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Bazar freudiano III
Sergio Rocchietti
Freud y la verdad:
"Cierto día un paciente me recordó
que le prestase los dos libros prometidos sobre Venecia, con los que quería
informarse para su viaje de Pascuas. «Ya los tengo preparados», le dije,
y me dirigí, para buscarlos, a la sala donde está mi biblioteca.
En verdad había olvidado sacarlos, pues no estaba muy de acuerdo con
el viaje de mi paciente, en el que veía una innecesaria perturbación
del tratamiento y un perjuicio material para el médico. Eché entonces
un rápido vistazo por la biblioteca en procura de los dos libros que
tenía en mente. «"Venecia, ciudad del arte"», leí; «aquí
está uno; pero además debo tener una obra histórica en
una colección parecida. Justo este es: "Los Médici"». Lo tomo
y se lo llevo al que espera, para luego tener que confesar, abochornado, el
error. Es que yo sé bien, en realidad, que los Médici nada tienen
que ver con Venecia; por un momento, sin embargo, eso no me pareció incorrecto.
Ahora tengo que poner en práctica la equidad; si tan a menudo he
enfrentado al paciente con sus propias acciones sintomáticas, sólo
puedo salvar mí autoridad ante él mostrándole con toda
sinceridad los motivos, que yo le había mantenido en secreto, de mi aversión
a su viaje.
Puede uno pasmarse de que el esfuerzo de los seres
humanos por decir la verdad sea mucho más fuerte de lo que se suele estimar.
Además, quizá sea consecuencia de mi práctica del psicoanálisis
que apenas pueda mentir ya. Tan pronto como intento una desfiguración,
cometo un error u otra operación fallida por la que se denuncia mi insinceridad,
como en este ejemplo y en los anteriores.
El mecanismo del error parece el más laxo
entre todas las operaciones fallidas; vale decir: la ocurrencia del error indica
en todos los casos que la actividad anímica en cuestión tuvo que
luchar con algún influjo perturbador, pero ello sin que la cualidad misma
del error esté determinada por la cualidad de la idea perturbadora que
permaneció en la sombra. Sin embargo, en este punto agregamos, con posterioridad,
que en muchos casos simples de desliz en el habla y en la escritura cabe suponer
igual situación. Siempre que cometemos un desliz en el habla o en la
escritura tenemos derecho a inferir una perturbación debida a procesos
anímicos situados fuera de la intención; pero es preciso admitir
que a menudo aquellos obedecen a las leyes de la semejanza, la comodidad o la
inclinación a apurarse, sin que lo perturbador haya conseguido instalar
un fragmento de su propio carácter en la equivocación resultante
a raíz de aquel desliz. Es sólo la solicitación del material
lingüístico la que posibilita el determinismo de la equivocación
y le marca también sus límites".
"Psicopatología de la vida cotidiana" Capítulo
10: Errores, ejemplo cuatro, Pags. 215/216. Ed. Amorrortu.
'Emunah, aletheia, veritas, nombres de lo mismo
que no es lo mismo. Nombres de la verdad. Nombres de la verdad en lugares y
pueblos distintos, nombres y tiempos de la verdad. De 'eso' que se dice que
habla. La verdad habla: "Puede uno pasmarse de que el esfuerzo de los seres
humanos por decir la verdad sea mucho más fuerte de lo que se suele estimar"
dice Freud, en los inicios de aquello que se llama "psicoanálisis"
y que no es más que las palabras vayan, huyan de la boca y que sus sonidos
resuenen, y que no des-mientan nuestra posible aprehensión. Asociación
libre e interpretación, la nuestra, la de otro, ¿es que tú dices
que yo digo? ¿es que yo digo que tú dices que yo digo? ¿es que tu dices
que yo digo que tu dices que yo digo? Nimiedades. Ese sonido que algo trae,
esa imagen que algo muestra en su presentar, esa promesa dicha en su bienestar
algo hará. Ni yo ni tú, eso. Eso aparece y desaparece fulgurantemente,
eso resuena y el eco se detiene. Pálida permanencia siempre insuficiente.
La verdad habla más no habla en el mismo
lenguaje que nosotros, no la oímos en las palabras, no la vemos en nuestro
derredor. La verdad grita con voces tan estentóreas que nos deja sordos.
Sordos y ciegos para la verdad. Verdad que no es definible ni asible. Ni lo
intentemos, estertores de ausencia lograremos, ahogos sin suspiros, vanos recuerdos;
es entre siempre entre, entre las palabras no escuchadas, es entre los sonidos
no oídos, es entre las superposiciones y los silencios, es entre los
límites de nuestras percepciones que, quizás y sólo quizás
alguna vez, algún entresijo se abre. E inmediatamente se cierra y algo
alcanzamos que se deshace entre nuestros dedos.
Y eso alcanza, nos alcanza y nos mueve y no lo
sabemos y no lo reconocemos. Hasta que va perdiendo su eficacia y cuando nos
detenemos y puede pasar mucho tiempo para que eso suceda, y consideramos cuando
podemos, que ha sucedido, relatamos lo que creemos que pasó. Nuestra
verdad dicha en un relato para otro participa netamente del engañarnos.
¿Qué queremos-creemos ser? No es mentira ni verdad es relato o sea ficción.
Espacio del relato que constituye las realidades. La de cada uno, la de cada
uno con otros. La de nosotros.
Distintos relatos que agrupan a uno, otro, otros
y a todos.
Luego, el psicoanálisis será ese
lugar donde se intenta ser no demasiado insincero: "Tan pronto como intento
una desfiguración, cometo un error u otra operación fallida por
la que se denuncia mi insinceridad..." Y es ese leve desplazamiento desde
los discursos cotidianos y grupales en los espacios públicos y comunes
a un espacio clausurado, ajeno y distinto donde se podrá -a lo mejor
o a lo peor- favorecer un encuentro: el encuentro con la verdad que me aqueja,
que me altera, que me perturba o me favorece, me satisface, me avergüenza
y me ata y desata, me hace y me hace hacer. Estos son los argumentos escenográficos
que me podrán llevar a considerar la piedra-verdad o el grito-verdad
o el dolor-verdad o el golpe-verdad. Y hay más pero es suficiente.
Fragmentaria y parcial, otra no puede ser nuestra
consideración de esta palabra, (verdad), que volvemos a encontrar en
un suceso acontecido hace más de cien años en el consultorio de
un médico vienés que cometió un lapsus frente a un paciente.
Nada más. Lo importante es lo que hizo luego, allí, con él.
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diciembre 2003
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