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El silencio: un "más-de-palabra"
Xavier Adouard
Acto y palabra: dos mundos
Todo
acto digno de ese nombre es corte, ruptura. ¿Por qué? Porque
un acto consiste en pasar del mundo que uno conoce, que uno
ha explorado ya, del cual uno tiene el hábito, en que valen nuestras
repeticiones, que uno se puede representar y del que puede hablar,
a otro mundo, inesperado este, para el cual uno carece de indicadores
y de balizas y al cual, en el aquí y ahora del acto, sólo
conduce un camino en apariencia arbitrario: ¿por qué aquí, por qué
ahora? Todo ocurre como si este corte por producir no nos perteneciera,
como si, frente a nosotros en permanencia, fuera parte de la extrañeza
de todo cuanto se articula con lo real.
Pensemos
en la famosa «regla fundamental» inventada genialmente por
Freud: «Diga usted cuanto se le ocurra -die Einfälle- y no
lo que haya traído preparado». Desde el mismo comienzo el
psicoanálisis arroja la palabra al acto: la arroja, en consecuencia,
a la ruptura, al corte que aleja toda precaución: propone que la
palabra se tome como una pura y simple realidad, abdicando de su
papel habitual de traducir intenciones, buenas o malas. Esta ruptura,
como toda ruptura, es difícil. La iniciativa que consiste en «romper»
repentinamente el silencio, rompiendo también con los hábitos defensivos
de lo moral, lo social, la intelectualidad, resulta imposible a
muchos que tienen por síntoma la inhibición: más le valdrá permanecer
en lo «bien conocido», antes que arrojarse al vacío no programado
(porque, como la existencia, no puede serlo). En suma, «más les
valdría no haber nacido». Algunos ven en la «toma» de palabra un
acto imposible hasta que comprenden -pero no sólo con su inteligencia-
que no se puede hablar verdaderamente si uno no es tomado más bien
por la palabra. Con esto es preciso contar: guardar silencio o tomar
la palabra es una misma cosa cuando se trata de un acto, de la expresión
de algo muy diverso de la sola demanda de ser reconocido; cuando
nos empuja fuera de nosotros una súbita animación de la pura soledad
del deseo. Probemos ponernos de pie ante un auditorio, arbitrariamente
en suma, sin haber previsto hasta el detalle lo que diremos. La
menor inhibición, el menor retorno sobre uno mismo ante ese vacío
hace que, como el Gilles de Watteau, uno se quede agitando los brazos
sin decir palabra porque no se le ocurre nada, salvo todo lo que
tenía para decir, pero borrado, reprimido, interdicto, como lo está
el deseo sexual en nombre de la demanda en el hombre impotente.
Ese
silencio, evidentemente, no es del orden del acto;
muy al contrario, corresponde a medidas defensivas frente al acto;
se opone a esa «función del apresuramiento» y de la «certidumbre
anticipada», como lo escribió Lacan cuando presentaba una situación
de urgencia para la lógica. El origen de lo humano reside en la
anticipación, en la «prematurez», rasgo que se observa
en todos los niveles de su evolución y de sus opciones: habla antes
de «saber» hablar, así como nace antes de poder venir a este mundo
lleno de emboscadas; si fuera de otro modo no sería un humano, un
«ex-»sistente, permanecería cautivo de una continuidad biológica
sin falla, sin verdadera ruptura con su vida fetal. Sería un mamífero
desenvuelto y no un ser abierto de arriba abajo por una desgarradura
que no se puede cerrar. El primate, por más respetos que le debamos,
se nos presenta como el que todavía no ha podido reconocerse allá,
en «lo otro», en el espejo del estanque que abre el envés del mundo:
no se ha producido el corte entre la naturaleza de donde viene y
este presente de hoy en que permanece estando ahí todavía. Pero
si se preguntara a un futuro recién nacido si consiente en operar
su paso hacia un mundo aéreo y abierto como el que lo espera, con
todas las peripecias de una realidad «sorda, muda y ciega», ¿qué
respondería? Sin duda, que le basta con esta vida que él ya conoce,
mientras que se le propone el vacío de la muerte. Sin vacilar diríamos
que ese no es un pequeño humano, porque este, aun si no se siente
escuchado «analíticamente», sabe una cosa: «mi deseo de nacer y
de existir me arranca ya de mi resistencia, porque esto que así
me empuja es más fuerte que esa resistencia». Y sí: para toda ruptura
constitutiva de un acto, cada quien, en su soledad, sólo puede contar
con esta fuerza de un empuje que no viene de él-«mismo».
