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Lo simbólico, lo imaginario y lo real
Jacques
Lacan
Nota
introductoria:
Hay el texto y hay la palabra. El texto supone un establecer y una
permanencia. La palabra supone el movimiento y las dimensiones dramáticas
o escénicas. La preeminencia del texto mencionada por J.L. en
"La instancia de la letra" es la misma que invoca Freud
en la "Interpretación de los sueños" con relación a los
relatos de los sueños hechos por los sujetos que los han soñado.
La pregunta que es pertinente hacer aquí es: ¿cómo se hace texto
de un relato? Muy simple dice Freud, sin decirlo del modo que lo
hemos planteado, haciendo del relato "texto sagrado".
Hacer del relato texto sagrado no es otra cosa que atender a su
literalidad y tratarla así como tal, sagrada. En este caso "sagrada"
dice de lo intocado que será ese relato, que así se hará letra y
por lo tanto así se hará texto. Lo intocado es el respeto a la letra
que será tratada en su sonoridad para llevarnos a otras regiones
abiertas por medio de los puentes que serán recorridos en lo imprevisto
de las ocurrencias y en lo ceñido de su lógica. El texto del sueño
comienza en el enunciado de su relato, se continua en los enunciados
y en las direcciones apuntadas para dar lugar a las otras enunciaciones
y las otras escenas plegadas en sus bordes, en aquéllos que no quiere
atravesar el sujeto. Hoy contamos con un ternario fundamental para
orientarnos en tales travesías, ese ternario es el de lo simbólico,
el de lo imaginario y el de lo real, nuestra deuda es para con Jacques
Lacan y en lo que sigue se verá como su funcionamiento era tal ya
en julio de 1953, dos meses antes de hacer la comunicación del "discurso
de Roma", o más precisamente: "Función y campo de la palabra
y el lenguaje en el psicoanálisis", texto inicial de su enseñanza,
señalado como tal por él mismo.
Sergio Rocchietti
Mis buenos amigos, ustedes
podrán ver que para esta primera comunicación llamada científica de nuestra
Sociedad, he tomado un título que no carece de ambición
(1). Ante todo empezaré por disculparme,
pidiéndoles que consideren esta comunicación llamada científica más bien como,
por un lado, un resumen de puntos de vista, que los que aquí están, mis alumnos,
conocen bien y con los cuáles están familiarizados desde hace unos dos años a
través de mi enseñanza; y también como una especie de prefacio o de introducción
a una cierta orientación de estudio del psicoanálisis.
En efecto creo que el retorno a
los textos freudianos que es el objeto de mi enseñanza desde hace dos años, me
ha dado, -o más bien, nos ha dado, a todos los que hemos trabajado juntos-, una
idea cada vez más certera de que no hay dimensión más
total de la realidad humana que la realizada por la experiencia freudiana y que
no podemos dejar de retomar a las fuentes y estudiar estos textos en todos los
sentidos de la palabra. No podemos dejar de pensar que la
teoría psicoanalítica
(y al mismo tiempo la técnica ya que no
constituyen más que una sola cosa) no haya sufrido una especie de retroceso, y
la verdad sea dicha, de degradación. Es que en realidad no es fácil mantenerse
al nivel de una tal plenitud. Por ejemplo, un texto como el del "Hombre de los
Lobos", pensaba tomarlo esta tarde como base y ejemplo de lo que he de
exponerles. Pero hice durante todo el día de ayer una reelectura completa del
mismo; había hecho al respecto un seminario el año pasado y sin embargo se me
impuso la sensación de que era absolutamente imposible darles una idea, aunque
aproximada de aquel texto; y que de mi seminario del año pasado había una sola
cosa que hacer: retomarlo el año próximo.
Pues lo que percibí en ese texto
formidable, después del trabajo y progreso que hemos hecho juntos este año
alrededor del texto "El hombre de las ratas', me hace pensar que lo que había
sacado el año pasado como principio, como ejemplo, como tipo de pensamiento
característico dado por ese extraordinario trabajo era literalmente un mero "approche",
como dicen los anglo-sajones; dicho de otro modo un balbuceo. De modo que, en
resumen, haré tal vez incidentalmente una breve alusión, pero trataré sobre todo
simplemente de decir algunas palabras sobre el planteamiento de un tal problema;
sobre lo que quiere decir la confrontación de estos
tres registros que son los registros esenciales de la realidad humana, registros
muy distintos y que se llaman: lo simbólico, lo imaginario y lo real.
Ante todo, una cosa que es
evidentemente sorprendente y que no debería escapársenos; o sea, que hay en el
análisis toda una parte de real en nuestros
sujetos que precisamente se nos escapa; que sin embargo no escapaba a Freud
al ocuparse él de cada uno de sus pacientes. Pero, por supuesto, aunque no se le
escapaba, caía igualmente fuera de su dimensión y alcance. Uno no terminaría
nunca de sorprenderse del hecho y modo del cual habla de su 'Hombre de las
ratas', distinguiendo entre 'sus personalidades'. Al respecto concluyó: "la
personalidad de un hombre fino, inteligente y culto", personalidad que puso
en contraste con los otros aspectos del sujeto. Sí bien eso se atenúa, al tratar
su 'hombre de los lobos', no por ello deja de mencionarlo. Ahora bien, a decir
verdad, no estamos obligados a refrendar todas sus apreciaciones. No parece
tratarse en el 'Hombre de los lobos' de alguien de tanta clase. Pero es
sorprendente: lo enfatiza como un punto particular. En cuanto a su 'Dora', ni
que hablar, si hasta podemos decir que la ha amado.
