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El silencio: un "más-de-palabra"

Xavier Adouard

 

Acto y palabra: dos mundos

Todo acto digno de ese nombre es corte, ruptura. ¿Por qué? Porque un acto consiste en pasar del mundo que uno conoce, que uno ha explorado ya, del cual uno tiene el hábito, en que valen nuestras repeticiones, que uno se puede representar y del que puede hablar, a otro mundo, inesperado este, para el cual uno carece de indicadores y de balizas y al cual, en el aquí y ahora del acto, sólo conduce un camino en apariencia arbitrario: ¿por qué aquí, por qué ahora? Todo ocurre como si este corte por producir no nos perteneciera, como si, frente a nosotros en permanencia, fuera parte de la extrañeza de todo cuanto se articula con lo real.

Pensemos en la famosa «regla fundamental» inventada genialmente por Freud: «Diga usted cuanto se le ocurra -die Einfälle- y no lo que haya traído preparado». Desde el mismo comienzo el psicoanálisis arroja la palabra al acto: la arroja, en consecuencia, a la ruptura, al corte que aleja toda precaución: propone que la palabra se tome como una pura y simple realidad, abdicando de su papel habitual de traducir intenciones, buenas o malas. Esta ruptura, como toda ruptura, es difícil. La iniciativa que consiste en «romper» repentinamente el silencio, rompiendo también con los hábitos defensivos de lo moral, lo social, la intelectualidad, resulta imposible a muchos que tienen por síntoma la inhibición: más le valdrá permanecer en lo «bien conocido», antes que arrojarse al vacío no programado (porque, como la existencia, no puede serlo). En suma, «más les valdría no haber nacido». Algunos ven en la «toma» de palabra un acto imposible hasta que comprenden -pero no sólo con su inteligencia- que no se puede hablar verdaderamente si uno no es tomado más bien por la palabra. Con esto es preciso contar: guardar silencio o tomar la palabra es una misma cosa cuando se trata de un acto, de la expresión de algo muy diverso de la sola demanda de ser reconocido; cuando nos empuja fuera de nosotros una súbita animación de la pura soledad del deseo. Probemos ponernos de pie ante un auditorio, arbitrariamente en suma, sin haber previsto hasta el detalle lo que diremos. La menor inhibición, el menor retorno sobre uno mismo ante ese vacío hace que, como el Gilles de Watteau, uno se quede agitando los brazos sin decir palabra porque no se le ocurre nada, salvo todo lo que tenía para decir, pero borrado, reprimido, interdicto, como lo está el deseo sexual en nombre de la demanda en el hombre impotente.

Ese silencio, evidentemente, no es del orden del acto; muy al contrario, corresponde a medidas defensivas frente al acto; se opone a esa «función del apresuramiento» y de la «certidumbre anticipada», como lo escribió Lacan cuando presentaba una situación de urgencia para la lógica. El origen de lo humano reside en la anticipación, en la «prematurez», rasgo que se observa en todos los niveles de su evolución y de sus opciones: habla antes de «saber» hablar, así como nace antes de poder venir a este mundo lleno de emboscadas; si fuera de otro modo no sería un humano, un «ex-»sistente, permanecería cautivo de una continuidad biológica sin falla, sin verdadera ruptura con su vida fetal. Sería un mamífero desenvuelto y no un ser abierto de arriba abajo por una desgarradura que no se puede cerrar. El primate, por más respetos que le debamos, se nos presenta como el que todavía no ha podido reconocerse allá, en «lo otro», en el espejo del estanque que abre el envés del mundo: no se ha producido el corte entre la naturaleza de donde viene y este presente de hoy en que permanece estando ahí todavía. Pero si se preguntara a un futuro recién nacido si consiente en operar su paso hacia un mundo aéreo y abierto como el que lo espera, con todas las peripecias de una realidad «sorda, muda y ciega», ¿qué respondería? Sin duda, que le basta con esta vida que él ya conoce, mientras que se le propone el vacío de la muerte. Sin vacilar diríamos que ese no es un pequeño humano, porque este, aun si no se siente escuchado «analíticamente», sabe una cosa: «mi deseo de nacer y de existir me arranca ya de mi resistencia, porque esto que así me empuja es más fuerte que esa resistencia». Y sí: para toda ruptura constitutiva de un acto, cada quien, en su soledad, sólo puede contar con esta fuerza de un empuje que no viene de él-«mismo».

