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Teoría
de los simulacros y del sueño
Lucrecio
Nota introductoria:
Lucrecio vivió en Roma alrededor de los años 95/55 antes de Cristo,
y era discípulo de Epicuro, expuso en el tratado "De la naturaleza"
la parte de la física, una de las tres en las que se dividía la filosofía
para los epicúreos (junto con la lógica y la ética); su interés, para
nosotros radica en que desarrolla una teoría de cómo llegamos a ver
las imágenes, sean las de la realidad o la de los sueños, a esas emanaciones
que pueden llegar a percibirse o no, las llamó simulacros. Igualmente
es interesante destacar su explicación de cómo se forman las imágenes
en los espejos o la de los meros reflejos en las capas de los senadores
romanos, o en el agua. Podemos percibir, de este modo, como se pensaba
hace más de dos mil años, y además que temas suscitaban ese pensar.
Sergio
Rocchietti
De rerum natura (De la naturaleza)
Argumento del libro IV
Después
de enseñarte los principios de todas las cosas cómo son y cómo,
tan distintos en su forma, revolotean por sí mismos agitados en
eterna moción, y de qué modo puede cada cosa ser creada de ellos,
voy a tratar ahora, en relación estrecha con estas cuestiones, de
la existencia de lo que llamamos simulacros de las cosas,
a los que
podemos llamar películas (membranae) o cortezas (cortex), pues cada
imagen (imago) presenta una forma y apariencia iguales a aquello
de cuyo cuerpo dícese que fluye para vagar fuera.
Teoría de los simulacros (simulacra)
Primero,
porque en el campo de lo sensible muchas cosas despiden emanaciones,
unas que se difunden libremente, como el humo que sale de la leña
y el calor que emite el fuego; otras de trama más densa y tupida,
como cuando en el estío las cigarras dejan sus delicadas túnicas,
y cuando los becerros al nacer se desprenden de la membrana que los
envuelve, o también cuando la escurridiza sierpe se despoja de su
vestido en los zarzales, pues vemos muchas veces las zarzas adornadas
con sus volanderos despojos. Si
tales hechos suceden, también debe emanar de las cosas una impalpable
imagen, desprendida de su superficie. Pues ¿qué razón hay para que
los cuerpos que he dicho se desprendan de las cosas mejor que estas
sutiles películas? Nada puede contestarse. Sobre todo habiendo en
la superficie de las cosas muchos cuerpos minúsculos que pueden
ser emitidos en el mismo orden que estaban, conservando la forma
del objeto, y tanto más presto, porque, siendo pocos (1)
y colocados en primera línea, encuentran menos obstáculos.
Pues
la verdad es que vemos muchos cuerpos prodigar emanaciones,
no sólo de su interior, como antes dijimos, sino también de la superficie,
como a menudo el propio color. Así hacen comúnmente las velas amarillas,
rojas y púrpura cuando, extendidas sobre los espaciosos teatros,
flotan y ondulan entre mástiles y vigas; debajo, el público de las
gradas y todo el ornato de la escena, el grupo augusto de los senadores
se tiñen y fluctúan con sus móviles reflejos; y cuanto más cerrado
queda entorno el recinto del teatro, mayor es el encanto
del riente color que baña lo de dentro, pues la luz del día queda
recogida. Luego,
si los lienzos emiten el color de su superficie, también las demás
cosas deben emitir tenues imágenes, pues una y otra emisión es disparada
desde la periferia. Así, pues, tenemos ya ejemplos
ciertos de formas que vuelan por doquier, hechas de trama impalpable
y que no es posible ver aisladamente una a una.
Además,
si el olor, humo, calor y todas las emanaciones de este tipo
se dispersan al manar de los cuerpos (2)
es porque, mientras suben desde las profundidades de donde
proceden, se escinden por tortuosos conductos, pues sus caminos
no tienen salidas directas por las que puedan escapar todas juntas.
Al contrario, la sutil película (membranae) del color externo, al
ser emitida, no encuentra nada que pueda desgarrarla, pues está
puesta afuera y en primera línea.
