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"Potencia y dominio"
Marcelo
Barros
(Selección
Pablo Capdevielle)
El siguiente artículo,
ha sido publicado por el periódico "El Otro", en
diciembre del 2000, y fue escrito por el Lic. Marcelo Barros bajo
el título "Potencia y Dominio".
Es de interés
su lectura, y creo que para aquellos atravesados de alguna manera
por el psicoanálisis, vale la pena tenerlo en cuenta. De
manera muy locuaz, Marcelo Barros introduce este artículo
en la época de elecciones en nuestro país con un chiste
que da lugar a una serie de análisis sobre las derivaciones
posibles, al hablar de potencia y dominio. Nos muestra un desarrollo
que sostiene desde la teoría psicoanalítica aplicada
a la práctica dentro y fuera de los consultorios.
Es muy claro al
decir sobre "hombre", "mujer", los lados de
la sexuación, y los vericuetos entre el ser y el tener.
Los invito a leerlo,
y discutir todo aquello que haga cuestión.
Durante la víspera de una
elección disputada entre candidatos del radicalismo, el justicialismo
y el socialismo, circuló un chiste que pude escuchar más
de una vez con distintas variantes pero conservando siempre la misma
forma argumental. Acaso reproducirlo aquí atente contra el
recato de alguno y contra las preferencias políticas de otro,
pero encuentro imposible modificar ninguna de sus partes, a fin
de hacer ver su estructura y la verdad que puede revelar acerca
de la condición viril. Hecha esta aclaración, doy
lugar al relato: una mujer de mediana edad consulta al ginecólogo.
El médico le pregunta si ha estado casada, a lo cual la paciente
responde afirmativamente. Cuando procede al examen, el profesional
constata con sorpresa que la mujer es virgen. Interrogada al respecto,
explica: "Yo estuve casada tres veces. Mi primer marido fue un
socialista, y como tal era pura lengua. Nunca me penetró.
Mi segundo marido fue un radical, y Ud. sabrá que cuando
los radícales están arriba ya no saben qué
hacer. Y mi último marido, que fue un peronista, no hacía
más que romperme el culo."
Lo que me interesa destacar es el
aparente contraste entre la tímida inoperancia de los dos
primeros maridos de la mujer -que podrían ser fundidos en
un solo personaje-, y la inescrupulosa violencia del tercero, en
el que el vulgo se inclinará a ver la figura del macho dominante
y agresivo. Sin embargo, si he señalado el carácter
aparente de esa oposición es porque el obrar de los tres
maridos tiene en común la no consumación del acto conyugal. Este chiste es un apólogo que muestra que el
dominio, imaginarizado en este caso en el sometimiento anal, no
es lo mismo que la potencia. A pesar de su capacidad de erección,
el impetuoso sodomizador deja a la mujer tan virgen como lo hicieron
sus dubitativos predecesores.
Postular la divergencia entre la
potencia y el dominio supone considerar a la primera desde
la perspectiva del acto y no desde la de la acción (1). Más
allá de las diferencias de comportamiento de los tres hombres
del apólogo, hay un acto que no es consumado por ninguno
de ellos. Cabe aclarar que el acto, en tanto se diferencia de la
acción, implica la dimensión de lo simbólico.
Ya Lacan advierte en su seminario sobre la relación de objeto que
si se dice que la mujer en el acto sexual se entrega, esto sólo
puede ser entendido en el registro simbólico, dado que desde
el punto de vista imaginario la relación sexual tiene desde
ella un carácter receptivo, incorporativo, incluso devorante
(2). Cabe agregar, por otra parte que el mero hecho de acceder al
acto sexual no implica necesariamente un acto de entrega en la mujer. Hay algo en la
relación entre los sexos que no puede ser entendido en términos
conductuales.
La perspectiva
del acto introduce un modo nuevo de plantear el problema
de la potencia y la impotencia.
