EL ARTE, O LA OTRA COMUNICACIÓN (*)
Por
Eduardo Grüner.
La
vida es un enigma. Nacemos, morimos, desconociendo el origen y el
final.
Arreglarnos
en la existencia depende únicamente del deseo de cada uno. Deseo
motor de una vida que (por suerte) es finita. De no existir el límite
en la vida... qué sería de la muerte? O mejor, de no existir el
límite de la muerte... qué sería de la vida?
En el libro de Simone de Beavoir “Todos
los hombres son mortales”, el protagonista había tomado el
elixir de la inmortalidad. Al no poder morir, le estaba vedada la
posibilidad de vivir.
Vivimos porque deseamos.
Hablamos porque deseamos.
Morimos por una imposibilidad de mantener el deseo “eterno” o morimos
por necesidad. Necesitamos morir para poder vivir (una vida con
límites)
Pero por más vueltas que le demos a la cuestión, quedará siempre
el enigma del origen y el final. Se le podrán otorgar sentidos para
hacer más soportable la existencia, lo cual deja marca y ensaya
un camino.
El camino de lo “no descifrable” es el recorrido que hace que podamos
seguir caminando.
Nora
Martinez.
Hace ya muchas décadas, en su estupendo informe etnográfico sobre
los Dogon de África Occidental, el antropólogo Marcel Griaule transmite
una observación notable: cada hombre Dogon tiene un secreto íntimo,
solo conocido por él, que no le revelan jamás ni a sus seres más
queridos, que se llevan a la tumba. Ese secreto es... su nombre.
Su verdadero nombre, con el que ellos se “autobautizan” en el ritual
de iniciación que los hace adultos, y en el cual el shaman de la
tribu les da un nombre “falso”, que usarán el resto de su vida para
comunicarse con los otros miembros de la tribu. Un Dogon no sabrá
jamás exactamente, por lo tanto, a quien le está hablando;
ni, por supuesto, a quién está escuchando. Y sin embargo
–informa Griaule-, la Dogon es una cultura extraordinariamente
sociable y afable, comunicativa, caso podríamos decir “parlanchina”.
Quizá se pueda decir que una cosa es consecuencia de la otra. Quiero
decir: quizá se pueda formular la hipótesis de que la eficacia
de una auténtica comunicación –su eficacia profundamente humana,
y no meramente técnica- depende de que haya en su propio núcleo
espacio para un secreto, para un enigma inalcanzable; algo del
orden de lo sagrado (que no es lo mismo que lo “religioso”): una
suerte de silencio inaccesible que funde la necesidad de Palabra,
así como, en la música, son también los silencios los que
determinan la estructura de lo escuchable. Si fuera así, la condición
misma de esa auténtica “comunicación” sería la de una política (en
el sentido más amplio pero más estricto del término: una práctica
generadora de polis, de comunidad) tendiente a resguardar, en la
comunicación, ese espacio no determinado ni determinable de antemano
que solicitara un permanente acto de re-fundación comunitaria, una
participación activa de la sociedad en la creación de su propia
polis.
Pero-¿hace falta recordarlo?- no es así actualmente. La así llamada
“globalización! (una “novedad” que, aún teniendo en cuenta todas
sus transformaciones históricas, los latinoamericanos conocemos
desde hace exactamente 508 años) ha instituido, en su marcha mundial,
la ideología de la más absoluta transparencia, que es estrictamente
complementaria de la del “fin de la historia”: en efecto, si todo
es visible, si el mundo entero está presente ante nuestros ojos
a través de la TV por cable, del satélite, de internet, entonces
ya no quedan espacios secretos, enigmas, silencios
sobre los cuales fundar un nuevo Sentido. Ya no queda futuro,
y estamos viviendo en el más absoluto y eterno de los presentes,
sin esperanzas –ni necesidad- de cambio. El mundo, cuyas zonas misteriosas
se trataba de interpretar –es decir de someter a crítica-, se ha
vuelto “ininterpretable” e “incriticable”; bajo esta concepción,
la “comunicación” se ha vuelto un modo de la conformidad, o de la
resignación. Ha perdido su carácter más profundamente humano –el
impulso y a curiosidad por comprender los enigmas, el “nombre secreto”
del Otro (del otro hombre o mujer, de la otra cultura, del otro
“punto de vista”)- para someterse al trámite técnico de simplemente
ver al Otro, transformándolo en mero espectáculo exterior, sin misterios
a descifrar con él.
