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La religión, la tragedia y la comedia en Hegel

Héctor Raurich


Nota introductoria: Dadas las dificultades de la terminología empleada por Hegel en "La fenomenología del espíritu", no nos olvidemos que su subtítulo es "Ciencia de la experiencia de la conciencia", creemos conveniente incluir un trabajo del pensador argentino H.R. para alcanzar una correcta comprensión de la terminología específica utilizada por Hegel en aquélla obra, en lo referente a los temas que destacamos (religión, tragedia y comedia).Agregamos que en lo referente a estas temáticas es ya alta la dificultad y la enorme bibliografía que se puede consultar, pero hay lugares insoslayables, uno de esos lugares lleva por nombre, Hegel.

Si nos referimos al subtítulo fue para puntualizar que se hace necesario poder ubicarse en los lugares de enunciación que utiliza Hegel para poder dar y darse una adecuada percepción de lo que acontece en esa conciencia, que va desde lo individual a lo universal, con distintos momentos, formas y movimientos. Si se comprende la lógica en juego y desde donde se esta "explicando" Hegel alguna cuestión, las intelecciones se producen; por supuesto, en nosotros, y lo que queda por entender, que quede, seamos pacientes y la comprensión llegará, es más importante continuar que entender. Allí donde el paisaje sea claro, veremos, donde no lo sea, esperemos; esa es una de las claves de la dialéctica: el movimiento y el no resistirnos a ser llevados.

Sergio Rocchietti

1. En las figuraciones anteriores -dice Hegel- conciencia, conciencia de sí, razón y espíritu, la religión ya se nos ha aparecido en general como conciencia de la esencia absoluta (de la Realidad esencial absoluta), pero solamente desde el punto de vista de la conciencia, que es consciente de la esencia absoluta (yo subrayo HR); "pero en esas formas la esencia absoluta no ha aparecido en sí y para sí misma, no ha aparecido la conciencia de sí del Espíritu (la conciencia era consciente de esas formas de la substancia o del espíritu, pero no lo era de sí misma como espíritu, del espíritu como de si misma; no era espíritu absoluto).

Se ha interpretado este pasaje en el sentido teista del modo siguiente. Hasta el presente se ha hablado de la actitud que toma el hombre respecto de Dios. Pero no se trataba todavía de Dios mismo, de la forma como Dios toma conciencia de sí en y por la religión, independientemente de su revelación a los hombres. Pero esta interpretación es inaceptable pues si la Fenomenología tiene un sentido el Espíritu del que aquí se trata no es otro que el Espíritu humano. No hay espíritu -en efecto- para Hegel, fuera del mundo, y el Espíritu en el mundo es el Hombre, la Humanidad, la Historia universal.

Hay pues que interpretar este pasaje de otro modo. ¿Qué es la realidad esencial absoluta? Lo que es verdaderamente real no es la Naturaleza, el Mundo natural distinto del hombre. Pues de hecho el mundo natural real implica el hombre (desde que el hombre lo piensa y lo vive). Inversamente, el hombre fuera del mundo es una abstracción. La realidad es pues el Mundo que implica al hombre, al hombre que vive en el Mundo. Y ahora ¿cuál es la esencia de esta realidad, su idea? No puede ser otra que el hombre en la medida en que es algo distinto del mundo, aunque desde luego él, el hombre, no puede existir sino en el mundo. El hombre es por lo tanto la realidad esencial de lo Real existente. Esto es para Hegel, como para todo pensador judeo-cristiano, un axioma. Pero esta realidad esencial es también absoluta, dice Hegel. No puede pues ser el individuo, lo Particular. Pues el hombre aislado no existe, así como el hombre no existe sin mundo. La realidad esencial absoluta es, pues, no el individuo, sino la humanidad, Es lo que Hegel llama Espíritu del Mundo, o Espíritu del Pueblo, o Historia, o Estado, o en fin, Sociedad.

Ahora bien, Hegel dice en el texto que analizamos que hasta este momento la realidad esencial absoluta era considerada, no había aparecido más que como conciencia. Pero, como sabemos, conciencia mera significa para él conciencia de la realidad exterior, del no.Yo opuesto al Yo, del objeto opuesto al sujeto cognoscente. Se trata pues de la actitud que tomaba el individuo humano (el Particular) respecto del Hombre en tanto que tal, concebido como realidad esencial de lo Real en general. Para este Hombre individuo esta realidad esencial era algo exterior, autónomo, opuesto a él. De hecho esta realidad esencial absoluta, la idea del conjunto de lo real, es también la idea de cada individuo humano. Así el Pueblo, la comunidad, el Estado, no es más que una integración de ciudadanos y cada ciudadano no es lo que es más que por una participación en el Estado. Pero mientras el hombre no se da cuenta de ello, mientras la realidad del Estado y de la vida política no revela este hecho (de la interdependencia y la realidad social) el individuo se opone al Estado y ve en él una realidad independiente. Tiene de él una visión como se tiene en la conciencia del mundo exterior; es un objeto independiente, extraño. Hasta aquí se trataba pues de las actitudes que el individuo que se opone al Estado, a la humanidad, a su comunidad, asumía respecto de ellos. Ahora en cambio se trata de una actitud diferente. Ahora se trata de comprender cómo el Espíritu se comprende a sí mismo como tal, no ya por las actitudes de los individuos respecto de él. Según Hegel esta autocomprensión de los individuos o del Espíritu del pueblo se efectúa dentro y por medio de la Religión.

Según Hegel el Hombre se comprende en tanto que individuo aislado por la Filosofía. Y toda la filosofía prehegeliana era una filosofía de la conciencia que revelaba, de una parte, el sujeto opuesto al objeto, el individuo humano opuesto al mundo natural, de otra parte el objeto autónomo, exterior al sujeto. En cuanto al hombre real, colectivo, histórico -o si se quiere, el Estado, la comunidad- se revela a sí mismo en la Religión. Esa es la razón por la que la filosofía pre-hegeliana de la conciencia debía ser completada necesariamente por la Religión. Inversamente, toda religión exigía y engendraba un complemento filosófico.

Sólo a partir del momento en que el Estado se transforme y desaparezca la oposición de lo Particular y lo Universal desaparecerá la oposición entre Filosofía y Religión. El Hombre verá entonces que la realidad esencial absoluta es su propia realidad (la hace él mismo). La realidad no se le opondrá ya y él la conocerá no por una teología sino por el saber absoluto (antropología), síntesis de la Religión y la Filosofía.