La enseñanza del gimnasta en el trampolín
Existe
una comparación adecuada para ilustrar todo esto (entre oras, desde
luego): pretende manifestar la experiencia que cada uno de nosotros
hace en permanencia, lo quiera o no, de ser esperados por una realidad
otra, fuera de nosotros, por un «por-venir» (la expresión es de
J. D. Nasio) de la realidad que es preciso haber experimentado hasta
el fondo del cuerpo. La experiencia tanto del sufrimiento como del
goce es privilegiada en este sentido. Cuando el gimnasta está sobre
el trampolín, una sola «palabra» vale en ese momento, y él lo sabe
bien: el medio milímetro que separará, en acto, la planta de sus
pies de la plancha del trampolín. Será solamente entonces cuando,
por una vez asaz rara en la vida, se sentirá libre de la cabeza
a los pies y cabeza abajo, siguiendo una deflexión menor que en
su nacimiento. El discurso, la representación que el gimnasta se
forma sobre el trampolín, resulta nulo y no ocurrido frente a la
zambullida misma. El que se zambulle es radicalmente otro del que
discurre elogiando, antes o después, los méritos del salto o comentando
sus imperfecciones. Esto porque es radicalmente otro, respecto del
mundo del lenguaje, este mundo de repente abierto al cual el acto
del que se zambulle lo ha hecho pasar. El acto tiene toda esta eficiencia
de hacer devenir otro.
Ahora bien, esta ambición es la del psicoanálisis. En consecuencia,
si el psicoanálisis se reduce a no ser más que palabra, y si no
es en manera alguna surgimiento del acto -lo cual excluye
todo acting, que no es sino un sustituto de la palabra-, no será
sino un ejercicio vacío ante una existencia empero abierta a su
cumplimiento. «Es la experiencia de un rebasamiento del psicoanálisis
la que permite nacer para la apertura: el psicoanálisis debe engendrar
su propia muerte para impulsarnos a vivir».
Silencio sobre el psicoanálisis y silencio en el psicoanálisis
Al decir todo esto, ¿me he alejado del tema central del silencio?
Sí, en un sentido y hasta infinitamente. Porque con el silencio
ocurre lo que con el humor. Si «discurrimos» sobre él con la seriedad
y la elocuencia que convienen, he ahí que el tema ha desaparecido
mudándose en muy otra cosa, desmentido en acto mientras que de palabra
queríamos promoverlo. Es como el pájaro de la diosa de la sabiduría:
así que aparece, ya desapareció en la noche. Muy pronto hará cien
años en que congresos, discursos, seminarios, escritos, no dejan
de revolver en público esa sustancia extra-terrestre, venida de
otra parte tal como aparece siempre el psicoanálisis; ¿no sería
tiempo de que alguien se levantara y produjera el acto de decir
«¡Basta!»? Cuidad de que no se convierta en puros discursos todo
esto que en efecto es preciso saber y sobre lo cual no se debe dejar
de meditar. Si todo esto no se inscribe en el interior del silencio
del acto y no conduce a él en final de recorrido; si la palabra
misma que es la vuestra no vibra bajo la presión de un silencio
que ella contiene y que la anima, de un silencio tanto más
profundo y totalizador que las síntesis explicativas, entonces fatalmente
habréis errado vuestro objetivo. El análisis, tomado como
tal, quiero decir como lo que es: una experiencia efectiva,
un acto, se da por término desembocar en la integridad, la
totalidad del silencio que lo habitaba a fin de dejar surgir
a la existencia algo muy diverso que esas palabras y que esas palabras
sin fin que fueron la arena del desierto por atravesar. Los más
bellos discursos sobre el análisis deberían tarde o temprano callar
ante ese silencio en que ya no se reconocen. El
psicoanálisis, en su teoría tanto como en su práctica, está hecho
para ser atravesado como un campo que conduce a un camino;
más allá de la apertura que lo convierte en una nueva madre, está
ese «sepultamiento» de un complejo de Edipo que amenazó ser mortífero;
está la libertad del sujeto creador que es la recuperación en el
interior de sí del único «padre» que valga, y que es el acto
como tal.
Es ya en el interior de ese «comienzo que no termina»,(para retomar
la bella formulación de Octave Mannoni) y que es la trasferencia,
donde el acto surge, cuando la palabra siente que ha llegado a la
encrucijada donde debe hacer silencio para responder verdaderamente
al enigma de la Esfinge. Veremos con más precisión cómo puede ocurrir
eso y cómo el «No Psicoanálisis» trabaja ya en el corazón del mencionado
Psicoanálisis.
