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El erotismo
Georges Bataille
Nota introductoria:
Traemos el inicio y el final del texto "El
erotismo" de Georges Bataille. Hacemos ausentar el contenido
de lo que se sucede en el mismo. Con la invitación de que sean ustedes
los que lo recorran.
Entre la introducción y la conclusión del
erotismo. El erotismo: introducido y concluido. Entre el inicio
y la conclusión: ¿qué? Nosotros.
Introducir el erotismo no es más que haber
sido introducido en el cuerpo. En un cuerpo fragmentado con parcelas
de letras. Ese es un inicio nunca encontrado. Despertar es ya recordar
en palabras, es haber adquirido la dimensión irreductible de un
pasaje al otro lado del abismo. De un lado al otro no hay recuerdo,
¿se hará aquí presente el río Leteo (el río del olvido de las almas)
del Platón de la República? (ver el mito de Er).
Plasmemos la idea de una conciencia difundiéndose
como un líquido metálico en un cuerpo, en ese caso la conciencia
admitiría consideraciones de la dinámica de los fluidos. Pero la
conciencia no se infunde sóla, hay ciertos parásitos que la acompañan,
o ciertas infecciones, no hacemos más que epidemiologizar el estatus
de "nuestra" lucidez de especie desarreglada, de extraño
fenómeno de creación equivocada ¿o vamos a suponer, o aún más, vamos
a creer en aquella postulación religiosa, del "punto culminante
de la creación". Por cierto que no. La conciencia humana, conciencia
de conciencia, autoconciencia (Hegel), el para-sí (Sartre), no va
sin la infección de lo sexual, sin la corrosión de lo erótico. Eros
no es Logos. Eros-Dionisos abruma al Logos-apolíneo y sin embargo,
nunca las oposiciones son puras, pero no estamos para esas consideraciones.
La infección erótica es devenir de esas letras que fragmentan la
gran meta ciega: la reproducción. Y desde entonces, lo insoportable
se asienta una vez más en lo humano, en su propio cuerpo la tensión
se hace insoportable y todo por no poder aceptar el "celo"
animal y dispersar lo sexual en dispersas diversidades. Claro que
no es un simple aceptar de la conciencia lo que solucionaría todo;
tanto lo erótico del Eros como la "lúcida" conciencia
dependen de esas letras que cual filo acerado desgarran toda unión
buscada. El divino andrógino, animal que reúne los dos sexos, o
dos cuerpos que se aman, sean cuales fueren sus genitales, no es
más que el mito de Aristófanes (ver El Banquete de Platón). Y un
mito, lo sabemos, no es más que la ilusión elevada a origen. El
origen de una conclusión que nos calma (otro inicio).
Para Bataille en la cima del erotismo hay
silencio, nada que hacer allí con el lenguaje, ¿será que en la cima
del erotismo el lenguaje se torna grito o jadeo, torpe respiración?
El lenguaje se desacopla ante la unión de los cuerpos. Estalla en
sus fragmentos constitutivos y recupera sus energías de unificación.
Para Bataille en la cima de la filosofía se
encuentran los interrogantes supremos: ¿qué somos? Y la filosofía
se sigue interrogando con el lenguaje, sin él no seríamos nosotros,
pero no puede acoger en sí, en su pensamiento, en su interrogación,
nada del silencio, la filosofía rechaza el silencio. El lenguaje
rechaza el silencio. Logos busca Logos.
Para Bataille, Logos puede ser Eros. Si las
preguntas pueden incluir el silencio de la cima del erotismo, Eros
y Logos podrán en un instante reunirse. Para una vez logrado ello
volver a distanciarse. La unidad es imposible por lo mismo que por
lo que podemos preguntarnos: por el lenguaje. Logos no es Eros.
Sergio Rocchietti
Es posible decir que el erotismo es la aprobación de la vida
hasta en la muerte. En rigor, ésta no es una definición pero creo
que dicha fórmula da mejor que otra el sentido del erotismo. Si se
tratase de una definición precisa, por cierto habría que partir de la
actividad sexual de reproducción, de la que el erotismo es una forma
particular. La actividad sexual de reproducción es común a los animales
sexuados y a los hombres, pero aparentemente
sólo los hombres han hecho de su
actividad sexual una actividad erótica,
ya que lo que diferencia el erotismo y la actividad sexual simple es una
búsqueda psicológica independiente del fin natural de la reproducción y el
cuidado de los hijos. De esta definición elemental, torno inmediatamente a
la fórmula que propuse en primer lugar, según la cual
el erotismo es la aprobación de
la vida hasta en la muerte. En efecto,
aunque la actividad erótica sea ante todo una exuberancia de la vida, el
objeto de esta búsqueda psicológica, independiente como he dicho del
propósito de reproducción de la vida, no es ajeno a la muerte. Hay
ahí una paradoja tan grande que, sin esperar más, trataré de dar una especie
de razón de ser a mi afirmación con las dos citas siguientes: "Desgraciadamente el secreto es demasiado conocido
-observa Sade- y no hay libertino algo avezado que no sepa
cuánto poder tiene el crimen sobre los sentidos. . ."
El mismo escribe esta frase más singular: "No
hay mejor manera de familiarizarse con la muerte que asociarla con una idea
libertina."
