeres que le duró toda la vida.

Noble, napolitano y mendicante, el gordo Tomas tenía suficientes problemas como para evitar nuevas dificultades. Pero en lugar de refugiarse en la discreción de la vida religiosa, tomó por un camino complicado que sólo le aseguró nuevos conflictos. Para decirlo en dos palabras, lo que se propuso Tomás fue arreglar las cuentas entre el mundo y la religión. Es decir, intentó construir un inmenso aparato intelectual (una enorme y compleja catedral del pensamiento, semejante a las grandes catedrales de piedra que se edificaban en su época) capaz de reconciliar a la fe católica con un mundo que cambiaba día a día. Ese intento no sólo lo puso al borde de la herejía, no solamente le causó infinitos problemas durante su vida de polemista y profesor, sino que llevó incluso a la condena momentánea, tres años después de su muerte, de algunas de las tesis que había defendido.

Hoy nos resulta difícil entender toda la novedad y todo el conflicto que hubo alrededor de Tomás de Aquino, en parte por culpa suya y en parte por culpa de nuestros prejuicios. Su porción de responsabilidad es bien clara: Tomás tuvo un éxito tan arrollador en lo que se propuso que a veces pensamos que la cristiandad fue desde siempre unánime y entusiastamente tomista. En cuanto a nuestros prejuicios, para entender el impacto de Tomás y de su obra tenemos que empezar por modíficar la idea que solemos hacernos de la Edad Media europea. Existe una imagen muy difundida de esa época que la pinta como un tiempo terriblemente cruel e inculto, donde la gente sólo sabia guerrear y morirse de peste. Según esta versión, en Europa no pasó nada digno de mención entre el fin de la Antigüedad y el luminoso Renacimiento del siglo XV, con sus humanistas, sus artistas, sus comerciantes y sus descubridores. Puede que esta imagen de la historia sea atractiva, pero ocurre que es completamente falsa. En la Edad Media hubo una infinidad de acontecimientos importantes, se produjo mucho, se descubrió mucho y se conservó casi todo lo que hoy nos llega como legado de la Antigüedad. El Renacimiento de los siglos XV y XVI sólo fue posible porque ya en el siglo XII las abadías, las bibliotecas monacales, los mercados de las ciudades libres y los claustros de las grandes escuelas hormigueaban de actividad. Hubo que esperar a que, por una feliz coincidencia, se sumaran en Umberto Eco la figura de un medievalista conocido y de un notorio hombre de izquierda para que recordar esta verdad haya dejado de ser sinónimo de conservadurismo.

Si la Edad Media fue una época mucho más interesante que lo que se suele creer, el siglo XIII fue el momento más interesante de la Edad Media. El catálogo de las novedades que se produjeron en ese tiempo es casi tan impresionante como el del Renacimiento: el viejo orden feudal se resquebrajaba, las ciudades libres se coaligaban y daban nuevo impulso al comercio, la producción y las comunicaciones se desarrollaban al ritmo cansino pero constante de los caballos y de las mulas. Las guerras religiosas abrían (ciertamente no de la mejor manera) el contacto con otros mundos que antes quedaban demasiado lejos: por el este, las cruzadas llegaban hasta el corazón del imperio musulmán; por el oeste, la reconquista de Toledo habla abierto un punto de intercambio permanente con árabes y judíos. Paralelamente, la enseñanza superior se expandía y se renovaba gracias al trabajo de numerosos religiosos e intelectuales que, imitando a las corporaciones de oficios, daban forma a un nuevo invento: la Universidad. En Bolonia, en Oxford, en Paris, en Toulouse, en Nápoles, los hombres de ciencia se organizaban, se daban sus propias normas y reclamaban su independencia frente a los poderes locales.

