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 De la tragedia

David Hume
 
 

El placer, que los espectadores de una tragedia bien escrita reciben del dolor, el terror, la ansiedad y otras pasiones del estilo, en sí mismas desagradables y perturbadoras, parece ser algo inexplicable. Cuanto más afectados se ven, más se deleitan con el espectáculo, y tan pronto como esas pasiones perturbadoras dejan de operar, la obra está ya consumada. Una escena de completa alegría y seguridad es lo máximo que una obra de este tipo puede tolerar, y casi siempre suele ser la escena final. Si se dan, entretejidas en la textura de la obra, algunas escenas de satisfacción, ellas sólo aportan débiles destellos de placer, los cuales son introducidos como variaciones y con el fin de precipitar a los actores a una desesperación más profunda por medio del contraste y la decepción. Todo el arte del poeta trabaja para despertar y mantener la compasión e indignación, la ansiedad y la aflicción de su público. Ellos experimentan placer en la medida en que son afectados, y nunca están más felices que cuando lloran para dar libre expresión a su tristeza, aliviando su corazón, lleno de la más tierna simpatía y compasión (1).

Los pocos críticos que han tenido algún contacto con la filosofía han hecho notar este fenómeno tan singular, y se han esforzado en dar cuenta de él.

El abate Du Bos, en sus reflexiones sobre la poesía y la pintura (2), afirma que nada es, en general, tan desagradable para la mente como el lánguido y apático estado de indolencia en el que ésta cae por la carencia de pasión u ocupación. Para deshacerse de esta lamentable situación, la mente busca cualquier divertimento y recreación: negocios, juegos de apuesta, espectáculos, ejecuciones; cualquier cosa que despierte las pasiones y la saque de su aislamiento. No importa de qué índole sea la pasión: desagradable, melancólica, desordenada, perturbadora; siempre será mejor que aquella languidez insípida que surge de la tranquilidad perfecta y el reposo.

Es imposible no admitir este razonamiento, ya que es, al menos en parte, satisfactorio. Quizá hayas observado que, cuando hay varias mesas de apuesta, la gente se acerca a aquellas en las cuales se apuesta más fuerte, aunque no se hallen allí los mejores jugadores. Es que la observación, o al menos la imaginación, de las profundas emociones que surgen de las grandes pérdidas o ganancias afecta al espectador por la simpatía, haciéndole sentir algo de aquellas pasiones y proporcionándole de tal manera un entretenimiento momentáneo. Esto hace que el tiempo pase más rápido, y es un cierto alivio para la opresión bajo la cual, por lo general, los hombres se afanan vanamente cuando se abandonan por entero a sus pensamientos y meditaciones.

Habrás observado también que los mentirosos siempre exageran, en sus narraciones, toda clase de peligros, dolores, angustias, enfermedades, muertes, asesinatos, crueldades, así como también exageran el goce, la belleza, la alegría y la pomposidad. Este es todo el secreto que poseen para entretener a su público, fijando su atención y atrapándolos con tales maravillosos relatos, por medio de las pasiones y emociones que excitan.

Sin embargo, existe una dificultad para aplicar al tema que nos ocupa esta solución, por más ingeniosa y satisfactoria que parezca. Es cierto que, si aquel mismo objeto que causa dolor, que place en la tragedia, fuera puesto ante nosotros en la realidad, nos provocaría la angustia más auténtica. Sin embargo, esto sería, entonces, la cura más efectiva para la indolencia. Monsieur Fontenelle parece haber percibido esta dificultad y, consecuentemente, intenta otra solución para tal fenómeno, o al menos hace un aporte a la teoría antes mencionada (3). 

