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Equis Versiones
Sergio Rocchietti
"Entretanto sería estúpido
discutir de pronombres y otros elementos de la charlatanería.
El sujeto no importa, no lo hay".
"... no hay necesidad de boca,
las palabras están por doquier, dentro de mí, fuera de mí, bien,
bien, hace un minuto que yo no tenía cuerpo, las oigo, no hay
necesidad de oírlas, no hay necesidad de cabeza, imposible pararlas,
imposible parar, estoy en las palabras, hecho de palabras, palabras
de otros, qué otros, el lugar también..."
-S.
Beckett-
Campo
etimológico de VERSION compuesto por: VERTER, latín,
vertere, girar, hacer girar, dar vuelta, derribar, cambiar, convertir
// VERSO: lat. versus, prop. surco que da la vuelta, hilera,
línea de escritura // VERSAR, lat. versari, encontrarse habitualmente
en un lugar, ocuparse en algo, primero dar vueltas en torno // VERSION,
a principios del siglo XVII llega al idioma castellano.
VERSION: figurativo traducción // Modo que tiene cada uno de referir un
mismo suceso // operación para cambiar la postura del feto que se
presenta mal para el parto.
Definiciones sin acciones: definir una palabra es deslizarse entre etimologías y significados,
con palabras, para dar con lo que dicen otras palabras, a partir
de lo que otros dijeron con palabras de esas mismas palabras. Un
necesario o in-necesario recorrido para girar y volver con un pequeño
trozo de nuestro cuerpo hecho signo, o volver desde allí con un
pequeño trozo de papel arrancado a algún libro que antes hemos robado
del anaquel de alguna biblioteca ajena.
El origen (un cuentito)
Suele utilizarse
la letra "x" como un elemento en las matemáticas. En las
matemáticas las letras suelen tener funciones distintas a las que
se les adjudica en el lenguaje. En las matemáticas la "x",
una letra, representa las incógnitas, cuando no nos alcanzan las
"x" se agregan las "y". Esto es así desde que
se lo "inventó" y la posibilidad de utilizar letras para
otras funciones no sólo se originó en las matemáticas sino que las
mismas letras alguna vez fueron palabras.
Estamos hablando de: "hace mucho tiempo". Digámoslo así:
"Hace mucho tiempo" las letras fueron palabras y fueron
olvidadas como palabras, fueron tomadas como palabras que podían
hacer letra. Esto, hace mucho tiempo, miles de años, fue hecho por
los griegos. Cuando no sabemos a quien adjudicar algo que se hizo
hace mucho tiempo decimos "los griegos". Y estamos hablando,
porque yo con ustedes estoy hablando y ustedes están leyendo pero
yo les estoy hablando. Y quizás alguno de los que están leyendo
se ponga a hablar conmigo. Pero como "ya lo he dicho"
no estaré allí para escucharlo, pero igual les sigo hablando.
Los griegos
tuvieron la idea de reunir las letras consonantes y las letras vocales
que antes eran palabras en otras lenguas a las que se les llama
proto, protofenicias, protosumerias, acadias y egipcias, proto y
olvidos porque ya no se hablan y "ya" es hace mucho tiempo,
que son miles de años y como los nombres no eran tan importantes
como son ahora, y mucho menos los apellidos, que no existen desde
hace más de doscientos y un poco de años, miren entonces que importancia
se les podría haber dado a los mismos hace miles de años. Poca casi
nada. No había.
Luego,
hoy, no es hace mucho tiempo, como no sabemos quien fue decimos
"los"; "los griegos" inventaron las letras para
las consonantes y para las vocales en un mismo sistema de escritura.
Y en las matemáticas (desde Leibniz y Newton) se usan letras y números.
Y con las letras, especialmente con la susodicha "x" se
delinean las incógnitas. Se presentan las incógnitas. Es como si
de nuevo las letras fueran palabras, porque la equis, así, nos dice:
"no sé" y uno le pregunta y le pregunta y ella dice: "no
sé no sé no sé". Y uno le pregunta: ¿cómo te llamás? Y ella
dice "No sé", ¿y de dónde venís? "No sé", ¿y
adónde vas? "No sé". Y bueno, con tantos no sé uno francamente
se cansa y termina también por contestar "No sé". He allí
el origen de la letra "x" representando nuestras incógnitas.
"¡No sé! ¡No sé equis, no sé! "
De un origen para tachar (la equis tachada es
un asterisco)
Las equis pululan,
las equis copulan y se multiplican. Las equis tienen vida. Vida
propia. Las equis en el lenguaje son, para nosotros, las versiones
de lo explicado, las versiones de lo intentado, las versiones de
lo sucedido. Equis versiones. Historias, pequeñas o grandes. Revocables.