No por azar una de las formas de la eyaculación precoz recibe
el calificativo de ante portas. Todo acto implica cruzar un umbral, el pasaje incierto de una posición
simbólica a otra, pero también –fundamentalmente-
la confrontación con el vértigo del intervalo entre
ambas. Hay que preguntarse entonces, más allá de la
gimnástica sexual, qué significa conocer a una mujer,
en el sentido bíblico del término, o para decirlo
más directamente, qué quiere decir ser potente frente
a una mujer. No puede hacerse ningún examen profundo de la
virilidad, si no es en relación a lo femenino. Digamos que
si sólo se trata de erección, esta puede tener lugar
de modo exclusivo en las relaciones anales como el caso de nuestro
apólogo, y en las homosexuales. Pero si para el médico
esto basta como prueba de una potencia conservada, para el psicoanalista
constituye la rúbrica que confirma una impotencia del sujeto
en lo que a la mujer se refiere. Ya la disociación entre
el objeto de la ternura y el objeto del deseo constituía
para Freud una forma de impotencia, y sin duda lo es el hecho
de que un hombre no pueda hacer de la mujer que causa su deseo su
mujer (3).
La impotencia y la aspiración
al dominio omnipotente, no se enfrentan como pareciera en una primera
instancia, sino que son ambas efecto de una misma posición
subjetiva. En principio tal vez no se advierta importancia de este
dato. Señalemos por lo pronto que entra en contradicción
con los esquemas habituales a los que se apela para pensar la masculinidad.
La promoción de una imagen del varón polarizada en
las figuras del macho dominante y el impotente pusilánime,
tan propia del fantasma histérico, se halla harto difundida
socialmente incluso en estudios de género que supuestamente
deberían conmover la estereotipia de los roles sexuales,
pero que la refuerzan inadvertidamente al postular una equivalencia
rígida entre virilidad y dominación.
Ciertamente, el afán de dominio
y la agresividad son rasgos invariablemente asociados a la condición
viril. Mientras el machismo los exalta, el feminismo los denuncia.
Pero en uno y otro caso lo masculino parece reducirse a ellos. Paradójicamente,
pese a ser tan criticada, la perspectiva freudiana que vincula lo
masculino con lo activo y lo femenino con lo pasivo siempre parece
imponerse. El feminismo y los estudios de género han trabajado
mucho para cuestionar, con justa razón, la equiparación
de lo femenino con lo pasivo. Sin embargo, cuando
se trata del hombre, resulta difícil rescatarlo de la posición
de amo, es decir, de la posición de dominio. El feminismo
advierte no sin acierto, que tras el hombre protector está
el hombre dominante. Pero limitarse a demostrar la identidad del
paladín con el villano, deja siempre la masculinidad atrapada
en la categoría anal de lo activo (4). Así, si un
hombre osa mostrar sensibilidad, se dirá que tiene rasgos
femeninos. El machismo y el feminismo son antagónicos en
su visión de la mujer, pero convergen en la del hombre.
La potencia es algo indudablemente
ligado a la virilidad. Esto no implica afirmar que hay que ser potente
para ser hombre, sino que la potencia concierne al varón
como algo con lo que debe arreglárselas, ya sea por su presencia
o por su ausencia. Como sea, es mal entendida cuando se la piensa
bajo la especie del dominio y la actividad. Pertenece a un registro
diferente, y ciertamente se encuentra en las antípodas del
dominio. Eso es lo que la histérica ignora, y lo que el obsesivo
no se resigna a aceptar. De hecho, la histeria, y la neurosis en
general puede ser entendida como la dificultad para registrar esta
diferencia. Es más, se empieza a salir de la neurosis en
la medida en que se la registra.
La objeción que el miembro
plantea a la pretensión de dominio del hombre está
muy bien descripta por Montaigne en sus Ensayos:
"Con razón
se comenta la indócil libertad de ese miembro, que importunamente
se sobresalta cuando no hay ocasión y que nos falla con igual
inoportunidad cuando es de menester, discutiendo a veces imperiosamente
la autoridad de nuestra voluntad y rehusando otras, con fiereza
y obstinación, nuestras solicitaciones mentales y manuales.