La enseñanza del gimnasta en el trampolín

Existe una comparación adecuada para ilustrar todo esto (entre oras, desde luego): pretende manifestar la experiencia que cada uno de nosotros hace en permanencia, lo quiera o no, de ser esperados por una realidad otra, fuera de nosotros, por un «por-venir» (la expresión es de J. D. Nasio) de la realidad que es preciso haber experimentado hasta el fondo del cuerpo. La experiencia tanto del sufrimiento como del goce es privilegiada en este sentido. Cuando el gimnasta está sobre el trampolín, una sola «palabra» vale en ese momento, y él lo sabe bien: el medio milímetro que separará, en acto, la planta de sus pies de la plancha del trampolín. Será solamente entonces cuando, por una vez asaz rara en la vida, se sentirá libre de la cabeza a los pies y cabeza abajo, siguiendo una deflexión menor que en su nacimiento. El discurso, la representación que el gimnasta se forma sobre el trampolín, resulta nulo y no ocurrido frente a la zambullida misma. El que se zambulle es radicalmente otro del que discurre elogiando, antes o después, los méritos del salto o comentando sus imperfecciones. Esto porque es radicalmente otro, respecto del mundo del lenguaje, este mundo de repente abierto al cual el acto del que se zambulle lo ha hecho pasar. El acto tiene toda esta eficiencia de hacer devenir otro.

Ahora bien, esta ambición es la del psicoanálisis. En consecuencia, si el psicoanálisis se reduce a no ser más que palabra, y si no es en manera alguna surgimiento del acto -lo cual excluye todo acting, que no es sino un sustituto de la palabra-, no será sino un ejercicio vacío ante una existencia empero abierta a su cumplimiento. «Es la experiencia de un rebasamiento del psicoanálisis la que permite nacer para la apertura: el psicoanálisis debe engendrar su propia muerte para impulsarnos a vivir».

Silencio sobre el psicoanálisis y silencio en el psicoanálisis

Al decir todo esto, ¿me he alejado del tema central del silencio? Sí, en un sentido y hasta infinitamente. Porque con el silencio ocurre lo que con el humor. Si «discurrimos» sobre él con la seriedad y la elocuencia que convienen, he ahí que el tema ha desaparecido mudándose en muy otra cosa, desmentido en acto mientras que de palabra queríamos promoverlo. Es como el pájaro de la diosa de la sabiduría: así que aparece, ya desapareció en la noche. Muy pronto hará cien años en que congresos, discursos, seminarios, escritos, no dejan de revolver en público esa sustancia extra-terrestre, venida de otra parte tal como aparece siempre el psicoanálisis; ¿no sería tiempo de que alguien se levantara y produjera el acto de decir «¡Basta!»? Cuidad de que no se convierta en puros discursos todo esto que en efecto es preciso saber y sobre lo cual no se debe dejar de meditar. Si todo esto no se inscribe en el interior del silencio del acto y no conduce a él en final de recorrido; si la palabra misma que es la vuestra no vibra bajo la presión de un silencio que ella contiene y que la anima, de un silencio tanto más profundo y totalizador que las síntesis explicativas, entonces fatalmente habréis errado vuestro objetivo. El análisis, tomado como tal, quiero decir como lo que es: una experiencia efectiva, un acto, se da por término desembocar en la integridad, la totalidad del silencio que lo habitaba a fin de dejar surgir a la existencia algo muy diverso que esas palabras y que esas palabras sin fin que fueron la arena del desierto por atravesar. Los más bellos discursos sobre el análisis deberían tarde o temprano callar ante ese silencio en que ya no se reconocen. El psicoanálisis, en su teoría tanto como en su práctica, está hecho para ser atravesado como un campo que conduce a un camino; más allá de la apertura que lo convierte en una nueva madre, está ese «sepultamiento» de un complejo de Edipo que amenazó ser mortífero; está la libertad del sujeto creador que es la recuperación en el interior de sí del único «padre» que valga, y que es el acto como tal.

Es ya en el interior de ese «comienzo que no termina»,(para retomar la bella formulación de Octave Mannoni) y que es la trasferencia, donde el acto surge, cuando la palabra siente que ha llegado a la encrucijada donde debe hacer silencio para responder verdaderamente al enigma de la Esfinge. Veremos con más precisión cómo puede ocurrir eso y cómo el «No Psicoanálisis» trabaja ya en el corazón del mencionado Psicoanálisis.