Tienen fecha de vencimiento, llegará otra que ocupará la atención.
La efímera atención, sea en la conciencia individual o en la famosa
"opinión pública", que no es otra cosa que una conciencia
extendida a lo social. La conciencia en lo social es masiva e inerte,
cuando no inerme, a las manipulaciones de las "ingenierías
de la información".
Esto ocurre
de la siguiente manera. Esta ya es otra versión, las equis son las
letras que en el lenguaje, no en las matemáticas, dicen "no
sé" y nosotros le decimos a aquéllos humanos, no letras, que
preguntan: "sé", no hay nada que preguntar. Las letras
equis nos dicen no sé y nosotros respondemos ya sabemos, bueno,
en realidad, ni siquiera podemos atrapar las buenas preguntas porque
ni siquiera lo intentamos y así vamos, "sabiendo". Y así
vamos diciendo con el intento de organizar los hechos en un relato
que se dirije hacia los otros. Unidad de un relato hecho para los
otros, para que los otros entiendan.
Pero "los
hechos están desechos", ha dicho Celine. En
la época postmoderna los hechos están desechos y se reúnen en las
múltiples pantallas, para volver a dispersarse y fragmentarse, en
nosotros, con nosotros y olvidarse. Unidad de las pantallas que
unifican y aplanan para que usted y yo, entendamos; para que nosotros
entendamos.
Es por
eso que los hechos están desechos porque pasan y pasan y no queda
nada. Nada de huella. Siempre las mismas reiteraciones de lo que
no se cierne. De lo que no nos hace nada, nada más que ocuparnos
efímeramente un instante y a otra cosa, a otra ocupación efímera
e ininscribible en el orden del ser, o de la existencia. Los
hechos están desechos porque no hacen escritura.
"Los
hechos están desechos".
Lo dijo Celine ¡y cuánta razón tenía! La razón así chiquita, la
razón de haber encontrado una frase feliz, que diera cuenta de algo
que se transforma en nosotros en certidumbre de la feliz frase que
nos hace feliz en su justeza de certeza y que no puede extenderse
más allá de allí como razón.
Si los
hechos están desechos también está desecha la Razón. La que se escribe
con mayúscula. La que desvelaba a los Positivistas del siglo XIX
y la que va a seguir haciéndolo.
Feliz
justeza de la certeza en la frase proferida y retomada por otros
en otros tiempos y lugares.
Los
hechos están desechos y por eso las versiones proliferan.
Los hechos se hacen versiones, la Razón se hace razones. Se terminó
el sueño moderno del Positivismo, ahora ese sueño se aloja con mucha
mayor eficacia en los dispositivos de "las ciencias".
Y no es ahora "el sueño de la razón el que provoca monstruos"
como dijo Goya sino que es la vigilia la que ya los puede hacer
(biotecnologías).
¿Acaso
diremos que los hechos alguna vez pudieron reunirse por más tiempo?
Por más tiempo en "un" relato. No lo pensamos, pero sí
sabemos que hay épocas y épocas, e instrumentos y dispositivos de
lenguaje que pueden propiciar reuniones mejores. El mito y el logos
han sido mejores reuniones junto con la religión, sus etimologías
indican ya esa predisposición al reunir, pero han sucedido hechos
efectivos y hechos de discurso que han traído las dispersiones a
nuestra cercanía, a nuestra época (postmoderna), y a nuestra existencia,
con la secularización que se da desde el siglo XIX a partir de Feuerbach
con su operación ateológica y con el anuncio de Nietzsche de que
Dios ha muerto. Si los dioses se retiran del mundo nos queda recurrir
a los del Infierno, cosa que hace Freud al invocarlos en el inicio
de "La Interpretación de los sueños": "Si no puedo
invocar a los dioses de cielo acudiré a los del infierno".
Si podemos "interpretar" nuestros sueños podemos saber
y si podemos saber, nuestros sueños se desgajan ante nuestra mirada
como múltiples telones desgarrados e inútiles que ya no pueden ocultar
la nada que nos habita. La nada, nihil, se pone a funcionar en nosotros
como una máquina de angustiar. ¡Necesitamos remiendos! Nuestros
telones tienen que cumplir la función de velar. Si no hay más dioses,
que no nos enteremos, si no hay más dios, que Él no se entere. Si
Él cree que es, es. Si él cree, yo puedo creer, y puedo dejar de
saber, y puedo dejar de preguntar. ¡Podremos tachar las equis! Y
se hizo. Cada vez que se puede, se tachan las equis poniendo sobre
ellas hermosos telones que funcionan como hermosas pantallas, sobre
las cuales se proyectan hermosas fantasías compartidas en las creencias
o sostenidas en lo individual de los placeres. Imágenes tersas,
lisas e inasibles junto con el discurso común, en el discurso
común, el de todos, reiterado, repetido y amplificado, que hace
a la anulación de las preguntas. La incógnita se tacha.