Todo esto ocurría en relativamente poco tiempo y revolucionaba la vida de los hombres. Pero el pensamiento teológico, que era entonces el núcleo de la vida intelectual, se habla mantenido en general muy distante del mundo y de sus conmociones. Las ideas que importaban eran Dios, el alma y la vida eterna. El mundo sólo era relevante como reflejo de esas verdades absolutas. El proyecto de todo buen teólogo era remontar la multiplicidad aparente de lo terrenal para acercarse, aunque fuera mínimamente, a la armonía eterna de lo celestial. El fondo de toda teología era alguna forma de platonismo cristianizado.
Tomás decidió apartarse de estas ideas aunque sin contradecirlas. Su problema no era poner a la tierra en conflicto con el cielo sino armonizar las verdades de la teología con las verdades cada vez más numerosas que eran descubiertas en el mundo. El hombre es un animal que se ve involucrado a la vez en los problemas de la física, de la biología, de la política, de la ética y de la teología. Hay que intentar pensar a ese nivel de complejidad y de exigencia. Pero, ¿cómo llegar a hacerlo sin naufragar en la confusión?
La respuesta que dio Tomás a esta pregunta se nos hizo tan familiar que hoy nos cuesta percibir lo que tuvo de innovadora. Eso se debe en parte a que el mismo fue un pensador sin estridencias, un gran conciliador y un hombre extremadamente razonable. La de Tomás fue una gran cabeza puesta sobre los hombros de una persona sensata hasta el aburrimiento. Tal vez haya que esperar a Kant para encontrar algo semejante. Pero, si los principios que gobernaban su trabajo nos resultan hoy casi obvios, esto se debe también a que nos hemos acostumbrado a ellos hasta considerarlos cosa de sentido común. Al menos de un modo muy general, todos nos hemos vuelto un poco tomistas.

¿Cuáles fueron esos grandes principios que gobernaron el trabajo de Tomás? El nunca los enumeró de modo expreso, pero no es difícil identificar los más importantes. Uno de ellos dice que el mundo de los sentidos es el objeto del conocimiento humano y que, en la tarea de conocer ese mundo, el hombre no debe esperar ninguna iluminación divina. Otro dice que el camino del conocimiento es la abstracción, es decir, la búsqueda de lo que hay de comprensible en los fenómenos naturales. Un tercero afirma que allí donde se puede entender, es mejor entender que creer. Un cuarto principio sostiene que la fe no es enemiga de la razón, sino que puede ser fortalecida por ella. De acuerdo a otro, hay que intentar ser al mismo tiempo racional y razonable, es decir, ser prudente en el uso de los recursos de la razón.

Permítanme dar un rodeo para explicar esto un poco mejor. El siglo XX ha conocido algunos tomistas brillantes y entusiastas, entre los que destacan el filósofo francés Jacques Maritain y el medievalista, también francés, Étienne Gilson. Un tercero, que en general no se estudia en las facultades de filosofía, fue el periodista y pensador inglés Gilbert K. Chesterton.
Chesterton
escribió una biografía de Santo Tomás llena de benevolencia y encanto, pero es mucho más conocido por las novelas policiales que publicó, cuyo protagonista es el también grueso Padre Brown. En uno de esos cuentos, el Padre Brown persigue a un peligroso criminal que actúa disfrazado de cura. Cuando llegamos a la culminación del relato, el detective de sotana mantiene una larga conversación con otro sacerdote, ambos sentados en el banco de un parque. Por supuesto, este segundo sacerdote no es otro que el criminal que el Padre Brown está buscando y éste se encarga de desenmascararlo al final del diálogo. El falso sacerdote no niega la acusación y, sorprendido, le pregunta cómo consiguió descubrirlo. "Es que usted atacó a la razón -contesta el Padre Brown- y eso es de mala teología". Esta respuesta es puro tomismo.