De todos modos, si en el juicio de su rebelión y obtención
de pruebas para su condena, él me pagase para abogar por
él, yo diría quizá que sospecho que nuestros
otros miembros, envidiosos de la importancia y dulzura del uso de
aquél, se conjuran en su contra para armar al mundo en su
perjuicio, culpándolo malignantente a él solo de la
que es falta común de todos ellos. Yo pienso que no hay parte
alguna de nuestro cuerpo que no se rebele a menudo contra nuestra
voluntad y aún actúe contra ella. Cada parte del cuerpo
tiene sus pasiones propias, que se despiertan y duermen sin nuestro
permiso"(5).
En el final del párrafo se
aprecia claramente cómo el miembro viril se muestra apto
para simbolizar la castración: pone en evidencia la relación
del sujeto con su propio cuerpo. En la misma línea, un pasaje
de la epístola de Santiago nos dice que "si uno no
falta en las palabras, es un hombre perfecto, capaz de refrenar
también todo su cuerpo. " Y luego se refiere a la lengua
como "un pequeño miembro que se atreve a grandes cosas".
Pero el apóstol nos previene sobre los peligros a los que
"el pequeño miembro" nos expone, pues por la lengua caemos
en toda clase de iniquidades. Después advierte: «Toda clase
de bestias y de aves, de reptiles y de peces es indomable y ha sido
de hecho domada por los hombres. Pero nadie ha podido domar nunca
la lengua"(6).
Es evidente que el pene es digno
de una pareja descripción. Es la parte del cuerpo «indomable"
que pone en cuestión la soberanía del yo y que condena
al fracaso toda pretensión de dominio. En última instancia Santiago nos dice que un hombre que pudiera ser amo de sus
palabras lo sería también de su cuerpo. Pero entonces,
si no somos amos del cuerpo es justamente porque no lo somos de
nuestras palabras. Con razón Nietzsche dijo que el
bajo vientre le impide al hombre creerse un dios (7).
Pero es precisamente la presencia
de esta marca la que da paso a la génesis defensiva del fantasma
de omnipotencia. Además, cabe advertir que si el hombre es
potente, lo es o bien por el falo, o bien por la palabra (es necesario
entender la potencia de la palabra en un sentido mucho más
amplio que el de la mera capacidad enunciativa).
En última instancia, la autonomía
del órgano es la inscripción en el cuerpo de la marca
de la castración y de la relación del sujeto con el
lenguaje. El yo no es un amo del lenguaje. No ejerce la soberanía
sobre el cuerpo ni sobre el pensamiento. Algo del lenguaje se le
escapa, lo cual no es otra cosa que la definición misma de
inconsciente (8). Paradójicamente, el cetro del soberano,
signo de su poder, es el recordatorio mismo de su límite
en la medida en que es algo que puede "írsesele de las manos",
desprenderse de él. En el caso del órgano masculino,
no hace falta recurrir a la fantasía punitiva de castración
para comprobar su autodeterminación. Para decirlo con una
expresión porteña, el miembro viril "se corta solo".
Hay, sin embargo, un caso en el
cual podría plantearse cierto dominio del sujeto sobre el
órgano: la masturbación. En ella asistimos a una instrumentalización
del falo y del fantasma por medio del cual se accede al goce. El
goce masturbatorio que Lacan calificó como "el
goce del idiota" es, por así decirlo, un goce al "alcance
de la mano". En tal sentido, se mantiene a disposición del
sujeto, quien elude la castración y se pone al abrigo del
encuentro con el otro sexo (9). Si la polaridad omnipotencia-impotencia
suele ser el marco de las vicisitudes del narcisismo masculino,
la supuesta contradicción entre esos dos extremos viene a
ocupar el lugar de una potencia faltante. La acentuación
de la actitud dominante y agresiva, sobre todo con respecto de la
mujer, suele encubrir una posición de impotencia. El análisis
de un maltratador no tarda en ponerlo de relieve, si se tiene
en cuenta que esa impotencia no necesariamente se manifiesta como
falta de erección. Digamos, en principio, que Freud siempre
consideró que el reforzamiento del sadismo anal y la tendencia
a la dominación del objeto eran el resultado de una regresión
defensiva que se producía como consecuencia de la angustia
de castración y como un retroceso frente a la confrontación
con el deseo del Otro. En última instancia, la división
de los roles sexuales según el par activo-pasivo es siempre
sádico–anal y previa a la sexuación (10).