¡Ya sé!
De la nada algo viene
Antigüo precepto
latino: "nada viene de la nada". Luego de
varias crisis, separaciones, en la filosofía, en la historia, hoy
diríamos historias, viejas historias en el pensamiento de Occidente,
podemos anunciar que la nada nos habita, o sea que de la nada algo
viene: nosotros. Pero esto traería demasiadas confusiones así que
digamos que: de la nada de otros, de las nadas de otros, algo llega:
nosotros. Nosotros que deberemos llevar nuestras propias nadas hasta
el extremo de la angustia, para que sean perceptibles por nosotros,
nuestras nadas. Como no quiero perderme y lo hago continuamente,
creo que voy para allá y no hago más que perderme de los fijos rumbos
de las conciencias esclarecidas y limpias, pero en fin, no puedo
evitarlo, les recomiendo leer de Martin Heidegger, "Que es
metafísica", para introducirse en un pensamiento que no oculta
a la nada. El nada, la nada, las ausencias, las pérdidas, lo negativo,
lo desechado, lo no admitido, temblemos un poco (al modo de Kierkegaard,
"Temor y temblor") también: el odio y el mal; todo ello
está en nosotros porque está en los otros y nosotros. Nos estamos
refiriendo a nosotros, volvemos. En nosotros hay la nada, no la
nada que somos como promesa a ser, sino la que nos es constitutiva
y constituyente, la que encontramos a cada rato en nuestra vida
bajo las formas que fueron enumeradas más arriba. Cada decisión,
cada acción, cada elección, cada pensamiento, cada palabra hace
al ser y al no ser de cada una de ellas y de nosotros. Cada acción
y cada no acción, cada camino desechado, cada atajo o pasaje no
proseguido, cada despedida, o cada dilación nos hace y nos recuerda
aunque nosotros no lo hagamos. Somos también lo que no hemos
sido y no seremos. Simplemente así. Casi simplemente así
porque esto no tiene ninguna simpleza y sí muchas complejidades.
Pasemos.
Lo
que viene de la nada cuando la nada se pone a funcionar es la máquina
de la angustia.
Y la máquina de la angustia produce angustias varias. Y respuestas
varias.
Hemos dicho
(Versiones: "Dos Versiones"):
"La oposición es fuerte: información o desinformación.
Ser en la actualidad es estar informado -¿in-formado?-; ser es estar
aquí, ahí y allá.
Noticias o desinformación. Relatos múltiples de lo efímero
¿Y el necesario silencio para poder oír? Si todas las máquinas de
emitir sonidos cesaran de hacerlo, ¿qué sobrevendría?
Primero el silencio luego La angustia".
Encontramos,
luego, en Baudrillard (La Transparencia del mal):
"...no
hay tiempo para el silencio. El silencio está expulsado de las pantallas,
expulsado de la comunicación. Las imágenes mediáticas (y los textos
mediáticos son como las imágenes) no callan jamás: imágenes y mensajes
deben sucederse sin discontinuidad.
Ahora bien, el silencio es precisamente este síncope en el circuito,
esta ligera catástrofe, este lapsus que, en la televisión, por ejemplo,
se vuelve altamente significativo -ruptura a la vez cargada de angustia
y de júbilo- al sancionar que toda esta comunicación sólo es en
el fondo un guión forzado, una ficción ininterrumpida que nos libera
del vacío, el de la pantalla, pero también del de nuestra pantalla
mental, cuyas imágenes acechamos con la misma fascinación".
El silencio
en la postmodernidad es el lapsus en el circuito del ruido.
El
ruido en la postmodernidad es la extensión indefinida
de la extensión de los cuerpos.
Los cuerpos
no terminan en sus límites, los propios, los propios de
cada cuerpo. Entre ellos se situan los ruidos, y las pantallas.
Esas pantallas llegan incluso a hacer de nuestra mente
una pantalla, al decir de Baudrillard, donde se vive un guión, una
ficción, un escenario de representación, forzado por los autores
que vienen de otro lugar, con una puesta en escena.
Los
ruidos y las pantallas ocupan el lugar del entre-los-cuerpos y proveen
las sensaciones de lo ilimitado y lo continuo.