En
fin, todos los simulacros que aparecen en los espejos, en el agua
o cualquier superficie brillante, puesto que están dotados del mismo
aspecto de las cosas, necesario es que sean imágenes emitidas por
ellas. Existen, pues, tenues efigies de las formas de las cosas,
semejantes a éstas, que, aunque nadie pueda ver aisladas, al ser
relanzadas sin cesar desde el liso plano del espejo, son capaces
de provocar la visión; sería de otro modo inexplicable que se conservaran
hasta el punto de reproducir la imagen fiel de cada objeto.
Sutileza de los simulacros
Aprende
ahora cuán sutil es la sustancia de los simulacros. Piensa,
ante todo, cuán por debajo están los átomos del umbral de nuestra
sensibilidad y cuán menores son de aquel mínimo donde nuestros ojos
empiezan a no poder percibir; mas escucha ahora unas pocas palabras
para recalcar esto mismo: la extremada sutileza de los corpúsculos
primeros.
En primer lugar, existen animales tan minúsculos, que su tercera
parte es ya del todo invisible. ¿Cómo crees que será cualquiera
de sus vísceras? ¿Cómo, su corazón o sus ojos? ¿Cómo, sus miembros
y artejos? ¡Cuán diminutos! ¿Qué decir de cada uno de los elementos
que deben componer su alma y espíritu? ¿Concibes cómo deben ser
de sutiles y menudos?
Por otra parte, todo lo que exhala de su cuerpo un olor penetrante:
la panacea, el repugnante ajenjo, la fuerte genciana, la centáurea
ingrata; toma la que quieras y ligeramente entre dos dedos aprieta
una hoja; verás cuán largamente dura el olor.
Antes tendrás que reconocer que una multitud de simulacros
vagan de muchas maneras, sin consistencia alguna, incapaces de excitar
los sentidos.
Imágenes de formación espontánea
Pero
no vayas a creer que sólo andan por el espacio los simulacros que
se desprenden de los cuerpos; hay también algunos
que por sí solos se engendran y ellos mismos se producen en esta región
del cielo que llamamos atmósfera, y,
tomando aspectos diversos, son llevados a lo alto, a la manera de
esas nubes que vemos a veces acumularse en las alturas y turbar la
serena faz del firmamento, acariciando el aire con su vuelo; (3)
y así, a menudo, creemos ver volar rostros de gigantes que extienden
su sombra por un largo trecho, o bien grandes montes y peñas arrancadas
de ellos que se adelantan al sol o pasan a su lado, seguidos de un
monstruo que arrastra y conduce otras nubes. Y con todo no cesan de
derretirse y cambiar de figura, tomando las formas y contornos más
diversos.
Rapidez de formación de los simulacros
Oye ahora con qué facilidad y rapidez surgen estas imágenes, cómo
resbalan fuera de los cuerpos desprendiéndose en un perpetuo fluir...
Pues lo que cada vez va quedando en la superficie se desprende de
ella y es disparado; y cuando llega a otros cuerpos, como el vidrio,
los atraviesa; pero si topa contra ásperas piedras y madera, se
destroza en ellas sin poder ya producir ninguna imagen. En cambio,
si se les opone un cuerpo brillante y compacto, como es sobre todo
un espejo, nada de esto ocurre; pues ni lo pueden atravesar como
el vidrio, ni romperse; la lisura del cuerpo los salva. Así es como
las imágenes rebotan desde la superficie a nuestros ojos.
Y no importa cuán súbitamente pongas un objeto cualquiera, en un
momento cualquiera, ante el espejo: siempre aparece la imagen;
lo que te enseña que del exterior del cuerpo fluyen continuamente
tenues urdimbres, tenues figuras. Por tanto, multitud de simulacros
son engendrados en un breve momento, y con razón podemos hablar
de un nacimiento instantáneo. Y así como el sol debe emitir en un
instante muchos rayos, para que el mundo esté continuamente inundado
de luz, de modo semejante es necesario que en un momento las cosas
envíen muchas imágenes, de muchas maneras y en todos sentidos; ya
que, en cualquier dirección que volvamos el espejo, las cosas
se reflejan en él con su propia forma y color.
Además, el azul del cielo, un momento antes tan límpido, se afea
y enturbia de repente: dirías que todas las tinieblas han dejado
el Aqueronte y han llenado las vastas cavernas del cielo; tan siniestra
es la faz del terror que sobre nosotros se cierne, asomando por
entre la horrible noche de las nubes. Y de estas cosas la imagen
es parte tan pequeña, que nadie sabría decirlo ni expresar en palabras
su proporción.