He hablado de una especie de razón de ser. En efecto, el
pensamiento de Sade podría ser una aberración. De todas maneras,
aunque sea cierto que la tendencia a que se refiere no es tan rara en la
naturaleza humana, se trata de sensualidad aberrante. Sin embargo subsiste
una relación entre la muerte y la excitación sexual. Ver o
imaginar el crimen pueden provocar, por lo menos en enfermos, el deseo del
goce sexual. No podemos limitarnos a decir que la enfermedad es la causa de
esa relación. Personalmente admito que en la paradoja de Sade se
revela una verdad.
Esta verdad no está restringida
al horizonte del vicio: creo asimismo que puede ser la base de nuestras
representaciones de la vida y de la muerte.
Creo en fin que no podemos reflexionar sobre el ser independientemente de
esta verdad. El ser, muy a menudo, parece darse a los hombres fuera
del movimiento de la pasión. Diré, por el contrario, que jamás debemos
representarnos el ser fuera de esos movimientos.
Pido disculpas por partir ahora de una consideración filosófica.
En general, el error de la filosofía es alejarse de la vida.
Pero quiero que ustedes se tranquilicen de inmediato
(1).
La consideración que introduzco se relaciona con la vida de la manera
más íntima: se relaciona con la actividad sexual, considerada esta vez a la
luz de la reproducción. He dicho que la reproducción se oponía al
erotismo, pero si es cierto que el erotismo se define por la
independencia del goce erótico con respecto a la reproducción como fin, el
sentido fundamental de la reproducción no deja de ser la clave del erotismo.
La reproducción pone en juego seres discontinuos.
Los seres que se reproducen son distintos unos de los otros y los seres
reproducidos son tan distintos entre sí como de aquellos de los que
proceden. Cada ser es distinto de todos los demás. Su nacimiento, su muerte
y los acontecimientos de su vida pueden tener interés para los otros, pero
él es el único interesado directamente. Nace y muere solo. Entre un ser y
otro hay un abismo, hay una discontinuidad.
Este abismo se sitúa, por ejemplo, entre ustedes que me escuchan y yo que
hablo. Tratamos de comunicarnos, pero ninguna comunicación entre nosotros
podrá suprimir una diferencia primordial. Si ustedes mueren, no soy yo quien
muere. Ustedes y yo somos seres discontinuos.
Pero no puedo evocar este abismo que nos separa sin tener inmediatamente
la sensación de una mentira. Este abismo es profundo; no veo la forma de
suprimirlo. Sólo en común podemos experimentar el vértigo que produce. Puede
fascinarnos. Este abismo en un sentido es la muerte y la muerte es
vertiginosa, es fascinante.
Ahora intentaré mostrar que, para nosotros que somos seres discontinuos,
la muerte tiene el sentido de la continuidad del ser:
la reproducción conduce a la
discontinuidad de los seres, pero pone en juego su continuidad, es decir que
está íntimamente relacionada con la muerte.
Hablando de la reproducción de los seres y de la muerte trataré de mostrar
la identidad de la continuidad de los seres y de la muerte, que son
igualmente fascinantes y por cuya fascinación está dominado el erotismo.
Quiero hablar de una perturbación elemental, de algo cuya esencia es un
desorden que conduce al naufragio. Sin embargo, en primer lugar, los hechos
de que partiré deben parecer indiferentes. Son hechos que establece la
ciencia objetiva y a los que aparentemente nada diferencia de otros hechos
que sin duda nos conciernen, pero de lejos, sin poner en juego nada que
pueda conmovernos íntimamente. Esta aparente insignificancia es engañosa,
pero hablaré de ella con toda sencillez, como si no tuviese la intención de
desengañarlos a ustedes inmediatamente.
Ustedes saben que los seres vivos se reproducen de dos maneras. Los seres
elementales tienen reproducción asexuada, pero los seres más
complejos se reproducen sexualmente.
En la reproducción asexuada, el ser simple que es la célula se divide en
un momento de su crecimiento. Se forman dos núcleos, y de un solo ser
resultan dos. Pero no podemos decir que un primer ser ha dado nacimiento a
un segundo. Los dos seres nuevos son producto del primero. El primer ser ha
desaparecido.
Esencialmente ha muerto, porque no sobrevive en ninguno de los seres que
ha producido. No se descompone, como los animales sexuados que mueren, pero
deja de ser. Deja de ser en la medida en que era discontinuo. Sólo que en un
momento de la reproducción ha habido continuidad. Existe un momento en que
el uno primitivo se transforma en dos.
Desde el instante en que hay dos, de nuevo hay discontinuidad de cada uno
de los seres. Pero el tránsito implica un instante de continuidad
entre los dos. El primero muere pero en su muerte aparece un instante
fundamental de continuidad de dos seres.
La misma continuidad no puede aparecer en la muerte de los seres
sexuados, cuya reproducción. en principio es independiente de la agonía y de
la desaparición. Pero la reproducción sexual, que básicamente pone en
juego la división de las células funcionales de la misma manera que en la
reproducción asexuada, hace intervenir una nueva especie de tránsito de la
discontinuidad a la continuidad. El espermatozoide y el óvulo están en el
estado elemental de los seres discontinuos, pero se unen, en
consecuencia se establece entre ellos una continuidad para formar un nuevo
ser, a partir de la muerte, de la desaparición de los seres separados. El
nuevo ser es discontinuo, pero lleva en sí el tránsito a la continuidad, la
fusión, mortal para cada uno de ellos, de los dos seres distintos.