La “comunicación”, en esta forma dominada por la Industria Cultural
globalizada –que tiende a arrasar con las auténticas diferencias
culturales, imponiendo una “visibilidad” homogénea a miles de millones
de sujetos –puede llegar a ser sencillamente obscena. Y más aún
cuando se pretende que ella crea una “unidad” entre todos los hombres
y mujeres del planeta: esa “unidad por arriba” de las imágenes universalizadas
(que, como hemos sugerido, no es tal “unidad” sino homogeneización,
y que además serializa a los receptores, transformándolos en individuos
asociales que reciben las imágenes uno por uno, en la soledad de
su dormitorio, su living o su escritorio) oculta las hondas desigualdades,
fracturas y desgarramientos que este estilo de globalización
ha generado “por abajo”, provocando la más injusta distribución
de los “bienes terrenales” que conozca la Historia moderna (en cifras
gruesas, hoy el 20% de la población mundial recibe el 80% de los
beneficios disponibles).
Como
da la casualidad, por otra parte, que los sectores más excluidos
y oprimidos por este proceso mundial (África, América Latina y buena
parte de Asia) coinciden regionalmente con lo que la ideología autojustificadora
de los tiempos coloniales consideraba etnias “inferiores”, se han
generado asimismo formas renovadas de racismo, intolerancia y discriminación
a nivel mundial, que cada vez con mayor frecuencia suponen conflictos
violentos, cuando no episodios de verdadero genocidio.
Como
se ve, estamos muy lejos de ese horizonte idílico de “comunicación
universal” que se nos quiere “vender” como quizá la principal
mercancía manejada hoy por la “mano invisible” (¿y no es paradójica
esta expresión, cuando estamos hablando de la ideología de
la plena “visibilidad”?) En esta situación –como se la ha llamado-
postcolonial, por lo tanto, lo que hay es homogeneidad de lo “visible”
por arriba, e insostenible desigualdad por abajo. ¿Dónde ha quedado
el lugar, entonces, de la auténtica y creativa diferencia?
Tal
vez –es una apuesta pascaliana, sin garantías previas- en el Arte.
Está claro que el arte por sí mismo no va a operar la transformación
que el mundo requiere (un error a menudo señalado en las vanguardias
estéticas originarias fue el de la omnipotencia de que el arte pudiera
“cambiar la vida”, como decía Rimbaud), ni va a restaurar el deseo
comunitario de construir la Historia. Esa es una tarea de la sociedad
en su conjunto. Pero el arte puede (y en cierto modo, debe,
sin que este “deber” ético implique receta alguna sobre cómo hacerlo)
generar alternativas de otra “comunicación”: una comunicación
que, por así decir, atente contra la lógica férrea de la falsa “unidad”
de lo Visible que gobierna actualmente, permitiendo que aflore la
pregunta, la interrogación crítica sobre los enigmas del mundo,
mostrando que este mundo no es, realmente, ese “espejo” transparente
que los “poderes terrenales” quisieran hacernos creer. Una comunicación
que restituya lo Visible como conflicto de la visón, la cultura
como campo de batalla entre lo “comunicable” y lo “incomunicable”.
Que denuncie aquélla “transparencia” como un disfraz de la opacidad
de las “manos invisibles” que diseñan un punto de vista único al
que todos tendríamos que someternos.
Y,
a decir verdad, esto es lo que el auténtico arte ha hecho siempre:
desarticular las visiones estabilizadas e institucionalizadas,
mostrando que hay siempre una diferencia posible. Mostrando
que ningún pretendido Concepto Universal impuesto por ningún “pensamiento
único” puede disolver la singularidad concreta e irreductible de
la obra, así como ninguna homogeneidad globalizada debería poder
disolver la singularidad concreta y múltiple de la Vida, de cada
vida.
El
arte es, sin duda, también “comunicación”. Pero la comunicación,
para el arte, no es una evidencia: es un problema. Como dijo alguien,
es el problema mismo de la rebelión de lo concreto contra las falsas
abstracciones del Poder. Y esto incluye, desde ya, al arte llamado
“abstracto” –que, como lo conjetura Lévi-Strauss, es tal vez el
más concreto de todos: el que pone en juego la materia que está
antes de toda “forma”—El arte, como materia en permanente proceso
de transformación, es una suerte de matriz para pensar las potencialidades
futuras del mundo, y no sus “actualidades” supuestamente eternas.
Y en este sentido, la comunicación en el arte apunta a la dialéctica
de lo visible y lo invisible, a la pregunta por los enigmas que
todavía no han podido ser descifrados, y cuya respuesta sólo
puede ser construida (no por el “público”, no por los “consumidores”
de arte, sino) por todos aquellos –“artistas” o no- capaces de no
someterse a la falsa “transparencia” de lo Real. Capaces, en definitiva,
de seguir preguntando(se) por el nombre secreto y sagrado de los
Dogon, aún cuando sepan que jamás les será totalmente revelado.
(*)
Texto extraído del Catálogo “Argentina” 7ma. Bienal
de La Habana 2000.
Editado por el Ministerio de Relaciones
Exteriores, Comercio Internacional y Culto.
Programa de Naciones Unidas para
el Desarrollo.
Selección
y destacados: Nora Martinez. |
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