El pueblo, la comunidad como conjunto de individuos, actúa, y en esta acción se crea como Estado o pueblo organizado. Pero el producto de la acción se separa de la acción y del agente. Para éste su propio producto se vuelve una entidad autónoma exterior que forma parte del mundo real en que los agentes, los individuos, actúan y viven. Cuando el agente cesa de actuar y quiere comprender lo que ha hecho se vuelve necesariamente mera conciencia, consciente de una realidad exterior. Sólo la acción es el vínculo entre el Yo y el no-Yo (la filosofía de Hegel se sitúa entre el objeto y el sujeto). En la contemplación el Ser es siempre un no-Yo dado, un dato, autónomo. Así el hombre contempla el Estado que es su obra como una entidad independiente, extraña, y lo venera como algo estático, dado, existente por sí mismo. Y es esta comprensión de la comunidad en tanto que comunidad que se efectúa bajo la forma religiosa, mítica, y se traduce por el arte y la Teología.

Empero -como decimos- la religión ya se nos ha aparecido porque la experiencia de la conciencia es siempre, aunque ella misma lo ignore, una experiencia de la substancia espiritual. La nuda conciencia era, bajo la forma o especie del entendimiento, conciencia de lo supra-sensible; pero lo supra-sensible era solamente lo universal, que todavía no era Yo ni Espíritu (era aquel interior de las cosas, privado del Yo de la conciencia); la conciencia de sí, como conciencia de sí abstracta, se nos apareció como conciencia desventurada, proyectando más allá de sí misma su ideal de libertad y aspirando a encontrar en la objetividad esa unidad de si misma y de la conciencia inmutable que en ella no era más que una aspiración subjetiva. (La conciencia de sí, especialmente en la forma de la conciencia desventurada, no lograba alcanzar la unidad de la conciencia de sí singular y de su conciencia inmutable; era solamente el dolor del Espíritu que no accede a la objetividad). En la primera fase del espíritu, o espíritu inmediato, mundo ético (Grecia), el Yo singular es solamente sombra singular (penate) que ha separado de si la universalidad y se le opone como destino (religión del infierno que consistía en la fe en el poder desconocido del destino y en las Euménides del espíritu separado); en la fase siguiente del espíritu o mundo de la cultura o de la enajenación (Medioevo-Modernidad) el Yo separado se une con su universalidad, pero esta unidad sólo se produce en el pensar y hace crisis en la Ilustración y la revolución francesa como voluntad vacía, como forma abstracta de la libertad absoluta, o voluntad negativa. En la visión moral del mundo (sistemas de Kant y de Fichte) el Yo singular es y se sabe consciente de sí mismo como lo universal, la esencia absoluta o el deber, y en tanto que tal es conciencia de sí, pero también se sabe corno naturaleza externa, y en tanto que tal es mera conciencia; en posesión de todos los momentos de la mediación no logra sin embargo reducirlos a la unidad-, en sus postulados la unidad de los momentos (del Yo singular y de lo universal, del Yo universal), es solamente pensada. La moralidad existe como representación de un deber al que la naturaleza es del todo indiferente; el deber es un puro universal y el actuar siempre un singular, y dada esta diversidad de sus esencias no pueden unificarse nunca.

Pero en todas estas formas de la conciencia y del espíritu la religión no es considerada más que desde el punto de vista de la conciencia y no como la esencia absoluta en sí y para sí misma, no como conciencia de sí del espíritu.

2. Lo que distingue, en cambio, a este ámbito nuevo de experiencias en el que ahora ingresamos, es la manifestación fenoménica de la conciencia de sí del espíritu.

En los capítulos de la Fenomenología titulados: Conciencia, Conciencia de sí o Autoconciencia, y Razón o Sujeto Absoluto (los cinco primeros capítulos), hemos asistido al desarrollo de una conciencia individual. Al pasar al Espíritu (capítulo VI), el objeto de la experiencia se ha vuelto "un mundo, el mundo de la substancia espiritual en sí, absoluta, el mundo de la historia humana, que todavía no es sin embargo la conciencia de sí mismo como espíritu". 0 como dice Hegel: "Las figuras del espíritu -el espíritu verdadero o inmediato (mundo antiguo), el espíritu que se ha vuelto extraño a sí mismo (mundo medieval y moderno), el espíritu cierto de sí mismo-, constituyen el espíritu en su conciencia, es decir, en la forma de la conciencia (y no (todavía) en su conciencia de sí, en la forma propia de ésta), y esta conciencia oponiéndose a su mundo, no se reconoce en él".

(0 en otros términos aún: el espíritu tiene conciencia del espíritu pero tiene conciencia del espíritu como algo distinto de él que lo concibe, como objeto, substancia, diverso de sí; carece aún de la conciencia de este objeto o substancia como siendo su propia esencia, como el producto de su acción; no tiene conciencia de que este otro al que se opone, ese mundo, esa historia, es él mismo y él mismo quien por lo tanto la hace y se hace en ella. Tiene conciencia del espíritu, pero no tiene conciencia de sí del espíritu, no es en ningún grado espíritu absoluto, esa forma en que el espíritu llega a la conciencia de sí mismo como a su verdad suprema.)

3. Hegel ve en la religión una forma superior del espíritu. Sólo el Todo (la totalidad) del Espíritu tiene auténtica realidad; la conciencia, la conciencia de sí, la razón y el espíritu son únicamente los momentos singulares de este todo. La religión es la totalidad simple o el Yo absoluto de estos momentos. El objeto de la religión es lo Absoluto, lo incondicionado. Es la primera forma del espíritu absoluto. Ya en las obras juveniles Hegel sostiene que la religión es la conciencia que un pueblo cobra de sí mismo en la historia y en tanto que tal sobrepasa las circunstancias temporales que han presidido su nacimiento. La religión es ya para el Hegel juvenil -según vimos- tanto un pensamiento especulativo como una ética. El nos hablaba entonces del "espíritu del helenismo", del "espíritu del judaísmo", del "espíritu del cristianismo", y a estos diversos espíritus correspondían religiones diversas en la historia. Como se recordará, la religión abstracta de la Ilustración, el deísmo iluminista, o la religión en los límites de la pura razón de Kant, no captaban a su parecer la originalidad que se manifiesta en la religión. Por entonces, criticando estas concepciones de la religión, alcanzó aquel concepto ambivalente de la positividad en que lo religioso se nos aparece como una suerte de visión del mundo impregnada de una recóndita racionalidad que informa su esencia y provoca sus metamorfosis.

La religión, tal como es estudiada en esta parte de la Fenomenología es, como decíamos, una forma superior del Espíritu. Está por encima de todas las formas de conciencia que hemos analizado y también de todas las formas del espíritu anteriores a ella. Es conciencia de sí (no de la conciencia) sino conciencia de sí del Espíritu (de la substancia absoluta). Pero no es todavía sin embargo el saber absoluto, pues este conocimiento del espíritu por el espíritu, que es la religión, esta forma del espíritu absoluto, es un conocimiento bajo la especie o la forma de la imaginación y del sentimiento, es un conocimiento representativo. Y esta es la razón por la cual el arte es un momento de toda religión y más especialmente característico, según se verá, de una cierta forma de religión.

