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Referentes para
un taller de creatividad (**)
Vanesa Guerra
(*)
“Algo que le complacía mucho
era hacernos contar historias, hablar de las cosas triviales que veíamos cada
día. He pensado después en que sin duda encontraba deleite en ver la vida a
través de la mirada limpia de los niños y sorprendía secretas fuentes de poesía
en su lenguaje lleno de impensadas metáforas. Tal vez trataba también de
despertar nuestras aptitudes de observación y creación...”
Ciro Alegría.
“El Cesar Vallejo que yo conocí”
Memorias
¿Qué leen los niños?
Los niños leen su niñez.
Leen su mundo en el mundo escrito. Digamos que cuando los niños leen, no sólo
reciben algo nuevo sino que además y antes que nada leen sus miedos, sus
victorias, sus ideales, sus fantasías. Para un niño, al menos para cualquier
niño de nuestra cultura occidental fallidamente civilizada, los tiempos de la
reflexión actúan de manera diferente a los tiempos de la reflexión de un adulto;
lo que no significa que un adulto reflexione más y mejor, lo que estamos
diciendo es que los tiempos de un niño son sencillamente diferentes. Exigir una
velocidad ajena a las posibilidades lógicas y afectivas, obtura un buen proceso
de subjetivización y da por resultado un niño eco.
Un niño eco es un ser
sufriente, puesto que a falta de expresar aquello que lo habita, obedece a una
consigna dada por alguien que ama, o que teme, o que obliga, dejándolo en la
sumisión y sin una voz propia que lo represente.
Los afectos mencionados, lejos
de excluirse entre sí, conviven de manera simultánea formando una trama o un
juego de afectos que se activan en la relación con los otros. Esas ambivalencias
conforman lo humano como condición. Lo humano es como el lenguaje, ambivalente,
múltiple, equívoco, multívoco.
Sabemos que allí donde haya
cultura y sociedad, de manera inexorable se impone el malestar. Es esta una
hipótesis freudiana que data del año 1930 (0). Lo importante a remarcar es que
esta hipótesis incluye a la infancia; podría para algunos resultar una obviedad,
sin embargo, la historia humana da cuenta de muchas maneras que: “Para el adulto
es un escándalo que el ser humano en estado de infancia sea su igual.” (1)
La infancia siempre ha sido
relegada, incluso con formas sutiles y elegantes, proteccionistas. El lugar que
la niñez ha ido ocupando desde los orígenes de la cultura hasta el día de hoy,
atraviesa épocas sórdidas y complejas por sus devastadores efectos culturales,
nada de esto nos es lejano en el tiempo, recuérdese que tardíamente se han
declarado los derechos universales del niño (1959)
Desde estas ideas intento
situar un cauce que permita una práctica y un quehacer frente al malestar. Las
formas que adquiere el malestar cultural varían de acuerdo a las épocas, pero
estructuralmente remiten una y otra vez a la insatisfacción humana que es
producto de la tensión entre un complejo orden social establecido y un complejo
orden afectivo-deseante que busca su expresión.
La sublimación traza un camino
posible, el arte refiere a esa búsqueda, pues crear supone una elaboración
inconciente o conciente, a voluntad o involuntariamente de la tensión que
implica vivir con-entre otros humanos bajo leyes culturales que nos organizan
socialmente desde épocas inmemoriales.
Acceder a la educación
institucionalizada es uno de los primeros malestares de la vida. Y hay hitos
anteriores. Alguien ya lo ha expresado de una manera muy curiosa: nacer es el
primer malestar a nivel corporal en lo humano. (2)
Entonces ¿Qué leen los niños
cuando leen? Pues bien, se leen a sí mismos, a través de imágenes que otro ha
sabido donar.
Sin embargo, esta tarea podría resultar anárquica si acaso la tomáramos al pie
de la letra y tratásemos de insertarla a presión dentro de una estructura
institucional como es el caso de una escuela. Este tema, francamente merece
delicadas reflexiones y abordarlas en este trabajo supera las ideas que quiero
transmitir. No obstante, creo que es fundamental saber que es mucho más rico
permitir ese primer momento de proyección e identificación subjetiva en los
niños que desconocerlo.
Los niños y el deseo
(leer y escribir)
Podríamos plantear que
existe una primera actitud creativa a la hora de leer en un texto lo que allí no
está escrito. Un segundo momento de la creación será que el niño escriba sus
propias imágenes y las ponga a funcionar de alguna manera.
Por naturaleza a los niños les gusta contar historias, y hasta los más callados
encuentran su forma, pues desde el silencio plasman en su juego un relato hecho
con la materialidad de los actos; esto significa que las escenas vitales que
infunden a sus juguetes, funcionan, equivalen, a una manera de contar algo.