Para aclarar esos cambios, que pueden parecer insignificantes, pero que
están en la base de toda forma de vida, sugiero a ustedes que imaginen
arbitrariamente el tránsito del estado en que están a un perfecto
desdoblamiento de su persona, al que no pudieran sobrevivir, porque los
dobles surgidos de ustedes diferirían esencialmente de ustedes.
Necesariamente, cada uno de esos dobles no sería el mismo que cada uno de
ustedes es ahora. En efecto, para ser el mismo, uno de los dobles debería
continuar al otro, y no volverse opuesto a él, corno ha ocurrido. Es algo
tan extrafio que resulta casi inimaginable. Por el contrario, si imaginan
una fusión análoga a la del espermatozoide y el óvulo entre uno de ustedes y
otra persona, se representarán sin demasiada dificultad el cambio de que se
trata.
No sugiero estas imágenes groseras con el propósito de introducir
precisión. Entre las conciencias claras que somos y los seres ínfimos de que
se trata, hay una distancia considerable. Sin embargo, hay que estar
prevenido contra la costumbre de mirar únicamente desde afuera
a esos seres ínfimos; contra la costumbre de mirarlos como cosas que no
existen adentro. Ustedes y yo existimos adentro.
Pero ocurre lo mismo con un perro, y también con un insecto o un ser más
pequeño. Por simple que sea un ser, no hay un umbral a partir del cual
aparece la existencia adentro. Ésta no puede ser el
resultado de la complejidad creciente. Si los seres íntimos no tuviesen a su
manera una existencia adentro, ninguna complejidad podría hacerla aparecer.
La distancia entre esos animálculos y nosotros no deja de existir. Las
imágenes pasmosas que he propuesto no pueden por lo tanto adquirir un
sentido preciso. Sólo he querido evocar, de una manera paradojal, los
ínfimos cambios de que se trata, que están en la base de nuestra vida.
En la base, hay tránsitos de lo continuo a lo discontinuo o de lo
discontinuo a lo continuo. Somos seres discontinuos, individuos que mueren
aisladamente en una aventura ininteligible, pero tenemos la nostalgia de la
continuidad perdida. No podemos soportar
la situación que nos amarra a la individualidad por azar, a la
individualidad perecedera que somos. Al mismo tiempo que experimentamos el
deseo angustiado de la duración de lo perecedero, tenemos la obsesión de una
continuidad primera, que generalmente nos liga al ser. La
nostalgia de que hablo no tiene nada que ver con el conocimiento de
los datos fundamentales que he introducido. Alguno puede sufrir por no estar
en el mundo como una ola perdida en la multiplicidad de las olas, que ignora
los desdoblamientos y las fusiones de los seres más simples. Pero en todos
los hombres esta nostalgia gobierna las tres formas del erotismo.
Hablaré de esas tres formas sucesivamente: a saber, el erotismo de los
cuerpos, el erotismo de los corazones, y por fin el erotismo sagrado.
Hablaré de ellas para mostrar que
lo que está permanentemente en
cuestión en dichas formas es la sustitución del aislamiento del ser, su
discontinuidad, por un sentimiento de profunda continuidad.
Es fácil advertir lo que designa el erotismo de los cuerpos o el de los
corazones, pero la idea de erotismo sagrado es menos familiar. Por
otra parte la expresión es ambigua en la medida en que todo erotismo es
sagrado, pero hallamos los cuerpos y los corazones sin entrar en la esfera
sagrada propiamente dicha. Mientras que la búsqueda de una continuidad del
ser perseguida sistemáticarnente más allá del mundo inmediato designa
una actitud esencialmente religiosa, el erotismo sagrado, en su forma
familiar en Occidente, se confunde con la búsqueda, exactamente con el amor
de Dios, pero el Oriente persigue una búsqueda similar sin poner en juego
necesariamente la representación de un Dios. El budismo en particular
prescinde de esta idea. Sea lo que fuere, quiero insistir desde ahora con
respecto a la significación de mi tentativa. Me he esforzado por introducir
una noción que en el primer momento podía parecer extraña, inútilmente
filosófica: la de
continuidad opuesta a la discontinuidad del ser.
Puedo en fin subrayar el hecho de que, sin esta noción, la significación
general del erotismo y la unidad de sus formas se nos escaparían.
Por medio del rodeo de una exposición sobre la discontinuidad y la
continuidad de los seres ínfimos, comprometidos en los movimientos de la
reproducción, intento salir de la oscuridad en que el inmenso dominio del
erotismo ha estado siempre sumergido. El erotismo tiene un secreto
que en este momento me esfuerzo por violar. ¿Será posible hacerlo sin ir en
primer lugar a lo más profundo, sin ir al corazón del ser?
He tenido que reconocer más arriba que las consideraciones sobre la
reproducción de los seres ínfimos podían considerarse insignificantes,
in-diferentes. Carecen del sentido de violencia elemental, que anima los
movimientos del erotismo, cualesquiera sean.
Esencialmente, el terreno del
erotismo es el terreno de la violencia, el terreno de la violación.
