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COMENTARIO SOBRE LA PATAGONIA

Por Esteban Erize

 

 

EMILIO DAIREAUX publicaba en 1877 en la Revista de los Dos Mundos, en idioma francés, lo siguiente:

 

Hasta fines del siglo pasado el interior de la Patagonia era totalmente desconocido ya que el Reino de España se había contentado con tomar posesión de ese territorio. Magallanes en 1520, Sarmiento y Drake hacia 1580 y Cavendish en 1591 se habían limitado a describir la costa patagónica. Sólo Cavendish había remontado un pequeño río insignificante, el Deseado, situado a 48 grados, hasta 30 millas adentro. Durante el siglo XVIII algunos exploradores tentaron la descripción del interior de esa zona, entre ellos el Padre Falkner, cirujano irlandés afiliado a la orden de los jesuitas, y, además, Viedma y Villarino. Esas llanuras estériles no ofrecían, por ellas mismas, ningún interés y lo que de ellas se conocía sólo ahuyentaba a todo aquel que tuviese la mala idea de aventurarse en ellas, ya que la fama que tenía era por ello célebre. Nadie sabe el origen de la fama y de las leyendas que se habían expandido en Europa, fama que aseguraba que en las llanuras patagónicas existían ciudades, dos o tres, que respondían al nombre de Césares. Estas ciudades, se comentaba, habían sido fundadas por europeos venidos de quién sabe dónde, y que, sin comunicación con el resto del mundo, encerraban en sus muros tesoros fabulosos computables sólo con los del Perú.

 

Esas ciudades, y eso estaba consignado en documentos públicos auténticos, habían sido edificadas por náufragos o por Españoles escapados de las masacres que, en 1599, habían realizado los Araucanos. La ciudad principal estaba ubicada cerca de la laguna PAYEQUE, vecina de un vasto pantano o estero llamado LLANQUECO, sin que se supiese siquiera quién había imaginado esos nombres. Hasta se llegaba a describir esas ciudades, rodeadas de fosos, con muros abiertos de un solo lado que permitían el acceso por puentes levadizos como si fuesen ciudades medievales. Se comentaba que los edificios eran suntuosos y los templos lujosos; el oro y la plata abundaban en ellas; se describía la vestimenta de los habitantes y hasta el color de sus cabellos; hablaban, se decía, un idioma igualmente ininteligible para los indios como para los españoles. No se dejaba entrar a ningún extranjero y hacían cuanto era necesario para permanecer totalmente aislados. Sin embargo, pese a todas sus precauciones, no pudieron impedir que españoles e indios se acercasen hasta oír el tañido de las campanas de la ciudad.

 

Esas historias inventadas tuvieron tanto auge en la Corte de Madrid que ésta se ocupó de ellas varias veces y que fueron ordenadas varias expediciones a Patagonia, que tenían por objeto el explorar esas tierras desconocidas y encontrar los secretos que contenían. Esos secretos no valían para nada la emoción que provocaron durante tres siglos y fue el Padre Falkner que los reveló. Descubrió, tras muchas preguntas hechas: a los indios de varias. regiones y pertenecientes a varios grupos que, a las preguntas que hacía a un Chileno sobre esas maravillosas ciudades, éste respondía afirmativamente que existían, pero el P. Falkner se dio cuenta que aludía a Buenos Aires y a las ciudades fundadas sobre el Atlántico; si hacía las preguntas a un indio pampa éste también respondía afirmativamente pero se refería, sin tener conocimiento de ello, a las ciudades españolas del lado del Pacífico. Esta confusión recíproca había dado origen a todas esas fábulas que la fantasía de cada uno aumentaba. Sin embargo, pese a las revelaciones de Falkner, seis años después, en 1781, la Corte Española ordenaba una nueva expedición, la que no se realizó. Hubiera sido de cualquier forma inútil. Vemos así que no se desarraigan fácilmente las leyendas y, hoy todavía, tienen adeptos. (Recordamos que E. Daireaux escribía en 1877 -N. del A.-)

 

El viaje de Falkner tenía varios objetivos; la Compañía de Jesús le había dado como misión la de informarle sobre la posibilidad de civilizar los indios patagónicos, además del mandato del gobierno de Buenos Aires de buscar los autores de las depredaciones que tomaban en la pampa proporciones inquietantes. Se suponía entonces que eran cometidas por indios que bajaban de las montañas de Chile. El P. Falkner además se había propuesto personalmente de estudiar debidamente esas regiones para comunicar sus observaciones a Inglaterra (por ser de origen irlandés). Fue así que aconsejó al gobierno inglés de realizar una expedición a esos parajes para establecer allí un puerto de reabastecimiento del que se podría fácilmente atacar los establecimientos españoles sitos en las costas de los dos océanos. En su informe describe con sumo entusiasmo como ideal para ese objeto a la Bahía San Matías, ribera de la bahía sin fondo, situada por los 399°. Si nosotros hoy comparamos sus informes y las descripciones maravillosas que hace con los relatos de los exploradores modernos, debemos reconocer que Falkner, por una casualidad extraordinaria, había encontrado el único punto fértil de toda esa región. Parece sin embargo que Inglaterra no hizo caso de todas esas reseñas y datos; no se fundó ningún establecimiento importante; sólo hubieron algunas cabañas de pescadores, cuyas ruinas fueron encontradas por Darwin en 1832.

 

Sin embargo la región patagónica conoció posteriormente a varios exploradores científicos, citando entre ellos al comandante W. Musters quien en 1870 exploró totalmente su territorio y al joven arqueólogo Francisco Moreno, ya muy conocido en Europa por sus trabajos antropológicos. F. Moreno había en 1874 visitado la zona circundante a la ciudad de Carmen de Patagones y observado las miserias locales; sin embargo encontró en las mesetas y en los valles un enorme tesoro antropológico que tardó años en clasificar. En 1874 Moreno, en viaje a la Patagonia para aumentar su patrimonio antropológico personal privado, tuvo la suerte de descubrir algunos cementerios prehistóricos y algunos campamentos de indios antiguos. Debemos citar que en 1781 el virrey de Buenos Aires estableció allí una penitenciaría, lo que determinó el desplazamiento de las tribus allí ubicadas, Puelches y Tehuelches, que moran hoy (en 1.877) al Sur del río Chubut y vienen sólo una vez por año a Carmen de Patagones para negociar sus quillangos, pieles de guanaco o plumas de avestruz. Son estos indios los que Magallanes percibió sobre la orilla de la bahía de San Julián, donde recaló, y que describe como gigantes, llamándolos PATAGONES por el tamaño de sus pies que le parecieron inmensos, recubiertos por pieles para preservarlos del frío. Esos indios utilizaban todavía flechas con punta de sílex, abandonando esas armas sólo a mediados del siglo XVIII.

 

Comenta E. Daireaux en su artículo: "El progreso no es suficiente excusa para la destrucción de una raza humana y sería injusto impedirle que cumpla con su destino". Frase que, ya en 1877, era premonitoria de la situación futura de las tribus mapuches.

 

Texto extraído de “Mapuche 1” de Esteban Erize, Editorial Yepun.

Selección: Nora Martínez
 

 

  

 

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