El placer y el dolor, dice, siendo dos sentimientos tan diferentes por lo que son en sí mismos, no son tan diferentes por su causa. Tomemos por ejemplo las cosquillas, el movimiento de placer, aumentado un poco, se convierte en dolor, y el movimiento de dolor, moderado un poco, se convierte en placer De aquí se sigue que existe algo que es una tristeza dulce y agradable: es un dolor debilitado y disminuido. Al corazón le gusta por naturaleza ser movido y afectado. Le gustan las cosas melancólicas, y hasta las catastróficas y penosas, en la medida en que éstas estén suavizadas por alguna circunstancia. Es un hecho verdadero que, en el teatro, la representación tiene en cierta medida el efecto de la realidad, pero que no lo posee por completo. Cualquiera sea el modo en que seamos perturbados por el espectáculo, cualquiera el dominio que los sentidos y la imaginación pudieran tomar por sobre la razón, todavía se halla latente en el fondo una cierta idea de falsedad en el todo de lo que vemos. Esta idea, a pesar de ser débil y de permanecer oculta, es suficiente para disminuir el dolor que sentimos por las desgracias de los que amamos y para reducir la aflicción a un grado en el cual se convierte en placer. Lloramos por la desgracia de un héroe por el cual sentimos aprecio. En ese mismo instante, nos consolamos por la reflexión de que aquello no es más que una ficción. Y es precisamente esta mezcla de sentimientos lo que constituye una tristeza agradable y hace que las lágrimas nos deleiten. Pero como esa aflicción, causada por objetos sensibles y externos, es más fuerte que el consuelo que surge de una reflexión interna, tienen que ser los efectos y síntomas de la tristeza los que deben predominar en una composición. 

Esta solución parece apropiada y convincente, pero quizá requiera de algún agregado, para que pueda explicar por completo el fenómeno que aquí examinamos. Todas las pasiones excitadas por la elocuencia son agradables en el más alto grado, como también lo son aquellas que excitan la pintura y el teatro. Los discursos de Cicerón son, sobre todo para esta teoría, el placer de todo lector de buen gusto. Es difícil leer algunos de ellos sin sentir la simpatía y la tristeza más profundas. Su mérito como orador depende, sin duda, en gran medida de su éxito en este particular. Cuando ha logrado que sus jueces y toda su audiencia viertan lágrimas, es el momento en que éstos han alcanzado y experimentado el mayor deleite y de esa manera la más alta satisfacción hacia el abogado. La patética descripción de la cruel matanza de los capitanes sicilianos en manos de Verres es una obra maestra de este tipo (4). Pero creo que nadie afirmaría que el hecho de estar presente en una escena melancólica de tal naturaleza diera algún placer. Tampoco ocurre en este caso que la tristeza sea suavizada por la ficción, ya que la audiencia estaba convencida de la realidad de cada hecho. ¿Qué es, entonces, lo que en este caso hace surgir, del seno mismo de la perturbación, por decirlo de alguna manera, un placer, y un placer tal que aún conserva todos los aspectos y las expresiones de la angustia y la tristeza? 

Yo respondo: este efecto extraordinario procede de aquella misma elocuencia con la que la escena melancólica es representada. El genio que se requiere para pintar objetos de manera realista, el arte empleado para conectar todas las circunstancias conmovedoras, el juicio utilizado para ordenarlas; el ejercicio, digo, de estos nobles talentos, acompañados por la fuerza de la expresión y la belleza de las piezas de la oratoria, esparcen la mayor satisfacción sobre el público y excitan los movimientos más placenteros. Por este medio, la perturbación de las pasiones melancólicas no se ve sólo neutralizada y borrada por algo más fuerte de una naturaleza opuesta, sino que todo el impulso de esas pasiones se convierte en placer y aumenta el goce que la elocuencia despierta en nosotros. La misma fuerza de la oratoria, empleada en un tema que no es interesante, no placería ni la mitad o, mejor, hasta parecería ridícula. La mente, abandonándose a la absoluta calma e indiferencia, no se regodearía con ninguna de aquellas bellezas de la imaginación o la expresión, las cuales, de estar unidas a la pasión, le proporcionarían un placer exquisito. El impulso, o vehemencia, que surge de la tristeza, la compasión y la indignación, recibe una nueva dirección por los sentimientos de la belleza. Estos últimos, siendo la emoción predominante, capturan por completo a la mente y convierten a aquellas primeras emociones en ellos mismos, o al menos las tiñen tan fuertemente como para alejarlas completamente de su naturaleza. Y el alma, siendo al mismo tiempo excitada por la pasión y cautivada por la elocuencia, siente en todo su ser un movimiento fuerte que es absolutamente placentero. 

