¿Quién
dijo que todo está perdido? (*)
Ivonne
Bordelois
El
habla es ya un poema olvidado
Heidegger
Si
deploramos en general, con justo motivo, el nivel de lenguaje de
los medios o del habla de algunos grupos de adolescentes entre nosotros,
no podemos hacerlo sin reparar al mismo tiempo en aquellos que son
signos de esa frescura aluvional con que la lengua sigue avanzando
aun en zonas y épocas nubladas. El que se erige en custodio
de la lengua está a un paso de convertirse en maestro ciruela
si no tiene al mismo tiempo la generosidad, la abertura y la lucidez
necesarias para detectar la buena nueva que va emergiendo y destellando
aun desde los aparentes pantanos expresivos de nuestra cultura.
Por
ejemplo, pocos notan que en los últimos tiempos -sea por
el influjo de las telenovelas latinoamericanas, de las letras de
las canciones populares o lo que fuere: poco importa el origen cuando
los frutos son buenos- nuestra gente joven ha recuperado algunos
términos que la pacatería estética de nuestras
clases "superiores" habían confinado al infierno
de la cursilería. Nuestros adolescentes hoy día no
sólo se quieren sino que se aman; encuentran
que las cosas y las gentes no son sólo lindas sino
también hermosas o bellísimas. Nuevos
matices se desarrollan que acompañan también estas
nuevas actitudes expresivas. El rojo, proscripto misteriosamente
de nuestro vocabulario (¿acaso por influjo reaccionario derivado
de la Guerra Civil española?), va reincorporándose
y desterrando vengativamente al hoy envejecido colorado.
La
sorprendente y heterodoxa aparición de genia e ídola
acaso contrabalancee tanta absurda Señora Ministro o
Señora Médico que nos llega de España.
Afortunadamente, las mujeres ya no son monas (con la inevitable
connotación burlesca y grotesca de imitación servil
que el término apañaba) sino que están fuertes.
Ir al frente y poner el cuerpo son frases-emblemas de una
nueva generación extrovertida, harta acaso de los melindres
y tapujos de las etapas precedentes. Me mandé, te mandaste
son las pintorescas versiones porteñas de una fresca interpretación
del imperativo categórico. No cabe dejar de admirar la eficaz
brevedad de nuestro gráfico fue, fuíste,
y la nefasta concisión del no menos despiadado se pudrió
todo. La codicia de los narcotraficantes tiene su merecido
retrato y maltrato en el nombre de la merca. La represalia
por la desaparición de la mágica ñ, cuyo funeral
fue memorablemente entonado por María Elena Walsh, ha sido
la sustitución de OK por OKA. En un café, ya no recurrimos
a la insolencia de llamar mozo a un empleado anciano. En
los supermercados caminamos venecianamente entre góndolas,
invistiendo de un aire surrealista nuestros mercantiles quehaceres
cotidianos. La admiración o la celebración no sólo
se atestiguan -paradójica y significativamente- con un ¡bárbaro!
o un ibrutal! o un ¡bestial! sino con un
¡buenísimo! o bien, aun mejor, con el poético
¡joya!
Si
hay escaseces de las que podemos con motivo quejarnos, la de la
gracia porteña no es una de ellas. Un personaje televisivo
se queja de haber quedado "más solo que Adán
en el Día de la Madre". Las paredes de Palermo Viejo
sonríen: "Démonos una mano, dijo la Venus de
Milo", o bien: "Anoche soñé con Dios / Pero
yo no lo maté". El carpintero que se cae de una escalera
en casa comenta: "Y, qué quiere, señora, es la
sejuela". "¿Y qué es la sejuela, Juan?"
"Y, se jue la juventud, señora". Un tachero con
el cual comparto los cotidianos infortunios que afligen nuestra
vida urbana y política me despide con un oriental y enjundioso:
"Que Dios nos cubra, señora". No hay drama
suena a mis oídos más convincente que no problem.
Si, muy probablemente a través del tudo bem
portugués, hemos calcado con nuestro todo bien el
all right anglosajón -muchas veces mezcla de impaciencia
retenida más que de aprobación- no dejamos de contrastarlo
con un sincero todo mal cuando la ocasión lo requiera la
admisión de un fracaso ante el ojo eternamente competitivo
del interlocutor. El estar de onda proclama la existencia
de un radar invisible que detecta una feliz e imponderable armonía
con los alrededores. Y no hemos perdido el freudiano y profundo
¿Quíén te manda ... ? ante las barrabasadas
del prójimo. Nos zarpamos, nos sacamos
cuando nos hacen el verso, nos ningunean o nos
cortan el rostro, así como remamos ante
la adversidad cotidiana de nuestro catastrófico país,
y alguien se llora todo si el dolor golpea demasiado fuerte.
Al que se abalanza con su histeria verbal sobre nosotros lo frenamos
con un oportuno Pará la moto o Bajá un cambio.
El vesre lunfardesco extiende maliciosamente las connotaciones:
no es lo mismo telo que hotel, rope que
perro, chochamu que muchachos. El voseo
avanza y limita severamente las zonas en que era sólo atributo
de los supuestamente privilegiados o personas de mayor autoridad
para dirigirse a los supuestamente inferiores o de rango menor.
Y a la vista y oídos de estos y otros indudables avances
expresivos, no podemos vacilar en decir, como en una de las mejores
letras de nuestro rock: "¿Quién dijo que todo
está perdido?"
Ninguna
de estas innovaciones proviene de escritores ilustres o periodistas
brillantes u oradores enjundiosos ni mucho menos de académicos
consagrados; son todas fantasías, innovaciones o gracias
colectivas y anónimas que algún día brotan
y otros días se marchitan o se expanden y prenden en el aire
febril de la ciudad.
Como
dice Heidegger, "el habla habla": las nuevas palabras,
las fonéticas innovadoras se instalan en el aire de las conversaciones
sin las luchas feroces que llevan al estrellato a un best-seller
o a un cantautor o a una animadora de televisión: del pueblo
vienen y al pueblo van.
Por
eso podemos decir que el lenguaje es acaso la única institución
democrática que aún nos queda funcionando eficazmente
No
ostenta líderes seductores ni propagandas invasoras ni controles
totalitarios como las supuestas democracias actuales: está
naciendo todos los días del común consenso y de su
propia y colectiva libertad.
Crece
como un niño indetenible, se ríe de las normas innecesarias,
pero guarda la inconsciente memoria de la riqueza del pasado y de
ella se abastece con rara precisión. No ha olvidado que algún
día dijimos la calor, como aún lo dicen los
franceses; aunque ya no puede ir del médico, va
de compras todos los días; resucita palabras cuando,
con sesgo científico-surrealista, adjetiva los sucesos como
fenomenales. Es inocente, pretérito y futuro; juega
y profetiza, se divierte con nosotros y a costa de nosotros. Y en
el paisaje de macabros escombros que nos rodea, es la garantía
más preciosa que tenemos de que la vida sigue viva en nosotros.
(*)
Del libro: La palabra amenazada
Editorial:
Libros del Zorzal
2003,
Buenos Aires
Selección
V.G.
Con-versiones.
Diciembre 2003
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