La potencia no figura en el catálogo
de las destrezas. Se trata de algo que acontece, ligado mucho más
a la fortuna que a la destreza. Es la fortuna que se juega en el
encuentro, que puede ser un buen encuentro como también malo.
De hecho, las referencias al carácter traumático que
revisten las primeras erecciones para el sujeto no son infrecuentes.
En cuanto al buen encuentro, no merece otra calificación
la convergencia del querer, con el poder y la oportunidad.
Lo que suele suceder
es que cuando la potencia acontece, el sujeto hace un aprovechamiento
narcisístico del suceso. Hacer del acontecimiento hazaña,
apunta a tomar la potencia en destreza. Es así que el sujeto
se desliza hacia la vertiente del dominio, y, en el extremo, de
la obsesión. Tal vez no haya que dejar de lado el hecho de
que esta fábula se refiere ante todo a la impotencia del
gobernante para solucionar los problemas de la comunidad. Es el
ciudadano común quien habla por boca del personaje de la
mujer, y a través de ella expresa su decepción con
la dirigencia. Tenemos aquí la idea que relaciona la conciencia
colectiva con lo femenino. Es un lugar común presentar a
la masa como una mujer que espera ser seducida, según algunos,
o atemorizada y dominada según otros. Un hábito del
pensamiento conservador consiste en postular que las mujeres, como
la masa, buscan la seguridad de una "mano fuerte". Sin embargo,
nuestro apólogo a la par que muestra la vinculación
del lugar del amo con lo viril, también muestra su fracaso.
Se recorta sobre el fondo de dos imposibilidades, que son, por un
lado, la imposibilidad de la relación sexual y por el otro
la imposibilidad de gobernar, a la cual alguna vez aludió
Freud.
Ante la pregunta sobre lo que una
mujer espera del hombre, a menudo los varones responden que la mujer
busca seguridad. Acaso esa opinión no sea desacertada, aunque
habría que tener en cuenta que lo que uno entiende por seguridad
tal vez no coincida con lo que por ello entiende la otra. Pero lo
curioso es que no se considere con la misma frecuencia que lo que
el Otro puede estar esperando sea que lo amen, y con menos frecuencia
aún, que lo sorprendan. Poder sorprender a una mujer, aparecer
con un rasgo que lo distinga de los otros hombres ante ella, otorga
a menudo al hombre un lugar en el deseo de la dama. Del mismo modo
se puede decir que los grandes líderes son los que introdujeron
algo nuevo en el mapa político de su tiempo. Han encarnado,
en su inicio, un acontecimiento que desorganizó lo establecido (11).
¿Quién es capaz de conmover
la firme trama de lo que Cortázar llamaba "La Gran
Costumbre"?
La invención,
que es algo del orden del acontecimiento, no es compatible con el
dominio. El dominio es propio del Domine, es decir del amo. El amo
es aquel de quien se espera que cierre las heridas, en última
instancia, reductibles todas ellas a una fundamental imposibilidad
inherente a la relación sexual. Pero en el fondo la eficacia
del amo parece más cercana al remiendo que a la solución,
y acaso su poder no resida en curar las heridas, sino en ignorarlas.
Incluso puede decirse que a menudo su intervención no sólo
no las cierra sino que las produce. Por eso, los tres protagonistas
de nuestra fábula parecen estar prevenidos con respecto a
las consecuencias que acarrea el dudoso privilegio de poner fin
a la virginidad de una mujer.