Los principios que eligió Tomás no eran completamente inventados por él, sino la síntesis original y novedosa de algunas ideas que ya existían. Es que, en su intento de reconciliar a la tierra con el cielo, Tomás descubrió que no sólo tenla que hacer teología sino también filosofía, y una filosofía muy diferente de la que predominaba en la Europa de su tiempo. Puede que hoy nos resulte extraño, pero la gran innovación de Tomás consistió en redescubrir a Aristóteles para el mundo occidental.
La Edad Media había olvidado al viejo maestro griego y apenas conocía una pequeña parte de la producción filosófica antigua. Muchas obras se hablan perdido en medio de incendios y saqueos, otras hablan sido prohibidas por heréticas antes de ser plenamente entendidas y otras dormían en bodegas o en sótanos clausurados. Solamente los árabes guardaban las riquezas del mundo griego y solamente ellos eran capaces de entender la lengua en la que estaban escritas.
Los árabes hablan llegado a España y hablan sorprendido a los europeos con su refinamiento y su cultura. Pero las relaciones entre ambos no eran nada fáciles porque, para empezar, los árabes eran musulmanes, es decir, infieles a los que habla que combatir. Además, si bien los árabes conocían suficientemente a Aristóteles, lo presentaban mezclado con sus propios comentarios y complementos. Y esos añadidos eran casi siempre escandalosos para la mentalidad europea.
Averroes
, por ejemplo, fue un árabe nacido en España que conoció la obra de Aristóteles como nadie en su tiempo. Pero al mismo tiempo defendió algunas doctrinas que rápidamente fueron vistas como heréticas. Una de ellas sostenía la existencia de dos verdades independientes entre sí, una filosófica y otra teológica. El filósofo debía investigar el mundo segun sus propias leyes y sacar las conclusiones que correspondiera. Pero si la religión le enseñaba verdades exactamente opuestas, no había en eso el menor conflicto: el filósofo seguirla defendiendo sus verdades como filósofo, pero como creyente aceptaría las de la religión.

Los teólogos católicos comprendieron rápidamente que una doctrina de este tipo condenaba a la fe a la más absoluta irrelevancia. Por eso la combatieron durante mucho tiempo y, con la radicalidad propia de aquella época, prohibieron la lectura de toda obra que siguiera una tendencia más o menos averroísta. Como consecuencia de este tipo de conflicto, el mundo europeo seguía conociendo mal a los griegos y se limitaba a hacer algunas incorporaciones titubeantes. De Aristóteles sólo se estudiaba la lógica, pero no sin resistencias y rodeos. Una influyente tradición del pensamiento cristiano decía que todo lo que importaba saber estaba en la Biblia y que la literatura pagana (es decir, la que provenía de Grecia y de la antigua Roma), así como la que se inspiraba en el islam, solo eran una fuente de perdición para el creyente. Esta tradición empezó a ser dejada de lado por Alberto de Colonia, un dominico alemán que fue conocido más tarde como San Alberto Magno. Alberto leía con atención a los griegos y, basándose en sus enseñanzas, escribia sobre astronomía, botánica, medicina, física, lógica, teologia, música, jardinería, metafisica, cocina y todo aquello sobre lo que pudiera decirse algo con sentido. Su tesis era que nada que nos permitiera ampliar nuestro conocimiento del mundo podía ser malo en si mismo. El alumno más destacado de Alberto fue el joven Tomás, quien finalmente se ocupó de llevar a término (por cierto que a su manera) la tarea que había iniciado su maestro.

Para llevar adelante su plan de reconciliar la fe religiosa con el conocimiento del mundo, Tomás tuvo que pelear durante toda su vida sin alcanzar jamás la aprobación casi unánime que consiguió después de muerto. Contra la imagen que solemos hacernos de él, su existencia fue una larga, dura y casi ininterrumpida disputa: por una parte apoyaba a los teólogos tradicionales en su debate contra los filósofos averroístas, pero por otro lado defendía públicamente las tesis de Aristóteles, a quien los tradicionalistas acusaban de ser el origen de todos los males. Su actividad como profesor se desarrollaba en la Facultad de Teología de París, que era el reducto del tradicionalismo, pero sus seguidores provenían de la Facultad de Artes, que vivía en un estado de guerra permanente contra los teólogos. Simultáneamente Tomás trataba de convencer a sus hermanos dominicos acerca de las virtudes del pensamiento filosófico, pero para eso tenla que debatir con los franciscanos, que defendían la teología de San Agustín. En medio de viajes, concilios y debates, Tomás tuvo que demostrar algo que luego parecería obvio: que se podía ser al mismo tiempo cristiano y aristotélico. Pero eso le dio mucho más trabajo que el que hoy podemos suponer. Todavía en el siglo XVI, el reformador Lutero, que predicaba el retorno a la Biblia y solamente a la Biblia, hablaba del gordo Tomás como de "ese bufón que ha descarriado a la Iglesia".