El relato y las palabras
habitan lo humano, nos conforman. Esa es nuestra materia y Shakespeare lo dejó
escrito pues estamos hechos con la misma sustancia con que están hechos los
sueños. Pues claro, los sueños son una trama maravillosa, donde las diversas
formas que adquiere la comprensión y la incomprensión de la realidad que nos
rodea, se teje urgida por las noches con realidades misteriosas que no son más
que productos de nuestros pensamientos más ignorados. Eso es la oniria: una
extraña forma narrativa.
Entonces, consideremos, que aún sin voluntad, cada vez que soñamos, contamos de
un modo muy particular una historia que nos involucra.
A Freud le llevó muchos años de trabajo
descubrir que el motor de la oniria es el deseo. ¿Qué deseo? Bueno, el deseo de
vivir, el de morir, el de elaborar un trauma; entre otros. Pero convengamos que
toda producción humana –territorio cuyas fronteras son el arte y la enfermedad-
es posible porque algo lo provoca, y además porque hay lugar y espacio para que
se instale.
Digo: si todo estuviese
concluido, nada faltaría y si nada faltase la función del deseo no es posible.
Más allá de la propuesta de André Gide por desear aquello que se tiene, sabemos
–y él también lo sabía- que el deseo se engendra como función en una falta, es
una suerte de motor, un movimiento. (3)
Y los niños también
desean, y ese deseo no es para tomar a la ligera, puesto que no se resuelve ni
con objetos de consumo, ni con felicitaciones por ser un niño obediente. El
deseo siempre tiene que ver con una carencia subjetiva. Algo que ningún otro
podrá darle a modo de satisfacción, pero al mismo tiempo algo que el otro puede
facilitar allí cuando da un espacio de libertad y una escucha respetuosa.
Niños que bailan
Del cuerpo a la palabra
Ciertas lecturas son como
la música. Sugieren un movimiento, provocan. Nuestro cuerpo no es indiferente a
lo que escucha; ni a lo que lee; ni a lo que ve; ni a lo que siente; ni a lo que
piensa; ni a lo que imagina.
Un texto leído en voz alta
agrega materialidad al texto.
Antiguamente, según cuenta
Borges que contara San Agustín, San Ambrosio producía una suerte de hechizo en
aquellos que lo encontraban leyendo dentro un cuarto en la más callada
resonancia. Sucede que antiguamente se acostumbraba a leer en voz alta “para
penetrar mejor el sentido, porque no había signos de puntuación, ni siquiera
división de palabras” (4)
Pero todos sabemos que la
oralidad dio lugar a lo escrito, y que en las entrañas de todo texto hay una voz
que nos cuenta algo.
Esa voz, en el mejor de los
casos, es una música y la música -quizá la más sutil de todas las artes-
envuelve el cuerpo y lo baila.
¿Es posible bailar un texto?
Lo niños lo han hecho.
Lejos de resolver un
texto en una obra teatral, nosotros hicimos nuestra experiencia. El cuerpo podía
expresarse en el soporte de la musicalidad de una lectura, en la cadencia que
propone un autor a la hora de buscar sus palabras para dar con un estilo, para
dar con una historia.
Del cuerpo y el dibujo
¿Qué dibuja un niño con
su cuerpo?
Unos leen, otros bailan,
otros escriben, otros miran, otros dibujan.
Un texto se escucha, se
baila, se dibuja, se cambia, se profana, se burla, se escribe de otro forma.
Hay una apuesta
fuertísima a la subjetividad naciente en esta propuesta. Un tránsito que implica
partir de un lugar y llegar a otro. Toda producción necesita de ese movimiento.
Los adultos abusamos de las síntesis, obviamos quizá lo que nos sucede a la hora
de quedar atravesados por una imagen, por defensa digamos, por falta tiempo
–excusamos-, por no saber cómo tratar lo lúdico que aún nos habita; entonces
resolvemos con la razón y el humor aquello que los niños pueden desplegar en
varios actos. Todo niño tiene facilitados los caminos para sublimar, para jugar,
para hacer ficción de la vida con diversas herramientas, para hacer uso de sus
potencialidades. El talento es otra cosa, algo que para esta experiencia no nos
interesa.
Dejemos de lado el
talento y vayamos a la verdad: El ser se expresa, las formas son múltiples.
Buscamos algo que acote lo anárquico. Esa operación de límite simplemente
organiza, y en su paradoja da lugar a los infinitos caminos que alguien puede
encontrar en el mundo. Claro que sin un punto de partida, la vida será un
verdadero caos.