Hay por lo tanto en todo esto
algo que, evidentemente no deja de impactarnos y que en suma es algo que
constantemente nos concierne. Yo diría que ese elemento directo, que ese
elemento de peso, de apreciación de la personalidad, es algo bastante inefable
al cual hemos de atenernos en el registro de lo mórbido, por un lado, así como
en el registro de la experiencia analítica con sujetos que, en absoluto, caen en
el registro de lo mórbido; es algo que en resumen, siempre debemos cuidar y que
está particularmente presente en la experiencia de los que estamos encargados de
la pesada tarea de elegir a los que se someten al
análisis con un fin didáctico. En suma
¿qué podemos decir después de todo? Cuando expresamos, al término de nuestra
selección, todos los criterios que se invocan: ¿es necesario la neurosis para
hacer un buen analista? ¿un poquito? ¿mucho? ¿seguramente no, en absoluto? Pero
al fin de cuentas, ¿es eso lo que nos guía en un juicio que ningún texto puede
definir, y que nos hace apreciar las cualidades personales de esta realidad?,
podrían reducirse a esto: ¿qué significa que un
sujeto tenga o no tenga pasta, que sea, como dicen los chinos ('she-un-ta')
o un hombre de gran talla, o ('sha-o-yen') o un hombre de pequeña talla?
Es algo que -es necesario decirlo- constituye los límites de nuestra
experiencia. Es en este sentido que se puede decir para plantear la cuestión de
saber qué entra en juego en el análisis: ¿de qué se
trata? Acaso de ese rapport real del sujeto -a saber, según un cierto modo y
según nuestras medidas de reconocimiento-. ¿Es sobre eso que debemos
trabajar en el análisis? Ciertamente no. Se trata indudablemente de otra
cosa. Y he aquí la pregunta que nos planteamos sin cesar y que se
plantean todos los que intentan formular una teoría de la experiencia analítica.
¿Qué es esa experiencia singular entre todas, que
va a aportar transformaciones tan profundas a los sujetos? ¿Y qué son tales
transformaciones? ¿Y cuál es su resorte?
La elaboración de
la doctrina analítica desde años apunta a responder esta pregunta.
Y es cierto que el hombre común
no parece asombrarse, por otro lado, de la eficiencia de esta experiencia que se
desenvuelve íntegramente en palabras; y, en cierto sentido, en el fondo tiene
razón, puesto que en efecto, funciona y para explicarla parecería que no
tuviéramos de entrada más qué demostrar el movimiento en marcha. Y por ende,
'hablar' es ya introducirse en el sujeto de la
experiencia analítica. Es allí, efectivamente, caundo es útil proceder y saber y
ante todo plantear la pregunta: ¿qué es la palabra, es
decir, el símbolo?
En verdad a lo que
asistimos es más bien a un evitamiento de dicha pregunta.
Y, ciertamente, lo que
constatamos es que al reducirla a (al querer no ver en los elementos y en los
resortes propiamente técnicos del análisis más que algo que debe acceder por una
serie de aproximaciones a la modificación de las conductas) mecanismos,
costumbres del sujeto, desembocamos rápidamente en un cierto número de
dificultades y de 'impases', al punto de no poder -ciertamente- situarlos en el
conjunto de un estudio total de la experiencia analítica; pero de proseguir en
ese sentido, nos orientamos inevitablemente hacia un cierto número de
impenetrables que se nos oponen y que tienden a transformar, a partir de allí,
el análisis en algo que se manifiesta como mucho más irracional de lo que
realmente es.
Es sorprendente ver cuantos
novicios y recién venidos a la experiencia analítica han expresado, en sus
primeras expresiones sobre sus experiencias, la cuestión del carácter irracional
de este análisis, precisamente cuando tal vez, por el contrario no haya técnica
alguna más transparente. Y por supuesto, así anda todo. Abundamos en
apreciaciones psicológicas más o menos parciales del sujeto paciente; hablamos
de su 'pensamiento mágico'; hablamos de todo tipo de registros que tienen
indudablemente su valor y son reencontrados de modo muy vivo por la experiencia
analítica. De allí a pensar que el análisis mismo juega en un cierto registro,
ciertamente el del pensamiento mágico, no hay más que un paso, rápidamente
franqueado cuando no se toma como punto de partida y como referencia desde el
vamos, la cuestión primordial: 'qué es esa experiencia
de la palabra', y por decirlo todo, de plantear al mismo tiempo la
cuestión de la experiencia analítica, la cuestión de la esencia y del
intercambio de la palabra.
Creo que el punto del cual se
debe partir es el siguiente. Partamos de la experiencia, tal corno nos fue
presentada en las primeras teorías del análisis: ¿qué
es eso 'neurótico' a lo cual debemos atenernos en la experiencia analítica? ¿qué
ocurrirá en la experiencia analítica? ¿Y ese pasaje del consciente al
inconsciente? ¿Y cuáles son las fuerzas que dan a este equilibrio una cierta
existencia? Nosotros lo llamamos el principio del placer.
Para sintetizar diremos con
M. de Saussure, que 'el sujeto alucina su mundo'
; es decir que sus ilusiones o sus satisfacciones ilusorias no pueden ser de
todos los órdenes. Evidentemente él va a desviarlas hacia un otro orden que el
de sus satisfacciones, quienes encuentran su objeto en lo real puro y simple.
Jamás un síntoma ha calmado el hambre o la sed de un modo duradero, si no es por
medio de la absorción de alimentos que les satisfagan, aún cuando una
baja general del nivel de la vitalidad pueda, en los casos límites, ser la
respuesta; por ejemplo: la hibernación natural o artificial. Todo esto es
concebible sólo como una fase que no podrá, ciertamente durar, si no es
con el riesgo de arrastrar daños irreparables.
La
reversibilidad misma de los problemas neuróticos,
supone que la economía de las satisfacciones en ella implicadas fueran de otro
orden e infinitamente menos ligadas a ritmos orgánicos fijos, aunque
determinando ciertamente una parte de ellos. Esto define la categoría conceptual
que resuelve este tipo de objetos. Es justamente aquello que estoy en vías de
definir: lo imaginario si se acepta y reconoce todas las implicaciones que le
son apropiadas. A partir de ahí es muy simple, claro, fácil, de ver que este
tipo de satisfacción imaginaria no puede ser
encontrado nada más que en el orden de los registros
sexuales.
Todo está dado a partir de esta
especie de condición previa de la experiencia analítica. Y no es asombroso,
aunque, ciertamente, deban ser confirmadas (controladas, diría yo), por la
experiencia, que una vez hecha, hace que las cosas parezcan responder a un
perfecto rigor.
