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El mundo cambió de base

(acerca de la ficción)

Gerard Pommier

 

¿Cómo fue que los ideales se echaron tan rápidamente por la borda? Al crear la historia, el mito monoteísta profetizaba un encaminamiento del humanismo hacia un fin de los tiempos edénicos: la ciencia se presentó como su hija secular. Pero, una vez que vio asegurado su triunfo, esta ingrata se olvidó del mito que le dio luz: es más, ridiculizó su matriz, hizo que se desmoronara. Lo que pasa es que las ficciones ideales desarrollan su cálculo sobre la base de una operatoria que programa su derrota frente a su ingrata progenie. Los mitos y las religiones se desarrollan en condicional. En una historia que yo invento, me cuento primero tal como soy, es decir, yo en mi situación actual, que me gustaría que cambiara. Luego, agrego lo que me gustaría ser. Finalmente, hay que insertar en el cálculo la objetividad a la que se apunta. Al crear una historia, "yo" me desdoblo entre la realidad y el sueño: en cuanto se imagina una ficción introducida por un "s¡", aparece un tercero. El sujeto inventa de manera de establecer las condiciones en las que podría realizar sus sueños: "Si hubiese pasado tal o cual cosa... podría gozar de lo que parecía imposible". No hay nada más divertido que esta palabrita, el "si". "Si fuese médico, y si vos estuvieses enferma, yo te vería desnuda"... Esto quizás no suceda nunca pero, mientras tanto, existo gracias a mi sueño, ese futuro me empuja hacia adelante y, de golpe, tengo un presente. Gano mi existencia gracias a ese condicional: esto quiere decir que no aparezco en persona en el escenario de la existencia hasta que no conté hasta tres.

Un cálculo puede hacerse con todo tipo de bases. El sistema decimal funcional sobre la base de diez elementos, las computadoras tienen una base binaria, etc. Los mitos se desarrollan con una base ternaria. La ciencia, por el contrario, extiende su imperio con una base binaria y, sobre estos dos pies, corre muy rápido (1). La base ternaria no aparece en cifras en los mitos y en las religiones, sino en su modalidad gramatical, el condicional. Los tres términos se repliegan como quien no quiere la cosa y, a fuerza de hacer "como si", andan a la perfección como si fuera verdad. Consideremos, por ejemplo, el siguiente fantasma: "Si mi padre me hubiese pegado, sería como si yo hubiese hecho una gran tontería, por ejemplo, si hubiese dormido en la cama de mi madre". De manera que siento un placer secreto cada vez que me castigan. Además, busco los golpes al hacer lo que no habría que hacer. Y, asimismo, la transgresión me excita, me gustan las peleas. Mi goce secreto me inclina a hacer la guerra, sin que considere los riesgos o la derrota, muy por el contrario. Mientras tanto, existo gracias a un condicional que se desarrolla en una base ternaria: este fantasma supone imaginariamente que se dan ciertas condiciones, para alcanzar en el futuro un cierto resultado, pero esto a partir de un presente en el que estas condiciones están ausentes. Ese futuro puede realizarse en un tiempo más o menos cercano. Por ejemplo, en el fantasma del niño golpeado, cualquier castigo valdrá como si se hubiese cometido un acto incestuoso, de manera que los golpes en general ocasionarán un goce instantáneo.

Lo ternario temporal instaurado gracias a este artificio gramatical se corresponde con lo ternario edípico. En efecto, para el niño, los golpes esperados del padre (en condicional) suponen que el incesto con la madre ya ha sido cometido (lo que sin embargo es imposible) y este tratamiento autoriza la existencia de un sujeto que goza como si, a pesar de todo, hubiese podido hacerlo. Lo ternario de la escenografía edípica resuelve la contradicción gracias al condicional del fantasma (goce de lo prohibido).

