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BENITO QUINQUELA MARTÍN
Entrevistado por Pedro Alcázar Civit
El
Hogar, No 1094,
3 de octubre de 1930
El artista plástico
Benito Quinquela Martín nació en Buenos Aires el 19 de marzo de 1890 y
murió el 28 de enero de 1977. Abandonado por sus padres, pasó sus
primeros siete años en la Casa de Niños Expósitos, hasta que fue
adoptado por un humilde matrimonio genovés que tenía una carbonería en
el barrio de La Boca. Después de abandonar la escuela primaria, en 1907
ingresó en una academia de su barrio, donde cursó pintura con Alfredo
Lázzari. En esos años, conoció a Juan de Dios Fíliberto y comenzó a
vincularse con quienes formaban el clima artístico" del barrio. En 1914,
participó, junto a Riganelli, Juan Grillo y otros, del Salón de
Recusados, la primera de una serie de exposiciones que a partir de
entonces realizaron los artistas cuyas obras no eran aceptadas en el
Salón Nacional. Pío Collivadino, director de la Academia Nacional de
Bellas Artes, conoció sus trabajos y gestionó su primera muestra en la
galería Witcomb, en 1918. A partir de la muestra de Río de Janeiro en
1921
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y de haber
obtenido el Tercer Premio en el Salón Nacional, Quinquela expuso sus
trabajos y obtuvo gran repercusión en París y en España (1922), donde
fue el primer pintor argentino que figuró en el Museo de Arte Moderno de
Madrid. En 1927, emprendió un viaje por Nueva York y La Habana, y dos
años después, por Italia y Londres. Después de ese viaje, decidió no
salir más al exterior, exponiendo solamente en diversas ciudades del
interior del país.
Esta entrevista,
titulada «Quinquela Martín está muy agradecido por los sufrimientos que
le deparó la suerte", se realizó cuando sus pinturas ya habían adquirido
gran popularidad en Buenos Aires y La Boca lo había consagrado su
pintor. Sus paisajes del Riachuelo son una versión épica y lírica del
trabajo portuario, en pinturas que afirman el valor de la creación
popular con un lenguaje de lectura clara y una profusión de colores
fuertes.
En los años
treinta, Quínquela Martín fundó y presidió “La Peña", que se realizaba
en el hotel Castelar y que fue uno de los centros de reunión de artistas
plásticos y escritores. También en los treinta, realizó la primera de
sus donaciones de terrenos destinados a establecimientos de bien
público: la Escuela Museo Pedro de Mendoza, inaugurada en 1936. Dos años
después, inauguró el Museo de Bellas Artes de La Boca en el mismo
edificio en que funcionaba su taller.
¿Mi vida?... ¡Se ha
contado tantas veces!... Si todo el mundo sabe que he sido carbonero y
todo lo demás... Francamente, si yo no fuera Quinquela Martín, creo que
estaría harto de oír hablar de Quinquela Martín.
Le contestamos con
las palabras de Almafuerte, que nos han servido para explicar el
propósito de esta galería: "La presentación de ciertos hombres por más
conocidos que ellos sean, ni es una redundancia ni es una
impertinencia...
‑En todos los países
que he visitado ‑continúa diciéndonos el artista‑ los diarios han
publicado largos artículos con el relato de mi vida... "El carbonero que
llegó a ser un gran pintor".... ¡Qué sé yo!... Es lo primero que me
preguntan los reporteros: ¿Es cierto que usted ha sido carbonero?..
‑Es que su vida es
tan novelesca, Quinquela...
‑Lo comprendo.
Continuamente me encuentro en situaciones de novela. De novela de ésas
de veinte centavos... Parece una predestinación, porque yo soy un
hombre
tranquilo, que no hago nada extraordinario... Me gusta, eso sí, vagar
mirando un poco todas las cosas, cuando no trabajo...
Nos cuenta, para
ilustrar su afirmación con el ejemplo más reciente, las complicaciones
sentimentales que, a su llegada a Londres, le produjo cierta declaración
aparecida en un diario. A uno de los tantos periodistas que lo
entrevistaron, se le ocurrió preguntarle por qué no pintaba mujeres.
¡Estos
periodistas!...
‑Porque pinto barcos
‑le contestó.
Pero el hombre no se
dio por satisfecho.
‑Caramba, es una
lástima... Un pintor como usted debería realizar mujeres... Sería
interesante ver cómo las interpreta... Su temperamento...