El término
"libido" es una noción que no hace más que
expresar la noción de reversibilidad, la que a su vez, implica la de
equivalencia, en cierto
metabolismo de las imágenes; para poder pensar esta transformación es
necesario un término energético a lo que ha servido el término de 'libido'. Se
trata por supuesto de algo complejo. Cuando digo 'satisfacción imaginaria', no
es evidentemente el simple hecho de que Demetrios se haya satisfecho de haber
soñado que poseía a la sacerdotisa cortesana... aunque este caso no es sólo un
caso particular en el conjunto. . . Sino que es algo que va más allá y que está
actualmente recortado por toda una experiencia que es la que los biólogos evocan
concerniendo a los ciclos instintuales, muy especialmente en los registros de
los ciclos sexuales y de la reproducción; a saber, que, puestos aparte los
estudios todavía más o menos inciertos e improbables tocantes a los conectores
neurológicos en el ciclo sexual, (¡y que no son lo más sólido de esos
estudios!), está demostrado que estos ciclos en los animales responden a
fenómenos denominados con el mismo término que el utilizado para designar los
problemas y los resortes sexuales primarios de los síntomas en los sujetos
mismos, o sea el 'desplazamiento'.
Lo que muestra el estudio de los
ciclos instintuales en los animales, es
precisamente, que son esencialmente de orden
imaginario, y que son lo más interesante en el estudio del cielo
instintual, a saber, que su límite, que su definición, el modo de precisarlo
fundamentado sobre la puesta a prueba de un cierto número de experiencias hasta
un determinado limite de desvanecimiento, son susceptibles de provocar en el
animal esa especie de puesta en erección de la parte del ciclo del
comportamiento sexual del cual se trata. Y el hecho de que en el interior de un
ciclo de comportamiento determinado, sea siempre susceptible la aparición, en
ciertas condiciones, de un determinado número de desplazamientos; por ejemplo,
en un ciclo de combate la brusca aparición en el retorno de este ciclo, (en los
pájaros uno de los combatientes que se pone de golpe a alisar las plumas) de un
segmento del comportamiento de ostentación que intervendrá en el medio de un
ciclo de combate.
Se podrían dar mil ejemplos más.
No estoy aquí para enumerarlos. Esto es simplemente para darles la idea de que
éste elemento de desplazamiento es un resorte
absolutamente esencial del orden y sobretodo del orden
de los comportamientos ligados a la sexualidad. Sin duda, estos fenómenos
no son electivos en los animales, pero otros comportamientos (cf, los estudios
de Lorenz sobre las funciones de la imagen en el ciclo de la
alimentación) muestran que lo imaginario
juega un papel importante en el orden de los comportamientos sexuales. Y por
otro lado, en el hombre, es siempre y principalmente en este plano que nos
encontramos frente a este fenómeno.
Desde el vamos señalamos,
puntualizamos lo expuesto con lo siguiente: que los
elementos de comportamiento instintuales desplazados en el animal son
susceptibles de alguna cosa en la cual vemos el esbozo de lo que llamamos un
"comportamiento simbólico".
Lo que llamamos en el animal un
comportamiento simbólico es lo que, cuando
uno de esos segmentos desplazados adquiere valor
socializado, sirve al grupo animal de punto de referencia para un cierto
comportamiento colectivo. Así, planteamos que un
comportamiento puede ser
imaginario cuando su oscilación entre imágenes
lo hace susceptible de desplazamientos fuera del ciclo que asegura la
satisfacción de una necesidad natural.
A partir de ahí, el conjunto que
se articula en la raíz del comportamiento neurótico
puede ser definido y dilucidado en el plano de la economía instintiva, teniendo
en cuenta que siempre concierne a un comportamiento
sexual. No necesito retornar sobre esto a no ser para indicar brevemente
que un hombre pueda eyacular a la vista de una pantufla es algo que no nos
sorprende como así tampoco que un esposo la utilice para llevar a su consorte a
mejores sentimientos, pero seguramente, a partir de ello nadie soñaría que una
pantufla pueda servir para apaciguar la excitación extrema de un individuo.
Es que, a lo que debemos constantemente atenernos es a
los fantasmas. En el orden del tratamiento no es raro que el
paciente, el sujeto, haga intervenir en el curso del análisis un fantasma tal
como el del 'fellatio del partenaire del analista'. ¿Trátase también aquí de
algo que haremos ingresar en un ciclo arcaico de su biografía de un modo
cualquiera? ¿Una anterior subalirnentación? Es evidente que cualquiera sea el
carácter incorporativo que demos a esos fantasmas jamás pensaríamos en tal sub-alimentación.
¿Cómo entenderlo?
Puede significar muchas cosas.
En efecto es necesario ver bien que lo imaginario
está a la vez lejos de confundirse con el dominio de lo analizable y, que por
otro lado, puede existir otra función que la imaginaria.
No es porque lo analizable coincida con lo imaginario,
que lo imaginario se confunde con lo analizable, que es lo exclusivamente
analizable, y que sea enteramente lo analizable o lo analizado.
Para tomar el ejemplo de nuestro
fetichista, a pesar de que sea raro, si admitirnos que allí se trata de una
especie de perversión primitiva, no es imposible visualizar casos parecidos.
Supongamos que se tratara de uno de esos desplazamientos imaginarios tal como
los encontramos realizados en el animal. Supongamos, en otros terminos, que la
pantufla sea aquí estrictamente el desplazamiento del órgano femenino puesto que
es más a menudo en el macho que se da el fetichismo. Si, literalmente, no
hubiera nada que pudiera representar una elaboración con respecto a este dato
primitivo, serían tan igualmente inanalizables ciertas fijaciones perversas.
Inversamente, para hablar de
nuestro paciente o sujeto, si lo pensamos como presa de un
fantasma lo estamos planteando como algo que
tiene un muy diferente sentido y en este caso está bien claro que si ese
fantasma puede ser considerado corno algo que
representa lo imaginario es porque puede
representar ciertas fijaciones a un estadio primitivo oral de la sexualidad. En
otras palabras no diremos que su práctica del fellatio sea constitucional.
Entiendo pues que aquí, en el
fantasma en cuestión, el elemento imaginario
no tiene en rigor más que un valor simbólico
que debernos apreciar y comprender en función del momento del análisis en que se
inserta. En efecto aún cuando el sujeto retiene su confesión el
fantasma surge en un momento preciso del diálogo
analítico. Está hecho para expresarse, para ser dicho, para simbolizar algo, y
algo que difiere según el momento del diálogo.
