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Ezequiel Martínez Estrada
La Cabeza de Goliat
(1940)

 

“En Buenos Aires todo está a la vista y es conocido; por eso todo nos interesa apenas y por poco tiempo. Carece de ayer y no tiene forma adulta. De esta falta de forma adulta, de plenitud de vida interior, nace su ilimitada y loable esperanza en lo por venir, que tanta grandeza material representó para la urbe.

De esta falta de plan orgánico nace la intrascendencia y superficialidad de la vida en Buenos Aires” 

“Todo idioma que no ha nacido con un pueblo tiene limitaciones de carácter mental no menos tiránicas que la costumbre” 

“Las ciudades americanas se destruyen y metamorfosean aprisa, como los insectos. Nadie podría vaticinar hacia qué formas tienden ni qué ha de quedar en pie de todo lo existente”

 Nota introductoria

Martínez Estrada denuncia el enojo. Las ideas que germinan en sus textos nunca son atemporales; independientes se resuelven en críticas agudas y certeras, sólo capaces de aquel que ha sabido leer y comprender una situación que tiende a repetirse y replegarse mil veces sobre sí misma.

En el prólogo de 1946 a La cabeza de Goliat, el autor escribe: “Nuestros lectores actuales subrayan en sus lecturas lo que ellos mismos habrían podido escribir. Los defectos de lectura de esta naturaleza, sobre todo de los textos de historia, han originado gran parte de nuestros males.”

El drama argentino se contempla y se deja leer en su obra. Su obra no es una queja, es un bisturí que disecciona en el dolor para mostrar lo que la tontera de la inercia siempre oculta.

La generación del 30 fue considerada antigua. Luego que Victoria Ocampo abriera las puertas de nuestro país a la vanguardia europea, escritores y pensadores poderosos y sensatos como Ezequiel Martínez Estrada fueron abandonados al costado poco a poco. Si bien su pensamiento encontró un espacio de diálogo en la revista Sur, el tiempo demostró que el argentino país tiende a mirar siempre hacia otro lado. En  estas heridas tierras, el jardín del vecino siempre es más verde.

Christian Ferrer rescata en un interesantísimo prólogo a la obra: ”Argentina fue la pasión intelectual y vital de Ezequiel Martínez Estrada, una pasión sostenida que a los actuales se nos hace casi inconcebible y a la que destinó su vida entera. Con tanta legitimidad pudo decir entonces, luego de cuatro años de postración total a causa de una gravísima enfermedad de la piel, que él se había enfermado de país, que su cuerpo había absorbido los síntomas de las encrucijadas nacionales irresueltas, que él y Argentina estaban enfermos”

V.G.

 

A continuación compartimos dos textos pertenecientes al libro la Cabeza de Goliat (*)

  

«TEMPO» AMERICANO DE LA CIUDAD

 

Para tener idea cabal del progreso de la metrópoli, nada mejor que observar una fotografía antigua. Las estadísticas, los libros, las informaciones de testigos veraces: nada tiene el valor convincente de la fotografía. Convence en primer término a los ojos, que son los órganos casi exclusivos para interpretar a Buenos Aires. A Buenos Aires se lo interpreta con los Ojos porque ha sido construido para ser visto. Y de ahí el poder de fascinación que ejerce: mirando la ciudad se inhibe la facultad del raciocinio y uno niega o afirma en estado hipnótico.

Cuanto se refiere a su embellecimiento exterior, a su extensión o altura, no nos conmueve en nuestra incertidumbre de hombres de llanura. En cambio sí la fotografía, como si viéramos su doble. Es su más fehaciente documento histórico y psicológico, por las mismas razones que la tarjeta postal es su credencial auténtica. Hay quienes creen que Buenos Aires es un álbum. 

En aquellas fotografías en que la imagen está velada en algún sitio, tenemos por referencia noción del movimiento de las demás cosas que aparecen quietas. Esa figura que echó a perder la placa adquiere un valor vital. El muchacho reducido a ectoplasma le comunica fresca vitalidad a la fotografía, mientras que las logradas han fijado la rigidez mortuoria de esa vida que se les escapó. Muestran la casa, el buzón, el tranvía, el poste telegráfico. Las fallas son precisamente lo interesante, como acaece casi siempre que uno se pone a observar con cuidado las cosas. 