Para quitarse de
encima al moscardón, Quinquela Martín se refugió en una respuesta
caprichosa.
‑En realidad, no pinto
mujeres porque no he encontrado todavía a la mujer...
El repórter quedó
muy contento con esto. Al día siguiente sacó una gran nota en su diario,
con un título a varias columnas que decía, más o menos:
UN PINTOR FAMOSO RECORRE EL MUNDO EN BUSCA DE LA MUJER QUE LE SIRVA DE
MODELO. ¿ENCONTRARA SU IDEAL EN INGLATERRA?
Produjo sensación el
artículo. Un reputado crítico de arte publicó un meditado estudio sobre
las probabilidades que tenía Quinquela de encontrar allí la mujer ideal.
Comparó la mujer inglesa con las mujeres de todo el mundo, y arribó a la
conclusión de que, tal vez ninguna como ella, interpretaría el
temperamento del artista. Fue casi un llamado al que respondieron
ampliamente. Nuestro pintor se vio abrumado de cartas, retratos y
ofrecimientos. Las más lindas chicas de Londres lo desafiaron con su
gracia y su belleza. ¡Terrible desafío, en verdad!
‑¿Y encontró la mujer
ideal?...
‑No, porque la mujer
ideal, si existe, habla en criollo.
Pero he conocido en
cambio, a las mujeres más hermosas del mundo...
¡Qué bonito cuento
haría con este episodio el señor De Maupassant!
Benito Quinquela
Martín nació en 1890. Unos humildes carboneros de la Boca lo retiraron
de la Casa de Expósitos, cuando tenía siete años, para adoptarlo como
hijo. Cursó nada más que primero y segundo grado. Después, hasta los
veintidós años, se ha pasado la vida descargando carbón. Sus padres
adoptivos eran muy pobres y tuvo que ayudarlos en el negocio.
‑¿Usted recuerda
cuándo empezó a manifestarse su vocación por el dibujo?...
Quinquela piensa un
poco.
‑¡Qué sé yo!... Desde
muy chico garabateaba papel... Es una cosa que ha nacido conmigo, que me
parece, por lo menos, que he venido haciendo toda la vida... Garabateaba
papel o hacía trazos con carbón en las paredes, en los umbrales de las
puertas, en cualquier parte. .. Lo que puedo decirles es que, ya de
muchacho, les vendía retratos a mis clientes por cinco pesos... Retratos
que todavía andan por La Boca...
‑¡Sus propietarios
los guardarán ahora como una reliquia!
El artista sonríe.
‑¡Imagínese! Suponen
que esos dibujos podrán llegar a valer tanto como los de los grandes
pintores antiguos... No hace mucho, precisamente, la dueña de uno de
ellos me pidió que le actualizase la firma. En esa época yo firmaba "Chinchela”,
que es el verdadero apellido de los viejos, que he adoptado, con
autorización del juez, y castellanizado luego en la forma actual. Le
dije que tenía más valor así, y la buena señora no quería convencerse...
Seguramente, informada del precio de mis cuadros, pretendía sacarse
algunos miles de pesos con lo que le costó nada más que cinco ... Y
temía que se dudase de la autenticidad de la obra ... Esta pobre gente
no percibe los matices de la gloria y de la popularidad, y desde que me
han visto salir en las revistas fotografiado con reyes y magnates, desde
que han descubierto que el presidente Alvear venía a visitarme a mi
estudio, creen que entre mis obras y las de Rafael y de Goya no hay
ninguna diferencia...
El carbonerito que
hacía retratos cobró popularidad en La Boca. Entre pedidos de carbón, el
vecindario iba a requerir su lápiz de artista al humilde negocio de la
calle Magallanes.
‑Dice mamá que le
lleve media bolsa de carbonilla y que cuánto le cobra por hacerle un
retrato a mi hermanito...
‑Decile que cinco
pesos ...
‑Dice que es muy caro
...
‑Bueno, ya vamos a
arreglar.
El dinero le
interesaba entonces tan poco como ahora. Lo necesitaba, sí, para
comprarse telas y pinceles. Telas, pinceles y libros que eran
lujos irritantes para sus padres adoptivos.
Se apoderó con avidez
de todas las ideas rojas que circulaban en las bibliotecas baratas. En
los pocos momentos libres que le dejaba el trabajo, pintaba, leía o
discutía sobre problemas sociales y artísticos con otros
obreros intelectuales, en las tabernas de La Boca. Se lo veía, también,
detenerse ensimismado ante los barcos surtos en la Vuelta de Rocha,
tratando inconsciente de penetrar los misterios de la luz.
