Mapa del sitio

Quienes somos

Comuníquese con nosotros

Tema Crónicas de viaje    Ver todas las notas de esta sección

 
El carnaval de Oruro, Bolivia.

Marcela Depiera 

 

Oruro tiene tren.
Oruro no es dueño del tren.
Oruro tiene carnaval
Oruro tiene su Virgen
Oruro tiene su  Diablo
Oruro ya no tiene una mina.
Oruro tiene un museo dentro de esa mina.
Oruro tiene mercados.
Oruro tiene faro.
Oruro no tiene mar. 

Es tiempo de carnaval y la ciudad vibra.

El escenario: las calles.

El desfile de los conjuntos comienza allá por donde comienza Oruro y cualquier orureño podrá trazar, en un mapa de la ciudad, el itinerario fijado. Mientras lo dibuja, dirá dónde empieza pero nunca podrá decir cuándo termina: arranca allá por la Av. 6 de Agosto, dobla en  Cochabamba, después va por la  Pagador, agarra la Bolivar hasta la plaza (10 de Febrero, eso no lo aclara) la rodea saliendo de nuevo por Bolivar, derecho hasta la Av. Cívica y de ahí (una cuadra) hasta doblar justo entrando en el frente de la Iglesia del Socavón. Ahí termina. ¿Qué por dónde es mejor?  Por la 6 de Agosto los asientos son los más baratos; por la Av. Cívica, los más caros. Cómprelos ahora a ver si se queda sin asiento...  

En estos días quien quiera presenciar el carnaval deberá comprar su asiento: largos tablones de madera parcelados que balconean sobre las calles .  

Cuenta la historia que un día la Virgen de la Candelaria se apareció. Lo hizo dentro de  la mina del cerro Pié de Gallo protegiendo el cuerpo sin vida de un hombre de oficio ladrón que, herido en una de sus andanzas nocturnas,  fue trasladado por una mujer desconocida para finalmente morir, bajo tierra, en su  escondite cotidiano. A la mañana siguiente, fue encontrado por los mineros que no solo vieron al muerto sino a  la Virgen a su lado. Desde ese momento la llamaron Virgen del Socavón y, a partir de allí, su aniversario es festejado el día sábado de carnaval. 

Por debajo de la iglesia, se encuentra la entrada a la mina, hoy hecha museo, donde reina el Tío de la Mina o Supay  que en lengua quechua significa Diablo bueno de la mitología andina. Modelado en barro  y luciendo un rojo fuego en su torso vestido, el diablo exhibe a sus pies botellas ya vacías de bebidas alcohólicas, gaseosas, hojas de coca y cigarros que sus devotos, los mismos que le encienden velas a Dios, le dejan a modo de petición o de agradecimiento.

Hay que entrar a la iglesia, caminar hacia el otro lado lejos del altar, y llegar a una escalera que baja empinada penetrando en un túnel por el que se accede a la mina, oscura y húmeda, con olor a ofrendas, donde todos andan en silencio o susurrando porque éste también es un templo y es mejor que no se escuche.

Así, Dios,  Diablo, Virgen  y Carnaval, coexisten, sin molestarse, en un mismo santuario, en una misma tierra y en una misma fiesta  en la cual más de treinta mil personas  bailan cada año enfundadas en los trajes que han ido preparado a lo largo de todo el año. Durante la semana de carnaval, según las creencias del Altiplano, el diablo sale a divertirse y a bailar para volver, cuando acaba la fiesta, a su morada subterránea hasta el año siguiente.    

Oruro no desperdicia colores y los borda todos en sus trajes.

Sobre la calle La Paz, se extienden las casas de costura donde se confeccionan los trajes a puertas abiertas con el fin de que la gente pueda husmear la antesala del carnaval. Hombres y mujeres extienden, sobre grandes mesas, los trajes que deberán estar listos para cuando llegue la fecha. Un día de atraso en la entrega traerá problemas porque un día no es un día sino un año si se trata del carnaval. Si esto sucede, de algún modo se resolverá porque en Oruro parece que hay más abogados que pleitos.

Cosen lentejuela por lentejuela; hilos de oro y seda dibujan las telas; mostacillas muy pequeñas, el ojo no ve más que el orificio por donde debe pasar la aguja, luego el hilo, de modo que resistan el ajetreo de la danza. Son artistas; una  aguja es su pincel; la técnica no la enseñó ninguna escuela.

Bordan mientras  cuentan sus historias: Victoria no usará ese traje de hada orureña sobre el que trabaja. Hace tiempo  que baila en el conjunto “La Tarqueada” y la falda verde sin brillo que lucirá este año, es bastante mas modesta. No se queja. La muestra con tanto orgullo en su sonrisa, como no advirtiendo diferencias.      