Esta modalidad temporal historiza la contradicción entre lo imposible del incesto y lo posible del goce. Naturalmente, lo imposible no se evapora tan fácilmente: trepa a otro nivel en los cielos de la ficción. En el mismo fantasma, el padre golpea y hace gozar: existe una contradicción entre el amor del padre y la promesa de suprimir a ese rival tan molesto como musculoso. Pero si creo la ficción de un padre no muerto, sino eterno que, mucho más tarde (o, inclusive, después de mi muerte, también hecha ficción en la "vida eterna") me perdone, entonces hoy puedo gozar (y hasta el último día) no sin dejar de pensar en el asesinato del padre. Esta historiza ción del fantasma engendra la duración. El condicional de las ficciones crea la historia, teje el tiempo histórico a partir de una estructura cuya aporía resuelve. Lo contradictorio únicamente fue desplazado temporalmente y se pospone su solución hasta un juicio posterior (o final). Pero, entre tanto, por más preocupado que esté por pensamientos sombríos sobre la muerte y el más allá, el ser vivo disfruta. La existencia es el resultado de esta puesta en condicional del sujeto: de esta manera se evade, ficticia (pero eficazmente) de los determinismos. Me evado, sueño con algo distinto de lo que soy. Pero, como contrapartida, contraigo una deuda por escapar de los determinismos y existir libremente. Mi libertad es proporcional a esa deuda, cuyas unidades de medida como, por ejemplo, los sacrificios, estaban estableci das por las religiones en el pasado. En esto se distinguen de los mitos, simple formato de una subjetividad condicional.

Desde un punto de vista lógico, los tres términos que hacen rodar la mecánica de la ficción no le gustarían mucho a Aristóteles: la proposición condicional es contradictoria, no reflexiva y no excluye al tercero. Por el contrario, las propo siciones científicas de base binaria se desarrollan de acuerdo con los principios aristotélicos: reflexividad, no contradicción y tercero excluido; así no hay problemas, es perfecto. En la base binaria, un sujeto se acopla armoniosamente con su predicado, según la aserción, el modelo formal de la ecuación. El lenguaje de la máquina no habla en condicional y no inventa ficciones: no tiene nada que reprimir. La máquina no se hace la pregunta por su existencia ni por su legitimación: tiene un cuerpo sin ideal.

¡Podemos presentir los resultados del encuentro del cálculo de base binaria y de base ternaria! Es la historia de la vasija de hierro contra la vasija de tierra: homogéneo en el sueño maquinal contemporáneo, el discurso de la ciencia se opone al saber ficcional, cose la boca del sueño. El cálculo de base binaria mina, por principio, el condicional de la ficción, la base ternaria gracias a la cual el sujeto sueña en el presente con un futuro mejor. La consecuencia es que el sujeto de la ficción no tiene nada que decir; el pobre está saturado. Si bien siempre puede seguir hablando, eso carece de consecuencias o es meramente decorativo, como recuerdo de los buenos viejos tiempos. El pasaje de la base ternaria a la binaria va de la realidad mental a lo real, atravesada por el fantasma en el que el sujeto tendría que emerger autista o, más bien, con un habla parecida a la de las computadoras (que, en efecto, funcionan con una base binaria). El lugar relativo de las ficciones y del cuerpo se compensa. Sin frases inútiles, la base binaria vuelve marginales los mitos y las religiones, hasta en lo más profundo de la más lejana tribu africana: basta con que un hermoso avión deje su rastro blanco en el cielo para que enseguida las creencias se descentren. Y cuanto más se extiende su hegemonía, más rechaza los saberes narrativos al otro lado del círculo de la eficacia simbólica. La "eficacia simbólica" define ese poder de represión, esa fuerza de olvido, esa fuente de sueño que pone los pies en la tierra.

El ideal se reabsorbe en su cientificidad y se pulveriza en cada uno de nosotros (nosotros, es lo que hay de común en cuanto rompo con la mercancía, la que quiero, la que soy. Nosotros, es cuando me doy cuenta de que eres tú el que me hace, no esos objetos). Ya no se trata de un ideal que legitima la acción, sino de los informes de los expertos. En cuanto la política surge de una "ciencia política", los sujetos se suturan en sus determinismos, en toda objetividad (2). Cuando lleva la ficción a la nada, la razón hace que su propio motor haga implosión. Una locura suicida la anima: su éxito reduce a nada su propio ideal. El resecamiento de los ideales descubre un sujeto tan desnudo que no importa cuál será la barbarie que vuelva a seducirlo. El feliz avance de las Luces se enfrenta con la monstruosidad cuya puerta pensaba que había cerrado.