Hegel concibe este conocimiento que es la religión, y también ese conocimiento que es el arte, como anticipaciones del pensamiento filosófico. Para él, el saber absoluto, la filosofía, se eleva por encima de la religión. Ésta manifiesta el contenido verdadero pero como este contenido reviste en ella la forma sentimental, imaginativa de la representación, se le aparece a la comunidad religiosa como un contenido extraño a ella, no como su propia vida, no como el ser mismo de ella, de la comunidad, En la religión la comunidad no posee aún la conciencia [¿plena?] de lo que ella es. La filosofía aparece en Hegel enriquecida por el aporte de la religión y muy singularmente de la religión cristiana -de la que su filosofía pretende ser el intérprete pero pone el saber más alto que la fe y el concepto en un plano más elevado que la representación religiosa. En este sentido Hegel es también el precursor inmediato de Feuerbach y de Marx.

4. La religión es pues la conciencia de sí del Espíritu absoluto representado por el espíritu finito. El objeto que la conciencia contempla ahora es el espíritu y no ya un mundo extraño. Por eso la religión es conciencia de sí del espíritu. La religión es algo nuevo en el proceso fenomenológico seguido hasta aquí porque es este saber de sí del espíritu. Pero en este saber de si del espíritu que es la religión, el espíritu se afirma de nuevo como conciencia, o lo que es lo mismo, el espíritu recorre de nuevo y de manera distinta el proceso fenomenológico.

Comienza por conocerse en forma inmediata. Se afirma al principio como objeto forma no es la revelación completa, adecuada, de su esencia (el objeto es ahora el espíritu como totalidad, el espíritu absoluto, pero la forma a través de la cual se (lo) capta, la forma religiosa, representación, sentimiento, forma imaginativa, es una forma inmediata, no cabalmente adecuada). El espíritu se representa él mismo a si mismo, es para sí el saber de sí, en lugar de ser solamente la conciencia de su mundo, como sucedía en las experiencias o etapas anteriores, pero es sólo un saber ínmediato de sí. Su esencia es en adelante este saber de sí que constituye el espíritu absoluto, pues el espíritu absoluto no es absoluto, sino en tanto que se sabe a sí mismo, pero su manifestación (la manifestación de esta esencia) es todavía imperfecta puesto que el espíritu se aparece a sí mismo bajo el velo de una forma inadecuada a esta esencia, la forma de la representación.

Sólo al final de la fenomenología de las religiones, pasando por la dialéctica reveladora de todas las religiones particulares (visiones del mundo y éticas diferentes, conciencia que es siempre la de una comunidad espiritual, un pueblo particular), el espíritu será para sí lo que al principio no era sino inmediatamente.

5. Pero ¿por qué el espíritu se aparece a sí mismo bajo esta forma imperfecta, por qué es necesaria esta revelación progresiva? Porque es necesario que el espíritu se vuelva de nuevo lo que es inmediatamente; que elabore él mismo en esta nueva esfera la forma de su saber de sí. Este saber que es la religión, este saber el espíritu de sí mismo, no es solamente un saber para nosotros que filosofamos, es también y antes un saber real de las comunidades o espíritus efectivos en la historia, y como tal se afirma y progresa por sí mismo. El espíritu de la religión es también espíritu en el mundo, espíritu efectivo. El espíritu efectivo -el espíritu oriental, el espíritu griego, el espíritu moderno- vive en un mundo y es, además, como espíritu en la religión, el saber de sí del espíritu. Como hemos dicho, este espíritu de la religión presupone todos los momentos del espíritu (conciencia, conciencia de sí, razón, espíritu inmediato); es, su totalidad simple (su supuesto, como el espíritu lo era de las abstracciones de la conciencia, conciencia de sí, etc.). Esta totalidad es pues inmanente a la religión.

La sucesión de las religiones, es decir, del espíritu total (¿del espíritu absoluto?) afecta una forma histórica que es la expresión de su desarrollo interno. Este desarrollo histórico corresponde a la relación del espíritu efectivo y del espíritu de la religión. El espíritu de la religión es el espíritu total por oposición a ese espíritu efectivo o espíritu en el mundo que está caracterizado por una determinación particular. Una religión particular -aunque presuponiendo todos los momentos del espíritu, siendo una totalidad simple posee una cierta determinación que expresa o traduce en su conciencia el espíritu del mundo, el que tiene en ella su conciencia de sí (la religión expresa lo absoluto, es conocimiento absoluto, filosofía, y además es correlato del espíritu efectivo, de la comunidad histórica, expresión ideológica de ésta). La historia de las religiones, es decir, del saber de sí del espíritu, es al mismo tiempo la historia del espíritu del mundo que en la religión se sabe él mismo como espíritu.

El fundamento de la religión es el saber de sí del espíritu; el término de su desarrollo debe pues ser este saber integral del espíritu como espíritu, un saber en el cual las diferencias que corresponden a una cierta historia del espíritu del mundo son superadas. En ese punto se produce una reconciliación completa entre el espíritu efectivo que le sirve de objeto y el espíritu de la religión, o sea entre la conciencia y la conciencia de sí (entre el mero ser expresivo, espejo o correlato, conciencia de un objeto, la comunidad efectiva, tal o tal forma histórica del espíritu, griega, medieval, etc.), símbolo, alegoría de él, y el conocimiento absoluto, saber absoluto de sí, conciencia de sí o esencia que constituye el fundamento -según dijimos- el carácter propio de toda religión.

En la religión se expresa el espíritu efectivo y se conoce a través de ella, pero puesto que se expresa en ella y a través de ella se conoce, no se expresa ni se conoce por si mismo y en sí mismo, sino precisamente en ella y por ella, su conocimiento es un conocimiento indirecto no adecuado; o sea, "el espíritu efectivo no es lo que debe ser el espíritu consciente de sí mismo, no se manifiesta a sí mismo", no es efectivamente tal como es en su esencia-. Sólo en la religión revelada, la forma suprema de la religión, el espíritu será para sí mismo como es en su esencia, porque la encarnación efectiva de Dios, su muerte y su resurrección en la comunidad, serán el ser mismo del espíritu sabiéndose como es (como comunidad, como nosotros infinito, como Dios humano o humanidad divina, como Dios inmanente), y en este momento el espíritu del mundo o espíritu finito será reconciliado con el espíritu infinito; (el espíritu efectivo, la forma histórica de este espíritu, será el espíritu absoluto, el espíritu consciente de sí, consciente de su infinitud, no sólo de su finitud; o de otro modo: consciente de que su finitud es el modo de su infinitud o de que su finitud, trascendiéndose, revela y expresa su infinitud; que, en fin, él es esta infinitud muriendo y renaciendo, enajenándose y volviendo a sí). Entonces será para ella lo que ahora es únicamente para nosotros que filosofamos. El espíritu efectivo debe al fin volverse idéntico al espíritu absoluto y el espíritu absoluto debe saberse en el espíritu efectivo como espíritu absoluto. No habrá ya simbolismo ni trascendencia. El espíritu se contemplará a sí mismo en su historia, no habrá ya religión como su figura auténtica. Todo se habrá revelado. En la religión revelada hay aún un limite que está dado por su carácter representativo, imaginativo, simbólico. Por ello la reconciliación efectiva no se produce sino en el saber absoluto.

