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Historias de filósofos
David Hume
Pablo da Silveira
Muchos
filósofos fueron
hombres
separados del mundo, solitarios y ensimismados, distanciados de todo lo
que apasiona a la gente común. Es el caso de Spinoza, de
Descartes o, en menor medida, de Kant. Otros fueron seres
torturados que vivieron enamorados del dolor. Es el caso de
Schopenhauer, de Kierkegaard o de Nietzsche. Pero
también ha habido filósofos que fueron al mismo tiempo hombres positivos y
alegres, que supieron disfrutar de los afectos y se sintieron en razonable
armonía con el mundo. Hombres que, además de tener intelectos
privilegiados, fueron capaces de jugar y de reír. Y entre ellos ninguno
como David Hume, un escocés
cordial y extrovertido, buen comedor y bebedor, solterón eternamente
codiciado, que entre fiesta y fiesta se hizo tiempo para revolucionar la
filosofía occidental. Hume pertenece así al reducido grupo de
quienes, como Aristóteles o Bach, no tuvieron necesidad de
arruinar sus vidas para alcanzar las cumbres de la creación artistica o
intelectual.
En
1769 Hume tenía cincuenta y ocho años y era uno de los escritores
más célebres de Europa. Entre las muchas cartas que recibía, un día le
llegó una firmada por el editor William Straham en la que este le
proponía que escribiera una nueva obra. Escrito por Hume y editado por
Straham, era seguro que el libro seria un éxito comercial. David, sin
embargo contestó:
"tengo que
declinar no sólo esta oferta, sino cualquier otra de índole literaria. Y
esto por cuatro razones: estoy demasiado viejo, demasiado gordo, demasiado
perezoso y demasiado rico".
Todavía
hoy es dificil encontrar tanto desparpajo y tanta frescura en un
intelectual que se sabe consagrado. Pero así era David Hume.
Al
menos parte del buen humor que derrochó a lo largo de los años se debió a
que, a diferencia de muchos otros autores, el éxito lo alcanzó mientras
vivía. Siendo un hombre de mediana edad se convirtió en una referencia
intelectual para toda Gran Bretaña y, en su momento, en el escritor con
más ejemplares vendidos en la historia de la lengua inglesa. Sin embargo,
también supo conservar su encanto en los tiempos difíciles y, muy en
especial, cuando tuvo clara conciencia de que se moría. Esta es la
historia de esa muerte jovial y serena, pero antes de llegar a ella
conviene recordar cómo había vivido.
Hume
provenía de una familia de origen noble pero venida a menos. Su padre
murió con apenas treinta años, cuando él tenia dos, y su madre, viuda a
los veintiséis, quedó al frente de la pequeña propiedad rural en la que
vivían. El hermano mayor heredó el titulo de Conde de Hume o de Home (dos
maneras de escribir indistinguibles para la pronunciación escocesa) junto
con la mejor tajada de lo poco que había para repartir.
Con
poco dinero en el bolsillo y muchas ganas de vivir bien, el joven David
estaba prácticamente destinado a hacerse abogado. Eso era lo que habían
hecho su padre y su abuelo materno, de manera que estaba en buenas
condiciones para iniciar una carrera profesional. Sin embargo, y por
motivos que no están del todo claros, en lugar de continuar los estudios
decidió mudarse a Bristol y probar suerte como comerciante. Si le creemos
al propio Hume, la unica razón que hay detrás de este cambio es que no le
gustaba el derecho. Si les creemos a casi todos los demás, lo que le hizo
abandonar su tierra natal fue un escándalo: una mujer llamada Agnes
Galbraith lo acusó de haberla embarazado.
Es
difícil saber cuál de las dos versiones es más digna de crédito. Los
tribunales terminaron por ignorar el reclamo de Agnes pero eso no prueba
que estuviera mintiendo: una mujer sin conexiones y con mala reputación no
tenia casi ninguna posibilidad de ganarle un juicio a un hombre
emparentado con la nobleza. Hume, por su parte, nunca habló del episodio
ni dio explicaciones sobre su conducta posterior. Pero el hecho es que
abandonó su tierra natal, se trasladó precipitadamente a Bristol y luego a
Francia, donde vivió tres años. Este exilio más o menos forzoso tuvo
enormes consecuencias. Luego de un breve pasaje por Reims se instaló en
La Fléche, Anjou, donde funcionaba un célebre colegio jesuita en el
que habla estudiado Descartes un siglo antes. Allí leyó sin
descanso y trazó el plan que seguirla durante el resto de su existencia:
David quería ser un intelectual y, más precisamente, quería alcanzar la
gloria como escritor.
Vistas
las cosas a la distancia, parecería que no tuvo mayores dificultades en
alcanzar su objetivo. La influencia que ha tenido su pensamiento durante
los dos últimos siglos seguramente supera sus expectativas más optimistas.
Pero, vistas las cosas desde su propia óptica, el camino que lo condujo a
la fama resultó ser bastante tortuoso. Más aun, detrás de la larga
celebridad de Hume hay un fenómeno sorprendente:
las razones que lo hicieron famoso cuando vivía
están casi olvidadas, mientras que los motivos por los que hoy se lo
valora pasaron inadvertidos para buena parte de sus contemporáneos.