Pero reflexionemos sobre el tránsito de la
discontinuidad a la continuidad de los seres ínfimos. Si nos atenemos a lo
que esos estados significan para nosotros, comprendemos que el arranque del
ser a la discontinuidad es siempre el más violento. Para nosotros, la
violencia máxima es la muerte que, precisamente, nos arranca de
nuestra obstinación de ver durar al ser discontinuo que somos. Perdemos el
valor ante la idea de que la individualidad discontinua que hay en nosotros
va a aniquilarse súbitamente. Nos cuesta asimilar a los de nuestro corazón
los movimientos de los animáculos comprometidos en la reproducción,
pero por ínfimos que sean los seres, no podemos imaginarnos sin violencia la
puesta en juego del ser en ellos: lo que está en juego en el tránsito de la
discontinuidad a la continuidad es el ser elemental en su totalidad. Sólo la
violencia puede replantear todo en esa forma; la violencia y la perturbación
sin nombre que le está unida. Sin una violación del ser constituido -que se
ha constituido en la discontinuidad podemos representarnos el tránsito de un
estado a otro, esencialmente distinto. No sólo encontramos en los agitados
pasajes de los animáculos comprometidos en la reproducción el fondo de
violencia que nos sofoca en el erotismo de los cuerpos, sino que se nos
revela el sentido íntimo de esta violencia. ¿Qué significa el erotismo
de Ics cuerpos sino una violación del ser de los participantes? ¿Qué
significa sino una violación que Iimita con la muerte, con el
crimen? Todo el
erotismo tiene como fin alcanzar al ser en lo más íntimo, en el punto en
donde se desfallece. El paso del estado
normal al de deseo erótico supone en nosotros la disolución relativa del ser
constituido en el orden discontinuo. Ese término de disolución responde a la
expresión familiar de vida disoluta, relacionada con la actividad erótica.
En el movimiento de disolución de los seres, el participante masculino
tiene en principio un papel activo, la parte femenina es pasiva. La
parte pasiva, femenina, es esencialmente lo que se disuelve en cuanto ser
constituido. Pero para un participante masculino la disolución de la parte
femenina sólo tiene un sentido: prepara una fusión en la que se mezclan dos
seres que al fin llegan juntos al mismo punto de disolución. Toda la
puesta en marcha erótica tiene como principio una destrucción de la
estructura del ser cerrado que es en estado normal un participante del
juego.
La acción decisiva es el desnudarse. La desnudez se opone al estado
cerrado, es decir al estado de existencia discontinuo.
Es un estado de comunicación que revela la busca de una continuidad
posible del ser, más allá del repliegue sobre sí. Los cuerpos se
abren a la continuidad por esos conductos secretos que nos dan la sensación
de la obscenidad. La obscenidad significa la perturbación que trastorna un
estado de los cuerpos conforme a posesión de sí, a la posesión de la
individualidad durable y afirmada. Por el contrario, hay desposesión en el
juego de los órganos que se desagotan en la renovación de la ilusión,
semejante al vaivén de las olas que se penetran y se pierden una en otra.
Esta desposesión es tan total que en el estado de desnudez, que la anuncia,
que es su emblema, la mayoría de los seres humanos se esconden, con más
razón si la acción erótica, que termina de desposeerla, sigue a la desnudez.
El acto de desnudarse, considerado en las civilizaciones en que tiene
un sentido pleno, es, si no un simulacro, por lo menos un equivalente sin
gravedad de la muerte. En la Antigüedad, la destitución (o la
destrucción) que establece el erotismo era lo suficientemente clara como
para justificar que se relacionaran el acto de amor y el del
sacrificio. Al hablar del erotismo sagrado, que se refiere a la fusión
de los seres con un más allá de la realidad inmediata, retornaré al sentido
del sacrificio. Pero desde ahora insisto en el hecho de que el participante
femenino del erotismo aparecía como víctima y el masculino como el
sacrificador, perdiéndose ambos, en el curso de la consumación, en la
continuidad establecida por un primer acto de destrucción.
Lo que quita parte de su valor a esta comparación es la escasa gravedad
de la destrucción de que se trata. No podemos decir que si falta el elemento
de violación, es decir de violencia, que la constituye, es más
difícil la plenitud de la actividad erótica. En cambio, la destrucción real,
la muerte propiamente dicha, no introduciría una forma de erotismo
más perfecta que la muy vaga equivalencia de que he hablado. El hecho de que
el marqués de Sade en sus novelas defina en el crimen una cima de la
excitación erótica tiene solamente este sentido: al llevar a su última
consecuencia el movimiento esbozado que he descrito, no nos alejamos
necesariamente del erotismo.
En el tránsito de la actitud
normal al deseo, hay una fascinación fundamental de la muerte.
Lo que está en juego en el erotismo es
siempre una disolución de las formas constituidas. Repito: de esas formas
de vida social, regular, que fundan el orden discontinuo de las
individualidades definidas que somos. Pero, pese a Sade, en el erotismo
menos aún que en la reproducción, la vida discontinua no está condenada a
desaparecer: sólo está cuestionada. Debe ser perturbada, trastornada al
máximo. Hay busca de la continuidad, pero en principio sólo si la
continuidad, que sería lo que establecería definitivamente la muerte de los
seres discontinuos, no prevalece. Se trata de introducir, en el interior de
un mundo fundado en la discontinuidad, toda la continuidad de
que ese mundo es capaz. La aberración de Sade excede esta
posibilidad. Tienta a un pequeño número de seres y a veces hay quienes van
hasta el fin. Pero para el conjunto de los hombres normales, los actos
definitivos no dan sino la dirección extrema de los movimientos esenciales.
