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Los siete pilares de la sabiduría
T. E. Lawrence
Más conocido como Lawrence de Arabia, más conocido como soldado británico
que como escritor, su nombre ha trascendido en la historia partir de la
publicación de las crónicas de sus viajes con el título: “Los siete
pilares de la sabiduría”. Con la prolijidad narrativa de un hombre de
letras, Lawrence da tinta al testimonio de sus años guerreros en la
campaña del desierto durante la Primera Guerra Mundial. Al servicio del
ejército británico y junto a las fuerzas árabes luchó por la
independencia del país en poder del Imperio Otomano . Con promesa,
farsante, de liberación, Inglaterra hizo una alianza con los árabes y
los movió a confiar y luchar, sin saberlo por la causa adversaria: la
disputa por el petróleo y por las tierras. Mientras los unos peleaban por
la autonomía, los otros, una vez más, lo hacían por el oro negro en suelo
extranjero. Los propósitos de Lawrence en esa guerra eran bien otros que
los de Inglaterra pero en vano le fue pedir la independencia árabe tras el
triunfo de la revuelta.
Sin dudas, la ingenuidad de esta estrategia trasciende los años de
aquella guerra.
Cualquier semejanza con la realidad de la guerra en Irak del año 2003, no
es pura casualidad. He aquí un fragmento del libro.
Marcela .Depiera.
De “Los siete pilares de la
sabiduría”
T. E. Lawrence
Era una guerra árabe, emprendida y
dirigida por árabes para un propósito árabe en Arabia. Mi exacta
participación en ella fue secundaria, pero a causa de una pluma fácil, un
habla despejada y cierta habilidad mental, asumí, como digo, una falsa
primacía. En realidad, no ocupé jamás ningún puesto entre los árabes;
jamás tuve a mi cargo la misión británica. (...)
Todos los hombres sueñan, pero no del
mismo modo. Los que sueñan de noche en los polvorientos recovecos de su
espíritu, se despiertan al día siguiente para encontrar que todo era
vanidad. Mas los soñadores diurnos son los peligrosos, porque pueden vivir
su sueño con los ojos abiertos a fin de hacerlo posible. Esto es lo que
hice. Pretendí forjar una nueva nación, restaurar una influencia perdida,
proporcionar a veinte millones de semitas los cimientos sobre los que
pudieran edificar el inspirado palacio de ensueños de su pensamiento
nacional. Un propósito tan elevado halló en la innata nobleza de sus almas
y les hizo desempeñar un papel generoso en los acontecimientos. Pero
cuando ganamos, se me alegó que se ponían en peligro los dividendos
petroleros británicos en la Mesopotamia y que se estaba arruinando la
política colonial francesa en Levante. Me temo que sea eso precisamente
lo que deseo. (...)
Y los estábamos arrojando por miles al
fuego, en la peor de las muertes; y no a ganar la guerra, sino para que el
trigo, el arroz y el petróleo de la Mesopotamia fueran nuestros. Lo único
necesario era derrotar a nuestros enemigos ( Turquía entre ellos), y esa
empresa se realizó, merced a la habilidad de Allenby, con menos de
cuatrocientos muertos, aprovechándonos de los que estaban oprimidos por
Turquía. (...)
El Gabinete incitó a los árabes a que
lucharan por nosotros mediante promesas categóricas de posterior
autonomía. Los árabes creen en las personas, no en las instituciones.
Vieron en mí a un agente libre del gobierno británico y me pidieron una
garantía de sus promesas escritas. Así, tuve que unirme a la conspiración
y, en lo que valía mi palabra, aseguré a los hombres su recompensa. En
nuestros dos años de confraternidad bajo el fuego se acostumbraron a creer
en mí y a pensar que mi gobierno, lo mismo que yo, era sincero. Con esta
esperanza realizaron algunas cosas admirables, pero desde luego, en vez de
estar orgulloso de lo que hicimos, yo estaba continua y amargamente
avergonzado.
Era evidente desde el comienzo que, de
ganar la guerra, estas promesas se convertirían en letra muerta, y si yo
hubiera sido un honrado asesor de los árabes, les habría recomendado
volver a sus casas, y no arriesgar sus vidas en la lucha por tal
fruslería. Pero me justificaba a mí mismo con la esperanza de que, al
conducir a estos árabes furiosamente hasta la victoria final, les
colocaría, con las armas en la mano, en una posición tan segura (si no
dominante), que la conveniencia aconsejaría a las grandes potencias un
arreglo de reclamaciones. En otros términos, presumí (no viendo a ningún
otro caudillo con voluntad de poder) que sobreviviría a las campañas y que
podría, no solo derrotar a los turcos en el campo de batalla, sino a mi
propio país y a sus aliados en las reuniones del Consejo. Era una
pretensión atrevida. No está todavía claro si lo logré, pero es evidente
que no tenía la menor licencia para empeñar a los árabes, sin saberlo, en
aquel albur. Arriesgué el fraude, convencido de que la ayuda árabe era
necesaria para nuestra fácil y rápida victoria en Oriente, y que era mejor
ganar, y dejar incumplida la palabra dada, que perder. (...)
En mi caso, el esfuerzo que realicé
durante esos años para vivir vestido como los árabes y para imitar su
estructura mental me despojó de mi personalidad inglesa, y me hizo
contemplar al Occidente y sus convenciones con nuevos ojos, destruyéndolo
todo para mí. Pero al mismo tiempo no podía sinceramente endosarme una
piel árabe; era solo una afectación. Un hombre se transforma fácilmente en
un infiel, pero difícilmente se convierte a otra fe. Me desprendí de una
forma sin asumir la otra, y llegué a ser como el ataúd de Mahoma en
nuestra leyenda, resultando de ello un sentimiento de intensa soledad en
la vida y un desprecio, no por los demás hombres, pero sí por todo lo que
hacen. Tal despego invadió a veces a un hombre agotado por el aislamiento
y el prolongado esfuerzo físico. Su cuerpo se afanaba mecánicamente,
mientras su espíritu razonable le abandonaba y desde fuera le contemplaba
con los ojos críticos, admirado de lo que hacía ese vano armatoste y de
los motivos que le guiaban. A veces, esas múltiples personalidades
conversaban en el vacío, y entonces la locura estaba cercana, como creo
que lo estaría para el hombre que pudiera simultáneamente ver las cosas a
través de los velos de dos costumbres, de dos educaciones, de dos
ambientes. (...)
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