¿Qué decir pues?
Que no basta que un fenómeno represente un desplazamiento, dicho de otro modo,
se inscriba entre los fenomenos imaginarios, para que sea analizable y
que, para que lo sea, es necesario que represente a otra cosa que a si mismo.
Para abordar el tema en cuestión
o sea el simbolismo, diré que toda una parte de las funciones imaginarias en el análisis no tienen otra relación con la
realidad fantasmática que ellas manifiestan que, por ejemplo, la que tiene la
sílaba 'po' (en la palabra pote) con las formas, preferentemente simples del
jarro que ella designa. Como podemos fácilmente ver en el hecho de que en
'policía' o 'poltrón' esta sílaba 'po' tiene totalmente otro valor. Podremos
utilizar el 'pote' para simbolizar la sílaba 'po' inversamente en el término
'policía' o 'poltrón', pero convendrá agregarle al mismo tiempo, en tal caso,
otros términos igualmente imaginarios que no serán tomados por otra cosa que
como sílabas destinadas a completar la palabra.
De este modo es necesario
entender lo simbólico en juego en el
intercambio analítico, teniendo en cuenta que lo que en él encontramos, y
estamos definiendo, es lo que Freud definió como su realidad esencial,
así se trate de síntomas reales, actos fallidos y todo cuanto en ello se
inscriba; se trata todavía y siempre de símbolos, y
de símbolos muy especificamente organizados en el lenguaje, que por consiguiente
funcionan a partir de ese equivalente del significante y del significado: la
estructura misma del lenguaje.
No me pertenece la expresión:
'el sueño es un acertijo' , pertenece a Freud. Y que el
síntoma expresa, también él, algo estructurado,
organizado como un lenguaje, queda de manifiesto a partir del hecho de que el
síntoma histérico arroja siempre un equivalente de una actividad sexual, pero
jamás un equivalente unívoco. Por el contrario se trata
siempre de un equivalente plurívoco, superpuesto, sobredeterminado, y por
decirlo todo, construido según el exacto modelo en que lo son las imágenes en
los sueños, las que representan una competencia, una superposición de símbolos
tan compleja como una frase poéticas la que a su vez vale por su tono, su
estructura, sus giros, su ritmo, su sonoridad, por consiguiente y esencialmente
sobre varios planos, en el orden y registro del lenguaje.
A decir verdad, esto no se nos
aparecerá en su relieve si no intentamos ver a pesar de todo, que es algo
enteramente propio del lenguaje. Ciertamente no estamos aquí para hacer un
delirio colectivo, ni organizado, ni individual sobre el problema del origen del
lenguaje, ya que es un tema que se presta inmejorablemente a este tipo de
delirios. El lenguaje está ahí, es un emergente. Y
ahora que ha emergido no sabremos jamás cuándo ni cómo ha empezado, ni cómo eran
las cosas antes que él estuviera.
Pero sin embargo, ¿cómo expresar
ese algo que debe, tal vez haberse presentado como una de las formas más
primitivas del lenguaje? Piensen en las
contraseñas. Vean, elijo a propósito este
ejemplo, justamente porque el error y espejismos cuando se habla del lenguaje,
radica siempre en creer que su significación es la que él designa. Pero no es
así. Por supuesto que designa algo, pero antes de hacerlo cumple una cierta
función. Y elijo a propósito la
contraseña porque tiene esa propiedad de ser
elegida de manera íntegramente independiente de su
significación, y esa significación es la de designar a quien la pronuncia
como teniendo tal o cual propiedad en respuesta a la pregunta que motivó la
palabra. Algunos dirán que el ejemplo está mal elegido puesto que está tomado
del interior de una convención. Pero precisamente en ello reside su valor. Por
otro lado no podemos negar que la contraseña
tiene la más preciosa de las virtudes; sirve simplemente para evitarnos ser
muertos.
Es por eso que podemos
considerar el lenguaje como teniendo una
función. Nacida entre esos animales feroces que debieron ser los
hombres primitivos (a juzgar por nuestros contemporáneos no es tan inverosímil),
la contraseña no es justamente aquello mediante
lo cual 'se reconocían los hombres del grupo', sino aquello mediante lo cual 'se
constituye el grupo'.
Hay un otro registro en el que
se puede meditar acerca de esta función del lenguaje; es el del lenguaje
estúpido del amor, que consiste, en el último
grado del espasmo, del éxtasis -o al contrario de la rutina, según los
individuos- a cualificar repentinamente su compañero sexual con el nombre de una
legumbre o de un animal repugnante. Esto expresa también algo que no está lejos
de tocar el problema del horror al anonimato. No es por nada que tal o cual de
estas apelaciones animal o soporte totémico, se encuentra en la fobia. Es
evidente que hay, entre los dos, algún punto en común; el sujeto humano está muy
especialmente expuesto, lo veremos en seguida, a este tipo de vértigo que
aparece y experimenta la necesidad de alejarlo, la necesidad de hacer algo que
lo trascienda. Y es de lo que se habla en el origen de la
fobia.
En estos dos ejemplos, el
lenguaje está particularmente desprovisto de significación. En ellos podemos,
inmejorablemente, ver lo que diferencia el símbolo
del signo, a saber, la función interhumana del
símbolo. Se trata de algo que nace con el lenguaje
y que hace que después que la palabra (y
precisamente para lo que sirve la palabra) haya sido pronunciada, los dos
compañeros pasan a ser otra cosa que antes. Esto, apoyándonos en el más simple
de los ejemplos.
Por otra parte se equivocarían
al creer que éstos no son ejemplos particularmente plenos. Seguramente a partir
de estas pocas observaciones, podrán percibir que, así sea en la contraseña, así
sea en la palabra llamada de amor, se trata de algo, que a fin de cuentas está
lleno de connotaciones. Digamos que la conversación que en un momento dado de
vuestra carrera de estudiantes hayan podido tener (en una cena, por ejemplo),
donde el modo y la significación de las cosas intercambiadas tiene ese carácter
común a las conversaciones de la calle o del colectivo, no es otra cosa que un
cierto modo de hacerse reconocer, lo que
justificarla a Mallarmé cuando dice que el lenguaje es 'comparable a
esa moneda borrada que se pasa de mano en mano en silencio'.