Hay un exceso horrible del movimiento que nos anima: el exceso aclara
el sentido del movimiento. Pero para nosotros es sólo un signo
terrible, que nos recuerda permanentemente que la muerte, ruptura de
esta discontinuidad individual a la que nos amarra la angustia, se nos
propone como una verdad más eminente que la vida.
El erotismo de los cuerpos, de todas maneras, está
caracterizado por algo pesado, siniestro. Resguarda la discontinuidad
individual, y siempre, en alguna medida, en el sentido de un egoísmo cínico.
El erotismo de los corazones es más libre. Aunque difiere en
apariencia de la materialidad del erotismo de los cuerpos, procede de él
porque a menudo es su aspecto estabilizado por la afección recíproca de los
amantes. Puede diferir totalmente, pero entonces se trata de excepciones
debidas a la gran diversidad de los seres humanos. En su base, la pasión de
los amantes prolonga en el dominio de la simpatía moral la fusión de los
cuerpos. La prolonga o es su introducción. Pero para el que la experimenta,
la pasión puede tener un sentido más violento que el deseo de los
cuerpos. No debemos olvidar que a despecho de las promesas de felicidad que
la acompañan, primero introduce la perturbación y el desorden. La misma
pasión dichosa acarrea un desorden tan violento que la dicha de que se
trata, antes de ser una dicha de que se pueda gozar, es tan grande que es
comparable a su contrario, el sufrimiento. Su esencia es una
continuidad maravillosa entre dos seres que es sustituida por su
discontinuidad persistente. Pero esta continuidad es perceptible sobre todo
en la angustia, en la medida en que es inaccesible, en la medida en que es
búsqueda en la impotencia y el temblor. Una dicha tranquila, en la que
predomina el sentimiento de seguridad, no tiene más sentido que el
apaciguamiento del largo sufrimiento que la ha precedido. Porque para los
amantes hay más posibilidades de no poder reencontrarse que de gozar de una
contemplación ilimitada de la continuidad íntima que los une.
Las posibilidades de sufrir son tanto mayores porque sólo el
sufrimiento revela la significación íntegra del ser amado. La
posesión del ser amado no significa la muerte, todo lo contrario, pero la
muerte está implicada en la búsqueda. Si el amante no puede poseer al ser
amado, a veces piensa en matarlo: a menudo preferiría matarlo a perderlo. En
otros casos desea su propia muerte . Lo que está en juego en esta furia es
el sentimiento de posible continuidad percibida en el ser amado. Al
amante le parece que sólo el ser amado -y esto se debe a
correspondencias difíciles de definir, en las que se añade a la posibilidad
de unión sensual la de la unión de los corazones- puede realizar en este
mundo lo que impiden nuestros límites: la plena confusión de dos seres, la
continuidad de dos seres discontinuos. La pasión nos compromete así
en el sufrimiento, ya que es en el fondo la busca de un imposible, y,
superficialmente, siempre la de un acuerdo que depende de condiciones
aleatorias. Sin embargo, promete una salida al sufrimiento fundamental.
Sufrimos por nuestro
aislamiento en la individualidad discontinua.
La pasión nos repite incesantemente: si poseyeras al ser amado, ese
corazón estrangulado por la soledad formaría un solo corazón con el del ser
amado. Por lo menos en parte, esta promesa es ilusoria. Pero en la pasión,
la imagen de esta fusión toma cuerpo, a veces de manera diferente para cada
uno de los amantes, con una intensidad loca. Por otra parte, más allá de su
imagen, de su proyecto, como la fusión precaria reserva la supervivencia del
egoísmo individual, puede entrar en la realidad. No importa: muy a menudo el
sufrimiento -la amenaza de una separación- debe mantener plena conciencia de
esta fusión precaria y al mismo tiempo profunda.
Sea lo que fuere, debemos tomar conciencia de dos posibilidades opuestas.
Si la unión de dos amantes es el efecto de la pasión, evoca la muerte, el
deseo de crimen o suicidio. Lo que
distingue la pasión es un halo de muerte. Por debajo de esta violencia -a la
que responde el sentimiento de continua violación de la individualidad
discontinua- comienza el dominio del hábito y del egoísmo de dos, lo que
quiere decir una nueva forma de discontinuidad. Sólo en la violación del
aislamiento individual -a nivel de muerte- aparece esta imagen del ser amado
que tiene para el amante el sentido de todo lo que es. Para el amante, el
ser amado es la trasparencia del mundo. Lo que se transparenta en el ser
amado es aquello de que hablaré más adelante a propósito del erotismo divino
o sagrado. Es el ser ilimitado, al que ya no limita la discontinuidad
personal. Es, en una palabra, la continuidad del ser percibida como
una liberación a partir del ser del amante. Hay un absurdo, una horrible
mezcla, en esta apariencia, pero a través del absurdo, la mezcla, el
sufrimiento, una verdad de milagro.
En el fondo, nada es ilusorio en
la verdad del amor: el ser amado equivale para el amante, sin duda sólo para
el amante, pero eso no tiene importancia, a la verdad del ser. El azar
quiere que a través de él, habiendo desaparecido la complejidad del mundo,
el amante perciba el fondo del ser, la simplicidad del ser.
Más allá de las posibilidades precarias, condicionadas a los azares
favorables que aseguran la posesión del ser amado, la humanidad se ha
esforzado desde las primeras edades por quedar fuera de esos azares a la
continuidad que la libera. El problema se ha planteado frente a la muerte,
que precipita aparenmente el ser discontinuo en la continuidad del ser.