El mismo principio se da en la tragedia. Pero con la siguiente adición: que la tragedia es una imitación, y la imitación es siempre agradable en sí misma. Esta circunstancia sirve aun más para suavizar los movimientos de las pasiones y para convertir la totalidad del sentimiento en un único goce fuerte y uniforme. Los objetos más terroríficos e inquietantes placen en la pintura, y placen aun más que los más bellos objetos, que aparecen de manera calma e indiferente (5). La afección, despertando la mente, excita el coraje y la vehemencia, que se transforman en placer por la fuerza del movimiento prevaleciente. Es así como la ficción de la tragedia suaviza la pasión por la infusión de un nuevo sentimiento, y no meramente debilitando o disminuyendo la tristeza. Puedes debilitar por grados una tristeza real, hasta que desaparezca totalmente, pero aun así ninguna de estas gradaciones te dará placer. (Excepto, quizá, por accidente, a un hombre hundido en una letárgica indolencia, al cual alguna de tales graduaciones lo despierte de su estado lánguido). 

Para confirmar esta teoría, alcanzará con considerar otros ejemplos en los cuales el movimiento subordinado se convierte en el predominante, y le da fuerza, aunque de una naturaleza diferente y, a veces, hasta opuesta.

La novedad, por su propia naturaleza, despierta la mente y atrae nuestra atención. Los movimientos que causa siempre se convierten en alguna pasión, perteneciente al objeto novedoso, al que unen su fuerza. Cualquier evento, cause alegría o tristeza, orgullo o vergüenza, enojo o entusiasmo, causará una afección más fuerte si es nuevo o inusual. Y aunque la novedad sea en sí misma agradable, da fuerza tanto a pasiones agradables como a pasiones dolorosas.

Si quieres conmocionar a una persona de manera profunda con la narración de cualquier evento, el mejor método para incrementar su efectividad consiste en retardarse astutamente en informárselo, excitando primero su impaciencia antes de darle a conocer el secreto. Este es el artificio usado por Yago en la famosa escena de Shakespeare: todo espectador percibe que los celos de Otelo adquieren una fuerza adicional por su precedente impaciencia y que la pasión subordinada fácilmente se transforma en la predominante.

Las dificultades aumentan las pasiones, sean del tipo que sean. Despertando nuestra atención y excitando nuestros poderes activos, producen una emoción que alimenta la afección prevaleciente.

Los padres suelen amar más a aquel hijo cuya débil y enfermiza contextura corporal les ha ocasionado grandes dolores, problemas y ansiedad al cuidarlo. El grato sentimiento del afecto toma aquí su fuerza de sentimientos de desasosiego.

Nada nos hace querer más a un amigo que la tristeza por su muerte. El placer de su compañía no posee una influencia tan poderosa.

Los celos son una pasión dolorosa. Pero sin su presencia, a la grata afección del amor le es difícil subsistir con toda su fuerza. La ausencia es una fuente frecuente de malestar entre los amantes y les provoca el mayor desasosiego. Aun así, nada es tan favorable para su pasión mutua como los pequeños intervalos de ausencia. Y si los intervalos largos suelen ser fatales, es sólo porque, con el tiempo, los hombres se acostumbran a ellos y entonces les dejan de causar desasosiego. Los celos y la ausencia en el amor componen el dolce peccante de los italianos, al cual ellos consideran tan esencial para todo placer. 

Existe una justa afirmación de Plinio el Viejo que ilustra el principio sobre el que insisto: 

Es de notar, dice, que los últimos trabajos de los artistas afamados, que han sido dejados inconclusos, sean los más aclamados, como el Iris de Arístides, los Tyndarídes de Nicómaco, la Medea de Timómaco y la Venus de Apeles. Estas obras son valuadas aun por encima de sus producciones acabadas: los lineamientos rotos de la pieza y la idea a medio formar del pintor son estudiados cuidadosamente. Y  nuestra profunda tristeza por aquella mano tan peculiar, que fue detenida por la muerte, es un incremento adicional para nuestro placer. 

