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Egipto

El país del enigma

Hegel

 

En el imperio mundial persa hemos considerado ante todo a los persas mismos, que adoran la esencia natural simple. Esta contiene algo de pensamiento, pero no desarrollado, sino de tal modo que sus momentos se separan indiferentes: en Babilonia, en el Asia anterior y en la Siria es la sensualidad; el otro momento es el momento espiritual, que se presenta en dos formas. Primero aparece en una forma que lleva en sí la ciencia del objeto absoluto, como algo en sí concreto, el principio de la negatividad; es el principio que hemos encontrado en las ciudades costeras. Por otro lado se presenta el pensamiento puro, totalmente abstracto, sin contenido concreto: el principio de la religión judía. Ahora se plantea la necesidad de que estos elementos antagónicos sean recogidos en una unidad sustancial, en la conciencia del espíritu, que es espíritu. Este es el problema; y como problema lo encontramos en Egipto. En Egipto se ofrece a nuestra contemplación la figura de la esfinge, figura biforme, mitad animal, mitad ser humano y con frecuencia mujer. Las figuras de los dragones, de los centauros, de los gigantes, hacen pensar en Oriente. Pero con la esfinge podemos enlazar una significación más profunda, considerándola como símbolo del espíritu egipcio. Es lo espiritual que comienza a desprenderse de lo animal, de lo natural, y a tender más lejos su mirada; pero aún no está libre del todo, sino que permanece preso en la contradicción. El hombre surge del animal, mira en torno; pero todavía no se sustenta sobre sus propios pies, todavía no puede libertarse totalmente de las cadenas de lo natural. Añadiremos en seguida que las infinitas construcciones de los egipcios están mitad sobre el suelo y mitad bajo la tierra. El imperio entero de los egipcios es en parte un reino de la vida y en parte también un reino de la muerte. Lo mismo vemos en la colosal estatua de Memnón, que resonaba al recibir la luz del sol naciente; la que en sí resuena es todavía la luz exterior, no la luz del espíritu. El lenguaje de los egipcios es todavía jeroglífico; no es la palabra, no es la solución del enigma propuesto por la esfinge. Los recuerdos de Egipto nos ofrecen una multitud de figuras e imágenes que expresan el carácter egipcio. Reconocemos en ellas un espíritu que se siente acuciado, que se exterioriza; pero solo de un modo sensible. Así la esencia egipcia aparece como la esfinge misma, como un enigma o jeroglífico. Si se pregunta: ¿cuál es el sentido de la forma egipcia?, la respuesta es: ser enigmática. La forma egipcia significa precisamente el planteamiento del problema en la historia universal y el fracaso en su resolución.

El imperio persa ha perecido; solo tristes restos quedan de su esplendor. Sus más hermosas y ricas ciudades, como Babilonia, Susa y Persépolis, han caído totalmente; solo escasas ruinas nos revelan su antiguo emplazamiento. Incluso en las grandes ciudades modernas de Persia, Ispahán, Schiras, la mitad es ruina. No ha brotado en ellas una nueva vida, como en la antigua Roma. Han desaparecido casi por completo de la memoria de los pueblos circundantes. En cambio, las ruinas tienen para Egipto un sentido inmediato. Egipto es el país de las ruinas en general, la comarca que ha suscitado mayor interés desde la antigüedad y aun en los tiempos modernos. Sus ruinas, resultado final de una inmensa labor, superan, por lo gigantescas y grandiosas, a todo cuanto nos ha quedado de la antigüedad.