6. La dialéctica de la religión, su proceso, responde a dos exigencias diferentes que deben coincidir. De una parte, la religión es el desarrollo interno de un saber de sí del espíritu (un saber que desde su origen es un saber absoluto si bien indirecto, enajenado, inmediato al principio, caracteres que va perdiendo en el curso de su desarrollo hasta la forma limite de la religión revelada, pero de los que no se despoja íntegramente nunca, razón por la cual la verdad de la religión se presentará, no bajo la forma meramente religiosa sino bajo otra forma o figura: la del saber absoluto propiamente dicho, específico), saber que se representa a sí mismo lo que es como espíritu, saber que, primero inmediato, progresa hasta dar a su expresión de si la forma de sí mismo. El espíritu no es verdaderamente saber de sí más que haciéndose él mismo lo que es. De otra parte, la religión es el reflejo de cierto espíritu del mundo, el cual encuentra en su religión una expresión ideal de si mismo.

Estos dos procesos son uno solo porque el progreso del espíritu del mundo y el del saber de sí del espíritu (la religión) son correlativos. El espíritu del mundo (la humanidad en su proceso histórico) es el devenir del saber de sí del espíritu como espíritu. Pero una religión no supera el espíritu efectivo que le confiere su determinación. "La representación que el hombre tiene de Dios corresponde a aquella que él tiene de si mismo y de su libertad" (Enciclopedia). El hecho de que la religión no sea más que una parte de la existencia humana y que la otra parte esté constituida por la vida del hombre en el mundo, determina su insuficiencia. Y es esta parte la que determina el espíritu particular de la religión.

II

1. El proceso dialéctico de la religión, su fenomenología, constituye una revelación progresiva del espíritu a sí mismo. El primer momento de esta revelación es la religión de la naturaleza. En ella el espíritu se sabe inmediatamente. El objeto por el que el espíritu se representa a sí mismo tiene la forma del ser en general (conciencia) o la del Amo por oposición a la del Esclavo (conciencia de sí inmediata) (abstracta). "Lo que constituye la plenitud de este ser no es ni la sensación ni la materia variada ni cualquier otro momento unilateral, fin o determinación, sino que esta plenitud es el espíritu (inadecuación entre el objeto y la esencia; el objeto es metáfora de la esencia), y este ser es sabido (en esta religión) como toda la verdad y toda la efectividad; sin embargo esta plenitud no es igual a su figura; el espíritu como esencia no es igual a su conciencia" (el espíritu que se representa no coincide, no se expresa cabalmente en la forma de la representación). Esta forma inmediata no conviene al espíritu; corresponde a la de un Dios-substancia y no a un Dios-sujeto. Por eso en el segundo momento de la revelación progresiva del espíritu a sí mismo, el espíritu se sabe en la figura de la naturalidad suprimida o negada o del Yo: "es la religión estética porque la figura se eleva a la forma del Yo (que como sabemos es acción), mediante la producción de la conciencia (la conciencia, el yo, se produce ahora a sí mismo, no se absorbe en el ser sensible, no se enajena en él), de suerte que éste contempla en su objeto su propia operación o sea el Yo" (que es acción, trabajo). El espíritu del mundo, el espíritu efectivo, la comunidad histórica que se refleja en esta religión, es el espíritu de la ciudad antigua, el espíritu griego. El espíritu ha superado el carácter inmediato, abstracto, propio de la mera naturaleza; se ha vuelto para sí mismo el Yo finito, el Yo que es una obra, pero que carece de la profundidad del primer momento (es solamente el Yo, el espíritu solamente como Yo). De ahí que el tercer momento reconcilie los dos precedentes: A los dioses griegos que representan el Yo como una obra objetiva se sustituye el Dios cristiano, verdadero hombre y verdadero Dios, cuya historia es efectiva. El espíritu se sabe entonces como en sí y para sí, y puesto que es representado así como es en si y para sí, esta religión es la religión revelada.

2. La fenomenología de la religión reproduce en su conjunto el movimiento general de la Fenomenología. La religión de la naturaleza corresponde a la conciencia; el espíritu se aparece en ella a sí mismo bajo la forma del ser inmediato (ser ahí); la religión del arte (griega) corresponde a la conciencia de sí, el espíritu se manifiesta en ella a sí mismo bajo la forma de la obra de arte; la religión revelada corresponde a la razón pues el espíritu se aparece a sí mismo en ella como es en sí y para sí (hombre-dios). Como hemos dicho, cada uno de estos momentos coincide con un espíritu real de la historia, con una comunidad histórica.

3. En la forma de la religión natural el Espíritu es ante todo -el Yo puro que tiene la certeza de si mismo en su enajenación (en la naturaleza). Así como la conciencia inmediata de la certeza sensible se intuye en el ser sin espíritu, en determinaciones de la sensación, así ahora se intuye el espíritu en el ser en general como enajenación del espíritu.

Este ser es, en efecto, la simple referencia del Espíritu a sí mismo (porque es el yo quien lo aprehende, si bien no tiene conciencia de sí, de ser él quien lo aprehende, de su operación, de lo que hace), la forma de lo informe que se manifiesta como la pura esencia de la luz (religión de Zoroastro). El Yo se concibe como substancia sutil, como luz, substancialidad sin forma. En el movimiento del espíritu esta substancia debe volverse sujeto. En su forma primera esta substancia es la negación de lo finito. El espíritu efectivo, la forma histórica de comunidad que se representa aquí, es la del despotismo oriental. Lo infinito y lo finito se oponen en ella sin poder reconciliarse. Lo Absoluto reviste la forma de la omnipotencia del Amo, y lo finito, el yo finito, el hombre, la del Esclavo.