Realidad, acto, y función de «arúspices»

Lo sabemos: el silencio no puede ser aprehendido como un término aislado en una pura oposición a la palabra. (La oposición de dos términos es siempre un sofisma si se la cree pura y simple; en efecto, hace falta un tercer término que englobe, cree, vea y sostenga a ese par de opuestos.) En verdad, el silencio es un límite que, en el corazón de la palabra, en su seno, introduce en todo momento esa palabra en un imprevisible «porvenir». El silencio que reviste un carácter de defensa no abre la palabra ni a su más-allá ni a su más-acá, lo que es lo mismo: se constituye y se sabe como un opuesto de la palabra, como un cierre protector de esta a todo porvenir.

Una teoría «logicizante» del psicoanálisis ha pretendido hacernos creer que la palabra está hecha para introducir la palabra a un más de palabra. (Es lo propio de lo simbólico, en efecto, engendrar siempre lo simbólico y así constituir un mundo hecho de puro discurso.) Pero más vale percibir que ese «más de palabra» tiene otro nombre: se llama realidad. Ese más-de-palabra es igualmente un «más-que-la-palabra» que arroja a esta fuera de las «matrices» de la lingüística, en ese encuentro de lo imaginario y lo real -esto es la realidad- que espera siempre el rebasamiento de la palabra.

Permítaseme decir otra vez cómo defino al acto. Es el movimiento -proceder, gesto, signatura, llamado, aceptación, rehusamiento, manifestación, riesgo en que se incurre, compromiso que se toma- por el cual «yo» abdico o, más bien, «eso» abdica, de la representación -es decir, del discurso que mantengo acerca de mí mismo o ante un prójimo- en favor de algo radicalmente otro, más o menos heterogéneo por referencia al enunciado de la palabra y que se llama realidad. La representación puede hasta abdicar de ella misma en favor de su propia realidad: ¿no es esto el teatro?

Buscar un ejemplo para esto lleva a descubrir mil. «He dejado -dice un analizando- de decirme y de decir que estoy en análisis y que debo hablar. Ahora vengo aquí como voy a otra parte. Y si a usted no le parece bien, tanto da. Me siento abierto a todo lo que viene». Una paciente pronunció un día esta palabra maravillosa: «Me siento devenir el diapasón del la de lo otro». Pero no sólo en el análisis abundan los ejemplos del «acto-más-de-palabra» como frutos del silencio. Huelga inclinarse hacia una perspectiva que llaman mística personas que no parecen saber de qué hablan (esta palabra se convierte entonces en una verdadera injuria por referencia a lo que parece querer designar). Me conformo con decir que la palabra que procede del silencio es una introducción a un en otra parte que algunos, como los artistas o los monjes, conocen mejor que todos los demás. Esto «en otra parte» está ahí, en el análisis, en el corazón de las verdaderas palabras: por eso considero que ejercemos el oficio de «arúspices». Pero eso no es sagrado: es profano de cabo a cabo, como Dios. Si digo que estoy obligado a creer en la experiencia en tanto «mística», no es porque entrevea al lado, por debajo o por encima de la experiencia un pequeño compartimiento sagrado, como lo sería una sacristía. Es más bien porque creo en la «mística del trapo de piso»: cuando se pasa un trapo de piso por el embaldosado de la casa (más les vale a los psicoanalistas que hacer palabras cruzadas, como lo deseaba Lacan), es raro que uno tenga aliento sostenido bastante para pronunciar al mismo tiempo un largo discurso, ni siquiera una plegaria: el acto es plegaria y el trapo de piso es el cuerpo de Dios. El cuerpo extendido ahí, sobre el diván del analista, lo es también.

El silencio de la palabra en beneficio del cuerpo en análisis

No hay audacia en decirlo y repetirlo: el psicoanálisis puede consistir en abrir la dimensión del discurso verbal sobre el cuasi silencio de la realidad. Ese cuasi silencio («cuasi» porque se hace oír) es el del cuerpo. Algunos parecen querer que los analizandos dejen su cuerpo en la sala de espera. Pero si esto se produce, será el organismo, y no ya el cuerpo erógeno, el que traerá sus sufrimientos, en lugar de los deseos del cuerpo. «El cuerpo entero es una zona erógena» escribió Freud en Tres ensayos de teoría sexual. Lacan expresó también, a la vuelta de un laberinto verbal, una proposición que he retenido porque, ya, la intelectualización del psicoanálisis me metía miedo: «El cuerpo, él, no engaña». El cuerpo, como lugar de deseo y de placer, constituye la presencia de la realidad como tal en el lugar del análisis.

