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Pero, ¿tu cuerpo se sigue pareciendo al que conocías?

Gerard Pommier

 

 

Las enfermedades evolucionan en el tiempo según una determinada epidemiología (de la que, por otra parte, existen previsiones estadísticas), pero las causas de esta evolución no siempre se conocen: se puede pensar que depende de la inserción del cuerpo en la historia y que la carencia actual de la historización del síntoma ya tiene una incidencia mayor en el desarrollo de ciertas patologías. Entre las "nuevas patologías" la literatura especializada le otorga especial importancia a una extensión de los estados-límite. Admitamos por un momento que no se trata de las capacidades límites de los clínicos, que emplean este término cuando ignoran con qué estructura se enfrentan. Esta noción de "estado-límite" es problemática, pues evoca una pertenencia a varias estructuras al mismo tiempo: ¿cómo es posible ser al mismo tiempo psicótico y neurótico, etc.? Un "límite" evoca un traspaso, por ejemplo, de una frontera entre dos países: cualquiera sea el trazado, un viajero va a encontrarse obligatoriamente en un país o en otro. El estado-límite, por lo tanto, no tendría que concernir a la "psicosis" o a la "neurosis" o a la "perversión". No es posible hacer ninguna división entre estas tres posiciones subjetivas.

Por el contrario, existe otro límite, temporal en este caso, que implica el paso de la neurosis infantil a la edad adulta. Se precisa cierto tiempo para pasar de una de estas edades a la otra, y la extensión de este "estado-límite" implica una prolongación de la adolescencia en la posmodernidad. La adolescencia se termina no cuando el cuerpo se adapta a la reproducción sexual, sino cuando se produce un hecho psíquico, sin el cual el deseo de tener un hijo no llega. Sucede que la indeterminación de la neurosis infantil prevalece todavía en un hombre o en una mujer de treinta años y más, y esto hasta que, en el momento de un acontecimiento que tiene un valor iniciático (por ejemplo un duelo o una rivalidad amorosa), el paso a la neurosis "adulta" se hace de manera brusca.

En las sociedades tradicionales, este acontecimiento está provocado, o al menos tematizado, por ritos de iniciación y de enfrentamiento con la muerte que simbolizan este paso (en la cristiandad, era la "primera comunión" y, en el orden laico, el servicio militar). En la posmodernidad, este pasaje corre el riesgo de prolongarse mucho más tiempo, porque no hay ningún rito de iniciación que funcione legítimamente en la sociedad. La temporalidad del paso a la edad adulta depende de los modos de simbolízación de la muerte del padre y cuando estos rituales faltan, quedan al azar de los destinos individuales, de las costumbres familiares o de la formación de tribus locales. El resultado es una longevidad cada vez mayor de la neurosis infantil.

Una vez que se mide esta extensión del paraíso de la infancia, ¿qué hay de nuevo en el otro lado, el considerado "adulto". Las estructuras psíquicas son más bien rígidas, pero su puesta en forma varía según el momento. En cuanto se habla de esta plasticidad, no constituye un gran misterio subrayar que la histeria se encuentra en la primera línea. Un scoop primero: con la pulverización del patriarcado percibimos que la histeria concierne por partes iguales a hombres y mujeres: es la normalidad de la neurosis. Hasta las últimas décadas, los hombres disimulaban su histeria gracias al patriarcado y a las actitudes viriles que éste impone: el honor del nombre, el ejército y la iglesia. Los señores se habían acostumbrado a hacer lo necesario para ocultar su histeria, porque eso los feminizaba. Entonces, se descubre hasta qué punto hay muchos hombres histéricos que presentan todas las características de la histeria femenina pero que, además, lo disimulan portándose como hombres, muy viriles, muy peleadores, etc. Lo que se juega en las peleas de los hombres es muy claro: se trata de no ser mujeres y, en tanto esto los obsesiona, se puede dejarlos en femenino (cuando escribamos "histérica" en las líneas siguientes, este término designará una feminidad que concierne tanto a hombres como a mujeres).
Y ahora que esta verdad aparece, no se considera más que las mujeres tengan que hacerse las locas por dos. Ellas funcionaban como el síntoma de los hombres, lo que, en efecto, hacía que se enfermaran con frecuencia. Con la erosión de la férula patriarcal, la histeria alivió sus síntomas del lado femenino, en tanto que se agravaron en el masculino. Ahora, la sexualidad angustia más a los hombres, cuando ya no es tan natural ser el patrón.