Los
primeros intentos de Hume por hacerse un lugar en el mundo de las letras
terminaron en dolorosos fracasos. El libro que publicó luego de su retorno
a Gran Bretaña, el Tratado sobre la Naturaleza Humana, salió, según
sus propias palabras, "muerto de la imprenta". La edición se vendió con
lentitud exasperante y apenas generó algunas reacciones adversas. En los
años siguientes David hizo todo lo posible por revertir la situación:
redactó una versión abreviada de la obra y la editó en forma de folleto;
reescribió los pasajes que consideraba decisivos y volvió a publicarlos
como libros independientes; realizó una compleja maniobra de defensa de
sus ideas, haciendo publicar una carta firmada por "un caballero de
Edimburgo" en la que respondía a los ataques que había recibido. Pero
ninguna de estas operaciones tuvo éxito. Hume trabajaba con ahínco en
temas filosóficos que consideraba de primera importancia, pero los
académicos le eran hostiles y el público se mantenía indiferente.
La
situación empezó a cambiar algunos años más tarde, pero sólo parcialmente
a causa de su producción como filósofo. Lo que realmente lo lanzó a la
fama fue una Historia de Inglaterra que empezó a publicar en 1754 y
cuyos sucesivos tomos siguieron apareciendo hasta 1762. Esta obra desató
feroces polémicas y le hizo ganar no pocos enemigos, pero lo condujo al
centro de la escena intelectual con una facilidad que hasta ese momento le
era desconocida.
El
Hume historiador no es, por cierto, un personaje completamente
diferente del Hume filósofo. Lo que le interesa no es la historia
general de Inglaterra sino su historia política, y la cuenta desde una
perspectiva que no coincide con la de ninguno de los bandos en pugna. La
originalidad de su punto de vista reside en el esfuerzo por separar la
investigación histórica de la confrontación política. Para él, los
conflictos pasados deben ser tratados como una fuente de aprendizajes
cívicos. Lo que le preocupa no es tomar
partido a favor de unos o en contra de otros, sino aprender acerca de los
mejores y peores modos de organizar la vida en sociedad.
Esta
manera de tratar la historia no sólo hizo de Hume uno de los escritores
más leidos de Gran Bretaña, sino también uno de los más combatidos. Su
método de trabajo era incómodo y las interpretaciones que proponía
oscilaban entre lo heterodoxo y lo antojadizo. Los ataques que recibió en
aquellos años lo convencieron de que, pese a su éxito comercial, los
ingleses nunca dejarían de verlo como un extranjero inoportuno. Sus
sentimientos aparecen expresados con claridad en una carta que le escribió
a su amigo Sir Gilbert Elliot:
"No creo que
haya un inglés en cincuenta que no se alegre si escucha que mañana me voy
a romper la crisma. Unos me odian porque no soy tory; otros porque no soy
whig, algunos porque no soy cristiano; y todos, porque soy escocés.
¿Puedes seguir diciendo en serio que soy inglés?".
La
buena venta de sus libros le permitió resolver esta incomodidad del mismo
modo apasionado en que hizo todo en su vida:
"Me retiré a
Escocia, mi país natal, y decidí no volver a sacar nunca un pie de allí".
David
acababa de dejar atrás los cincuenta años y tenía un plan muy concreto
para el futuro: quería pasar tranquilamente en su casa, disfrutando de los
muchos amigos que tenia en Edimburgo. Es que la vida social era a sus ojos
tan importante como las ideas. Era un conversador cautivante, un
incansable contador de anécdotas y un jugador de cartas de grandes
recursos. Le gustaba comer y tomar buen vino mientras divertía a quienes
lo rodeaban. Disfrutaba de la compañía femenina y tenía un éxito
envidiable con las mujeres: no hacia proposiciones matrimoniales sino que
las recibía, aunque siempre las rechazaba con amabilidad. Sólo una vez
estuvo a punto de casarse con una aristócrata llamada Nancy Orde. Se
cuenta que fue ella quien, saliendo de casa de Hume, escribió con tiza en
la pared: St. David's Street. Se ha documentado que, muchos años
después, la gente de Edimburgo seguía utilizando ese nombre.
La
sociabilidad de David no era puramente superficial. Cultivó varias
amistades que le duraron la vida entera y demostró tener un gran sentido
de la fidelidad. Hay un episodio célebre que pone en evidencia toda su
nobleza: a principios de los años cincuenta, su amigo el reverendo
Robert Wallace escribió un ensayo en el que atacaba varias ideas de
Hume sobre demografía. Pero Wallace tuvo que ausentarse de Edimburgo
mientras se imprimía el trabajo, de modo que fue el propio Hume quien se
encargó de vigilar el proceso y corregir las pruebas.
David
era admirado, querido, buscado, halagado. Participaba en reuniones
sociales, tomaba el té, jugaba a varios juegos de mesa, se divertía y
divertía a los demás.
"Me siento
‑decía‑
un embajador del reino del saber en el reino de la conversación".
Su encanto personal era irresistible para sus vecinos de Edimburgo, pero
también demostró serlo fuera de fronteras cuando, un poco a contrapelo de
su propósito de no moverse de Escocia, aceptó integrar un par de misiones
oficiales enviadas al continente europeo.
Hume
viajo a París en 1763 y en 1767, y en cada una de esas oportunidades
permaneció tres años como diplomático. Durante esas estadías vivió un
verdadero romance con los iluministas franceses, quienes no demoraron en
adoptarlo como uno de los suyos. Por una parte, los philosophes
parisinos estaban encantados de haber reclutado una cabeza original y
poderosa. Por otro lado, su simpatía y su facilidad para
hacerse querer lo convirtieron en una estrella de los salones y tertulias.
Fue durante años amigo de Montesquieu y despertó la admiración de
Voltaire, aunque esta simpatía no era correspondida. También trató
con asiduidad a D'Alembert, Diderot y D'Holbach. Probablemente el
gran amor de su vida fue una mujer francesa, Marie‑Charlotte de
Boufflers, una noble ilustrada que contribuyó de manera decisiva a la
difusión de sus ideas. Marie‑Charlotte tuvo una respetable cantidad de
amantes, pero todo indica que entre ella y Hume pasó algo importante para
los dos. De hecho, fue ella la que acuñó el epíteto con el que se conocía
a Hume en los círculos intelectuales franceses: le bon David.