La fase posterior de la religión natural corresponde al momento de la percepción, como la primera a la de la simple conciencia; es la forma religiosa de la percepción espiritual; el espíritu regresa a si de la substancia o esencia informe y se concibe bajo la forma de la religión de las flores y de los animales (primeras religiones, de la India), se descompone en una pluralidad de espíritus heterogéneos, formas naturales que son divinizadas en su ser para sí inmediato. Conciencia de sí abstracta pero que todavía no es el Yo espiritual que aparecerá en el mundo griego. Pero para ello es necesario que el Espíritu (la comunidad efectiva) se eleve (en la historia y en la idea) por encima de la naturaleza y la trascienda por el trabajo. Lo Absoluto, en esta figura primitiva del ser para-sí, se lo proyecta o imagina en las plantas y en los animales. Es el panteísmo en la acepción estricta del vocablo, la religión en la que las cosas finitas son Dios.

La comunidad que se refleja en esta forma religiosa es la de los poblados belicosos, siempre en lucha, y las figuras animales simbolizan el espíritu de estos grupos elementales cuya única vida espiritual es precisamente la de la lucha por el reconocimiento; "esta lucha a muerte les hace concebir su esencia como especies animales" y no son, en efecto, sino "una vida animal separándose de otra vida igualmente animal, consciente de sí pero carente de universalidad".

En la última fase de esta forma religiosa natural el espíritu se reconoce o se concibe como artesano (el artesano es su metáfora inconsciente) (religión egipcia).

"Su acción no es como la del hombre de la fase anterior, solamente negativa (guerrera), sino positiva y pacífica". El Yo se produce a si mismo y se elabora en la cosa producida, pero esta producción de sí es al comienzo inconsciente; su hacer, su trabajo es instintivo, pues si bien es cierto que se produce a sí mismo como objeto aún no ha captado el pensamiento de si. El entendimiento se concibe a sí mismo en la naturaleza pero se ignora como tal. "Es un género de trabajo instintivo como el de las abejas que construyen sus alveolos". Es el momento del espíritu artesano, pero no el del artista. A esta religión del artesano corresponde especialmente la religión egipcia que Hegel conoce por Herodoto y los griegos en general. El resultado de estas obras abstractas -inspiradas, menos en la naturaleza que en las formas del entendimiento- será el descubrimiento del espíritu por el espíritu en el producto de su acción, en su obra. Pero la obra inconsciente no alcanza sino paulatinamente la representación del Yo. En las Pirámides el Yo permanece interior y oculto o bien es -como Yo exterior- la luz naciente que otorga a las obras sus significaciones. (La pirámide, según se ha descubierto recientemente, es la imagen plástica, pétrea, de un haz de rayos solares y una escala mística para ascender al empíreo solar).

Sin embargo, el Templo y la Estatua anuncian ya un progreso. El Templo va a representar el en sí del espíritu, la Estatua el para sí. La arquitectura progresa de las formas abstractas a formas más vivientes. La dialéctica de la columna funde la vida de la planta y la forma regular (matemática) del entendimiento: el espíritu se eleva pues por encima de lo que reproduce (de la naturaleza). En la estatua la forma animal se torna "el jeroglifo de otra significación, es decir, de un pensamiento". Lentamente la forma humana se desprende de la animal (el arte y la mitología egipcios se caracterizan por la representación anfibológica de la forma humana y animal, como han demostrado cumplidamente las investigaciones del último medio siglo). Pero la obra no posee su sentido en sí misma; no explicita su sentido exterior, le falta -el lenguaje (la expresión), el elemento en el que está presente su sentido mismo-. Este lenguaje es todavía exterior como en los colosos de Memmon (y la generalidad de las obras egipcias) o es demasiado interior, oculto, como en la piedra negra, que manifiesta únicamente por su exterioridad pura que oculta un sentido infinitamente profundo. Estos dos lados, interior y exterior, deben juntarse en una obra que sea hija del Espíritu, en un pensamiento que sea ser ahí, sensible, engendrándose a sí mismo, y preservando su figura conforme al pensamiento; un ser ahí (material, sensible) transparente (espiritual) que trasparezca lo espiritual, que sirva a él, que se le subordine.

4. La religión del arte. Cuando el espíritu pasa de la forma de la substancia a la del sujeto, cuando la forma es la forma de la actividad consciente de sí, aparece el artista. La religión del arte es el saber de sí del espíritu ético (la comunidad griega), es el espíritu substancial de una ciudad humana que ha superado el salvajismo de la naturaleza y no ha llegado aún a la abstracción y al dolor de la subjetividad. Es el momento de la individualidad bella. La ciudad aparece como una obra consciente de si, un espíritu universal, individualizado y concreto. Las costumbres de la ciudad son la obra de todos y de cada uno. El pueblo que vive en esta substancia es el pueblo libre (los esclavos no son ciudadanos, no integran el pueblo). Este equilibrio feliz es el de una humanidad perfecta en su finitud, pero es un equilibrio inestable, la edad juvenil del espíritu del mundo. Antes de él el hombre está como aplastado (ahogado) por la naturaleza, no se ha encontrado como hombre; después de él el hombre se superará y cobrará conciencia en sí mismo de su inquietud infinita. Entre la religión de la naturaleza y la cristiana, la del arte es la religión, la conciencia de sí del espíritu como humanidad finita.

El movimiento, el proceso dialéctico, la evolución de esta forma religiosa artística recorre el tiempo que separa Egipto del Medioevo, la religión natural de la cristiana; va de la obra objetiva, el espíritu que se exterioriza pero que sólo conoce del espíritu esta manifestación, a la subjetividad o la revelación que es más que la manifestación objetiva, de la naturaleza al espíritu, de la cosa al Yo, de la substancia al Sujeto.

Los tres momentos de esta evolución son: la obra de arte abstracta, en que el espíritu ético se aparece a sí mismo bajo la forma de puras figuras divinas; la obra de arte viviente en que el hombre se torna la figura de lo divino en las fiestas y en los juegos; la obra de arte espiritual en que el espíritu existe en el lenguaje del epos, de la tragedia y de la comedia. Este lenguaje reproduce en sus avatares la transformación de la substancia ética en pura certidumbre de sí, la disolución del mundo griego y el comienzo del mundo medieval. La epopeya reproduce las figuras plásticas de los dioses; la tragedia, la obra de arte viviente; en fin, en la comedia el hombre se sabe como el destino de los dioses, absorbe en sí toda la substancialidad divina, es la conciencia feliz, pero es también la conciencia desgraciada que se ignora a si misma.