Esa figura radiografiada nos da la medida y clase de los objetos a la vez que el «tempo» de la época. Cualquier fotografía de mediados del siglo xx transmite el sentido de las cosas, cuando algo está en la actitud del movimiento, aunque sea la pata del caballo. Tenemos el pulso, en lugar de la momia. 

Estos seres y cosas de entonces vivían un «tempo» lento, sincrónico de la sensibilidad de las placas y del mecanismo del obturador. Todo marchaba al mismo compás, con notas más breves o largas. Se vivía sin brío vital , sin que hubiera pasado al dominio público. Si tenían intranquilidad y agitaciones era porque se las creaban ellos, no porque se las transmitieran como a nosotros los espasmos del sistema entero. Comprendemos con asombro que aquello que podemos llamar «neurosis de las grandes ciudades», y que ya decimos de la Capital Federal, es algo inherente a ellas mismas, que padecemos de reflejo.

Ciudad: éste es el nombre de una enfermedad nerviosa muy grave.

Las viejas fotografías nos dan el diagnóstico de nuestra precaria salud de hogaño.

La ciudad ha cambiado mucho, pero los habitantes hemos cambiado más. Aquella apatía de tipo europeo, como aún subsiste en muchas partes del Viejo Mundo, ya es difícil hallarla en América, donde siempre fue aclimatada. América es el Continente del movimiento y de la velocidad. Esas fotografías viejas son más actuales en Europa y en otros lugares de la América del Sur que en nuestra capital. No sólo ha cambiado el «tempo» absoluto, sino que dentro del mismo sistema bonaerense hemos pasado de un «tempo» europeo a otro americano. Y me parece que esta conquista es el único indicio de que hemos progresado paralelamente a los adelantos ornamentales. 

ESTA AGITACIÓN SIN HACER NADA 

En aceras y calzadas se mezcla y confunde aquello radiante que emanan objetos y seres bajo la apariencia de un movimiento cada vez más acelerado, que pugna y forcejea por correr. La calma y la inmovilidad quedan para los umbrales. La ciudad se convierte en pista de incesante tráfago; máquinas y pasajeros van arrastrados como partículas metálicas por trombas de electricidad. Esta mole infinitamente complicada y viva está en perpetua agitación; hombres, vehículos y hasta objetos inánimes se diría que andan por una necesidad intrínseca de andar. 

La inquietud de Buenos Aires se proyecta en todas direcciones, y cuando las imágenes de los móviles se reflejan en los vidrios o sus sombras se deslizan por las paredes o los mosaicos, el movimiento abstracto adquiere su real cuerpo de sombra y superficie. Pues ese arrebato cinético no tiene profundidad ni intensidad; cada día recomienza en el lugar en que cesó la noche anterior, y es como si girara sobre sí mismo por una fuerza que nace de su interior, busca irradiarse y no lo consigue.

Puede afirmarse que el ritmo de ese movimiento totalitario es mucho más vivo que en cualquiera de las ciudades de igual población, aunque sea un movimiento que parece sin gobierno, comparándolo con el de aquellas otras que proceden con sujeción a los principios de la más estricta economía. Ese movimiento horizontal se caracteriza por la velocidad y no por la firmeza y buen uso, como en otras partes. Las cosas dan la impresión de que se precipitan sin control total, esquivándose.

Hay un mismo afán de velocidad en el chofer, en el peatón, en el comerciante tras el mostrador, en el que habla por teléfono, en el que espera a la novia y en el que toma café resuelto a no hacer nada. ¿Nadie está contento? Se diría que la velocidad tiene aquí un sentido absoluto, como realidad independiente de las masas; empero, como en la América del Norte, el tiempo no pasa de ser oro, en el mejor de los casos. 

La velocidad es una taquicardia no una actividad.