Rapidez de los simulacros
Atiende
ahora: cuán rápida es la moción de los simulacros, qué velocidad
les es dada cuando nadan a través de las auras, cuán breve es el
tiempo que consumen en recorrer un largo camino, cualquiera que
sea la dirección en que los lanzan sus impulsos diversos, voy a
exponértelo en versos más armoniosos que abundantes; así el breve
canto del cisne es mucho más dulce que el clamor que las grullas
esparcen en las etéreas nubes del austro.
En
primer lugar: puede verse por muchos ejemplos que los cuerpos leves
y hechos de elementos minúsculos son rápidos. De este género son
la luz y el calor del sol, pues están constituidos de átomos
diminutos que, como por un martilleo continuo, sin demora atraviesan
los espacios del aire, empujados por el choque de los que vienen
detrás; pues sin cesar la luz sucede a la luz, el rayo es espoleado
por el rayo que inmediatamente le sigue. De la misma manera es forzoso
que los simulacros puedan recorrer inconcebibles espacios
en un solo instante; primero, porque tras ellos, a lo lejos, hay
un pequeño principio impulsor que los mueve adelante (4)
y además por ser disparados con un cuerpo tan liviano;
también porque vuelan formados de textura tan rala, que les es fácil
penetrar cuerpos de cualquier clase y, por así decirlo, colarse
por los intervalos del aire. Además, si los corpúsculos que desde
las recónditas entrañas de un cuerpo son disparados fuera, como
la luz y el calor del sol, vemos que en un instante se esparcen
por todo el ámbito celeste, vuelan por mares y tierras, inundan
el cielo, ¿qué será de los que están ya prestos en primera línea,
cuando son lanzados, sin nada que demore el disparo? ¿No ves que
deben ir mucho más veloces y lejos, y en un tiempo dado cubrir un
trecho muchas veces mayor que el que en el cielo recorren los rayos
solares?
Parece
asimismo ser ejemplo convincente de cuán raudos vuelan los simulacros
corpóreos, el hecho de que, con sólo sacar bajo el cielo estrellado
una tersa superficie de agua, responde al punto en el líquido el
sereno esplendor de los astros del mundo. ¿Ves, pues, en qué tiempo
tan breve la imagen cae a las tierras desde las riberas del éter?
Todos los cuerpos despiden emanaciones
Una
vez más, pues, hay que admitir la emisión de cuerpos que hieren
los ojos y excitan la visión. Cuerpos hay que no cesan de exhalar
olores, así como los ríos emiten frescor, el sol calor, las olas
del mar aquel vapor que corroe los muros junto a la costa. Y por
el aire flotan sin cesar sonidos varios. En fin, cuando estamos
junto al mar, nos viene a menudo a la boca una humedad salobre;
y sí miramos preparar una solución de ajenjo, sentimos su amargor.
Tan cierto es que emanaciones diversas escapan de todas las cosas
y se esparcen en todos sentidos, y no se concede reposo ni tregua
a este fluir, puesto que tenemos continuas sensaciones y podemos
a cada momento ver cualquier objeto, olerlo y oír su sonido.
Teoría de la visión
Además,
si en la oscuridad tentamos con las manos una forma, la reconocemos
idéntica a la vista en el claro candor de la luz, de lo cual se
deduce que una sola es la causa que mueve la vista y el tacto (5).
Ahora bien, si palpamos un objeto cuadrado y sentimos
a oscuras su forma, ¿qué será el cuadrado que en la luz llega a
nuestros ojos, si no es la imagen de aquel cuerpo? Por lo que se
ve que el principio de la visión está en las imágenes, y sin ellas
nada puede verse.