Esta partición más justa constituye un progreso, pero ¿con qué padre la histeria va a poder resolver hoy su diferendo traumático? Ya no hay medios para resolver la querella de la Iglesia con el padre celestial, y la crisis mística queda abroquelada en las fronteras de la adolescencia. En cambio, es posible sacrificarse sin problemas y cuanto queramos en el altar del nuevo dios de la ciencia, totalmente aureolado con cálculos. Y de buen grado el cuerpo se sacrifica a la medicina, mucho antes de la muerte. Del mismo modo que la secularización de la religión lleva a construir un paraíso en la tierra antes de la muerte; del mismo modo que la redención del error cometido respecto del padre se repara en la tierra frente a un padre que ya no está en los cielos, del mismo modo, el cuerpo puede entregarse totalmente vivo a la medicina, su digna representante.

La creencia en la medicina tiene una gran ventaja sobre sus antepasados: al jurar sólo por el organismo, afirma una inocencia que parece tener la apariencia de nada, que hace melindres y se hace la modesta. Pero no por eso deja de golpear y hay que poner en su cuenta los resultados más hermosos de las "nuevas patologías". Ayer, la culpa mostraba sus parámetros en los frontones de las iglesias. Hoy, el ángel desconoce la noción de error, en tanto que, sin embargo, la culpa lo estrangula: no se da cuenta, porque ignora sus duelos y sus odios, al naturalizar la violencia del sexo. La inocencia cava bajo sus pies el hoyo en el que se introduce. ¿Cómo se llama ese agujero? Tiene un nombre de babosa, un nombre que sirve para todo: ¿qué podemos agregar cuando se pronuncia el nombre "depresión"? Todo está dicho cuando su etiqueta se muestra y los ángeles pueden seguir siendo ángeles, cada vez más metidos en su agujero. Incluso cuando evidentemente una tristeza es posterior a un golpe del destino, el ángel prefiere ignorarlo. Y lo único que van a hacer los medicamentos es ocultar y volver a armar el pozo sin fondo que se ahonda. De manera que la depresión va a incrustarse: se extiende al mismo ritmo que el angelismo. En las nosografías norteamericanas, la "depresión" es considerada una "enfermedad" por los seguidores del medicamento. Sin embargo, no es más que su consecuencia: el afecto de una culpa oculta, de una agresividad que se vuelve contra el yo, de un duelo que no dice su palabra o, inclusive, el ocultamiento de la miseria sexual. Este humor de superficie sólo da una indicación superficial sobre causas más profundas. Los psiquiatras de la época clásica nunca hubiesen tenido el mal gusto de considerarla como una entidad nosográfica aparte. Por supuesto, aunque sea provisoriamente, suprimir un dolor moral representa un beneficio apreciable. Pero ese dolor depresivo es proporcional a su inconciencia y, por consiguiente, los millones de cajas de medicamentos vendidas cada día lo vuelven pequeño y aseguran su éxito futuro. La culpa, el duelo o la agresividad que retorna nunca terminarán si su motivo no accede a la conciencia. La culpa, por ejemplo, tiene una causa inconsciente y para darse cuenta de esto es necesario el habla, que los medicamentos amordazan al mismo tiempo que, provisoriamente, calman el dolor. Por lo tanto, perpetúan la depresión, cuyas formas se extienden en la postmodernidad: agregan su gris al gris de la ausencia de ideal y de la inhibición de la acción que procede de ella.

La "depresión" merecía ser mencionada en primer término, porque permite ignorar una diversidad de situaciones y de posiciones: le da su color a la ropa de moda que le gusta llevar a la histérica. Puede disfrazarse de bruja, intrigante, revolucionaria, aventurera. También sabe ausentarse y no estar para nadie. Es lo que logró hacer en el catálogo de los psiquiatras norteamericanos (DSM 4): ¡arriba! La histeria se evaporó. Este escamoteo no le sirvió de mucho, porque las histerias graves fueron etiquetadas con las psicosis y, por consiguiente, hospitalizadas y tratadas neurológicamente. ¡Ay! ¡Esto mata! Comprendemos que hayan intentado disimular, pues no es tan fácil divertirse con los dueños de la época. ¡Hoy no se juega más! Cuidado con el peligro: al primer problema hay que pasar por la cirugía o los medicamentos: la psiquiatría clásica fue desmantelada y neurofisiólogos o médicos del comportamiento acechan por todas partes. Con ellos, los programas de rehabilitación tienen que ser rápidamente rentables. El resultado es el embrutecimiento cotidiano de millones de personas con medicamentos. ¡Adelante, soldaditos!