Nos brota de la circulación interna más bien que de la laboriosidad, porque somos corredores aunque no seamos activos. Puede una ciudad estar muy agitada sin ser dinámica, como un hombre puede estar en cama con ciento cincuenta pulsaciones por minuto. Buenos Aires ama la velocidad, lo que no quiere decir que sea activo, y acaso significaría lo contrario si es que pone un interés deportivo en cumplir con sus obligaciones.

Todo ese movimiento no se pierde en el vacío; conduce en el balance anual al aumento de las manzanas edificadas y del volumen de población, a un crecimiento de cualquier clase, al cambio de domicilio, a la superposición de pisos, a la quiebra de negocios y a nuevas instalaciones, no al poder firme ni al progreso humano. El que suponga que Buenos Aires es una ciudad fuerte está en un error: ni tiene arraigadas convicciones como para resistir un largo asedio, ni es audaz, ni ama el peligro verdadero. Juega con arrebatos y pasiones como un niño demasiado mimoso con sus juguetes, su ajedrez o su Meccano. Lo que pasa es que su tamaño sideral, su bienestar y su desasosiego intrascendente proyectan sus movimientos en un campo vasto y vivaz, y por eso juzgamos a Buenos Aires dinámico y terrible. Hora a hora se dilata, crece, lleva hasta confines más distantes su agitación superficial .

La vía de escape al exceso de ansia de velocidad se abre bajo tierra en todo sentido. El subsuelo de Buenos Aires sirve de válvula de escape y entubamiento a la energía sobrante. Subterráneos, cables eléctricos y telefónicos, aguas corrientes, tubos neumáticos, son sistemas circulatorios y el simpático de la urbe. Necesitamos huir vertiginosamente, aunque sea por dentro de la tierra, so pena de trastornarlo todo, según había ocurrido antes con las lluvias. Por eso el subterráneo está en íntima relación con la pampa, y lo que parece ser más reciente se suelda a lo antiguo, que es lo más reciente en las formaciones geológicas.

El problema del tránsito, tal como se concibe respecto del ancho de las calzada y del número de los coches en circulación, es también el problema de abrirse camino, de sacar ventaja, de estrecharse y alargarse para no chocar de frente y llegar antes. Como si importara para algo. El tránsito en el centro de la ciudad, tal como está trazada, sería prácticamente posible sin la maravillosa rapidez de concepción y de reflejos, sin el golpe de vista de hombres de cuchillo que tenemos. Ya  en la presteza del paso, ya en la lentitud desafiadora al cruzar las calles, hay un reto del jinete desmontado a la máquina. Esquivamos el accidente con la vista tanto como con el cuerpo. Cuanto más se piensa resulta más inexplicable que nuestro pueblo, excelente en la carrera, el «visteo» y la gambeta, haya relegado a mensajeros y repartidores la bicicleta antes aristocrática. Debe ser desdén por prejuicios de índole caballeresca. Cabalgar un simulacro que anda a impulsos de las piernas es una parodia indigna de la equitación, y nos repugna por el respeto de jinetes que nos tenemos.

Creo que la pericia de los choferes y el coraje de los peatones obedecen a un subconsciente - o yo ancestral y colectivo‑ de esgrimistas de facón y taurómacos. El placer de salir ileso en cada lance confirma al peón en su credulidad de que la embestida de la máquina es una rabia de completamente inútil contra él. 

Notas finales: 

Bibliografía del autor

-Radiografía de la Pampa, 1933

-La Cabeza de Goliat, 1943

-Sarmiento, 1946

-Muerte y transfiguración del Martín Fierro, 1948

-El mundo maravilloso de Guillermo Enrique Hudson, 1951

- Las 40 y Exhortaciones, 1957

 (obras destacadas entre otras) 

(*) Se eligen estos capítulos por la comunicación existente entre los comentarios sobre Buenos Aires escritos por Ciro Alegria el autor. (ver Notas a Ciro Alegría, literaturas V.G) y el autor. 

Artículo relacionado: Carta de Ezequiel Martínez Estrada a Victoria Ocampo. Ver sección: Vidas 

-Ezequiel Martínez Estrada 1895-1965, Argentina

 

 

  

 

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