Forma, color, distancia
Pues bien, esos simulacros que digo, vienen de todos lados
y son proyectados y esparcidos a todas partes; pero como nosotros
sólo podemos ver con los ojos, por eso sucede que, según sea la
dirección en que volvemos la vista, todos los objetos que allí se
le enfrentan vienen a impresionarla con su forma y color. Y a qué
distancia esté de nosotros cada cosa, su imagen nos lo hace ver
y nos da el medio de discernirlo. Pues, al ser emitida, al punto
impele y empuja el aire interpuesto entre ella y los ojos; todo
este aire fluye a través de nuestros ojos, despeja, por decirlo
así, las pupilas y pasa. He aquí cómo apreciamos lo que dista cada
cosa; y cuanto más aire es empujado adelante por la imagen, cuanto
mayor es la corriente que roza nuestros ojos, más distanciado nos
parece estar el objeto; pero entiéndase que todo sucede con gran
rapidez, de modo que a un tiempo vemos lo que el objeto es y cuán
lejos se encuentra.
Unidad de las percepciones
A
este propósito no debe en modo alguno admirarnos que, siendo uno
a uno invisibles los simulacros que nos hieren los ojos,
veamos en cambio las cosas mismas. Pues también cuando el viento
redobla sus azotes o nos transe el frío sutil, no sentimos el frío
o el viento en cada aislada partícula, sino más bien su unidad,
y advertimos golpes en nuestro cuerpo, como si algo desde fuera
lo azotara y se revelara corpóreo al contacto. Además, cuando damos
con el dedo en una piedra tocamos el propio color externo y superficial
del pedrusco, pero no sentimos el color con el tacto; percibimos
más bien la dureza que reside en el interior de la piedra (6)
Teoría del espejo
Atiende
ahora: oye la razón de que veamos la imagen al otro lado del espejo;
pues de veras parece estar muy adentro; es como las cosas que realmente
vemos afuera, cuando la puerta está abierta y deja libre paso a
la vista, permitiendo distinguir desde dentro muchas cosas del exterior.
Pues también aquí la visión se produce por una doble corriente de
aire: (7)
vemos primero el aire a este lado del dintel, sigue
la puerta misma, con sus batientes a la derecha y a la izquierda;
roza después las pupilas la luz de fuera y una segunda afluencia
de aire, y las cosas que vemos, y están realmente, allende las puertas.
Así, en cuanto se proyecta la imagen del espejo, mientras viene
a nuestras pupilas, empuja y arrastra todo el aire interpuesto entre
ella y los ojos, y nos lo hace sentir todo, antes de que podamos
percibir el espejo; pero al punto que percibimos éste, una imagen
salida de nosotros llega al espejo y nos vuelve, rechazada, a los
ojos, impeliendo y haciendo rodar ante sí una nueva masa de aire
que nosotros sentimos antes que a ella; y ésta es la razón de que
parezca estar tan lejos del espejo. Así, repito, no hay por qué
extrañarse de que, con las cosas que vemos a través de una puerta,
ocurra lo mismo que con las que mandan su imagen desde una superficie
bruñida, pues ambos fenómenos se producen gracias a una doble masa
de aire.
[...]
Engaños del sueño
Por último, cuando el sueño con suave sopor nos ha atado los miembros,
y el cuerpo entero yace en profunda quietud, nos figuramos estar
despiertos y mover nuestros miembros, y en la ciegas tinieblas nocturnas
creemos ver el sol y la luz del día, y aunque en una habitación
cerrada, nos parece que cambiamos de cielo, de mar, de ríos, de
montes, que andando cruzamos llanuras y oímos sonidos, aunque por
todas partes reine el severo silencio de la noche, y estando callamos
creemos hablar.
Veracidad de los sentidos
Muchos
otros fenómenos sorprendentes de este género vemos, que parecen
tender todos a destruir la fe en los sentidos; pero en vano. Porque,
en su mayor parte, el
engaño proviene de las conjeturas que nuestra mente les añade, admitiendo
como visto lo que los sentidos no vieron. Pues
nada es más difícil que distinguir los hechos evidentes de las suposiciones
que por su cuenta les añade precipitadamente nuestro espíritu.
[...]
Teoría de las visiones del espíritu
Escucha ahora qué cosas mueven el espíritu
y aprende en pocas palabras de dónde procede lo que a la mente viene
(8).
Afirmo esto en primer lugar: en todas direcciones vaga una multitud
de simulacros de toda especie, sutiles, que al encontrarse
en el aire se unen fácilmente, como hacen las telarañas y los panes
de oro. En verdad que éstos son de una trama mucho más tenue que
las que nos hieren los ojos y provocan la visión, ya que penetran
por los poros del cuerpo y, dentro, conmueven la sutil sustancia
del alma (animi) y excitan la sensibilidad.