La obra de arte es abstracta en sus dos formas extremas, la plástica -representación de los dioses olímpicos- y el lirismo puro del himno. En la arquitectura y en la escultura clásicas el espíritu se representa a sí mismo: el templo está destinado a contener la estatua de un dios. Esta representación de lo divino es abstracta en cuanto es pura objetividad y en cuanto el espíritu creador se olvida de si mismo ante su obra. La imagen plástica de los dioses hace abstracción de la individualidad del artista, triunfa en su serena majestad más allá de la inquietud de lo humano (serenidad, impasibilidad). La figura del dios -dice Hegel- "rechaza la indigencia de las condiciones naturales de la existencia". Es la pura figura humana, divinizada, exenta de su contingencia y miseria; no conserva más que una leve y oscura reminiscencia del reino de los Titanes, el animal desciende a la categoría de símbolo, o bien de atributo del dios (león de Apolo, águila de Zeus, lechuza de Minerva). Atenea es la alegoría de la ciudad misma (Atenea es Atenas). Sin embargo, no está presente en esta serenidad la actividad que ha dado nacimiento a la obra (el yo del artista) y "el espíritu -dice Hegel- no puede dispensarse del momento de su conciencia de sí mismo"; "le falta (a la obra griega) el elemento que denuncia la conciencia y la mano humana, el momento del concepto existente como concepto" (el sujeto finito, su actividad).

Abstracto es también el lirismo puro del himno pero lo es por una razón inversa: la fluidez del himno que fusiona las conciencias particulares en la operación de todos es pura interioridad; "es una igual (no individual) operación de todos". La oposición que más tarde desarrollará Nietzsche entre lo apolíneo y lo dionisíaco ya está en Hegel.

La unidad de los dos momentos la brinda el culto. En él la conciencia de sí humana se aproxima a la serenidad del dios olímpico que reinaba por encima de ella. Lo divino no se realiza sin el socorro del hombre, y el hombre sólo se encuentra alzándose a lo divino. El culto purifica el Yo humano y lo conduce a la participación de la beatitud. Pero este culto no implica aún la conciencia más profunda de la interioridad cristiana, que será la conciencia del mal y del pecado, antes de la reconciliación. La purificación que entraña el culto griego es superficial como lo es también la reconciliación del Yo. (¡Qué diferencia con los escritos juveniles!)

El resultado del culto es la unidad inmediata de lo humano y de lo divino. La obra de arte no es ya una obra abstracta, ahora es una obra viviente. Es el hombre mismo el que se presenta al hombre y se sabe uno con la esencia divina. Las bacantes no son ya dioses lejanos sino seres humanos divinizados. El hombre ocupa el puesto de la estatua; pero aquí se realiza solamente la corporeidad de lo divino, la exterioridad sin la interioridad. Por lo contrario, la interioridad aparece en el misticismo inconsciente, cuando al hombre y participa en su vida consciente de sí, comunicándole su profundidad. En los misterios de Ceres y Dionisos la esencia se unifica con el Yo (la embriaguez, el delirio místico) y se revela y manifiesta completamente para él. Pero a este misticismo le falta la posesión de sí (del Yo, el Yo naufraga, se pierde en Dios, en el Todo), a la corporeidad bella la profundidad de la esencia. La unidad de lo interior y de lo exterior, de la corporeidad y de la esencia, la da el lenguaje, la obra de arte espiritual. Lo divino no se realiza ahora en el mármol sino en el lenguaje de un pueblo que ha sabido elevarse a la universalidad y es allí donde logra su representación más adecuada.

Los poemas homéricos, la tragedia de Esquilo y de Sófocles, la comedia de Aristófanes, constituyen en su conjunto un desarrollo dialéctico cuyo sentido general es el siguiente: el retorno de lo divino a lo humano. El Yo humano desaparece primero ante el mundo que revela en su canto como el artista ante la estatua. Este mundo de la epopeya es el mundo de los dioses y de los hombres pero el aeda que lleva este mundo en si se esfuma en el contenido de su canto. "Lo que cuenta no es su propio canto sino su Musa, su canto universal". Sus héroes son hombres singulares como el la esencia de la naturaleza se revela aeda, pero están simplemente representados y por lo tanto son universales ellos también. El aeda, en fin, que es lo verdaderamente singular, individual, queda fuera. El movimiento que va de la epopeya a la comedia invierte este orden, este silogismo. En la comedia, en efecto, el yo singular del aeda se vuelve lo esencial mientras que la universalidad del mundo divino es rebajada a la substancialidad privada del yo, que por lo tanto se desvanece (se desdiviniza). En medio de esta evolución la tragedia reúne más estrechamente lo divino y lo humano.

En la comedia antigua se manifiesta como tal la negatividad del Yo, que anuncia el cristianismo y la conciencia desgraciada. El Yo que estaba antes inmerso y perdido en la substancia, en la objetividad, se eleva por encima de este contenido, de ellas, se venga de ellas, se vuelve el destino de los dioses y de las potencias éticas; la comunidad griega se está disolviendo, y este Yo se sabe, en la comedia, como tal. Los héroes de la tragedia cesan de ser héroes y se vuelven hombres ordinarios; el actor arroja su máscara trágica y aparece con su propio rostro en escena. Lo divino y lo humano que estaban separados en la epopeya y en la tragedia se. unifican ahora completamente, pero de suerte que sólo subsiste lo. humano y lo contingente y el yo vuelve su ironía contra las potencias éticas en su universalidad (escepticismo, solipsismo, estoicismo).

El mundo ético ha perdido su substancia, ha concluido su movimiento y se ha resuelto completamente en el Yo cierto de sí mismo. Esta certidumbre del yo singular finito constituye el contenido esencial de la comedia; es la conciencia feliz, el retorno de todo lo que es universal a la certidumbre de sí mismo y por ende a la ausencia completa del terror (ante los dioses, las potencias éticas, lo universal, que no existen), la ausencia de todo lo que es extraño. El principio de esta alegría es que el Yo es ahora la esencia absoluta (la esencia absoluta es el individuo). Pero este Yo (el individuo, el sujeto vacío, abstracto, separado del pueblo, que se cree absoluto solo, que no se concibe en la única realidad verdadera que es la comunidad) descubre pronto su inconsistencia. Cuando pretende alcanzarse se descubre como finito en sí mismo; es humano, pero en el sentido de ser demasiado humano, demasiado poco humano. La verdad de esta certidumbre absoluta de sí de la conciencia feliz es la conciencia desgraciada, la conciencia para la cual Dios ha muerto. Y así se da la base para esa forma más alta de religión que es el cristianismo.