Pero esta marginalización de la ficción realizada por el discurso científico no explica todavía por qué el sujeto elige el segundo a expensas de la primera. Después de todo, ¿por qué no quedarse con ambos, sobre todo si pensamos que los cuentos de hadas, los mitos y las religiones son más estéticos y más ricos en efecto de verdad que la objetivación de los cálculos psíquico-matemáticos? Lo que pasa es que la misma objetivación se corresponde con un deseo profundo del sujeto que sueña con hacerse objeto de un deseo mayor que él, con no ser mas que un pequeno engranaje de la maquinaria universal. El deseo lleva en él lo que lo anula, y como el sueño científico realiza lo que se propone, se vuelve hegemónico. Su aridez suicida permite que le gane la partida a todas las ficciones pasadas, porque la objetividad de lo real se traspone en objetivación del sujeto. Ya que la ciencia es capaz de objetivar lo real, ¿por qué no hacer lo mismo con el sujeto, que de esta manera se liberará de sus tormentos? Este juego de malabares consiste en hacer una inferencia entre lo que está determinado (la materia) y lo que no podría serlo (el sujeto). Sin necesidad de grandes demostraciones, ningún ser humano ignora que no es una máquina, ni una computadora perfeccionada, y que su dignidad se basa en esta certeza. El sueño de la ciencia triunfa a pesar de todo, porque nada es más delicioso para un sujeto que anularse. El deseo aspira a llevarse a cabo, y esta realización lo anula como deseo: sueña con su propia desaparición. La base binaria emborracha: excita la pulsión de muerte del sujeto que, tanto hoy como ayer, disfruta con las sensaciones fuertes. El placer impecable de la demostración científica realiza esta objetivación, que sutura el irredentismo subjetivo.

Sin embargo, un hombre de ciencia es, en primer término, un soñador. Para los que miran sus resultados, la ciencia se presenta como un monstruo despersonalizado. Él no es otra cosa que un insomne entre otros, obsesionado por el enigma de lo real, apurado por hacerse un nombre más conocido que el de sus pares. La escritura de una ecuación definitiva se establece después de muchos días de debates: ningún matemático hace sus investigaciones en soledad. Y, cuando lanza los dados con su nombre, un inventor imagina primero hipótesis que tienen una modalidad condicional. ¡También él primero funciona con una base ternaria! Sin embargo, al demostrar su hipótesis, su objetivo es convertirla en una tesis, en una certeza. Por lo tanto, se traga su ficción "de base binaria" y sutura con ella a un sujeto que sólo habrá existido durante esa deglución. Contrariamente al condicional del mito, que mantiene constantemente en su relato la división del sujeto, la ciencia se anula como ficción en su propia realización, Su éxito suicida a su sujeto cuando pasa de la "ciencia ficción" a la ciencia.

El siglo de las Luces había establecido su programa basándose en la razón. La totalidad del saber era su horizonte y, ahora, el objetivo se realiza: el saber se acumuló y su sujeto se elimina en su propio cálculo. ¿Qué es un hombre? ¡Pero es tan simple esto! Está hecho de lo que le dicen que está hecho. Es el resultado de acontecimientos independientes de él, que lo han moldeado: le sucedieron sin que nadie sea responsable de ello. Está fabricado con carbono, oxígeno y otros cuerpos elementales que tiene en común con las estrellas. Podemos leer en qué va a convertirse mucho mejor en su química que en los astros. Su futuro no le pertenece, son los genes los que deciden. Aquí estás, sujeto de las Luces: te estás quemando en tu propia operación. Querías siempre un poco más de luz, mehr Licht, y te habías olvidado de que el cálculo perfecto elimina al que lo produce: el sujeto es el resto supernumerario de las ecuaciones que establece.