Uno de
los amigos más famosos que hizo en Paris fue Jean‑Jacques Rousseau,
con quien volvió a Londres en 1766 al cabo de su primera misión
diplomática. Rousseau empezaba a ser perseguido a causa de sus ideas
(acababa de publicar el Emilio, un libro escandaloso para la época) y
David se propuso apelar a todas su influencias para protegerlo: le preparó
un gran recibimiento en Inglaterra, le consiguió alojamiento y empezó a
gestionar una pensión ante el gobierno. Pero los relaciones entre ambos se
complicaron rápidamente, sobre todo a causa del orgullo desmesurado de
Jean‑Jacques (que necesitaba ayuda pero no quería que se notara) y de su
creciente inestabilidad psicológica. Los constantes malentendidos se
fueron agravando de un modo que resultaba incomprensible para Hume.
Rousseau se habla vuelto decididamente paranoico y creía ser víctima de
una red de conspiradores que querían retenerlo en Inglaterra. Incómodo y
desorientado, David hizo llamar a Voltaire para que actuara como
mediador. Pero entre los múltiples talentos del autor de Cándido no
se contaba la capacidad de apaciguar los ánimos, de modo que el conflicto
concluyó en un escándalo público: Rousseau terminó rechazando la
pensión que se le gestionaba y envió al gobierno británico una carta en la
que trataba a Hume de traidor. Los dos hombres quedaron enemistados por el
resto de sus vidas. Es seguro que el carácter insufrible de Rousseau fue
la causa principal del problema, pero también hay que admitir que, al
menos esta vez, Hume supo actuar con dureza: con la ayuda de D'Alembert
publicó en París una versión del conflicto con la que pretendía salvar su
reputación ante los ilustrados franceses.
Hume
era un hombre de mundo, un bon vivant y un escritor de
éxito. Pero, ¿era realmente un filósofo? La pregunta es pertinente
porque buena parte de sus contemporáneos no lo vieron así. Para un inglés
cultivado de mediados del siglo XVIII, Hume no era un filósofo que
producía textos históricos sino un historiador que intentaba escribir
obras filosóficas. Pero nosotros tendemos a verlo exactamente al revés y,
más importante que eso, tenemos buenas razones para actuar de este modo.
Las investigaciones de Hume son filosóficas en el sentido más noble del
término: nos hacen ver incertidumbres y perplejidades allí donde todo
parece aproblemático. En lugar de ir a buscar el misterio en los abismos
más profundos de la existencia, nos sugiere que el misterio rodea nuestras
acciones cotidianas. La vida es extraña. Solamente la rutina y la pereza
nos hacen ignorar este hecho. Pero alcanza con dar un paso atrás y
desprendernos de nuestras seguridades mal construidas para volver a
sentirnos como extranjeros en un mundo inquietante. Esta es la actitud de
base que los
filósofos comparten con los niños
y los locos. Y esta actitud se ve
claramente reflejada en los textos que Hume escribió sobre el problema del
conocimiento.
Como no
podía ser de otra manera, sus reflexiones parten de un ejemplo tomado de
la vida social. Pensemos en lo que ocurre cuando jugamos al billar. Una
bola está quieta en el centro de la mesa. Otra, que acaba de ser
impulsada, avanza hacia ella. ¿Qué va a ocurrir en el instante siguiente?
La pregunta no tiene, por supuesto, nada de misterioso: es seguro que la
bola que ahora está quieta va a empezar a moverse cuando reciba el
impacto, y la forma en que lo hará dependerá del modo en que se produzca
el golpe. Ahora bien, ¿cómo sabemos que va a ocurrir tal cosa? ¿Qué
nos lleva a excluir las demás posibilidades? Porque perfectamente podría
ocurrir que la bola que está en reposo permaneciera quieta y que la otra
rebotara como si hubiera chocado contra una pared, o bien podría suceder
que las dos salieran proyectadas con la misma velocidad pero en
direcciones opuestas. ¿Cómo sabemos que no va a pasar nada de esto?
Una
posible respuesta seria: porque la idea misma de que ocurra algo así es
contradictoria. Eso es lo que pasa, por ejemplo, cuando alguien nos dice
que A es idéntico a B y B idéntico a C, pero A es diferente de C. Esta es
una afirmación que se niega a si misma: la propia noción de identidad
lleva implicito que si dos cosas son idénticas entre si y una de ellas es
idéntica a una tercera, la otra también será idéntica a esa tercera.
Podemos imaginar mil mundos posibles pero, si alguien en esos mundos es
capaz de comprender la noción de identidad, entonces tendrá que admitir la
pertinencia de esa propiedad.
El caso
del juego de billar no es, sin embargo, asimilable al de la identidad.
Aquí no estamos en un mundo de relaciones entre ideas sino ante lo que
Hume llama "cuestiones de hecho". No hay nada de contradictorio
en suponer que las bolas de billar se comporten de un modo diferente del
habitual. Perfectamente podríamos imaginar un mundo donde las esferas de
marfil se repelieran como lo hacen los imanes, o en el que las cosas
cayeran hacia arriba. En un mundo semejante las leyes físicas
serían diferentes de las que conocemos, pero seguirían siendo leyes
físicas. Esta es una idea improbable, pero no contradictoria.