Freud mostró
con acierto en El tabú de la virginidad que lo que un hombre
le brinda a la mujer en el acto sexual no siempre la conduce a los
aleluyas del gozo, sino que despierta una reacción agresiva
advertida por ciertas prácticas culturales (12). Tal vez
esta ambivalencia no carece de relación con ese rencor que
la "humanidad instintiva" guarda hacia el héroe cultural
al cual se refiere el análisis freudiano sobre el mito de
Prometeo (13). Pero no es necesario ir tan lejos para comprobar que
el don generoso muchas veces lleva el estigma de los presentes griegos,
inferiorizando al que lo recibe. El afán de dominio que se
oculta en el "regalo", es siempre a la larga mal disimulado,
así como el rencor que promueve en el dominado.
Frente a la
imposibilidad hay dos caminos: ignorar o inventar. El amo en tanto
representa una función de dominio es quien ignora. Se caracteriza
sobre todo por ignorar lo que no marcha, es decir, lo que no puede
dominar. El otro camino es el de la invención. Pero un efecto
inevitable de la invención exitosa, es que el agente de la
invención pase a ocupar, en la mirada del Otro, el lugar
del amo.
Puede decirse
que el dominio es lo único que queda cuando la potencia se
ha extendido. Dicho de otro modo, se recurre al poder cuando ya
no se es capaz de sostener una enunciación. En tal sentido
no sería errado pensar que "el amo es lo que se erige allí
donde hubo una potencia, la cual siempre se espera que vuelva a
surgir" (14).
Es por eso que
un hombre no es un amo, pero tiene que vérselas con el lugar
del amo. Al igual que la mujer, se ve confrontado con esa figura,
y ya Freud describió el carácter conflictivo que tiene
para el varón esa confrontación, sobre todo cuando
se ve presa del terror ante su propia actitud femenina con respecto
al padre. Pero cabe destacar que en particular en el caso del hombre
esa confrontación se da frente a algo que lo concierne. En
algún momento, tarde o temprano, el varón está
llamado a ocupar el lugar del amo, lo cual implica soportar la tensión
con una función a cuya altura nunca llega a encontrarse.
Porque, precisamente, se trata de ocupar ese lugar que solamente
como muerto el sujeto podría ocupar adecuadamente, por así
decirlo. En tanto ser viviente, ocupar el lugar del amo no significa
otra cosa que confrontarse con la propia castración.
El dilema puede
ser planteado también en estos términos: ¿Cómo
acceder al lugar paterno desde una posición que no sea la
de falo de la madre? No es difícil demostrar que toda vez
que el sujeto se posiciona como amo de su deseo, cumple, de alguna
manera, con el deseo materno y se ubica como el falo que le falta
a la madre. Es por eso que el deseo histérico da a luz futuros
obsesivos. La mujer histérica busca a alguien que sea un
amo de su deseo, y no pocas veces lo encuentra en su hijo varón.
De ahí la pregunta del sujeto obsesivo acerca de si está
vivo o muerto, que es la consecuencia del deseo mortificante de
la madre. Una variante del mito edípico es la historia de
Zeus, quien destrona a su padre Cronos instigado por su madre. Un
hombre puede llegar socialmente muy lejos y desempeñar la
función de amo en muchos campos desde la posición
de falo de la madre. Pero la clínica muestra de
un modo dramático
la dificultad que presentan estos hombres para hacer de una mujer
la causa de su deseo. Sólo en éste último caso
puede accederse a una posición paterna desde un lugar que
no sea el de falo de la madre. Si la función de dominio es
congruente con la posición fálica del sujeto, la potencia,
paradojalmente, está del lado de la castración. Esto
último se aprecia muy bien en La cabeza de Medusa, un
breve texto de Freud sumamente esclarecedor respecto de las posiciones
subjetivas que subyacen a la potencia y a la impotencia. Es necesario
entender la impotencia, como ya se ha señalado, en un sentido
más profundo que el que se refiere estrictamente a los infortunios
de la erección. Puede hablarse de impotencia allí
donde se verifica el retroceso del hombre frente a la mujer, es
decir, frente a la imposibilidad de la relación sexual que
se verifica en el encuentro con una mujer . Se trata para el hombre
de poder confrontar una situación que no puede ser resuelta
por la vía de la satisfacción de la demanda. Condición,
esta última, que marca la brecha existente entre ser un hombre
y ser un buen marido. El punto problemático consiste en cómo
no huir de la mujer y sostenerse como hombre cuando no hay nada
ya que ofrecer. Es esta una de las razones por la cual es justamente
después de consumar la relación que muchas veces el
hombre pone una brusca distancia con su partenaire.
