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Bazar freudiano III: Freud y la verdad
Sergio Rocchietti
Cuando Freud nos cuenta lo siguiente (que se leerá) en la "Psicopatología de la vida cotidiana", Capítulo 10: Errores, ejemplo cuatro, Pags. 215/216. Ed. Amorrortu, Buenos Aires, Argentina, 1980. No podemos menos que atender a lo que allí se dice y se muestra, y nos muestra, lo presentado allí, en lo que se trata referente a una posición ética. Muchas veces se habla de la ética y ello se hace después que Lacan lo hizo mucho más accesible, luego de su Seminario VII dedicado a ‘La ética del psicoanálisis’, sin embargo no debemos pasar por alto las consideraciones no tan visibles que encontramos a lo largo de la obra freudiana. Y aún más, la ética o el modo de comportarse para decirlo fácilmente de un individuo, el modo de comportarse ‘correctamente’ no es una idea actual, formaba parte del modo de pensamiento y acción de los antigüos griegos y de otras regiones y culturas, pero como nuestra filiación es occidental y griega (y romana y judía) la llamamos ética (ethos). Dejamos la amplitud de esta cuestión para cernirnos a lo que continúa:
"Cierto día un paciente me recordó que le prestase los dos libros prometidos sobre Venecia, con los que quería informarse para su viaje de Pascuas. «Ya los tengo preparados», le dije, y me dirigí, para buscarlos, a la sala donde está mi biblioteca. En verdad había olvidado sacarlos, pues no estaba muy de acuerdo con el viaje de mi paciente, en el que veía una innecesaria perturbación del tratamiento y un perjuicio material para el médico. Eché entonces un rápido vistazo por la biblioteca en procura de los dos libros que tenía en mente. «"Venecia, ciudad del arte"», leí; «aquí está uno; pero además debo tener una obra histórica en una colección parecida. Justo este es: "Los Médici"». Lo tomo y se lo llevo al que espera, para luego tener que confesar, abochornado, el error. Es que yo sé bien, en realidad, que los Médici nada tienen que ver con Venecia; por un momento, sin embargo, eso no me pareció incorrecto. Ahora tengo que poner en práctica la equidad; si tan a menudo he enfrentado al paciente con sus propias acciones sintomáticas, sólo puedo salvar mí autoridad ante él mostrándole con toda sinceridad los motivos, que yo le había mantenido en secreto, de mi aversión a su viaje.
Puede uno pasmarse de que el esfuerzo de los seres humanos por decir la verdad sea mucho más fuerte de lo que se suele estimar. Además, quizá sea consecuencia de mi práctica del psicoanálisis que apenas pueda mentir ya. Tan pronto como intento una desfiguración, cometo un error u otra operación fallida por la que se denuncia mi insinceridad, como en este ejemplo y en los anteriores.
El mecanismo del error parece el más laxo entre todas las operaciones fallidas; vale decir: la ocurrencia del error indica en todos los casos que la actividad anímica en cuestión tuvo que luchar con algún influjo perturbador, pero ello sin que la cualidad misma del error esté determinada por la cualidad de la idea perturbadora que permaneció en la sombra. Sin embargo, en este punto agregamos, con posterioridad, que en muchos casos simples de desliz en el habla y en la escritura cabe suponer igual situación. Siempre que cometemos un desliz en el habla o en la escritura tenemos derecho a inferir una perturbación debida a procesos anímicos situados fuera de la intención; pero es preciso admitir que a menudo aquellos obedecen a las leyes de la semejanza, la comodidad o la inclinación a apurarse, sin que lo perturbador haya conseguido instalar un fragmento de su propio carácter en la equivocación resultante a raíz de aquel desliz. Es sólo la solicitación del material lingüístico la que posibilita el determinismo de la equivocación y le marca también sus límites".
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'Emunah, aletheia, veritas’, nombres de lo mismo que no es lo mismo. Nombres de la verdad. Nombres de la verdad en lugares y pueblos distintos, nombres y tiempos de la verdad. De 'eso' que se dice que habla. La verdad habla: "Puede uno pasmarse de que el esfuerzo de los seres humanos por decir la verdad sea mucho más fuerte de lo que se suele estimar" dice Freud, en los inicios de aquello que se llama "psicoanálisis" y que no es más que las palabras vayan, huyan de la boca y que sus sonidos resuenen, y que no des-mientan nuestra posible aprehensión. Asociación libre e interpretación, la nuestra, la de otro, ¿es que tú dices que yo digo? ¿es que yo digo que tú dices que yo digo? ¿es que tu dices que yo digo que tu dices que yo digo? Nimiedades que espejean en superficies y retruécanos. Ese sonido que algo trae, esa imagen que algo muestra en su presentar, esa promesa dicha en su bienestar algo hará. Ni yo ni tú, eso. Eso aparece y desaparece fulgurantemente, eso resuena y el eco se detiene. Pálida permanencia siempre insuficiente. Y sin embargo el eco algo trae. Eco-trazo. Palabra vibrante.
La verdad habla. Más no habla en el mismo lenguaje que nosotros. No la oímos en las palabras, no la vemos en nuestro derredor. La verdad grita con voces tan estentóreas que nos deja sordos. Sordos y ciegos para la verdad. Verdad que no es definible ni asible. Ni lo intentemos, estertores de ausencia lograremos, ahogos sin suspiros, vanos recuerdos; es entre, siempre entre, entre las palabras no escuchadas, es entre los sonidos no oídos, es entre las superposiciones y los silencios, es entre los límites de nuestras percepciones que, quizás y sólo quizás, alguna vez … algún entresijo se abre. E inmediatamente se cierra. Y algo alcanzamos que se deshace entre nuestros dedos.
Y eso alcanza, nos alcanza y nos mueve y no lo sabemos y no lo reconocemos. Hasta que va perdiendo su eficacia y cuando nos detenemos y puede pasar mucho tiempo para que eso suceda, y consideramos cuando podemos, que ha sucedido, relatamos lo que creemos que pasó. Nuestra verdad dicha en un relato para otro participa netamente del engañarnos. ¿Qué queremos-creemos ser? No es mentira ni verdad. Es relato o sea ficción. Espacio del relato que constituye las realidades. La de cada uno, la de cada uno con otros. La de nosotros.
Distintos relatos que agrupan a uno, otro, otros y a todos.
Luego, el psicoanálisis será ese lugar donde se intenta ser no demasiado insincero: "Tan pronto como intento una desfiguración, cometo un error u otra operación fallida por la que se denuncia mi insinceridad..." Y es ese leve desplazamiento desde los discursos cotidianos y grupales en los espacios públicos y comunes a un espacio clausurado, ajeno y distinto donde se podrá -a lo mejor o a lo peor- favorecer un encuentro: el encuentro con la verdad (de un decir, de un no haber dicho, de un haber dicho los otros u otro) que me aqueja, que me altera, que me perturba o me favorece, me satisface, me avergüenza y me ata y desata, me hace y me hace hacer. Estos son los argumentos escenográficos que me podrán llevar a considerar la piedra-verdad o el grito-verdad o el dolor-verdad o el golpe-verdad. Y hay más pero es suficiente.
Fragmentaria y parcial, otra no puede ser nuestra consideración de esta palabra, (verdad), que volvemos a encontrar en un suceso acontecido hace más de cien años en el consultorio de un médico vienés que cometió un lapsus frente a un paciente. Nada más. Lo importante es lo que hizo luego, allí, con él.
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Con-versiones diciembre 2003
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