La
pregunta que se hace Hume sigue, pues, estando en pie. Lo que le intriga
no es cómo van a comportarse las bolas de billar, sino cómo estamos tan
seguros del modo en que van a hacerlo. ¿De dónde nace nuestra familiaridad
con el mundo? ¿Por qué nos atrevemos a prever el curso de los
acontecimientos aun en aquellos casos que podrían dar lugar a mil
desenlaces diferentes?
La
manera habitual de responder a este interrogante consiste en decir que
nuestro conocimiento progresa gracias a la experiencia: a lo
largo de nuestra vida vamos aprendiendo cómo funciona el mundo. Cuando
somos niños no sabemos que el fuego quema, pero después de sufrir varios
accidentes concluimos que la llama nos quemará cada vez que la toquemos.
En la vida adulta, a menudo nos alcanza con ver en una oportunidad cómo
ocurren las cosas para saber cómo ocurrirán en el futuro. Nuestro modo de
almacenar esta información consiste en establecer relaciones de causa y
efecto: la experiencia nos muestra que cada vez que ocurre un
acontecimiento, a continuación ocurre otro; de allí inferimos que el
primer acontecimiento es la causa y que cada vez que ocurra el primero, a
continuación ocurrirá el segundo.
Esta
argumentación parece muy razonable pero, observa Hume, no alcanza
para resolver el problema. Al establecer
relaciones de causa y efecto no sólo estamos resumiendo un conjunto de
experiencias pasadas sino que estamos haciendo un pronóstico acerca de lo
que ocurrirá en el futuro. En los hechos, estamos postulando como verdad
indiscutible que el futuro será igual al pasado. Ahora bien, ¿tenemos
razones para apoyar esta expectativa?
La
respuesta perturbadora de Hume es que no las tenemos. La relación
causa‑efecto vincula dos acontecimientos que perfectamente podrían
permanecer separados. No hay allí ningún lazo necesario que pueda ser
analizado mediante la razón. Eso explica por qué somos incapaces de prever
los efectos que podemos asociar a un objeto desconocido.
Aunque Adán hubiera sido un hombre perfectamente racional, jamás hubiera
podido saber que el fuego quema antes de haberse quemado por primera vez.
Y si dejamos a un hombre que no conoce la pólvora cerca de un barril a
punto de estallar, su despreocupación no será consecuencia de su falta de
racionalidad sino de su falta de experiencia.
Pero,
si no es la razón lo que nos permite tejer lazos de causalidad,
¿qué es lo que nos permite hacerlo? ¿Y qué es lo que nos lleva a predecir
que esa relación va a mantenerse en el futuro?
Simplemente, dice Hume, se trata de
la costumbre. Muchas veces observamos que el acontecimiento A es
seguido del acontecimiento B, y eso nos hace esperar B cada vez que ocurre
A. No hay ningún razonamiento ni ninguna demostración que sustente esta
expectativa. Sólo hemos generado un hábito que nos lleva a esperar
que las cosas ocurran de este modo, de manera parecida a como los animales
se acostumbran a esperar la comida cuando ven acercarse al granjero.
Naturalmente, al descansarnos de este modo en la costumbre contamos
con algo así como la complicidad del mundo: es un hecho que hasta
ahora la naturaleza se ha comportado con gran regularidad. Por eso vale la
pena enunciar leyes físicas como el principio de gravitación universal.
Esas leyes describen cómo ha funcionado el mundo hasta ahora y cómo
seguirá haciéndolo si no cambia nada fundamental. Pero el principio de
gravitación universal no contiene ninguna demostración que nos asegure su
validez hasta la eternidad. Al menos como pura posibilidad, mañana puede
ocurrir que los cuerpos empiecen a atraerse y a repelerse de un modo
diferente a como lo han hecho hasta ahora. Toda nuestra ciencia
funciona sobre el supuesto de que tal cosa no va a ocurrir, pero no puede
dar una sola razón en favor de esta creencia.
La
respuesta de Hume estaba lejos de ser perfecta desde el punto de vista
filosófico, pero tenía el enorme mérito de poner en evidencia que nuestro
entendimiento opera sobre bases más complejas de lo que solemos
creer. Es difícil explicarnos a nosotros mismos por qué tenemos tanta
confianza en nuestras certezas. Aun la causalidad, una de las ideas
más viejas de la ciencia, un concepto central desde Aristóteles, el
corazón mismo de la filosofía racionalista de Spinoza, es una
noción profundamente misteriosa: si la analizamos con detenimiento,
resulta que no estamos en condiciones de dar razón de ella.
Esta
argumentación no fue debidamente comprendida por sus compatriotas, que
tendieron a interpretarla como una manifestación de escepticismo. Mientras
David decía que hay un misterio en el modo en que construimos nuestro
conocimiento, ellos entendían que todo conocimiento racional es imposible.
Esta lectura provocó las iras de un conjunto de filósofos que hoy sólo son
recordados gracias a la popularidad de su víctima. Uno de ellos, James
Beattie, escribió un ensayo extremadamente violento que tuvo relativo
éxito. Y fue una suerte que eso ocurriera, porque el texto fue rápidamente
traducido al alemán y así llegó a manos de un profesor universitario que
vivía en el otro extremo de Europa. Este profesor, que se llamaba
Immanuel Kant, tuvo la capacidad de
adivinar la argumentación original de Hume a partir de las
transcripciones de Beattie. Y esa lectura le cambió la vida, porque lo
puso en la pista de lo que sería una de las más formidables
investigaciones de la historia filosófica. En su
Crítica de la razón pura Kant
intentó resolver el problema planteado por Hume, tratándolo de un modo más
general y más profundo. Su respuesta es muy sofisticada y terminó teniendo
mucha más influencia sobre el pensamiento posterior. Pero Kant, que
era un hombre honesto, nunca dejó de reconocer la deuda que habla
contraído con el escocés, hasta el punto de escribir uno de los elogios
más generosos que un filósofo haya dedicado a otro:
"Hume me despertó de mi sueño dogmático".