Freud postula que el horror ante la visión de la cercenada cabeza
de la gorgona, representación de los genitales femeninos,
es el horror a la castración. Pero esto no querría
decir que este temor sólo ha de manifestarse ante la inminencia
de la penetración. De lo que se trata es del deseo del Otro,
de la falta encarnada en el partenaire femenino. Los efectos
de esta falta no necesariamente se apaciguan con una performance sexual exitosa. Puede suceder que un hombre que no sufra de
impotencia sexual en el sentido corriente, manifieste su horror
a la mujer en otros contextos, no menos importantes.
En el mito, la
visión de la cabeza de Medusa petrifica al que la contempla,
es decir, lo paraliza de terror. Freud ve en esta reacción
un sustituto compensatorio de la erección que falta: la rigidez
del cuerpo reemplaza a la del pene. El hombre afectado de impotencia
responde a la situación haciendo de su cuerpo un equivalente
del falo que falta a la mujer -fantasmáticamente asimilada
a la madre- sosteniendo la posición que Lacan describe como
primer tiempo del complejo de Edipo (15). En última instancia,
un modo de entender lo que podría llamarse desde Freud la
posición incestuosa del sujeto, es pensar que la identificación
al falo intenta satisfacer -para ambos sexos- el deseo de la madre.
Uno de los aspectos de la función paterna estribaría
en prohibir esa identificación fálica, promoviendo
el pasaje al tener como consecuencia de la renuncia al ser (16).
Hay una relación
inversamente proporcional entre la falicización de la imagen
narcisista como un todo, y la erección del pene. Dicho sencillamente:
mientras más se endurece la primera, menos se endurece el
segundo. Es común observar esto en los analizantes con problemas
de impotencia: más se afana el sujeto en hacer entrar su
miembro viril en el campo del dominio del yo, más se resquebraja
el duro espejo del narcisismo frente a las rebeldías del
órgano.
La mortífera
aspiración del obsesivo a la dignidad del bronce justifica
su interrogación acerca de si está muerto o vivo.
Pero con independencia de la obsesión, la pretensión
de control, la rigidez, el silencio tenaz, el ocultamiento de toda
fisura, el retraimiento, son por desgracia muy frecuentes en el
sexo masculino justamente allí donde la otra parte requeriría
una apertura. No es necesario remitirse a la clínica de la
neurosis para percibir el alto precio que paga el sujeto por la
defensa del orgullo viril, sobre todo cuando ese orgullo sostiene
una identificación fálica. Muchas veces sucede que
ante la manifestación de la falta en la mujer, el sujeto
masculino intente responder desde la rigidez de una posición
identificatoria reafirmando el control obsesivo de la situación.
Un pensamiento
políticamente correcto recomienda al hombre abstenerse de
toda manifestación agresiva, desentenderse del lugar del
amo, suavizar el carácter, ser humanista, liberal, y practicar
parejamente la democracia y el llanto. Sin embargo, el perfil "progresista",
también puede encubrir un retroceso frente a la mujer, sobre
todo cuando un oportuno igualitarismo le sirve al hombre para desentenderse
del deseo femenino. La apelación a ese pseudofeminismo sirve
como una racionalización que preserva al sujeto de las diferencias que se ponen en juego en el campo del deseo, que,
por cierto, nada sabe de la legítima igualdad de derechos
civiles. Es el caso del que brega por la autonomía femenina,
en especial la de su pareja, y denuncia las expectativas "machistas"
de las mujeres.