La innovación inquietante de Tomás consistió en decir que habla que avanzar decididamente en el estudio de Aristóteles, aunque eso significara aprender de los árabes y usar sus traducciones. Aristóteles era a ojos de Tomás el filósofo que permitirla la renovación del pensamiento cristiano. Sólo él era capaz de hablar de teología y de lógica, de botánica y de psicología, de astronomía y de política, de física y de retórica, de un modo que hacia posible la discusión racional y la acumulación sistemática del conocimiento. Solamente el viejo griego era capaz de reconocerle al mundo una realidad propia, gobernada según sus leyes, en lugar de reducirlo a un reflejo poco confiable de las verdades eternas de la teología. Aristóteles se convertirá para Tomás en "el Filósofo" a secas, como si no hubiera manera de confundirlo con otro. Lo hará traducir por especialistas (él mismo nunca dominó el griego), lo estudiará a fondo, lo comentará en sus clases, lo citará permanentemente en sus escritos. Dará además una terrible batalla por su rehabilitación, de la que saldrá más o menos derrotado en vida pero en la que alcanzará un éxito completo después de muerto. A lo largo de ese camino Tomás se irá convirtiendo en filósofo por derecho propio, a pesar de que él dice una y otra vez que su oficio es la teología y que, en el fondo, sólo le interesa hablar de Dios. Pero la fe, piensa Tomás, no ahorra el trabajo del filósofo. Hace falta construir una síntesis capaz de armonizar las verdades del mundo con las verdades de la revelación, y hay que hacer ese trabajo sin caer en soluciones fáciles ni en atajos simplificadores. Hablando de Dios y leyendo a Aristóteles, Tomás rehabilitó al filósofo griego y lo incorporó definitivamente a la tradición filosófica de Occidente. Ciertamente no lo hizo de un modo perfecto. Por una parte cristianizó al pagano Aristóteles y, en raptos de entusiasmo, creyó leer en sus textos afirmaciones que sólo pueden encontrarse en la Biblia. Por otro lado, embarcado como estaba en la construcción de un gran sistema filosófico, creó la imagen (que en cierta medida perdura hasta hoy) de un Aristóteles tan sistemático y arquitectural como aspiraba a ser el propio Tomás. El verdadero Aristóteles, hoy lo sabemos, no creía en la resurrección de los muertos ni pensaba de un modo tan orgánico. En sus libros se encuentran lagunas, contradicciones, búsquedas que no van a ningún lado y problemas sin resolver. Pero si hoy tenemos de él una imagen mucho más afinada, eso se debe al impulso inicial del buen Tomás, transmutado por la tradición de buey mudo en Doctor Angélico.

Lo que produjo Tomás al poner en práctica su proyecto es de una extensión tan desmesurada como su gordura. Su obra más monumental es la Summa Theologica, que escribió como una simple introducción para debutantes. En el prólogo dice que el contenido de ese libro es como leche para niños que no pueden asimilar algo más sólido. Pero nadie, absolutamente nadie, ha estado de acuerdo con él en este punto. Esa pequeña introducción, cuyas páginas se cuentan por miles, le insumió ocho años de trabajo. Se compone de un total de 512 cuestiones, 2.669 articulos y unas 10.000 objeciones con sus respectivas respuestas. Cada cuestión incluye varios artículos y en cada artículo se repite la misma estructura: enunciación del problema, enumeración de las objeciones, invocación de un argumento de autoridad, respuesta a las objeciones y solución de la cuestión propuesta.
A lo largo de ese laberinto Tomás habla de Dios, del hombre, de los ángeles, de los vivos, de los muertos, del mundo, del cielo, del infierno. Se hace preguntas y las responde, apela a la Biblia, a Aristóteles y a quien tenga algo que agregar sobre el punto en discusión. "Su originalidad -decía Maritain- consiste en hacerse enseñar por todos". Las preguntas que se hace son variadas y sorprendentes: ¿Qué es la vida? ¿Existe Dios? ¿La eternidad es algo diferente del tiempo? ¿La luz es un cuerpo o una cualidad de los cuerpos? ¿La verdad está en las cosas mismas o en la inteligencia? ¿Hay silencio en Dios? ¿El intelecto humano puede conocer el futuro? ¿Los ángeles pueden pasar de un lugar a otro sin atravesar el espacio intermedio? ¿Dios es la causa del mal? ¿Alguien gobierna el mundo? ¿La mujer ha sido creada directamente por Dios? ¿Sufre el ángel de la guarda cuando ve peligrar a su protegido? ¿Los astros influyen sobre la acción humana? ¿Hay un fin último de la vida? ¿Qué es el destino? ¿Es pecado prestar dinero a interés? ¿Qué es una ley? ¿Hay alguna guerra que sea justa? ¿La madre de Dios continuó siendo virgen después del alumbramiento? ¿Qué es la fe? ¿El odio es más fuerte que el amor? ¿Se puede tener miedo del miedo?