Los
argumentos de Hume contra las bases del conocimiento racional le dieron
fama de escéptico, y hay que decir que él hizo todo lo posible por
acrecentarla. Esto le generó muchos conflictos con el mundo académico y
muy en particular con las autoridades religiosas. Las dos veces que
intentó acceder a una cátedra universitaria (una en Edimburgo, otra en
Glasgow), su candidatura fue tajantemente rechazada. Aun en su momento de
mayor fama fue un filósofo fuera de la universidad, lo que tal vez
explique por qué se hizo rico. En 1756 hubo un intento por excomulgarlo de
la Iglesia de Escocia. La iniciativa no prosperó, pero no porque David
fuera visto como un modelo de piedad sino porque el comité convocado se
declaró incompetente para juzgar sus obras (una maniobra que habían
pergeñado quienes, pese a apoyar a Hume, no se atrevían a defenderlo
públicamente). En el año 1761, sus obras ingresaron en el Index de la
Iglesia Católica.
Estas
reacciones violentas no apuntaban solamente a las investigaciones de Hume
sobre el modo en que funciona nuestro entendimiento, sino también a las
ideas que defendió en el terreno de la moral. Este fue el tema que
más le importó mientras vivía y en el que más hace sentir su influencia
dos siglos después de su muerte. Para entender en qué consiste este
impacto es preciso decir dos palabras sobre el modo en que los filósofos
han reflexionado acerca de lo que está bien y lo que está mal.
Al
menos desde Sócrates, la gran
preocupación de los filósofos consistió en encontrar un fundamento
racional para nuestro comportamiento moral. La idea de base era
que, en un mundo gobernado por
las
pasiones, los afectos y los intereses, solamente la
razón puede darnos normas que no sean una simple
reproducción de nuestras inclinaciones. Naturalmente, no todos los
filósofos veían las cosas de la misma
manera. Las respuestas que dieron Sócrates, Platón, Aristóteles, los
estoicos, los escolásticos, Descartes o Spinoza divergen en aspectos muy
importantes. Pero, a pesar de estas grandes diferencias, todos ellos
coinciden en dos afirmaciones esenciales.
Primero: existe algo que es "lo correcto", cuya definición está dada con
total independencia de nuestra voluntad. Segundo: en el esfuerzo por
identificar lo correcto y actuar en consecuencia, la razón es una guía
mucho más segura que nuestras inclinaciones o emociones.
Las
etiquetas nunca son demasiado confiables pero, al menos para entendernos,
identifiquemos estas dos afirmaciones con las expresiones
"objetivismo moral" y "racionalismo moral". La mayor parte los filósofos
morales anteriores a Hume fueron objetivistas y racionalistas en este
sentido. A ellos sólo se oponían aquellos que, como algunos sofistas y
cínicos, pensaban que la razón es completamente impotente frente a
la fuerza de nuestras inclinaciones y que, en consecuencia, debemos
dejarnos gobernar por ellas en lugar de buscar una respuesta racional a la
pregunta: "¿por qué ser moral?".
Al
menos a primera vista, Hume compartía plenamente esta visión
escéptica. Lo que gobierna nuestros actos y decisiones ‑dice‑ no es la
razón sino las pasiones. Llamamos "virtud" a todo
aquello que genera en nosotros sentimientos de aprobación y llamamos
"vicio" a aquello que genera sentimientos de rechazo. No hay
razones que puedan justificar estas reacciones primarias. A lo
más, la razón puede ayudarnos a afinarlas y esclarecerlas. Contra
todos los moralistas que hablan dicho que las pasiones deben ser dominadas
por la razón, Hume sostenía, en una frase que terminó por hacerse célebre,
que "la razón es y debe ser esclava de las
pasiones".
Pero
esta afirmación sólo resume una parte de su pensamiento. Para entender la
otra parte tenemos que dar un paso más y hacernos la siguiente pregunta:
suponiendo que nuestro comportamiento esté
efectivamente gobernado por nuestros sentimientos acerca de lo que es
aceptable y reprobable, ¿cuál es el origen de esos sentimientos? ¿Cada uno
construye los suyos aisladamente, de manera que toda discusión moral
carece de sentido? ¿0 existe algo así como un conjunto de sentimientos
compartidos?
Hume
creía que nuestros sentimientos morales no son un fenómeno
puramente privado porque los hombres no somos hombres a secas, sino
hombres que intentan vivir en sociedad. Y una sociedad no es
solamente un conjunto de individuos que viven en un mismo lugar o que
comparten una historia, sino un conjunto de personas vinculadas por lazos
de cooperación y de reciprocidad. Una sociedad (al menos una
sociedad civilizada) es un ámbito donde no se apela a la fuerza bruta como
mecanismo regulador de las relaciones, sino a un conjunto de
instituciones compartidas. El hecho de reconocernos mutuamente
vinculados por estas instituciones hace que compartamos ciertos
sentimientos básicos acerca de lo que está bien y de lo que está mal.
Como señala el filósofo contemporáneo (y también escocés) Alasdair
MacIntyre, para Hume, "el vocabulario de la evaluación, aprobación y
desaprobación es un vocabulario compartido".