Cada bailarín ha trabajado todo el año para pagar su lugarcito en  el desfile y es muy común que los integrantes de las comparsas se organicen en cooperativas para recaudar los fondos necesarios para  el evento. Los trajes son muy costosos y esto define en muchos casos, la fraternidad o conjunto en la cual cada uno podrá bailar. Participar en el desfile tiene un precio alto; el orden y horario en que entrarán, también.         

Es tiempo de lluvias en Bolivia pero si llueve los danzarines siguen danzando. Se ve que ellos no temen que el agua les pueda robar algún color. 

Son alrededor de veinte las danzas que se presentan: los de la “Morenada” bailan la danza de los negros o morenos introducida al país en la época de la colonia cuando éstos eran utilizados como esclavos en las tareas de las minas de Oruro y Potosí. Otros, los de la “Diablada” serán diablos evocando el culto andino del  “Supay”. Otros evocarán a los Incas o a los Tobas. Curiosamente los más ovacionados son los “Caporales” que representan a los mulatos convertidos en capataces que, renegando de su raza, se convierten en verdugos con látigo en mano para vigilar a los negros.  Los trajes de los Caporales son los más caros del carnaval y sus bandas musicales son las que suenan mas fuerte.  

El desfile se inaugura el sábado y termina cuando el domingo ya no da más. Todos estrenan el carnaval con máscara y traje nuevo, y algo se cae el domingo que bailan con el traje del año anterior y ya sin máscara.  

Llega el sábado, es día de peregrinación para la Virgen, la fiesta de carnaval comienza temprano,  la lluvia también. El polvo se hace lodo y corre por las calles en bajada. Nadie se esconde, el desfile no para. Ya está instalado el gran negocio de venta ambulante de pilotines de nylon. Usar uno de ellos, es aceptar la guerra. Es una clara bandera de “juguemos al carnaval”. 

El espectáculo está también en las tribunas que se levantan a cada lado del desfile. La gente lleva sus manos, ocupadas con globos llenos de agua, pomos de espuma o latas de cerveza. Mientras los conjuntos desfilan, vuela agua de vereda a vereda. A los bailarines se los respeta bastante y cuando ellos pasan, la lluvia de globos para.  

Uno de La Paz levanta su mano y trata de embocarle,  desde su asiento alto,  a un policía distraído. Tiene buena puntería y le deja el disfraz verde ley  luciendo una mojadura irreparable justo al lado del corazón. El policía ofuscado mira hacia arriba buscando su agresor mientras ve cómo el poder se le ha chorreado al piso. Ahí juegan todos y esa es la ley. “Intendencia no pudo controlar el juego con agua y espuma”, dice el diario del día.  

El día es largo. 

El día se va cayendo, los conjuntos se cansan de bailar, son muchas las horas que llevan de desfile. La coreografía se desalinea y entonces, alguien de las tribuna aprovecha para filtrarse en la calle angosta y dar charla a una danzarina que,  a esta altura de la noche y con un par de plumas caídas, parece más humana. Le  convida un trago de cerveza, y la orureña, ya con el peso del carnaval en sus pies, se detiene y acepta.  Hablan un rato, se ríen mientras la música tapa sus voces devolviéndoles la intimidad que las miradas les quitan. Solo ellos saben cuando será el próximo encuentro. No tiene mucho tiempo, sigue bailando y avanza porque debe conservar su lugar en la comparsa, ni más adelante ni más atrás.

Falta poco para llegar a la Avenida Cívica, la más ancha, la más cercana a la Iglesia del Socavón, donde moverán sus faldas como si fuese la primera vez. La calle los recibe húmeda. Sus pies darán allí los últimos suspiros hasta el día siguiente.    

El domingo empieza tarde y lluvioso mientras el sábado aún no ha dormido esperando el desfile del último conjunto.

En Oruro, el carnaval se ha robado la noche.

La cerveza se encargó de beberse algunos amores y algunas peleas.

La iglesia no atiende de noche aunque el carnaval siga.

El faro no sabe a quién guiar porque al mar se lo robó el Oeste así que aquí, los navegantes llegan y parten en tren y el tren funciona de día. Y si acaso el Oeste le devuelva el mar a Bolivia, los orureños tendrían que viajar muchas horas para verlo.  Qué secretos guardará Oruro en este faro de altiplano...




 

 

  

 

copyright 2004 Con-versiones.com Todos los derechos reservados.