Realidad, acto, y función de «arúspices»
Lo sabemos: el
silencio no puede ser aprehendido como un término aislado en
una pura oposición a la palabra. (La oposición de dos términos
es siempre un sofisma si se la cree pura y simple; en efecto, hace
falta un tercer término que englobe, cree, vea y sostenga a ese
par de opuestos.) En verdad, el
silencio es un límite que, en el corazón de la palabra, en
su seno, introduce en todo momento esa palabra en un imprevisible
«porvenir». El silencio que reviste un carácter de
defensa no abre la palabra ni a su más-allá ni a su más-acá,
lo que es lo mismo: se constituye y se sabe como un opuesto de la
palabra, como un cierre protector de esta a todo porvenir.
Una teoría «logicizante» del psicoanálisis ha pretendido hacernos
creer que la palabra está hecha para introducir la palabra a un
más de palabra. (Es lo propio de lo simbólico, en efecto, engendrar
siempre lo simbólico y así constituir un mundo hecho de puro discurso.)
Pero más vale percibir que ese «más de palabra» tiene otro nombre:
se llama realidad. Ese más-de-palabra es igualmente
un «más-que-la-palabra» que arroja a esta fuera de las «matrices»
de la lingüística, en ese encuentro de lo imaginario y lo real -esto
es la realidad- que espera siempre el rebasamiento de la palabra.
Permítaseme decir otra vez cómo defino al acto. Es
el movimiento -proceder, gesto, signatura, llamado, aceptación,
rehusamiento, manifestación, riesgo en que se incurre, compromiso
que se toma- por el
cual «yo» abdico o, más bien, «eso» abdica, de la representación
-es decir, del discurso que mantengo acerca de mí mismo o ante un
prójimo- en favor de algo radicalmente otro, más o menos heterogéneo
por referencia al enunciado de la palabra y que se llama realidad.
La representación puede hasta abdicar de ella misma en favor de
su propia realidad: ¿no es esto el teatro?
Buscar un ejemplo para esto lleva a descubrir mil. «He dejado -dice
un analizando- de decirme y de decir que estoy en análisis y que
debo hablar. Ahora vengo aquí como voy a otra parte. Y si a usted
no le parece bien, tanto da. Me siento abierto a todo lo que viene».
Una paciente pronunció un día esta palabra maravillosa: «Me siento
devenir el diapasón del la de lo otro». Pero no sólo en
el análisis abundan los ejemplos del «acto-más-de-palabra» como
frutos del silencio. Huelga inclinarse hacia una perspectiva que
llaman mística personas que no parecen saber
de qué hablan (esta palabra se convierte entonces en una verdadera
injuria por referencia a lo que parece querer designar). Me conformo
con decir que la palabra que procede del silencio es una introducción
a un en otra parte que algunos, como los artistas o los monjes,
conocen mejor que todos los demás. Esto «en otra parte» está ahí,
en el análisis, en el corazón de las verdaderas palabras: por eso
considero que ejercemos el oficio de «arúspices». Pero eso no es
sagrado: es profano de cabo a cabo, como Dios. Si digo que estoy
obligado a creer en la experiencia en tanto «mística», no es porque
entrevea al lado, por debajo o por encima de la experiencia un pequeño
compartimiento sagrado, como lo sería una sacristía. Es más bien
porque creo en la «mística del trapo de piso»: cuando se pasa un
trapo de piso por el embaldosado de la casa (más les vale a los
psicoanalistas que hacer palabras cruzadas, como lo deseaba Lacan),
es raro que uno tenga aliento sostenido bastante para pronunciar
al mismo tiempo un largo discurso, ni siquiera una plegaria: el
acto es plegaria y el trapo de piso es el cuerpo de Dios. El cuerpo
extendido ahí, sobre el diván del analista, lo es también.
El silencio de la palabra en beneficio del cuerpo en análisis
No hay audacia en decirlo y repetirlo: el
psicoanálisis puede consistir en abrir la dimensión del discurso
verbal sobre el cuasi silencio de la realidad. Ese cuasi silencio
(«cuasi» porque se hace oír) es el del cuerpo. Algunos
parecen querer que los analizandos dejen su cuerpo en la sala de
espera. Pero si esto se produce, será el organismo, y no
ya el cuerpo erógeno, el que traerá sus sufrimientos, en lugar de
los deseos del cuerpo. «El cuerpo entero es una zona erógena» escribió
Freud en Tres ensayos de teoría sexual. Lacan expresó
también, a la vuelta de un laberinto verbal, una proposición que
he retenido porque, ya, la intelectualización del psicoanálisis
me metía miedo: «El cuerpo, él, no engaña». El cuerpo, como lugar
de deseo y de placer, constituye la presencia de la realidad como
tal en el lugar del análisis.