La histeria cambió, sus síntomas son menos demostrativos que en el tiempo de las grandes crisis con las que se deleitaba Charcot. Podríamos creer que esta caída de régimen es el resultado de la bata química que esta neurosis viste con frecuencia, pero también procede de una mayor libertad sexual, gracias a la cual las regresiones pulsionales son menos violentas. En efecto, cuanto más la sociedad dictamina sobre prohibiciones sexuales, más el deseo hace una regresión en síntomas. Sin embargo, esta liberación es un arma de doble filo pues, en cuanto la sexualidad deja de estar reprimida, hay que realizar pruebas en el campo del amor. La prohibición y la supresión también tenían su costado tranquilizador. El sexo genera una angustia nueva en la posmodernidad. El cuerpo vira al angelismo y sus funciones, incluida la sexualidad, deben ejercerse naturalmente. El placer sexual, hasta ayer nocturno y secreto, hoy se vuelve obligatorio: los medios de comunicación hablan de él todo el tiempo. El orgasmo se convirtió en un deber.

Pero, ¿este imperativo no es uno de los últimos sobresaltos del patriarcado? La obligación de gozar es todavía un medio para darle un lugar al sexo independiente del amor, según recetas que cocinan sobre todo los hombres. Todo sucede como si se impusiera la otra cara del amor cortés, que programaba el amor sin sexo. El gran ruido hecho alrededor de la simplicidad del placer sexual enmascara la complejidad de su conjunción con el amor, acontecimiento tan nuevo que genera nuevas inhibiciones. La conjunción del amor y del sexo impone una prueba que puede engendrar sus propios síntomas. Si el servicio sexual (más que el militar) se vuelve obligatorio al mismo tiempo que el amor, entonces los hombres lo abordarán con una angustia que ignoraban cuando el padre los sostenía. Los hijos de familia que iban a los burdeles (y que corrían el riesgo de encontrarse con sus padres allí) no conocían esta angustia y se divertían mucho.

En el campo de las mujeres, esta insistencia en la sexualidad plantea cuestiones inéditas: no son solamente las de un crecimiento, como si tuvieran que ser mayores, sino las de una mutación: se vuelven otra cosa, pero ¿qué? ¿Cómo saber qué es "ser una mujer"? ¿Consiste en "ser madre", o bien en ¿"ser la mujer de un padre" o, también, como la heroína del Cid, en "ser la mujer del hombre que mata al padre"? Las respuestas no están dadas de antemano, pues el cielo se vació: ya no hay más padre eterno que tranquilice a la mujer con su misterio o con su inexistencia. El continente femenino, al que Freud calificaba de negro, se aclara. Si el amor no está en la cita, ¿cómo avenirse a las normas del orgasmo obligatorio? Éstos son los imperativos contemporáneos que pueden enfermar.

Los ángeles enfrentados a la conjuncion del amor y del erotismo pueden preferirlos limbos de lo fuera-del-sexo. "¡Es sencillo evadirme! ¡Sírvanme una hamburguesa y después un helado y otra hamburguesa... con muchas papas fritas, por favor! No hay que preocuparse por la comida. Miren: ahí, en mi plato, el erotismo y la alimentación hacen una buena pareja. ¿No es un maravilloso refugio angélico?" Los rituales alimentarlos le quitan los frenos al deseo sexual y si bien la bulimia y la anorexia no son patologías "nuevas", hoy hacen explosión. Para el ángel, la vida orgánica sigue siendo demasiado: la carne que vive es el demonio que acampa en él, y se impone la mutilación de la vida. Hay que circunscribir la vida o lo que propaga la vida. De este modo, el alimento se vuelve la oportunidad para una lucha entre lo angélico y lo demoníaco: la bulimia y la anorexia ponen en escena una lucha contemporánea con el ángel.