El
silencio en la postmodernidad es lo ajeno que trae
el vacío indiscernible de la nada que soy. Pero que no quiero ser.
No todo nada. No nada de ser sino un poco de nada. Con eso basta
para atraer a la nada del anonadamiento. Es lo que se siente como
angustia.
Si podemos
soportar el silencio no lo soportaremos en un gesto
de fuerza sino que portaremos la posibilidad, en nosotros, de ir
hacia un lugar donde los autores -aquellos del guión citado por
Baudrillard- se desanimen de escribirnos a nosotros, y en ese desánimo
se instalará una posible posibilidad de ser.
De un guión forzado a
un trazo que espera (modos de la escritura)
Se hizo el silencio.
Como alguna vez se hizo la luz. ¿Y quién la hizo? Aquél que dijo
que se haga. El decir que se haga hizo que se hiciera (ver Génesis
I, Antiguo Testamento) y luego también se dijo que "en el inicio
era el verbo" (ver comienzo del Nuevo Testamento) retomado
por Goethe para decir: "En el inicio fue la acción"
también retomado por Freud para contarnos la historia del
origen de la cultura en Totem y tabú. Freud nos cuenta que
somos criminales y que nuestra acción inicial, la mítica, la que
funda, la que queda en el origen de los tiempos, la que hace a la
serie que todavía continúa, serie que sigue en nuestras pantallas
"mentales" como se sigue emitiendo una serie de T.V. es
la del asesinato del Padre. ¡Ah no!, ésa ya la vi. Dejémos también
eso allí.
Se hizo el silencio. Se cortó la luz y no funciona ni la radio ni
la televisión, el teléfono como es "a luz" tampoco funciona,
la computadora menos. Estamos solos y hay silencio. Cayeron las
pantallas y callaron los ruidos. Aquél que dijo que la luz y las
demás cosas se hicieran, las hizo y se fue.
Estamos solos
y se hizo el silencio. Se hizo el silencio y estamos dentro de él.
Se hizo el silencio y los nombres se desdibujan en los contornos
de la oscuridad. Surgen en mí unas intensas ansias de nombrar aquello
que sin nombre va a permanecer en la oscuridad primigenia. Esa ansia
de nombrar es la de llamar a las cosas por su nombre cuando antes
he tenido que darles nombre (Adán). Y he olvidado el gesto de llamar
a las cosas, de lanzar casi con mi mano para alcanzarlas a ese nombre-cosa,
para que llegue a tocarlas, que llegue allí y permanezca en ellas,
allí, donde luego he ido a buscarlas, a las cosas ahora con sus
nombres, para que llamándolas vuelvan a presentarse ante mí.
Cada letra
fue palabra y también eso ha sido olvidado. Palabra que nombraba
con el trazo traído de la cosa, que había sido arrancado de ellas,
y puesto en ellas de otra forma para ser atrapado y llevado a otro
lugar. Al lugar de la inscripción.
A ese
lugar lo podemos llamar: mente, inconciente o alma. Son lugares
equivalentes si no nos olvidamos que los tres tienen la característica
siguiente: nos son inaccesibles. No podemos llegar a los lugares
de inscripción solo con intentarlo o solo con quererlo. Yo no puedo,
eso dice el yo.
Se hizo el silencio
y puedo sentir que en el origen, en los orígenes, están los nombres
y alguien nombrando, y luego el llamado y la aparición de lo invocado
en esos nombres. Eso se ha inscripto, eso se ha escrito. En algún
lugar. Y a ese lugar no puedo llegar queriendo llegar. Está lejos
y está lejos de mí, casi como el cielo ¿cómo se llega allí?
Diciéndome
que no puedo llegar allí he sentido. He sentido algo distinto en
ese decir. He sentido que mi no llegar también es un no querer llegar.
Algo se opone a mi llegar a ese lugar y acepto eso que se opone
y siento que esa oposición también es aceptación. Ese lugar es un
lugar prohibido. Me está vedado llegar hasta allí. Ese lugar prohibido
también es un lugar sagrado.
He dicho
y he sentido, surge en mí el decir casi sagrado del decir de la
creación, de la creación de los nombres, de los nombres que nombran
a las cosas y al hacerlo las llaman. El decir se hace casi sagrado
cuando nos acercamos a los nombres de la creación. Los nombres de
la creación son las palabras del decir poético en los orígenes.
El decir poético es el decir de la creación (poiesis, creación).
¿Qué hay,
qué sucede cuando intentamos acercarnos a esos momentos iniciales?
¿Por qué se nos impone una demora y una cautela tal que nos hace
sentir que nos aproximamos a cuestiones tan intensas e importantes
que me atrevo a llamarlas sagradas? ¿Por qué surge en nosotros el
decir de un modo especial?