El proceso científico "sutura" al sujeto: en un primer momento, los científicos hacen hipótesis y hablan en condicional, como en los mitos y en las religiones. Pero, en un segundo momento, el inventor intenta probar su hipótesis y, si lo logra, ésta se vuelve una tesis. El sujeto queda abolido en su propia operación, cosa que no sucede con las religiones, que mantienen constantemente el modo condicional. Este sujeto suturado olvida a su madre. "No soñemos", dice, él, el niño del sueño. No se trata sólo de que la ciencia sea objetiva: ella objetiva al sujeto. Realiza el goce de un sujeto cuyo deseo más extremo es hacerse objeto del deseo del Otro (las determinaciones científicas). Ésta es la ideología de la ciencia: la de un sujeto completamente objeto (determinado): Ecce homo angelicus. El hombre angélico es el objeto de la ciencia: no necesita creer en ella, ni siquiera estar al tanto de lo que hace. La práctica de las técnicas engendra su creencia. ¡Lo que le faltaba era esto: todas estas máquinas! "Soy lo que me falta y tomo vuelo." La ideología de la ciencia es el hombre-máquina, o la máquina-hombre (como mejor te parezca). ¡Vamos, hay que terminar con la subjetividad, con el deseo, con la libertad! ¡Ya no sabemos qué hacer con todo eso! Ese sujeto muerto, angélico, autista, maquinal, es el que produce una idea del hombre supernumerario para sus resultados. Al volver marginales los mitos y las religiones, "la ciencia", sin darse cuenta, da a luz una cierta idea del hombre cuyos efectos son demoledores. Feliz con sus resultados técnicos y con los beneficios que produce, desconoce el imaginario que produce y que la sobrevuela. El hombre-máquina, el Golem la atormenta: sueña con un ser humano al que se le ha disecado hasta la última molécula y que es solamente eso: una armadura de átomos. Éste es su hijo: "Miren a mi hermoso ángel autista con un cuerpo de genes". Ese ángel está entre nosotros; intentamos parecernos a él, que se ha convertido en olvido, poder de sueño y rige la vida. La vida pasa a segundo plano detrás del sueño del angelismo: la fábrica posmoderna la toma del cuello.

El triunfo de la razón se estrangula en su propio progreso. Vuelve marginales los procedimientos de simbolización antiguos que ordenaban el goce humano: no sólo desaparece ese resguardo, sino que, al mismo tiempo, la razón engendra su propia locura. En el mismo momento en que se vuelve universal, deja de ser de alguien: los sujetos son supernumerarios, son una mancha, desordenada. Los seres humanos están de más en este mundo. Esta ideología primero parece asombrosa, pero es el sueño más profundo de la humanidad: el de no ser más que un objeto, un agregado de moléculas y de influjos a merced de manos divinas, matemáticas.

¿Pero puede obtener un resultado el sueño de una perfecta objetivación? La ciencia es hija del progreso y, por consiguiente, del monoteísmo que fue el primero en tener la idea de un encaminamiento hacia el fin de los tiempos. La esperanza en la que se apoya no le pertenece, procede de los relatos que soñaron con una redención futura. Y si su desarrollo vuelve marginales las ficciones, agota la fuente de la que surgió. Termina por arruinar el metadiscurso en el que se apoya. De esta manera, se desarrolla en la modernidad, hasta el día en que el trabajo de zapa de base binaria, que implica una incredulidad cada vez mayor respecto de los metarrelatos, haga desmoronar la ideología del progreso que sostenía a la propia ciencia. Forma parte de los grandes relatos míticos y su progreso le quita legitimidad a ella misma. Cuanto más crecen las Luces, más se espesa la sombra. El río proclama la inanidad de la fuente de la que proviene. Si un escepticismo generalizado respecto de sus dispositivos narrativos mina su propio metadiscurso, los mismos hombres de ciencia cuestionan la noción de progreso y, con ellos, los psicoanalistas. La legitimidad de su acción los cuestiona si ya no logran basarla en la idea de un progreso de la humanidad.

 

Notas:

(1) Las tesis científicas pueden desarrollarse sobre la base de cuatro, cinco o infinitos elementos. Les encanta eso. Pero, para comunicar sus resultados tienen que volver a bases binarias. Ya sea por compatibilidad entre lenguajes informáticos o por los bancos de datos cibernéticos, cualquier lengua tendrá que tener una base binaria y las incompatibilidades quedarán de lado.

(2) Son las marionetas de la historia. Consciente de esta particularidad, Althusser escribió que no hay "sujeto de la historia". De esta manera, el marxismo, menos el de Marx que el de sus sucesores, al vincular el materialismo histórico con un subconjunto del materialismo dialéctico, redujo lo político a lo económico: los sujetos se asfixiaron a sí mismos en esa «cientificidad".

Texto extraído de "Los cuerpos angélicos de la posmodernidad", Gerard Pommier, ed. Nueva Visión, Buenos Aires, Argentina, 2002.

Edición original: Calmann-Lévy, París, 2000.

Selección y destacados: S.R.

Con-versiones diciembre 2003

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