Esta manera de ver no se impone desde el principio al espíritu; sin
embargo, la muerte, que es la destrucción de un ser discontinuo, no
atañe para nada a la continuidad del ser, que existe fuera de nosotros,
generalmente. No olvido que en el deseo de inmortalidad lo que entra en
juego es la preocupación de asegurar la sobrevivencia en la discontinuidad
-la sobrevivencia del ser personal- pero dejo de lado la cuestión. Insisto
en el hecho de que, estando la continuidad del ser en el origen de los
seres, la muerte no los alcanza, la continuidad ser es independiente de
ella, y hasta por el contrario, la muerte la manifiesta. Este
pensamiento me parece que debe ser base de la interpretación del
sacrificio religioso, del que he dicho que es comparable con la
acción erótica. La acción erótica que disuelve los seres que se comprometen
en ella, su continuidad, recordando la de las aguas tumultuosas. En el
sacrificio no hay solamente desnudez, hay muerte de la víctima (o si el
objeto del sacrificio no es un ser viviente hay, de alguna una manera,
destrucción de ese objeto) . La víctima muere, entonces los asistentes
participan de un elemento que revela su muerte. Este elemento es lo que se
puede llamar, con los historiadores de las religiones, lo sagrado.
Lo sagrado es justamente la continuidad del ser, que se revela a
quienes prestan atención, en un rito solemne, a la muerte de un ser
discontinuo. Hay, por el hecho de la
muerte violenta, ruptura de la discontinuidad de un ser: lo que subsiste y
que los espíritus ansiosos experimentan en el silencio que se hace, es la
continuidad del ser, a la que es entregada la víctima. Sólo una muerte
espectacular, operada en condiciones que la gravedad y la colectividad de la
religión determinan, puede revelar lo que habitualmente escapa a la
atención. Por otra parte no podríamos representarnos lo que aparece en lo
más secreto del ser de los asistentes si no pudiésemos referirnos a las
experiencias religiosas que hemos hecho personalmente, aunque haya sido en
nuestra infancia. Todo nos lleva a creer que esencialmente lo sagrado
de los sacrificios primitivos es análogo a lo divino
de las religiones actuales.
Dije que hablaría del erotismo sagrado: hubiese sido más
inteligible si hubiese hablado desde el principio de erotismo divino. El
amor de Dios
es una idea más familiar, menos desconcertante que el amor de un elemento
sagrado. Repito que no lo hice porque el erotismo cuyo objeto se sitúa más
allá de lo real inmediato está lejos de ser reductible al amor de Dios.
Preferí ser poco inteligible a ser inexacto.
Esencialmente, lo divino es idéntico a lo sagrado, haciendo la reserva de
la discontinuidad relativa de la persona de Dios. Dios es un ser
compuesto que tiene en el plano de la afectividad, incluso de una manera
fundamental, la continuidad del ser de que hablo. La representación de Dios
está vinculada, tanto por la teología bíblica como por la teología racional,
a un ser personal, a un. creador distinto del conjunto de lo que es.
De la continuidad del ser me limito a decir que según mi opinión no es
cognoscible, pero se nos da su experiencia bajo formas
aleatorias, siempre parcialmente contestables. En mi sentir, sólo la
experiencia negativa es digna de atraer la atención, pero esta
experiencia es rica. No debemos olvidar que la teología positiva se duplica
en una teología negativa, fundada en la experiencia mística.
Aunque se diferencie claramente de él, me parece que la experiencia
mística se da a partir de la experiencia universal que es el sacrificio
religioso. Introduce, en el mundo que domina el pensamiento vinculado con la
experiencia de los objetos con el conocimiento de lo que en nosotros
desarrolla la experiencia de los objetos), un elemento que sólo
negativamente tiene su lugar en las construcciones de ese pensamiento
intelectual como una determinación de sus límites. En efecto,
lo que revela la experiencia
mística es una ausencia de objeto.
El objeto se identifica con la discontinuidad y la experiencia
mística, en la medida en que tenemos fuerza de operar una ruptura, de
nuestra discontinuidad, introduce en nosotros el sentimiento de la
continuidad. Lo introduce por medios diferentes de los del erotismo de los
cuerpos o de los corazones.
Más exactamente, prescinde de medios que no dependen de la voluntad. La
experiencia erótica vinculada con lo real es una espera de lo aleatorio, es
la espera de un ser determinado y de las circunstancias favorables. El
erotismo sagrado, que se da en la experiencia mística, sólo exige que
nada perturbe al sujeto.
En principio (no es una regla), la India encara con simplicidad la
sucesión de las diferentes formas de que he hablado: la experiencia mística
está reservada a la edad madura, a la proximidad de la muerte, al momento en
que faltan condiciones favorables para la experiencia real. La
experiencia mística vinculada con ciertos aspectos de las religiones
positivas se opone a veces a esta aprobación de la vida hasta en la muerte,
donde advierto generalmente el sentido profundo del erotismo.
Pero la oposición no es necesaria. La aprobación de la vida hasta en la
muerte es un desafío, tanto en el erotismo de los cuerpos como en el de los
corazones; es, por indiferencia, un desafío a la muerte.
La vida es acceso al ser: si la
vida es mortal, la continuidad del ser no lo es.