Multiplicada por la insistencia en una sexualidad reprimida en otras épocas, la angustia descubre una patología que no es nueva, pero que antes estaba amortiguada por los rituales sociales. La vetustez de estas costumbres expone a la luz del día su propia patología: bulimia, anorexia, marcación del cuerpo, droga, alcohol. La humanidad siempre usó diferentes recetas para cocinar su angustia, pero se integraban a los ideales de la época. Por ejemplo, el vino había adquirido sus cartas de nobleza gracias a la comunión de Cristo; también ciertas marcas en el cuerpo, los tatuajes o la circuncisión, significaban la alianza con los espíritus o con lo Muy Alto, etc. Si bien los tatuajes existían en la antigüedad, desaparecieron con el nacimiento del monoteísmo. Dejaron la piel cuando los dioses perdieron carnalidad, se evaporaron en el éter, se redujeron a lo único e irrepresentable. Las tres religiones del Libro condenaron siempre las prácticas de sacrificio del cuerpo. Sólo Dios tenía el derecho de mostrar su estima ilegible: "No harán incisión en la carne por un muerto y no imprimirán figuras sobre ustedes" (Levítico, 19, 28. Esta prohibición fue reiterada en el concilio de Calcuta en 787). Y, además, antes de que el totemismo volviese a escribirse sobre la carne, se dieron una vuelta por las islas en las que los dioses vivían exiliados: ahí, en la Polinesia, las cosas terrestres eran animadas por el Atua, el espíritu. Dibujar (ta) el espíritu sobre el cuerpo en un Ta atua permitía atraer sus favores o protegerse de sus furias.

Pero de vuelta del exilio, los múltiples tatuajes no volverán a ser como antes. Ya no representan una iniciación sexual o una entronización en un orden de generaciones. Significan la libertad solitaria del sujeto, que abandona voluntariamente una parte de su piel al demonio. De manera que él, el ángel, reina ahora en paz sobre lo que le queda de su carne. Hasta un accidente, una cicatriz, una herida, lo alivian y lo introducen en él.

Para el ángel, el cuerpo es supernumerario. ¿Hay algo más impuro, más sexual, más obsceno que un cuerpo? La pureza exigiría la anorexia, el silencio, lo transexual en la mudez del deseo. Pero al menos el deseo sería callado, la carne seguía siendo demasiado, siempre diabólica. Hay que darle un sello, marcarla, someterla al tatuaje, al piercing, a los cortes de pelo al ras: el cuerpo mutilado representa un cuerpo ideal. Sus cicatrices delimitan el lugar de la nada y también escapan de él.
Body art, las efigies escarifican, hacen su agujero, último lugar de resistencia a la cultura del museo. Body politic, el cuerpo como último lugar de libre expresión propio que se vuelve el lugar de mutilaciones externas y de transfixiones. Las producciones del live art encontraron desde hace tiempo sus límites en los snuffmovies, películas pornográficas cuyos protagonistas mueren por los malos tratos que reciben (puedes verlos morir realmente ante la cámara).
Carne contaminada por el acero, como en las películas de Cronenberg y de Foukamoto. Pinzas, agujas, acero quirúrgico: ahora sirven para adornarse. Escarificación, branding: marcación del cuerpo con hierro caliente. Body piercing: agujeros, argollas. El acero empieza a invadir la carne. La convierte en máquina, la industrializa. Atravesar la piel prueba el dolor: ¿los ángeles autistas no sienten nada? ¡Esto es lo que vamos a ver! El cuerpo como obra de arte contemporáneo, sacralizado a falta de rituales, va a ser torturado, va a volverse verdadero. Esto se parece al masoquismo o al sadismo, pero no lo es: se hace sólo para intentar sentir vivir un cuerpo que se ausenta. Es para intentar que entre en su caja. Y para nada para que sea reconocido por los otros, como en los antiguos ritos de iniciación. No, es una anti-iniciación, para que salga del lugar social y entre en sí mismo. Los ritos de integración del pasado mutaron y se convirtieron en ritos de exclusión.
Los rituales posmodernos parecen tan raros, tan nuevos, porque proliferan sin amarras visibles o en nombre de ideales de otras culturas (orientales, africanas, californianas, etc.) ya que los de la nuestra se volvieron marginales o no visibles. Es mejor el haschish que el vino; más que en un monasterio, el retiro se hace en una secta budista, etc. El nombre del padre antiguo régimen emigró y sus síntomas también.