Y en un mismo movimiento, ¿podemos sostener que es también el
lugar del silenci? Sí y no; no en apariencia, puesto que
se lo oye: respira. Sí, empero, porque es como el ruido del trapo
de piso que viene a remplazar a los fonemas de la palabra verbal.
Y esto no deja de producir sus efectos.
-No puedo decir nada -dice ella-, no puedo decir nada después de
haberlo dicho todo.
-Pero... si usted habla.
-¿Cómo que hablo?
-Pero sí, yo oigo.
-¿Usted oye qué?
-Escuche.
¿Qué creen ustedes? ¿Acaso eso no habla? Desde luego, es muy diferente
de la lógica del significante o del significado, eso se aleja de
la ciencia lingüística y de todo logocentrismo, pero del «en otra
parte» comienza a surgir realidad. No sólo aquí la representación
abdica de su papel defensivo, sino que lo hace también la palabra
que se dice libre, y aun la historia y la anamnesis que se dicen
retornos terapéuticos en la trasferencia (todo esto ha sido atravesado,
por cierto que no se ha renegado de ello al comienzo). Ustedes,
analistas del cuerpo, «arúspices», digan «si», viviendo en su propio
cuerpo la importancia de lo que de esta manera se dice, la importancia
de este surgimiento del hecho de que en el fondo del cuerpo hay
de lo otro, y entonces verán lo que ocurre. Esto no se programa
ni se nombra. Mi experiencia me ha probado, malgrado mis resistencias,
que esto es del orden de una revelación -más allá de una realidad-
de lo real (palabra no sagrada que no escribo con mayúscula).
Hagan ustedes, si el corazón y el cuerpo les dicen algo, la renovada
experiencia de ello. Si la travesía inevitable del organismo y sus
sufrimientos, si el grito de la salida de sí no les producen demasiado
miedo y no chocan a la ética profesional de ustedes, abdiquen de
sus representaciones previas sobre este oficio de analista: comprenderán
entonces lo que intento presentar del silencio.
El silencio es el núcleo activo de la
palabra. La palabra, en el breve instante en que ella
procede de ahí, es un grito: lo que todas las convenciones
sociales nos han enseñado a callar; esto no impide que, callado
o no, el grito animador de la palabra que ha de seguir esté ahí.
Toda pasión, en el sentido amplio del término, lo deja entender.
Constituye justamente la especificidad del lugar trasferencial,
en el análisis, permitir ese momento de «interfase», como se pudiera
decir, entre el silencio y la palabra, esa voz que grita en el desierto
o ese grito que desgarra de arriba abajo el velo del Templo (se
sabe que el cuerpo es el templo, para seguir citando las Escrituras).
El nacimiento del lenguaje
He aquí una proposición que me gustaría se meditara -porque
al mismo tiempo en manera alguna es mía, a tal punto es trivial-:
la palabra verdadera, esa palabra plena de que hablaba Lacan,
procede del silencio y a él vuelve. El
«en otra parte» de donde nos ha venido nos ha precedido infinitamente.
Pero, ¿no precedió también infinitamente al primer homo sapiens
que se puso a hablar? No existe tiempo para la palabra; las teorías
empiristas del nacimiento del lenguaje y toda la filosofía de base
lingüística pretenden por el contrario analizar los elementos que
permitieron, en una perspectiva causal, la aparición de un fenómeno
como ese en la cadena de los efectos y las causas del universo.
Vano empeño es empero, como sabemos, interrogarse sobre la preexistencia
del huevo o de la gallina. Petición de principio es interrogarse
sobre el origen del lenguaje cuando ello sólo se puede producir
en el interior del lenguaje. Pero si uno «causa» el grito, haciendo
«causar» la «causa» del silencio, surge con evidencia que el origen
está ahí, hoy, creadora no menos que inasible, y que esto sitúa
nuestra experiencia zeitlos: fuera del tiempo.
¿Qué tiempo hace falta para que surja un acto? ¿Con
qué cronómetro lo mediremos? ¿Qué espesor tiene una pura
interfase? ¿Qué tiempo hizo falta para que se produjera el big bang
que inauguró la historia del universo?