‑¿Nunca fue a una
academia, Quinquela?...
El pintor coloca sus
palabras dentro de un paréntesis de una sonrisa áspera.
‑Sí; cuando tenía
diecisiete años concurrí una temporadita a una de esas academias de
barrio que enseñan baile, música, corte y confección y qué sé yo cuántas
cosas más. Allí había un profesor de dibujo que me dio algunas
lecciones. Esa fue mi única cultura «académica”. Todo lo demás lo he
aprendido solo, venciendo las mayores dificultades, en medio de
circunstancias terribles...
A los veintidós años,
por primera vez, supo lo que es ganarse la vida sin trabajar. Le cayó
una verdadera canonjía. Un amigo suyo, ordenanza de la oficina de
Muestras y Encomiendas de la Aduana, le transfirió el puesto. Y
Quinquela permaneció allí un año, cebando mate. Estaba tan contento como
si lo hubieran nombrado vicepresidente de la república. La tarea, mucho
más liviana, por cierto, que la de andar todo el día con la bolsa de
carbón pegada al hombro, no le cansaba y le permitía dedicar muchas
horas a su arte.
Pero,
desgraciadamente, la ganga duró poco. Cuando tuvo que dejar el puesto de
ordenanza, Quinquela Martín, impulsado ya por una vocación superior a
sus necesidades, decidió consagrarse exclusivamente a la pintura. Y el
dolor de su vía crucis de artista entonces recrudeció.
Era completamente
desconocido y no podía con su arte ganarse siquiera unos centavos. No se
avenía además a volver a hacer retratos por cinco pesos. Los barcos del
Riachuelo se le habían metido adentro y tenía que pintarlos. Al terminar
los cuadros los rompía con un gesto de asco.
Sus padres adoptivos,
irritados ante un muchacho sano y fuerte que se negaba a trabajar,
empezaron a hostilizarlo. Resolvió entonces abandonar la casa y anduvo
hecho mucho tiempo un vagabundo. Dormía en los terrenos baldíos de la
Boca, en los bancos de las plazas, en cualquier parte. A veces la suerte
le deparaba un sucucho en uno de los lanchones de carga surtos en la
ribera, por obra de algún tripulante, amigo ocasional. Le bastaba, para
comer, cualquier mendrugo.
Nunca me preocupó eso
‑nos dice el artista‑, Ahora mismo, si fuese necesario, sería capaz de
vivir mucho tiempo a café con leche... Sin sospecharlo, he practicado
largamente el ayuno periódico, que, según me decía Ramón y Cajal cuando
estuve en España, es el remedio más viejo y eficaz para el estómago. De
igual modo que para curarse del resfrío no hay como dormir una noche con
la cabeza envuelta en una franela...
La necesidad
frecuentemente lo rendía y debía entonces volver a descargar carbón.
Trabajaba poco, apenas lo suficiente para juntar los pesos que le
permitiesen continuar su vida. La bolsa, por efecto de la debilidad, le
resultaba entonces más pesada y más grande...
Quinquela, sin
embargo, no se queja.
‑Créame que estoy
agradecido por los sufrimientos que me deparó la suerte. Es lo que
muchos no pueden comprender. Nada contribuyó tanto a hacerme artista, a
permitirme imponer mi personalidad, a sustraerla de todos los desvíos
capaces de debilitarla... Tal vez, las preocupaciones de las academias o
las sugestiones de los círculos hubieran atenuado el vigor de mi
concepción, me hubieran amanerado un poco el arte. Y la vida cómoda y
regalada hubiera podido, también, llegar a neutralizar mi vocación,
quitándole esa especie de furor salvaje que me impelió en los primeros
tiempos a superarme incesantemente... Un hombre que vive en sociedad
culta, amablemente, que recibe de continuo halagos estimulantes, no
puede, usted comprende, estar poseído de esa fiebre con que yo hice mis
obras iniciales... La inquietud del espíritu se va diluyendo en palabras
y en comentarios, en pequeños ensayos que se reciben como una promesa...
No es la gloria, pero es algo que ayuda a esperarla, como los bombones
ayudan a esperar la hora de comer...
‑Claro, usted, en
cambio, no tenía nada de eso...