Y en un mismo movimiento, ¿podemos sostener que es también el lugar del silenci? Sí y no; no en apariencia, puesto que se lo oye: respira. Sí, empero, porque es como el ruido del trapo de piso que viene a remplazar a los fonemas de la palabra verbal. Y esto no deja de producir sus efectos.

-No puedo decir nada -dice ella-, no puedo decir nada después de haberlo dicho todo.

-Pero... si usted habla.

-¿Cómo que hablo?

-Pero sí, yo oigo.

-¿Usted oye qué?

-Escuche.

¿Qué creen ustedes? ¿Acaso eso no habla? Desde luego, es muy diferente de la lógica del significante o del significado, eso se aleja de la ciencia lingüística y de todo logocentrismo, pero del «en otra parte» comienza a surgir realidad. No sólo aquí la representación abdica de su papel defensivo, sino que lo hace también la palabra que se dice libre, y aun la historia y la anamnesis que se dicen retornos terapéuticos en la trasferencia (todo esto ha sido atravesado, por cierto que no se ha renegado de ello al comienzo). Ustedes, analistas del cuerpo, «arúspices», digan «si», viviendo en su propio cuerpo la importancia de lo que de esta manera se dice, la importancia de este surgimiento del hecho de que en el fondo del cuerpo hay de lo otro, y entonces verán lo que ocurre. Esto no se programa ni se nombra. Mi experiencia me ha probado, malgrado mis resistencias, que esto es del orden de una revelación -más allá de una realidad- de lo real (palabra no sagrada que no escribo con mayúscula). Hagan ustedes, si el corazón y el cuerpo les dicen algo, la renovada experiencia de ello. Si la travesía inevitable del organismo y sus sufrimientos, si el grito de la salida de sí no les producen demasiado miedo y no chocan a la ética profesional de ustedes, abdiquen de sus representaciones previas sobre este oficio de analista: comprenderán entonces lo que intento presentar del silencio.

El silencio es el núcleo activo de la palabra. La palabra, en el breve instante en que ella procede de ahí, es un grito: lo que todas las convenciones sociales nos han enseñado a callar; esto no impide que, callado o no, el grito animador de la palabra que ha de seguir esté ahí. Toda pasión, en el sentido amplio del término, lo deja entender. Constituye justamente la especificidad del lugar trasferencial, en el análisis, permitir ese momento de «interfase», como se pudiera decir, entre el silencio y la palabra, esa voz que grita en el desierto o ese grito que desgarra de arriba abajo el velo del Templo (se sabe que el cuerpo es el templo, para seguir citando las Escrituras).

El nacimiento del lenguaje

He aquí una proposición que me gustaría se meditara -porque al mismo tiempo en manera alguna es mía, a tal punto es trivial-: la palabra verdadera, esa palabra plena de que hablaba Lacan, procede del silencio y a él vuelve. El «en otra parte» de donde nos ha venido nos ha precedido infinitamente. Pero, ¿no precedió también infinitamente al primer homo sapiens que se puso a hablar? No existe tiempo para la palabra; las teorías empiristas del nacimiento del lenguaje y toda la filosofía de base lingüística pretenden por el contrario analizar los elementos que permitieron, en una perspectiva causal, la aparición de un fenómeno como ese en la cadena de los efectos y las causas del universo. Vano empeño es empero, como sabemos, interrogarse sobre la preexistencia del huevo o de la gallina. Petición de principio es interrogarse sobre el origen del lenguaje cuando ello sólo se puede producir en el interior del lenguaje. Pero si uno «causa» el grito, haciendo «causar» la «causa» del silencio, surge con evidencia que el origen está ahí, hoy, creadora no menos que inasible, y que esto sitúa nuestra experiencia zeitlos: fuera del tiempo. ¿Qué tiempo hace falta para que surja un acto? ¿Con qué cronómetro lo mediremos? ¿Qué espesor tiene una pura interfase? ¿Qué tiempo hizo falta para que se produjera el big bang que inauguró la historia del universo?