Hume
rompía de este modo con el racionalismo moral, pero también con el
subjetivismo extremo. Al igual que los escépticos morales, pensaba que
la razón siempre llega tarde a responder a la pregunta: "¿por qué ser
moral?". Lo que nos lleva a serlo no
es nunca una demostración abstracta a partir de primeros principios, sino
el hecho de descubrirnos involucrados con otros en relaciones de
cooperación y reciprocidad. Pero, en contra de los escépticos,
pensaba que la vida moral no es arbitraria y que la razón tiene un
papel a desempeñar. Ciertamente no puede fundar la moral,
pero si puede explorar nuestros sentimientos con el fin de refinarlos,
atacar posibles contradicciones o ambigüedades y llegar a conclusiones no
evidentes acerca de nuestro deber.
Esta
manera de enfocar la moral es probablemente el producto más trascendente
de lo que suele llamarse "la Ilustración escocesa". Francis Hutchenson,
el maestro de David, pensaba aproximadamente de este modo y lo mismo hacía
su gran amigo Adam Smith. El libro más famoso de Smith es La
riqueza de las naciones, normalmente considerado como el texto
fundador del liberalismo económico. Pero otro de sus libros importantes
lleva un título que deja muy en claro su interés en esta discusión:
Teoría de los sentimientos morales.
Hume
fue de los tres hombres quien dio una formulación más poderosa a este
punto de vista. Por cierto, su teoría enfrenta algunas dificultades que él
apenas percibió o que fue incapaz de solucionar. Por ejemplo, no está
claro cómo podemos reflexionar acerca de la moral cuando nos salimos de
los límites de una sociedad específica y entramos en relación con otras
que han desarrollado sensibilidades muy diferentes. Pero, cualquiera sea
el modo en que se resuelva este problema, su hazaña consiste en haber
conciliado dos puntos de vista que hasta ese momento habían estado
radicalmente enfrentados: la afirmación del subjetivismo moral y el
reconocimiento de estándares compartidos acerca de lo que está bien y lo
que está mal. Su respuesta consistió en decir que nuestra sensibilidad
moral es al mismo tiempo subjetiva y compartida, porque es la
sensibilidad moral desarrollada por un conjunto de hombres que intentan
vivir civilizadamente.
Este
punto de vista no es fácil de defender, pero eso no impide que haya
ganando más y más peso hasta volverse central para la filosofía
contemporánea. En efecto, uno de los rasgos
característicos de toda sociedad compleja de finales del siglo XX es que
no existe ningún acuerdo acerca de cómo fundar las normas morales. La
voluntad de Dios ya no puede ser empleada como fundamento común por la
sencilla razón de que la propia existencia de Dios se ha vuelto
controvertida. La idea de naturaleza humana a la que
apelaban los hombres del siglo XVIII ha corrido una suerte todavía peor.
La idea de derecho natural también se ha vuelto problemática, sea
porque muchas personas no creen que tal cosa exista, sea porque hemos
acumulado demasiadas versiones acerca de lo que nos exige el derecho
natural. En estas condiciones de pluralidad radical, no está claro a qué
apoyo podemos apelar para darnos normas comunes.
Una buena cantidad de filósofos contemporáneos está trabajando sobre una
pista que remonta directamente a
Hume:
ciertamente no podemos apelar a primeros principios
en los que apoyarnos, pero eso no debe hacernos olvidar que vivimos bajo
instituciones comunes. Y esas
instituciones no son el simple reflejo de ciertas correlaciones de fuerza
sino que intentan encarnar algunas ideas muy básicas como las de igualdad,
justicia o equidad. Pese a todas las diferencias que nos separan, existe
en nuestras sociedades una sensibilidad moral encarnada en
prácticas e instituciones.
Ese es el punto en el que tenemos que apoyarnos para llegar a darnos
normas que todos podamos respetar.
Los
filósofos que defienden este punto de vista (el más conocido de los cuales
es el estadounidense John Rawls) han aumentado enormemente su
influencia en el correr de los últimos años. Por eso Hume es
crecientemente leído y estudiado en las facultades de filosofía. Pero los
libros que mas se discuten no son sus obras históricas ni sus trabajos de
teoría del conocimiento sino aquellos en los que habla de filosofía
política y moral, es decir, justamente aquellos que menos éxito tuvieron
mientras vivía. Esas obras que a ojos del propio David salían muertas de
las imprentas han terminado por ser vistas como textos capitales del
liberalismo político contemporáneo. Aunque las razones de su éxito han
cambiado a lo largo del tiempo, el hecho es que Hume vio cumplirse su
sueño juvenil de alcanzar la fama como intelectual. Esto, sin embargo, no
afectó su gusto por la vida social ni la afabilidad con la que trataba a
quienes lo rodeaban. A partir de 1769, y hasta su muerte en 1776, vivió
tranquilamente en Escocia, disfrutando por partes iguales de la fama
literaria y de sus múltiples amistades. Su casa volvió a ser el centro de
una agitada vida social que convocaba a mujeres y hombres, a jóvenes y
viejos, a personas ilustradas y a simples vecinos.
En 1775
se le declaró una enfermedad a la que al principio no prestó importancia.
Se trataba de un simple desorden intestinal parecido a muchos otros. Pero
la dolencia se prolongó durante largos meses y lentamente empezó a
consumir sus reservas. Los informes médicos de la época son poco claros y
hacen pensar a veces en un tumor, a veces en una úlcera perforada.
Cualquiera fuera la causa, el hecho es que Hume empezó a debilitarse
progresivamente sin que ningún médico consiguiera frenar su deterioro.