Estas prácticas difieren de los rituales de iniciación que, en todo momento y en toda civilización, pusieron a prueba la carne en el momento del paso de una edad a otra de la vida. También se distinguen de la marca indeleble en la piel que señala la pertenencia a un clan o a un sexo. Las escarificaciones, el piercing, el tatuaje y, desde un cierto punto de vista, la cirugía estética, no son prácticas que hagan un homenaje a los tótems o a los dioses. Al cortar su carne, el ángel polemiza consigo mismo, con su propia parte demoníaca. Delimita en su epidermis lo que pertenece a Lucifer y corta en su carne los primeros frutos a los que tiene derecho.

La marcación de los cuerpos, la violencia que se les inflige, no se utilizan solamente un poquito, así nomás, como si fuese una moda temporaria. No: el circuito comercial se apoya en esta fetichización. La chispa del metal urbano (punk, SM) hizo que surgiera a la luz del día la connivencia del fetichismo de la mercancía y de la angelización posmoderna. Podríamos creer que son los afeites mediáticos, lo virtual prefabricado para ponerle un dique, al sueño. ¡Pero no! Miren bien: esto parte de los cuerpos sin que nadie lo haya programado, previsto. Un día aparece una tribu punk en King's Road en Londres World's End. Veinte años después, sus modos todavía siguen influyendo en los desfiles de moda, impregnados de un erotismo perverso que invoca la fusta y la mano con guantes; la mujer fatal de Therry Mugler, con cuero y corset, ropa interior de metal, látex. Jean-Paul Gaultier high tech, pechos como obuses, cueros luminosos, piercing, tatuajes. Pues después, por supuesto, los estrategas se apoderan de esto, los comerciantes fabrican en oro los mismos aros que laceran la carne de los adolescentes blancos. Los estrategas y los comerciantes saben hacerlo. Miran en los barrios de las afueras y en los squats cómo llega el futuro. Cuando llega, lo dan vuelta en un santiamén: y ¡arriba! ¡Ahí estás, convertido en mercancía!

Ya no es el lazo social el que divide y se vuelve a encontrar en el cuerpo. La escisión del yo postmoderno cambió totalmente de sentido, y esta nueva disposición descubre los tipos de patologías inéditas que acabamos de nombrar. Antes, el yo se escindía entre yo ideal e ideal del yo. De manera que la Spaltung del yo se desplaza ahora entre una identificación con el yo ideal o una contra-identificación con ese mismo yo ideal. Esta lucha del ángel y del demonio se produce en el interior de cada "yo".
Los cuerpos sutiles de la postmodernidad estructuran su ballet según un cuádruple movimiento. Dios desciende a la tierra en donde se reúne con Satán, que ya hace tiempo está allí. Paralelamente, los ángeles azules se encarnan; pero ahora son carnales y no se oponen a las cohortes de los demonios, también habitantes comunes del mundo. Ángeles y demonios se retractan con el mismo movimiento sobre los cuerpos, en el interior de los cuales se libra un combate cercano, pues el vencido de ayer enseguida se toma la revancha mañana. Este ballet cuatripartíto significa que las dos figuras del complejo paterno toman un servicio secular, en tanto que los ángeles y los demonios se enfrentan en la misma piel en el campo de batalla del narcisismo. Un día es Lucifer, hermano de los Angelos Christos, el que gana: sin compartir, ocupa ese cuerpo que, todavía ayer, tenía un carácter de querubín. Todo ángel se vuelve terrible ("Ein Jeder Engel ist schreklich"), terrible tranquilamente y sin matanza. Satán sabe reinar en un infierno alegre, ruidoso, en donde es divertido hacer correr un poco de sangre (y a veces algo más).


Texto extraído de "Los cuerpos angélicos de la posmodernidad", Gerard Pommier, ed. Nueva Visión, Buenos Aires, Argentina, 2002.
Edición original: Calmann-Lévy, París, 2000.
Selección y destacados: S.R.

 

 

        

 

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