A partir de ahí, veamos pues de
que se trata; ya que en suma es lo que se establece cuando el neurótico llega a
la experiencia analítica. Es que él
también comienza diciendo cosas. Dice cosas, y las cosas que dice no deben
sorprendernos si, al inicio, no son más que palabras de poco peso, a las que
acabo de aludir. Sin embargo hay algo que es fundamentalmente diferente; es el
hecho que viene al analista para otra razón que para decir tonteras y
banalidades; que, desde el vamos, en la situación está implicado algo. Y algo
que no es banal, puesto que en suma, es su propio sentido lo que viene a
procurar; es que hay algo místicamente puesto sobre la persona de quien lo
escucha. Por supuesto avanza sobre esta experiencia, sobre esta vía original,
con -¡Dios mío!- todo lo que tiene a su disposición: a saber, con la creencia
ante todo de que debe hacer de médico, informar al analista. Ciertamente ustedes
tienen su experiencia cotidiana; llevándolo a su plano, digamos que de lo que se
trata no es de hacer eso, sino de hablar, y
preferentemente, sin procurar meterse en el orden de la organización, es decir,
a meterse según un narcisismo bien conocido, en el lugar de su interlocutor.
Al fin de cuentas la noción que
tenenos del neurótico es que en sus síntomas mismos, se trata de una
'palabra amordazada' en la que se expresa un
cierto número, digamos, de trasgresiones de un cierto orden' que por si mismas
gritan al cielo el orden negativo al cual se han inscripto. Por no haber
realizado el orden del símbolo de un modo vivo,
el sujeto realiza imágenes desordenadas cuyo
sustitutivo ellas son. Y es, ciertamente, eso lo que va ante todo y desde
ya, a interponerse a toda relación simbólica verdadera.
Lo que el sujeto expresa ante
todo y desde el vamos cuando habla, es ese
registro que llamamos las 'resistencias'; lo que
no quiere y puede interpretarse de otra manera que como el hecho de una
realización hic et nunc, en la situación y con el analista, de la imagen o las
imágenes que son las de la experiencia precoz. Y es sobre este punto que se
edifica toda la teoría de la resistencia y eso, tan solo después del
reconocimiento del valor simbólico del síntoma y
de todo aquello que puede ser analizado.
Lo que la
experiencia prueba y demuestra, es justamente algo más que la realización del
símbolo; es: el intento del sujeto, de constituir hic et nunc en la experiencia
esta referencia imaginaria que denominamos, 'los intentos del sujeto de hacer
entrar al analista en su juego'.
Lo que vemos, por ejemplo, en el caso del 'Hombre de las ratas', cuando
percibimos (rápida, pero no inmediatamente, así como tampoco Freud) que al
relatar su historia obsesiva, en el gran énfasis sobre el suplicio de las ratas
hay, un intento en el sujeto de realizar hic et nunc, (aquí y con Freud),
esa especie de relación sádico-anal imaginaria que constituye por sí misma la
sal de la historia. Y Freud percibió que se trata de algo que se traduce
y se traiciona fisiognómicamente, en la cara, en la expresión del sujeto, puesto
que lo califica en ese momento: el horror del goce ignorado.
A partir del momento en que
estos elementos de la resistencia son remontados
en la experiencia analítica, que se los ha podido medir, pesar como tales, se
constituye un momento significativo en la historia del análisis. Y podemos decir
que es a partir del momento en que se supo hablar al respecto de un modo
coherente (en el momento por ejemplo, del artículo de Reich, uno de los primeros
al respecto. aparecido en el International Journal), que Freud hace surgir el
segundo en la elaboración de la teoría analítica: algo que no representa nada
más y nada menos que la teoria del yo; en esa época, 1920, aparece 'das
Es' (el ello), y en aquel momento empezamos a percibir en el interior (es
preciso mantenerlo siempre en el interior del registro de la relación simbólica)
que el sujeto resiste; que esta resistencia no es como una simple inercia
opuesta al movimiento terapéutico, como se podría decir en física que la masa
resiste a toda aceleración. Es algo que establece cierto lazo, que se opone como
tal, como una acción humana, a la del terapeuta; pero, con esta precisión: es
necesario que el terapeuta no se engañe. No es a él en
tanto realidad que se le opone, sino en la medida en que, en su lugar, está
realizada una cierta imagen que el sujeto proyectó sobre él.
En verdad, éstos no son más que
términos aproximativos. Es igualmente en ese momento que nace la noción de
pulsión agresiva, que es necesario adjuntar a la libido el término destrudo; y
esto no sin motivo. Es que a partir del momento en que su meta es descifrar las
funciones totalmente esenciales de esas relaciones imaginarias, tal como se
presentan bajo la forma de resistencia, aparece un otro registro que no está
ligado a nada menos que a la función propia que juega el yo en esa teoría del
yo, que no trataré hoy, y que es absolutamente necesaria distinguir en toda
noción coherente y organizada del yo del análisis; a saber, el yo como función
imaginaria del 'moi' , como unidad del sujeto alienado a si mismo, del 'moi'
como aquello en lo que el sujeto no puede reconocerse más que alienándose y por
consiguiente no puede reencontrarse más que aboliendo el alter ego del 'moi', el
que, como tal, desarrolla la dimensión, muy distinta de la agresión, que
denominaremos agresividad.
Creo que ahora nos es necesario
retomar el problema en estos dos registros: la cuestión de la palabra y la
cuestión de lo imaginario.