Pero, todo caos tiene una
lógica, la sensación de caos es no encontrarla.
Los niños de la vergüenza
Hay que partir de las
obras porque los creadores manifiestan un profundo conocimiento de los procesos
psíquicos, eso planteaba Freud, allá por 1907
Esta idea no fue entendida, por
el contrario hubo excesos en los análisis de las obras literarias, renegando de
que la verdad en ellas contenida nos daba a nosotros “los trabajadores de la
salud psíquica” un referente de la condición humana, una enseñanza.
Entiendo que Freud llega a su
producción desde la literatura, desde la antropología, desde la religión y la
filosofía. Su producción tiene por soporte original la lectura de los textos a
partir de los clásicos y una deuda profunda con la mitología que es un modo de
narrar las preguntas que no tendrán respuesta para lo humano, pero que nunca
dejarán de acicatearnos el alma. Cuando algo insiste, algo pasa, y ese algo hace
letra y palabra.
Ahora bien, retomo, ¿qué es la
vergüenza?
La vergüenza, decía Freud, es
vergüenza del cuerpo desnudo.
Eran otras épocas, épocas
victorianas donde el cuerpo era vergonzoso. Esa época ya no nos pertenece.
Entonces, qué es hoy la vergüenza, ¿qué desnudez delata? Ya no la del cuerpo,
sino la del ser -siempre sediento-, la de los deseos, esa que nos hace frente a
otros absolutamente diferentes.
Sólo bajo la aceptación
de la diferencia el hombre niño no tiene vergüenza.
(Curiosamente, y nunca
por azar, el deseo ha sido tratado como lo sexual victoriano de entonces.)
Cuando este espacio de
aceptación es creado y sostenido sin prejuicio alguno, los niños crean en
libertad y sin vergüenzas que los amordacen.
La timidez es hija de la vergüenza, por ello
frente a un espacio de supuesta libertad hay defensas que se levantan y los
niños-adultos no se animan. Siempre es más fácil responder a una orden que a una
pregunta sensata ¿Qué queres hacer? ¿Qué te gusta?
Por supuesto, lo sabemos, los resultados,
cuando advienen, tienen poco eco en sus estilos, son diferentes.
Sin embargo, el extremo que
implica la diferencia, arroja al humano a una forma del desamparo. El deseo y su
producción, en tanto diferenciarse de los otros, nos hablan de la orfandad. Hay
una línea del deseo que lejos de hacer identificación con el semejante, rompe
el espejo en cual alguien se mira y se reconoce. Por eso los deseos nos arrojan
a cierta percepción de soledad, hay algo de la angustia que siempre se implica
en ellos. Pues bien, mas allá de lo social, es necesario ubicar la desolación
en la que alguien se encuentra a la hora de reconocerse ajeno y extranjero en
los deseos que quiebran lo familiar y lo reconocido.
La vergüenza se debe a esa
angustia, algo inherente a lo humano, al humano que busca la igualdad con el
otro pero que al mismo tiempo descubre, con dolor, que el otro le es
irreductible, inabarcable, como él.
Y el lenguaje da cuenta de esta
irreductibilidad cuando en sus funciones reconoce el malentendido. O cuando las
palabras no alcanzan para decir lo que pasa o lo que se siente. El lenguaje no
es un código como el que tienen las abejas. Recordarán los trabajos de
Benveniste; digamos que las abejas no podrán reirse, ni tenderse bromas, ni
confundir una cosa con otra. Las abejas no tienen penas de soledad, ni penas de
amor, ni pasiones que las perturben; sólo hacen, trabajosamente, y así está
bien. (6)
Niños de imaginarios
prestados
-Los síntomas de la Globalización-
¿Quién infla el globo de la
globalización? El efecto de masas anónimas nos adormece. Las subjetividades se
callan siempre con dolor, pero aún cuando el dolor silencia, no ha desaparecido:
el dolor sólo duerme su plena siesta, la siesta de tanta pereza que genera el
mercado.
El mercado procede a igualar, a
que se consuma lo mismo y se ubica como referente de pérdidas y satisfacciones.
Nada más falso que quedarnos en esa instancia. El ser –siempre incompleto-
excede al mercado aunque lo produzca, sin embargo, es de las herramientas la más
pobre para representarlo.
Francoise Doltó se preguntaba
qué hubiera ocurrido con su deseo de lectura en ese mundo contemporáneo que la
sorprendía en la vejez; qué hubiera pasado con ella y el deseo frente a la
opción del libro o de un dibujo animado de TV. Doltó sabía muy bien qué estaba
preguntando, y también floreaba sus armas y apuró a los pensadores: “tal vez sea
una pregunta para filósofos” escribe.