Egipto ha sido para los antiguos un país de maravilla, y lo mismo sigue siendo hoy; tenemos noticia de él especialmente por los griegos y sobre todo por Herodoto. Este grave historiador visitó en persona el país de que quería dar noticia y trabó conocimiento con los sacerdotes egipcios de las distintas capitales. Refiere con exactitud cuanto ha visto y oído; menos los pormenores relativos a los dioses, que sería inconveniente relatar. Se ha abstenido, pues, de explicar a fondo la significación de los dioses, por ser este tema sagrado del que no puede hablarse como de un hecho exterior. Además de Herodoto, también Diodoro Sículo es de gran importancia para nuestro asunto. Visitó Egipto en tiempos de Augusto y nos proporciona muchos datos sobre la religión egipcia; pero solo recoge los hechos externos y, además, existían ya en su tiempo muy diversas representaciones acerca de esta religión, representaciones que eran en parte opuestas a las suyas. Entre los historiadores judíos, Josefo tiene importancia para nuestro conocimiento de Egipto. Hace unos veinticinco años que el país ha sido descubierto de nuevo, se puede decir, y ha provocado en los europeos la más honda admiración por su inagotable riqueza en obras de arte y de maravilla. Pero es difícil penetrar en el espíritu de lo maravilloso, y siempre nos falta la clave para comprender estos descubrimientos. Los egipcios no poseen un libro como los judíos, ni un Homero, ni un Ramayana; si lo tuvieran sabríamos a qué atenemos acerca de ellos. Pero no han tenido una obra literaria nacional. Si hubiera existido, habría sido traducida al griego en la época de los Ptolomeos. Esto, que parece un hecho casual, está en realidad muy de acuerdo con el punto de vista egipcio: los egipcios no podían tener un libro nacional porque no supieron elevarse a la comprensión de sí mismos mediante el lenguaje. Esta falta de una obra original procede de que los egipcios no se vieron nunca a sí mismos. Los signos del espíritu hállanse en Egipto todavía presos en la forma de la inmediatez; por eso los egipcios se expresan mediante jeroglifos, construcciones y esculturas; esto es, que su espíritu era para ellos mismos un enigma. Tampoco existía una historia egipcia hasta que Ptolomeo Filadelfo -el mismo que hizo traducir al griego los libros sagrados de los judíos- indujo al gran sacerdote Manethón a escribir una historia egipcia. De ella se conservan solo extractos, listas de reyes, que, sin embargo, han provocado las mayores dificultades y contradicciones.

Para estudiar Egipto nos vemos reducidos, por tanto, a las noticias que nos dan los antiguos y a los grandiosos monumentos que se han conservado. Se encuentran una multitud de tablas de granito con jeroglifos grabados. Los antiguos dan explicaciones sobre algunos de ellos; pero son muy insuficientes. Nos falta el conocimiento de la lengua, para penetrar en el espíritu egipcio. Recientemente se ha dirigido la atención especialmente a este punto, y tras muchos esfuerzos se ha llegado a descifrar algo de las inscripciones jeroglíficas. El célebre inglés Thomas Young (1) ha sido el primero que ha concebido este propósito y ha llamado la atención sobre unas pequeñas superficies separadas de los jeroglifos y en las cuales está anotada la traducción griega. Young ha entresacado por comparación tres nombres: Berenice, Cleopatra y Ptolomeo, estableciendo así una primera base para el desciframiento. Después se ha descubierto que una gran parte de los jeroglifos son fonéticos, esto es, indican sonidos. Así, la figura del ojo significa primero el ojo mismo; pero después representa letra inicial de la palabra egipcia que quiere decir ojo (como en hebreo la figura de una casa designa la letra b, con que empieza la palabra hebrea que significa casa). El célebre Champollion (2) (el menor) ha sido el primero que ha llamado la atención sobre el hecho de que los jeroglifos fonéticos se hallan mezclados con los que designan representaciones, y ha ordenado después las distintas clases de jeroglifos, proponiendo determinados principios para descifrarlos.


Notas:
Es necesario recordar, para dar un alcance más preciso a lo que plantea Hegel aquí, que es en esta época que comienza el desciframiento de los jeroglíficos (escritura sagrada) gracias al descubrimiento de la "piedra Rosetta" por los arqueologos franceses que acompañaron a Napoleón en su expedición a Egipto y al trabajo realizado en ella (sobre su triple inscripción en jeroglífico, demótico y griego) por Champollion. [S.R.]

(1) Young, Thomas, 1773–1825, físico, médico y egiptólogo; Remarks on Egyptian papyri and on the inscription of Rosetta, London, 1815

(2) Champollion, Jean François, 1790-1832, abrió el camino para descifrar los jeroglifos: De l'écriture hiératique des anciens Egyptiens, Grenoble, 1821. Précis du système hiéroglyphique, París, 1824

Texto extraído de "Lecciones sobre la filosofía de la historia universal" (1830), G. W. F. Hegel, Págs. 357/359, editorial Revista de Occidente, Madrid, España, 1974.

Selección: S.R.

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Con-versiones diciembre 2003

 

 

  

 

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