La
palabra, se los he mostrado en forma abreviada, juega ese rol
esencial de mediación. De mediación
quiere decir, de algo que intercambian los dos partenaires en presencia. Esto
no tiene, por otra parte, nada que no nos sea dado hasta en el registro
semántico de ciertos grupos humanos. Y si ustedes leen (no es un libro que
merezca todas las recomendaciones, pero es bastante expresivo como manual y
excelente como introducción para quienes la necesiten) el libro de
Lenhardt, "Do Kamo", verán que entre los Canacos se produce algo bastante
particular en el plano semántico, o sea, que el término
'palabra' significa algo que va mucho más lejos de lo que nosotros
designamos. Alude además a una acción. Y por
otro lado, también entre nosotros la 'palabra dada'
es una forma de acto. Pero es igualmente algunas
veces un objeto, o sea, algo que se pierde, una gavilla. Es no importa que, pero
entre ellos por momentos designa un objeto, algo que se lleva, una gavilla...
pero a partir de ahí, existe algo que no existía antes. Convendría también hacer
otra observación: es que la palabra mediadora no
lo es pura y simplemente en ese plano elemental, puesto que permite trascender
la relación agresiva fundamental al espejismo del semejante. Es necesario que
sea más que eso, porque si reflexionamos, vemos que constituye no solamente esa
mediación, sino que igualmente constituye la realidad
en si misma. Esto es claramente evidente si consideran lo que denominamos
una estructura elernental, es decir, arcaica del parentesco. Lejos de ser
elementales, no lo son siempre. Por ejemplo, el hecho especialmente complejo (en
verdad, estas estructuras complejas no existirian sin el sistema de palabras que
la expresan) de que entre nosotros, las interdicciones que regulan el
intercambio humano de las alianzas, en el sentido propio de la palabra, se
reduzcan a un número excesivamente restringido, tiende a confundirnos, palabras
como 'padre, madre, hijo...' con relaciones reales.
Es porque el sistema
de relaciones de parentesco, por su misma constitución, se ha
extremadamente reducido en sus límites y en su campo. Pero, si ustedes formaran
parte de una civilización donde no podrian desposar tal o cual prima en séptimo
grado porque es considerada como prima paralela, o inversamente, como
prima cruzada, o encontrándose con ustedes en una cierta homonimia que retorna
cada tres o cuatro generaciones, percibirían que la
palabra y los símbolos tienen una decisiva influencia en la realidad humana,
y es precisarnente porque las palabras tienen
exactamente el sentido que yo les decreto. Como
diría Humpty Dumpty en Lewis Caroll, cuando se le pregunta ¿por qué?, y da esa
respuesta admirable: "porque soy el amo".
Digamos que en principio, es
evidente que es el hombre en efecto quien da su sentido
a la palabra. Y que, si posteriormente las palabras se encuentran en el común
acuerdo de la comunicabilidad, es decir, que las mismas palabras sirven para
reconocer la misma cosa, es precisamente en función de relaciones, de una
relación de partida, que ha permitido a esas personas ser personas que
comunican. En otros términos, no es absolutamente cuestión, salvo
en una percepción psicológica
expresa, de intentar deducir cómo las palabras salen de las cosas y les son
sucesiva e individualmente aplicadas, pero sí de comprender, que es en el
interior del sistema total del discurso, del universo de un lenguaje
determinado, que comporta por una serie de compIementariedades, un cierto número
de significados; que lo que hay que significar, a saber, las cosas hay que
acomodarlas, dándoles un lugar.
Es así que las
cosas, a través de la historia se constituyen.
Es lo que torna particularmente
pueril toda teoría del lenguaje, por cuanto habría que comprender el papel que
juega en la formación de los símbolos. Por ejemplo, la teoría dada por
Wasserman, quien hizo al respecto, en el International Journal of
Psychoanalysis, 1944, un muy lindo artículo cuyo titulo es: 'Language, behavior,
dynamic psychiatry'. Es evidente que uno de los ejemplos que da, muestra con
suficiencia la fragilidad del punto de vista behaviorista. Pues es de eso que se
trata en esta oportunidad. Cree resolver la cuestión de lo simbólico del
lenguaje, dando este ejemplo: el condicionamiento que tendrá efecto en la
reacción de contracción de la pupila a la luz, regularmente producido en
simultaneidad con una campanilla. Suprimimos la excitación de la luz y la pupila
se contrae cuando agitamos la campanilla. Terminaríamos por obtener la
contracción de la pupila por la simple audición de la palabra 'contract'. ¿Creen
ustedes que con eso han resuelto el problema del lenguaje y de la simbolización?
Pero, está bien claro que si en lugar del 'contract' hubiera otra cosa, habría
podido obtener exactamente el mismo resultado. Y no se trata del
condicionamiento de un fenómeno, sino en los síntomas
de la relación del síntoma con todo el sistema del lenguaje. Es decir, el
sistema de las significaciones de las relaciones interhumanas como tales.
Creo que el eje de lo que acabo
de decirles es el siguiente: ¿qué es lo que constatamos, y en qué consiste el
recorte que hace el análisis de esas observaciones mostrándonos hasta en su
último detalle el alcance y la presencia?
Es, ni más ni menos, que en
esto: que toda relación analizable, es decir,
interpretable simbólicamente, está siempre más o menos inscripta en una relación
de tres. Lo hemos ya visto en la estructura misma de la palabra:
mediación entre tal y cual sujeto en lo libidinal realizable; lo que nos muestra
el análisis y lo que da su valor a este hecho afirmado por la doctrina y
demostrado por la experiencia es que finalmente nada se interpreta, porque es de
eso que se trata en la intermediación de la realización edipica. Es ese el
sentido. Quiere decir que toda relación de dos está
siempre más o menos marcada por el estilo de lo imaginario; y que, para que una
relación tome su valor simbólico, es necesario que tenga la mediación de un
tercer personaje que realice, en relación al sujeto, el elemento trascendente
gracias al cual su rapport con el sujeto puede ser mantenido a una cierta
distancia.
Entre la
relación imaginaria y la relación simbólica está la distancia de la
culpabilidad. Es por
eso, la experiencia lo muestra, es que la
culpabilidad siempre es preferible a la angustia. La
angustia en sí misma está, desde ya lo sabemos,
por el progreso de la doctrina y la teoría de Freud, siempre ligada a una
pérdida, es decir, a una transformación del yo, o sea, a una relación dual
próxima a desvanecerse, y a la cual debe suceder algo más que el sujeto no puede
abordar sin un cierto vértigo. He ahí el registro y la naturaleza de la
angustia. La introducción del tercero en la relación narcisística introduce la
posibilidad de una mediación real, esencialmente por la intermediación del
personaje que, con relación al sujeto, representa un personaje trascendente,
dicho de otro modo, una imagen de dominio por medio de la cual su
deseo y su cumplimiento
pueden realizarse simbólicamente. En ese momento
interviene otro registro, que es justamente el denominado: o bien de la
ley, o bien de la culpabilidad,
según el registro en el que es vivido. (Notarán que abrevio un poco; ese es el
término. Estimo, al abreviar, no despistarlos con ello, puesto que se trata,
aquí o en nuestras reuniones de cosas harto repetidas.)