En un extenso texto (sin duda no publicable) he intentado mostrar que existe un lenguaje más allá de todo saber. Pero ese lenguaje ya no es siquiera la realidad, que está hecha de un encuentro de lo imaginario y lo real. No porque no pueda haber más allá del lenguaje deja el lenguaje de designar su más allá, así como el horizonte retrocede a medida que el caminante avanza. A esta imagen, J. D. Nasio y yo simultáneamente le descubrimos la apertura diciendo: « . . . hasta que ese caminante advierta que el horizonte es el barro que se le pega en los pies». El silencio, a mis ojos, es ese momento de la mirada, ese Augenblick que separa el horizonte que los ojos consideran de tan lejos y ese terrón que pegotea los zapatos. El horizonte está tan lejos que está siempre allá. Nuestro verdadero silencio nos resulta a punto tal inasequible que constituye acto en permanencia, desde el sillón del analista donde persiste y de donde emana; este acto cobra cuerpo no solamente como una realidad visible, audible, representable, sino como un núcleo no reconocible de donde emana el grito.

Hay algo del otro

Por eso yo no dejo de utilizar esta formulación que a muchos parece oscura y que no puede menos que proceder, pensarán algunos, de un «iluminado». Sí; iluminado, lo soy: por lo que oigo surgir del silencio de mis analizandos. Esta formulación es: «Hay algo del otro». Sobre todo, que no se vaya a poner una mayúscula en ese nombre que no tiene nombre. Pasen el trapo de piso o den un grito que los sobrepase y los trasporte al diván de su analista, quien no atinará a nada y tal vez les diga que se tranquilicen. Pero si hay algo del otro, no es al servicio del goce ni de la angustia, ni de ningún prójimo. Hacer silencio no es forzosamente seguir callado: es dejar que el tiempo desaparezca.

El tiempo es supresión del espacio; el espacio es supresión del tiempo: he ahí también unas fórmulas que pasarán por esotéricas e inexplicables. Pero no: el espacio, en tanto es proporcionado por la apertura de lo imaginario -y esto imaginario a su vez es revelado en la dimensión del espejo, envés del mundo-, suprime el tiempo en tanto él permite la aparición de esto que es específicamente humano: la simultaneidad.

En nuestros días, la física llamada relativista muestra que no puede existir simultaneidad en el universo porque todo cuerpo, pequeño cuanto se quiera y aun carente de masa, como los fotones o los neutrinos, próximo cuanto se quiera a otro cuerpo, no deja de estar separado por una distancia que el influjo energético, cualquiera que sea su naturaleza (interacción fuerte, débil, electromagnética o gravitacional) tardará cierto tiempo en recorrer. No así en lo imaginario. El espacio que ahí se descubre se manifiesta como idéntico a él mismo en la simultaneidad (imaginaria, en efecto) de sus elementos.

Dejemos esto. El tiempo, por su parte, suprime al espacio. El «no suspende su vuelo» y el espacio no es sino un corte arbitrario e imaginario en ese lanzamiento en cuyo interior está tomado. Me he extendido sobre esta perspectiva en un artículo que se intitulaba «In-fans: antes que eso pueda hablar, ¿eso dice qué?». Inventé entonces una parábola: la del puente que un poeta arquitecto ha proyectado hacer construir. La planchada de ese puente vuela de Arcachon. . . hacia el mar. «Pero, ¿hacia qué otra orilla? Es que no la hay que haga que todo arribe». La orilla es el espacio mismo. Otros -los sabios causalistas- querrían que el vuelo de esa gran obra loca se calculara y que ella fuera asegurada en la inercia de las piedras: estas, en mi comparación, son lo que las palabras seguras y reflexivas. Pero no, dice en suma el poeta: «Palabra anterior al lenguaje, que atraviesa el tiempo y por todo bagaje tiene el campo que convierte al espacio para que devenga la orilla donde el tiempo se sobrepasa». Desde luego que el puente se hunde: cortan la cabeza al poeta; todo vuelo cesa y se termina, condenado lo imaginario en esta vida que hemos aprendido a llamar «obsesiva»: «Apilaron piedras para nada y sin cesar».