El tránsito de la conciencia feliz a la conciencia desgraciada, la decadencia del mundo antiguo, constituyen los supuestos históricos de la religión cristiana en la cual, al fin, el espíritu va a saberse a sí mismo bajo la forma del espíritu. La religión del arte nos ha conducido del saber del espíritu como substancia al saber del espíritu como sujeto. En las religiones orientales lo Absoluto aparece como la substancia en la cual la conciencia de sí (el Yo finito), desaparece como tal. El hombre en tanto que ser finito no es mas que un accidente, su vida es la de un esclavo y el ser universal no tiene una relación verdadera con el saber de sí, con la conciencia de si de su Yo que comienza a despertar en él. Es la religión del temor y del temblor. Ese Dios -si se lo puede llamar así, pues esto haría de él un sujeto- está más allá de lo finito, es el en sí abstracto. La religión del arte humaniza esta esencia divina; la conciencia de sí ha afirmado ella misma la figura de lo divino, mediante su propia actividad, de manera que al final del periplo la substancia, el espíritu, se ha enajenado completamente en el Yo, en el espíritu cierto de si mismo, en la singularidad de la conciencia (en el yo individual empírico, finito). El Yo es ahora -como decíamos- la esencia absoluta. Pero este Yo no es más que la negatividad abstracta (del estoico y escéptico), Yo finito privado de espíritu. La alegría de la afirmación orgullosa, audaz y formal del estoico, de la certidumbre inconmovible de sí, degenera en la pérdida total de todo lo divino, en la inquietud nunca calmada del escéptico. Los antiguos himnos son palabras vacías, se apaga el fuego de las aras, las estatuas pierden su alma, las mesas de los sacrificios están vacías. Y sin embargo, de estas ruinas surge el espíritu consciente de sí mismo como espíritu.

El destino trágico del Yo de la conciencia feliz (escéptico, estoica) consistía -según vimos al ocuparnos de la dialéctica del Amo y del Esclavo- en no alcanzarse como se desea. En la persecución de sí mismo se descubre siempre como más allá de sí mismo, acaba por enajenar su certidumbre de sí, hace de ella un más allá, pone su esencia inmutable en un más allá.

5. La religión revelada. Cuando la conciencia conoce la pérdida total de toda esencia, asi de la substancia como del Yo, se convierte en la conciencia de sí desventurada, y en su anhelo más allá de las formas, de las enajenaciones de la substancia absoluta, conduce a la simplicidad del concepto puro (del Yo), que contiene como momentos suyos esas formas. En la religión revelada se unen los dos aspectos: la substancia se convierte en la substancia de sí mediante la enajenación de si misma (la disolución de la comunidad en el imperio), y la conciencia de sí hace de sí, mediante su autoenajenación (su renuncia), el Yo universal, la materialización de las cosas. El espíritu absoluto se da la forma de la conciencia de sí, llega como espíritu real del universo a saber de sí. El contenido de la religión absoluta consiste en que lo en si del Espíritu tiene esencial e inmediatamente la forma de la conciencia de sí. La esencia divina se revela haciéndose hombre. Este concepto empieza (como siempre en los distintos estadios de la Fenomenologia), por ser inmediato, y se despliega luego en un movimiento dialéctico (en el que se vuelve explícitamente lo que es ya inmediatamente), en el que alcanza su realidad.

Este desarrollo atraviesa tres etapas: la idea del hombre Dios; la narración evangélica y San Pablo; la Teología postevangélica y la Iglesia cristiana (Catolicismo, Protestantismo, humanidad divina, divinidad humana).

El Yo personal (finito, individuo) es la esencia absoluta o Dios para el hombre de la comedia antigua, del mundo antiguo en su última etapa. Pero pronto percibe que lo Particular, separado de lo Universal, carece de valor. Se torna entonces desventurado. La forma universalista retorna a su pensamiento. Pero ya no existe lo Universal real (la comunidad, el Estado antiguo); lo Universal en que piensa se vuelve para él trascendente, extraño al mundo real. La forma cristiana será pues una síntesis del teísmo primitivo naturalista (el primer universalismo) y del Particularismo (individualista de la conciencia de sí). No será pues un retorno sino un progreso. Dios no será universal sino porque se encarna en un hombre particular, jesús, porque él será un Dios, un Yo individual (personal). La idea de individuo aparece por primera vez en el Derecho romano, pero en él la Persona jurídica es abstracta y vacía; se concreta primero en la noción cristiana de la Persona divina y se realiza en Jesús-Cristo.

Para el cristiano el individuo no es un ideal a realizar, existe ya, pero existe sólo en el más allá: es el Cristo resucitado, trascendente. El neoplatonismo es un cristianismo frustrado: conoce un Dios infinito pero ignora que se ha vuelto hombre. Su Dios es trascendente en forma absoluta. De este Uno no se puede decir que exista. El neoplatonismo ha sido siempre una secta de intelectuales, una divagación mística. Desaparece porque no corresponde a la realidad social: el romano no se reconoce en la Teología de Plotino. En Jesús -en cambio- se ha alcanzado ya la inmanencia humana de lo divino. Pero es necesario que la comunidad cobre conciencia de ello. Y esto se producirá en la evolución del cristianismo y su Teología.

Los evangelios, los Apóstoles y San Pablo, Cristo, la comunidad evangélica, los apóstoles después de Cristo.

El cristianismo es una expresión simbólica e imperfecta del espíritu absoluto hegeliano. Este es substancializado por la Teología, proyectado fuera del hombre.

El cristianismo es una religión revelada porque revela la identidad de Dios y del hombre. El primer cristiano es Jesús, el primer hombre que conoce esta identidad.

El cristianismo de los Apóstoles. Éstos ven a ese hombre que afirma ser Dios y lo reconocen como tal. Es el Dios judío, síntesis de los dioses de la religión natural (universal unido al Dios guerrero) y de la idea pagana de Perfección. Y esta síntesis no debe ser identificada con ningún hombre (individuo) sino con el hombre (género).

Jesús ha creado una secta que lo ha admitido como el verdadero Dios. Y esta secta se ha vuelto una Iglesia, es decir un Mundo real, en el que el hombre vive. Es en la Iglesia y por su acción que la idea de Cristo se realiza en el mundo real, crea el mundo cristiano. La Iglesia es el Cristo resucitado; ella realiza la idea de resurrección. La verdad o realidad revelada del cristianismo es la comunidad cristiana, la Iglesia. A través de la Teología la Iglesia cobra conciencia de la Iglesia en tanto que tal, es decir, en tanto que Mundo, y del hombre en tanto que miembro de la Iglesia. El dogma de la Trinidad condensa toda la metafísica cristiana. Al exponer la verdad de este dogma Hegel expone su propia metafísica y la estructura trinitaria dialéctica del Ser (la Esencia). La vida de Cristo y su muerte simbolizan el curso real de la historia. Cristo sacrifica su Particularidad (Jesús) para realizar lo Universal (Logos), y lo Universal (Dios) reconoce esta Particularidad (hombre redimido por este sacrificio) que es Dios mismo o su Cristo (Cristo es el Hombre Dios). Jesús sacrifica su vida en la lucha y el riesgo. Sin embargo, no lucha verdaderamente puesto que permanece siendo esclavo, muere en la cruz. Pero resucita en tanto que hombre real, como comunidad o Iglesia. Sin embargo, hay todavía una insuficiencia: el Cristo continúa siendo trascendente; hay un cuerpo místico de la Iglesia distinto de su realidad.