En un extenso texto (sin duda no publicable) he intentado mostrar
que existe un lenguaje más allá de todo saber. Pero ese lenguaje
ya no es siquiera la realidad, que está hecha de un encuentro de
lo imaginario y lo real. No porque no pueda haber más allá del lenguaje
deja el lenguaje de designar su más allá, así como el horizonte
retrocede a medida que el caminante avanza. A esta imagen, J. D.
Nasio y yo simultáneamente le descubrimos la apertura diciendo:
« . . . hasta que ese caminante advierta que el horizonte es el
barro que se le pega en los pies». El silencio, a mis ojos, es ese
momento de la mirada, ese Augenblick que separa el horizonte
que los ojos consideran de tan lejos y ese terrón que pegotea los
zapatos. El horizonte está tan lejos que está siempre allá. Nuestro
verdadero silencio nos resulta a punto tal inasequible que constituye
acto en permanencia, desde el sillón del analista donde persiste
y de donde emana; este acto cobra cuerpo no
solamente como una realidad visible, audible, representable, sino
como un núcleo no reconocible de donde emana el grito.
Hay algo del otro
Por eso yo no dejo de utilizar
esta formulación que a muchos parece oscura y que no puede menos
que proceder, pensarán algunos, de un «iluminado». Sí; iluminado,
lo soy: por lo que oigo surgir del silencio de mis analizandos.
Esta formulación es: «Hay algo del otro». Sobre todo, que no se
vaya a poner una mayúscula en ese nombre que no tiene nombre. Pasen
el trapo de piso o den un grito que los sobrepase y los trasporte
al diván de su analista, quien no atinará a nada y tal vez les diga
que se tranquilicen. Pero si hay algo del otro, no es al servicio
del goce ni de la angustia, ni de ningún prójimo.
Hacer silencio no es forzosamente seguir callado: es dejar que el
tiempo desaparezca.
El tiempo
es supresión del espacio; el espacio es supresión del tiempo: he
ahí también unas fórmulas que pasarán por esotéricas e inexplicables.
Pero no: el espacio, en tanto es proporcionado por la apertura
de lo imaginario -y esto imaginario a su vez es revelado
en la dimensión del espejo, envés del mundo-, suprime el tiempo
en tanto él permite la aparición de esto que es específicamente
humano: la simultaneidad.
En nuestros días, la física llamada
relativista muestra que no puede existir simultaneidad en el universo
porque todo cuerpo, pequeño cuanto se quiera y aun carente de masa,
como los fotones o los neutrinos, próximo cuanto se quiera a otro
cuerpo, no deja de estar separado por una distancia que el influjo
energético, cualquiera que sea su naturaleza (interacción fuerte,
débil, electromagnética o gravitacional) tardará cierto tiempo en
recorrer. No así en lo imaginario. El espacio que ahí se descubre
se manifiesta como idéntico a él mismo en la simultaneidad (imaginaria,
en efecto) de sus elementos.
Dejemos esto. El tiempo, por su
parte, suprime al espacio. El «no suspende su vuelo» y el espacio
no es sino un corte arbitrario e imaginario en ese lanzamiento en
cuyo interior está tomado. Me he extendido sobre esta perspectiva
en un artículo que se intitulaba «In-fans: antes que eso pueda hablar,
¿eso dice qué?». Inventé entonces una parábola: la del puente que
un poeta arquitecto ha proyectado hacer construir. La planchada
de ese puente vuela de Arcachon. . . hacia el mar. «Pero, ¿hacia
qué otra orilla? Es que no la hay que haga que todo arribe». La
orilla es el espacio mismo. Otros -los sabios causalistas- querrían
que el vuelo de esa gran obra loca se calculara y que ella fuera
asegurada en la inercia de las piedras: estas, en mi comparación,
son lo que las palabras seguras y reflexivas. Pero no, dice en suma
el poeta: «Palabra anterior al lenguaje, que atraviesa el tiempo
y por todo bagaje tiene el campo que convierte al espacio para que
devenga la orilla donde el tiempo se sobrepasa». Desde luego que
el puente se hunde: cortan la cabeza al poeta; todo vuelo cesa y
se termina, condenado lo imaginario en esta vida que hemos aprendido
a llamar «obsesiva»: «Apilaron piedras para nada y sin cesar».