En efecto, las palabras que se toman por meras informaciones de computadora y que no pueden ni preceder al silencio, ni proceder de él, ni darle testimonio ni unírsele, esas palabras no son más que piedras. Apilarlas indefinidamente, como amenaza hacerlo la humanidad de mañana, es suprimir el tiempo humano y creador en nombre del espacio y de la repetición. Freud vio en esto el lugar de las pulsiones de muerte.

Nada más silencioso, en apariencia, que un guijarro. Esto sólo es cierto, sin embargo, por referencia a nuestra palabra de hoy. Un geólogo, un cristalógrafo, un físico, un planetólogo saben pertinentemente restituirle una historia; por lo tanto, una palabra: el carbono 14, por ejemplo, dice su edad.

El ser humano, ese «hablasilencio»

Por mi parte, creo que el verdadero «hablaser» es el guijarro. El habla con su ser, no con la nada de su presencia. A lo existente lo llamaré con una palabra que parece la única que le conviene: es un «hablasilencio». Le es menester pasar por el silencio para ponerse finalmente a hablar.

Hay mucho que decir -en otros lugares lo he intentado- de ese silencio en cuyo corazón el tiempo y el espacio se suprimen. En tanto pasan de repente el uno en el otro, dan testimonio de otro lugar, en el arúspice que es el psicoanalista; y no es el de la palabra causa de su origen: ella llega más bien a causar su origen creando esa interfase que es el grito.

Sobrepasando a Pascal, a quien «espantaba el silencio eterno de los espacios infinitos», los sabios vulgarízadores de la física llamada cuántica nos dicen en nuestros días que ese «campo de medida» que es un fotón, registrable como un cuánto ínfimo de energía, muy poco tiempo antes (a un año luz del fotorreceptor) era una onda de probabilidad sin espacio determinable y que sin embargo ocupaba 10 a la 27, una enormidad de km2.

He ahí el lenguaje de los sabios cuando se dirige por vulgarización al vulgum pecus: ese rebaño de carneros ordinarios que somos. En otra parte he mostrado que el lenguaje cae entonces en un grave paralogismo, es decir, en una lógica falaz. En efecto, pretende hacernos saltar de un lenguaje adecuado para expresar las leyes causales y elementalistas de la naturaleza (la matemática) al lenguaje de nuestra cotidianidad («Alcánzame la sal») que tiene referentes distintos y patrones de medida diferentes, tomados de la experiencia sensible.

Hacernos creer que así se puede, sin salto alguno, pasar de una teoría científica verdadera en sí a nuestra práctica cotidiana, cierta para nosotros, es querernos persuadir de que un «metalenguaje» engloba, domina y se da por referente de todos los demás lenguajes. Ese paralogismo se tiene que denunciar, se trate de las ciencias cuánticas o de la teoría psicoanalítica. En realidad, lo que nace como un fruto maduro de un átomo de silencio, en el curso de los análisis como en lo más íntimo de nuestra vida cotidiana (cuando cesan nuestras charlatanerías de prestancia), es la percepción originaria de ese punto inaprehensible de lo real -el simple hecho de estar ahí, sin que tengamos ni la posibilidad ni el gusto de representárnoslo, de reflexionar sobre él, de imaginarlo-, ese punto de real, y de total contingencia, que sólo aparecerá en el momento de nuestra muerte. Y por otra parte, y a la vez, nace la percepción simultánea de todas esas formas del baile de máscaras de la palabra, del actuar, del sufrimiento y del goce, de todo cuanto constituye el pan cotidiano de nuestra vida, esa vida «dentro de la realidad» análoga en todos sus puntos a las ondas de probabilidad que destierran para siempre toda certidumbre de un conocimiento simultáneo del punto de nuestra posición y de nuestra velocidad (en existir). Ninguna síntesis parece posible para esta doble percepción, para ese «a la vez» que nos sumerge en el silencio profundo de un cielo que ha quedado vacío de un Dios «sagrado». Estamos tomados en el «más allá» de un lenguaje que sin embargo está sin cesar en tren de decirse.

Por eso quiera el lector excusarme esta pasión de hablar, que así me ha llevado a renegar de mi causa queriendo presentarla.

 

Texto extraído de "El silencio en psicoanálisis", varios autores bajo la dirección de J. D. Nasio, Págs. 131/141, editorial Amorrortu, Buenos Aires, Argentina, 1988.

Selección y destacados: S.R.

 

 

        

 

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