Así
vemos centauros, miembros de Escilas, caninas faces de Cérberos
y las imágenes de gente que ha afrontado ya la muerte y cuyos huesos
abraza la tierra; pues simulacros de toda clase son llevados
de un lado a otro, unos nacidos espontáneamente en la atmósfera
misma, otros desprendidos de los diversos objetos, otros compuestos
por la unión de estas mismas figuras. Pues ciertamente la imagen
de un centauro no se forma de un centauro vivo, ya que animal semejante
jamás existió; pero si, por azar, se encuentran una imagen de hombre
y otra de caballo, se adhieren al instante fácilmente, como antes
dijimos, por lo sutil de su sustancia y su tenue textura. Así se
crean las demás formas de este género; cualquiera de estas sutiles
imágenes, rápidamente arrastrada gracias a su extrema ligereza,
como antes mostré, de un solo golpe conmueve fácilmente nuestro
espíritu (animun), pues la mente (mens) es también sutil
y de movilidad maravillosa.
Que
esto es así como digo, fácilmente lo verás por lo que sigue: puesto
que las dos visiones son semejantes, la de la mente y la de los
ojos, forzoso es que se produzcan por semejante manera. Ahora bien,
habiendo demostrado que veo, por ejemplo, un león, gracias a los
simulacros que excitan mis ojos, infiérese de aquí que el
espíritu es excitado por la misma causa, y que ve a un león o cualquier
otra cosa con auxilio de simulacros, ni más ni menos que los ojos,
sólo que distingue imágenes más sutiles.
Y no
es otra la causa de que, cuando el sueño
tiene derribados los miembros, nuestro espíritu permanezca en vela:
porque lo excitan los mismos simulacros
que cuando estamos despiertos, hasta el punto que creemos ver
al que, dejando la vida, fue ya presa de la muerte y de la tierra.
La Naturaleza produce estas ilusiones porque todos los sentidos
del cuerpo reposan, paralizados, en los miembros, incapaces de refutar
el error contrastándolo con la verdad. Además, la memoria yace sumida
en lánguido sueño y no arguye que aquel que el espíritu cree ver
en vida, fue presa ya hace tiempo de la muerte.
Por lo demás, no es maravilla que los simulacros se muevan
y agiten cadenciosamente brazos y miembros; pues tal parecen hacer
a veces las imágenes en sueños. En efecto, apenas se ha disipado
una imagen, le sucede otra en distinta posición, y parece que es
la primera que ha cambiado de gesto. Esto sucede, naturalmente,
de un modo muy rápido: tanta es la movilidad y la abundancia de
imágenes, tanta la multitud de partículas emitidas en el mínimo
tiempo sensible, que su provisión no se agota.
Celeridad del pensamiento
Muchas
cuestiones hay en este asunto y muchos puntos tenemos que aclarar
si queremos exponerlo exhaustivamente.
Pregúntase, en primer lugar,
por qué, cuando nos viene el capricho de pensar en un objeto, el
espíritu (mens) se lo representa en seguida. ¿Será que los
simulacros acechan nuestra
voluntad, y la imagen corre a nuestro encuentro luego que queremos,
sea el mar, la tierra o, en fin, el cielo, el objeto de nuestro
deseo? Asambleas, cortejos, festines,
batallas, ¿todo lo crea y dispone la Naturaleza a una palabra nuestra?
Y esto a pesar de que cada cual, en la misma región y la misma comarca,
concibe en su espíritu (animus) ideas por completo diferentes de
las que piensan los demás. Y ¿cómo explicar, después, que durante
el sueño veamos los simulacros avanzar rítmicamente
y mover sus delicados miembros, y ágiles extender alternativamente
los brazos flexibles y acompañar el gesto con el acorde movimiento
de los pies? Sin duda los simulacros habrán estudiado el
arte de la danza y estarán imbuidos de sus principios, para poder
dar espectáculos vagando por la noche.