Lo que quisiera subrayar
referente a este registro, de lo simbólico es sin embargo importante. Es lo
siguiente: desde que se trata de lo simbólico,
concierne, a aquello en lo que el sujeto se compromete en una relación
propiamente humana; desde que se trata de un registro del 'je' (yo), se trata de
un compromiso: en 'yo
quiero... yo amo', hay siempre algo literalmente dicho, de problemático,
es decir, un elemento temporal muy importante a ser considerado. ¿A qué apunto?
Esto plantea toda una serie de problemas que deben ser tratados paralelamente al
problema de la relación de lo simbólico y de lo imaginario.
El problema de la constitución temporal de la acción
humana es, absolutamente inseparable de la relación de lo simbólico y de lo
imaginario. Aunque no pueda resolverla en toda su amplitud esta
noche, es necesario por lo menos indicar que la encontramos sin cesar en el
análisis y quiero decir del modo más concreto. Ahí también para comprenderla
conviene partir de una noción estructural, si se
puede decir, existencial, de la
significación del símbolo.
Uno de los puntos que pareciera
de lo más controvertido de la teoría analítica, a saber, el del supuesto
automatismo de repetición, ha sido magistralmente ejemplificado por Freud, al
mostrar como actúa el primer dominio: el niño que elimina por desaparición su
juguete. Esta repetición primitiva, esta escansión temporal, que hace que la
identidad del objeto sea mantenida en la presencia y en la ausencia, nos da la
dimensión y significado del símbolo en tanto
refiere al objeto, es decir, a lo que
denominamos el concepto. Ahora bien, ahí
encontramos ilustrado algo que parece bastante obscuro cuando leemos en Hegel:
'el concepto es el tiempo'. Sería necesario una conferencia de una hora
para demostrar que el concepto es el tiempo. (Cosa curiosa, Hippolyte,
que trabaja la "Fenomenología del Espíritu" se contentó en hacer una nota
diciendo que esto era uno de los puntos más obscuros de la teoría de Hegel).
Ahí tocamos algo
muy simple, que consiste en que el símbolo del objeto, es justamente 'el objeto
ahí'. Cuando él no está más es el objeto encarnado en su duración separado de sí
mismo, y que por lo mismo, puede estar, en cierto modo, siempre presente,
siempre ahi, siempre a vuestra disposición. Reencontramos allí la relación que
hay entre el símbolo y el hecho que todo lo que es humano es considerado como
tal, y cuanto más humano, más preservado, si se puede decir, del aspecto motor y
descomponente del proceso natural. El hombre hace y ante todo, hace subsistir en
una cierta permanencia todo lo que ha durado como humano.
Reencontramos un ejemplo. Si
hubiera querido tomar por otra punta el problema del
símbolo, en lugar de partir de la palabra, o de la pequeña gavilla,
habría partido del túmulo sobre la tumba del jefe o sobre la
tumba de cualquiera. Lo que caracteriza la
especie humana es, justamente, el rodear al cadáver con algo que constituye fina
sepultura, el mantener el hecho que 'esto ha durado'. El
túmulo o no importa que otro signo de sepultura
merece con toda precisión el nombre de símbolo,
de algo humanizante. Conceptúo
símbolo a todo aquello cuya fenomenología he
intentado mostrar hoy. Es por lo que, si les señalo esto no es sin razón, y la
teoría de Freud ha debido avanzar hasta la noción de instinto de muerte, y todos
los que, a posteriori, poniendo el acento solamente en lo que es el elemento de
resistencia, es decir, el elemento noción imaginaria en la experiencia
analitica, anulando más o menos la función simbólica del lenguaje, son los
mismos para quien el instinto de muerte es algo que no tiene razón de ser.
Este modo de 'realizar' en el
sentido propio del término, de retrotraer a un cierto real la imagen, -habiendo
por supuesto incluido como una función esencial un particular signo de ese real-
de retrotraer a lo real la expresión analítica, está siempre presente entre
aquello que carece de ese registro, correlativamente a la puesta entre
paréntesis (leáse exclusión) de lo que Freud denominó instinto de muerte, o que
denominó, más o menos, automatismo de repetición.
En Reich es muy
característico. Para Reich todo lo que el pacíente cuenta es "flatus
vocis', el modo con que el instinto muestra su armadura. Punto que es
significativo, muy importante, pero en la medida en que es puesta entre
paréntesis toda esta experiencia en tanto simbólica, el instinto de muerte queda
excluido, puesto, entre paréntesis. Lógicamente este elemento de muerte no se
manifiesta únicamente en el plano del símbolo. Ustedes saben que se manifiesta
en lo que es el registro narcisista. Pero se trata de otra cosa mucho más
próxima a este elemento de aniquilación final, ligada a todo tipo de
desplazamiento. Lo podemos conceptuar. El origen, la fuente como lo he indicado
a propósito de los elementos desplazados, no está en la posibilidad de
transacción simbólica de lo real; sino que es,
al mismo tiempo, algo que tiene mucho menos relación con el elemento duración,
en tanto concibo el porvenir esencial del comportamiento simbólico como tal.
Ustedes, notan, estoy obligado a
ir un poco rápido. Hay muchas cosas a decir en todo esto. Y es cierto que el
análisis de nociones tan diferentes como las de: resistencia, resistencia de
transferencia, transferencia como tal. .., abre a la posibilidad de comprender
lo que es necesario llamar propiamente transferencia y dejar a la noción de
resistencia. Creo que todo esto puede fácilmente inscribirse con relación a las
nociones fundamentales de lo simbólico y de lo imaginario.