El cristiano primitivo creía en un próximo fin del Mundo. Pero la historia continuó, el cristiano continuó existiendo en el Mundo; y su existencia negaba la teología cristiana evangélica. Por eso elaboró una Teología nueva: la justificación por la fe de San Pablo, la Eucaristía y la Iglesia universal.

La justificación por la Fe, la doctrina de San Pablo, que el protestantismo retoma. Lo que importa ante todo para él es la conciencia del pecado, no el pecado mismo. Y además la Fe en el Salvador, no el Salvador mismo. Con San Pablo se produce pues como una segunda muerte de Jesús. Para San Pablo el pecado es reemplazado por el sentimiento del pecado y este sentimiento engendra la Fe. Para San Pablo la salvación es inmediata (por la Fe), sin esfuerzos, sin obras, por la conversión. Y éste es su error pues entonces la vida de Jesús no tiene sentido, sino solamente su muerte y su resurrección. La purificación del pecador no puede ser inmediata, exige tiempo-, entre el pecado y la purificación tiene que haber un acto de libertad, una vida activa que es una imitación de Cristo. Si la salvación procede de Dios, de la gracia, el cristiano pierde todo valor propio, y como además esta gracia procede del Logos intemporal, trasciende el tiempo y la historia. Si la salvación procede del hombre ni Adán con su culpa ha perdido a los hombres ni Jesús los ha salvado. Así decía Kant: Jesús es un simple hombre ejemplar, y Hegel lo repitió también en su juventud. 0 bien todos los cristianos son Jesús, son Cristo.

No basta pues cobrar conciencia del pecado y convertirse; es necesario vivir como cristiano. La Fe sin las obras no cuenta. Lo que salva es la Fe realizada, el mundo transformado en Iglesia. La salvación debe ser conquistada por las obras y por lo tanto por el hombre en su historia. Así a San Pablo sucede el catolicismo. Lo que importa en él es la vida de Cristo, sus actos, las obras. Por eso el dogma más alto de la Iglesia cristiana es la Eucaristía, es decir, el símbolo de Cristo en la Iglesia, de su muerte y de su resurrección en el mundo real. El cristiano no puede salvarse más que por la comunión, por lo tanto por la Iglesia, es decir, por su vida cristiana en un mundo cristiano. La Eucaristía es también un símbolo de la transformación de lo Particular en lo Universal y viceversa. Y este dogma es, en este sentido, absolutamente verdadero. Pero sólo es un símbolo, una representación y en eso radica su insuficiencia y la insuficiencia del cristianismo en general (Protestantismo y Catolicismo).

La Iglesia católica es en principio universal pero no lo es en realidad, pues ella no santifica más que ciertos aspectos de la vida y el hombre no puede reducir toda su vida a la Iglesia. La muerte de Cristo no sólo es la muerte del Dios hombre, es también la muerte del Dios abstracto cuya trascendencia separaba radicalmente la existencia humana de su esencia divina. Lo que muere es la abstracción de la esencia divina que no se afirma como Yo. Dios se ha vuelto, como Espíritu, la conciencia de si universal de la comunidad que, mediante su historia, eleva su particularidad a la universalidad y hace de esta universalidad, en la que muere este Particular, la universalidad concreta y móvil.

Lo trágico de la existencia humana no queda eliminado, vive en el movimiento por medio del cual la existencia finita se eleva a la universalidad y muere en esta universalidad, mientras que esta universalidad se transforma y vive para sí misma en esta existencia y aparece y trasparece, realiza su infinitud a través de lo finito, de lo que muere, del individuo. "La manifestación (los individuos en que lo universal se cumple) es el movimiento del nacer y del perecer, movimiento que él mismo no nace ni perece, que es en si y constituye la efectividad y el movimiento de la vida y de la verdad" (que es la vida infinita).

La muerte del mediador (Cristo) es a la vez la muerte del más acá sensible, que los discípulos intentaban en vano retener, como la del más allá insondable, que condenaría irremisiblemente toda la existencia humana. En esta muerte es donde la substancia se transforma en sujeto: "Dios mismo ha muerto" (el hombre muere y resucita, el individuo muere y el hombre resucita, la vida de los hijos es la muerte de los padres).

"El hombre divino -o el dios humano- muerto es en sí la conciencia de sí universal", y él se desarrolla así para sí en el saber que esta comunidad tiene del espíritu que es su propio saber de sí. "Este saber es pues la espiritualización por la cual la substancia se vuelve sujeto, por la que su abstracción... muere".

Pero la comunidad religiosa no es todavía más que una forma imperfecta del saber absoluto. La nostalgia del pasado (Paraíso perdido) y la ardiente espera del porvenir constituyen la imperfección de esta comunidad religiosa que espera su salvación en un más allá. En la religión revelada el mundo se concilia en sí con su esencia. Pero este en sí no es aún para la conciencia, no es para sí. Se posee la verdad pero en cifra, en jeroglifo.

La conciencia del mundo, el espíritu efectivo, es para esta comunidad religiosa distinto de su conciencia religiosa o del espíritu en la religión, "El en sí no está todavía realizado, no se ha vuelto aún absoluto ser para sí". Esta última conversión o avatar significa para Hegel el proceso por el cual el espíritu efectivo, el espíritu de la historia, la realidad humana, se vuelve su propio saber de sí, y este saber de sí se presenta a su conciencia en la historia. Y ésta será efectivamente la reconciliación dialéctica de la existencia humana finita y de la esencia.

Esta existencia doble conduce a una Humanidad divina (no ya finita como en los griegos sino infinita) que afirma temporalmente una verdad eterna. Con ello surge un nuevo problema, quizás el problema capital de la filosofía hegeliana.

NOTA BIBLIOGRAFICA:

1. Hyppolite, Genése et structure de ta Phénoménologie de l'Esprit de Hegel.

2. Kojéve, Introduction á la lecture de Hegel.

3. De Negri, Interpretazione di Hegel..

Texto extraído de "Hegel y la lógica de la pasión", Héctor Raurich, Segunda parte, Capítulo 17, La Fenomenología de la religión, Págs. 231/252; editorial Marymar, Buenos Aires, Argentina, 1976.

Selección, nota introductoria y destacados: Sergio Rocchietti

Con-versiones / diciembre 2003

 

 

 

  

 

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