0 quizá la explicación es esta otra: que en una unidad de tiempo
sensible, es decir, en el tiempo en que emitimos una voz, se disimulan
muchos tiempos, cuya existencia descubre la razón
(9) y así se explica
que en todo momento y lugar se encuentren simulacros prestos
para ser percibidos
Tanta
es la movilidad y tanta la abundancia de imágenes. Así, apenas una
se ha disipado, le sucede otra en distinta posición; y parece que
es la primera que ha cambiado de gesto.
Y como
son sutiles, el espíritu (animus) no es capaz de verlas claramente,
a menos que a ello se aplique; de ahí que todas las demás se pierdan,
fuera de las que el espíritu preparó por sí mismo. El espíritu se
prepara, pues, por sí mismo, y espera que podrá ver lo que a cada
cosa le sigue; y así luego sucede (10).
¿No ves cómo también los ojos se esfuerzan y preparan, cuando se
ponen a mirar objetos minúsculos, y que de otro modo sería imposible
el ver distintamente? Aparte que también en las cosas claramente
visibles puedes observar que, si no atiendes bien, parece como si
en todo momento los objetos estuvieran apartados en remota lejanía.
¿Qué tiene, pues, de extraño que para el espíritu se pierdan todos
los simulacros, excepto aquellos a los que ha prestado atención?
Además, partiendo de pequeños indicios, imaginamos a veces las más
grandes cosas, y nos inducimos a error nosotros mismos.
Mutaciones en los sueños
Sucede también que, a veces, una imagen no es sustituida por otra
del mismo género, sino que lo que fue antes mujer parece convertirse
en hombre ante nuestros ojos, o que se sucedan unas a otras caras
y edades distintas; el sopor y el olvido se encargan de impedir
nuestro asombro.
[...]
El sueño y sus causas
Ahora,
cómo el sueño derrama la quietud por los miembros y suelta del pecho
los cuidados del espíritu, lo explicaré en versos más armoniosos
que abundantes; mejor es el breve canto del cisne que el clamor
de las grullas que se esparce en el éter desde las nubes del austro.
Tú préstame oído sutil y sagaz atención; no vayas a negar la verosimilitud
de lo que digo y te alejes de mí rechazando de tu pecho la verdadera
doctrina, siendo tuya la culpa de no poder distinguirla.
En
primer lugar, el sueño viene cuando la energía del alma (animae)
está dispersa en los órganos y parte de ella escapó, expulsada fuera,
mientras el resto, cediendo a la presión, se retiraba a lo hondo;
entonces se desatan los miembros y se aflojan. Pues, sin duda alguna,
es obra del alma la sensibilidad de nuestro cuerpo;
así, cuando el sueño impide la sensibilidad, debemos pensar
que el alma está perturbada y expulsada al exterior; no toda,
sin embargo, pues sí así fuera, el cuerpo yacería sumergido en el
eterno frío de la muerte. En efecto, sí ninguna parte del alma
quedara latente en el organismo, como se oculta un tizón enterrado
en mucha ceniza, ¿cómo podría la sensibilidad encenderse de nuevo
en los miembros, semejante a una llama que surge del rescoldo?
Pero,
¿qué causas producen tal novedad y de dónde viene al alma esta turbación
y al cuerpo tal languidez? Voy a exponerlo; tú cuida que no eche
mis palabras al viento.
Primeramente,
la superficie del cuerpo, contigua al aire y expuesta a su contacto,
debe ser sacudida y batida por sus incesantes embates; por este
motivo casi todos los seres están cubiertos de pellejo o bien de
conchas, callos o corteza (11).
En la respiración, este mismo aire azota también la parte interior,
al ser inspirado y exhalado. Molido así el cuerpo por golpes de
dentro y de fuera, y llegando los golpes, a través de los exiguos
poros, hasta los elementos primordiales de nuestro ser, se produce
en nuestros miembros como un derrumbamiento paulatino. En efecto,
la disposición de los átomos del cuerpo y del espíritu
sufre un trastorno. Sucede después que una parte del alma
es echada fuera, otra parte retrocede a ocultarse hacia dentro,
y otra parte también, dispersa en los miembros, no puede mantener
la cohesión con el resto ni coordinar sus movimientos, pues la naturaleza
interrumpe contactos y vías; en consecuencia, alterados los movimientos,
la sensibilidad se refugia hacia el fondo.