Estos ejemplos (y pueden encontrarse muchos más) son suficientes para permitimos una comprensión más profunda de la analogía de la naturaleza y mostrarnos que el placer que poetas., oradores y músicos nos dan, excitando dolor, tristeza, indignación, compasión, no es algo tan extraordinario ni paradójico como puede parecer a primera vista. La fuerza de la imaginación, la energía de la expresión, el poder de las actuaciones, los encantos de la imitación: todos ellos son, por naturaleza, por sí mismos, placenteros para la mente. Y aun si el objeto presentado está sostenido por alguna afección, el placer surge en nosotros de igual manera, por la conversión de este movimiento subordinado en aquel que es predominante. La pasión excitada por la simple aparición de un objeto real es dolorosa por naturaleza. Sin embargo, resulta tan dulcificada, suavizada y calmada cuando surge de las artes nobles que proporciona el mayor placer

Este argumento se confirma cuando observamos que si los movimientos de la imaginación no fueran predominantes por sobre los de la pasión, se seguiría un efecto contrario. La imaginación, estando ahora subordinada, se convertiría en pasión, y el dolor y la aflicción del que sufre serían aun más intensos.

¿Quién podría jamás concebir como un buen recurso para confortar a un padre afligido, la exageración, con toda la fuerza de la elocuencia, de la irreparable pérdida con la que se ha encontrado tras la muerte de su hijo predilecto? Cuanto mayor sea el poder de imaginación y expresión que uses en tal situación, en mayor medida aumentarás su profundo pesar.

La vergüenza, la confusión y el terror sentidos por Verres se intensificaron, sin duda, por la noble elocuencia y vehemencia de Cicerón; lo mismo ocurrió con su dolor y su desasosiego. Esas primeras pasiones eran demasiado fuertes como para que pudiera surgir placer de las bellezas de la elocuencia de Cicerón. Y, aun así, operaron, si bien por el mismo principio, de manera opuesta sobre la simpatía, compasión e indignación del público. 

Lord Clarendon (7), cuando se acerca a la catástrofe del partido real, teme que su narración se esté volviendo infinitamente desagradable, y entonces trata la muerte del rey de manera apresurada, sin darnos ninguna circunstancia de ella. La considera una escena demasiado tórrida como para contemplarla con satisfacción o sin sentir la más profunda aversión. El mismo, como todos los lectores de esa época, estaba demasiado involucrado en los eventos, y entonces se afligía por temas que un historiador y un lector de otra época verían como los más conmovedores e interesantes y, por tanto, como los más placenteros.

Una acción, representada en una tragedia, puede ser demasiado sangrienta y atroz. Puede excitar movimientos de horror tales que nunca se suavizarían convirtiéndose en placer. La mayor energía de expresión empleada en descripciones de tal naturaleza sólo sirve para aumentar nuestra angustia. De este estilo es la acción representada en The Ambitious Stepmother, en la cual un venerable anciano, llevado a lo más alto de la furia y la desesperación, se lanza contra una columna y, golpeando su cabeza contra ella, salpica todo con sus sesos destrozados y su sangre. El teatro inglés abunda demasiado en estas imágenes impresionantes (8).

Hasta los sentimientos más comunes de compasión requieren ser suavizados por alguna afección grata, para poder proporcionarle al público una satisfacción completa. El mero sufrimiento de la virtud que se lamenta bajo la opresión del vicio resulta un espectáculo desagradable, y es por eso evitado cuidadosamente por todos los maestros del drama. Para dejar ir al público completamente satisfecho, o bien esa virtud debe convertirse en una tristeza noble y batalladora, o bien este vicio debe recibir su merecido castigo.

Muchos pintores parecen, bajo esta luz, haber sido muy infelices por los temas que trataron. Como trabajaron tanto para iglesias y conventos, han tenido que representar temas horribles como crucifixiones y martirios, en los cuales no aparecen más que torturas, heridas, ejecuciones y sufrimientos pasivos, sin ninguna acción ni afectividad. Entonces, cuando pudieron sacar sus pinceles de esta mitología terrorífica, recurrieron por lo general a Ovidio, cuyas ficciones, aunque pasionales y agradables, no son lo suficientemente naturales o probables como para ser pintadas.

La misma inversión de ese principio, sobre el cual insistimos aquí, se ve tanto en la oratoria y la poesía como en la vida cotidiana. Si la pasión subordinada surge de una manera tal que se vuelve la predominante, devora la afección que antes alimentaba. Demasiados celos matan al amor, demasiada dificultad nos vuelve indiferentes, demasiada enfermedad disgusta a un padre egoísta o severo.

