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"La
otra literatura"
Juan
Martini
¿Quién
escribirá la historia de la literatura argentina contemporánea?
¿Quién tendrá la energía, la voluntad y la
inteligencia para sumergirse en las catacumbas del secreto, del
anonimato o del silencio? ¿Quién se atreverá a investigar
no sólo en los resultados sino también en la multitud
de novelas y de libros de cuentos que peregrinan sin descanso por
los pocos concursos honorables que quedan? ¿Quién leerá
las obras que, vencidos todos los obstáculos, llegan por
fin a una librería de la mano de las pequeñísimas
editoriales alternativas que están realizando una tarea admirable?
¿Quién rescatará de la diáspora los libros
que han encontrado editores comerciales en otros países de
lengua castellana, sobre todo en España? ¿Quién,
en definitiva, hará justicia con el cuerpo de la literatura
argentina inédita o que circula o ha circulado en forma
débil, homeopática o simbólica sin llegar la
mayoría de las veces más que a cincuenta, setenta
o cien lectores?
El estado de las cosas es conocido: las editoriales comerciales
fueron absorbidas por las empresas españolas, alemanas, francesas
o norteamericanas que han hecho de la globalización una estrategia
de mercado. Porque el mercado, finalmente, es o será sólo
uno, más allá de los credos, más allá
de las ideologías, más allá de las lenguas...
La depresión política y económica argentina
que desde los años 80 ha hecho estragos en todas las instituciones
y formas representativas del país no tenía por qué
poner a salvo a la literatura. Y el descalabro llegó donde
nadie había imaginado que llegaría: al reconocimiento
y a la circulación de esa literatura orgullosa, flameante,
siempre vital y nueva que recorrió la historia argentina
y que pervivió hasta los primeros tiempos de la recuperación
democrática alfonsinista, aun cuando el más grande
de sus escritores hubiese sido humillado en público a finales
de los años 40 o cuando la censura hubiese confinado a sus
propias catacumbas todo aquel libro que le pareciera revolucionario
o revoltoso. La resistencia se gestó siempre allí,
donde más débil, más frágil, más
desamparada se encontraba la literatura frente al poder de los necios
o de las armas. Hoy, quizá, esté sucediendo lo mismo.
Pero la arqueología que recuperará la literatura argentina
de los últimos 25 años será más compleja
que la necesaria para investigar las tumbas de los faraones. Las
editoriales argentinas se vendieron. El periodismo cultural desvió
la mirada hacia otros escenarios y exhuma de vez en cuando el nombre
casi nunca verdaderamente olvidado de algún escritor experimental
o de algún poeta convertido en leyenda pero al que nadie
ha leído porque la poesía -la poesía por naturaleza-
no gozó nunca de esa suerte de aristocrático tratamiento
editorial, periodístico, comercial y crítico que recibió
la ficción hasta la mitad de la década del 80. La
crítica literaria, por su parte, decidió que el problema
no era su problema y se dedicó a los estudios culturales
o a la alabanza incondicional y monocorde de media docena de escritores
de los cuales tres, por lo menos, no pasarán a las bibliotecas
de la próxima década del siglo XXI.
Entonces, sin ánimo
de simplificar, y en esencia sin perder de vista que una cultura
no se aniquila sólo por negligencia, crisis o abandono de
alguno de los protagonistas culturales mencionados, sino concurren,
además, el abandono de políticas de Estado y de una
arquitectura de la educación que promuevan de verdad una
noción de identidad vinculada inexorablemente al patrimonio
cultural, entonces, decíamos, por todo lo enunciado y por
todas las causas no enunciadas, a veces más profundas o sutiles,
el estado de las cosas es el que es.
Nadie ha dejado todavía
de escribir en la Argentina. Pero casi todos los escritores han
dejado de publicar, o deben tolerar demoledoras esperas, y en muchos
casos se ven frente a la penosa necesidad de pagarse la edición
de sus libros. Hoy, con más claridad que nunca, un escritor
sabe que una cosa es escribir y otra, muy distinta, publicar. La
decisión de seguir adelante, entonces, la decisión
de sentarse todos los días frente a la obra con que se sueña
(no es necesario recordar que un escritor sueña con sus libros),
la decisión de escribir y de seguir escribiendo aunque llegue
el día -quizá no demasiado lejano- en que los libros
ya definitivamente no se publicarán, es una única
decisión: para algunos escritores la literatura es constitutiva
de su vida, la razón de ser de todos y cada uno de sus gestos,
públicos o privados, y por lo tanto nunca dejarán
de escribir.
Por eso alguien deberá
investigar alguna vez en la masa creciente de todos estos libros
inéditos, desconocidos o perdidos en otros países:
porque escribir la historia de la literatura argentina de los
últimos 25 años será escribir la historia de
una resistencia cultural y política en cuyas batallas también
este país se juega su destino.
Todos los escritores
conocemos libros excepcionales que han sido rechazados por las editoriales
comerciales porque ninguna está dispuesta a invertir en el
primer libro de un escritor. Todos sabemos que si esos libros no
se publican en pequeñas editoriales alternativas no se publicarán
en ningún lado. Todos sabemos que aun cuando se publiquen
en esas editoriales, su circulación será restringida,
ínfima, invisible, pero conseguirán que por lo menos
un puñado de lectores los conozcan. Todos sabemos que los
escritores que han publicado libros fuera del país no han
conseguido ventas significativas ni conmover a nadie y que cuando
han llegado a Buenos Aires, salvo las excepciones de rigor, se los
ha ignorado casi con más fuerza que si permaneciesen inéditos.
Los mejores libros
de cuentos y las mejores novelas que he leído en los últimos
tres o cuatro años se encuentran en alguno de los nichos
enumerados: las novelas La mujer en cuestión, de María
Teresa Andruetto, y Diario de Trelew, de Miriam Vázquez,
siguen inéditas. Los primeros libros de cuentos de Hernán
Ronsino, Te vomitaré de mi boca; Estela Smania, Triste
Eros, y Jorge Solari, Diamante loco, fueron publicados en las últimas
semanas por pequeñas editoriales que convendrá no
olvidar: Libris, Alción y Simurg.
En el año 2001
la editorial Lengua de Trapo (España) publicó la primera
novela de Marcos Herrera, Ropa de fuego. En el año 2002 la
editorial Sudamericana (Argentina) publicó La hija de Singer,
de María Inés Krimer, novela que había obtenido
el primer premio en el concurso anual del Fondo Nacional de las
Artes. También en 2002, Vicente Battista publicó su
última novela, Gutiérrez a secas, en la española
RBA, que para su comercialización local hizo una edición
en Buenos Aires.
Todos estos libros son excelentes. Inéditos, rescatados por
editoriales artesanales o lanzados en España. Ninguno ha
conseguido hasta hoy ni la sombra de lo que se merece. Nadie destacó
con convicción y firmeza los valores de los que ya están
impresos y los inéditos siguen su andar a ciegas en las catacumbas
de la literatura argentina.
¿Qué hará la historia con este mapa de otra literatura
argentina mayoritaria, consistente, renovadora y saludable que aun
cuando nadie lo sepa o esté dispuesto a reconocerlo, ya introduce
cambios profundos en el viejo y querido y ajado mapa oficial?
Texto extraído
de "La Gaceta de Tucumán" Domingo 31 de Agosto
de 2003
Selección y
destacados: Nora Martinez.
Con-versiones-noviembre
2003
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