Y como ya no hay nada que, por así decir, apuntale al organismo,
se debilita el cuerpo, languidecen todos los miembros, brazos y
párpados caen y, hasta estando acostados, dóblanse las rodillas
y se relajan los músculos.
También el comer provoca el sueño, porque el alimento, cuando
se reparte por todas las venas, produce los mismos efectos que el
aire. Y es mucho más profundo el sueño que tienes cuando
estás harto o cansado, porque es más general entonces el trastorno
de los átomos, agotados por el largo trabajo. Por la misma razón
es más profundo el retroceso del alma, mayor la cantidad
de átomos expulsados al exterior, y los que quedan están más separados
y dispersos.
Los sueños
Y
la afición a que cada uno está más devotamente entregado, las cosas
en que más nos hemos detenido en el pasado y a las que el espíritu
ha puesto mayor atención, son las mismas que parecen comúnmente
ocuparnos en los sueños: (12)
los abogados, pleitear y redactar leyes; los generales, combatir
y lanzarse al asalto; los navegantes, proseguir la lucha entablada
con los vientos; yo mismo, aplicarme a mi tarea, investigar la Naturaleza
sin cesar y exponer mis hallazgos en la lengua patria. De este modo,
las demás aficiones y artes ocupan de ordinario en sueños
a los hombres con engañosas imágenes. Los que dedicaron muchos días
seguidos a contemplar atentos los juegos del circo, cuando ya los
sentidos han cesado de ocuparse en el espectáculo, vemos, no obstante,
que suelen conceder en su mente paso franco a la introducción de
los mismos simulacros. Y así, durante muchos días, idénticas
imágenes se ofrecen a sus ojos, y aun despiertos creen ver a los
danzarines mover sus ágiles miembros, y sus oídos perciben el límpido
canto de la cítara y el acento de las cuerdas, y contemplan el mismo
concurso, y ven la escena resplandeciente con sus varios adornos.
Tanto influyen la afición y el placer y las cosas en que uno habitualmente
se ocupa; y no sólo en los hombres, sino en todos los animales.
Como
que los caballos animosos, aun cuando sus miembros yacen en el
sueño, los verás cubrirse de sudor con un jadeo continuo, y
poner en tensión todos sus músculos, como si trataran de ganar la
palma o lanzarse a la carrera al abrirse las cuadras.
A menudo, los
perros de caza, durante el blando sueño, agitan las patas de súbito,
lanzan ladridos repentinos y resoplan rápidamente, como si hubieran
descubierto y siguiesen el rastro de una pieza. Y a veces se despiertan
y persiguen vanos simulacros de ciervos, como si los vieran huir,
hasta que vuelven en sí, desvanecido el error. También la pacífica
raza de los canes domésticos se sobresaltan y pugnan por levantar
el cuerpo del suelo como si vieran caras y figuras extrañas. Y cuanto
más feroz es la índole de una especie, más salvajes deben mostrarse
en sueños. Pero, al contrario, las pintadas aves huyen, y sus alas,
en la noche, alborotan de repente los bosques sagrados, si en su
blando dormir han creído ver gavilanes que les libran batalla y
las persiguen volando.
Además, los
espíritus (mentes) de los hombres que con fuertes decisiones han
realizado grandes hechos, los repiten y ejecutan también en sus
sueños: los reyes conquistan, caen prisioneros, dirigen batallas,
levantan el grito, como si allí los degollaran. Muchos bregan y
gimen de dolor y, como si una pantera o un cruel león los devorara,
llenan la casa de penetrantes chillidos. Muchos durante el sueño
revelan importantes secretos, y a veces prestaron testimonio de
su propio crimen. Muchos afrontan la muerte. Muchos, creyendo dar
con todo el cuerpo en tierra desde un alto monte, despiertan sobresaltados
y, saliendo del sueño como enloquecidos, a duras penas vuelven en
sí, tan agitado está su cuerpo. Hay quien, sediento, se detiene
a la vera de un río o de una amena fuente, y poco le falta para
tragarse todo su caudal. A veces los niños, en brazos del sueño,
si se imaginan que se levantan la ropa ante un bacín o una tinaja,
esparcen el líquido filtrado de todo su cuerpo y riegan los espléndidos
tapices babilónicos.