Igual, nosotros podemos
aventurarnos con algunos elementos que nos pondrían sobre la pista de esa
pregunta. Podríamos plantear que se trata de dos formas discursivas: la
escritura y la imagen ; y que los efectos que ambos discursos producen son
diferentes.
La imagen captura, hay un efecto de fascinación
facilitado, una suerte de hechizo, un diálogo imposible. Digamos aún, que el
tiempo del discurso televisivo se impone, no sólo por una cuestión mediática
masiva globalizada, sino porque la construcción de ese discurso no admite de
forma inmediata la interrelación. En realidad, la interrelación adviene en un
segundo momento y es indirecta puesto que ocurre después, cuando los niños se
cuentan o juegan a lo que han visto. Es sólo en ese momento cuando la
subjetividad emerge y produce.
Hay consideraciones
importantes: la imagen siempre tiende a completarse, busca su forma, su buena
forma, su cierre. Por eso podemos pensar que la imagen aquieta el deseo, lo deja
en suspenso, suspendido, no lo relanza a su movimiento hasta tanto la imagen
haya desaparecido o el programa haya finalizado. Esa es una de las funciones de
la fascinación, algo parecido a desaparecerse. En una época hubo quienes,
ideológicamente, llamaron a este efecto Alienación; pero nosotros no podríamos
aceptar el término puesto que lo excede, en todo caso diremos que esa
enajenación (alien:otredad) es un modo del sujeto cuando desaparece, se borra,
se desdibuja, ensordece, o calla.
El discurso narrativo supone
otros tiempos, no tiene posibilidad de imponerse- excepto que sea un discurso
religioso donde la fe y la creencia impone sus certezas, (pese a que lo humano
practica la duda por condición y naturaleza) pero digo: el discurso narrativo
soporta los cortes, siempre está faltando algo (aunque se trate de un narrador
omniciente) algo que posibilita el recorte y la metáfora en tanto
representación, algo que siempre quedará excluido, puesto que la función de la
palabra, en todas sus formas: abre y da cuenta de una auscencia que relanza al
deseo bajo las formas mediatizadas de la imaginación, de la proyección, la
identificación; digamos a un trabajo psíquico que acopaña la actividad, pero que
no se agota, ni se abarca en la letra que lo soporta.
La letra, la palabra, lejos de
cerrar un sentido, los multiplica y devela al ser-siempre sediento- en el
tránsito finito de la vida. (7) (8)
A modo de epílogo
Dado que las
experiencias difícilmente puedan transmitirse en su vastedad interior, he
dedicado este trabajo a ubicar a posteriori su producto, su extensión y los
referentes teóricos que sólo el paso del tiempo me ha permitido vislumbrar.
Quiero acentúar que cada experiencia anuda en su posibilidad una cantidad de
subjetividades irrepetibles en tiempo, espacio, afectos y deseos. Así, considero
que cada experiencia es un verdadero acontecimiento; algo que modifica nuestra
vida y la de otros. Las ideas comentadas fueron el soporte afectivo y teórico
para un taller de creatividad realizado con niños de 8 y 9 años. La convocatoria
propuso, en este caso, el gusto por la lectura y la escritura.
Notas y Recomendaciones Bibliográficas
(0) El malestar en la cultura
Sigmund Freud, 1930. O. Completas
(1) La causa de los niños. Francoise Dolto
(2) Trauma del nacimiento. Otto Rank.
(3) “Pues en verdad te digo, Nathanael, que cada deseo me ha enriquecido más que
la posesión siempre falsa del objeto mismo de mi deseo” Los alimentos
terrenales. André Gide
(4) Del culto de los libros. Otras Inquisiciones. Jorge Luis Borges. O.Completas
(5) Comunicación animal y lenguaje humano. E. Benveniste. Revista Diógenes,
1952. Bs.As.
(6) La iniciación. “La causa de los niños” Francoise Dolto
(7) La cultura Tóxica. C. Souza-V.Guerra. Revista:
www.con-versiones.com
(8) La sociedad del malestar. Sergio Rocchietti. Revista:
www.con-versiones.com
(*) Me debo a la formación psicoanalítica. Hace 20 años que estudio
psicoanálisis, lo ejerzo además. He transitado por diversos textos,
de diversos autores, no obstante reconozco un origen, que me ha
ligado tal vez de por vida con la literatura. Ese origen es la producción
de Sigmund Freud; su lectura sobre la vida humana ha sido sensata
para mí.
(**) Trabajo presentado en el congreso internacional de Literatura
Infantil. Mayo, 2003. Oruro. Bolivia
Comentarios
al autor: vmalmsten@hotmail.com
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