‑Sólo podía comunicar
mi inquietud a la tela. Y por eso la volcaba íntegra en ella. ¡La tela
que muchas veces no era más que una vieja tapa de cartón!...
Y así hasta que
realiza la primera exposición, en 1918, que lo consagra definitivamente.
Uno que otro cuadro presentado en salones independientes no alteran su
vía crucis artística, ni logran agotar su paciencia genial.
Un buen día llega al
taller humilde de Quinquela, Pío Collivadino, el director de la Academia
Nacional de Bellas Artes. Fue una aparición providencial, como la que
ponía fin a los misterios de la Edad Media.
‑¡Usted tiene que
hacer una exposición!...
El muchacho de La Boca
sonríe amargamente.
‑¿Una exposición? ¿Con
qué?... si no tengo plata siquiera para comprar un marco. . .
‑No se aflija por
eso. Ya lo arreglaremos ‑responde Collivadino, seducido por el arte
nuevo y original del pintor desconocido.
Días después,
Quinquela Martín recibe la visita del señor Taladrí, secretario de la
Academia, y merced a su concurso resuelve todas las dificultades. Le
consiguen un crédito para que se provea de los marcos y telas necesarios
y pueda organizar su primera exposición en Witcomb.
‑Collivadino se portó
muy bien conmigo ‑comenta nuestro entrevistado‑. Después de todo, yo no
era de la Academia y no tenía por qué ayudarme. ¡Se lo agradeceré
siempre!...
La muestra constituyó
un éxito rotundo. El artista boquense conquistó el asombro de Florida.
Vendió telas por valor de seis mil pesos, con lo que pudo pagar su
crédito y seguir trabajando. Los "viejos" empiezan a tomarlo en serio.
Era justo que un muchacho del que decían tantas cosas los diarios, se
negase a arruinarse en la tarea bruta de descargar carbón. El vecindario
de la Vuelta de Rocha lo saluda con respeto. Imaginad los comentarios de
las comadres.
‑¡Ha visto, doña
Antonia, el muchacho de la carbonería cómo está saliendo en los diarios,
con retrato y todo!...
‑Y dicen que se ha
ganado un dineral vendiendo esas pinturas...
‑¡Quién iba a
pensar!... Parecía un cabeza ¿no?...
Desde entonces, la
carrera del pintor es triunfal. En 1920, realiza una exposición en Río
de Janeiro, donde confirma plenamente la aceptación dispensada por la
crítica y el público de Buenos Aires. Vende diez cuadros, uno de los
cuales con destino al Museo de Bellas Artes. Ese mismo año vuelve a
presentarse en nuestra ciudad. El jockey Club le paga diez mil pesos por
una tela.
En 1922, Quinquela
Martín repite sus éxitos en España. Coloca veintitrés cuadros y es el
primer pintor de América, honor singular, que entra en el Museo de
Bellas Artes. Rechaza una condecoración.
‑Hubiese sido ridículo
aceptarlo ¿no le parece?..
‑nos dice por
todo comentario.
De regreso, les compra
la casita de la calle Magallanes a sus padres adoptivos, para que puedan
seguir viviendo tranquilos, sin la preocupación de un negocio que ya no
produce más. Allí habita aún con ellos, en la misma pieza humilde que
ocupaba de muchacho.
En 1925 expone en
París. Vende todo y se incorpora al Luxemburgo. Regresa a Buenos Aires
y, tres años después, se presenta en Nueva York. Otro éxito. Los museos
oficiales y los coleccionistas particulares pagan los mejores precios
por sus telas. Míster Farrel, el Rey del Acero, enamorado de la obra de
Quinquela, se empeña en que pinte sus poderosas fábricas de Pittsburg.
Le abre un verdadero canal de dólares. El artista no acepta.
‑Pero esa era la
oportunidad ‑comenta nuestro buen sentido‑ de convertirse en el pintor
predilecto de los millonarios yanquis...
‑Ya sé. Pero eso a mí
no me interesa. A la gente le cuesta creer que haya alguien que no
aspire a la fortuna, sobre todo teniéndola entre las manos...
‑Sin embargo, usted
es rico...
‑¡Qué voy a ser
rico!... Si vivo al día... Con decirle que el estudio es alquilado... La
única propiedad que he podido comprar es la casita de los viejos... No
obstante, son muchos los que me suponen con fortuna... No comprenden
que, por más que gane, los viajes me cuestan un dineral...
‑Si el Rey del
Acero supiera eso, lo creería loco...
‑No sería el único...