¿Existe algo más desagradable que las deprimentes, lóbregas, catastróficas historias con cuya melancolía la gente entretiene a sus compañeros? La pasión perturbadora, siendo allí excitada sola, sin la compañía de ningún brillo, genio o elocuencia, proporciona un desasosiego puro que no es asistido por nada que pueda suavizarlo para convertirlo en placer o satisfacción. 

 

Notas:

 

(1) Sympathy y compassion, respectivamente. Mantenemos ambos tér­minos ya que no poseen identidad semántica. En efecto, en el uso del inglés en el siglo XVII, el significado de simpatía incluye el de compasión, Pero Posee connotaciones más amplias. Al mantener su sentido etimológico (literalmente, del griego sym‑pátheia, sym‑pathein, sufrir con), el término implica compartir un sufrimiento entre iguales, a diferencia de compassion, que adquiere en el siglo XVIII su sentido actual y remite a una cierta superioridad de la persona que se compadece por sobre la que sufre.

(2) Véase J.‑B. Du Bos (1670‑1742), Réflexions Critiques sur la Poésie et la Peinture, 1719.

(3) Réflexions sur la Poétique, 36 [nota del autor] . La cita que sigue está en inglés en el original. Se trata de una obra de Bernard Le Bovier de Fontenelle (1657‑1757), secretario de la Académie de Sciences y divulgador del cartesianismo. Sobre el final de su vida, se orientó hacia el empirismo y el nominalismo.

(4) Cicerón, Las Verrinas. En esta serie de siete piezas de retórica contra el procónsul Cayo Licinio Verres, Cicerón describe sus crímenes en Sicilia, por los cuales fue procesado. Cabe destacar que estos escritos no son tragedias.

(5) Los pintores no tienen escrúpulos para representar la desesperación y la tristeza, ni para representar ninguna otra pasión. Pero parecen no detenerse tanto en las pasiones melancólicas como lo hacen los poetas, quienes, aunque copian todas las emociones del corazón humano, no se demoran en los sentimientos agradables. Un pintor representa sólo un instante y si eso es suficientemente pasional, seguramente impactará y gustará al espectador. Pero nada más que la angustia, el terror o la ansiedad provee al poeta de una variedad de escenas, incidentes y sentimientos. Es que el goce y la satisfacción están acompañados de la seguridad, por lo que no dejan ya lugar para la acción [Nota del autor].

(6) Hume se refiere a la gran obra enciclopédica de Plinio el Viejo, Historia natural, compuesta por treinta y siete volúmenes.

(7) Edward Hyde, primer conde de Clarendon (1609‑1674). Hume alude aquí a su History of the Rebellion, obra en tres volúmenes publicada póstumaniente entre 1702 y 1704. El episodio refiere a la muerte de Carlos I de Inglaterra, decapitado en Londres el 30 de enero de 1649, hecho culminante de la caída del partido real hasta la restauración de la monarquía en 1660. En 1645 Clarendon fue representante de Carlos I frente al Parlamento en el fallido intento por poner fin a la guerra civil. Posteriormente fue abogado de su hijo, Carlos II, a quien acompañó en el exilio y en sus primeros siete años de gobierno en calidad de presidente de la Cámara de los Lores. Su relato constituye, por lo tanto, una narración de la guerra civil contemporánea a ella. En su Autobiografía Hume adjudica el rechazo por parte de todo el espectro político, religioso y nacional de Gran Bretaña que sufrió su History of Great Britain al hecho de que se había atrevido a narrar de manera desprejuiciada y objetiva el período en cuestión, distanciándose del poder los intereses v la autoridad del momento.

(8) Hume alude a la tragedia del poeta inglés Nicholas Rowe (16741718) estrenada en Londres en 1700. 

Texto extraído de "De la tragedia y otros ensayos sobre el gusto", David Hume, Págs. 29/39, editorial Biblos, Buenos Aires, Argentina, 2003.

Prólogo, traducción y notas: Macarena Marey.

Selección y destacados: S.R.

 

  

 

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