En efecto, las palabras
que se toman por meras informaciones de computadora y que no pueden
ni preceder al silencio, ni proceder de él, ni darle testimonio
ni unírsele, esas palabras no son más que piedras. Apilarlas indefinidamente,
como amenaza hacerlo la humanidad de mañana, es suprimir el tiempo
humano y creador en nombre del espacio y de la repetición. Freud
vio en esto el lugar de las pulsiones de muerte.
Nada más silencioso, en apariencia,
que un guijarro. Esto sólo es cierto, sin embargo, por referencia
a nuestra palabra de hoy. Un geólogo, un cristalógrafo, un físico,
un planetólogo saben pertinentemente restituirle una historia; por
lo tanto, una palabra: el carbono 14, por ejemplo, dice su edad.
El ser humano, ese «hablasilencio»
Por mi parte, creo
que el verdadero «hablaser» es el guijarro. El habla con su ser,
no con la nada de su presencia. A lo existente lo llamaré
con una palabra que parece la única que le conviene: es un «hablasilencio».
Le es menester pasar por el silencio para ponerse finalmente
a hablar.
Hay mucho que decir -en otros lugares lo he intentado- de ese silencio
en cuyo corazón el
tiempo y el espacio
se suprimen. En tanto pasan de repente el uno en el otro, dan testimonio
de otro lugar, en el arúspice que es el psicoanalista; y no es el
de la palabra causa de su origen: ella llega más bien a causar
su origen creando esa interfase que es el grito.
Sobrepasando a Pascal, a quien «espantaba el silencio eterno de
los espacios infinitos», los sabios vulgarízadores de la física
llamada cuántica nos dicen en nuestros días que ese «campo de medida»
que es un fotón, registrable como un cuánto ínfimo de energía, muy
poco tiempo antes (a un año luz del fotorreceptor) era una onda
de probabilidad sin espacio determinable y que sin embargo ocupaba
10 a la 27, una enormidad de km2.
He ahí el lenguaje de los sabios cuando se dirige por vulgarización
al vulgum pecus: ese rebaño de carneros ordinarios que somos.
En otra parte he mostrado que el lenguaje cae entonces en un grave
paralogismo, es decir, en una lógica falaz. En efecto, pretende
hacernos saltar de un lenguaje adecuado para expresar las leyes
causales y elementalistas de la naturaleza (la matemática) al lenguaje
de nuestra cotidianidad («Alcánzame la sal») que tiene referentes
distintos y patrones de medida diferentes, tomados de la experiencia
sensible.
Hacernos creer que así se puede, sin salto alguno, pasar de una
teoría científica verdadera en sí a nuestra práctica cotidiana,
cierta para nosotros, es querernos persuadir de que un «metalenguaje»
engloba, domina y se da por referente de todos los demás lenguajes.
Ese paralogismo se tiene que denunciar, se trate de las ciencias
cuánticas o de la teoría psicoanalítica. En realidad, lo que nace
como un fruto maduro de un átomo
de silencio, en el curso de los análisis como en lo más íntimo
de nuestra vida cotidiana (cuando cesan nuestras charlatanerías
de prestancia), es la percepción originaria de ese punto inaprehensible
de lo real -el simple hecho de estar ahí, sin que tengamos
ni la posibilidad ni el gusto de representárnoslo, de reflexionar
sobre él, de imaginarlo-, ese punto de real, y de total contingencia,
que sólo aparecerá en el momento de nuestra muerte. Y por otra parte,
y a la vez, nace la percepción simultánea de todas esas formas
del baile de máscaras de la palabra, del actuar, del sufrimiento
y del goce, de todo cuanto constituye el pan cotidiano de nuestra
vida, esa vida «dentro de la realidad» análoga en todos sus puntos
a las ondas de probabilidad que destierran para siempre toda certidumbre
de un conocimiento simultáneo del punto de nuestra posición y de
nuestra velocidad (en existir). Ninguna síntesis parece posible
para esta doble percepción, para ese «a la vez» que nos sumerge
en el silencio profundo de un cielo que ha quedado vacío de un Dios
«sagrado». Estamos tomados en el «más allá» de un
lenguaje que sin embargo está sin cesar en tren de decirse.
Por eso quiera el lector excusarme esta pasión de hablar, que así
me ha llevado a renegar de mi causa queriendo presentarla.
Texto extraído de "El silencio en psicoanálisis",
varios autores bajo la dirección de J. D. Nasio, Págs. 131/141,
editorial Amorrortu, Buenos Aires, Argentina, 1988.
Selección y destacados: S.R.
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