Después, cuando
en los vasos juveniles penetra por primera vez el semen, madurado
en los miembros por efecto del tiempo, acuden de fuera imágenes
de cuerpos indeterminados anuncios de un rostro agradable y de una
tez hermosa, que irritan y solicitan los órganos túrgidos con la
abundancia de semen, y a menudo, como si todo estuviera consumado,
esparcen copiosamente este líquido y ensucian las ropas.
Notas:
(1)
Pocos en comparación con el número de átomos que componen la masa
de un cuerpo.
(2)
Por este motivo las emanaciones, aunque excitan los sentidos,
no reproducen la forma de los objetos, como hacen los simulacros.
(3)
La súbita formación de las nubes es tomada como ejemplo de la rapidez
con que se forman los simulacros.
(4)
El movimiento interno de los átomos del cuerpo emisor de los simulacros.
(5)
El objeto que palpamos «toca» las manos, y el simulacro que impresiona
nuestra mente «toca» los ojos. De ahí que las impresiones táctiles
y las visuales sean debidas a una causa similar.
(6)
El sentido de estos ejemplos es que la visión se produce, no por
la percepción de un solo simulacro, sino por la superposición «cinematográfica»
de muchos simulacros sucesivos e idénticos.
(7)
Es, en realidad, una sola corriente, pero dividida en dos: la del
aire interpuesto entre el observador y la puerta, y la del situado
entre la puerta y el objeto.
(8) Según la epistemología
sensualista de Epicuro, también el pensamiento opera sobre «simulacros»
análogos a los de la visión. Siendo igualmente materiales el espíritu
(racional) y el alma (sensitiva), los dos deben funcionar por medio
de un contacto material con el objeto o con emanaciones de éste.
(9) Así como la
cantidad mínima de materia perceptible contiene un número incalculable
de átomos, también la menor unidad perceptible de tiempo está formada
por una multitud de tiempos menores, en cada uno de los cuales puede
presentarse un simulacro.
(10)
El espíritu no se limita pasivamente a reaccionar ante las imágenes
que lo conmueven. Es necesario que previamente "se lance"
sobre la imagen para aprehenderla. Este acto de atención (epibolé
tés dianoias) constituye una pieza fundamental de la psicología
epicúrea.
(11) No hay
que entender esto en el sentido de que pellejos, conchas y cortezas
hayan sido creados con vistas a su función; ello sería contrario
a la actitud antifinalista de Lucrecio. La mejor defensa del cuerpo
es efecto, y no causa, de aquella protección.
(12) Si el sueño
suspende las funciones del anima, el animus o espíritu queda en
vela, y en mejor situación para atender a los simulacros que sólo
son perceptibles para él.
Nota [S.R.]:
Hay dos principios fundamentales en la filosofía epicúrea (materialista
o atomística, dirían los manuales), uno, "nada nace de la nada"
y dos, "nada vuelve a la nada". No entraremos en la consideración
de éllos, lo único a destacar es que en el mundo no hay más que
dos elementos, materia y vacío. Cuestiones que anticipan consideraciones
posteriores, por ejemplo, las de la ciencias exactas actuales. Lucrecio
nunca utiliza el vocablo átomo (atomi) como lo hace Cicerón, transcribiendo
la palabra griega átomos, aquél emplea primordia (arjé), primeros
principios, al adoptar ésta y otras denominaciones similares, semina
rerum, exordia, corpora prima, apunta más a la función cosmológica
de los átomos que a su propiedad física de la indivisibilidad.
Debemos subrayar
y dejar para más adelante que el libro III explica como el alma,
compuesta de anima, principio vital, y el animus, espíritu y mente,
está compuesta de elementos materiales y, por lo tanto, es mortal
como el cuerpo. Mens (mente) se utiliza para denominar las facultades
intelectuales del espíritu (anima, ubicada en el corazón), el anima
(alma) estrictamente, no es racional, y está esparcida por todo
el cuerpo, cuyo principio vital constituye. El ánima hace
de intermediaria entre la mens y el cuerpo.
Texto
extraído de "La naturaleza de las cosas", Lucrecio, Libro
cuatro, edición bilingüe, editorial Bosch, Barcelona, España, 1976.
Traducción
y notas de traductor: Eduard Valentí Fiol
Selección,
destacados y nota introductoria y final: Sergio Rocchietti
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