A
principios de 1776 se convenció de que se estaba muriendo. Su estado no
era particularmente grave, pero se daba perfecta cuenta de que ese
desgaste no podía durar mucho tiempo. El tono con el que describe su
situación es el de un hombre extremadamente lúcido y tranquilo:
"Esta
enfermedad me ha traído poco sufrimiento y, lo que es más extraño, a pesar
del decaimiento general que he experimentado, no ha supuesto ni un momento
de crisis en mi estado de ánimo. Tan es así que, si tuviera que elegir un
período de mi vida para vivirlo de nuevo, me sentíría tentado de señalar
este último. Mantengo el mismo ardor de siempre en el estudio y la misma
alegría de verme acompañado. Considero, además, que un hombre que muere a
los sesenta y cinco años se limita a cortar unos cuantos años de
molestias. Y aunque veo muchos síntomas de que mi prestigio literario
empieza por fin a adquirir brillo, siempre supe que sólo dispondría de
unos pocos años para disfrutarlo. Es difícil estar más desprendido de la
vida de lo que lo estoy en este momento".
Este
párrafo pertenece a la autobiografía que escribió en abril de 1776, cuatro
meses antes de morir. Se trata de un texto de unas pocas carillas en el
que resume más de seis décadas de existencia. Tanta parquedad puede llamar
la atención en alguien expansivo como Hume, pero él se encarga de explicar
su punto de vista con una envidiable carga de buen humor:
"Es difícil
para un hombre hablar mucho de
si mismo sin
envanecerse. Así que seré breve".
David sigue siendo el hombre simpático y jovial de siempre, pero deja en
claro que no tiene la menor esperanza de cura hasta el punto de hablar de
si mismo como si ya estuviera muerto:
"soy, o mejor,
he sido ..."
Una
buena cantidad de médicos hizo todo lo que estuvo a su alcance por
contradecir el pronóstico de Hume. El los dejó hacer con benevolencia,
pero en general no hizo demasiado caso a sus recomendaciones. Solamente
una vez aceptó trasladarse a una estación termal para seguir un
tratamiento, pero en cuanto confirmó que no daba ningún resultado decidió
volver a Edimburgo para morir entre sus amigos. David quiso que el retorno
no tuviera nada de fúnebre, por lo que organizó una gran comilona en su
casa para celebrarlo. Era el 4 de julio de 1776 y ese mismo día, del otro
lado del océano, las colonias americanas estaban declarando su
independencia de la corona británica.
Las
últimas semanas de Hume fueron socialmente tan agitadas como lo había sido
el resto de su vida. En una carta escrita poco después de su muerte,
Adam Smith cuenta que
"siguió
entreteniéndose como de costumbre, corrigiendo sus obras para una nueva
edición, leyendo libros entretenidos o conversando con sus amigos. Algunas
veces, a la caída de la tarde, jugaba al whist, su juego favorito. Estaba
de tan buen humor, y sus conversaciones y entretenimientos se parecían
tanto a los de siempre que, a pesar de todos los malos síntomas, muchos no
podían creer que estuviera muriéndose".
David, sin embargo, no tenía dudas al respecto y se lo comunicaba a sus
visitantes con su frescura de siempre:
"me estoy
muriendo tan rápidamente como desearían mis enemigos, y tan alegre y
pacíficamente como podrían desearlo mis mejores amigos".
David
se mantenia lúcido y sereno, pero no tenía el mal gusto de alardear.
Smith cuenta que nunca hablaba de su enfermedad
"a menos que
el curso de la conversación lo llevara a hacerlo. Y nunca se detuvo en el
tema más de lo que la charla naturalmente pedía. Si habló de la cuestión
con bastante frecuencia, fue porque los amigos que venían a verlo le
hacían preguntas sobre su estado de salud".
Cuando
el final estaba próximo, David envió el manuscrito de su autobiografía a
Adam Smith, pidiéndole que se encargara de incluirlo en la edición
póstuma de sus obras. Smith le respondió con una carta en la que le pide
permiso para
"añadir unas líneas al relato de su vida".
El texto impresiona por varias razones. Primero, porque revela el hondo
afecto que existía entre los dos hombres (algo poco común entre dos
intelectuales de fama internacional). Segundo, por el coraje con el
que se habla de la muerte próxima. Smith se refiere sin vacilaciones a ese
mal que
"contra todas
mis esperanzas y deseos, tal vez sea fatal".
Y agrega con admiración:
"Bajo los
efectos de una enfermedad agotadora y en un precario estado de salud que
se ha prolongado por más de dos años, usted ha contemplado la muerte con
una firmeza y serenidad de ánimo que muy pocos hombres han sido capaces de
mantener siquiera por unas horas, y aunque disfrutasen de perfecta salud".
David le responde desde su lecho de muerte, ya sin fuerzas para escribir
con su propia mano:
"Es usted muy
generoso al pensar que esas nimiedades que me conciernen puedan ser dignas
de atención. Pero le doy entera libertad para incluir todas las adiciones
que usted quiera al relato de mi vida".
Murió
el 25 de agosto de 1776, en su querida casa de Edimburgo. Su médico de
cabecera, el doctor Joseph Black, le escribió inmediatamente a Smith para
contarle lo ocurrido:
"Ayer, hacia
las cuatro de la tarde, expiró Mr. Hume. La cercanía de la muerte se hizo
evidente el jueves de noche, cuando se agravó su flojera intestinal y se
agregaron vómitos. En ese estado permaneció el paciente durante la mayor
parte del tiempo que le quedó de vida, llegando a un punto en que su
debilidad no le permitía levantarse de la cama. Continuó hasta el final
perfectamente consciente, libre de dolores fuertes o de sentimientos de
depresión. De sus labios no salió ninguna expresión que revelara
impaciencia. Al contrario, cada vez que tuvo ocasión de dirigirse a
quienes lo rodeaban, lo hizo con afecto y ternura".