Quisiera simplemente, para
terminar, ilustrar de algún modo (es siempre necesario dar una pequeña
ilustración de lo que uno cuenta), darles algo que no es más que una
aproximación, con respecto a los elementos de formalización que he desarrollado
más profundamente con mis alumnos del Seminario (por ejemplo en el Hombre de las
Ratas). Podemos llegar a formalizar plenamente con la ayuda de los elementos
como los que les voy a indicar. Esto es algo que les mostrará lo que quiero
decir.
He ahí como un
análisis podría, muy esquemáticamente,
insertarse desde su inicio hasta el final: rS - rI -
ir - iS - sS - SI - SR - iR - rR - rS: realizar el símbolo.
Este es el punto de partida: el
analista es un personaje simbólico como tal. Y es a ese título que se lo
consulta, puesto que es, a la vez el símbolo de toda potencia, es una autoridad,
el amo. Es en esta perspectiva que el sujeto la
encuentra, colocándose en una cierta postura que es aproximadamente esta: 'es
usted quien tiene mi verdad', postura completamente ilusoria, pero típica.
- rI:
después tenemos: la realización de la imagen.
Es decir la instauración más o
menos narcisista en la que el sujeto entra en una conducta que es justamente
analizada como resistencia. ¿Y en virtud de qué? De una relación
iI.
- iI:
imaginación / imagen
Es la captación de la imagen
esencial constitutiva de toda realización imaginaria en tanto la
consideremos como instintiva; esta realización de la imagen es la que hace que
la espinosa hembra (pez) sea cautivada por los mismos colores que el espinoso
macho y que entren progresivamente en una cierta danza que las lleva ustedes
saben donde.
¿Qué es lo que la constituye en
la experiencia analítica? La incluyo por el momento en un círculo (cf. más
lejos).
Después de eso
tenemos:
- iR:
- que es la continuación de la transformación precedente:
I es transformado en
R.
Es lo que hace de resistencia,
de transferencia negativa o aún, en el límite, de delirio, que hay en el
análisis. Es en cierto modo lo que los analistas tienden a definir: "el
análisis es un delirio bien organizado", fórmula que he oído en la boca de
mis maestros, que es parcial, pero no inexacta.
¿Y después qué pasa? Si el final
es bueno, si el sujeto no tiene todas las disposiciones para ser psicótico (en
cuyo caso permanece en el estadio iR)
pasa a:
- iS:
la imaginación del
símbolo.
Imagina el símbolo. Tenemos, en
el análisis mil ejemplos de la imaginación del símbolo. Por ejemplo: el sueño;
el sueño es una imagen simbolizada.
Aquí
interviene:
- sS:
que permite la subversión. Que es la simbolización de la imagen. Dicho de otro
modo, lo que denominamos 'la interpretación'. Esto únicamente luego del
franqueamiento de la fase imaginaria que aproximadamente engloba:
rI - il
- iR - iS;
empieza la elucidación del síntoma por la interpretación (sS).
-SI
Luego tenemos:
-SR
que es en suma, la meta de toda salud y que no consiste (como se cree) en
adaptarse a un real más o menos bien definido y organizado, sino en hacer
reconocer su propia realidad; en otras palabras, su propio deseo. Como a menudo
lo he subrayado, hacerlo reconocer por sus semejantes, es decir simbolizarlo.
En ese momento reecontramos:
- rR
Lo que nos permite llegar por
fin al:
-rS
Es decir, exactamente al punto
de donde hemos partido.
No puede ser de otro modo,
puesto que si el análisis es humanamente válido, no puede ser más que circular.
Y un análisis puede comprender varias veces este ciclo.
-iI
es la parte propia del análisis, es lo que se denomina (sin razón) 'la
comunicación de los inconscientes'.
El analista debe ser capaz de
comprender el juego que juega su sujeto. Debe comprender que él mismo es el
espinoso macho o hembra según la danza que lleva su sujeto.
El
sS es la simbolización del símbolo. Es el analista quien debe
hacerla. No hay dificultad: él mismo es desde el vamos un símbolo. Es
preferible que lo haga con totalidad, cultura e inteligencia. Es por eso que es
preferible, que es necesario que el analista tenga una formación tan completa
como sea posible en el orden cultural. Más sepan ustedes, más les servirá. Y
esto (sS) no debe intervenir sino después
de un cierto estadio, después de una cierta etapa franqueada.
Y en particular, es en este
registro (no es por nada que lo he separado) que el sujeto forma siempre una
cierta unidad más o menos sucesiva, cuyo elemento esencial se constituye en la
transferencia. Y el analista viene a simbolizar el superyo, que es el símbolo de
símbolos.
El superyo es simplemente una
palabra que no dice nada. (Una palabra que prohíbe). El analista no tiene
ninguna dificultad en simbolizarla. Es precisamente lo que hace.
El
rR es su trabajo, impropiamente designado con la expresión 'benévola
neutralidad', de la cual se habla a diestra y siniestra, y que simplemente
quiere decir que, para un analista todas las realidaddes son equivalentes; que
todas son realidades. Esto parte de la idea de que todo lo que es real es
racional y viceversa. Y es lo que le debe dar esa benevolencia contra la cual
viene a romperse la resistencia y le permite llevar a buen puerto su análisis.
Todo eso se ha dicho un poco rápidamente.
Podría haberles hablado de otras
cosas. Pero, al final esto no es más que una introducción, un prefacio a lo que
yo intentaré tratar más completamente, más concretamente, el informe que espero
hacerles en Roma, sobre el tema del lenguaje en el psicoanálisis.
Nota
(1)
Conferencia
pronunciada por J.L. en julio de 1953 en ocasión de la fundación de la Sociedad
Francesa de Psicoanálisis, constituída por el grupo (Lagache, Dolto, J.L., J.
Favez-Boutonier y B. Reverchon-Jouve) que se separa de la Sociedad
Psicoanalítica de París.
Texto
extraído de la Revista Argentina de Psicología Nro 22 (Publicación de la
Asociación de Psicólogos de Buenos Aires Año VII), Págs 11/27, Buenos Aires,
Argentina, 1977.
Traducción:
O. Teles de Irusta
Establecimiento del texto: A. G. Cabas
Selección,
destacados, y nota introductoria: S.R.
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