Se produce una pequeña
pausa.
‑Tal vez si sus
fábricas estuviesen en La Boca ‑prosigue Quinquela‑ algún día me diese
por pintarlas...
‑Solamente allí
puede trabajar...
‑Como poder, podría en
cualquier parte. En cada Puerto que toca el vapor estaría en condiciones
de hacer un cuadro... Pero, ¡no quiero! No sería lo mismo... Todos
los paisajes me
producen una impresión susceptible de reproducirse en la tela, mas
ninguno me da la emoción que necesito para mi obra. La Boca que yo pinto
es el resultado de un largo proceso espiritual, supone una elaboración
lenta del paisaje en lo íntimo, que sería imposible de obtener en puntos
donde apenas resido unos meses... ¡Quizá, si me quedara un tiempo!... El
arte, para mí, es un incontenible impulso interior que desaparece o se
debilita cuando ando lejos de mis pagos... Y creo que, si todos lo
sintieran así, habría más pintura nacional. 0 la pintura nacional, y
como ella las demás artes, lograría universalizarse. Con lo regional se
llega a lo universal... No comprendo a los que pintan indistintamente un
lago italiano o una sierra de Córdoba...
‑Volviendo a lo del
dinero, Quinquela, ¿cuál es el cuadro que vendió mejor?
‑Sol de mañana, una
tela chica, por la que me pagaron en Nueva York, cinco mil dólares...
‑¿Y el que más le
gusta?
‑Seguramente, un
astillero, que todavía conservo. Lo llevo a todas partes y es el primero
que me quieren comprar. Pero he resuelto no venderlo...
De Nueva York,
Quinquela Martín pasa a La Habana. Retorna a trabajar a Buenos Aires y,
en 1924, presenta sus obras en Italia. Mussolini, atraído por tan
vigorosa realización artística, declara que "es su pintor» y le pide que
lleve a la tela la fábrica de cañones de Nápoles. Imposible, a no ser
que se la traslade a La Boca.
‑¿También le
compraron los museos?
‑Sí, hay un cuadro en
el de Arte Moderno de Roma.
Sin ninguna amargura,
nuestro entrevistado agrega:
‑El único museo que no
tiene obras mías es el de Buenos Aires...
‑¡Nadie es profeta
en su tierra!...
‑El presidente Alvear
quiso comprarme, pero yo me opuse, porque, como era amigo mío, hubiera
parecido un favor personal. Aquí se acostumbra a solicitar la
adquisición de obras y yo nunca pienso hacerlo...
‑¿Y de su reciente
viaje a Londres?...
‑Me fue muy bien.
Vendí unas siete telas, alguna de ellas con destino a los museos de Arte
Moderno, de Londres y de Nueva Zelanda, Birmingham, Sheffell y Shansea...
‑¿Qué otros países
proyecta visitar?
‑Alemania, y después
Japón. Aunque en lo que respecta al último, me asusta un poco la
distancia. ¡Son cuarenta días de viaje!...
Quinquela Martín es el
reporteado ideal porque contesta a todas las preguntas que se le
formulan.
‑¿Cuál es su método
de trabajo?
‑Pintar veinte horas
cuando estoy en racha y ninguna si no tengo ganas. No abandonar un
cuadro hasta terminarlo. No comprendo a los que pintan metódicamente
todos los días un poco y alternan de tela... Tardo mucho más para
concebir una obra que para realizarla... en realidad, ya la tengo
adentro al empuñar los pinceles, y tal vez por eso ejecuto tan
rápidamente... Después me paso los días nuevamente sin hacer nada,
vagando por la ribera...
‑¿Y qué opinan de
usted, Quinquela, los vecinos de la Boca?
‑iQue soy loco!...
‑Sí, les cuesta
convencerse que un hombre que sale tanto en los diarios y revistas, en
compañía a veces de grandes personalidades, pueda andar, si es cuerdo,
recorriendo en alpargatas y traje de obrero las calles como cuando era
carbonero. Y que reciba en esta indumentaria al presidente de la
república y a su señora, como ocurría en la época de Alvear... Muchos
hasta se extrañan de que los salude con el mismo afecto de antes...
Los vecinos de La Boca
saben que en la vida de Quinquela Martín ha intervenido el milagro. Lo
que no comprenden es que el milagro estaba ya dentro de él...
Texto
extraído de “Grandes entrevistas de la historia argentina”,
ed. Punto de lectura.
Selección: Nora Martínez
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