Poco
antes de morir, David habla dictado dos cartas. Una es la breve misiva a
Smith en la que lo autoriza a escribir una continuación de su
autobiografía. La otra iba dirigida a Marie‑Charlotte, el gran amor
de su vida:
"Veo acercarse
la muerte poco a poco, pero no siento ansiedad ni temor. Recibe mi saludo,
con gran afecto y respeto, por última vez".
La
apacible muerte de Hume fue tan discutida como sus obras. Para muchos de
sus contemporáneos fue un acontecimiento escandaloso, porque Hume fue
probablemente el primer europeo de renombre que no sólo vivió como un ateo
sino que murió sin reconciliarse con la religión. Muchos miembros de la
Ilustración habían cortado vínculos con las iglesias establecidas, pero
hablan desarrollado sus propias formas de religiosidad.
Hume, en cambio, siempre se mantuvo ateo y
conservó hasta el último momento su convicción de que la muerte es la
aniquilación del individuo. Su serenidad no se fundaba en la esperanza de
una vida en el más allá, sino en la aceptación de esa disolución como una
manera razonable de terminar la existencia.
Muchos
interpretaron esta actitud como un acto de insolencia. Poco después de que
Smith publicara el texto donde relata los últimos días de su amigo, un
profesor de Oxford llamado George Horne divulgó una respuesta en la que
decía que no había nada que admirar en la tranquilidad de Hume. Su
argumento central era que, cuando está a punto de pasar algo grande, no
tiene sentido actuar como si nada ocurriera. Benjamin Franklin, en
cambio, manifestaba toda su admiración desde el otro lado del Atlántico. Y
el célebre doctor Johnson se limitaba a comentar la actitud de
David diciendo: "ese hombre miente".
Sea
razonable o no, lo que parece claro a la distancia es que la serenidad de
Hume era muy sincera. Murió sin renunciar a ninguna de sus convicciones
filosóficas, pero sobre todo murió sin
abandonar la afabilidad y la calidez que lo habían caracterizado durante
toda su vida. Con esto no hizo más que seguir hasta el final la consigna
que él mismo había escrito en una de sus obras:
"Sé filósofo
pero, en medio de toda tu filosofía, continúa siendo hombre".
Nota del autor:
En la preparación
de este capítulo consulté las siguientes obras: Maurice Cranston: The
Solitary Self.
Jean‑jacques Rousseau in
Exile and Adversity
(Chicago, The University of
Chicago Press, (1996); EH. Heinemann: David Hume. The Man and his
Science of
Man. Containing
some unpublished letters of Hume
(París, Hermann, 1940);
Gilles Deleuze: Empirisme et subjectivité.
Essai sur la nature humaine
selon Hume (París,
PUF, 1973); David Fate Norton: David Hume. Common‑Sense Moralist,
Sceptical Metaphysician (Princenton University Press, 1982); Olbeth
Hansberg: La diversidad de las emociones (México, FCE, 1996,
gracias Cecilia Álvez); Donald W Livington: Hume's Philosophy of Common
Life (Chicago, The Chicago University Press, 1984); Michel Malherbe:
"Hume et les morales du sentiment" (Francis Hutchenson, Adam Smith)",
en Monique Canto (ed.): Dictionnaire d' éthique et de philosophie
morale (París, PUF, 1996, pp. 673‑83; Ives Michaud: Hume et la fin
de la philosophie (París, PUF, 1983); E.C. Mossner: The Life of
David Hume (Oxford, Oxford University Press, 1980).
El tema de la muerte
atea de Hume es tratado por Paul Johnson en su último libro, The
Quest for God (Nueva York, Harper Collins, 1996, p.7). Johnson también
se ocupó del conflicto entre Hume y Jean‑Jacques Rousseau en su
conocido libro Intelectuales (Buenos Aires, Vergara, 1988).
Una
presentación brillante aunque discutible de las ideas morales de Hume, y
más en general de la Ilustración escocesa, puede encontrarse en las obras
de Alasdair MacIntyre, particularmente en su A Short History of
Ethics (Nueva York, MacMillan, 1966, traducción española: Historia
de la ética, Buenos Aires, Paidós, 1970, p. 165ss) y Whose justice?
Which Rationality? (Londres, Duckworth, 1988). La cita que aparece en
el texto figura en la página 305. Para un análisis del modo en que el
liberalismo contemporáneo se apropia del pensamiento de Hume puede leerse:
Charles Larmore: Patterns of Moral Complexity (Cambridge, Cambridge
UP, 1987) y John Rawls: Polítical Líberalism (Nueva York, Columbia
University Press, 1993).
Las
editoriales Routledge y Thoemmes Press emprendieron hace unos años la
publicación de los principales materiales producidos por la Ilustración
escocesa. Hasta ahora han aparecido tres series (Scottish
Enlightenment I, II y III) que totalizan 26 volúmenes. Las mismas
editoriales publicaron en octubre de 1996 The Works of James Beattie,
una colección en diez volúmenes que reúne la producción de quien fuera
en vida uno de los principales adversarios de Hume.
El
elogio de Kant a Hume aparece en el Prefacio de los Prolegómenos a
toda metafísica futura. También vale la pena leer la discusión que
hace de sus ideas en la Crítica de la razón pura A760, B788ss. La
frase de Hume sobre la razón como esclava de las pasiones aparece
en el Tratado sobre la naturaleza humana II, III, 3. La frase
con la que se cierra el texto figura en la primera sección de su
Investigación sobre el entendimiento humano.
Desde
1974 existe en Edimburgo una Hume Society que edita dos veces al año la
revista Hume Studies.
Texto extraído de "Historias de filósofos", Pablo da Silveira, Págs
135/163, editorial extra Alfaguara, Buenos Aires, Argentina, 1997.
Selección y destacados: S.R. |
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