Lo hemos
dicho: hemos arribado a un lugar prohibido, el inicio. Hemos llegado
a un lugar sagrado y se nos impone el decir de la poiesis (de la
creación). Pero no podemos hablar con otros "en poesía"
como se habla en tal o cual idioma, la poesía no es para comunicarse,
la poesía es aquello que desde lo más singular nos hace escuchar
otras palabras o nos hace escuchar las mismas palabras de un modo
diferente. Porque ya no estamos con otros, estamos en la soledad
de los tiempos iniciales, estamos en la soledad de los espacios
de la creación, de la oscuridad y de la palabra que alumbra y que
al alumbrar hace. Se da a luz con la palabra, se da luz con ellas.
Y también se hacen las sombras, las del reparo, y las de la niebla,
o las de la noche. Son diferentes.
Hemos
regresado. Cada vez que nos acercamos a los inicios regresamos a
los decires poéticos y también podemos por medio de la poesía recuperar
los sonidos en un estado inicial.
Si cada
letra fue una palabra hoy olvidada, cada origen fue dicho de un
modo poético. No de un modo profano.
Los inicios
son sagrados y el relato de los inicios se hace tan sagrado como
los inicios.
Aproximarse
a los inicios nos acerca a lo sagrado. Acercarse a los sagrado es
consagrarse a su influencia. Viene a mí una experiencia vivida frente
a una estatua egipcia, el escriba sentado, se puede percibir en
su cercanía la densidad del tiempo de los orígenes y además como
una actividad, para nosotros, tan usual y común, la escritura, era
consagrada en aquellos tiempos. El escriba era un esclavo del faraón
y el Faraón era un intermediario de los dioses, con los dioses.
El faraón era sagrado tanto como los dioses. El escriba tenía una
representación ritual, sentado, con las piernas flexionadas o extendidas,
sosteniendo el cáñamo y los elementos que le permitían ejercer su
función, que le permitían censar e intervenir entre las cosas, entre
las cosas del Faraón, entre las cosas profanas del Imperio desde
la lejanía de la escritura y poniendo su marca en ellas. El escriba
reúne en sí al faraón y al sacerdote por medio de su escritura.
Jeroglífico, hieros, sagrado, glipto, yo grabo, yo grabo lo sagrado
en la piedra; la piedra no es la sagrada sino la marca que porta
es la que la hace sagrada. Lo sagrado es la marca de escritura que
hace trazo en la piedra y ese surco con forma habla la lengua de
los dioses en el espacio de lo humano. La mayoría no lo entiende
sólo los sacerdotes pueden entender la lengua de los dioses. Sólo
los sacerdotes pueden comunicarse con ellos. Por medio de esa escritura.
Trazo sagrado que une el ámbito sagrado y el ámbito humano; lo une
por el vínculo eterno de la letra grabada en su soporte atemporal.
Piedra y dioses. Marca y piedra.
Estamos
lejos del tiempo de los dioses. Estamos lejos de las escrituras
sagradas.
Todas
las pantallas se prenden y hacen a la lejanía de los dioses, de
lo sagrado, de las piedras, de los jeroglíficos, pero no de los
signos, de los signos-bit, de los signos digitales, de los signos-ciencias
o de los signos-tecnológicos y aún más de los signos que hemos borrado,
ahuyentado, perdido. Somos la ausencia de signos descifrables y
en lugar de la tarea del paciente recrear la lengua de los signos
descifrados, entendidos y olvidados, del lanzar supremo de lo símbolos,
sólo alcanzamos las obscenidades de las imágenes, nos detenemos
en la superficies lisas sin querer sentir, alguna vez, el trazo
que hiende, las heridas-escritas en nuestros cuerpos, las promesas
de algún saber se detienen en la marca (logo) industrial que uniforma
los modos e informa los sucesos. El placer se desliza entre las
imágenes y nos dejamos llevar ciegos y sordos. Como ha sido siempre.
Actuamos la escritura de otros, actuamos los guiones escritos por
otros, de otros que ni siquiera conocemos, ni hemos de conocer mientras
en la espera están los trazos que podrían brindarnos otras destinaciones.
En la espera de lo no realizado. En la destinación distinta a lo
ya destinado. Sólo se trata de escribir lo que no está escrito
para que nos alcance y sea. Lo que allí será escrito, si
lo es, no será posible hacerlo sin pasar una vez más por el tiempo
de los orígenes, del sentir diferente y del decir poético, o sea
cuando la palabra hace al acto de la creación. La nuestra.
***
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Mayo 2003
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