Si muchas de estas preguntas pueden resultarnos sorprendentes, más llamativo es que esa enorme catedral de papel haya quedado sin concluir. En efecto, el 6 de diciembre del año 1273, después de haber celebrado misa, Tomás de Aquino dejó de escribir para siempre. Abandonó la Summa en el artículo 4 de la cuestión 90 de la Tercera Parte y nunca más dictó una línea ni utilizó sus instrumentos de escritura. Cuando los monjes, consternados, le pedían explicaciones sobre su actitud, él se limitaba a responder: "No puedo más". Es que durante aquella misa había caído en un éxtasis profundo y luego dijo que, al lado de la experiencia incomunicable que había vivido en esos instantes, todo lo que habla escrito carecía de valor. Tomás dejó de trabajar por primera vez en su vida y ya no volvió a hacerlo, porque la muerte lo sorprendió tres meses y diez días más tarde, camino al concilio de Lyon.

La Summa Theologica, que llama la atención por la sencillez de su estilo y por el rigor de la argumentación, terminó por convertirse en una obra paradójica. Para muchos ha venido a ser el símbolo de un saber petrificado, el refugio de los que vuelven atrás, el ejemplo más perfecto de lo retrógado. Para otros se ha convertido en la fuente de un saber casi místico que no puede ser discutido ni puesto en duda, sino solamente acatado. Otros todavía encuentran en ella una cantera de sugerencias interesantes y de buenas argumentaciones, aun en el caso de que no compartan sus tesis de fondo. Pero lo que prácticamente nadie recuerda es que esa obra fue escrita casi en secreto y que nunca fue enseñada públicamente por su autor. Casi nadie lo recuerda porque, última paradoja, la popularidad de la obra ha terminado por ocultar la azarosa vida de quien la escribió.
El Tomás canonizado por la Iglesia, el Doctor Angélico, Doctor de la Eucaristía y Doctor Común, es un personaje completamente distinto del grueso frater Thomas que nunca ocupó ningún cargo jerárquico, que tuvo que dejar París en lo mejor de su carrera por orden de sus superiores y que le rogaba a Dios poder terminar su vida como simple fraile.
"Tantas iglesias y cátedras -decía Chesterton-, tantas bibliotecas, círculos y comités dedicados a Santo Tomás de Aquino, nos impiden percibir que él no nació canonizado, ni doctor, ni tomista".
Nació noble y murió simple fraile, a pesar de haber sido hombre de consulta de varios papas y de haberse sentado a la mesa de los poderosos de su tiempo. Es que si Tomás fue un discutidor empedernido y un profesor siempre puesto en jaque, el tomismo, en cambio, llegó a ser por períodos una doctrina avasallante, muchas veces usada con prepotencia por sus seguidores. Esto nos ha hecho olvidar al prudente y discreto frater Thomas, que odió todo fanatismo, que no fue un puritano ni un asceta sino un hombre capaz de disfrutar de las buenas cosas de este mundo, que (¿en secreta protesta?) jamás escribió
una línea sobre las Cruzadas en un tiempo que hablaba de ellas sin parar, que nunca se mortificó ni usó cilicio, que fue un poeta refinado y tuvo una vida secreta de misticismo de la que nadie sabe nada porque él la ocultó con pudor. El Tomás de veras no fue una especie de comisario teológico de la Iglesia Católica sino un hombre terriblemente discutido, vencido con frecuencia por sus adversarios, cuyas tesis debían leerse en secreto porque, veinte años después de su muerte, mencionar algunas de ellas podía pagarse con la excomunión. La propia canonización de Tomás fue un asunto bastante complicado. El papa Juan XXII, que lo hizo santo en 1323, era uno de esos papas de Avignon rechazados por buena parte de la cristiandad. Más aun, ese papa hizo santo a Tomás medio siglo después de su muerte porque el rey de Nápoles lo presionó para que lo hiciera, y el rey de Nápoles era uno de sus principales apoyos políticos. Pero mientras frater Thomas se convertía en Santo Tomás de Aquino, muchas de sus tesis seguían estando prohibidas en las Universidades de Oxford y de París.
Las cosas sólo empiezan a cambiar en 1325, cuando la condena de París se levanta y el pensamiento de Tomás es rehabilitado ampliamente. En 1366, noventa años después de su muerte, el papado impone a todos los estudiantes que acceden a la Universidad el estudio integral de la obra aristotélica. En 1567 Pío V declara a Tomás Doctor de la Iglesia Universal y en 1873 León XIII lo proclama Patrón Universal de las Universidades y Escuelas Católicas.
Santo Tomás de Aquino, mucho después de muerto, parecía ganar todas las batallas. Pero su propio triunfo empezaba a ocultarnos a ese frater Thomas que nunca perdió su placidez un poco bovina y que siempre mantuvo, en medio de las más terribles polémicas, su aire distraído e ingenuo. Ese Tomás está hoy casi sepultado bajo una inmensa cantidad de libros que lo atacan furiosamente o lo exaltan con pasión. Por eso es bueno recordarlo de cuando en cuando, sea para no divinizarlo, sea para no hundirlo en el ridículo.