El acercamiento de la continuidad, la embriaguez de la continuidad dominan
la consideración de la muerte. En primer lugar, la perturbación erótica
inmediata nos da un sentimiento que sobrepasa todo, en forma tal que las
sombrías perspectivas vinculadas con la situación del ser discontinuo caen
en el olvido. Luego, más allá de la embriaguez abierta a la vida juvenil,
se nos da el poder de
abordar la muerte de frente, y de ver en ella por fin la abertura a la
continuidad ininteligible, incognoscible, que es el secreto del erotismo, y
cuyo secreto sólo ei erotismo lo proporciona.
Quien me haya seguido exactamente captará con plena claridad en la unidad
de las formas del erotismo el sentido de la frase que cité antes: "No hay mejor manera de familiarizarse con la
muerte que asociarla con una idea libertina".
Lo que he dicho permite captar en ella la unidad del dominio erótico
abierto a nosotros por un rechazo de la voluntad de repliegue sobre sí. El
erotismo abre a la muerte. La muerte abre a la negación de la duración
individual.
¿Podríamos,
sin violencia interior, asumir una negación que nos lleva al límite de todo
lo posible?
Para terminar quisiera ayudar a ustedes a percibir plenamente que el
lugar a que los he querido conducir, por poco familiar que haya podido
parecer a veces, es sin embargo la
encrucijada de violencias
fundamentales.
He hablado de experiencia mística, no he hablado de poesía.
No hubiera podido hacerlo sin internarme en un dédalo intelectual: todos
sentimos lo que es la poesía. Es nuestro fundamento, pero no sabemos
hablar de ella. No hablaré ahora, pero creo hacer más perceptible la idea de
continuidad que he querido establecer, que no puede ser confundida hasta el
final con la del Dios de los teólogos, recordando estos versos de uno de los
poetas más violentos, de Rimbaud:
Se ha reencontrado.
¿Qué? La eternidad.
Es el mar unido
Con el sol.
(2)
La poesía lleva al mismo punto que cada forma del erotismo:
a la indistinción, a la confusión de los objetos distintos. Nos lleva a la
eternidad, nos lleva a la muerte, y por la muerte a la continuidad: la
poesía es la eternidad. Es el mar unido con el sol.
Notas:
(1) Este texto,
redactado con la intención a la que responde en este libro, fue primero
leído en una conferencia.
(2) "Elle est
retrouvée. / ¿Quoi? L´ eternité, / C' est la mer allée. / Avec le
soleil".
Conclusión
Si mis lectores se interesaran por el erotismo de la misma manera que por
los problemas separados, desde un punto de vista especializado, este libro
les resultaría inútil.
Yo no digo que el erotismo es lo más importante. El problema del trabajo
es más urgente. Pero es un problema a la medida de nuestros medios. Mientras
que el erotismo es el problema de los problemas. En tanto animal
erótico, el hombre es un problema para sí mismo. El erotismo es nuestra
parte problemática.
El especialista nunca está a la medida del erotismo.
Entre todos los problemas, el erotismo es el más misterioso, el más
general, el más separado.
Para quien no puede esconderse, para aquel cuya vida se abre a la
exuberancia, el erotismo es el problema personal por excelencia. Al mismo
tiempo es el problema universal por excelencia.
El momento erótico es también el más intenso (excepto, si
se quiere, la experiencia de los místicos). De modo que está situado en la
cima del espíritu humano.
Si el erotismo está en la cima, el interrogante que pongo al final
de mi libro también lo está.
Pero es filosófico.
Pienso que el supremo
interrogante filosófico coincide con la cima del erotismo.
Este resumen que doy como conclusión, en un sentido es ajeno al contenido
definido de mi libro: del erotismo, pasa a la filosofía, pero
creo, justamente, que por una parte el erotismo no se puede reducir,
sin mutilarlo, a un aspecto separado del resto de la vida, como lo reduce la
mayoría de la gente. Por otro lado, la filosofía misma no puede
aislarse. Hay un punto donde debemos aprehender el conjunto de los datos del
pensamiento, el conjunto de los datos que nos hacen movernos en el
mundo.
Evidentemente, dicho conjunto nos sería inaccesible si el lenguaje
no lo expusiera.
Pero si el lenguaje lo expone, sólo puede hacerlo en partes sucesivas que
trascurren en el tiempo, jamás se nos dará, en un instante único y supremo,
esta visión global, que el lenguaje fragmenta en aspectos separados, unidos
en la cohesión de una explicación, pero que se suceden sin confundirse en su
movimiento analítico.
De modo que el lenguaje, al ensamblar la totalidad de lo que nos
importa, al mismo tiempo la dispersa. No podemos aprehender en él lo que nos
importaba, que se oculta bajo la forma de proposiciones que dependen una de
otra, sin que jamás aparezca un conjunto al que cada una de ellas remita.
Nuestra atención permanece fijada en este conjunto que la sucesión de frases
oculta, pero no podemos lograr que el parpadeo de esas frases sucesivas sea
sustituido por la plena luz.
La mayoría de los hombres permanece indiferente a esta dificultad.
No es necesario responder al
interrogante que la
existencia
es en sí misma.
Y ni siquiera es necesario planteárselo.
Pero el hecho de que el hombre no responda, el hecho de que ni siquiera
se lo plantee, no elimina el
interrogante.