La identificación
fálica se pone en juego en la imagen del "hombre duro". Pero
esa misma identificación está presente en quien se
entrega a la exhibición de su falta de virilidad. De hecho
hay quien goza melancólicamente de la ostentación
de su impotencia, con mucha frecuencia desplazada en la carencia
de dinero. Refugiándose en el "no puedo", este tipo
de hombre se lamenta de no alcanzar el ideal del macho triunfante
requerido -según él- por las damas, y se exhibe como
no teniendo nada que ofrecerles. Así, se pone al abrigo del
deseo femenino usando una estrategia similar a la de quien pone
en su auto un letrero que diga "no tengo estéreo", para evitar
todo intento de robo. Es, en última instancia, la faz retentiva
de la posición anal.
Suele olvidarse
con frecuencia que la impotencia no es un índice de la castración
sino una defensa contra la misma. Contrariamente al entender del
sentido común, la potencia se vincula a la castración.
Es imprescindible para comprender esto la distinción entre
el registro imaginario y el simbólico. En el ejercicio de
la función sexual, en el encuentro con la mujer, y como resultado
del mismo, es que el hombre "entrega" su castración como
prueba de amor a su partenaire. Como se dice en una novela de Jorge
Amado, tarde o temprano "la vencida verga del compañero queda
reducida a una fláccida e inútil carnaza" (17). Y
hemos de subrayar que esto, su castración, es el único
don auténtico que el hombre puede hacer a la mujer.
Suele confundirse
a menudo ser fuerte con ser invulnerable. Sin embargo, lo que suele
pasar inadvertido es que la fortaleza no es la invulnerabilidad,
sino que es la capacidad de soportar una herida. Si quisiéramos
pensar en la fortaleza del varón, y siguiendo la argumentación
expuesta en La cabeza de Medusa, esa herida es la
castración. Se trata, para el hombre, de no retroceder frente
a la mujer. Tal vez para la última el desafío resida
en no retroceder frente a la mujer que es ella misma.
La potencia del
varón se inscribe sobre el fondo de una imposibilidad. Pero
cabe señalar que afrontar la imposible relación sexual
requiere cierta renegación. Es lo que advierte Freud al comentar
la otra reacción del sujeto masculino frente a los genitales
femeninos. La erección del miembro viril representaría
un acto apotropeico por medio del cual se trata de conjurar aquello
que genera horror: Mostrar el pene -o cualquiera de sus sucedáneos-
significa decir: 'No te temo, te desafío; tengo un pene' (18).
Curiosamente la
erección del miembro viril, o la puesta en juego de un equivalente
suyo, aparece como algo que sostiene una renegación. En sí
toda mascarada, ya sea femenina o viril, tiene un perfil renegatorio.
La renegación
del propio temor e insuficiencia no constituye siempre una defensa
carente de valor, a condición de que sea una renegación
advertida, por decirlo así, fundada en la misma imposibilidad
frente a la cual se planta como respuesta. Se trata de saber arreglárselas
con la propia falta (19). En Consideraciones de actualidad sobre
la guerra y la muerte, Freud puso una especial atención
en la actitud renegatoria de todo aquél que enfrenta la guerra.
La batalla despertaría en el sujeto civilizado la primitiva
actitud inconsciente ante la muerte, actitud que consiste en pensarse
como un héroe que desprecia el peligro que aquella supone.