Nota:
Para preparar este artículo consulté los materiales siguientes: Saint Thomas dAquin, de Ch.-D. Boulogne (París, Nouvelles Editions Latines, 1968); Introduction á l'étude de Saint Thomas DAquin, de Marie-Dominique Chenu (París, J. Vrin, 1950); Saint Thomas Aquinas, de G. K. Chesterton (Londres, 1935, hay traducción española de Espasa-Calpe, 1993); La Philosophie au Moyen Age, de Étienne Gilson (París, Payot, 1976, traducción española de Gredos, 1982); Le Thomisme, también de Gilson (París, Librairie J. Vrin, 1942); Le Docteur Angélique, de Jacques Maritain (París, Desclée De Brouwer, 1930); La Phi1osophie au XIIIe Sikie, de Fernand Van Steeríberghen (Lovaina y París, Publications UniversItaires de Louvain-Béatrice Nauwelaerts, 1966); Saint Thomas DAquin, de Angelus Walz (Lovaina y París, Publications Universitaires de Louvain-Béatrice Nauwelaerts, 1962); Friar Thomas dAquino. His Life, Thought, and Work, de James A. Weisheipl (Chicago, Chicago Un¡versity Press, 1983). También me serví del "Elogio de Santo Tomás" de Umberto Eco, aparecido en italiano en la revista Espresso (1974) y publicado en francés en La Guerre du faux (París, Le Livre de Poche 1988). El cuento de Chesterton al que hago alusión es The Blue Cross, varias veces traducido al castellano.
La habitación donde murió Tomás, en la abadía de Fossanova, puede ser visitada y ha sido un importante lugar de peregrinación a lo largo de los siglos. Queda a pocos kilómetros de la ciudad de Latina, a medio camino entre Nápoles y Roma. El cuerpo de Tomás recorrió buena parte de Italia y de Francia (a veces entero, a veces en partes) como consecuencia de las luchas que se sucedieron para conservarlo como reliquia. Hubo épocas en las que el tronco, la cabeza y los brazos estuvieron separados por centenares de kilómetros. Desde 1974 (año del séptimo centenario de su muerte) Tomás descansa en la iglesia des Jacobins, en Toulouse, Francia.

Texto extraído de "Historias de filósofos", Pablo da Silveira, Págs. 88/106, Ed. Alfaguara, 1997, Buenos Aires, Argentina.
Selección y destacados: S.R.

 

 

  

 

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