Si alguien me preguntara qué somos,
yo de todas maneras le respondería: esta
abertura a todo lo
posible, esta espera
que ninguna satisfacción
material aplacará y que el juego del lenguaje no puede engañar.
Andamos en busca de una cima. El que quiera
puede descuidar la búsqueda. Pero el conjunto de la humanidad aspira a esa
cima, que es lo único que la define, que constituye su única
justificación y sentido.
Esa cima, ese momento supremo, es distinto del que enfoca la
filosofía.
La filosofía no sale de sí misma, no puede salir del lenguaje.
Utiliza el lenguaje de manera tal, que jamás le sigue el silencio.
Tanto, que el momento supremo excede necesariamente el interrogante
filosófico. Lo excede por lo menos en la medida en que la filosofía pretende
responder a su propio interrogante.
He aquí cómo debemos situar la dificultad.
El interrogante sólo tiene sentido si está elaborado por la
filosofía: es el interrogante supremo, cuya respuesta es
el momento supremo del erotismo - el
silencio del erotismo-.
El momento de la
filosofía prolonga el del trabajo y de la
prohibición. Sobre este punto renuncio a extenderme. Pero en su transcurso
(porque no puede interrumpir su movimiento), la filosofía se opone a la
transgresión. Si la filosofía pasase, de la base del trabajo y de la
prohibición (que se acuerdan y completan) , a la de la trasgresión, ya no
sería lo que es sino su propia irrisión.
La transgresión con relación al trabajo es un juego.
En el mundo del juego, la filosofía se disuelve.
Dar la transgresión como fundamento de la filosofía (es la
tarea de mi pensamiento) , es sustituir el lenguaje por una
contemplación silenciosa. Es la contemplación del ser en la cima del
ser. El lenguaje no ha desaparecido de ninguna manera. ¿Sería
accesible la cima si el lenguaje no hubiese revelado sus accesos? Pero el
lenguaje que los describía carece de sentido en el instante decisivo,
cuando la trasgresión misma en su movimiento es sustituida por la exposición
discursiva de la transgresión. Pero a esas apariciones sucesivas se añade
-un momento supremo: en ese
momento de silencio profundo
en ese momento de muerte-
se revela la unidad del ser, en la intensidad de las experiencias en
las cuales su verdad se destaca de la vida y sus objetos.
En la introducción de este libro [nota: reproducida más arriba] me
esforcé -en el plano del lenguaje- por dar un trato aprehensible a ese
momento supremo: lo refería al sentimiento de la
continuidad del ser.
Como he dicho, el texto de esa introducción es el de una conferencia. A
esa conferencia asistió Jean Wahl, que en su transcurso me hizo esta
observación (yo había atribuido ese sentimiento de continuidad a los
participantes del juego erótico) :
" ... Uno de los participantes -dijo Jean Wahl-
debe tener conciencia de la continuidad. Bataille nos habla, Bataille
escribe, es consciente y, en el momento en que es consciente, la continuidad
puede romperse. No sé qué dirá Bataille sobre este punto, pero me parece que
allí hay un problema real... La conciencia de la continuidad ya no es la
continuidad, pero entonces no se puede hablar".
Jean Wahl me había comprendido exactamente.
Le respondí en el acto, diciéndole que tenía razón pero que, a veces, en
el límite, la continuidad v la conciencia se aproximan.
En efecto,
el momento
supremo está en el silencio, y en el silencio la conciencia se oculta.
Escribí entonces: "en ese momento de profundo silencio -en ese momento de
muerte... "
¿Qué seríamos sin el lenguaje? El lenguaje nos ha hecho lo
que somos. Es lo único que revela, en el límite, el momento soberano en que
ya no tiene curso. Pero al fin el que habla confiesa su impotencia.
El lenguaje no se da independientemente del juego de la
prohibición y la transgresión. Por eso la filosofía para
resolver, si es posible, el conjunto de esos problemas debe retomarlos a
partir de un análisis histórico de la prohibición y la transgresión.
La filosofía, en la disputa, fundada en la crítica de los orígenes, al
convertirse en una transgresión de la filosofía, llega a la cima del ser.
La cima del ser no
se revela en su totalidad sino en el movimiento de transgresión
en el cual el pensamiento, fundado -por el trabajo- en el
desarrollo de la conciencia, sobrepasa al fin el trabajo,
sabiendo que no puede subordinarse a él.
Texto extraído de "El erotismo", Georges Bataille, editorial Sur, Págs.
11/24 y 271/274; Buenos Aires, Argentina, 1964.
Selección y destacados: Sergio Rocchietti
Nota [S.R.]: agregamos el índice temático que da contenido al libro
citado para que el lector inquieto pueda sentirse invitado a su lectura.
Lo prohibido y la transgresión
Introducción / El erotismo en la experiencia interior / La prohibición
referente a la muerte / La prohibición referente a la reproducción / La
afinidad de la reproducción y de la muerte / La transgresión / La matanza,
la caza y la guerra / La matanza y el sacrificio / Del sacrificio religioso
al erotismo / La plétora sexual y la muerte / La trasgresión en el
matrimonio y en la orgía / El cristianismo / El objeto del deseo: la
prostitución / La belleza.
Estudios diversos sobre el erotismo
Kinsey, el hampa y el trabajo / El hombre soberano de Sade / Sade y el
hombre normal / El enigma del incesto / Mística y sensualidad / La santidad,
el erotismo y la soledad / Prefacio de "Madame Edwarda" / Conclusión.
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