Freud no vaciló en reconocer que tal posicionamiento constituye
una "regresión" y en cierto modo un "retroceso" respecto
a un modo más evolucionado y realista de ver las cosas. No
es difícil ver en la bravata heroica una suerte de negación
maníaca del temor a la muerte y del dolor que la muerte de
los amados nos infiere. Además, es bien sabido que la imagen
del héroe, del Gran Hombre, determina en gran medida los
vicios narcisisticos de la masculinidad. Sin embargo, Freud nos
sorprende cuando afirma que la actitud civilizada esconde la pretensión
de elevarse "muy por encima de nuestra condición", y recomienda dejar volver a la superficie la actitud heroica que el hombre
racional ha reprimido. Justifica su posición argumentando
lo siguiente:
"Esto no parece
constituir un progreso, sino más bien, en algunos aspectos,
una regresión; pero ofrece la ventaja de tener más
en cuenta la verdad, hacer de nuevo más soportable la vida.
Soportar la vida es, y será siempre, el deber primero de
todos los vivientes. La ilusión pierde todo valor cuando
nos lo estorba". (20)
Si la ilusión
pierde valor cuando nos impide soportar la vida, entonces Freud
no desestimaba al parecer todo recurso a ella como lo hace en El
porvenir de una ilusión. Soportar la vida es, según
interpreta J. A. Miller, soportar lo real (21). La ilusión
no siempre está al servicio de retroceder frente a lo real,
sino que a veces ayuda a enfrentarlo. Lo mismo podemos decir de
esta estrategia renegatoria presente en la posición viril.
Comprensiblemente
se objetará esta referencia a la batalla, dado que no es
lo mismo enfrentar la guerra que enfrentar a una mujer. Hasta tal
punto no es lo mismo, que hay hombres que se van a la guerra para
no enfrentarse con la mujer. Sin embargo, cabe preguntarse si el
amor y la guerra tienen algo en común más allá
de poner en juego el encuentro con lo real, del sexo en el primer
caso y de la muerte en el segundo. Y es que no se advierte que para
acceder a la mujer el hombre debe poder conjurar la sombra del amo,
que es la sombra de su propio orgullo. La relación con el
objeto amoroso no pocas veces se consuma en el escenario de una
lucha con ese Otro insuperable. El fantasma del Gran Hombre ejerce
un gran peso en la neurosis del varón. Es esta figura la
que se trata de desafiar. Si el sujeto queda fijado en la confrontación
de rivalidad nunca podrá llegar a la mujer. Esa imagen del
amo está presente en las formaciones reactivas de la neurosis
obsesiva que intentan velar la pretensión viril de sustituirlo.También el imposible imperativo de emular esta figura
ejerce estragos conocidos en la clínica. Kierkegaard dijo
que la forma masculina de la desesperación reside en verse
desgarrado por la alternativa "César o nada". Para el filósofo,
el hombre desespera por no poder llegar a ser César.
Esa sombra constituye una pesada carga. Pero acaso no se trate de
desentenderse del mito, sino de saber servirse de él.
Notas
(1) Lacan, El
acto analítico
(2) El seminario,
libro 4, La relación de objeto
(3) Freud, Sobre
una degradación general de la vida erótica
(4) Véase
Burin, M y Meler, Varones
(5) Montaigne,
Ensayos
(6) Epístola
de Santiago III, 2,8
(7) Nietzsche,
Más allá del bien y del mal
(8) Lacan, Psicoanálisis
y medicina
(9) Lacan, La
Angustia
(10) Freud, Inhibición,
síntoma y angustia
(11) Ver la noción
de acontecimiento en Badiou, A
(12) Freud, Tabú
de la virginidad
(13) Freud, La
conquista del fuego
(14) Lacan, seminario
17
(15) Ibíd,
nota 4
(16) Miller,
Lógica del pase
(17) Amado, Tienda
de los milagros
(18) Freud, La
cabeza de Medusa
(19) Eidelberg,
El strip tease masculino
(20) Freud, Consideraciones
de actualidad sobre la guerra y la muerte
(21) Miller,
Del síntoma al fantasma y retorno
Con-versiones-
noviembre 2003 |
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